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Archivo de la categoría: Medio ambiente

¿Desarrollo sostenible?

Artículo publicado en la revista “En la calle. Revista Sobre Situaciones de Riesgo Social” nº 38, Septiembre-diciembre 2017, publicado por la Coordinación estatal, Plataformas sociales Salesianas.

Desarrollo sostenible En la calle, revista salesiana pag 1

Desarrollo sostenible En la calle, revista salesiana pag 2

Desarrollo sostenible En la calle, revista salesiana pag 3

Desarrollo sostenible En la calle, revista salesiana pag 4

Desarrollo sostenible es una expresión muy utilizada en nuestros días. Todas las sociedades parecemos buscar este objetivo que se presenta como la meta económica más adecuada para nuestros días. Sin embargo, tal y como es entendida esta expresión habitualmente, encierra una contradicción difícilmente resoluble que hace que tengamos que replantearnos esta idea.

Las definiciones que nos da el diccionario de la real academia sobre desarrollo y sostenible nos van a ayudar a entender mejor este tema. Desarrollar es, según la Real Academia de la Lengua: “Dicho de una comunidad humana: Progresar o crecer, especialmente en el ámbito económico, social o cultural” y sostenible: “Especialmente en ecología y economía, que se puede mantener durante largo tiempo sin agotar los recursos o causar grave daño al medio ambiente”. Tenemos pues las dos ideas básicas de un desarrollo sostenible. La primera es pensar en el progreso de la sociedad, en avanzar en un ámbito y la segunda es que este avance no suponga un agotamiento de recursos a medio o largo plazo.

Pero, ¿A qué clase de desarrollo nos referimos cuando hablamos de desarrollo sostenible? Porque el desarrollo implica una mejora, un avance, una posición mejor que la anterior. Para saber si avanzamos debemos conocer hacia donde queremos ir, solo conociendo el fin al que queremos llegar sabemos si estamos avanzando hacia él o no. Históricamente ha habido tres grandes concepciones de desarrollo que voy a describir someramente. Una es aquella que piensa que el desarrollo o el progreso se refiere sobre todo a las mejoras técnicas. Una nación o sociedad está más desarrollada cuando mayores avances tecnológicos ha logrado. En el siglo XIX esta concepción estaba muy generalizada y la confianza en la ciencia y en sus avances hacía que la concepción de desarrollo se centrase en este aspecto. La segunda tiene que ver con la justicia. Se piensa que una sociedad está más desarrollada en la medida que sus instituciones son más justas y están al servicio de las personas. Una sociedad sin pena de muerte, que respeta los derechos humanos, que organiza sus instituciones de manera justa, está más desarrollada que otra que hace exactamente lo contrario. Por último, existe una concepción de desarrollo que se identifica con una mejora económica medida como un incremento de los bienes que tenemos entre todos. Esta idea piensa que el desarrollo equivale al crecimiento económico, a producir más en un país en un año, a tener más cosas como carreteras, infraestructuras, nivel de vida, etc.

Cuando se habla de desarrollo sostenible se está considerando esta última concepción. Se está pensando en mantener un crecimiento económico que no agote los recursos necesarios para producir bienes y servicios. Se quiere, por tanto, combinar el tener más con el no agotar los recursos necesarios para la producción y lograr al mismo tiempo que no se deteriore excesivamente el medio ambiente. Sin embargo, esta concepción tiene dos grandes fallos que hacen que el concepto de desarrollo sostenible no sea viable tal y como se ha planteado hasta este momento.

Desarrollo no es crecimiento

En primer lugar debemos tener en cuenta que no es correcto identificar desarrollo con crecimiento económico. Como decía Pablo VI “El desarrollo no se reduce al simple crecimiento económico. Para ser auténtico debe ser integral, es decir, promover a todas las personas y a toda persona” (Populorum progressio: 14). El desarrollo no es una cuestión únicamente ligada al crecimiento económico, no nos desarrollamos solamente porque tengamos más entre todos, porque nuestras naciones o el mundo sea más rico en su conjunto, el desarrollo tiene que ver (como ya hemos visto) sobre todo con que las condiciones de vida de las personas mejoren para que todas y cada una de las personas que habitamos el planeta seamos capaces de llevar una vida digna en el entorno en el que vivimos. Esto tiene que ver desde el punto de vista económico no con tener más, sino con tener lo suficiente para vivir. Y desde la otra perspectiva, tiene que ver con lograr unos niveles de justicia y libertad superiores, que sean respetados los derechos humanos, que todos podamos acceder a una buena educación y a una sanidad que permita que superemos las enfermedades que adquirimos, etc. Solamente con esa sociedad más justa podemos mejorar a las personas que en ella habitan.

No se puede crecer ilimitadamente

Por todo ello, pensar que el desarrollo se limita al crecimiento económico es olvidar toda la dimensión de una sociedad justa que tiene este concepto. Pero además, pensar que el crecimiento económico puede ser ilimitado y sostenible es considerar que puede darse algo imposible. Porque para poder producir más y más necesitamos recursos naturales que extraemos de la tierra. Es imposible producir un bien o servicio cualquiera sin utilizar recursos naturales. Esto quiere decir que incrementar la producción año tras año precisa de la utilización de más y más recursos.

Aquellos que defienden el desarrollo sostenible afirman que esto no tiene porqué ser así. Creen que hay tres factores que pueden hacer que produzcamos más sin necesidad de utilizar más recursos naturales. El primero es los avances tecnológicos que conllevan incrementos de productividad (es decir, se puede producir lo mismo utilizando menos recursos o visto desde otro prisma, se produce más con los mismos recursos). El segundo el incremento del reciclaje y la reutilización que puede hacer que la basura generada por la sociedad se transforme en recursos para producir más bienes en el futuro. El tercero es la utilización de fuentes energéticas renovables como pueden ser el sol o el viento, de este modo podemos incrementar nuestra capacidad energética (necesaria para producir más) sin utilizar más recursos perecederos. La combinación de estos tres elementos es la que, según estas personas, va a lograr que sigamos produciendo más y más sin agotar los recursos de la tierra ya que no vamos a necesitar utilizar tantos recursos.

La confianza en que estos avances suponen la posibilidad de un crecimiento económico infinito peca de ingenua (a mi entender) por dos motivos principales. El primero es que aunque mantuviésemos el uso actual de recursos naturales anuales, este no es sostenible durante siglos y siglos sin que se agoten, ya que la tierra es limitada. El segundo y más poderoso es que, además, esto no se da. En el periodo transcurrido entre 1950 y 2010 la producción mundial por habitante casi se ha triplicado1, al mismo tiempo, la utilización de recursos naturales se multiplicó por más de cuatro2. Esto quiere decir que a pesar de los avances tecnológicos importantes que se han dado en la segunda mitad del siglo XX y principios del XXI y del incremento del reciclaje y de las tecnologías limpias, la utilización de recursos naturales se ha multiplicado por cuatro y las previsiones de la Agencia Europea del Medio ambiente son que este uso de recursos se duplicará de nuevo para 2050. Dicho de otra manera, a pesar de los tres factores que frenan la utilización de recursos naturales, esta crece imparablemente de modo que es imposible compatibilizar a largo plazo el crecimiento económico con la reducción de la utilización de recursos naturales.

Objetivo alternativo

Como hemos visto no parece posible que la humanidad siga teniendo más y más de una manera infinita a lo largo de los siglos venideros con una tierra que es finita y cuyos recursos tienen un límite. Por lo tanto cabe preguntarse si lo que necesitamos es seguir investigando y haciendo esfuerzos para lograr crecimiento económico sin utilizar tantos recursos, o realmente la clave está en cambiar el objetivo económico de nuestras sociedades. Desde mi punto de vista, la respuesta para hablar de desarrollo sostenible no está en buscar la sostenibilidad de un objetivo insostenible (crecer ilimitadamente, lograr tener más y más entre todos año tras año) sino de cambiar este objetivo por otro que, en su propia naturaleza, sea sostenible. Si logramos esto estamos solucionando de base el problema de la sostenibilidad, porque el propio objetivo a alcanzar es sostenible por si mismo.

Para hacerlo debemos de prescindir del crecimiento económico como objetivo económico deseable. Que crezca la producción mundial año tras año tiene una serie de problemas añadidos al ecológico que voy a resumir aquí. Por un lado, este crecimiento económico no alcanza a todos. A pesar de que logramos tener más entre todos, el número de personas que viven con menos de un 1,90$ al día sigue estando por encima de un 10% de la población mundial3 aunque esta cifra ha ido bajando en estos últimos años. Como no contamos con cifras mundiales sobre las personas que viven con menos de 3,10$ diarios (que podríamos considerar un umbral de pobreza también realista) no sabemos cuántas de quienes han dejado de ganar menos de 1,90$ diarios han salido realmente de la pobreza (es decir, ganan más de 3,10$ diarios -100 euros al mes aproximadamente-). Tenemos más entre todos, tocamos a más entre todos, pero no todos tienen lo suficiente para vivir. ¿De qué sirve tener más entre todos si sigue habiendo personas que no tienen lo suficiente para vivir? ¿Para qué queremos el crecimiento económico si no sirve para acabar con la pobreza?

La propuesta más adecuada para superar la contradicción irresoluble que supone pretender un crecimiento económico sostenible es dejar de buscar el bien agregado que supone el crecimiento económico para buscar el bien común, entendido esto como “El conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección” (Pablo VI, Encíclica Gaudium et spes, 26) . El desarrollo de una nación y de la humanidad consiste, realmente, en perseguir este objetivo del bien común, es decir, que todas y cada una de las personas que viven en la tierra logren las condiciones que les permitan desarrollarse como personas y alcanzar sus objetivos vitales de una manera sencilla y adecuada.

El bien común económico

Cabe preguntarse si tener más y más es algo que logre este bien común y como hemos visto esto no es así. Por un lado porque no todos se benefician de este crecimiento económico y no tienen un nivel de vida suficiente para ser libres y poder desarrollarse como personas, pero por otro lado porque no hace falta tener más y más para lograr el objetivo vital de desarrollarse como personas. Muchos de nosotros tenemos la experiencia de que logramos este objetivo sin necesidad de tener más y más año tras año. A partir de una cantidad que nos permita cubrir todas nuestras necesidades y una parte de nuestras apetencias y deseos, tenemos lo suficiente para lograr nuestros objetivos vitales. No necesitamos ser más ricos para alcanzar esta pretensión.

Por ello, para lograr el bien común desde el punto de vista económico no es necesario tener siempre más, para poder desarrollarse como persona, para ser libre, no hace falta una cantidad exagerada de recursos, hace falta tener lo suficiente para vivir, para llevar una vida digna en el entorno en el que nos encontramos cada uno de nosotros. ¿Cómo entendemos entonces el bien común desde el punto de vista económico? El bien común es que “todos tengan al menos lo suficiente”. Es decir, el objetivo económico que mejor se ajusta con esta concepción del bien común es lograr que todas las personas tengan al menos lo suficiente para vivir. Debemos pasar de perseguir “tener más entre todos” a perseguir que “todos tengan al menos lo suficiente”. El desarrollo no se mide entonces por tener más, porque se incremente la producción sin freno, sino porque consigamos que no hayan pobres, que los que menos tienen obtengan al menos lo suficiente.

Cabría preguntarse si este es un objetivo sostenible, si concebir el desarrollo como una sociedad en la que no existan personas necesitadas, es pretensión sostenible. La respuesta es fácil de intuir, en la medida que para tener lo suficiente no hace falta producir más y más de una manera ilimitada, el objetivo es totalmente sostenible a largo plazo. No necesitamos tener cada vez más, no precisamos utilizar más y más recursos para generar crecimiento económico, podemos vivir con una producción estable que sea suficiente para que todos cubran sus necesidades y si a esto añadimos los avances ya nombrados con anterioridad (tecnologías eficientes, reciclaje, reutilización y energías renovables) nos lleva a que no solo no tengamos que utilizar cada vez más recursos, sino que la cantidad de estos se pueda reducir año tras año. Cuando el concepto de desarrollo cambia, el apellido sostenible se hace innecesario porque el sistema por si mismo ya lo es.

Es posible

Algunos se pueden preguntar si esto es posible y la respuesta es otra vez sí. Durante siglos la producción mundial se ha mantenido estable, cuando a partir de finales del siglo XVIII y principios del XIX las sociedades occidentales comienzan a plantearse que deben organizar la economía de sus países para lograr el crecimiento económico, ponen los medios para ello y los resultados mundiales positivos (en este sentido) ya los he descrito aquí. Si ahora cambiamos nuestros objetivos, seguro que en un periodo más o menos largo de tiempo conseguimos encontrar los medios para lograr un sistema que permita que todos tengan lo suficiente y que no tenga problemas de sostenibilidad sino que sea sostenible por su propia naturaleza. Para ello necesitamos un cambio de mentalidad (que supone un cambio de estilos de vida entre otras cosas) y un cambio de estructuras, pero todo es ponerse manos a la obra. Es difícil (como todo lo que vale la pena en la vida) pero factible.

2Global megatrends Intensified global competition for resources (GMT 7) http://www.eea.europa.eu/soer-2015/global/competition (consultado el 19 de Abril de 2017)

 

 

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¿Cuidamos o explotamos la creación?

Artículo publicado en la revista ICONO, año 119, nº 6, Junio 2017, pág: 26 y 27

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Cuando era pequeño me gustaban las historias que transcurrían en granjas. En ellas había distintos tipos de animales que convivían con las personas, los granjeros cultivaban las tierras para que ellos y sus animales se alimentasen de sus frutos, los excrementos eran utilizados como abono y todo se aprovechaba al máximo. Quizá estas historias me recordaran a casa de mi abuela, donde había gallinas y conejos y donde sabía que en otros tiempos habían vivido cerdos en ese corral trasero tan habitual en las casas antiguas de estos pueblos del Horta Nord de Valencia. Las granjas eran una manera de combinar una actividad económica que pretendía obtener recursos monetarios y alimenticios para que las personas que allí viviesen tuviesen una vida digna, con el cuidado de la creación de todo aquello que nos rodea.

Ya no existen granjas, tenemos explotaciones agrarias y ganaderas

Hoy en día es difícil encontrar granjas, lo que abundan son explotaciones agrícolas y ganaderas. Cuando uno va a una de ellas, ya no se encuentra con ese paisaje medianamente idílico con distintos tipos de animales conviviendo en un espacio y una agricultura y una ganadería que se complementan. Ahora encontramos grandes naves industriales en las que se hacinan miles de pollos, o cientos de cerdos, o de ovejas o de vacas… Grandes campos de un solo producto que se extienden a lo largo de muchas hectáreas y cuya cosecha es recogida por máquinas (en ocasiones) o por un elevado número de jornaleros que dejan el producto en cajas para ser llevado directamente a los mercados de las grandes ciudades o a las grandes cadenas de distribución alimenticia. Bosques de una sola clase de árbol que son talados por parcelas cada cierto tiempo. Los sistemas de producción industriales se han introducido en la ganadería, en la agricultura y en la silvicultura, las granjas han pasado a ser explotaciones.

Una explotación no cuida de la creación

Explotar es (según la segunda acepción del diccionario de la RAE): “Sacar utilidad de un negocio o industria en provecho propio.” Por este motivo se habla de explotación y ya no de granja. La dinámica economicista se ha introducido en la gestión de las granjas y estas han dejado de serlo. Los seres vivos que componen la creación han dejado de ser así considerados para pasar a ser simples recursos que utilizamos para nuestro propio provecho. La creación ya no se ve como un todo a cuidar y a hacer fructificar, sino como un lugar del que se sacan recursos para incrementar nuestros beneficios individuales. Al igual que el afán de tener más riquezas deshumaniza a las personas haciendo que se olviden que lo que tienen delante son también personas, el egoísmo economicista deja de ver el entorno en el que se mueve nuestra vida como algo a cuidar para pasar a considerarlo como un espacio a explotar para incrementar los beneficios de quien lo hace.

La denuncia de Francisco

Eso es, precisamente, lo que denuncia Francisco en su última Encíclica Laudato si (2) “La hermana tierra clama por el daño que le provocamos a causa del uso irresponsable y del abuso de los bienes que Dios ha puesto en ella. Hemos crecido pensando que éramos sus propietarios y dominadores, autorizados a expoliarla. La violencia que hay en el corazón humano, herido por el pecado, también se manifiesta en los síntomas de enfermedad que advertimos en el suelo, en el agua, en el aire y en los seres vivientes. Por eso, entre los pobres más abandonados y maltratados, está nuestra oprimida y devastada tierra, que « gime y sufre dolores de parto »” La deshumanización a la que nos lleva ese pecado grave de pensar solamente en nuestro propio interés y de buscar a toda costa el tener más, se traduce en unos problemas medioambientales que no solo están reduciendo la calidad del ambiente natural en el que nos movemos hiriendo al suelo, al agua, al aire y a los seres vivos, sino que también está comprometiendo que las generaciones futuras puedan gozar de un entorno adecuado para su vida en la tierra.

Por una cultura del cuidado

Por ello Francisco nos propone que “junto con la importancia de los pequeños gestos cotidianos, el amor social nos mueve a pensar en grandes estrategias que detengan eficazmente la degradación ambiental y alienten una cultura del cuidado que impregne toda la sociedad” (LS, 231) Esta cultura del cuidado se debe reflejar tanto en un nuevo estilo de vida en el que la búsqueda egoísta del propio bien se cambie por el deseo de construir el bien común con el resto de las personas, a un necesario cambio de estructuras que pretenda, no tanto la explotación de nuestros recursos y la generación de nuevos bienes, como el cuidado de la creación que nos ha sido dada, para que sea el marco en el que vivamos, nos desarrollemos y tengamos una vida plena, nosotros y nuestros descendientes. Por ello, ante la cultura de la propiedad, del hago lo que quiero porque es mío, de la explotación de los recursos, Francisco propone esa cultura del cuidado que pretende la convivencia armónica entre las personas y el resto de la creación. Una cultura que no solo no va en contra de la consecución de los recursos necesarios para vivir, sino que, es la única manera en la que se puede garantizar que en el futuro, las próximas generaciones sigan gozando de ellos.

 

 

 

 

 

 

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Presentación Informe “Medio Ambiente y Política Social”

El próximo martes 4 de Octubre, presentamos en Valencia el informe anual “Análisis y perspectivas Comunitat Valenciana 2016” que elaboramos el Observatorio de Investigación sobre pobreza y exclusión en la Comunidad Valenciana.

Este año se titula “Medio Ambiente y Política Social”

Estáis invitados a asistir. La semana próxima os presentaré también aquí el informe y os pondré el enlace al mismo.

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Publicado por en septiembre 28, 2016 en Medio ambiente, pobreza, Privación

 

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Koopera en la Universidad CEU-UCH

El próximo miércoles día 27 de Abril en la Universidad CEU Cardenal Herrera, Javier Ariño, gerente de Koopera, nos va a contar dentro del Foro CEU Empresa, este proyecto empresarial que busca la innovación social y la integración en el mundo laboral de personas que tienen dificultades por encontrarse en riesgo de exclusión social.

La conferencia será a las 19:00 en el Aula Magna del edificio Luis Campos Górriz en Alfara del Patriarca. Tienes más información en https://www.uchceu.es/actividades/2016/conferencias/foro-ceu-empresa-el-caso-de-koopera

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Si quieres saber más sobre esta empresa, puedes entrar en su página web: http://koopera.org/

 

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Homenaje a la huerta

Artículo titulado “Amaneciendo” publicado en el periódico España Buenas Noticias. En él hago un homenaje a la huerta valenciana y un llamamiento a una economía más ligada a nuestra tierra…

homenaje a la huerta

Puedes encontrar el artículo en: http://ebuenasnoticias.com/2014/06/10/amaneciendo/

 
 

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La Isla de Pascua y la nave espacial Tierra

Os dejo aquí con un interesante artículo de Eduardo Esteve Pérez. Fue publicado en el periódico Las Provincias el pasado 10 de noviembre y contiene un lúcido análisis de los límites ecológicos de nuestro planeta.

La Isla de Pascua eduardo Esteve

Como destaca el ínclito economista Jeffrey Sacks en economía para un planeta abarrotado, los retos más perentorios a los que se enfrenta la sociedad actual son: el crecimiento demográfico, la sostenibilidad medioambiental y la pobreza, a lo que habría que añadir el efecto y la gestión de la actual Gran Recesión.

En este artículo nos vamos a centrar en la sostenibilidad medioambiental. Para ello vamos a comenzar con una somera presentación de la fascinante e inquietante historia de la Isla de Pascua. Ubicada en la polinesia, las tierras más cercanas se encuentran por el este, en chile, a unos 3700 km, y, por el oeste, en las islas Pitcairn, a casi 2100, por lo que podemos sostener que es el territorio habitado más remoto del planeta azul, siendo colonizado poco antes del año 900 d.C. por habitantes de la Polinesia. La isla es mundialmente famosa por sus colosales estatuas llamadas moái, con unos pesos medios de 10 toneladas, alcanzando las mayores más de 70 (la más pesada, denominada Ahu Tongariki, contabiliza 87 toneladas). Los inventarios realizados sitúan el número de moái en 887, de las que algo menos de la mitad permanecen en la cantera. El primer europeo que recaló en Rapa Nui fue el marino neerlandés Jacob Roggeveen, corría el año 1722, y, dado que su descubrimiento aconteció en el domingo de pascua, la isla adopto el nombre por el que todos la conocemos.

Lo primero que llamó la atención a Roggeven y a los sucesivos exploradores que visitaron la isla fue lo inverosímil de cómo una población de apenas 3000 pascuenses desplazaron los más de 400 moai desde la cantera hasta erigirlos por toda la isla. Sobretodo, teniendo en cuenta la carencia de arboles que sirvieran para el traslado. Lo inconcebible de tamaña empresa significó que autores poco rigurosos, como Erich von Däniken, postularan teorías tan kafkianas como que la manufactura de los moai había sido de origen extraterrestre. La realidad fue mucho más prosaica. Siglos atrás el paramo que presenciaron los exploradores europeos no era tal. En lugar de los arbustos y helechos se alzaba un bosque subtropical poblado por arboles y palmeras de tamaño considerable (de hecho, la palmera más alta de mundo, ahora extinta, pertenecía a la flora pascuense). La degradación de la isla no solo afecto a la flora, sino que se extinguió la totalidad de las especies de la isla, con la excepción de las ratas. Como consecuencia de tan acerada involución medioambiental, la mayoría de los pascuenses perecieron por inanición (de una población estimada en torno a 15.000 se paso a los citados 3000). Y los supervivientes, como describió el capitán Cook en 1774, eran: “Pequeños, enjutos, tímidos y pobres”, llegando incluso a practicar el canibalismo.

La etiología de la destrucción medioambiental -como destaca Jared Diamond en su monumental obra, Colapso – fue antropogénica. En concreto, la sociedad pascuense estaba dividida en 12 clanes. Las fuerzas que impulsaron la construcción de los moái fue la lucha por el estatus, prestigio y poder de los diferentes clanes. Los moái significaban un signo inequívoco de poder, y los jefes de los diferentes clanes, los utilizaban para demostrar frente a los prebostes de otros clanes su superioridad y status, lo que, a su vez, era fuente de legitimitad de su dominio y poder entre los miembros de su propio clan. Lo que importaba no era el tamaño y la cuantía absoluta de los moai erigidos por un determinado clan, sino sus valores relativos; es decir, que los de un determinado clan fueran más numerosos y, sobretodo, más colosales. Como consecuencia de esto se desató una carrera ad infinitum, en la que los moai eran cada vez más grandes y pesados… hasta que, como consecuencia de ello, talaron la totalidad de los arboles disponibles, lo que supuso la erosión del suelo, la extinción de las especies animales y, por ende, la destrucción de la sociedad pascuense.

El ominoso epílogo dibujado en el párrafo precedente, nos puede servir, por analogía, para extraer algunas conclusiones aplicables a las sociedades actuales. En los años sesenta surgió el concepto de la Tierra como una nave espacial. Esto fue motivado tanto por las vividas fotografías de la Tierra realizadas por los satélites y los primeros viajes del proyecto Apolo, como por el reconocimiento del significativo impacto que la especie humana estaba teniendo a nivel global, de forma que ya no era plausible considerar los recursos de la tierra como ilimitados. En palabras del polimatía Kenneth E. Boulding, en un fragmento de su brillante artículo, la Tierra como una nave espacial, de 1965:Durante milenios, la tierra en las mentes de los hombres era llana e ilimitada. Hoy, como resultado de la exploración, la velocidad y la explosión del conocimiento científico, la tierra se ha vuelto una esfera diminuta, cerrada, limitada, superpoblada, y lanzada a través del espacio hacia destinos desconocidos”.

A partir de esta caracterización de la Tierra, las similitudes con la Isla de Pascua son evidentes: la tierra, en relación a los 7000 millones de habitantes que la pueblan, es pequeña. Al igual lo era la Isla de pascua con sus 15 km por 15 km en relación a sus 15.000 pascuenses. La Tierra es un sistema cerrado, en el sentido que no es factible para los seres humanos, en un periodo temporal “razonable”, encontrar una morada alternativa. De igual forma, para los pascuenses, una vez acontecido el ocaso, sin árboles con los que construir barcas mínimamente aceptables, la isla era también un sistema cerrado del que no podían escapar. En la Tierra, los humanos que la moran efectúan grandes esfuerzos por incrementar su estatus. Para conseguirlo, se recurre a la ostentación y fausto de los más variopintos bienes suntuarios: coches de lujo, mansiones, televisores de gran tamaño… así como a un consumismo febril en miles de productos que generan un consumo de recursos y una generación de residuos no sostenible. Los pascuenses también eran adictos a la pompa y al boato, encarnados en sus moái, lo que, sumado a lo pequeño de su morada y a la imposibilidad de trasladarse a otra, significó su condena a muerte. Esta tercera semejanza entre la tierra y la Isla de Pascua lo es en origen, si bien el desenlace o, en palabras de Boulding, el destino de la tierra, todavía es desconocido.

Los datos son elocuentes. Como destaca Jared Daimond, el consumo de recursos y generación de residuos de un ciudadano medio de EEUU, Europa occidental o Japón son unas 32 veces superior a la de los habitantes del Tercer Mundo. Por lo tanto, si todos los países del mundo acaban alcanzado el dorado que para ellos es llegar al consumo y nivel de vida de los países ricos, cruzaríamos el punto de no retorno, lo que significaría una “pascualizacion” de la sociedad a nivel planetario, no para nosotros, sino para nuestros descendientes. La otra alternativa es reconocer la gravedad del problema y asignar los recursos y los medios necesarios para soslayar tan aciago desenlace. Dada la dimensión del problema las soluciones deberían de transitar por una redefinición de los valores en los que se sustenta el sistema económico y social. Los modelos alternativos son varios: Economía del decrecimiento, del bien común… todas ellas encuadradas en el amplio y anfibiologico concepto de la economía sostenible.

 

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La función económica del sector público

Artículo publicado en la revista Noticias Obreras, nº 1.545 de Marzo de 2013. pág:12 y 13

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El sector público está en cuestión. Las medidas que se están tomando para paliar los problemas derivados de la profunda crisis que vivimos, parecen cuestionar sus fundamentos y algunos creen que se trata de un programa premeditado para cambiar sus funciones y debilitarlo.

Por ello creo que es un buen momento para repasar cual es la función económica del sector público en una economía de mercado como la nuestra, que se basa en la libre concurrencia de empresas que quieren vender cosas y particulares e instituciones que quieren comprarlas. Este es el sistema por el que hemos optado para la organización económica de nuestra sociedad y en el que el Estado tiene importantes labores que es necesario llevar adelante para que todo funcione.

Es por ello que lo primero que tenemos que recordar es que el Estado es quien permite, a través de su actuación, que sea el mercado quien articule las relaciones económicas que se dan en nuestra sociedad. Para lograr este propósito, el Estado tiene que llevar adelante dos clases de funciones económicas.

La primera se refiere a establecer el marco en el que el mercado pueda funcionar, es decir, construir una estructura societaria que permita que el mercado sea el medio a través del cual solventemos nuestras cuestiones económicas. Para ello, las medidas que tiene que tomar el Estado son varias. Por un lado permitir la propiedad privada de los medios de producción, es decir, de los recursos naturales, del trabajo o del capital. Por otro establece un sistema legislativo que defiende la libertad de mercado, es decir, la capacidad individual y colectiva para decidir qué se quiere comprar o qué se quiere producir y qué no. Junto a esta, hay que establecer una legislación que proteja los derechos de los compradores y de los vendedores, para que las obligaciones que generan los intercambios del mercado estén claras para ambas partes. Para apoyar esto último, se precisa que el estado tenga la fuerza suficiente para hacer cumplir la ley, de manera que tenga medios para exigir a los infractores que cumplan con sus obligaciones o que indemnicen a los damnificados por su incumplimiento. Por último, el Estado debe garantizar una estabilidad social que permita que la economía funcione sin excesivos problemas.

Este primer grupo de medidas no es suficiente para garantizar el funcionamiento de una economía de mercado, si nos limitásemos a él, la economía de mercado y el sistema económico que conocemos en la actualidad estaría condenado al fracaso. Esto es debido a que el mercado por si mismo soluciona mal algunas cuestiones y fracasa en su empeño de ser un mecanismo que pueda solventar todas las relaciones económicas de una sociedad de una manera correcta y sostenible. Los problemas que genera se denominan “Fallos del mercado” y el estado interviene en la economía intentando paliar estos fallos como la única manera de hacer sostenible un sistema económico basado en el mercado.

Por ello, ante unos mercados que no ofrecen por si mismos lo que se denominan “bienes públicos” (la iluminación de las calles, su asfaltado, las carreteras, la defensa nacional, la policía…) o que sobre-explotan los bienes comunales (la pesca, la caza, los bosques…) el estado interviene ofreciendo los primeros (y pagándolos con la recaudación de impuestos) y regulando el acceso a los segundos.

Ante una actividad económica que produce perjuicios a personas que no son ni los compradores ni los vendedores (denominados “externalidades negativas” y cuyo principal ejemplo son los daños medioambientales) el Estado interviene regulando o prohibiendo estos efectos indeseados de la actividad económica.

Ante unas desigualdades que el mercado incrementa debido a que facilita medios para que los que están mejor puedan ganar más, al mismo tiempo que perjudica a quienes estar peor condenándoles a que su pobreza se acreciente cada vez más, el Estado crea mecanismos de distribución para transferir rentas desde los que mejor están a los que peor están y defender a estos últimos para reducir las desigualdades y lograr que el mecanismo de mercado también sea beneficioso para ellos.

Ante una competencia que se deteriora debido a que las empresas más poderosas consiguen medios para acabar con sus competidores y trabajar en condiciones privilegiadas, el Estado interviene defendiendo la competencia y evitando prácticas que tengan como único objetivo acabar con las empresas competidoras o aprovecharse de la posición de privilegio que se tiene para imponer mayores precios o peores condiciones a los consumidores.

Ante un sistema de mercado inestable en el que a épocas de bonanza en las que se da un alto crecimiento económico y la riqueza parece florecer por doquier, le suceden periodos de crisis en los que sucede todo lo contrario, el Estado interviene articulando políticas monetarias y fiscales que intentan reducir la amplitud y la profundidad de estos ciclos.

Si observamos estos dos grandes grupos de medidas (la estructura del mercado y la intervención para paliar sus fallos) podremos ver como existe un acuerdo casi total en el primero. La gran mayoría de quienes piensan que el mercado es un buen instrumento, opinan que el Estado tiene que realizar esta labor. Sin embargo, algunos parecen olvidar que el segundo grupo de medidas ha surgido precisamente para defender el sistema de mercado y no para hundirlo. Los momentos en los que el mercado ha dado más prosperidad a las poblaciones que lo han tomado como sistema económico, han sido aquellos en los que el Estado ha intervenido de una manera sistemática y decidida para poder paliar sus fallos.

Si se olvida esta premisa (como parece que le sucede a algunos) no solo van a volver a aparecer o a incrementarse aquellos problemas que el mercado genera por si mismo, sino que también va a comprometerse la misma continuidad del sistema económico de mercado. Necesitamos pues, políticos que tengan claras estas funciones económicas del Estado y se comprometan a buscar las mejoras necesarias para que se sigan cumpliendo de manera eficaz. Esto quiere decir que lo importante no es que se siga haciendo lo mismo que se hacía hasta ahora, sino que se sigan cumpliendo las funciones aunque sea haciendo cosas distintas. En el próximo número incidiré en cuáles son, desde mi punto de vista, los caminos que debemos tomar para garantizar esto.

 

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