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Archivo de la categoría: Medio ambiente

¿Cuidamos o explotamos la creación?

Artículo publicado en la revista ICONO, año 119, nº 6, Junio 2017, pág: 26 y 27

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Cuando era pequeño me gustaban las historias que transcurrían en granjas. En ellas había distintos tipos de animales que convivían con las personas, los granjeros cultivaban las tierras para que ellos y sus animales se alimentasen de sus frutos, los excrementos eran utilizados como abono y todo se aprovechaba al máximo. Quizá estas historias me recordaran a casa de mi abuela, donde había gallinas y conejos y donde sabía que en otros tiempos habían vivido cerdos en ese corral trasero tan habitual en las casas antiguas de estos pueblos del Horta Nord de Valencia. Las granjas eran una manera de combinar una actividad económica que pretendía obtener recursos monetarios y alimenticios para que las personas que allí viviesen tuviesen una vida digna, con el cuidado de la creación de todo aquello que nos rodea.

Ya no existen granjas, tenemos explotaciones agrarias y ganaderas

Hoy en día es difícil encontrar granjas, lo que abundan son explotaciones agrícolas y ganaderas. Cuando uno va a una de ellas, ya no se encuentra con ese paisaje medianamente idílico con distintos tipos de animales conviviendo en un espacio y una agricultura y una ganadería que se complementan. Ahora encontramos grandes naves industriales en las que se hacinan miles de pollos, o cientos de cerdos, o de ovejas o de vacas… Grandes campos de un solo producto que se extienden a lo largo de muchas hectáreas y cuya cosecha es recogida por máquinas (en ocasiones) o por un elevado número de jornaleros que dejan el producto en cajas para ser llevado directamente a los mercados de las grandes ciudades o a las grandes cadenas de distribución alimenticia. Bosques de una sola clase de árbol que son talados por parcelas cada cierto tiempo. Los sistemas de producción industriales se han introducido en la ganadería, en la agricultura y en la silvicultura, las granjas han pasado a ser explotaciones.

Una explotación no cuida de la creación

Explotar es (según la segunda acepción del diccionario de la RAE): “Sacar utilidad de un negocio o industria en provecho propio.” Por este motivo se habla de explotación y ya no de granja. La dinámica economicista se ha introducido en la gestión de las granjas y estas han dejado de serlo. Los seres vivos que componen la creación han dejado de ser así considerados para pasar a ser simples recursos que utilizamos para nuestro propio provecho. La creación ya no se ve como un todo a cuidar y a hacer fructificar, sino como un lugar del que se sacan recursos para incrementar nuestros beneficios individuales. Al igual que el afán de tener más riquezas deshumaniza a las personas haciendo que se olviden que lo que tienen delante son también personas, el egoísmo economicista deja de ver el entorno en el que se mueve nuestra vida como algo a cuidar para pasar a considerarlo como un espacio a explotar para incrementar los beneficios de quien lo hace.

La denuncia de Francisco

Eso es, precisamente, lo que denuncia Francisco en su última Encíclica Laudato si (2) “La hermana tierra clama por el daño que le provocamos a causa del uso irresponsable y del abuso de los bienes que Dios ha puesto en ella. Hemos crecido pensando que éramos sus propietarios y dominadores, autorizados a expoliarla. La violencia que hay en el corazón humano, herido por el pecado, también se manifiesta en los síntomas de enfermedad que advertimos en el suelo, en el agua, en el aire y en los seres vivientes. Por eso, entre los pobres más abandonados y maltratados, está nuestra oprimida y devastada tierra, que « gime y sufre dolores de parto »” La deshumanización a la que nos lleva ese pecado grave de pensar solamente en nuestro propio interés y de buscar a toda costa el tener más, se traduce en unos problemas medioambientales que no solo están reduciendo la calidad del ambiente natural en el que nos movemos hiriendo al suelo, al agua, al aire y a los seres vivos, sino que también está comprometiendo que las generaciones futuras puedan gozar de un entorno adecuado para su vida en la tierra.

Por una cultura del cuidado

Por ello Francisco nos propone que “junto con la importancia de los pequeños gestos cotidianos, el amor social nos mueve a pensar en grandes estrategias que detengan eficazmente la degradación ambiental y alienten una cultura del cuidado que impregne toda la sociedad” (LS, 231) Esta cultura del cuidado se debe reflejar tanto en un nuevo estilo de vida en el que la búsqueda egoísta del propio bien se cambie por el deseo de construir el bien común con el resto de las personas, a un necesario cambio de estructuras que pretenda, no tanto la explotación de nuestros recursos y la generación de nuevos bienes, como el cuidado de la creación que nos ha sido dada, para que sea el marco en el que vivamos, nos desarrollemos y tengamos una vida plena, nosotros y nuestros descendientes. Por ello, ante la cultura de la propiedad, del hago lo que quiero porque es mío, de la explotación de los recursos, Francisco propone esa cultura del cuidado que pretende la convivencia armónica entre las personas y el resto de la creación. Una cultura que no solo no va en contra de la consecución de los recursos necesarios para vivir, sino que, es la única manera en la que se puede garantizar que en el futuro, las próximas generaciones sigan gozando de ellos.

 

 

 

 

 

 

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Presentación Informe “Medio Ambiente y Política Social”

El próximo martes 4 de Octubre, presentamos en Valencia el informe anual “Análisis y perspectivas Comunitat Valenciana 2016” que elaboramos el Observatorio de Investigación sobre pobreza y exclusión en la Comunidad Valenciana.

Este año se titula “Medio Ambiente y Política Social”

Estáis invitados a asistir. La semana próxima os presentaré también aquí el informe y os pondré el enlace al mismo.

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Publicado por en septiembre 28, 2016 en Medio ambiente, pobreza, Privación

 

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Koopera en la Universidad CEU-UCH

El próximo miércoles día 27 de Abril en la Universidad CEU Cardenal Herrera, Javier Ariño, gerente de Koopera, nos va a contar dentro del Foro CEU Empresa, este proyecto empresarial que busca la innovación social y la integración en el mundo laboral de personas que tienen dificultades por encontrarse en riesgo de exclusión social.

La conferencia será a las 19:00 en el Aula Magna del edificio Luis Campos Górriz en Alfara del Patriarca. Tienes más información en https://www.uchceu.es/actividades/2016/conferencias/foro-ceu-empresa-el-caso-de-koopera

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Si quieres saber más sobre esta empresa, puedes entrar en su página web: http://koopera.org/

 

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Homenaje a la huerta

Artículo titulado “Amaneciendo” publicado en el periódico España Buenas Noticias. En él hago un homenaje a la huerta valenciana y un llamamiento a una economía más ligada a nuestra tierra…

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Puedes encontrar el artículo en: http://ebuenasnoticias.com/2014/06/10/amaneciendo/

 
 

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La Isla de Pascua y la nave espacial Tierra

Os dejo aquí con un interesante artículo de Eduardo Esteve Pérez. Fue publicado en el periódico Las Provincias el pasado 10 de noviembre y contiene un lúcido análisis de los límites ecológicos de nuestro planeta.

La Isla de Pascua eduardo Esteve

Como destaca el ínclito economista Jeffrey Sacks en economía para un planeta abarrotado, los retos más perentorios a los que se enfrenta la sociedad actual son: el crecimiento demográfico, la sostenibilidad medioambiental y la pobreza, a lo que habría que añadir el efecto y la gestión de la actual Gran Recesión.

En este artículo nos vamos a centrar en la sostenibilidad medioambiental. Para ello vamos a comenzar con una somera presentación de la fascinante e inquietante historia de la Isla de Pascua. Ubicada en la polinesia, las tierras más cercanas se encuentran por el este, en chile, a unos 3700 km, y, por el oeste, en las islas Pitcairn, a casi 2100, por lo que podemos sostener que es el territorio habitado más remoto del planeta azul, siendo colonizado poco antes del año 900 d.C. por habitantes de la Polinesia. La isla es mundialmente famosa por sus colosales estatuas llamadas moái, con unos pesos medios de 10 toneladas, alcanzando las mayores más de 70 (la más pesada, denominada Ahu Tongariki, contabiliza 87 toneladas). Los inventarios realizados sitúan el número de moái en 887, de las que algo menos de la mitad permanecen en la cantera. El primer europeo que recaló en Rapa Nui fue el marino neerlandés Jacob Roggeveen, corría el año 1722, y, dado que su descubrimiento aconteció en el domingo de pascua, la isla adopto el nombre por el que todos la conocemos.

Lo primero que llamó la atención a Roggeven y a los sucesivos exploradores que visitaron la isla fue lo inverosímil de cómo una población de apenas 3000 pascuenses desplazaron los más de 400 moai desde la cantera hasta erigirlos por toda la isla. Sobretodo, teniendo en cuenta la carencia de arboles que sirvieran para el traslado. Lo inconcebible de tamaña empresa significó que autores poco rigurosos, como Erich von Däniken, postularan teorías tan kafkianas como que la manufactura de los moai había sido de origen extraterrestre. La realidad fue mucho más prosaica. Siglos atrás el paramo que presenciaron los exploradores europeos no era tal. En lugar de los arbustos y helechos se alzaba un bosque subtropical poblado por arboles y palmeras de tamaño considerable (de hecho, la palmera más alta de mundo, ahora extinta, pertenecía a la flora pascuense). La degradación de la isla no solo afecto a la flora, sino que se extinguió la totalidad de las especies de la isla, con la excepción de las ratas. Como consecuencia de tan acerada involución medioambiental, la mayoría de los pascuenses perecieron por inanición (de una población estimada en torno a 15.000 se paso a los citados 3000). Y los supervivientes, como describió el capitán Cook en 1774, eran: “Pequeños, enjutos, tímidos y pobres”, llegando incluso a practicar el canibalismo.

La etiología de la destrucción medioambiental -como destaca Jared Diamond en su monumental obra, Colapso – fue antropogénica. En concreto, la sociedad pascuense estaba dividida en 12 clanes. Las fuerzas que impulsaron la construcción de los moái fue la lucha por el estatus, prestigio y poder de los diferentes clanes. Los moái significaban un signo inequívoco de poder, y los jefes de los diferentes clanes, los utilizaban para demostrar frente a los prebostes de otros clanes su superioridad y status, lo que, a su vez, era fuente de legitimitad de su dominio y poder entre los miembros de su propio clan. Lo que importaba no era el tamaño y la cuantía absoluta de los moai erigidos por un determinado clan, sino sus valores relativos; es decir, que los de un determinado clan fueran más numerosos y, sobretodo, más colosales. Como consecuencia de esto se desató una carrera ad infinitum, en la que los moai eran cada vez más grandes y pesados… hasta que, como consecuencia de ello, talaron la totalidad de los arboles disponibles, lo que supuso la erosión del suelo, la extinción de las especies animales y, por ende, la destrucción de la sociedad pascuense.

El ominoso epílogo dibujado en el párrafo precedente, nos puede servir, por analogía, para extraer algunas conclusiones aplicables a las sociedades actuales. En los años sesenta surgió el concepto de la Tierra como una nave espacial. Esto fue motivado tanto por las vividas fotografías de la Tierra realizadas por los satélites y los primeros viajes del proyecto Apolo, como por el reconocimiento del significativo impacto que la especie humana estaba teniendo a nivel global, de forma que ya no era plausible considerar los recursos de la tierra como ilimitados. En palabras del polimatía Kenneth E. Boulding, en un fragmento de su brillante artículo, la Tierra como una nave espacial, de 1965:Durante milenios, la tierra en las mentes de los hombres era llana e ilimitada. Hoy, como resultado de la exploración, la velocidad y la explosión del conocimiento científico, la tierra se ha vuelto una esfera diminuta, cerrada, limitada, superpoblada, y lanzada a través del espacio hacia destinos desconocidos”.

A partir de esta caracterización de la Tierra, las similitudes con la Isla de Pascua son evidentes: la tierra, en relación a los 7000 millones de habitantes que la pueblan, es pequeña. Al igual lo era la Isla de pascua con sus 15 km por 15 km en relación a sus 15.000 pascuenses. La Tierra es un sistema cerrado, en el sentido que no es factible para los seres humanos, en un periodo temporal “razonable”, encontrar una morada alternativa. De igual forma, para los pascuenses, una vez acontecido el ocaso, sin árboles con los que construir barcas mínimamente aceptables, la isla era también un sistema cerrado del que no podían escapar. En la Tierra, los humanos que la moran efectúan grandes esfuerzos por incrementar su estatus. Para conseguirlo, se recurre a la ostentación y fausto de los más variopintos bienes suntuarios: coches de lujo, mansiones, televisores de gran tamaño… así como a un consumismo febril en miles de productos que generan un consumo de recursos y una generación de residuos no sostenible. Los pascuenses también eran adictos a la pompa y al boato, encarnados en sus moái, lo que, sumado a lo pequeño de su morada y a la imposibilidad de trasladarse a otra, significó su condena a muerte. Esta tercera semejanza entre la tierra y la Isla de Pascua lo es en origen, si bien el desenlace o, en palabras de Boulding, el destino de la tierra, todavía es desconocido.

Los datos son elocuentes. Como destaca Jared Daimond, el consumo de recursos y generación de residuos de un ciudadano medio de EEUU, Europa occidental o Japón son unas 32 veces superior a la de los habitantes del Tercer Mundo. Por lo tanto, si todos los países del mundo acaban alcanzado el dorado que para ellos es llegar al consumo y nivel de vida de los países ricos, cruzaríamos el punto de no retorno, lo que significaría una “pascualizacion” de la sociedad a nivel planetario, no para nosotros, sino para nuestros descendientes. La otra alternativa es reconocer la gravedad del problema y asignar los recursos y los medios necesarios para soslayar tan aciago desenlace. Dada la dimensión del problema las soluciones deberían de transitar por una redefinición de los valores en los que se sustenta el sistema económico y social. Los modelos alternativos son varios: Economía del decrecimiento, del bien común… todas ellas encuadradas en el amplio y anfibiologico concepto de la economía sostenible.

 

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La función económica del sector público

Artículo publicado en la revista Noticias Obreras, nº 1.545 de Marzo de 2013. pág:12 y 13

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El sector público está en cuestión. Las medidas que se están tomando para paliar los problemas derivados de la profunda crisis que vivimos, parecen cuestionar sus fundamentos y algunos creen que se trata de un programa premeditado para cambiar sus funciones y debilitarlo.

Por ello creo que es un buen momento para repasar cual es la función económica del sector público en una economía de mercado como la nuestra, que se basa en la libre concurrencia de empresas que quieren vender cosas y particulares e instituciones que quieren comprarlas. Este es el sistema por el que hemos optado para la organización económica de nuestra sociedad y en el que el Estado tiene importantes labores que es necesario llevar adelante para que todo funcione.

Es por ello que lo primero que tenemos que recordar es que el Estado es quien permite, a través de su actuación, que sea el mercado quien articule las relaciones económicas que se dan en nuestra sociedad. Para lograr este propósito, el Estado tiene que llevar adelante dos clases de funciones económicas.

La primera se refiere a establecer el marco en el que el mercado pueda funcionar, es decir, construir una estructura societaria que permita que el mercado sea el medio a través del cual solventemos nuestras cuestiones económicas. Para ello, las medidas que tiene que tomar el Estado son varias. Por un lado permitir la propiedad privada de los medios de producción, es decir, de los recursos naturales, del trabajo o del capital. Por otro establece un sistema legislativo que defiende la libertad de mercado, es decir, la capacidad individual y colectiva para decidir qué se quiere comprar o qué se quiere producir y qué no. Junto a esta, hay que establecer una legislación que proteja los derechos de los compradores y de los vendedores, para que las obligaciones que generan los intercambios del mercado estén claras para ambas partes. Para apoyar esto último, se precisa que el estado tenga la fuerza suficiente para hacer cumplir la ley, de manera que tenga medios para exigir a los infractores que cumplan con sus obligaciones o que indemnicen a los damnificados por su incumplimiento. Por último, el Estado debe garantizar una estabilidad social que permita que la economía funcione sin excesivos problemas.

Este primer grupo de medidas no es suficiente para garantizar el funcionamiento de una economía de mercado, si nos limitásemos a él, la economía de mercado y el sistema económico que conocemos en la actualidad estaría condenado al fracaso. Esto es debido a que el mercado por si mismo soluciona mal algunas cuestiones y fracasa en su empeño de ser un mecanismo que pueda solventar todas las relaciones económicas de una sociedad de una manera correcta y sostenible. Los problemas que genera se denominan “Fallos del mercado” y el estado interviene en la economía intentando paliar estos fallos como la única manera de hacer sostenible un sistema económico basado en el mercado.

Por ello, ante unos mercados que no ofrecen por si mismos lo que se denominan “bienes públicos” (la iluminación de las calles, su asfaltado, las carreteras, la defensa nacional, la policía…) o que sobre-explotan los bienes comunales (la pesca, la caza, los bosques…) el estado interviene ofreciendo los primeros (y pagándolos con la recaudación de impuestos) y regulando el acceso a los segundos.

Ante una actividad económica que produce perjuicios a personas que no son ni los compradores ni los vendedores (denominados “externalidades negativas” y cuyo principal ejemplo son los daños medioambientales) el Estado interviene regulando o prohibiendo estos efectos indeseados de la actividad económica.

Ante unas desigualdades que el mercado incrementa debido a que facilita medios para que los que están mejor puedan ganar más, al mismo tiempo que perjudica a quienes estar peor condenándoles a que su pobreza se acreciente cada vez más, el Estado crea mecanismos de distribución para transferir rentas desde los que mejor están a los que peor están y defender a estos últimos para reducir las desigualdades y lograr que el mecanismo de mercado también sea beneficioso para ellos.

Ante una competencia que se deteriora debido a que las empresas más poderosas consiguen medios para acabar con sus competidores y trabajar en condiciones privilegiadas, el Estado interviene defendiendo la competencia y evitando prácticas que tengan como único objetivo acabar con las empresas competidoras o aprovecharse de la posición de privilegio que se tiene para imponer mayores precios o peores condiciones a los consumidores.

Ante un sistema de mercado inestable en el que a épocas de bonanza en las que se da un alto crecimiento económico y la riqueza parece florecer por doquier, le suceden periodos de crisis en los que sucede todo lo contrario, el Estado interviene articulando políticas monetarias y fiscales que intentan reducir la amplitud y la profundidad de estos ciclos.

Si observamos estos dos grandes grupos de medidas (la estructura del mercado y la intervención para paliar sus fallos) podremos ver como existe un acuerdo casi total en el primero. La gran mayoría de quienes piensan que el mercado es un buen instrumento, opinan que el Estado tiene que realizar esta labor. Sin embargo, algunos parecen olvidar que el segundo grupo de medidas ha surgido precisamente para defender el sistema de mercado y no para hundirlo. Los momentos en los que el mercado ha dado más prosperidad a las poblaciones que lo han tomado como sistema económico, han sido aquellos en los que el Estado ha intervenido de una manera sistemática y decidida para poder paliar sus fallos.

Si se olvida esta premisa (como parece que le sucede a algunos) no solo van a volver a aparecer o a incrementarse aquellos problemas que el mercado genera por si mismo, sino que también va a comprometerse la misma continuidad del sistema económico de mercado. Necesitamos pues, políticos que tengan claras estas funciones económicas del Estado y se comprometan a buscar las mejoras necesarias para que se sigan cumpliendo de manera eficaz. Esto quiere decir que lo importante no es que se siga haciendo lo mismo que se hacía hasta ahora, sino que se sigan cumpliendo las funciones aunque sea haciendo cosas distintas. En el próximo número incidiré en cuáles son, desde mi punto de vista, los caminos que debemos tomar para garantizar esto.

 

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Artículo publicado en Las Provincias

Artículo de opinión publicado en las Provincias el 22 de Abril en la página 24

 

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