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Archivo de la etiqueta: artículos económicos

¿Quiénes pierden en la globalización?

Quienes se sienten perdedores en la globalización suelen escoger opciones populistas que prometen la mejora a través de fórmulas que no tienen en cuenta la complejidad de la sociedad.

Muchas veces, se culpabiliza a quienes están en esta situación diciéndoles que la responsabilidad de que estén en desventaja es solamente suya.

La estructura productiva que hemos montado deja a muchas personas atrás y esto no es responsabilidad de quienes no pueden acceder a tener unos salarios dignos o quedan relegados a un segundo o tercer lugar en la sociedad.

 
 

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¿Nos sentimos productores o consumidores?

Las personas no somos tan solo consumidoras sino también productoras. Para poder comprar debemos tener ingresos y ello lo conseguimos haciendo algo que vendemos a los demás.

¿De donde viene nuestro reconocimiento social? ¿De lo que compramos y de nuestra capacidad de consumo o de lo que aportamos a nuestra sociedad?

Para construir un nuevo paradigma económico precisamos recuperar la valoración de las personas según lo que aportamos a la sociedad y no según lo que compramos y nuestro nivel de vida.

Porque, además, el sistema económico actual no garantiza que haya una equivalencia entre la importancia de lo que aportamos a nuestra sociedad y el nivel económico que ostentamos.

 

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La economía de la rosquilla

Artículo publicado en el número 1636 de Febrero de 2021 de la revista Noticias Obreras (Pág: 12-13)

La ciudad de Ámsterdam ha comunicado que va a relanzar su economía ante el coronavirus adoptando el modelo de economía de la “Rosquilla” (Doughnut Economics en inglés). La Economía Rosquilla es una propuesta de la economista británica Kate Raworth que está en la línea de repensar el paradigma economicista que prima en la actualidad y muy relacionada con lo que hace la economía circular, la economía civil, la economía del bien común y tantos otros. De hecho, ha sido una de las ponentes principales en el evento de Economía de Francisco que se celebró on line el pasado mes de Noviembre.

Por eso podemos englobar sus ideas dentro del grupo de personas que estamos repensando la economía de una manera crítica ante un economicismo enfocado solo al crecimiento económico que deja a muchos detrás, esquilma los recursos de la tierra y no nos lleva a una vida plena. Un conjunto de economistas que no nos quedamos en la crítica a lo que hay, sino que realizamos propuestas para intentar reorientar la economía en una dirección diferente. El siglo XXI tiene que ser un momento en el que apostemos por otras maneras de actuar económicamente que sean más equitativas, más sostenibles y más ajustadas con aquello que hace felices a las personas.

Hecha esta pequeña introducción, creo que es una buena noticia que una ciudad como Ámsterdam, capital de un país pequeño pero rico, decida cambiar el modelo de gestión de su economía. Necesitaríamos que hubiese más gobiernos, ya fuesen de ciudades, de regiones o de países, que comenzasen a dar pasos en esta dirección. Porque el pensamiento necesita de gestores valientes que se aventuren en el riesgo que supone cambiar, ser pioneros e intentar plantearse las cosas de una manera diferente a la que se da en la actualidad.

Aunque desconozco los detalles concretos de cómo el consistorio ha llegado a esta decisión, sí que me gustaría aportar algunas cuestiones que creo que son imprescindibles para que unas medidas así lleguen a buen puerto y no se queden en buenas intenciones que son olvidadas o dejadas a un lado en el momento en el que entra otro partido en el consistorio o en el gobierno.

Al tratarse de un cambio de paradigma y no de unas medidas que se toman para llegar al mismo objetivo que se planteaba con anterioridad, se precisa del máximo acuerdo posible. No puede ser una política partidista, en la que se propone cambiar el paradigma como algo que dice mi partido en contra de quienes están en otras posiciones políticas. Un cambio de paradigma es algo en lo que deben de participar la mayoría de las personas y organizaciones que componen una sociedad. Debe sacarse de la contienda partidista para ser, lo que podríamos denominar, una “política de Estado”.

La contienda política ya vendrá después, cuando en el nuevo marco de actuación debatamos sobre cuáles son las medidas más adecuadas para lograr el objetivo común, pero no previamente. Lo verdaderamente necesario en estos momentos es construir un consenso sobre el paradigma, porque si no lo hacemos, es prácticamente imposible lograr un cambio si no es por la fuerza.

Alguien puede pensar que esto es difícil y no se equivoca, es complicado pero no imposible. Hay personas en todos los partidos políticos y de todas las tendencias que son receptivas al cambio de paradigma. Hablo y doy cursos a gente de muchas tendencias distintas y con frecuencia enfrentadas entre sí y siempre les propongo el cambio de paradigma económico como alternativa para poner fin al economicismo reinante y poner la gestión económica al servicio de las personas y del planeta. Lo que encuentro siempre son personas receptivas a este cambio y que creen que ello mejoraría la sociedad en la que nos encontramos. Da igual que sean de un lado o de otro, hay una conciencia en la necesidad de un cambio que cada día es mayor en todos los ámbitos de la sociedad.

Para aglutinar a personas de distintos espectros ideológicos en pos de un nuevo paradigma necesitamos también potenciar algo de lo que ha hablado Francisco en su última encíclica Fratelli tutti: el diálogo. Porque solamente desde ahí podemos superar la lucha fratricida en pos del poder, del voto y del triunfo que se da en una sociedad excesivamente competitiva y demasiado meritocrática. Conversar con el que piensa diferente a mí me permite poder encontrar puntos en común donde pienso que solamente existen elementos que nos alejan y nos enfrentan.

El segundo punto imprescindible para poder enfrentar este camino es la humildad. No vamos a ser capaces de encontrar el camino perfecto, este no existe. Solo podemos reorientar la economía e intentar dar pasos para que la organización social y económica se dirija en una dirección distinta a la actual y que sea más humana y más respetuosa con la creación. No podemos pretender que tenemos toda la verdad o todas las claves para solucionar todo lo que está mal. Tan solo tenemos propuestas que creemos que pueden tener unos resultados mejores que las que se están aplicando en estos momentos.

Por eso necesitamos contrastar con los otros, probar nuevas políticas, realizar intentos sabiendo que nos podemos equivocar porque aventurarse en un terreno desconocido es tener muchas posibilidades de errar, de tomar sendas que no nos llevan donde queremos, de tener que volver atrás para reencontrar el camino adecuado. Ser valiente para emprender sendas inexploradas hasta ese momento supone ser consciente de nuestra pequeñez para, desde el respeto a los demás, avanzar en una dirección que creemos que es mejor.

Por todo ello debemos dejar a un lado la lucha partidista y enfrentarnos a los problemas reales de la población y de nuestra sociedad buscando esos caminos que nos permitan cambiar una organización social totalmente economicista que pone a todos al servicio de objetivos de crecimiento y rentabilidad financiera. Cada entidad de la sociedad puede ponerse en marcha a su nivel. No es necesario que lo hagan los gobiernos o las instituciones comunitarias antes, puede asumirse como ha hecho Ámsterdam a nivel municipal, o a escala de empresa o simplemente a nivel de una asociación o movimiento.

Cambiar el paradigma económico no es una cuestión de un partido político u otro, sino que es una llamada que tenemos todos para, a partir de sentirnos hermanos, emprender ese camino de diálogo fraterno que nos lleve a reconsiderar todas las ideas económicas que se han visto como únicas e inamovibles desde el siglo pasado. Recomiendo encarecidamente leer y releer la nueva Encíclica de Francisco para comprender bien nuestra llamada al diálogo fraterno y a repensar el paradigma economicista que prima en nuestra sociedad.

 

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Los fondos europeos y la España despoblada

Os presento un artículo que salió en el suplemento Alfa y Omega el pasado 25 de Febrero sobre el Fondo Europeo de Recuperación y la España despoblada

El Fondo Europeo de recuperación y la España despoblada

Casi todos hemos escuchado que España va a recibir de la Unión Europea algo más de 150.000€ durante los próximos seis años en lo que se ha denominado Fondo Europeo de Recuperación. De esta cantidad, algo más de 81.000 millones serán subvenciones y unos 70.000 préstamos. Los objetivos que se pretenden alcanzar con este fondo son potenciar una economía ecológica, avanzar en el proceso de digitalización y modernizar la nación.

Bien aprovechada, esta gran cantidad de millones puede ser una oportunidad difícilmente repetible, pero también puede convertirse en una ocasión perdida. Si se reparte sin un criterio de convergencia o un plan bien concebido, podemos limitarnos a financiar proyectos dispersos que solamente estén unidos por las condiciones que se les piden y que no lleven a ningún sitio más que a un beneficio para aquellos que los ejecutan y algún efecto positivo sobre el crecimiento económico. Limitarnos a financiar proyectos eficientes y que busquen tan solo crecimiento económico a corto plazo puede llevarnos a que, dentro de seis años, veamos este fondo como una ocasión desperdiciada que no hay modificado la estructura económica de España.

A mi juicio, estos fondos podrían ser la gran oportunidad para transformar nuestro país re-equilibrando la balanza que ahora está en contra de la España despoblada1 o vacía. Utilizar todo este dinero a favor del desarrollo de esa España interior que ha perdido parte de su peso y que sigue siendo la hermana olvidada del país, podría ser una verdadera modernización de nuestra nación y un cambio de repercusiones positivas para todos en el largo plazo. Estas zonas necesitan políticas de apoyo que les sirvan para desarrollarse, recuperar su peso en la nación y atraer a personas que ahora causan presión demográfica en los lugares más poblados del país.

Para lograrlo sería bueno recuperar la teoría de François Perroux de los polos de desarrollo que tan buenos resultados ha traído en muchos lugares de Europa, reforzar la digitalización de estas zonas, mejorar sus infraestructuras y servicios, potenciar una economía ecológica que refuerce el comercio de proximidad y devuelva a nuestro país la producción de muchos bienes que ahora se están realizando allende de nuestras fronteras. La pandemia nos ha mostrado los problemas que surgen cuando un número reducido de empresas grandes y fuera de nuestro país dominan determinados mercados.

Lograr una España menos desequilibrada geográficamente en la que las provincias que han expulsado población durante los últimos cien años comenzasen a atraerla y fuesen motores de crecimiento, sería una verdadera modernización y un cambio estructural importante para nuestro país. Aprovechar estas zonas despobladas para desarrollar una economía basada en criterios ecológicos y que potencie la producción nacional permitiría también reducir la presión ecológica que supone la gran densidad de población sobre algunas zonas. También mejoraría la vida de muchas otras que, o bien podrían encontrar nuevas oportunidades en la España ahora vacía, o verían cómo sus costes de alquiler o de vida en las zonas más pobladas podrían reducirse gracias a este reparto más equilibrado de la población. Previsiblemente, serían aquellas que tienen unas rentas menores quienes más se beneficiarían, lo que es un resultado social deseable.

A pesar de estas ventajas y de que es un plan necesario, posible y beneficioso para todos, mucho me temo que no se va a realizar. En primer lugar porque es difícil realizar una política nacional con unas comunidades autónomas que reclaman su parte del pastel y que quieren llevar sus propias políticas. En segundo lugar porque nos faltan políticos con miras a largo plazo que pretendan mejorar al país en su conjunto, que quieran afrontar una situación como la que tenemos de desequilibrios regionales y que pretendan transformarla.

Por ello me temo que no va a haber un verdadero plan coherente y coordinado a nivel nacional, sino que tendremos un conjunto de actuaciones dispersas geográfica y funcionalmente que satisfarán los intereses de algunas empresas y de algunos gobiernos autonómicos, pero que no lograrán un verdadero cambio a escala nacional. Una pena…

1Como la denomina el último informe de FUNCAS “La despoblación de la España Interior” (https://www.funcas.es/wp-content/uploads/2021/02/La-despoblacion-de-la-Espa%C3%B1a-interior.pdf)

 

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Preferencias y felicidad

El conocimiento detallado y exigente de nuestras preferencias nos puede generar un sufrimiento exagerado y una insatisfacción continuada.

Porque nunca podemos logar que todo se ajuste a lo que nosotros queremos, que todo sea como desearíamos, porque nos hacemos exigentes con el otro y con lo otro.

 

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Trump, tramp, tramposos

Los jugadores competitivos solamente quieren ganar, hacen lo imposible por conseguirlo y como les pasa a los niños, cuando pierden no solo se cabrean, sino que piensan que es porque los demás hacen trampas.

Todo esto es consecuencia de un culto a la competitividad que poco tiene que ver con un mercado sano. Porque el mercado y las elecciones se basan en unas normas. Todos sabemos que cambiar las normas a mitad de juego solamente puede llevar al beneficio de quien las cambia.

 

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Las puertas giratorias

Las famosas puertas giratorias no solamente suceden en España. Aquí tenéis un ejemplo de esta práctica realizado por el anterior presidente de la Organización Mundial de Comercio.

 

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La cara oculta de los incentivos

Una de las ideas más generalizadas entre mis alumnos es la necesidad de incentivos para potenciar que los trabajadores hagan lo que la empresa pretende.

El incentivo piensa siempre en un mundo en el que cada persona, institución o colectivo persigue únicamente, sus propios fines.

El incentivo potencia empresas confrontadas, atomizadas, de personas que solo buscan sus propios objetivos.

 

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¿Qué queremos? ¿Instituciones y personas competentes o competitivas?

Este verano, en una agradable sobremesa en casa de unos amigos en Panticosa, surgió el tema de si queremos empresas, personas, instituciones y naciones competentes o competitivas. Porque aunque parezca lo mismo, son cosas muy distintas que tienen unas implicaciones muy diferentes.

Ser competitivo es ser capaz de competir, de querer obtener lo mismo que otra persona, empresa, profesional o país, intentar igualarla en su perfección o en sus propiedades.

Ser competente es tener “pericia, aptitud o idoneidad para hacer algo o intervenir en un asunto determinado” (RAE)

En nuestras manos está saber qué preferimos

 

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Necesidades y exigencias

 

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¿Qué sucede con la sociedad insegura?

 

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Revista Resistencia

Os presento una iniciativa conjunta de los departamentos de Filosofía y de Religión del IES de Betxí.

Se trata de una revista que es el resultado del trabajo de todo un año de los estudiantes de esta población castellonense.

Los artículos son muy interesantes y creo que es bueno potenciar iniciativas educativas de esta clase.

Os animo a que la leáis en el siguiente enlace https://joom.ag/s0RC

 

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Nivel de vida y pandemia

 

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Cambiemos el paradigma económico

 

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A favor de la economía local

 

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Los costes ecológicos y públicos del sistema de producción actual

 

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Producir de otra manera

La plaga nos enseña que tal vez tengamos que cambiar nuestra manera de organizar la producción mundial

 

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Qué le pedimos a nuestros cargos públicos

Otra de las enseñanzas que sacamos de esta pandemia tiene que ver con los requisitos que les deberíamos pedir a nuestros cargos públicos.

Aquí tenéis unas sugerencias que creo nos ayudarían a construir un futuro mejor.

 

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Confinamiento y economía

Algunas consecuencias económicas de nuestro confinamiento

 

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¿Quién cuidará a nuestros mayores?

Ahora somos muchos para pagar las pensiones de nuestros mayores y para cuidarlos, pero la estructura de la población española nos dice que esto va a cambiar en pocos años ¿Estamos preparando la nueva situación ante la que nos encontraremos? En este breve artículo hablo de esta cuestión

 

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Para quién son los bienes de la tierra

En época de escasez de materiales para la cura de todos los infectados ¿Qué dice la Doctrina Social de la Iglesia sobre para quién son los bienes que producimos?

 

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Los mejores de 2019

Durante este año he mantenido una serie de entradas para este blog que versaban sobre cinco temas:

1.- Biblia y economía

2.- Economía y Doctrina Social de la Iglesia

3.- Temas actuales de economía

4.- Breves relatos sobre temas económicos

5.- El espíritu del economicismo y la transcendencia

Aquí os pongo el enlace directo a todos ellos para quienes os interese leerlos o tenerlos recopilados por temas:

1.- Biblia y economía

El pan nuestro de cada día

Guardar y cultivar nuestro Jardín

Bienestar y esclavitud frente a libertad y confianza

Amar a dos amos

¿Qué nos da seguridad?

2.- Economía y Doctrina Social de la Iglesia

El bien común

El crecimiento económico y la DSI

Qué es la solidaridad

Ser solidario es algo más

3.- Temas actuales de economía

Comprar sin relacionarse con el otro

Hágaselo usted mismo

Economía ¿Competimos o cooperamos?

El Black Friday y el cambio climático

El cambio climático es una cuestión económica

4.- Breves relatos sobre temas económicos

Aquel viaje tan maravilloso

En el templo (centro) comercial

Vamos de compras

Compro, luego soy

5.- El espíritu del economicismo y la transcendencia

El espíritu del economicismo

El economicismo, una nueva religión

 
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Publicado por en enero 6, 2020 en Blog Vida Nueva

 

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Ser solidario es algo más

Ahora que se acerca la navidad, os presento un pequeño artículo que versa sobre las implicaciones personales que tiene la solidaridad

 

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El Black Friday y el cambio climático

Esta semana de “Viernes negro” las ventas por internet se multiplican y los nubarrones del cambio climático son alimentados por ellas.

En este breve artículo os ofrezco un breve análisis medioambiental de las ventas a distancia

 

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La participación de los salarios en la renta nacional

Artículo publicado en la revista Noticias Obreras, nº 1622, Noviembre 2019, pág: 12-13

El valor de la producción de un país se reparte entre las personas que ganan su dinero a través de sus salarios, aquellos que lo hacen a través del rendimiento de sus inversiones financieras (ya sean estas por la propiedad de empresas, de activos financieros o de activos inmobiliarios) y la parte que va directamente al Estado a través de los impuestos sobre beneficios esencialmente. Conocer como evoluciona este reparto nos da información sobre quienes están ganando y quienes están perdiendo en un periodo de cambios económicos.

Nos interesa conocer que ha pasado con este reparto desde que comenzó la crisis en nuestro país. Cuando observamos los datos que nos ofrece el Instituto Nacional de Estadística (INE) observamos que antes de la crisis la participación de los salarios en el total de las rentas generadas en nuestro país era aproximadamente la mitad. Esto es, lo que ganaban las personas en nuestro país a causa de su trabajo era la mitad de lo que ganaban la totalidad de los españoles en un año. Esta cifra comenzó a bajar en 2011 y no ha dejado de hacerlo desde entonces. Ahora, en 2019, los datos que tenemos nos ofrecen un porcentaje sobre el total de las rentas de alrededor de un 45%. Es decir, el peso de las rentas de los asalariados en el total nacional se ha reducido en cinco puntos desde 2010.

Que esté reduciéndose la participación de los salarios mientras se incrementa la de los impuestos y de los beneficios empresariales nos muestra una tendencia que no sabemos si va a frenarse en algún momento. La raíz de este fenómeno que va en detrimento de las rentas salariales de un país, está en la idea de crecimiento que tenemos en esta economía. Para lograr un mayor crecimiento económico, queremos que las empresas se desarrollen. En un mundo en el que estas priorizan el rendimiento para sus propietarios, lo que prima en la gestión empresarial es considerar los salarios como un coste de producción e intentar reducirlos para que los beneficios sean superiores.

Así, se establece una visión en la que la reducción de los costes laborales aparece como un fin en sí mismo que hay que lograr para incrementar la competitividad empresarial, que no solamente se cifra en unos precios más bajos, sino también en unos márgenes atractivos para la inversión internacional. Además, algunos economistas y financieros afirman sin ambages que para que una empresa funcione correctamente se precisa que los costes salariales no alcancen determinado porcentaje.

Cabría preguntarse si esta circunstancia es positiva para la economía en su conjunto, ya que parece evidente que para aquellos que trabajan no es un panorama deseable. Porque si combinamos que el empleo se ha recuperado en estos últimos años, significando esto que hay muchas más personas trabajando que las que se daban a principios de la década, con que el porcentaje de sus salarios sobre el total se ha reducido, podemos sacar la conclusión de que los salarios necesariamente se han estancado o han disminuido (como sabemos que ha sucedido sobre todo en los trabajos que tienen unos niveles salariales inferiores).

Desde el punto de vista macroeconómico, que los beneficios se incrementen significa que aumenta la cuantía de dinero dispuesto para prestar, y que la capacidad de ahorro de aquellos que reciben rentas del trabajo se reduce. Esto significa que los excedentes empresariales deben prestarse a alguien para poderles sacar el rendimiento debido. El estado, los activos financieros, otras empresas, los prestatarios de otros países y las personas que tienen menos rentas y deben endeudarse para poder vivir, son los destinatarios preferidos.

Se puede dar, entonces, un fenómeno que ya observamos antes de la crisis (con unos niveles de rentas salariales superiores) y que fue uno de los motivos que trajo lo que se vino a denominar la gran depresión. Me refiero a que para mantener el consumo necesario para que siga habiendo crecimiento económico, quienes tienen rentas menguantes deben pedir prestado a quienes acumulan dinero al que quieren sacar rendimiento económico. Aunque las condiciones exigidas a los prestatarios son mucho más restrictivas que las que se daban antes de la crisis, la necesidad de préstamos se va incrementando y los fondos liberados son altos con un coste realmente bajo (los tipos de interés ya no pueden bajar mucho más).

Parece que sería mucho más lógico que los asalariados ganasen en porcentaje total de ingresos para que mantuviesen un elevado consumo sustentado en sus propios fondos y no en el endeudamiento. Ello provocaría que el crecimiento fuese más sostenido y sostenible, sin riesgos de futuras crisis financieras. Para ello la concepción económica de la empresa y de la economía en su conjunto debería modificarse. Algunos piensan que esto es muy difícil pero no es imposible. De hecho, la economía (como todo fenómeno social) es siempre cambiante, las ideas y la situación económicas actuales difieren de las que se daban hace diez años. Podemos estar seguro que todo será diferente dentro de diez años ¿Por qué no intentar que las cosas vayan en la dirección de mejorar la participación de los asalariados en la tarta de la renta total?

Porque en contra de lo que afirmó hace unos años Chistine Lagarde cuando era presidenta del Fondo Monetario Internacional, el que crezca la tarta no garantiza que quienes menos tienen incrementen sus rentas. Solo con una voluntad de dirigir el futuro en esta dirección podremos lograr que la participación de los asalariados en las rentas totales se incremente. No es necesario que la tarta suba, es suficiente con que esta se reparta de otra manera.

 
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Publicado por en noviembre 20, 2019 en trabajo

 

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Hazlo tú mismo

Una pequeña reflexión sobre la tendencia de las empresas a que hagamos nosotros mismos el trabajo que antes nos proporcionaban ellas.

 

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Cómo cambiar el paradigma económico

Aquí os presento un resumen de lo que va a ser mi próximo libro (que espero salga a principios de 2020). Está extraído de una conferencia que di este verano en un curso de la HOAC.

Se ha publicado en la revista Noticias Obreras en su nº 1620 de Septiembre de 2019 como tema del mes entre la página 19 y la 26

 
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Publicado por en septiembre 19, 2019 en Economía humana

 

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Aquel viaje tan maravilloso

Un breve relato que habla sobre el ahorro y el endeudamiento.

 
 

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¿Es el cristianismo una “buena noticia” para la economía?

Artículo publicado como pliego de Vida Nueva en su número 3128, del 4-10 de Mayo de 2019, páginas 23-30

 
 

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Promover el trabajo decente: una cuestión ética

Artículo publicado en la revista Noticias Obreras nº1615 Marzo 2019, pág: 12-13

Con frecuencia se piensa que la promoción del trabajo decente depende únicamente de la ética personal. Según esta concepción son los directivos y sus opciones éticas quienes determinan que el planteamiento ante el trabajo sea uno u otro. Los valores, las virtudes y la concienciación de quienes dirigen las empresas, de quienes emplean a trabajadores, de quienes crean empleo remunerado, aparecen como el determinante último de la potenciación del trabajo decente.

Cuando la concepción es esta, la labor a realizar es formar de una manera ética a nuestros directivos. Así surgen los cursos de ética empresarial que intentan cultivar en los futuros o actuales directivos esa conciencia ética que les lleve a ver en las personas y su trabajo algo más que un coste de producción que hay que asumir y minimizar para lograr unos beneficios mayores. La deontología del directivo se convierte así en la clave. Una buena formación en este campo puede llevarnos a un conjunto de directivos que trasladen sus opciones éticas a la empresa y consigan que en sus compañías el trabajo remunerado existente cumpla al menos los mínimos necesarios para que sea considerado decente.

No hay que menospreciar este enfoque de la ética en la empresa como promotora del trabajo decente. Conocemos casos de directivos que realizan un fuerte esfuerzo para lograr unas condiciones adecuadas para su plantilla y que, enfrentándose a otras personas de la misma empresa, han logrado grandes avances que han permitido la creación o la consolidación de empleos remunerados en unas condiciones muy adecuadas. La formación deontológica y la ética de personal de los directivos es importante y no puede ser descuidada.

Sin embargo, ceñirnos a esta responsabilidad personal a la hora de promover el trabajo decente en las organizaciones empresariales supone olvidarse de que muchas personas con un buena ética personal, que tienen unos elevados valores que les llevan a respaldar obras admirables y a llevar una vida personal impecable desde el punto de vista familiar y particular, tienen un comportamiento diferente en la empresa colaborando en ella en la creación y el mantenimiento de trabajo que no podríamos calificar como “decente”. Esta paradoja no se explica solamente por un comportamiento dual que les lleve a ser de una manera en unos ambientes y de otra en otros, sino a unas estructuras que facilitan esta clase de comportamiento totalmente disociado del que se tiene como persona en ambientes que no sean los laborales.

La estructura de las empresas, la estructura de los mercados en los que estas se mueven, los objetivos económicos de la sociedad y de las compañías, todo ello tiene una influencia directa en el comportamiento de directivos y personas que trabajan en una empresa y que son determinantes para la creación y potenciación del trabajo decente. Porque estas estructuras son las que crean las condiciones que hacen que el directivo concienciado pueda tener fácil poner en práctica aquellas medidas éticas favorables al trabajo decente o tenga que ser un valiente lleno de coraje moral para poder ir en contra de la corriente principal que le lleva en la dirección contraria y que puede arrastrarlo irremediablemente.

De hecho, esta es una de las causas principales por las que buenas personas, que tienen un comportamiento correcto en otros campos ajenos al empresarial, tomen decisiones que no realizarían en otros campos de su vida y tengan que escindir su yo en dos maneras de comportarse, la que utilizan en su actividad profesional y la que les sirve para cualquier otro aspecto de su vida. La organización social y empresarial que te premia o castiga según los comportamientos que llevas adelante, es un aspecto clave a tener en cuenta a la hora de promover del trabajo decente.

Varios son los elementos que configuran en marco en el que desarrollamos nuestra actuación. El primero sería la legislación y la lucha ya centenaria por los derechos de los trabajadores es una muestra de la importancia que tiene este campo. Sin embargo, es claramente insuficiente, en especial en un mundo en el que se potencia a nivel internacional la libre circulación de mercancías, la libre contratación de servicios y la libertad de movimientos de capital, pero no se permite la libre circulación de personas. Todo ello hace que se puedan encontrar lugares en los que el trabajo decente no es una realidad y en los que los propietarios de las empresas pueden ganar mucho dinero gracias a unos costes de producción muy reducidos. Unos mercados internacionales liberalizados solamente en parte y con unas condiciones de juego diferentes en unos y otros países, presionan a directivos y empresas en contra del trabajo decente.

La búsqueda de precios bajos también influye en este comportamiento. El hecho de que la mayoría de las personas utilicen como único criterio de compra la relación calidad precio, hace que haya una presión por la bajada de estos últimos que acaba repercutiendo con frecuencia en las condiciones del trabajo. Esto sucede porque la concepción economicista de la empresa pone en primer lugar el margen de beneficios para los propietarios de la misma, lo que hace que los ajustes de precios no suelan recaer sobre las ganancias de los socios de la empresa, sino sobre los costes de producción y a menudo directamente sobre los salarios o las condiciones laborales.

La ética no es solamente una cuestión personal, sino que tiene que ser reforzada por una organización empresarial y de la sociedad que respalde de una manera efectiva aquellas decisiones que pueden llevar a generalizar el trabajo decente en todos los lugares de trabajo. Por ello, nuestras opciones éticas deben mirar más allá de la formación deontológica, más allá de la legislación, para apostar por reorganizar la sociedad, la economía y las empresas de modo que el trabajo decente y quienes lo apoyan se vean reforzados por esta manera de organizarnos.

 
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Publicado por en marzo 27, 2019 en trabajo

 

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Economía y ecología

Artículo publicado en la revista “Asociación Resurgir”, nº 35, Diciembre 2018, pág 12-14

El objetivo principal de la economía en este momento es el crecimiento económico. Este se mide a través del Producto Interior Bruto (PIB) de modo que el norte que dirige la actuación de nuestras sociedades es que este último se incremente sin freno. Cabe recordar que el PIB es lo que producimos en un país en un año, de modo que tener como norte que este se incremente cada vez más, es buscar que año tras año tengamos “más entre todos” y esto conlleva en si mismo un problema ecológico. Porque para producir bienes y servicios, precisamos de tres elementos esenciales. El primero es el trabajo. Sin actividad humana puesta al servicio del producir no se puede hacer nada. El segundo es lo que los economistas denominamos capital, que puede describirse de una manera más sencilla como herramientas, maquinaria, instrumentos e infraestructuras. Es decir, todas aquellas cosas que fabricamos para que nos faciliten la producción de otras. En tercer lugar precisamos de recursos naturales: minerales, madera, animales, etc. Es decir, todos los bienes que nos proporciona la naturaleza sin los cuales no podemos producir absolutamente nada.

Incrementar la producción sin fin puede hacerse de dos maneras. La primera es mejorando la productividad, es decir, logrando con los mismos recursos que la producción aumente. El segundo, es incrementando el número de factores de producción que teneos. Esto es, utilizando más trabajo, más herramientas o máquinas o instrumentos, e incrementando el uso de los recursos naturales. El trabajo depende de las personas con las que contamos para la producción, el capital de lo que ahorramos y dedicamos no a producir bienes para el consumo, sino para fabricar aquellas cosas que no sirven para producir otro. El problema ecológico nos llega, entre otras cosas, por la utilización creciente de los recursos naturales. Si estos pudiesen utilizarse sin desgastarlos como sucede con la energía solar, el viento o las mareas, no tendríamos ningún problema ecológico ya que su utilización no los gota ni los desgasta. Siempre los tenemos ahí a nuestra disposición los transformemos o no en energía (que suele ser su uso más habitual). Sin embargo, estos recursos son la excepción. La mayoría de ellos se desgastan o agotan con el uso. Una vez utilizados no pueden ser usados en otra ocasión.

A pesar de ello, algunos de estos recursos pueden renovarse y podemos mantener la cantidad de recursos a pesar de utilizarlos. Me estoy refiriendo, sobre todo, a aquellos que derivan de seres vivos. Nosotros podemos cortar árboles para utilizar su madera, pero si plantamos otros al mismo tiempo, no tenemos por qué acabar con la madera ni con los bosques. Lo mismo sucede con cualquier recurso natural proveniente de una planta o de un animal. Todos se reproducen y si los matamos a menor ritmo que su reproducción, puede hasta incrementarse la cantidad del recurso a pesar de que lo utilizamos. Sin embargo, existen otros recursos naturales en los que ya no sucede lo mismo. Cuando utilizamos gasolina en nuestros automóviles, ese petróleo ya no puede volver a ser utilizado, se ha acabado, no lo recuperamos. Existen recursos que se agotan con su uso y ya no hay posibilidad alguna de que se reproduzcan o se vuelvan a utilizar.

Podríamos pensar (y algunos así lo afirman) que existen progresos que pueden hacer que coexista un crecimiento económico sin que se agoten los recursos existentes. Se basan para decirlo en la existencia de tres elementos que pueden hacer que produzcamos más sin necesidad de utilizar más recursos naturales. El primero es los avances tecnológicos que conllevan incrementos de productividad (es decir, se puede producir lo mismo utilizando menos recursos o visto desde otro prisma, se produce más con los mismos recursos). El segundo el incremento del reciclaje y la reutilización que puede hacer que la basura generada por la sociedad se transforme en recursos para producir más bienes en el futuro. El tercero es la utilización de fuentes energéticas renovables como pueden ser el sol o el viento, de este modo podemos incrementar nuestra capacidad energética (necesaria para producir más) sin utilizar más recursos perecederos. La combinación de estos tres elementos es la que, según estas personas, va a lograr que sigamos produciendo más y más sin agotar los recursos de la tierra porque logramos el crecimiento sin utilizar más recursos.

La confianza en que estos avances suponen la posibilidad de un crecimiento económico infinito peca de ingenua (a mi entender) por dos motivos principales. El primero es que aunque mantuviésemos el uso actual de recursos naturales anuales, este no es sostenible durante siglos y siglos sin que se agoten, ya que la tierra es limitada. El segundo y más poderoso es que, además, esto no se da. En el periodo transcurrido entre 1950 y 2010 la producción mundial por habitante casi se ha triplicado1, al mismo tiempo, la utilización de recursos naturales se multiplicó por más de cuatro2. Esto quiere decir que a pesar de los avances tecnológicos importantes que se han dado en la segunda mitad del siglo XX y principios del XXI y del incremento del reciclaje y de las tecnologías limpias, la utilización de recursos naturales se ha multiplicado por cuatro y las previsiones de la Agencia Europea del Medio ambiente son que este uso de recursos se duplicará de nuevo para 2050. Dicho de otra manera, a pesar de los tres factores que frenan la utilización de recursos naturales, esta crece imparablemente de modo que es imposible compatibilizar a largo plazo el crecimiento económico con la reducción de la utilización de recursos naturales.

Es por ello que no podemos crecer ilimitadamente. La cantidad de recursos que existen en una sociedad limitan nuestra capacidad de producir más. No podemos incrementar la producción de una manera indefinida porque corremos el riesgo de agotar los recursos del planeta. Lo oímos constantemente: especies animales y vegetales que se extinguen, minas que cierran porque ya no queda mineral, desaparición de masa forestal a nivel global… Es difícil compatibilizar el crecimiento ilimitado con la limitación de recursos existente. Cabe preguntarse si lo que necesitamos es seguir investigando y haciendo esfuerzos para lograr crecimiento económico sin utilizar tantos recursos, o realmente la clave está en cambiar el objetivo económico de nuestras sociedades. Desde mi punto de vista, buscar la sostenibilidad de un objetivo insostenible (crecer ilimitadamente, lograr tener más y más entre todos año tras año) solo puede lograrse cambiando el objetivo hacia el que dirigimos nuestra economía. Buscar un objetivo económico que no sea por si mismo insostenible.

Este objetivo no debe centrarse en el tener, sino que esto hay que ponerlo al servicio de la persona. Porque para ser más persona y más libre no hace falta una cantidad exagerada de recursos, hace falta tener lo suficiente para vivir, para llevar una vida digna en el entorno en el que nos encontramos cada uno de nosotros. Por ello es necesario cambiar el objetivo económico para pasar desde ese “tener más entre todos” que buscamos en estos momentos, a un modelo económico que busque como su principal objetivo que “todos tengan al menos lo suficiente”. Cuando este es el norte económico al que dirigirse el desarrollo no se mide entonces por tener más, porque se incremente la producción sin freno, sino porque consigamos que no haya pobres, que los que menos tienen obtengan al menos lo suficiente.

Y este es un objetivo compatible con la conservación del medio ambiente en si mismo. En la medida que para tener lo suficiente no hace falta producir más y más de una manera ilimitada, el objetivo es totalmente sostenible a largo plazo. No necesitamos tener cada vez más, no precisamos utilizar más y más recursos para generar crecimiento económico, podemos vivir con una producción estable que sea suficiente para que todos cubran sus necesidades y si a esto añadimos los avances ya nombrados con anterioridad (tecnologías eficientes, reciclaje, reutilización y energías renovables) nos lleva a que la cantidad de recursos utilizados se pueda reducir año tras año. Cuando el concepto de desarrollo cambia, el problema ecológico que supone la búsqueda infinita de crecimiento se evita y se deja a un lado. La economía deja de ser un problema para el cuidado de la creación y la explotación infinita de nuestros recursos deja de ser lo normal. Necesitamos modificar el horizonte de nuestra actuación económica para poder cuidar de nuestra creación y lograr que la economía sea compatible con el cuidado medioambiental. Mientras que el fin último de nuestra organización económica sea el crecimiento económico, difícilmente podremos lograr este sin deteriorar cada vez más la casa común en la que todos vivimos.

1http://www.ggdc.net/maddison/maddison-project/home.htm

2Global megatrends Intensified global competition for resources (GMT 7) http://www.eea.europa.eu/soer-2015/global/competition (consultado el 19 de Abril de 2017)

 
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Publicado por en febrero 20, 2019 en Medio ambiente

 

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L’utopie global

Je présente ici un article que j’ai publié en français il y a plusieurs années, mais qui reste d’actualité.

Vous pouvez le trouver dans le lien suivant: http://hdl.handle.net/10637/9439

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L,utopie globale” (2005) en Philosophies des mondialisations, Jordi Riba et Patrice Vermeren (ed.), pág: 129-165, L’Harmattan, Paris,

 
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Publicado por en enero 14, 2019 en Economía humana

 

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Cada vez más endeudados

Artículo publicado en la revista Noticias Obreras, de Septiembre de 2018, nº 1609 Pág: 12 y 13

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Una de las estrategias que han servido para salir de la crisis en la que estamos ha sido el endeudamiento. Endeudarse puede producir crecimiento económico y este parece que ha sido el camino elegido por las principales autoridades económicas mundiales para lograr la recuperación de la senda de crecimiento mundial. Las bajadas de tipos de interés propiciadas por los bancos centrales no hacen más que confirma resta afirmación.

Si alguien se pregunta cómo es posible que el endeudamiento produzca crecimiento, el mecanismo para lograrlo se puede entender con un ejemplo sencillo. Supongamos que alguien quiere montar una actividad económica en su barrio como una casa de comidas para llevar, que permita a sus vecinos no tener que cocinar y al inversor ganarse la vida con un trabajo honrado. Consideremos que esta persona no tiene el suficiente ahorro para poder alquilar el local, adecuarlo, comprar la maquinaria adecuada y asumir todos los gastos que supone la puesta en marcha de la actividad, por lo que recurre a un banco que le presta el dinero para hacerlo. Ya tenemos el endeudamiento y la posibilidad real de montar su casa de comidas preparadas y asumir todos los gastos que esta puesta en marcha genera.

Si, siguiendo con nuestro ejemplo, esta persona acierta y hace unas buenas comidas que comienzan a ser apreciadas por sus vecinos que, poco a poco, dejan de cocinar algunos días para comprar los magníficos menús que prepara nuestra emprendedora, el endeudamiento ha creado una nueva actividad, tal vez algún puesto de trabajo, y ha generado un crecimiento económico en el barrio ya que dinero que antes, probablemente, se iba a comprar fuera de él o al ahorro, pasa a ser gastado en producción del lugar. Si a esto añadimos que el dinero que entra en circulación se mueve donde antes no lo había, vemos como esa nueva inversión proveniente de un endeudamiento no solo produce crecimiento gracias a esta actividad, sino gracias a lo que compran sus dueño y sus trabajadores que no hubiesen ganado si no hubiesen montado esta casa de comidas.

En este caso el cuento acaba bien, porque la actividad ha sido un éxito y esto le permite a la persona endeudada devolver el préstamos recibido y al mismo tiempo pagar los intereses que le ha cargado el banco. Cuando lo hace ya no genera crecimiento, pero seguro que habrá otro que lo haga con el dinero que devuelve. Este proceso entra dentro del funcionamiento normal de cualquier economía desarrollada y es necesario que existan estas posibilidades de crédito para permitir que las personas puedan adquirir bienes caros (como una casa o un automóvil) o para que puedan tener actividades en las que ganarse la vida.

Sin embargo, lo que estamos observando ahora es que el endeudamiento a nivel mundial está creciendo de una manera constante. En estos momentos tenemos una deuda acumulada a nivel mundial que supone un 318% del tamaño de la producción anual mundial (es decir, por cada euro que se produce en todo el mundo, se deben 3,18). Para tener una referencia, hace 15 años (antes de la crisis) este porcentaje era de un 248% y hay que recordar que durante la crisis el endeudamiento decreció. Cuando todos se endeudan al mismo tiempo el efecto de promoción del crecimiento a corto plazo es considerable pero puede convertirse en un parón a medio o a largo plazo. Si todos pedimos prestado para construir carreteras, comprar bienes, montar negocios, enviar a nuestros hijos a estudiar, etc. En el momento en el que esto está sucediendo, el crecimiento económico es elevado ya que se producen muchos bienes y servicios que no se harían si no hubiese existido este endeudamiento. Ahora bien, si igual que todos se endeudan al mismo tiempo para poder provocar este crecimiento, todos devuelven sus deudas coordinadamente, cuando esto está sucediendo ya no se da tanto crecimiento económico, porque los agentes económicos tienen que utilizar fondos para devolver en lugar de para adquirir otros bienes y servicios.

Además, si la parada del crecimiento es acusada, puede darse que algunos tengan problemas para devolver esos préstamos, ya que, como en el caso del ejemplo con el que abríamos el artículo, para poder devolver y pagar los intereses, necesitamos que nuestra inversión funcione bien y genere ingresos suficientes. No hay más que recordar como muchas de las empresas que quebraron en la anterior crisis eran compañías que funcionaban bien, que tenían más ingresos que gastos, pero que debido a un elevado endeudamiento adquirido durante los años de bonanza, tenían unos beneficios insuficientes para hacer frente a los pagos de sus respectivas deudas y finalmente tuvieron que cerrar por no poder pagarlas.

Lo que estamos viendo es que la necesidad de crecimiento nos lleva a un círculo vicioso que genera ciclos económicos. Por un lado, para crecer necesitamos endeudarnos constantemente y que este endeudamiento sea cada vez mayor. Solo la movilización de nuevos recursos permite ese crecimiento que ansiamos. Por otro, para que ese endeudamiento sea sostenible precisamos que exista crecimiento económico, porque sin él no podemos devolver lo que hemos pedido prestado. Entramos así en una doble adición. Por un lado tenemos una economía adicta al endeudamiento porque sin este no podemos crecer, y por otro tenemos una adición al crecimiento porque sin este entraríamos en otra crisis financiera por la imposibilidad de devolver los créditos pedidos.

La salida de nuestra anterior crisis está realizándose a través de los mecanismos que la provocaron, es decir, entrando en una espiral de endeudamiento y crecimiento, que se retroalimenta ya que ambos se necesitan para poder mantener esta dinámica. Si el endeudamiento tiene como finalidad principal actividades realmente productivas, podremos tener unos años en los que el crecimiento se mantenga. Pero si este endeudamiento se destina, no a actividades de producción, sino a actividades financieras que produzcan inflación en el precio de algunos activos financieros (tal y como sucedió en las crisis precedentes), no debemos albergar dudas de que volveremos a tener otra crisis más pronto o más tarde, o una recaída de la que tenemos tan reciente.

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Pensiones para una vida digna

Artículo publicado en la revista Noticias Obreras, en noviembre de 2018, en el número 1611, pág: 12 y 13

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Las pensiones son uno de los temas económicos que nunca dejan de estar en el candelero. A finales del siglo pasado eran un tema clave en muchos estudios económicos por las sospechas fundadas de que el sistema que se daba en esos momentos podía colapsar durante la primera mitad del siglo XXI. En estos momentos, los pensionistas se manifiestan en las calles pidiendo unas pensiones dignas para todos. El debate sobre las pensiones sigue ahí y tiene varios frentes que, aunque relacionados entre si, pueden analizarse de manera separada para poder tener una perspectiva más amplia sobre la cuestión. A mi modo de ver las cuestiones clave que hay que tener en cuenta a la hora de analizar el sistema son: las pensiones mínimas, las cotizaciones a la seguridad social, la sostenibilidad del sistema y si deseamos o no un sistema contributivo como el nuestro.

Pero antes de comenzar creo que es conveniente recordar las circunstancias económicas que rodean un sistema cuestionado. Porque la práctica totalidad de los analistas están de acuerdo en que el sistema de pensiones tiene problemas. Es un sistema de reparto en el que los pagos de las pensiones actuales se realizan a partir de las cotizaciones que realizan los trabajadores en este momento. Eso significa que quienes trabajamos ahora estamos financiando a los pensionistas de ahora. El sistema funciona bien mientras haya varios trabajadores para financiar a cada pensionista. Sin embargo, el número de personas que cotizan por pensionista estuvo en 2017 en 2,3 y los ingresos no se recuperan. Dos son los factores que afectan de una manera directa a esta circunstancia. Por un lado la mayor longevidad de las personas mayores que incrementa el número de pensionistas junto con que los nuevos reciben pensiones más altas. Ambas dinámicas repercuten en un incremento de los gastos del sistema. Por otro lado los nuevos cotizantes tienen salarios más bajos lo que conlleva una reducción de los ingresos. Todos sabemos que un sistema en el que bajan los ingresos y suben los gastos está condenado a colapsar más pronto o más tarde si no se le pone remedio lo antes posible.

Por ello hay un grupo de economistas que opinan que la prioridad que hay que abordar es, precisamente, la sostenibilidad del sistema. Para ello no hay secretos, o hay que bajar los gastos o hay que incrementar los ingresos, o las dos cosas a la vez. Como las políticas de incremento de la contribución al sistema de pensiones no parecen gozar de popularidad en estos últimos años, aquellos que defienden que la sostenibilidad es lo más importante, suelen apostar por políticas de contención de las pensiones, lo que repercute en todos los pensionistas pero en especial en aquellos que cobran pensiones más bajas que son insuficientes para llevar una vida digna. De hecho, esta es la segunda cuestión clave que hay que tener en cuenta a la hora del debate de las pensiones. Porque si el importe medio de la pensión contributiva era en 2016 de 903,6€ al mes es porque existen muchas que tienen una cuantía inferior. Y si hablamos de la pensión media no contributiva, esta se situaba en 637,9€ mensuales. Esto significa que muchas pensiones no permiten llevar una vida digna a quienes la reciben. Para algunos la prioridad del sistema debería estar en lograr que todos los pensionistas obtuviesen un nivel de ingresos digno, lo que significa incrementar la cuantía de las pensiones más bajas.

La siguiente cuestión que se plantea tiene que ver con los ingresos. Los pagos a la seguridad social tienen una relación directa con los ingresos que se perciben hasta un límite máximo. A partir de este, la cotización se congela de modo que por mucho que se incrementen las rentas, la cotización queda estancada al nivel máximo. La consecuencia directa que tiene esto es que una subida de salario bruto de 300 euros mensuales puede salir más cara si se le hace a alguien con bajo salario que si el beneficiado tiene un salario alto, ya que al primero le sube la cotización a la seguridad social mientras que al segundo no. Desde este punto de vista, parecería más justo que la subida salarial supusiese el mismo coste para cualquier nivel de ingresos, lo que supondría que no existiese un límite máximo y que a iguales subidas salariales, el incremento del pago a la seguridad social fuese el mismo.

Esto liga con el cuarto problema planteado que tiene que ver con la relación entre las cantidades cotizadas y la pensión recibida (a más cotización, más pensión y viceversa). Nuestro sistema de la Seguridad Social intenta garantizar que las personas que reciben pensión mantengan su nivel adquisitivo de modo que existen grandes diferencias entre las pensiones recibidas por quienes gozaron durante su vida laboral de unos buenos salarios y quienes no obtuvieron estos. Algunos se plantean si el sistema de seguridad social no debería cambiar de objetivo virando hacia lograr que todas las personas que se jubilan tengan al menos unas rentas suficientes para vivir con dignidad. Es decir, cambiar a un sistema menos o nada contributivo, donde cada un aportase según sus posibilidades pero luego recibiese una cantidad suficiente para una vida digna y no una cuantía ajustada a su anterior nivel de ingresos.

Haciendo una síntesis de estas cuatro preocupaciones, podríamos encontrar una dirección en la que poder atender de una manera más o menos coherente a estos cuatro desafíos del sistema de pensiones. Lo primero sería cambiar el objetivo del sistema para que este buscase garantizar que todos los pensionistas tuviesen un nivel de ingresos que les permitiese una vida digna. Para ello sería necesario subir las pensiones mínimas hasta este nivel y tal vez reducir algo las pensiones máximas (para hacerlo sin comprometer la sostenibilidad del sistema). Esto último, además, reduciría el elemento contributivo del sistema, para lo que también sería necesario retirar el límite máximo de las cotizaciones, de modo que cualquier subida salarial supusiese un incremento de cotizaciones a la seguridad social. Esto último debería hacerse sin que la pensión máxima se incrementase, es decir, sin que diese derechos al contribuyente para recibir más allá de la pensión máxima que se hubiese fijado de manera general. La combinación de estas medidas permitiría incrementar la justicia distributiva del sistema, mejorar a quienes peor están y reducir el elemento contributivo del sistema sin comprometer la sostenibilidad del mismo.

 
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Publicado por en noviembre 12, 2018 en Estado Social

 

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El parche fiscal de las tecnológicas

Artículo publicado en la revista Noticias Obreras nº 1307 de Junio de 2018, pág: 12-13

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Creo que todos hemos oído hablar de la propuesta de nuestro ministro de economía y hacienda de gravar a algunas empresas tecnológicas para ajustar el déficit añadido que se puede generar por el incremento de las pensiones que se ha previsto en el nuevo presupuesto para este año (hay que recordar que en el momento que escribo este artículo, mayo de 2018, todavía no se ha aprobado el presupuesto de 2018). La solución puede parecer una idea genial que intenta conciliar intereses aparentemente encontrados y probablemente aquellos que la han pensado crean que han encontrado la cuadratura del círculo con ella. Por un lado permite subir las pensiones y acallar la voz de muchos pensionistas que han visto como sus ya de por si reducidas pensiones han ido perdiendo poder adquisitivo durante los últimos años debido a que están congeladas al mismo tiempo que los precios no han dejado de subir. En segundo lugar permite cumplir los objetivos de déficit que nos vienen marcados por la Unión Europea. Esos mismos que impedían hasta hace cuatro días incrementar el valor de las pensiones, permiten ahora que este aumente gracias a que se logra una fuente adicional de ingresos. Por último, se intenta paliar un escándalo económico como es la ventaja comparativa que tienen las empresas tecnológicas sobre las normales debido a su facilidad para eludir el pago de impuestos y no tener que abonar estos a los Estados de la UE en los que realizan su negocio.

Sin embargo, esta aparente idea genial que parece conciliar lo imposible de compatibilizar, no es más que un parche fiscal que pretende salir del paso sin abordar a fondo y con valentía tres aspectos de la realidad económica que precisan ser repensados y que están más relacionados entre si de lo que pueda parecer a primera vista. El primero de los tres es el de las pensiones. En nuestro sistema de pensiones conviven pensionistas que tienen unos ingresos superiores a los salarios de muchos de los jóvenes que están trabajando en estos momentos (y que financian con su aportación las pensiones de sus mayores) con otros que tienen unas pensiones tan reducidas que no les da para tener una vida digna. Estas desigualdades en las pensiones tienen, además, el problema de que la cantidad de pensionistas y el volumen de las pensiones se ha incrementado estos últimos años, lo que unido a que la recaudación se ha reducido hace que la financiación de las pensiones corra peligro. Esta bajada de ingresos por cotizaciones a la seguridad social no solo se da por la bajada del salario medio, sino también porque a partir de un determinado salario ya no se cotiza más a la seguridad social. Esto supone que las subidas de salarios a quienes los tienen más altos no suponen incrementos de ingresos a la seguridad social mientras que subir la remuneración a los asalariados que menos reciben sí que lo hace.

La envergadura del desafío del sistema de pensiones no puede ser abordado con frivolidades como un impuesto a las tecnológicas, necesita un replanteamiento global en el que, a mi juicio, dos de las cuestiones más importantes a tener en cuenta son, por un lado preguntarse acerca de si no habría que reducir las diferencias entre las pensiones más altas y más bajas aumentando las más reducidas y bajando las más altas para que al final la media fuese la misma pero no hubiese pensionistas pobres. Por otro lado habría que repensar si es justo que haya límites superiores al pago de las cotizaciones a la seguridad social, de modo que incrementos de los salarios altos supusiese también un incremento de las cotizaciones a pagar. Todo ello resultaría en una relación más difuminada entre pagos realizados y pensión recibida, pero solucionaría de una manera más adecuada los profundos problemas financieros que tiene el sistema.

El segundo problema involucrado en esta medida es el del déficit público. El estado español se gasta constantemente más de lo que ingresa. Tenemos un problema estructural que no se soluciona solamente con una nueva fuente de ingresos. Aunque tenemos una estructura fiscal similar a la de otras naciones de la UE, nuestra recaudación está varios puntos por debajo de la media. Esto hace que aunque nuestro gasto público también está por debajo de la media europea (aunque en menor medida que los ingresos) tengamos siempre unos déficits más elevados que la media. Habría que hacer tomarse en serio las causas que provocan que a pesar de tener una estructura fiscal similar, nuestra Hacienda Pública recaude tan poco y estemos tan lejos de lo que recaudan otras haciendas similares a las nuestras. Tanto las causas de esta realidad como las posibles soluciones han sido sugeridas por hacendistas que se dedican a trabajar estos asuntos ¿Por qué no se hace un programa a medio plazo para lograr corregir la baja recaudación que tenemos y así poder trabajar con superávit y no tener que hurtar fondos a las políticas públicas para pagar año tras año los intereses de la deuda a aquellos que tienen lo suficiente como para prestar al Estado?

Por último nos encontramos ante unas empresas tecnológicas que no solo aprovechan sus conocimientos tecnológicos para competir con otras empresas tradicionales y poder tener más y más beneficios año tras año, sino que consiguen eludir el pago de impuestos en los países en los que generan sus beneficios, para hacerlo en aquellos lugares en los que tienen unas condiciones más ventajosas que les permiten pagar menos impuestos. La existencia de paraísos fiscales (algunos de los cuales están dentro de la misma Unión Europea aunque esta no quiera reconocerlos como tales) y la libre circulación de capitales hacen que sea sencillo eludir el pago de impuestos y que empresas con unos altísimos beneficios paguen por este motivo una cantidad ridícula de impuestos. Este tema se tiene que abordar de una forma global y coordinada con, al menos, los otros países de la Unión Europea.

Como se puede observar, las cuestiones que se debaten aquí son de envergadura y precisan de soluciones a medio y a largo plazo que van más allá de lo propuesto por el ministro. Sabemos que es más fácil poner un parche fiscal que intente conciliar todos los intereses encontrados, pero creemos que lo que hay que hacer es abordar estos temas con valentía y buscar soluciones a largo plazo, no parches para salir del paso.

 

 

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¿El ser humano es insaciable? A debate la idea de progreso

Aquí tenéis el texto completo del debate con Miguel Sebastián Gascón que se publicó en Alfa y Omega  el pasado 7 de Junio.

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También lo podéis encontrar en las páginas 20-22 de este periódico al que podéis acceder libremente en: http://www.alfayomega.es/documentos/anteriores/1076_07-VI-2018.pdf

 
 

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Personas, incentivos y compromiso

Artículo publicado en Economía 3, en el número de Abril de 2018, en su página 2018.

Podéis encontrar su versión on line en: https://economia3.com/2018/05/19/142810-personas-incentivos-y-compromiso/

Personas, incentivos y compromiso

 
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Publicado por en junio 5, 2018 en ética empresarial

 

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Bitcoin, análisis de urgencia

Artículo publicado en la revista Noticias Obreras de Febrero de 2018, nº 1603, páginas: 12-13

Os incluyo también un vídeo de 90′ de un compañero de mi universidad (José María Membrines) explicando lo que es un bitcoin.

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Publicado por en febrero 21, 2018 en ahorro y finanzas

 

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Repensar el objetivo económico en Alfa y Omega

Artículo publicado en el número 1059 de Alfa y Omega del 8 de Febrero de 2018 en su página 24.

Alfa y omega, 8 de Febrero 2018, repensar objetivo económico

El documento completo lo encuentras aquí

Aquí tienes el artículo en su web original: http://www.alfayomega.es/141515/repensar-el-objetivo-economico

 

 

 
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Publicado por en febrero 14, 2018 en Desarrollo económico

 

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Seis de cada diez parados valencianos son pobres

Artículo aparecido en el rotativo de la Universidad CEU Cardenal Herrera, en su número de diciembre de 2017 (pág. 18-19)

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Podéis ver aquí el informe completo

 

 
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Publicado por en febrero 7, 2018 en pobreza

 

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El afán de lucro

Artículo publicado en la revista ICONO, año 219, Nº 11 Diciembre, Pág. 26-27

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En nuestra sociedad actual el afán de lucro se muestra (con frecuencia) como el verdadero motor del cambio. Parece que todos los avances que se dan en ella responden a la iniciativa de personas que buscan innovaciones que les permitan ganar más dinero y enriquecerse. Quienes así piensan no se cansan de mostrar ejemplos que pretenden demostrar que las personas cuyo único fin es enriquecerse son aquellas que logran los grandes progresos de la humanidad y que en esa insatisfacción por el tener más, son más imaginativas a la hora de aportar bienes para la sociedad. Todo ello lleva a que exista una legitimación ética del afán de lucro. Querer enriquecerse no solo se muestra como normal y como el comportamiento racional desde el punto de vista económico, sino que se ensalza socialmente a las personas que solamente buscan este objetivo poniéndolas como ejemplo para el resto de la sociedad. El afán de lucro se convierte así en la base sobre la que se asienta toda la organización económica actual.

Diferenciar el afán de lucro de la necesidad de obtener lo necesario

Lo primero que hay que matizar para profundizar un poco en este tema es diferenciar el afán de lucro con obtener lo necesario para vivir. Aunque algunas personas (de manera interesada o no) los confunden, no son lo mismo. Todos tenemos una tarea vital clara y necesaria que es lograr los recursos suficientes para llevar una vida digna nosotros y nuestra familia. Se trata de un afán que deriva de la vida digna y que está recogido en la oración que Jesús nos dejó para dirigirnos al padre “danos hoy nuestro pan de cada día”. Ahora bien, obtener lo necesario tiene un límite, porque no necesitamos de todo para vivir dignamente, cuando llegamos a unos determinados ingresos ya tenemos lo suficiente y no precisamos de más. Esta es la diferencia esencial entre obtener los ingresos para la vida y el afán de lucro. Este último es ilimitado, siempre queremos más, siempre ansiamos incrementar nuestros ingresos. No es lo mismo, por tanto, el afán de las personas que quieren obtener lo suficiente para llevar una vida digna que el afán de lucro que es siempre ilimitado por definición y que no tiene límite y busca tener más de lo necesario.

El afán de lucro no siempre lleva a lo mejor

Hecha esta diferenciación tenemos que rebatir el argumento de los apologetas del afán de lucro. Por un lado no es cierto que las personas que han realizado los grandes avances de nuestra civilización hayan estado siempre impregnadas por el afán de lucro. ¿Creemos acaso que avances como el fuego, la rueda, el papel, la penicilina, la máquina de vapor… fueron realizados por personas que solo pensaban en enriquecerse gracias a sus inventos? Es tan evidente que esto no fue así que a veces sonroja pensar que hay alguien que sigue pensando que el afán de lucro es la única motivación de las personas que desarrollaron estos avances. La gloria, el orgullo, el solucionar un problema para mejorar algún trabajo, el servicio a los demás para facilitarles o mejorarles la vida, el gusto de inventar por inventar, querer ahorrarse esfuerzos utilizando una máquina o herramienta, la vocación de investigar, etc. Son motivos que pueden llevar a algunas personas a realizar avances en distintos campos útiles para la sociedad. Aquellos que estamos en la Universidad vemos día tras día investigadores en muchos campos que dedican su vida a buscar avances útiles para la sociedad y puedo asegurar que no lo hacen por afán de lucro. Es más, con demasiada frecuencia están hasta mal pagados… Hay que añadir a esto que al contrario, el afán de lucro lleva con frecuencia a actuaciones negativas para la sociedad. No hay más que pensar en la corrupción, las ilegalidades y los delitos cometidos por personas impregnadas de afán de lucro. También podemos recordar como la última crisis fue provocada por un sistema financiero que entró en una espiral de enriquecimiento sin tener en cuenta los riesgos que suponía esta rueda imparable del ganar siempre más.

El cristianismo condena el afán de lucro

Podemos encontrar condenas del afán de lucro tanto en el antiguo testamento (especialmente en los libros sapienciales) como en el nuevo, en los Santos Padres, en la Doctrina Social de la Iglesia y en toda la tradición cristiana. Podríamos poner ejemplos múltiples para mostrar esta condena clara, pero el espacio limitado del artículo me lleva a dar tan solo tres muestras del porqué esta condena tan clara. La primera es que “Nadie puede estar al servicio de dos amos, pues o odia a uno y ama al otro o apreciará a uno y despreciará al otro. No podéis estar al servicio de Dios y el Dinero” (Mt. 6, 24). En este ejemplo está la esencia del porqué de la condena del afán de lucro: porque deshumaniza, porque hace que veamos a la otra persona como un medio para nuestro enriquecimiento, que nos olvidemos de que la otra persona es imagen de Dios y que querer a Dios implica dar importancia a nuestro prójimo y que este sea nuestra prioridad. Por eso cuando Jesús le dice al joven rico que venda todo lo que tiene y le siga, este se va entristecido ¿Cómo va a vender todo lo que tiene si su seguridad está en ello? Defender lo que se tiene y querer tener más se convierte en una prioridad ante la que las personas quedan a un lado “Qué difícil les será entrar en el reino de Dios a los que tienen riquezas” (Mc. 10, 23). Por eso Pablo de dice claramente a Timoteo “Los que buscan riquezas caen en tentaciones, trampas y mil afanes absurdos y nocivos, que hunden a los hombres en la perdición y la ruina. Porque la codicia es la raíz de todos los males, y muchos, arrastrados por ella, se han apartado de la fe y se han acarreado muchos sufrimientos” (Timoteo 1 6, 9-10). La codicia, que es un sinónimo del afán de lucro, es la raíz de todos los males y nuestro sistema económico está sustentado en ella. Por ello es urgente realizar un cambio de paradigma que lleve a que nuestra economía se base en otros valores.

 

 

 

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Informe “Análisis y perspectivas CV 2017: Pobreza, desigualdad y trabajo remunerado”

El pasado lunes presentamos en Valencia el Informe “Análisis y perspectivas Comunitat Valenciana 2017: Pobreza, desigualdad y trabajo remunerado”.

Podéis descargaros el informe ya en http://www.caritasvalencia.org/publicaciones_compra.aspx?Id=5577&Idioma=1&Diocesis=41

y podéis encontrar un resumen del mismo en: https://medios.uchceu.es/actualidad-ceu/nuevo-informe-del-observatorio-sobre-pobreza-y-exclusion-de-la-ceu-uch-seis-de-cada-diez-parados-valencianos-son-pobres/

Portada Análisis y perspectivas 2017 definitivo

 

Si queréis ver el reflejo en medios de comunicación que ha tenido este informe, os envío unos cuantos enlaces:

http://www.levante-emv.com/comunitat-valenciana/2017/11/14/seis-diez-parados-c-valenciana/1641366.html

http://www.lasprovincias.es/comunitat/pobreza-dispara-valencianos-20171114001337-ntvo.html

http://www.diarioinformacion.com/economia/2017/11/14/atrapados-pobreza/1957199.html

http://www.eldiario.es/cv/sociedad/trabajadores-temporales-valencianos-pobres_0_707979247.html

http://www.europapress.es/comunitat-valenciana/noticia-cuatro-cada-diez-trabajadores-valencianos-contrato-temporal-son-pobres-informe-20171113104940.html

http://www.20minutos.es/noticia/3185041/0/seis-cada-diez-parados-valencianos-son-pobres-cuatro-cada-diez-trabajadores-con-contrato-temporal-tambien/

http://agencias.abc.es/agencias/noticia.asp?noticia=2660720

http://cadenaser.com/emisora/2017/11/13/radio_valencia/1510568643_317081.html

 
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Publicado por en noviembre 15, 2017 en pobreza, Privación

 

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La tecnificación y el empleo

Artículo publicado en la revista ICONO, año 219, Nº 9 Octubre, Pág. 26-27

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Hablábamos el pasado mes del elemento relacional de las compras. En este artículo vamos a tratar un tema muy próximo a este como es la conexión entre la mejora tecnológica, la falta de relación en las compras y la creación de empleo. Porque si veíamos que la tecnificación tenía un efecto demoledor sobre el elemento relacional de la economía facilitando el comportamiento egoísta y dificultando la introducción de la gratuidad y la lógica del don en el comportamiento económico, la introducción de nuevas tecnologías también puede tener unas consecuencias negativas sobre la creación de empleo en una sociedad.

La tecnología y el empleo

Algunos economistas y sociólogos están afirmando que la incorporación de nuevas tecnologías va a suponer que muchas personas van a quedarse sin empleo y que no tendrán posibilidades de recuperarlo. La robotización se muestra como una amenaza que se cierne sobre nuestras sociedades y muchos medios de comunicación se hacen eco de ella. Ante esta postura otros economistas afirman que la incorporación de nuevas tecnologías siempre produce desajustes en el mercado de trabajo que incrementan temporalmente el desempleo, pero que a largo plazo estas mejoras tecnológicas producen nuevo empleo que incrementa el número de personas que trabajan, de modo que la amenaza de acabar con el empleo no es real y va a suceder justo lo contrario. Si estudiamos lo que ha sucedido en el pasado, nos damos cuenta que la realidad ha sido más cercana a esta última hipótesis que a la primera. La introducción de la máquina de vapor o la mecanización de los telares, ya produjo grandes protestas en los albores de la revolución industrial y profecías pesimistas sobre la posibilidad de sociedades sin trabajo. No obstante, los puestos de trabajo no dejaron de incrementarse pese a los desajustes iniciales que estas tecnologías introdujeron. En contra de esta argumentación el primer grupo de economistas argumenta que esta vez es distinto, que las nuevas tecnologías tienen unas características diferentes que van a provocar una pérdida de empleo irreemplazable.

El empleo decrece, no siempre por las tecnologías

Pero el objetivo de este pequeño artículo va más allá de si estamos condenados a una pérdida de empleos por la tecnificación o no. Lo que queremos analizar es como esta pérdida de empleos, con frecuencia, no depende tanto de las innovaciones tecnológicas sino de como organizamos la actividad económica. Porque las innovaciones no tienen porqué ser negativas para la sociedad, al contrario pueden ser muy positivas si están utilizadas de una manera inteligente y permitir que los nuevos trabajos tengan una dinámica mucho más creativa y positiva para las personas, eliminando el trabajo tedioso y repetitivo que con mucha frecuencia estas se han visto obligadas a realizar, especialmente en las cadenas de producción industriales (aunque no solo allí). De hecho, podemos encontrar distintos modelos de empresas que realizan el mismo tipo de actividad utilizando las mismas tecnologías y difiriendo en el número de empleados que tienen. Las gasolineras, los bares, los bancos, la atención telefónica o el comercio, son sectores tradicionalmente atendidos por personas en los que vamos viendo como estas se sustituyen por máquinas (aunque no en todas las empresas) ¿Es esto una consecuencia directa del avance tecnológico o más bien una opción estratégica de las empresas?

Una tecnificación que puede generar hastío

De hecho esta tecnificación ya está generando hastío. Muchas personas intentan ponerse en contacto directamente con alguien que les ayude personalmente, no quieren hablar por teléfono con máquinas, aprecian que alguien les explique cómo funcionan las cosas, que alguien les informe sobre qué es mejor o peor… Es claro que no todas las personas lo viven así. También las hay que prefieren no tener contacto directo con nadie, tomar decisiones delante de una máquina para no verse condicionadas por un sentimiento hacia la contraparte y así pensar en sus propios intereses sin trabas emocionales. Sin embargo el primer grupo es creciente ante el hartazgo que provocan las máquinas, la robotización y los problemas que tienen unos instrumentos que no pueden improvisar, que no pueden pensar, que no pueden responder de manera original o comprensiva ante determinadas cuestiones, que no atienden de manera afectiva o calurosa a quienes interactúan con ellas.

Potenciar el empleo a través de nuestro consumo

Este hastío no solo puede suponer un nuevo hueco de mercado para aquellas empresas que sepan ofrecer ese servicio de cercanía y de relación que ya no están ofreciendo la mayoría, que sepan convertirse en cómplices de sus clientes para ayudarles y aportarles una cercanía que vaya más allá del simple intercambio de personas egoístas que tan solo buscan su propio interés. También es una oportunidad para que todos nos convirtamos en personas que colaboramos en la creación de empleo. Porque como indica Juan Pablo II en su Encíclica Laborem exercens (18) “el problema de encontrar un empleo adecuado para todos los sujetos capaces de él… es un problema fundamental de la sociedad”. Por ello todos debemos colaborar en que esa creación de empleo sea la mayor posible, para lo que es necesario que nos planteemos cómo estamos realizando nuestras compras, en qué clase de tiendas estamos comprando, si estamos tratando con personas o con máquinas. También sería necesario que a nivel global tuviésemos información sobre cuál es el ratio de empleo por facturación de las empresas, es decir, que conociésemos que empresas crean más empleo y cuáles menos para que pudiésemos comprar a aquellas que consideramos que son más positivas para las personas. En la medida que la sustitución de personas por máquinas no es una cuestión ineludible sino que es una opción económica que se puede (o no) tomar, debemos pensar en ello cada vez que compremos para analizar si estamos colaborando en la creación de empleo en nuestra sociedad o somos consumidores que colaboramos activamente en la reducción del mismo gracias a nuestros hábitos de compra.

 

 

 

 
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Publicado por en octubre 23, 2017 en trabajo

 

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¿Desarrollo sostenible?

Artículo publicado en la revista “En la calle. Revista Sobre Situaciones de Riesgo Social” nº 38, Septiembre-diciembre 2017, publicado por la Coordinación estatal, Plataformas sociales Salesianas.

Desarrollo sostenible En la calle, revista salesiana pag 1

Desarrollo sostenible En la calle, revista salesiana pag 2

Desarrollo sostenible En la calle, revista salesiana pag 3

Desarrollo sostenible En la calle, revista salesiana pag 4

Desarrollo sostenible es una expresión muy utilizada en nuestros días. Todas las sociedades parecemos buscar este objetivo que se presenta como la meta económica más adecuada para nuestros días. Sin embargo, tal y como es entendida esta expresión habitualmente, encierra una contradicción difícilmente resoluble que hace que tengamos que replantearnos esta idea.

Las definiciones que nos da el diccionario de la real academia sobre desarrollo y sostenible nos van a ayudar a entender mejor este tema. Desarrollar es, según la Real Academia de la Lengua: “Dicho de una comunidad humana: Progresar o crecer, especialmente en el ámbito económico, social o cultural” y sostenible: “Especialmente en ecología y economía, que se puede mantener durante largo tiempo sin agotar los recursos o causar grave daño al medio ambiente”. Tenemos pues las dos ideas básicas de un desarrollo sostenible. La primera es pensar en el progreso de la sociedad, en avanzar en un ámbito y la segunda es que este avance no suponga un agotamiento de recursos a medio o largo plazo.

Pero, ¿A qué clase de desarrollo nos referimos cuando hablamos de desarrollo sostenible? Porque el desarrollo implica una mejora, un avance, una posición mejor que la anterior. Para saber si avanzamos debemos conocer hacia donde queremos ir, solo conociendo el fin al que queremos llegar sabemos si estamos avanzando hacia él o no. Históricamente ha habido tres grandes concepciones de desarrollo que voy a describir someramente. Una es aquella que piensa que el desarrollo o el progreso se refiere sobre todo a las mejoras técnicas. Una nación o sociedad está más desarrollada cuando mayores avances tecnológicos ha logrado. En el siglo XIX esta concepción estaba muy generalizada y la confianza en la ciencia y en sus avances hacía que la concepción de desarrollo se centrase en este aspecto. La segunda tiene que ver con la justicia. Se piensa que una sociedad está más desarrollada en la medida que sus instituciones son más justas y están al servicio de las personas. Una sociedad sin pena de muerte, que respeta los derechos humanos, que organiza sus instituciones de manera justa, está más desarrollada que otra que hace exactamente lo contrario. Por último, existe una concepción de desarrollo que se identifica con una mejora económica medida como un incremento de los bienes que tenemos entre todos. Esta idea piensa que el desarrollo equivale al crecimiento económico, a producir más en un país en un año, a tener más cosas como carreteras, infraestructuras, nivel de vida, etc.

Cuando se habla de desarrollo sostenible se está considerando esta última concepción. Se está pensando en mantener un crecimiento económico que no agote los recursos necesarios para producir bienes y servicios. Se quiere, por tanto, combinar el tener más con el no agotar los recursos necesarios para la producción y lograr al mismo tiempo que no se deteriore excesivamente el medio ambiente. Sin embargo, esta concepción tiene dos grandes fallos que hacen que el concepto de desarrollo sostenible no sea viable tal y como se ha planteado hasta este momento.

Desarrollo no es crecimiento

En primer lugar debemos tener en cuenta que no es correcto identificar desarrollo con crecimiento económico. Como decía Pablo VI “El desarrollo no se reduce al simple crecimiento económico. Para ser auténtico debe ser integral, es decir, promover a todas las personas y a toda persona” (Populorum progressio: 14). El desarrollo no es una cuestión únicamente ligada al crecimiento económico, no nos desarrollamos solamente porque tengamos más entre todos, porque nuestras naciones o el mundo sea más rico en su conjunto, el desarrollo tiene que ver (como ya hemos visto) sobre todo con que las condiciones de vida de las personas mejoren para que todas y cada una de las personas que habitamos el planeta seamos capaces de llevar una vida digna en el entorno en el que vivimos. Esto tiene que ver desde el punto de vista económico no con tener más, sino con tener lo suficiente para vivir. Y desde la otra perspectiva, tiene que ver con lograr unos niveles de justicia y libertad superiores, que sean respetados los derechos humanos, que todos podamos acceder a una buena educación y a una sanidad que permita que superemos las enfermedades que adquirimos, etc. Solamente con esa sociedad más justa podemos mejorar a las personas que en ella habitan.

No se puede crecer ilimitadamente

Por todo ello, pensar que el desarrollo se limita al crecimiento económico es olvidar toda la dimensión de una sociedad justa que tiene este concepto. Pero además, pensar que el crecimiento económico puede ser ilimitado y sostenible es considerar que puede darse algo imposible. Porque para poder producir más y más necesitamos recursos naturales que extraemos de la tierra. Es imposible producir un bien o servicio cualquiera sin utilizar recursos naturales. Esto quiere decir que incrementar la producción año tras año precisa de la utilización de más y más recursos.

Aquellos que defienden el desarrollo sostenible afirman que esto no tiene porqué ser así. Creen que hay tres factores que pueden hacer que produzcamos más sin necesidad de utilizar más recursos naturales. El primero es los avances tecnológicos que conllevan incrementos de productividad (es decir, se puede producir lo mismo utilizando menos recursos o visto desde otro prisma, se produce más con los mismos recursos). El segundo el incremento del reciclaje y la reutilización que puede hacer que la basura generada por la sociedad se transforme en recursos para producir más bienes en el futuro. El tercero es la utilización de fuentes energéticas renovables como pueden ser el sol o el viento, de este modo podemos incrementar nuestra capacidad energética (necesaria para producir más) sin utilizar más recursos perecederos. La combinación de estos tres elementos es la que, según estas personas, va a lograr que sigamos produciendo más y más sin agotar los recursos de la tierra ya que no vamos a necesitar utilizar tantos recursos.

La confianza en que estos avances suponen la posibilidad de un crecimiento económico infinito peca de ingenua (a mi entender) por dos motivos principales. El primero es que aunque mantuviésemos el uso actual de recursos naturales anuales, este no es sostenible durante siglos y siglos sin que se agoten, ya que la tierra es limitada. El segundo y más poderoso es que, además, esto no se da. En el periodo transcurrido entre 1950 y 2010 la producción mundial por habitante casi se ha triplicado1, al mismo tiempo, la utilización de recursos naturales se multiplicó por más de cuatro2. Esto quiere decir que a pesar de los avances tecnológicos importantes que se han dado en la segunda mitad del siglo XX y principios del XXI y del incremento del reciclaje y de las tecnologías limpias, la utilización de recursos naturales se ha multiplicado por cuatro y las previsiones de la Agencia Europea del Medio ambiente son que este uso de recursos se duplicará de nuevo para 2050. Dicho de otra manera, a pesar de los tres factores que frenan la utilización de recursos naturales, esta crece imparablemente de modo que es imposible compatibilizar a largo plazo el crecimiento económico con la reducción de la utilización de recursos naturales.

Objetivo alternativo

Como hemos visto no parece posible que la humanidad siga teniendo más y más de una manera infinita a lo largo de los siglos venideros con una tierra que es finita y cuyos recursos tienen un límite. Por lo tanto cabe preguntarse si lo que necesitamos es seguir investigando y haciendo esfuerzos para lograr crecimiento económico sin utilizar tantos recursos, o realmente la clave está en cambiar el objetivo económico de nuestras sociedades. Desde mi punto de vista, la respuesta para hablar de desarrollo sostenible no está en buscar la sostenibilidad de un objetivo insostenible (crecer ilimitadamente, lograr tener más y más entre todos año tras año) sino de cambiar este objetivo por otro que, en su propia naturaleza, sea sostenible. Si logramos esto estamos solucionando de base el problema de la sostenibilidad, porque el propio objetivo a alcanzar es sostenible por si mismo.

Para hacerlo debemos de prescindir del crecimiento económico como objetivo económico deseable. Que crezca la producción mundial año tras año tiene una serie de problemas añadidos al ecológico que voy a resumir aquí. Por un lado, este crecimiento económico no alcanza a todos. A pesar de que logramos tener más entre todos, el número de personas que viven con menos de un 1,90$ al día sigue estando por encima de un 10% de la población mundial3 aunque esta cifra ha ido bajando en estos últimos años. Como no contamos con cifras mundiales sobre las personas que viven con menos de 3,10$ diarios (que podríamos considerar un umbral de pobreza también realista) no sabemos cuántas de quienes han dejado de ganar menos de 1,90$ diarios han salido realmente de la pobreza (es decir, ganan más de 3,10$ diarios -100 euros al mes aproximadamente-). Tenemos más entre todos, tocamos a más entre todos, pero no todos tienen lo suficiente para vivir. ¿De qué sirve tener más entre todos si sigue habiendo personas que no tienen lo suficiente para vivir? ¿Para qué queremos el crecimiento económico si no sirve para acabar con la pobreza?

La propuesta más adecuada para superar la contradicción irresoluble que supone pretender un crecimiento económico sostenible es dejar de buscar el bien agregado que supone el crecimiento económico para buscar el bien común, entendido esto como “El conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección” (Pablo VI, Encíclica Gaudium et spes, 26) . El desarrollo de una nación y de la humanidad consiste, realmente, en perseguir este objetivo del bien común, es decir, que todas y cada una de las personas que viven en la tierra logren las condiciones que les permitan desarrollarse como personas y alcanzar sus objetivos vitales de una manera sencilla y adecuada.

El bien común económico

Cabe preguntarse si tener más y más es algo que logre este bien común y como hemos visto esto no es así. Por un lado porque no todos se benefician de este crecimiento económico y no tienen un nivel de vida suficiente para ser libres y poder desarrollarse como personas, pero por otro lado porque no hace falta tener más y más para lograr el objetivo vital de desarrollarse como personas. Muchos de nosotros tenemos la experiencia de que logramos este objetivo sin necesidad de tener más y más año tras año. A partir de una cantidad que nos permita cubrir todas nuestras necesidades y una parte de nuestras apetencias y deseos, tenemos lo suficiente para lograr nuestros objetivos vitales. No necesitamos ser más ricos para alcanzar esta pretensión.

Por ello, para lograr el bien común desde el punto de vista económico no es necesario tener siempre más, para poder desarrollarse como persona, para ser libre, no hace falta una cantidad exagerada de recursos, hace falta tener lo suficiente para vivir, para llevar una vida digna en el entorno en el que nos encontramos cada uno de nosotros. ¿Cómo entendemos entonces el bien común desde el punto de vista económico? El bien común es que “todos tengan al menos lo suficiente”. Es decir, el objetivo económico que mejor se ajusta con esta concepción del bien común es lograr que todas las personas tengan al menos lo suficiente para vivir. Debemos pasar de perseguir “tener más entre todos” a perseguir que “todos tengan al menos lo suficiente”. El desarrollo no se mide entonces por tener más, porque se incremente la producción sin freno, sino porque consigamos que no hayan pobres, que los que menos tienen obtengan al menos lo suficiente.

Cabría preguntarse si este es un objetivo sostenible, si concebir el desarrollo como una sociedad en la que no existan personas necesitadas, es pretensión sostenible. La respuesta es fácil de intuir, en la medida que para tener lo suficiente no hace falta producir más y más de una manera ilimitada, el objetivo es totalmente sostenible a largo plazo. No necesitamos tener cada vez más, no precisamos utilizar más y más recursos para generar crecimiento económico, podemos vivir con una producción estable que sea suficiente para que todos cubran sus necesidades y si a esto añadimos los avances ya nombrados con anterioridad (tecnologías eficientes, reciclaje, reutilización y energías renovables) nos lleva a que no solo no tengamos que utilizar cada vez más recursos, sino que la cantidad de estos se pueda reducir año tras año. Cuando el concepto de desarrollo cambia, el apellido sostenible se hace innecesario porque el sistema por si mismo ya lo es.

Es posible

Algunos se pueden preguntar si esto es posible y la respuesta es otra vez sí. Durante siglos la producción mundial se ha mantenido estable, cuando a partir de finales del siglo XVIII y principios del XIX las sociedades occidentales comienzan a plantearse que deben organizar la economía de sus países para lograr el crecimiento económico, ponen los medios para ello y los resultados mundiales positivos (en este sentido) ya los he descrito aquí. Si ahora cambiamos nuestros objetivos, seguro que en un periodo más o menos largo de tiempo conseguimos encontrar los medios para lograr un sistema que permita que todos tengan lo suficiente y que no tenga problemas de sostenibilidad sino que sea sostenible por su propia naturaleza. Para ello necesitamos un cambio de mentalidad (que supone un cambio de estilos de vida entre otras cosas) y un cambio de estructuras, pero todo es ponerse manos a la obra. Es difícil (como todo lo que vale la pena en la vida) pero factible.

2Global megatrends Intensified global competition for resources (GMT 7) http://www.eea.europa.eu/soer-2015/global/competition (consultado el 19 de Abril de 2017)

 

 

 
 

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Globalización y bien común

Artículo publicado en la revista ICONO, año 119, nº 5, Mayo 2017, pág: 26 y 27

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La principal función del Estado en una sociedad es la de velar por la consecución del bien común. El objetivo de toda su actuación, tanto económica, como política o cultural es lograr construir unas condiciones sociales que permitan a todas las personas desarrollarse y perfeccionarse como tales. Si analizamos esta función desde el punto de vista económico, el Estado tiene la obligación de articular sistemas económicos que garanticen a todas las personas un nivel de ingresos mínimo que les permita desarrollar una vida digna. Esto se debe lograr sin menoscabo de la iniciativa de las personas y sus organizaciones, colaborando con el resto de la sociedad civil y potenciando un entorno favorable para la construcción de una sociedad inclusiva, plural, armónica y en la que nadie quede excluido o descartado. Esta es la verdadera vara de medir para saber si un Estado está cumpliendo correctamente su función. El Estado no puede sustituir a la sociedad civil, sino que debe ponerse a su servicio promoviendo que todos sus componentes colaboren en la consecución de ese bien común desde sus propias características y peculiaridades.

Una globalización que no ayuda a la consecución de estos objetivos

Sin embargo, la globalización creciente está llevando a que el poder del Estado nacional se vaya reduciendo progresivamente. Muchas políticas ya no pueden llevarse a cabo por un solo Estado porque la realidad globalizada de la economía deja sin efecto estas medidas tomadas a nivel nacional. La capacidad del Estado de lograr el bien común se ve, por tanto, limitada por una globalización que hace que las medidas tengan que tomarse a nivel internacional para que surtan efectos reales. Si un Estado quiere tomar decisiones que van en una dirección diferente a la globalización va a tener problemas para que estas tengan efectos reales sobre el Bien común. La consecución del bien común es, cada día más, una responsabilidad de la comunidad internacional que debe tomar parte de la responsabilidad del gobierno para perseguirlo.

Una globalización orientada en otra dirección

Sin embargo, nos encontramos ante un proceso de globalización que no tiene un gobierno que la oriente hacia el bien común. La globalización parece perseguir tan solo la consecución de un mayor crecimiento económico. De hecho, cuando políticos y economistas alertan sobre aquellos gobiernos o movimientos que propugnan tomar medidas contra la globalización creciente, siempre aducen que esto puede reducir el crecimiento económico mundial. Una organización económica que se basa en la liberalización total del mercado tiene una serie de fallos que van en contra del bien común, ya que (entre otros) produce e incrementa las desigualdades, favorece la concentración de la producción en pocas empresas por lo que acaba con la competencia y provoca ciclos económicos que hace que la economía vaya muy bien en algunas épocas y muy mal en otras. Estos y otros efectos son los que se están dando a nivel mundial debido a una globalización que se desentiende del bien común y se centra en lograr, tan solo, crecimiento económico.

La DSI propone la necesidad de un gobierno mundial para el bien común

Por todo ello la DSI demanda la necesidad de un gobierno mundial que regule el mercado mundial para que este instrumento válido se ponga al servicio de la construcción del bien común: “Cada día se siente más la necesidad de que a esta creciente internacionalización de la economía correspondan adecuados órganos internacionales de control y de guía válidos, que orienten la economía misma hacia el bien común, cosa que un Estado solo, aunque fuese el más poderoso de la tierra, no es capaz de lograr.” (Centesimus annus 58) Sin una orientación de la globalización en esta dirección, sin una voluntad concretada en una suerte de gobierno mundial, difícilmente el incremento de relaciones económicas internacionales puede beneficiar a todas y cada una de las personas que viven en el planeta. Podrá lograr, eso sí, un mayor crecimiento económico, pero a costa de los problemas ya señalados.

Distintas medidas a tomar

Juan Pablo II hablaba en su encíclica Sollicitudo rei socialis 43 de distintas medidas que podían concretar este gobierno mundial al servicio del bien común. Proponía allí reformar el sistema internacional de comercio, el sistema monetario y financiero mundial, mejorar los intercambios de tecnología entre países y mejorar la estructura de las organizaciones internacionales. Insistía en que es necesario “un grado superior de ordenamiento internacional, al servicio de las sociedades, de las economías y de las culturas del mundo entero” (SRS 43). Todas estas medidas y ese grado superior de ordenamiento debería ser una manera de lograr la solidaridad universal, una cooperación entre los países y entre las personas de distintas procedencias porque existe una fuerte interdependencia internacional de manera que todos somos responsables de todos. El hecho esencial es tomar conciencia de que, tal y como ya afirmaba Pablo VI “la cuestión social ha tomado una dimensión mundial” (PP 3), los Estados nacionales son insuficientes por si mismos para solucionar los problemas globales que hay que abordar y que tienen una dimensión internacional. El problema no es la globalización, sino como organizamos y hacia donde orientamos esta. Precisamos de organismos que dirijan esta hacia un bien común internacional tal y como nos indica la Doctrina Social de la Iglesia.

 

 

 

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La economía colaborativa ¿Una buena idea?

Artículo publicado en la revista ICONO, año 119, nº 4, Abril 2017, pág: 26 y 27

Acompañado de un vídeo en el que una compañera aclara en 90′ aclara algunas cuestiones sobre la necesidad de regular la denominada economía colaborativa.

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Se oye hablar mucho últimamente de lo que se denomina la “economía colaborativa”. El nombre es atractivo y se refiere a una actividad económica antigua que gracias a las nuevas tecnologías ha tomado una nueva dimensión. Para los más optimistas desarrolla una nueva manera de vivir la economía que puede tener unas grandes potencialidades y romper con la dinámica egoísta del capitalismo actual, mientras que para sus detractores no aporta nada nuevo y acaba adquiriendo las características de los mercados actuales sin aportar ninguna ventaja.

Qué entendemos por economía colaborativa

Hablar de economía colaborativa es referirse a intercambios económicos que abarcan casi todo el espectro de la actividad económica: las compras o consumo (el intercambio de bienes y servicios), la financiación (especialmente a través del crowdfunding) y la producción. La economía colaborativa tiene unas características comunes. La primera es que existe una colaboración entre las partes que potencia el elemento relacional de la economía. Esto es, los participantes entienden su intercambio económico como una excusa para la relación con el otro. La segunda característica es que estamos hablando de colaboración entre partes que pueden considerarse como iguales, no hay una gran empresa u organización que intercambia con una persona, son intercambios de persona a persona sin asimetrías entre las partes. La tercera característica común es que se utilizan plataformas digitales para facilitar el contacto entre las partes. Los nuevos medios de comunicación digital se convierten en clave a la hora de hablar de este modelo de economía colaborativa.

No es algo tan nuevo como parece

Pero la economía colaborativa no es algo tan nuevo como parece. Se ha dado a lo largo de la historia aunque a una escala muy local y con frecuencia dentro del ámbito familiar o de los amigos. Modalidades de economía colaborativa se dan cuando nos juntamos para ir al trabajo en el coche de uno de nosotros y compartimos los gastos (o no); cuando decidimos entre varios financiar el proyecto de empresa a un amigo y le aportamos dinero para que este funcione; cuando alguien se alojan en tu casa o en tu segunda vivienda para pasar unos días de vacaciones o eres tú quien se aloja en la casa de otro; cuando viene a casa un estudiante de otro país que está de intercambio en el colegio de nuestros hijos y después nuestro hijo es acogido por su familia; cuando una empresa intercambia con otra una partida de material por otra que necesitan para su producción, etc. Todos estos son ejemplos de economía en colaboración y hay muchos más. Todos ellos son parte de nuestra vida cotidiana desde hace mucho tiempo.

La diferencia radica en la utilización de plataformas digitales y en la dimensión

La diferencia entre estos ejemplos de economía colaborativa y los actuales radica en la utilización masiva de las plataformas digitales para acercar a personas que, de otro modo, no podrían conocerse o saber que tienen posibilidades de colaboración mutua. Esto permite que esta clase de economía adquiera una dimensión que es imposible alcanzar si tenemos que ceñirnos a nuestras redes familiares o de amistades. Gracias a ello puedo acoger en mi casa a un ciudadano de Australia que ha venido de vacaciones a Valencia o puedo viajar a Nueva Zelanda y compartir unos días con unas personas que de otro modo no habría conocido. También puedo encontrar a personas que van a viajar a Madrid y compartir el viaje con ellas (lo que me abarata los costes) o puedo intercambiar mis clases de economía a cambio de un corte de pelo o de las verduras semanales. Las plataformas digitales amplían las posibilidades y la dimensión de esta economía en colaboración.

Una modalidad económica basada en la relación y en la confianza mutua

La economía colaborativa tiene una serie de cualidades que la alejan de la competición y el egoísmo y la hacen atractiva. El intercambio se basa en la confianza mutua, no se busca ganar a costa del otro, sino que sea beneficioso para ambos, doy porque espero recibir. Esta clase de intercambio tiene muy presente un fuerte componente relacional e introduce en él la fraternidad y la lógica del don. La economía deja de ser competitiva para pasar a ser cooperativa, con un componente humano importante. Esta manera de entender la economía parece ajustarse con aquello que comentaba Benedicto XVI en su encíclica Caritas in veritate: “en las relaciones mercantiles el principio de gratuidad y la lógica del don, como expresiones de fraternidad, pueden y deben tener espacio en la actividad económica ordinaria. Esto es una exigencia del hombre en el momento actual, pero también de la razón económica misma. Una exigencia de la caridad y de la verdad al mismo tiempo” (CiV 36).

Los peligros de esta economía colaborativa

Sin embargo, en determinados casos la economía colaborativa ha tomado un cariz diferente. Experiencias que han comenzado potenciando esa gratuidad y esa relación entre las partes que ya hemos señalado, se han ido alejando de esta manera de funcionar y de este fin. Aunque han mantenido su nombre y toda la mística de la economía colaborativa, su manera de trabajar ha cambiado. Ya no se comparte una casa con otras personas, sino que simplemente se alquila un apartamento en el que no se llega a conocer al propietario; ya no se comparte el trayecto en automóvil con otro sino, que se paga a un particular que se dedica a esto para que te lleve a otro sitio; ya no financias un proyecto, sino que le dejas dinero a una plataforma a cambio de un tipo de interés para que esta financie a otros; ya no se pide a alguien una herramienta, sino que se le paga un alquiler para poder utilizarla durante un tiempo. En esencia, la economía colaborativa se convierte en una imitación de lo que ya se hace (sistemas de alquileres, de compra-venta o de financiación habituales) intentando eludir la legislación que rige para quienes hacen esto de una manera reglada. Por ello grandes financieros financian estas empresas con el objeto de obtener pingües beneficios con ellas ¿Podemos entonces seguir hablando de economía colaborativa? Aunque esas empresas siguen diciendo que lo son, creo sinceramente que no, que ya no lo son.

 

 

 
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Publicado por en mayo 24, 2017 en compras y consumo

 

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Donald Trump y la economía

Artículo publicado en la revista Cresol, Any 18, núm. 137, Març-abril 2017, pág: 30-31

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A nadie deja indiferente el nuevo presidente de los EE.UU. Mientras que algunos ven en él una especie de advenedizo del que solamente cabe esperar males que van a destrozar el sistema económico vigente, otros tienen grandes esperanzas depositadas en él. En este artículo quiero analizar algunas de las medidas económicas que ha propuesto, sabiendo que estamos hablando no de políticas realizadas, sino de una declaración de intenciones sobre lo que quiere hacer que no se ha concretado todavía y de la que por tanto es difícil prever sus consecuencias.

Quizá las medidas más llamativas a nivel internacional han sido sus propuestas de poner trabas al comercio internacional y cambiar totalmente una política estadounidense que, hasta el momento, respaldaba sin aparentes fisuras el mensaje de la Organización Mundial de Comercio y del Fondo Monetario Internacional a favor de una liberalización mayor del comercio. Trump ha dejado a un lado acuerdos comerciales como el TIPP (con Europa y todavía en teórica negociación) o el TPP (con Asía y otros países americanos ya firmado), quiere renegociar el acuerdo de libre comercio de EE.UU., Canadá y México (NAFTA), ha acusado a China de manipular el valor de su moneda (el yuan) y ha amenazado con elevar aranceles a las importaciones para garantizar la producción nacional (especialmente las chinas y mexicanas). Al mismo tiempo, va a imponer trabas y aranceles a las empresas norteamericanas que operen fuera del país, para obligarlas a que vuelvan a producir en EE.UU.

Todas estas medidas se encuadran en una realidad percibida no solo en EE.UU. sino también en otros países ricos: que la globalización y la liberación del comercio no está beneficiando a los trabajadores de estas naciones. La deslocalización de la producción de muchos bienes hacia otros países con salarios más bajos para aprovechar sus ventajas competitivas, acaba beneficiando a unos pocos, pero perjudicando a la mayoría de las personas sencillas que trabajan en estos sectores. Cabe preguntarse si estas medidas proteccionistas van a lograr el objetivo deseado de una manera eficaz. Por un lado porque pueden darse represalias en otros países que reduzcan las exportaciones estadounidenses de modo que se deje de importar, pero también de exportar a otros países y esto acabar siendo más negativo que positivo. Por otro lado, no solo se necesita crear empleo, sino empleo de calidad, por lo que un entorno de trabajadores con pocos derechos, puede llevar a que ese empleo creado en EE.UU. sea precario y de mala calidad.

Con respecto a las cuentas nacionales, las medidas que ha sugerido son, por un lado, un incremento de gastos en presupuesto militar y de infraestructuras al mismo tiempo que quiere reducir gastos en otras partidas, especialmente las sociales. Al mismo tiempo, quiere reducir impuestos, en especial en los tramos superiores de las rentas así como a las empresas. Del mismo modo, propone una amnistía fiscal para repatriar dinero estadounidense que está en estos momentos en paraísos fiscales. Aunque cree que el crecimiento económico que esto va a generar puede compensar la bajada de impuestos y permitir reducir la deuda pública y el déficit del Estado, históricamente esto no ha sucedido en EE.UU. y la reducción de impuestos ha resultado siempre en una bajada de la recaudación lo que ha provocado una elevación del déficit público.

Hay otras propuestas que no tengo espacio para abordar aquí, pero que Donald Trump espera que logren crear al menos 25 millones de empleos en EE.UU. En conjunto, su estrategia se basa en un mensaje sencillo: que sea atractivo para las empresas y los inversores ganar dinero sin salir de EE.UU, porque si esto es así, si se puede ganar dinero sin salir de EE.UU., las empresas e inversores invertirán en el país y eso permitirá crear nuevos puestos de trabajo. Las medidas que conducen a proteger el mercado local y a bajar los impuestos a las ganancias y a las rentas altas, tienen esta pretensión. Seguramente, muchos de los electores que se han decantado por Donald han entendido este mensaje sencillo y creen sinceramente que Trump es la persona adecuada para llevarlo adelante.

Si a esto unimos ese sentimiento generalizado de que son ideas que van en contra de la corriente principal de la economía, sustentada por aquellos que más se benefician de la misma y que está condenando a muchos a la pobreza al tiempo que incrementa las desigualdades, Trump ha sabido aglutinar este sentimiento postulándose como la persona que va en contra de las élites que defienden el actual sistema y estas han corroborado esta impresión, avisando en repetidas ocasiones sobre la ineficacia de las medidas económicas de Donald y poniéndose en su contra (el “stablishment” que apoyaba a Clinton y que profesa una animadversión compartida con Trump) .

Sinceramente, creo que las medidas que propone Trump no son las adecuadas para luchar contra una manera de organizar la economía que trae una serie de problemas de desigualdad, medioambientales y de insatisfacción generalizada, que provocan la aparición y popularidad de personas como Donald. Pero pienso que la alternativa de dejar todo como está y seguir potenciando una globalización que produce mucho crecimiento económico, pero mal repartido y a costa de muchas personas y del medio ambiente, no es la opción viable y puede traer más políticos que prometan soluciones sencillas a problemas complejos. Necesitamos políticos sensatos y con vocación hacia el bien común que incorporen en sus discursos las ideas económicas emergentes que estamos trabajando muchos economistas, para no oscilar entre el mantenimiento de lo que hay y soluciones radicales que pretenden romper con todo, sino que aporten cordura y sensatez para cambiar un sistema que da muestras de debilidad y de final de ciclo.

 
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Publicado por en marzo 14, 2017 en Crisis económica

 

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¿Cómo organizamos la economía?

Artículo públicado en la revista ICONO, año 117, nº 11, Diciembre 2016, pág: 26 y 27

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Uno de los temas más debatidos en la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) es su opinión ante los sistemas económicos que rigen las naciones. La manera en la que organizamos nuestra economía tiene unas consecuencias evidentes sobre la producción, la distribución de lo que tenemos y el cuidado del medio ambiente. También sobre los comportamientos económicos de las personas y de las instituciones que llevan a ambas a seguir un determinado camino u otro. Por ello, desde la primera encíclica papal que inauguró la DSI (Rerun novarum) la Iglesia se ha pronunciado sobre los distintos sistemas económicos y las ideas económicas que los sustentan.

Los sistemas socialistas

Ante unos sistemas económicos que pretendían poner en práctica los postulados de la ideología marxista, la Iglesia siempre se ha manifestado de una manera negativa. El motivo principal por el que se ha dado esta crítica se ha basado en el totalitarismo que exhibían (y exhiben), en la anulación de la libertad y del individuo (desde una concepción en la que la persona es un simple elemento del organismo social) y en un esquema basado en el conflicto (la lucha de clases). Por ello, desde la encíclica Rerum novarum hasta la Centesimus annus, se critican los errores antropológicos del marxismo que le llevan a sustentar sistemas condenados al fracaso y negativos para las personas que habitan en ellos.

El liberalismo

Ante una caída de los países socialistas en Europa (que no en otros lugares del mundo) a finales de los años ochenta del pasado siglo, la encíclica Centesimus annus (CA) se planteaba si esto quería decir que el capitalismo era la opción por la que apuesta la Iglesia para organizar económicamente las sociedades. En este punto, la encíclica rechaza una clase de capitalismo que podríamos denominar “salvaje” y del que ya se había separado la DSI en anteriores encíclicas y en especial en la Rerum Novarum (que intentó alejarse tanto del socialismo como del liberalismo más radical). Aquí es donde se enmarca el texto tantas veces repetido y que aparece en el 42 de la CA: “La respuesta obviamente es compleja. Si por «capitalismo» se entiende un sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de la empresa, del mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad para con los medios de producción, de la libre creatividad humana en el sector de la economía, la respuesta ciertamente es positiva, aunque quizá sería más apropiado hablar de «economía de empresa», «economía de mercado», o simplemente de «economía libre». Pero si por «capitalismo» se entiende un sistema en el cual la libertad, en el ámbito económico, no está encuadrada en un sólido contexto jurídico que la ponga al servicio de la libertad humana integral y la considere como una particular dimensión de la misma, cuyo centro es ético y religioso, entonces la respuesta es absolutamente negativa.”

El sistema socialdemócrata

Como la misma Centesimus annus añade la idea de que el Estado es quien tiene que orientar la labor del mercado para que cumpla su importante función social, algunos autores comentan que el sistema económico más ajustado a aquello que afirma la DSI es el socialdemócrata. Es decir, una organización económica basada en la economía de mercado que articula instrumentos para paliar y reducir las desigualdades y la pobreza que esta genera si no se le ponen trabas a su funcionamiento (en especial el estado de bienestar). Esta es la idea que parece reflejar el anterior párrafo, un sistema capitalista orientado correctamente y que ofrece instrumentos para paliar sus problemas económicos (especialmente el de distribución)

La apuesta por las economías emergentes

Sin embargo, la encíclica Caritas in veritate (CiV) dio un paso más allá a la hora de cambiar esta idea, tal vez anquilosada, de lo que se ajusta más o menos a la DSI. Porque esta Encíclica de Benedicto XVI introduce en liza lo que Pedro José Gómez Serrano viene a denominar “las economías emergentes”. CiV diferencia entre los instrumentos y las finalidades de una economía, afirmando que instituciones como el libre mercado no son intrínsecamente malas, sino que dependiendo de cómo se utilicen y hacia dónde se orienten, tendrán unos resultados positivos o negativos para las personas (idea ya vista en anteriores encíclicas). Pero donde avanza Benedicto XVI e incide en algo que ya se vislumbraba en anteriores documentos de la DSI es cuando afirma que las relaciones de fraternidad y la lógica del don pueden y deben introducirse en las relaciones económicas. Por ello, en el mensaje del día mundial de la paz de 2013 anima a construir un nuevo modelo de desarrollo y una nueva visión de la economía. Ya no se trata de apoyar dos ideas (socialismo y liberalismo) que no tienen en cuenta a las personas y que las dejan a un lado, u otra que reconoce que el mercado trae malas consecuencias sobre la desigualdad y el bienestar de muchos excluidos e intenta que el Estado sea quien se haga cargo de reorientar este problema (keynesianismo), sino de reorientar la economía para lograr que la misericordia, el compartir y la lógica del don impregnen las instituciones y el quehacer económico. La DSI anima, pues, a profundizar en los caminos que comienzan a transitar las economías emergentes, para construir un sistema económico que supere las fronteras que limitan al actual y que sustente una nueva visión de la economía más humana y solidaria.

 

 

 

 

 

 
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Publicado por en enero 18, 2017 en Estado Social

 

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Reducir el déficit con equidad

Artículo publicado en Noticias Obreras nº 1590, Diciembre 2016, pág: 12 y 13

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El nuevo plan de presupuestario del gobierno, que tiene que ajustarse a las indicaciones de la Unión Europea con respecto al déficit público, prevé un ajuste de unos 5.500 millones de euros el próximo año. Parece que este ajuste se realizará vía gasto público, es decir no incrementando los impuestos sino reduciendo el gasto (estos son los dos sistemas ineludibles para reducir un déficit, incrementar ingresos o reducir gastos) y parece evidente que, también, nuestro nuevo gobierno está dispuesto a cumplir con estas exigencias (para algo estamos en el club de la Unión Europea)

Ante este nuevo ajuste debemos tener en cuenta varios factores para poder formarnos una opinión argumentada sobre su pertinencia o no. El primero es que no se puede mantener una administración que esté permanentemente en déficit. El Estado, como cualquier institución, no puede sobrevivir si año tras año se gasta más de lo que ingresa. Además, un déficit continuado tiene que financiarse y esto supone tener que pedir prestado dinero para poder mantenerlo. La financiación tiene un coste y esto son gastos añadidos al presupuesto que no pueden ser utilizados para políticas sociales, inversión u otros menesteres útiles para la sociedad.

Siendo este el punto de partida y una realidad ante la que nos encontramos, el presupuesto y su equilibrio debe ser un instrumento para alcanzar unos objetivos económicos comunes, debe estar al servicio de los objetivos públicos y debe, por tanto, subordinarse a estos. No podemos poner el déficit o el superávit por encima de los objetivos económicos sino al contrario, al servicio de estos. Si es necesario realizar un ajuste del presupuesto para evitar que exista un déficit, esto debe hacerse de la manera menos nociva para la consecución de los objetivos públicos tanto a corto como a largo plazo. Lo importante no tendría que ser recortar a toda costa, sino ver como se consigue el equilibrio presupuestario para que las políticas importantes se vean lo menos afectadas posible.

Además, la gestión del déficit a nivel nacional, tiene otro componente que hay que tener en cuenta y que no es significativo cuando intentamos equilibrar presupuestos individuales, de empresas o de cualquier otra institución. El volumen del gasto y los ingresos públicos tiene repercusiones que van más allá del propio sector público. Reducir gasto (por ejemplo) no solamente puede mejorar las cuentas públicas, sino que además puede tener repercusiones sobre la economía del país. Gastar menos supone reducir el crecimiento económico de la nación (no solo por la reducción, sino también por los efectos multiplicadores negativos que tiene el gasto sobre el consumo de los particulares) lo que en un corto plazo de tiempo puede hacer que bajen los ingresos públicos. Esto significa que una política que intenta reducir el déficit puede acabar provocando más déficit en un futuro porque reduce la producción, lo que acaba afectando al pago de impuestos y consecuentemente a una disminución de la recaudación.

Pero quizá, el elemento más discutido tiene que ver con el volumen de gasto e ingresos públicos que tiene nuestro país. Porque el volumen de gasto público español en 20151 fue de un 43,5% del PIB mientras que la media de la Unión Europea fue de un 47,3%. Los ingresos públicos supusieron en España un 38,6% del PIB mientras que la media de la UE fue 44,9%. Esto quiere decir que si en España ingresásemos lo mismo que la media de los 28 países de la Unión Europea, manteniendo el gasto público que tenemos, no solo no tendríamos déficit, sino que estaríamos en superávit (por más de un punto). Esto lleva a muchos economistas a afirmar que el problema de nuestro déficit no es el de un nivel de gasto exagerado (15 países de la UE gastaban un porcentaje más elevado del PIB en 2015) sino el de una recaudación muy reducida (Solamente cinco países de la UE, Reino Unido, Letonia, Rumanía, Lituania e Irlanda, tuvieron unos ingresos públicos menores que España)

Vista la situación en la que nos encontramos ante el próximo ajuste, creo que los criterios que deberían guiarnos a la hora de tomar posición ante él son los siguientes:

Un déficit continuado y permanente no es conveniente, los ingresos deben estar por encima o al mismo nivel que los gastos a medio y largo plazo, por lo que no podemos pensar que recurrir a la deuda continuamente es una política adecuada porque esta acaba siendo regresiva y reduce las posibilidades de gasto por el pago de intereses.

Dicho esto, la reducción del déficit no puede ser el objetivo principal de una política económica a la que se subordina todo lo demás. La reducción del déficit tiene que ser una política que se ponga al servicio de los objetivos económicos de la sociedad.

Si aceptamos la opción preferencial por los más desfavorecidos, la reducción del déficit debe ser una política que acabe siendo beneficiosa para las capas más empobrecidas de la población, debido especialmente a que esa reducción del déficit permite que el dinero que se ahorra en intereses se destine a políticas sociales y a aquellos que peor lo están pasando.

Para ello, hay que calibrar en primer lugar si nos es más conveniente reducir partidas de gasto que nos bajen todavía más de la parte central de la tabla en cuanto a gasto público en la UE o si por el contrario la política más adecuada es la de incrementar los ingresos para ponernos al nivel de la media de los países de la UE.

Si pensamos que la reducción del gasto es el camino adecuado, esto no se puede hacer de una manera lineal (reducimos el gasto en todas las partidas) sino que hay que ver aquellas que van a afectar menos a los más desfavorecidos de la población y aquellas que tienen menos efectos multiplicadores sobre la economía.

Si la opción es la de incrementar ingresos habrá que analizar cuáles son las partidas de ingresos que conviene incrementar para que esta bajada de la renta de los agentes económicos tenga pocos efectos sobre la actividad económica y pocos efectos sobre las familias y personas más pobres.

Desgraciadamente, parece que esto no va a ser así. El déficit ha pasado de ser un instrumento a ser un objetivo prioritario, por lo que seguramente nos encontraremos con otra bajada de gastos indiscriminada, que afectará a todos sin plantearse si quiera la posibilidad de subir los ingresos para lograr el mismo objetivo.

 
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Publicado por en enero 10, 2017 en Estado Social

 

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Causas y desafíos del desarrollo

Os remito el enlace al artículo titulado “Causas y desafíos del desarrollo” que escribí hace un tiempo para el libro: Los nuevos escenarios del desarrollo humano : un proyecto global : en el 40 aniversario de Populorum Progressio y en el 20 de Sollicitudo Rei Socialis (pp. 55-71). Madrid : Instituto Social León XIII, Fundación Pablo VI.

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Podéis encontrar el artículo en http://dspace.ceu.es/handle/10637/7785

 
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Publicado por en agosto 30, 2016 en Economía humana

 

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