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Entrevista Diario de Ibiza

He aquí la Entrevista que publicó el Diario de Ibiza el pasado Sábado 20 de enero de 2018 (el texto completo lo tenéis al final, después de las imágenes)

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Ibiza, anuncio de conferencia

Enrique Lluch: «Se nos ha vendido que tener más es mejor, pero esto no ocurre»

Enrique Lluch defiende un cambio de modelo económico que esté basado en el reparto, no en el crecimiento: «Que todos tengamos lo suficiente»

daniel azagra ibiza 20.01.2018 | 22:37

Enrique Lluch Frechina (Almàssera, 1967), coordinador del Foro Creyente de Pensamiento Ético-Económico, es uno de los abanderados en España de la economía del bien común y aboga por un cambio de rumbo en la economía mundial. Ayer ofreció una conferencia en el Club Diario de Ibiza en la que abordó la situación de la economía actual y analizó las posibles alternativas.

Profesor de Economía en la Universidad Cardenal Herrera de Valencia, Enrique Lluch explica con pasión, con una «importante incontinencia verbal», bromea, las alternativas que plantea la economía del bien común al «agotado» modelo económico actual y a los graves problemas que éste último está provocando en el planeta. Lluch está convencido de que este cambio se producirá, «sí o sí, aunque no será fácil». Organizada por Cáritas Ibiza, Confer y Manos Unidas, ayer ofreció una conferencia en el Club Diario de Ibiza bajo el título ‘Otro modelo económico es posible: alternativas’.

¿De verdad está convencido de que otro modelo económico es posible o el título de la conferencia es un gancho para atraer la atención del público?
Muchos economistas llevan diciendo desde hace décadas que no, que la economía no puede ser de otra manera, que el modelo actual es el válido y que lo único que podemos hacer es acoplarnos. Nos lo venden como una ley natural y que todo aquel que no la cumpla será condenado al castigo si lo hace mal. Al final, la economía es la manera de organizarnos para cubrir necesidades y eso se puede hacer de muchas maneras, como nosotros queramos, no hay una única manera de hacerlo. El modelo actual es reciente, desde el siglo XIX , y durante la historia se ha hecho con otros sistemas.

Pero una gran mayoría de economistas dice que este es el mejor sistema, ¿no?
Hay una mayoría que asegura que así es porque dice que el objetivo final es el crecimiento económico; y como este es el modelo que más crecimiento ha proporcionado en la historia de la humanidad, pues para ellos este es el mejor sistema de hacerlo.

Usted defiende que hay que cambiar el enfoque y priorizar las personas sobre el crecimiento. Suena muy bien, pero un poco utópico.
Todo lo que nos marca una línea a seguir es una utopía y el actual sistema económico también lo es; bueno, más bien es una distopía, porque un mundo donde tengamos más entre todos no tiene por qué ser mejor, y de hecho no lo es. Nuestro modelo actual marca un camino para avanzar, un camino que marca que si este año crezco el PIB, el año que viene tengo que seguir creciendo y así progresivamente. Lo que nosotros defendemos es que no sirve tener más entre todos sino que todos tengamos lo suficiente. Con el modelo actual hemos conseguido que mucha gente se quede atrás, fuera del sistema, excluida. Lo que hay que hacer es cambiar la dirección, que no se conseguirá del todo, pero al menos lograr que todos tengan lo suficiente. Hay que organizar la economía con otro horizonte, coger otro carril?

Ese carril ya lo han cogido algunas organizaciones o bancos éticos, pero dígaselo a los que dominan el mundo en Washington, Moscú, Pekín o Bruselas…
Lo estamos haciendo. Cualquier idea novedosa en una sociedad empieza por unas minorías, por unos grupos pequeños de gente que creen que las cosas pueden ser de otra manera, que introducen una idea novedosa o no que va en contra de la corriente principal. Hay dos clases de minorías: unas con gusto por las minorías, con vocación de minoría que dicen nosotros somos los puros, los buenos, los que tenemos la verdad y el resto del mundo que se apañe porque yo estoy bien con mi gente; y luego hay otras minorías con vocación de mayorías, las que creen que tienen algo interesante para la sociedad y que sus ideas pueden transformar la sociedad.

¿Algún ejemplo?
Cuando empezaron las primeras feministas a reclamar igualdad y a querer votar, la gente decía ‘¿dónde van esas cuatro piradas?’. O en la Edad Media, cuando se acabó con el feudalismo. Nadie pensó entonces que el sistema económico liberal acabaría por cambiar la sociedad.

¿Nuestro modelo actual está agotado?
Sí, por varias razones. Primero, porque por mucho que crecemos no llega a todos, y eso es un problema gordo. Segundo, porque se nos vende que tener más es estar mejor, pero eso no pasa. Ahora tenemos más que hace 20 o 30 años. ¿Mis hijos que tienen tres veces más que yo viven tres veces mejor de lo que vivía yo cuando era pequeño? Pues no, más o menos están igual. El tener más equivale a vivir mejor solo cuando estamos por debajo del umbral de la pobreza. Y tercero, la sostenibilidad. Nos gustaría que la tierra, la humanidad, durara miles de años, pero el PIB no puede seguir creciendo durante miles de años a un 2% anual cuando los recursos que tenemos son finitos. Es imposible, tenemos que parar, el planeta no lo resiste. En la actualidad, gastamos tres veces más de recursos de lo que gastamos en los años sesenta. Así no se puede mantener.

Aquí en Ibiza sabemos mucho de aumentar el PIB y agotar los recursos naturales.
¿Conoces el drama de la isla de Pascua? Fue una crisis ecológica. Era una isla que funcionaba muy bien, equilibrada, pero en un determinado momento entre las tribus de la isla empezaron a competir por quién hacía más moáis (las gigantescas estatuas monolíticas) y para hacerlo necesitaban madera, piedra y muchos otros recursos. Así que acabaron agotándolos y al ser una isla ya no podían hacer más; entonces, llegaron las enfermedades, las muertes y al sobreexplotar se quedaron sin posibilidad de mantenerse.

Como con los moáis, ¿puede pasar lo mismo con nuestra industria turística?
Puede pasar si no se controla. ¿Nosotros qué queremos, ganar más dinero y que siga subiendo el PIB? Si queremos eso pues lo que hay que hacer es que venga más gente, recalificar terrenos, aumentar el aeropuerto… Agotar nuestros recursos.

En eso estamos en la isla…
Eso tiene un fin seguro y también puede pasar que la gente que venga en verano esté tan embotellada y colapsada y que diga que no vuelve.

¿En un sitio como Ibiza, donde la ostentación y el lujo ya forman parte del paisaje, no le parece que su discurso es como predicar en el desierto?
No tengo esa sensación; es más, hay que insistir en ello. Vamos a ver, ¿si tus vecinos son más ricos, son más felices? Se lo digo mucho a mis alumnos. Les pregunto si al que conocen que tiene más, está mejor o se le ve más feliz, si ven que esa gente está satisfecha, contenta del todo, si vale la pena compartir con ellos porque es gente feliz, satisfecha, que transmite felicidad y que da gusto estar con esa persona. ¿El que tiene más dinero es más feliz? Pues no tiene por qué, el bienestar no lo da el dinero.

En Ibiza hay gente que está haciendo mucho dinero con los alquileres de los pisos.
Bueno, si una persona tiene un alquiler y puede alquilarlo por más turísticamente para ganar más dinero… No me parece mal si esa persona no es ambiciosa y lo hace para poder costearse los estudios de sus hijos, etc. ¿Esa persona lo hace mal éticamente? No me atrevería a juzgarla.

¿Pero eso no contribuye a avivar la sociedad especulativa en la que vivimos?
Aquí lo importante es cómo hacemos el sistema, cómo regulamos los alquileres. No es lo mismo una familia que tiene dos pisos porque ha heredado uno a una persona que compra 20 pisos para hacer negocio. ¿Cómo se regula a nivel global? ¿Permitimos que alguien lo haga como negocio? ¿Articulamos que haya alquileres sociales, a precios asequibles porque creemos como colectivo que es conveniente? Nos debemos plantear como sociedad que necesitamos que estas personas que no encuentran vivienda puedan alquilar esos pisos porque queremos que vengan aquí a trabajar.

Y mucha gente se queda en la calle.
Claro, como nuestro objetivo es el crecimiento cumplimos el objetivo y los que no aguantan, que se queden. Nos dicen que la economía de Ibiza va bien, que en la crisis crecíamos, ¿pero qué pasa con los más desfavorecidos? Por eso necesitamos cambiar el enfoque, los objetivos. Vale, ahora tenemos más crecimiento, pero necesitamos políticos que planteen que hay que pasar de tener más entre todos a tener todos lo suficiente.

¿Ha llegado el momento de aumentar los salarios?
Nos venden el cuento de que se pueden comprar artículos más baratos y eso es mentira y que no hace falta subir los sueldos. Hay una poeta sudamericana que tiene un poema que cuenta que detrás de una camiseta de tres euros hay dos pobres, el trabajador que la fabrica en un país subdesarrollado con un sueldo de miseria y el que la compra por ese precio. Y en medio está el explotador, que une la necesidad de las dos pobrezas para hacerse más rico. Los salarios no suben y eso provoca que desde el punto de vista social estemos peor. No ha habido mejora.

En España cada vez hay más gente en el umbral de la pobreza, mientras que el número de millonarios ha aumentado un 60% desde 2018.
El último informe de la Fundación Foessa, de la que soy miembro, refleja que, por ejemplo, en Valencia la pobreza laboral ha aumentado un 30%. Es decir, que cada vez hay más gente trabajando a la que no le da para pagar las necesidades básicas. Y otro dato: un 40% de los empleos nuevos que se crean no sacan a la gente de la pobreza.

La era digital está acabando con el comercio tradicional y ha modificado las relaciones personales.
Estamos en un momento en que el comercio on line ha entrado con fuerza. Pensábamos que los avances tecnológicos iban a estar al servicio de las personas, que nos iban a ahorrar mucho tiempo y la verdad es que tenemos menos tiempo que nunca en la vida. Nuestros abuelos tenían menos avances tecnológicos y tenían más tiempo que ahora. Además, nos han dicho que seamos egoístas, que pensemos solo en nosotros. Y como nos dicen eso, desconfiamos de las personas. La venta on line tiene eso, que todo es más barato, más cómodo, que no me muevo de casa y encima no me tengo que relacionar con nadie.

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La reforma fiscal de Trump nos suena

Os paso el siguiente artículo que se publicó el pasado viernes 5 de enero en los siguientes periódicos: Levante. Pág.32/Información Vega Baja. Pág: 30/La Opinión de Murcia. Pág:23/ Diario de Mallorca: Pág.33/La Opinión de Málaga. Pág: 21/Diario de Ibiza. Pág:17/ Información Alicante. Pág:30/La Opinión Cartagena. Pág:23

La reforma de Trump nos suena-1

¿Recuerda el lector la Iniciativa de Defensa Estratégica que también se llamó Star Wars? ¿Y la curva de Laffer que tomó el nombre del economista que la creó? Se trata de dos de las políticas estrella que realizó Donald Reagan durante el periodo en el que estuvo de presidente de los Estados Unidos. Los efectos económicos que trajeron la combinación de ambas políticas no fueron los que cabría esperar de un mandatario conservador ya que subieron el déficit público estadounidense hasta unas cuotas excesivamente elevadas.

Quizá valga la pena recordar un poco las principales ideas de estas dos iniciativas. Comienzo por la curva de Laffer. Su creador, aplicando algo que se denomina el multiplicador de los impuestos y que tiene su origen en la economía keynesiana, calculaba la existencia de un tipo impositivo en el que se conseguía una máxima recaudación. Afirmaba que si los tipos impositivos son demasiado altos esto supone una bajada de la demanda y por lo tanto de la producción que conlleva que la recaudación total disminuya. Por ello, una bajada de tipos impositivos supone un estímulo de la demanda agregada y de la producción que genera el suficiente crecimiento económico para que la recaudación global aumente aunque el tipo aplicado sea inferior al anterior. Basándose en esto, propugnó una bajada de impuestos con la esperanza de que esta iba a suponer una generación de crecimiento económico que haría que la recaudación total se incrementase.

Por otro lado, la Iniciativa de Defensa Estratégica buscaba defender a Estados Unidos de un ataque nuclear que pudiese articular la Unión Soviética o cualquier otro país de su órbita de influencia. Este programa supuso un incremento del gasto público elevado para lograr aquel objetivo estratégico. La industria bélica tuvo unos años dorados de negocio gracias a esta promoción de la política de defensa de EEUU.

Los resultados de la combinación de estas dos políticas fueron que las previsiones de Laffer fallaron y la bajada de impuestos no se tradujo en el crecimiento económico suficiente para poder generar unos ingresos superiores a los que se daban con anterioridad. Uno de los motivos que llevaron a que esto no se cumpliese fue que muchas personas no utilizaron sus ingresos superiores por la bajada de impuestos para consumir y generar nueva demanda, sino para ahorrar y guardárselos para el futuro. Así pues, la recaudación global bajó lo que, junto al incremento del gasto en defensa, el déficit público se incrementó muchísimo. Fueron unos años negativos para las cuentas públicas.

¿Nos resulta familiar? ¿No nos suena la cantinela? Porque Trump también ha impulsado una bajada de impuestos importante. Cree que así se va a estimular el crecimiento económico de EEUU. Ha bajado los impuestos en especial a sus conciudadanos más ricos, pensando que estos serán los que pondrán esos ingresos superiores que van a tener al servicio del crecimiento económico. Ahora bien ¿Esto será necesariamente así? Porque cuando se bajan los impuestos a las personas con rentas bajas, estas suelen utilizar esas ganancias para consumir, pero cuando lo reciben los que tienen rentas más altas las suelen utilizar para ahorrar. Si estos ahorros se convierten en inversión productiva, tal vez pueda lograrse el crecimiento económico, ¿pero qué pasará si se utiliza únicamente para inversiones especulativas o préstamos al exterior? Cabrá esperar así subidas de precios en los mercados financieros (como ya se han dado) pero no necesariamente mayor crecimiento.

Además, con sus políticas de “América primero” (América first) parece que va a incrementar el presupuesto de defensa, tal y como hizo Donald Reagan en su momento. ¿Va a suceder con el déficit lo mismo que ya pasó en los años ochenta? No lo sabemos, hacer predicción es arriesgado. Lo que sí podemos afirmar es que esto de Trump nos suena, nos resulta familiar y puede acabar pareciéndose a lo que fue una de las principales herencias de la administración Reagan, unos altos déficits públicos. Solo cabe esperar para saber si los mandatarios republicanos saben aprender de los errores de sus antecesores, o si por el contrario, son proclives a tropezar varias veces en la misma piedra.

 

 

 

 
 

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Crear estructuras de gracia

Artículo publicado en la revista ICONO, año 219, Nº 10 Noviembre, Pág. 26-27

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Tal vez hayamos oído hablar alguna vez de lo que Juan Pablo II denomina “estructuras de pecado”. Se trata de ambientes, instituciones o entidades en las que las personas que participan de ellas se ven inclinadas a actuar de manera egoísta, en contra de ellas mismas o de otras personas. Estas organizaciones o instituciones están estructuradas de manera que aquellas personas que son más egoístas, que fastidian más a los demás, que se comportan yendo en contra del bien común son quienes se ven recompensadas y promocionadas por la entidad. Por el contrario, aquellas que quieren hacer el bien y preocuparse por los demás, que pretenden conseguir el bien común, se ven aquí ninguneadas, excluidas, desincentivadas. Para poder actuar así en estas instituciones o asociaciones necesitan ser verdaderamente valientes y arriesgarse a ponerse en contra de toda la organización.

Ejemplos de estructuras de pecado

Cualquier estructura puede convertirse en una estructura de pecado. No tiene porqué serlo por naturaleza, pero puede transformarse en ella cuando quienes la dirigen o la organizan lo hacen de manera que potencian formas de actuación contrarias a la ética, a la generosidad y a la búsqueda del bien común. Un ejemplo de estructura de pecado fueron los campos de concentración. Muchos de los testimonios de personas que vivieron en ellos demostraban como su estructura demoníaca llevaba a que aquellos que querían sobrevivir en ellos tuviesen que robar de vez en cuando, colaborar con sus carceleros o ser insolidarios con el resto. Esta era la única manera de sobrevivir: afanándose por buscar solo sus propios intereses pasando por encima de quien fuese y olvidándose de quien tenían al lado. Este es un ejemplo exagerado, pero las dinámicas se pueden reproducir en estructuras que de raíz no tienen porqué tener esta característica. Un partido político puede convertirse en una estructura de pecado cuando las personas que quieren medrar en él, en lugar de dedicarse al servicio público, utilizan sus energías en “salir en la foto”, en conspirar contra compañeros, en intentar colocarse junto a aquellos que tienen más poder en ese momento. Una empresa puede convertirse en una estructura de pecado cuando su único criterio es “el negocio por el negocio” y se sacrifica cualquier comportamiento ético en aras de lograr mayores beneficios. Un equipo deportivo puede convertirse en una estructura de pecado cuando su entrenador potencia la competencia entre sus jugadores, cuando vale todo para ganar un partido, cuando se pierde la deportividad… Un grupo de amigos puede convertirse en una estructura de pecado cuando se compite a ver quien se mete más con el otro, a ver quien critica con más gracia al gordo, al orejudo, al alto, al rubio… o cuando para poder ser aceptado te ves obligado a hacer cosas que van en contra de tus convicciones.

Crear estructuras de gracia

Ante una realidad en la que muchas estructuras se convierten en estructuras de pecado, los cristianos tenemos una llamada a la construcción de estructuras de gracia. Estas son aquellas en las que sucede lo contrario de lo descrito hasta ahora. Se trata de instituciones, organizaciones o ambientes en los que las personas que están en ellos, si se dejan llevar por su funcionamiento habitual, acaban haciendo el bien a los demás, tomando decisiones éticas y positivas y viéndose reforzadas como personas. Las mismas instituciones que hemos nombrado con anterioridad y que en ocasiones se convierten en opresoras y negativas para las personas que las componen, pueden ser una fuente de realización y de mejora para aquellas que están directamente relacionados con ellas. Un partido político puede potenciar a aquellos que son mejores servidores de lo público y ayudar a la sociedad a gestionar el bien común y a alcanzarlo de una manera más adecuada. Una empresa puede resultar positiva para las personas que allí trabajan y para la sociedad en la que se encuentra, permitiendo a las primeras un salario suficiente para llevar una vida digna, una ocupación honrosa y potenciadora de sus cualidades y a la sociedad unos bienes y servicios útiles. Un equipo deportivo puede ser una escuela de vida que ayude a comprender la importancia del trabajo en común y de la generosidad entre personas. Un grupo de amigos puede ser el lugar al que acudimos para descansar, para sentirnos más y mejor personas, para crecer con la gente a la que queremos.

Los cristianos estamos llamados a crear estas estructuras

Lograr que una empresa, un partido político, un grupo de amigos, un equipo deportivo, una familia, una escuela, una organización no gubernamental, etc. Se conviertan en estructuras de gracia que sean positivas para quienes están en contacto con ellas o trabajan allí no es fácil. Se trata de una tarea que precisa de personas valientes, que tengan coraje moral para afrontar una tarea ante la cual se encuentran dificultades y resistencias. Pero no solo eso, es preciso prepararse técnicamente para realizar esta labor. No basta con la intención sino que se debe tener una serie de instrumentos y herramientas que permitan lograr esta transformación de las estructuras. Los cristianos estamos llamados a construir el Reinado de Dios en la tierra. La edificación de estructuras de gracia en los lugares en los que trabajamos y desarrollamos nuestra labor habitual es una de las labores de anuncio de la buena nueva que tenemos encomendados. Ser valientes y contar con la pericia necesaria para llevar nuestros objetivos a buen puerto, son dos elementos necesarios para que las estructuras favorezcan a las personas que están en contacto con ellas. El reinado de Dios supone que nos es más fácil y más sencillo que el amor sea el norte que dirija nuestras vidas porque vivimos en estructuras que favorecen que esto sea así. Construir estas estructuras es otra manera de anunciar la buena noticia de Jesús.

 

 

 

 

 
 

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La transparencia económica como instrumento de evangelización

Artículo publicado en la revista Cresol, Any 18, núm. 138, Juliol-agost 2017, pág: 24-25

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La Iglesia española tiene un compromiso de transparencia económica que firmó en 2016 con transparencia Internacional España al que se ha visto abocado debido a que una parte de su financiación de proviene de las arcas públicas del Estado. Dos son los aspectos principales relacionados con esta cuestión. El primero es la obligatoriedad de transparencia que exige el Estado a las instituciones que reciben fondos públicos. Sin entrar en detalles, la idea general que hay detrás de esta cuestión es una exigencia del sector público para que sus ayudas al sector privado sean utilizadas para la finalidad a la que se destinan, y para que las entidades que las reciben cumplan unos requisitos de transparencia económica que permitan que cualquier persona compruebe que están cumpliendo sus fines asociativos o fundacionales y que estos son acordes con los fines del Estado. El segundo aspecto tiene que ver con necesidad de convencer a las personas que realizan la declaración de la renta para que asignen la parte correspondiente a la financiación de la Iglesia. Para ello, la transparencia se entiende como una cuestión clave ya que permite que cualquiera persona sepa cómo utiliza la Iglesia el dinero que les dona y así opte finalmente por hacerlo.

Además, la Iglesia también incluye en este compromiso de transparencia la auditoría de sus cuentas por parte de empresas auditoras reconocidas a nivel nacional. Más allá del desprestigio en el que pueden haber incurrido estas empresas que han auditado de manera positiva a empresas y entidades financieras que han quebrado poco tiempo de pasar positivamente una de estas auditorías (generando la lógica duda de para qué sirve entonces una auditoría que no detecta estos graves problemas de funcionamiento), esta medida también intenta garantizar a todos aquellos que trabajan con la Iglesia que los datos aportados en sus cuentas son veraces y responden a su realidad económica.

Estas medidas de transparencia provocan algunas suspicacias en el interior de la Iglesia. Algunos pueden pensar que por qué tiene la Iglesia que abrir las tripas de sus cuentas ante cualquier persona que, además, puede estar buscando cualquier escusa para atacarla. También aparece aquí una idea de que no hay que lucir cuando se hace el bien a los demás. No es necesario estar diciéndole a todo el mundo si damos dinero o no a los más desfavorecidos. Esta cuestión debe quedarse en la intimidad para no ceder a la tentación de creerse mejor que los otros porque hacemos más cosas por los que peor están. Se trata de tendencias que han ido decreciendo paulatinamente ya que cada vez hay más personas convencidas de la necesidad de la transparencia, de que no hay que esconder la importante labor social que realiza la Iglesia, aunque solamente sea por causas legales y de imagen.

Opino sin embargo que la transparencia no solamente debería ser una opción lógica ante un momento en el que es necesario potenciarla por estas cuestiones, sino que la transparencia económica debería contemplarse como una marca de la casa, como una parte más de la evangelización. Porque el cristianismo también tiene una buena noticia en la economía, una buena noticia que puede resumirse de una manera magnífica con las palabras de Benedicto XVI en su Encíclica Caritas in veritate (36) La doctrina social de la Iglesia sostiene que se pueden vivir relaciones auténticamente humanas, de amistad y de sociabilidad, de solidaridad y de reciprocidad, también dentro de la actividad económica y no solamente fuera o «después» de ella. El sector económico no es ni éticamente neutro ni inhumano o antisocial por naturaleza. Es una actividad del hombre y, precisamente porque es humana, debe ser articulada e institucionalizada éticamente… En las relaciones mercantiles el principio de gratuidad y la lógica del don, como expresiones de fraternidad, pueden y deben tener espacio en la actividad económica ordinaria. Esto es una exigencia del hombre en el momento actual, pero también de la razón económica misma. Una exigencia de la caridad y de la verdad al mismo tiempo.”

Por ello, teniendo en cuenta que la doctrina social de la Iglesia, como un elemento esencial de evangelización, es anuncio y testimonio de la fe. Es instrumento y fuente imprescindible para educarse en ella” (Civ, 15), debemos ser conscientes de que la economía puede ser organizada de otra manera, de que puede haber una economía más humana que esté al servicio de las personas. Y ¿cómo anunciar esta buena noticia de que es posible introducir la gratuidad y la lógica del don en la economía? Poniéndolo en práctica en nuestras actividades, en nuestras casas, en nuestras diócesis, en nuestras congregaciones, en nuestros colegios,… Para que todos vean que esto no son simples palabras vacías de contenido, sino un compromiso y una realidad que puede ser vivida en cualquier institución.

En un marco así, la transparencia ya no es una obligación o una carga que tenemos que cumplir porque nos obligan, sino que la transparencia pasa a ser un anuncio, un testimonio de que la luz de Dios puede brillar también en la economía y que esta deja transparentar el amor como fuente de racionalidad económica. Vista así, la transparencia pasa a ser un instrumento de evangelización, de anuncio de la buena nueva para la economía que tantos y tantos están esperando.

 
 

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Cambiar el estilo de vida

Artículo publicado en la revista ICONO, año 219, Nº 7 Julio-agosto, Pág. 26-27

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Tal vez sea casualidad, pero no lo creo así. Nuestros tres últimos obispos de Roma nos han hablado de la necesidad de cambiar nuestro estilo de vida. Juan Pablo II nos dijo en la Encíclica Centesimus annus (36) que “Es necesario esforzarse por implantar estilos de vida, a tenor de los cuales la búsqueda de la verdad, de la belleza y del bien, así como la comunión con los demás hombres para un crecimiento común sean los elementos que determinen las opciones del consumo, de los ahorros y de las inversiones.”, Benedicto XVI insistió en su Encíclica Caritas in veritate (51) en que “esto exige que la sociedad actual revise seriamente su estilo de vida que, en muchas partes del mundo, tiende al hedonismo y al consumismo, despreocupándose de los daños que de ello se derivan. Es necesario un cambio efectivo de mentalidad que nos lleve a adoptar nuevos estilos de vida” y por último, Francisco también nos ha dicho en su Encíclica Laudato si (23) que “La humanidad está llamada a tomar conciencia de la necesidad de realizar cambios de estilos de vida, de producción y de consumo”.

No es una casualidad

No es una casualidad que los tres hayan insistido en esta necesidad de cambio. Aunque creamos que nuestra manera de comportarnos y de hacer las cosas no tiene influencia en la sociedad debido a que somos tan solo una persona entre más de 7.000 millones en todo el mundo, esto no es así. En primer lugar porque lo que sucede en la creación es consecuencia de la suma de lo que hacemos todos los que en ella vivimos y en segundo, porque sobre lo único que tenemos una influencia clara y que podemos cambiar de una manera segura es nuestra manera de vivir (y no la de los otros). Por estos dos motivos, cambiar nuestro estilo de vida es una de las mayores contribuciones que podemos hacer para que los valores que priman en nuestro entorno sean realmente diferentes y mejores.

Cambiar el estilo económico de vida.

Si hay otro elemento que coincide en estas tres llamadas a cambiar el estilo de vida y a modificar la mentalidad que tenemos sobre la manera en la que vivimos, es resaltar que este cambio debe darse en varios elementos que tienen en común ser componentes económicos de nuestra existencia. El que se repite en los tres casos es el consumo, las compras o más en concreto (como lo denomina Benedicto XVI) el consumismo. Además de este, Juan Pablo II habla de ahorros e inversiones, mientras que Francisco habla también de producción. Se trata de cuestiones económicas todas ellas. En una sociedad como la nuestra en la que lo económico tiene una posición preponderante y el tener más aparece como el objetivo prioritario, cuando los obispos de Roma nos piden cambiar el estilo de vida, piensan esencialmente en cuestiones que tienen que ver con vivir la economía de otra manera, orientar nuestro consumo, nuestra producción, nuestros ahorros e inversiones y nuestro quehacer económico en su conjunto en otra dirección.

Renunciar al hedonismo y al consumismo

El origen de este aviso tiene que ver con la constatación de que en muchas partes del mundo tenemos un estilo de vida que pone por delante el pasarlo bien y el disfrutar de la máxima cantidad de cosas, para lo que se exacerba el consumo y la compra de bienes, servicios y experiencias. Esta búsqueda del tener, del experimentar, nos hace ciegos a la belleza, al bien, a la verdad y nos lleva a unos estilos de vida insatisfactorios para nosotros mismos porque siempre queremos más y nunca nos conformamos con lo que tenemos. Unos estilos de vida que nos impiden vivir en armonía con la naturaleza y con la creación y que nos hacen tener siempre prisas y ser insensibles al sufrimiento del otro. Una manera de vivir que nos lleva con frecuencia a dar importancia a lo que no la tiene y descuidar las cuestiones clave de nuestra existencia.

Proponer ese estilo de vida

Por ello los tres papas se empeñan en mostrarnos (como habían hecho otros anteriores) un estilo de vida que no se centra en lo superfluo sino en lo esencial, en el que el tener está al servicio del ser y no al contrario, en el que nos animan a que cuidemos de la creación y tengamos tiempo para disfrutar de ella, a que dejemos de ser consumidores para ser compradores, a que utilicemos nuestros ahorros para mejorar la sociedad en la que nos encontramos y no para incrementar nuestros ingresos y nuestra riqueza, etc. En esencia, un estilo (como dice Francisco en su Encíclica Laudato si 222) que al “hacerse presente serenamente ante cada realidad, por pequeña que sea, nos abre muchas más posibilidades de comprensión y de realización personal. La espiritualidad cristiana propone un crecimiento con sobriedad y una capacidad de gozar con poco. Es un retorno a la simplicidad que nos permite detenernos a valorar lo pequeño, agradecer las posibilidades que ofrece la vida sin apegarnos a lo que tenemos ni entristecernos por lo que no poseemos. Esto supone evitar la dinámica del dominio y de la mera acumulación de placeres.”

 

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¿Cuidamos o explotamos la creación?

Artículo publicado en la revista ICONO, año 119, nº 6, Junio 2017, pág: 26 y 27

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Cuando era pequeño me gustaban las historias que transcurrían en granjas. En ellas había distintos tipos de animales que convivían con las personas, los granjeros cultivaban las tierras para que ellos y sus animales se alimentasen de sus frutos, los excrementos eran utilizados como abono y todo se aprovechaba al máximo. Quizá estas historias me recordaran a casa de mi abuela, donde había gallinas y conejos y donde sabía que en otros tiempos habían vivido cerdos en ese corral trasero tan habitual en las casas antiguas de estos pueblos del Horta Nord de Valencia. Las granjas eran una manera de combinar una actividad económica que pretendía obtener recursos monetarios y alimenticios para que las personas que allí viviesen tuviesen una vida digna, con el cuidado de la creación de todo aquello que nos rodea.

Ya no existen granjas, tenemos explotaciones agrarias y ganaderas

Hoy en día es difícil encontrar granjas, lo que abundan son explotaciones agrícolas y ganaderas. Cuando uno va a una de ellas, ya no se encuentra con ese paisaje medianamente idílico con distintos tipos de animales conviviendo en un espacio y una agricultura y una ganadería que se complementan. Ahora encontramos grandes naves industriales en las que se hacinan miles de pollos, o cientos de cerdos, o de ovejas o de vacas… Grandes campos de un solo producto que se extienden a lo largo de muchas hectáreas y cuya cosecha es recogida por máquinas (en ocasiones) o por un elevado número de jornaleros que dejan el producto en cajas para ser llevado directamente a los mercados de las grandes ciudades o a las grandes cadenas de distribución alimenticia. Bosques de una sola clase de árbol que son talados por parcelas cada cierto tiempo. Los sistemas de producción industriales se han introducido en la ganadería, en la agricultura y en la silvicultura, las granjas han pasado a ser explotaciones.

Una explotación no cuida de la creación

Explotar es (según la segunda acepción del diccionario de la RAE): “Sacar utilidad de un negocio o industria en provecho propio.” Por este motivo se habla de explotación y ya no de granja. La dinámica economicista se ha introducido en la gestión de las granjas y estas han dejado de serlo. Los seres vivos que componen la creación han dejado de ser así considerados para pasar a ser simples recursos que utilizamos para nuestro propio provecho. La creación ya no se ve como un todo a cuidar y a hacer fructificar, sino como un lugar del que se sacan recursos para incrementar nuestros beneficios individuales. Al igual que el afán de tener más riquezas deshumaniza a las personas haciendo que se olviden que lo que tienen delante son también personas, el egoísmo economicista deja de ver el entorno en el que se mueve nuestra vida como algo a cuidar para pasar a considerarlo como un espacio a explotar para incrementar los beneficios de quien lo hace.

La denuncia de Francisco

Eso es, precisamente, lo que denuncia Francisco en su última Encíclica Laudato si (2) “La hermana tierra clama por el daño que le provocamos a causa del uso irresponsable y del abuso de los bienes que Dios ha puesto en ella. Hemos crecido pensando que éramos sus propietarios y dominadores, autorizados a expoliarla. La violencia que hay en el corazón humano, herido por el pecado, también se manifiesta en los síntomas de enfermedad que advertimos en el suelo, en el agua, en el aire y en los seres vivientes. Por eso, entre los pobres más abandonados y maltratados, está nuestra oprimida y devastada tierra, que « gime y sufre dolores de parto »” La deshumanización a la que nos lleva ese pecado grave de pensar solamente en nuestro propio interés y de buscar a toda costa el tener más, se traduce en unos problemas medioambientales que no solo están reduciendo la calidad del ambiente natural en el que nos movemos hiriendo al suelo, al agua, al aire y a los seres vivos, sino que también está comprometiendo que las generaciones futuras puedan gozar de un entorno adecuado para su vida en la tierra.

Por una cultura del cuidado

Por ello Francisco nos propone que “junto con la importancia de los pequeños gestos cotidianos, el amor social nos mueve a pensar en grandes estrategias que detengan eficazmente la degradación ambiental y alienten una cultura del cuidado que impregne toda la sociedad” (LS, 231) Esta cultura del cuidado se debe reflejar tanto en un nuevo estilo de vida en el que la búsqueda egoísta del propio bien se cambie por el deseo de construir el bien común con el resto de las personas, a un necesario cambio de estructuras que pretenda, no tanto la explotación de nuestros recursos y la generación de nuevos bienes, como el cuidado de la creación que nos ha sido dada, para que sea el marco en el que vivamos, nos desarrollemos y tengamos una vida plena, nosotros y nuestros descendientes. Por ello, ante la cultura de la propiedad, del hago lo que quiero porque es mío, de la explotación de los recursos, Francisco propone esa cultura del cuidado que pretende la convivencia armónica entre las personas y el resto de la creación. Una cultura que no solo no va en contra de la consecución de los recursos necesarios para vivir, sino que, es la única manera en la que se puede garantizar que en el futuro, las próximas generaciones sigan gozando de ellos.

 

 

 

 

 

 

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La Solidaridad (esa palabra con mayúsculas)

Artículo publicado por el Boletín nº 31 de Navidad de 2016 de la Asociación Resurgir (Pág:12-13)

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Mucho se habla de la solidaridad, es un tema recurrente en ambientes concienciados por ella, pero también en ambientes que no necesariamente la ven como algo positivo. Sin embargo, existen ideas falsas de solidaridad que distorsionan el prestigio de una palabra que puede haberse desgastado para algunos. Solidaridad no es cualquier cosa. Algunos la consideran un simple sentimiento, otros piensan que se da cuando gente que comparte alguna característica se une para luchar por sus propios intereses o contra sus enemigos comunes, otros la ven como un sentimiento que va desde quienes pueden a quienes lo tienen peor para poder ayudarles a mejorar… Pero no, la solidaridad es algo más. La solidaridad, en una primera instancia, es una exigencia ética. No se trata de una moda, de algo que hago porque lo siento así, sino de una opción ética, de una manera de comportarse que elegimos libremente y que determina nuestro modo de actuar y nuestra manera de ser. La solidaridad es una opción que nos anima a prestarnos ayuda mutua, a saber que nuestra felicidad depende no solo de lo nuestro, sino de lo que le sucede a los demás. Soy más feliz en la medida que los otros lo son también. Es la conciencia de que todos somos responsables de todos. Mi opción ética me lleva a ligar mi destino y mis actuaciones a las de las demás personas, a saber que no vivo solo, sino en sociedad y que lo que les sucede a los otros también es de mi incumbencia.

Para profundizar más en este concepto hay que describir los elementos que tiene la solidaridad. El primero es el elemento compasivo. Ser compasivo es intentar empatizar con el otro, saber ponerse en su piel para comprenderlo. Solamente si intentamos pensar, sentir o estar como la persona que tenemos a nuestro lado, podremos ser solidaria con ella. La solidaridad comienza en la empatía, en ser el otro, en sentirse como el otro. Pero no se queda ahí, tenemos que reconocer a ese otro como persona, como igual a mi, con la misma dignidad que yo, con el mismo valor que yo. Lo que la otra persona me aporta es tan valioso como lo que yo puedo aportar, no se puede ser solidario desde la superioridad, desde el estar por encima del otro, solamente se puede ser solidario si estamos a su mismo nivel. Por último existe un elemento de universalización. Todos somos responsables de todos. Ello implica una opción por el bien común y una superación del egoísmo para la transformación de la realidad social y de aquellas estructuras que están perjudicando a los que son más débiles. Solamente en la medida en que somos conscientes de que la construcción de estructuras justas o injustas también es cosa nuestra, que somos también responsables de lo que le sucede a todas las personas que conviven ahora y en un futuro con nosotros, podemos asumir la solidaridad en su sentido más amplio.

La consecuencia directa más clara de estos tres elementos de la solidaridad es que ser solidario supone más “estar con” que “hacer cosas por”. Si optamos por esta segunda opción estamos rompiendo con los dos elementos primeros de la solidaridad: no existe la empatía, no intentamos ponernos en la situación de la otra persona ni la reconocemos como igual, nosotros somos los sujetos activos y la otra persona solamente tiene que dejarse ayudar por quien sabe más que ella. Actuar así no es más que una solidaridad mal entendida que, con frecuencia, tampoco actúa sobre las estructuras que provocan los problemas, con lo que olvida que todos somos responsables de todos. Plantearse la solidaridad como “estar con”, nos abre a saber qué es lo que la otra persona piensa, lo que siente, nos abre a compartir desde la igualdad, a no sentirme ni mejor ni peor, a comprender y a acompañar, a construir nuevas estructuras que aborden de una manera diferente las situaciones ante las que nos encontramos, a levantar la dignidad de muchas personas que creen haberla perdido o que consideran que no la tienen.

Por todo ello, la solidaridad avanza en pos de un horizonte utópico que precisa de la construcción de un nuevo orden social más justo y solidario. Desde una comprensión crítica de la realidad que nos rodea, desde un estar con los demás desde la igualdad y la empatía, la solidaridad tiene una gran capacidad para transformar el entorno en el que nos encontramos a favor de los más débiles. Porque la solidaridad busca las causas de las asimetrías existente en nuestra realidad para intentar evitar en lo posible su reproducción. Mira el bien de todos con lo que supera los planteamientos del corporativismo para optar por un mundo de cooperación más que de competencia. Prima a los más débiles con lo que supera los planteamientos egoístas. La solidaridad sabe acompañar aquellas desigualdades que son inevitables para dar sentido a situaciones que parecen no tenerlo, pero al mismo tiempo actúa para que las desigualdades injustas desaparezcan a través de la construcción de una sociedad más justa. La persona solidaria no hace cosas por los demás, sino que está dando sentido a lo que parece no tenerlo y construyendo una sociedad más justa y más fraterna.

 

 

 

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