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El afán de lucro

Artículo publicado en la revista ICONO, año 219, Nº 11 Diciembre, Pág. 26-27

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En nuestra sociedad actual el afán de lucro se muestra (con frecuencia) como el verdadero motor del cambio. Parece que todos los avances que se dan en ella responden a la iniciativa de personas que buscan innovaciones que les permitan ganar más dinero y enriquecerse. Quienes así piensan no se cansan de mostrar ejemplos que pretenden demostrar que las personas cuyo único fin es enriquecerse son aquellas que logran los grandes progresos de la humanidad y que en esa insatisfacción por el tener más, son más imaginativas a la hora de aportar bienes para la sociedad. Todo ello lleva a que exista una legitimación ética del afán de lucro. Querer enriquecerse no solo se muestra como normal y como el comportamiento racional desde el punto de vista económico, sino que se ensalza socialmente a las personas que solamente buscan este objetivo poniéndolas como ejemplo para el resto de la sociedad. El afán de lucro se convierte así en la base sobre la que se asienta toda la organización económica actual.

Diferenciar el afán de lucro de la necesidad de obtener lo necesario

Lo primero que hay que matizar para profundizar un poco en este tema es diferenciar el afán de lucro con obtener lo necesario para vivir. Aunque algunas personas (de manera interesada o no) los confunden, no son lo mismo. Todos tenemos una tarea vital clara y necesaria que es lograr los recursos suficientes para llevar una vida digna nosotros y nuestra familia. Se trata de un afán que deriva de la vida digna y que está recogido en la oración que Jesús nos dejó para dirigirnos al padre “danos hoy nuestro pan de cada día”. Ahora bien, obtener lo necesario tiene un límite, porque no necesitamos de todo para vivir dignamente, cuando llegamos a unos determinados ingresos ya tenemos lo suficiente y no precisamos de más. Esta es la diferencia esencial entre obtener los ingresos para la vida y el afán de lucro. Este último es ilimitado, siempre queremos más, siempre ansiamos incrementar nuestros ingresos. No es lo mismo, por tanto, el afán de las personas que quieren obtener lo suficiente para llevar una vida digna que el afán de lucro que es siempre ilimitado por definición y que no tiene límite y busca tener más de lo necesario.

El afán de lucro no siempre lleva a lo mejor

Hecha esta diferenciación tenemos que rebatir el argumento de los apologetas del afán de lucro. Por un lado no es cierto que las personas que han realizado los grandes avances de nuestra civilización hayan estado siempre impregnadas por el afán de lucro. ¿Creemos acaso que avances como el fuego, la rueda, el papel, la penicilina, la máquina de vapor… fueron realizados por personas que solo pensaban en enriquecerse gracias a sus inventos? Es tan evidente que esto no fue así que a veces sonroja pensar que hay alguien que sigue pensando que el afán de lucro es la única motivación de las personas que desarrollaron estos avances. La gloria, el orgullo, el solucionar un problema para mejorar algún trabajo, el servicio a los demás para facilitarles o mejorarles la vida, el gusto de inventar por inventar, querer ahorrarse esfuerzos utilizando una máquina o herramienta, la vocación de investigar, etc. Son motivos que pueden llevar a algunas personas a realizar avances en distintos campos útiles para la sociedad. Aquellos que estamos en la Universidad vemos día tras día investigadores en muchos campos que dedican su vida a buscar avances útiles para la sociedad y puedo asegurar que no lo hacen por afán de lucro. Es más, con demasiada frecuencia están hasta mal pagados… Hay que añadir a esto que al contrario, el afán de lucro lleva con frecuencia a actuaciones negativas para la sociedad. No hay más que pensar en la corrupción, las ilegalidades y los delitos cometidos por personas impregnadas de afán de lucro. También podemos recordar como la última crisis fue provocada por un sistema financiero que entró en una espiral de enriquecimiento sin tener en cuenta los riesgos que suponía esta rueda imparable del ganar siempre más.

El cristianismo condena el afán de lucro

Podemos encontrar condenas del afán de lucro tanto en el antiguo testamento (especialmente en los libros sapienciales) como en el nuevo, en los Santos Padres, en la Doctrina Social de la Iglesia y en toda la tradición cristiana. Podríamos poner ejemplos múltiples para mostrar esta condena clara, pero el espacio limitado del artículo me lleva a dar tan solo tres muestras del porqué esta condena tan clara. La primera es que “Nadie puede estar al servicio de dos amos, pues o odia a uno y ama al otro o apreciará a uno y despreciará al otro. No podéis estar al servicio de Dios y el Dinero” (Mt. 6, 24). En este ejemplo está la esencia del porqué de la condena del afán de lucro: porque deshumaniza, porque hace que veamos a la otra persona como un medio para nuestro enriquecimiento, que nos olvidemos de que la otra persona es imagen de Dios y que querer a Dios implica dar importancia a nuestro prójimo y que este sea nuestra prioridad. Por eso cuando Jesús le dice al joven rico que venda todo lo que tiene y le siga, este se va entristecido ¿Cómo va a vender todo lo que tiene si su seguridad está en ello? Defender lo que se tiene y querer tener más se convierte en una prioridad ante la que las personas quedan a un lado “Qué difícil les será entrar en el reino de Dios a los que tienen riquezas” (Mc. 10, 23). Por eso Pablo de dice claramente a Timoteo “Los que buscan riquezas caen en tentaciones, trampas y mil afanes absurdos y nocivos, que hunden a los hombres en la perdición y la ruina. Porque la codicia es la raíz de todos los males, y muchos, arrastrados por ella, se han apartado de la fe y se han acarreado muchos sufrimientos” (Timoteo 1 6, 9-10). La codicia, que es un sinónimo del afán de lucro, es la raíz de todos los males y nuestro sistema económico está sustentado en ella. Por ello es urgente realizar un cambio de paradigma que lleve a que nuestra economía se base en otros valores.

 

 

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Cambiar la mentalidad de la empresa y del comprador para generar empleos remunerados

Artículo publicado en las páginas 12 y 13 del número 1601 de la revista Noticias Obreras de Diciembre de 2017

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Durante los dos últimos años los datos agregados del empleo han mejorado. Hemos observado una creación neta de trabajos remunerados y una reducción sustancial de personas que están en el desempleo. Sin embargo, cuando dejamos los datos agregados para introducirnos en los datos el optimismo que genera el primer acercamiento a las estadísticas se enfría un poco. Esto es debido a que gran parte del empleo creado lo es a tiempo parcial y muchos de los contratos son temporales. La consecuencia directa de esto es que el porcentaje de personas que tienen trabajo y no salen de la pobreza no hace más que incrementarse, ya que muchas de ellas tienen unos ingresos anuales inferiores al Salario mínimo interprofesional.

No voy a analizar aquí las causas de que esto suceda pero sí que voy a hablar de las organizaciones en las que esto se da, es decir, de las empresas. Porque estos problemas que he apuntado no se dan de una manera abstracta, sino que detrás de ellos hay unas organizaciones en las que estas personas trabajan con estos bajos salarios, y unos consumidores que compran sus productos sin importarles lo más mínimo las condiciones laborales en las que se producen, ya que solamente están preocupados por la búsqueda del precio más bajo.

En estos dos agentes económicos se observan dos egoísmos complementarios y coherentes con una manera de funcionamiento de la economía actual que conlleva problemas para el empleo remunerado. El primero es el de una empresa centrada en obtener beneficios para sus propietarios-accionistas. La concepción reduccionista de la empresa actual considera que toda ella debe estar al servicio de incrementar las ganancias de sus propietarios, lo que lleva a que los trabajadores sean vistos únicamente como un factor de producción cuyo coste hay que abaratar lo máximo posible para poder mejorar el margen de beneficios. Al mismo tiempo, el consumidor estándar piensa que lo que tiene que lograr es comprar lo más barato posible para poder adquirir más cosas con los ingresos que tiene, con la convicción de que tener más le va a llevar irremediablemente a estar mejor. Por ello, no mira más allá del precio del producto y se ciñe a la comparación de precios entre unos bienes y otros para acabar adquiriendo el más barato.

Es necesario apostar por un cambio de mentalidad de las empresas para poder superar estas situaciones negativas para quienes son sus principales actores: las personas que allí trabajan. Este cambio de mentalidad pasa por poner en un primer lugar lo que se denomina la “Función Social de la Empresa” (FSE) que está compuesta por tres elementos. El primero es producir bienes y servicios útiles para la sociedad. Son necesarias las empresas en una sociedad porque aúnan esfuerzos de muchas personas haciendo que estos converjan en la producción de estos bienes y servicios que acaban beneficiando a quienes los compran y nos hacen la vida mejor y más sencilla a los demás.

El segundo componente de la FSE tiene una relación directa con las personas que componen una empresa. Porque toda empresa es un grupo humano y como tal, tiene que ayudar a las personas que en ella trabajan y ser positiva para su perfeccionamiento y su vida diaria. La empresa es buena para la sociedad porque permite unos ingresos a quienes allí trabajan, pero también porque es un cauce para que estas junten sus esfuerzos con otras personas para trabajar a favor de la sociedad y para que maduren como tales a través de un componente intrínseco a su ser como es el trabajo.

El tercer componente de la FSE tiene que ver con que la empresa es una organización que ayuda al desarrollo del entorno en el que se encuentra. Esto lo consigue a través de la riqueza que puede generar en su entorno gracias a la creación de empleos, a la contratación de suministradores locales, a la utilización de sistemas de producción eficientes que permitan ahorros en el uso de recursos naturales que colaboran en el cuidado de la creación y en la mejora del medio ambiente, al pago de impuestos locales y nacionales, a actuaciones en favor de la la sociedad, etc.

El reconocimiento de esta FSE como el elemento clave de la empresa tiene como principal consecuencia que el beneficio pase a un segundo plano. Es decir, en lugar de ser el beneficio el norte que marca toda la orientación de estas organizaciones, es una condición necesaria para poder cumplir su principal objetivo, que es precisamente su Función Social. El cambio de prioridad es importante porque pone el criterio económico del beneficio en su justo lugar, al servicio de la función social de la empresa, lo que es clave a la hora de tomar las decisiones empresariales que vendrán así dirigidas por una prioridad diferente al beneficio. Cuando cambian las prioridades, las decisiones que se toman ante las mismas situaciones empresariales son diferentes.

Paralelo a esto debe darse un cambio de mentalidad en los compradores. El criterio de compra debe de ir más allá del precio e incorporar la preocupación sobre cómo están produciendo las empresas a las que se compra. Es lo que se ha venido a denominar la “compra responsable”. La actuación de aquellas personas que a la hora de adquirir un bien miran no solo el precio, sino las condiciones laborales, ecológicas, sociales y éticas que tiene la empresa que produce ese bien o servicio para decidir adquirirlo o no. La introducción de estos criterios de compra permite que el comprador también colabore en la potenciación de aquellas empresas que pagan mejores salarios a sus trabajadores, que tienen mejores comportamientos sociales y medioambientales, etc.

Para combinar estas dos actuaciones se precisa un nexo que las una: la transparencia en las condiciones sociales y medioambientales de producción. Sin ella el comprador no puede elegir entre una empresa u otra y estas no pueden hacer valer sus diferentes comportamientos en estos aspectos ante otras empresas que no los desarrollen. Para ello han aparecido sistemas de acreditación de comportamiento ético y social de las empresas. Estos son el nexo entre los dos cambios de mentalidad para caer en la cuenta de que el mantenimiento del empleo remunerado y el incremento del mismo es una tarea de todos, de las empresas y de los compradores, no solo del legislador.

 

 

 

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Entrevista Diario de Ibiza

He aquí la Entrevista que publicó el Diario de Ibiza el pasado Sábado 20 de enero de 2018 (el texto completo lo tenéis al final, después de las imágenes)

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Ibiza, anuncio de conferencia

Enrique Lluch: «Se nos ha vendido que tener más es mejor, pero esto no ocurre»

Enrique Lluch defiende un cambio de modelo económico que esté basado en el reparto, no en el crecimiento: «Que todos tengamos lo suficiente»

daniel azagra ibiza 20.01.2018 | 22:37

Enrique Lluch Frechina (Almàssera, 1967), coordinador del Foro Creyente de Pensamiento Ético-Económico, es uno de los abanderados en España de la economía del bien común y aboga por un cambio de rumbo en la economía mundial. Ayer ofreció una conferencia en el Club Diario de Ibiza en la que abordó la situación de la economía actual y analizó las posibles alternativas.

Profesor de Economía en la Universidad Cardenal Herrera de Valencia, Enrique Lluch explica con pasión, con una «importante incontinencia verbal», bromea, las alternativas que plantea la economía del bien común al «agotado» modelo económico actual y a los graves problemas que éste último está provocando en el planeta. Lluch está convencido de que este cambio se producirá, «sí o sí, aunque no será fácil». Organizada por Cáritas Ibiza, Confer y Manos Unidas, ayer ofreció una conferencia en el Club Diario de Ibiza bajo el título ‘Otro modelo económico es posible: alternativas’.

¿De verdad está convencido de que otro modelo económico es posible o el título de la conferencia es un gancho para atraer la atención del público?
Muchos economistas llevan diciendo desde hace décadas que no, que la economía no puede ser de otra manera, que el modelo actual es el válido y que lo único que podemos hacer es acoplarnos. Nos lo venden como una ley natural y que todo aquel que no la cumpla será condenado al castigo si lo hace mal. Al final, la economía es la manera de organizarnos para cubrir necesidades y eso se puede hacer de muchas maneras, como nosotros queramos, no hay una única manera de hacerlo. El modelo actual es reciente, desde el siglo XIX , y durante la historia se ha hecho con otros sistemas.

Pero una gran mayoría de economistas dice que este es el mejor sistema, ¿no?
Hay una mayoría que asegura que así es porque dice que el objetivo final es el crecimiento económico; y como este es el modelo que más crecimiento ha proporcionado en la historia de la humanidad, pues para ellos este es el mejor sistema de hacerlo.

Usted defiende que hay que cambiar el enfoque y priorizar las personas sobre el crecimiento. Suena muy bien, pero un poco utópico.
Todo lo que nos marca una línea a seguir es una utopía y el actual sistema económico también lo es; bueno, más bien es una distopía, porque un mundo donde tengamos más entre todos no tiene por qué ser mejor, y de hecho no lo es. Nuestro modelo actual marca un camino para avanzar, un camino que marca que si este año crezco el PIB, el año que viene tengo que seguir creciendo y así progresivamente. Lo que nosotros defendemos es que no sirve tener más entre todos sino que todos tengamos lo suficiente. Con el modelo actual hemos conseguido que mucha gente se quede atrás, fuera del sistema, excluida. Lo que hay que hacer es cambiar la dirección, que no se conseguirá del todo, pero al menos lograr que todos tengan lo suficiente. Hay que organizar la economía con otro horizonte, coger otro carril?

Ese carril ya lo han cogido algunas organizaciones o bancos éticos, pero dígaselo a los que dominan el mundo en Washington, Moscú, Pekín o Bruselas…
Lo estamos haciendo. Cualquier idea novedosa en una sociedad empieza por unas minorías, por unos grupos pequeños de gente que creen que las cosas pueden ser de otra manera, que introducen una idea novedosa o no que va en contra de la corriente principal. Hay dos clases de minorías: unas con gusto por las minorías, con vocación de minoría que dicen nosotros somos los puros, los buenos, los que tenemos la verdad y el resto del mundo que se apañe porque yo estoy bien con mi gente; y luego hay otras minorías con vocación de mayorías, las que creen que tienen algo interesante para la sociedad y que sus ideas pueden transformar la sociedad.

¿Algún ejemplo?
Cuando empezaron las primeras feministas a reclamar igualdad y a querer votar, la gente decía ‘¿dónde van esas cuatro piradas?’. O en la Edad Media, cuando se acabó con el feudalismo. Nadie pensó entonces que el sistema económico liberal acabaría por cambiar la sociedad.

¿Nuestro modelo actual está agotado?
Sí, por varias razones. Primero, porque por mucho que crecemos no llega a todos, y eso es un problema gordo. Segundo, porque se nos vende que tener más es estar mejor, pero eso no pasa. Ahora tenemos más que hace 20 o 30 años. ¿Mis hijos que tienen tres veces más que yo viven tres veces mejor de lo que vivía yo cuando era pequeño? Pues no, más o menos están igual. El tener más equivale a vivir mejor solo cuando estamos por debajo del umbral de la pobreza. Y tercero, la sostenibilidad. Nos gustaría que la tierra, la humanidad, durara miles de años, pero el PIB no puede seguir creciendo durante miles de años a un 2% anual cuando los recursos que tenemos son finitos. Es imposible, tenemos que parar, el planeta no lo resiste. En la actualidad, gastamos tres veces más de recursos de lo que gastamos en los años sesenta. Así no se puede mantener.

Aquí en Ibiza sabemos mucho de aumentar el PIB y agotar los recursos naturales.
¿Conoces el drama de la isla de Pascua? Fue una crisis ecológica. Era una isla que funcionaba muy bien, equilibrada, pero en un determinado momento entre las tribus de la isla empezaron a competir por quién hacía más moáis (las gigantescas estatuas monolíticas) y para hacerlo necesitaban madera, piedra y muchos otros recursos. Así que acabaron agotándolos y al ser una isla ya no podían hacer más; entonces, llegaron las enfermedades, las muertes y al sobreexplotar se quedaron sin posibilidad de mantenerse.

Como con los moáis, ¿puede pasar lo mismo con nuestra industria turística?
Puede pasar si no se controla. ¿Nosotros qué queremos, ganar más dinero y que siga subiendo el PIB? Si queremos eso pues lo que hay que hacer es que venga más gente, recalificar terrenos, aumentar el aeropuerto… Agotar nuestros recursos.

En eso estamos en la isla…
Eso tiene un fin seguro y también puede pasar que la gente que venga en verano esté tan embotellada y colapsada y que diga que no vuelve.

¿En un sitio como Ibiza, donde la ostentación y el lujo ya forman parte del paisaje, no le parece que su discurso es como predicar en el desierto?
No tengo esa sensación; es más, hay que insistir en ello. Vamos a ver, ¿si tus vecinos son más ricos, son más felices? Se lo digo mucho a mis alumnos. Les pregunto si al que conocen que tiene más, está mejor o se le ve más feliz, si ven que esa gente está satisfecha, contenta del todo, si vale la pena compartir con ellos porque es gente feliz, satisfecha, que transmite felicidad y que da gusto estar con esa persona. ¿El que tiene más dinero es más feliz? Pues no tiene por qué, el bienestar no lo da el dinero.

En Ibiza hay gente que está haciendo mucho dinero con los alquileres de los pisos.
Bueno, si una persona tiene un alquiler y puede alquilarlo por más turísticamente para ganar más dinero… No me parece mal si esa persona no es ambiciosa y lo hace para poder costearse los estudios de sus hijos, etc. ¿Esa persona lo hace mal éticamente? No me atrevería a juzgarla.

¿Pero eso no contribuye a avivar la sociedad especulativa en la que vivimos?
Aquí lo importante es cómo hacemos el sistema, cómo regulamos los alquileres. No es lo mismo una familia que tiene dos pisos porque ha heredado uno a una persona que compra 20 pisos para hacer negocio. ¿Cómo se regula a nivel global? ¿Permitimos que alguien lo haga como negocio? ¿Articulamos que haya alquileres sociales, a precios asequibles porque creemos como colectivo que es conveniente? Nos debemos plantear como sociedad que necesitamos que estas personas que no encuentran vivienda puedan alquilar esos pisos porque queremos que vengan aquí a trabajar.

Y mucha gente se queda en la calle.
Claro, como nuestro objetivo es el crecimiento cumplimos el objetivo y los que no aguantan, que se queden. Nos dicen que la economía de Ibiza va bien, que en la crisis crecíamos, ¿pero qué pasa con los más desfavorecidos? Por eso necesitamos cambiar el enfoque, los objetivos. Vale, ahora tenemos más crecimiento, pero necesitamos políticos que planteen que hay que pasar de tener más entre todos a tener todos lo suficiente.

¿Ha llegado el momento de aumentar los salarios?
Nos venden el cuento de que se pueden comprar artículos más baratos y eso es mentira y que no hace falta subir los sueldos. Hay una poeta sudamericana que tiene un poema que cuenta que detrás de una camiseta de tres euros hay dos pobres, el trabajador que la fabrica en un país subdesarrollado con un sueldo de miseria y el que la compra por ese precio. Y en medio está el explotador, que une la necesidad de las dos pobrezas para hacerse más rico. Los salarios no suben y eso provoca que desde el punto de vista social estemos peor. No ha habido mejora.

En España cada vez hay más gente en el umbral de la pobreza, mientras que el número de millonarios ha aumentado un 60% desde 2018.
El último informe de la Fundación Foessa, de la que soy miembro, refleja que, por ejemplo, en Valencia la pobreza laboral ha aumentado un 30%. Es decir, que cada vez hay más gente trabajando a la que no le da para pagar las necesidades básicas. Y otro dato: un 40% de los empleos nuevos que se crean no sacan a la gente de la pobreza.

La era digital está acabando con el comercio tradicional y ha modificado las relaciones personales.
Estamos en un momento en que el comercio on line ha entrado con fuerza. Pensábamos que los avances tecnológicos iban a estar al servicio de las personas, que nos iban a ahorrar mucho tiempo y la verdad es que tenemos menos tiempo que nunca en la vida. Nuestros abuelos tenían menos avances tecnológicos y tenían más tiempo que ahora. Además, nos han dicho que seamos egoístas, que pensemos solo en nosotros. Y como nos dicen eso, desconfiamos de las personas. La venta on line tiene eso, que todo es más barato, más cómodo, que no me muevo de casa y encima no me tengo que relacionar con nadie.

 

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La reforma fiscal de Trump nos suena

Os paso el siguiente artículo que se publicó el pasado viernes 5 de enero en los siguientes periódicos: Levante. Pág.32/Información Vega Baja. Pág: 30/La Opinión de Murcia. Pág:23/ Diario de Mallorca: Pág.33/La Opinión de Málaga. Pág: 21/Diario de Ibiza. Pág:17/ Información Alicante. Pág:30/La Opinión Cartagena. Pág:23

La reforma de Trump nos suena-1

¿Recuerda el lector la Iniciativa de Defensa Estratégica que también se llamó Star Wars? ¿Y la curva de Laffer que tomó el nombre del economista que la creó? Se trata de dos de las políticas estrella que realizó Donald Reagan durante el periodo en el que estuvo de presidente de los Estados Unidos. Los efectos económicos que trajeron la combinación de ambas políticas no fueron los que cabría esperar de un mandatario conservador ya que subieron el déficit público estadounidense hasta unas cuotas excesivamente elevadas.

Quizá valga la pena recordar un poco las principales ideas de estas dos iniciativas. Comienzo por la curva de Laffer. Su creador, aplicando algo que se denomina el multiplicador de los impuestos y que tiene su origen en la economía keynesiana, calculaba la existencia de un tipo impositivo en el que se conseguía una máxima recaudación. Afirmaba que si los tipos impositivos son demasiado altos esto supone una bajada de la demanda y por lo tanto de la producción que conlleva que la recaudación total disminuya. Por ello, una bajada de tipos impositivos supone un estímulo de la demanda agregada y de la producción que genera el suficiente crecimiento económico para que la recaudación global aumente aunque el tipo aplicado sea inferior al anterior. Basándose en esto, propugnó una bajada de impuestos con la esperanza de que esta iba a suponer una generación de crecimiento económico que haría que la recaudación total se incrementase.

Por otro lado, la Iniciativa de Defensa Estratégica buscaba defender a Estados Unidos de un ataque nuclear que pudiese articular la Unión Soviética o cualquier otro país de su órbita de influencia. Este programa supuso un incremento del gasto público elevado para lograr aquel objetivo estratégico. La industria bélica tuvo unos años dorados de negocio gracias a esta promoción de la política de defensa de EEUU.

Los resultados de la combinación de estas dos políticas fueron que las previsiones de Laffer fallaron y la bajada de impuestos no se tradujo en el crecimiento económico suficiente para poder generar unos ingresos superiores a los que se daban con anterioridad. Uno de los motivos que llevaron a que esto no se cumpliese fue que muchas personas no utilizaron sus ingresos superiores por la bajada de impuestos para consumir y generar nueva demanda, sino para ahorrar y guardárselos para el futuro. Así pues, la recaudación global bajó lo que, junto al incremento del gasto en defensa, el déficit público se incrementó muchísimo. Fueron unos años negativos para las cuentas públicas.

¿Nos resulta familiar? ¿No nos suena la cantinela? Porque Trump también ha impulsado una bajada de impuestos importante. Cree que así se va a estimular el crecimiento económico de EEUU. Ha bajado los impuestos en especial a sus conciudadanos más ricos, pensando que estos serán los que pondrán esos ingresos superiores que van a tener al servicio del crecimiento económico. Ahora bien ¿Esto será necesariamente así? Porque cuando se bajan los impuestos a las personas con rentas bajas, estas suelen utilizar esas ganancias para consumir, pero cuando lo reciben los que tienen rentas más altas las suelen utilizar para ahorrar. Si estos ahorros se convierten en inversión productiva, tal vez pueda lograrse el crecimiento económico, ¿pero qué pasará si se utiliza únicamente para inversiones especulativas o préstamos al exterior? Cabrá esperar así subidas de precios en los mercados financieros (como ya se han dado) pero no necesariamente mayor crecimiento.

Además, con sus políticas de “América primero” (América first) parece que va a incrementar el presupuesto de defensa, tal y como hizo Donald Reagan en su momento. ¿Va a suceder con el déficit lo mismo que ya pasó en los años ochenta? No lo sabemos, hacer predicción es arriesgado. Lo que sí podemos afirmar es que esto de Trump nos suena, nos resulta familiar y puede acabar pareciéndose a lo que fue una de las principales herencias de la administración Reagan, unos altos déficits públicos. Solo cabe esperar para saber si los mandatarios republicanos saben aprender de los errores de sus antecesores, o si por el contrario, son proclives a tropezar varias veces en la misma piedra.

 

 

 

 
 

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Crear estructuras de gracia

Artículo publicado en la revista ICONO, año 219, Nº 10 Noviembre, Pág. 26-27

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Tal vez hayamos oído hablar alguna vez de lo que Juan Pablo II denomina “estructuras de pecado”. Se trata de ambientes, instituciones o entidades en las que las personas que participan de ellas se ven inclinadas a actuar de manera egoísta, en contra de ellas mismas o de otras personas. Estas organizaciones o instituciones están estructuradas de manera que aquellas personas que son más egoístas, que fastidian más a los demás, que se comportan yendo en contra del bien común son quienes se ven recompensadas y promocionadas por la entidad. Por el contrario, aquellas que quieren hacer el bien y preocuparse por los demás, que pretenden conseguir el bien común, se ven aquí ninguneadas, excluidas, desincentivadas. Para poder actuar así en estas instituciones o asociaciones necesitan ser verdaderamente valientes y arriesgarse a ponerse en contra de toda la organización.

Ejemplos de estructuras de pecado

Cualquier estructura puede convertirse en una estructura de pecado. No tiene porqué serlo por naturaleza, pero puede transformarse en ella cuando quienes la dirigen o la organizan lo hacen de manera que potencian formas de actuación contrarias a la ética, a la generosidad y a la búsqueda del bien común. Un ejemplo de estructura de pecado fueron los campos de concentración. Muchos de los testimonios de personas que vivieron en ellos demostraban como su estructura demoníaca llevaba a que aquellos que querían sobrevivir en ellos tuviesen que robar de vez en cuando, colaborar con sus carceleros o ser insolidarios con el resto. Esta era la única manera de sobrevivir: afanándose por buscar solo sus propios intereses pasando por encima de quien fuese y olvidándose de quien tenían al lado. Este es un ejemplo exagerado, pero las dinámicas se pueden reproducir en estructuras que de raíz no tienen porqué tener esta característica. Un partido político puede convertirse en una estructura de pecado cuando las personas que quieren medrar en él, en lugar de dedicarse al servicio público, utilizan sus energías en “salir en la foto”, en conspirar contra compañeros, en intentar colocarse junto a aquellos que tienen más poder en ese momento. Una empresa puede convertirse en una estructura de pecado cuando su único criterio es “el negocio por el negocio” y se sacrifica cualquier comportamiento ético en aras de lograr mayores beneficios. Un equipo deportivo puede convertirse en una estructura de pecado cuando su entrenador potencia la competencia entre sus jugadores, cuando vale todo para ganar un partido, cuando se pierde la deportividad… Un grupo de amigos puede convertirse en una estructura de pecado cuando se compite a ver quien se mete más con el otro, a ver quien critica con más gracia al gordo, al orejudo, al alto, al rubio… o cuando para poder ser aceptado te ves obligado a hacer cosas que van en contra de tus convicciones.

Crear estructuras de gracia

Ante una realidad en la que muchas estructuras se convierten en estructuras de pecado, los cristianos tenemos una llamada a la construcción de estructuras de gracia. Estas son aquellas en las que sucede lo contrario de lo descrito hasta ahora. Se trata de instituciones, organizaciones o ambientes en los que las personas que están en ellos, si se dejan llevar por su funcionamiento habitual, acaban haciendo el bien a los demás, tomando decisiones éticas y positivas y viéndose reforzadas como personas. Las mismas instituciones que hemos nombrado con anterioridad y que en ocasiones se convierten en opresoras y negativas para las personas que las componen, pueden ser una fuente de realización y de mejora para aquellas que están directamente relacionados con ellas. Un partido político puede potenciar a aquellos que son mejores servidores de lo público y ayudar a la sociedad a gestionar el bien común y a alcanzarlo de una manera más adecuada. Una empresa puede resultar positiva para las personas que allí trabajan y para la sociedad en la que se encuentra, permitiendo a las primeras un salario suficiente para llevar una vida digna, una ocupación honrosa y potenciadora de sus cualidades y a la sociedad unos bienes y servicios útiles. Un equipo deportivo puede ser una escuela de vida que ayude a comprender la importancia del trabajo en común y de la generosidad entre personas. Un grupo de amigos puede ser el lugar al que acudimos para descansar, para sentirnos más y mejor personas, para crecer con la gente a la que queremos.

Los cristianos estamos llamados a crear estas estructuras

Lograr que una empresa, un partido político, un grupo de amigos, un equipo deportivo, una familia, una escuela, una organización no gubernamental, etc. Se conviertan en estructuras de gracia que sean positivas para quienes están en contacto con ellas o trabajan allí no es fácil. Se trata de una tarea que precisa de personas valientes, que tengan coraje moral para afrontar una tarea ante la cual se encuentran dificultades y resistencias. Pero no solo eso, es preciso prepararse técnicamente para realizar esta labor. No basta con la intención sino que se debe tener una serie de instrumentos y herramientas que permitan lograr esta transformación de las estructuras. Los cristianos estamos llamados a construir el Reinado de Dios en la tierra. La edificación de estructuras de gracia en los lugares en los que trabajamos y desarrollamos nuestra labor habitual es una de las labores de anuncio de la buena nueva que tenemos encomendados. Ser valientes y contar con la pericia necesaria para llevar nuestros objetivos a buen puerto, son dos elementos necesarios para que las estructuras favorezcan a las personas que están en contacto con ellas. El reinado de Dios supone que nos es más fácil y más sencillo que el amor sea el norte que dirija nuestras vidas porque vivimos en estructuras que favorecen que esto sea así. Construir estas estructuras es otra manera de anunciar la buena noticia de Jesús.

 

 

 

 

 
 

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La transparencia económica como instrumento de evangelización

Artículo publicado en la revista Cresol, Any 18, núm. 138, Juliol-agost 2017, pág: 24-25

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La Iglesia española tiene un compromiso de transparencia económica que firmó en 2016 con transparencia Internacional España al que se ha visto abocado debido a que una parte de su financiación de proviene de las arcas públicas del Estado. Dos son los aspectos principales relacionados con esta cuestión. El primero es la obligatoriedad de transparencia que exige el Estado a las instituciones que reciben fondos públicos. Sin entrar en detalles, la idea general que hay detrás de esta cuestión es una exigencia del sector público para que sus ayudas al sector privado sean utilizadas para la finalidad a la que se destinan, y para que las entidades que las reciben cumplan unos requisitos de transparencia económica que permitan que cualquier persona compruebe que están cumpliendo sus fines asociativos o fundacionales y que estos son acordes con los fines del Estado. El segundo aspecto tiene que ver con necesidad de convencer a las personas que realizan la declaración de la renta para que asignen la parte correspondiente a la financiación de la Iglesia. Para ello, la transparencia se entiende como una cuestión clave ya que permite que cualquiera persona sepa cómo utiliza la Iglesia el dinero que les dona y así opte finalmente por hacerlo.

Además, la Iglesia también incluye en este compromiso de transparencia la auditoría de sus cuentas por parte de empresas auditoras reconocidas a nivel nacional. Más allá del desprestigio en el que pueden haber incurrido estas empresas que han auditado de manera positiva a empresas y entidades financieras que han quebrado poco tiempo de pasar positivamente una de estas auditorías (generando la lógica duda de para qué sirve entonces una auditoría que no detecta estos graves problemas de funcionamiento), esta medida también intenta garantizar a todos aquellos que trabajan con la Iglesia que los datos aportados en sus cuentas son veraces y responden a su realidad económica.

Estas medidas de transparencia provocan algunas suspicacias en el interior de la Iglesia. Algunos pueden pensar que por qué tiene la Iglesia que abrir las tripas de sus cuentas ante cualquier persona que, además, puede estar buscando cualquier escusa para atacarla. También aparece aquí una idea de que no hay que lucir cuando se hace el bien a los demás. No es necesario estar diciéndole a todo el mundo si damos dinero o no a los más desfavorecidos. Esta cuestión debe quedarse en la intimidad para no ceder a la tentación de creerse mejor que los otros porque hacemos más cosas por los que peor están. Se trata de tendencias que han ido decreciendo paulatinamente ya que cada vez hay más personas convencidas de la necesidad de la transparencia, de que no hay que esconder la importante labor social que realiza la Iglesia, aunque solamente sea por causas legales y de imagen.

Opino sin embargo que la transparencia no solamente debería ser una opción lógica ante un momento en el que es necesario potenciarla por estas cuestiones, sino que la transparencia económica debería contemplarse como una marca de la casa, como una parte más de la evangelización. Porque el cristianismo también tiene una buena noticia en la economía, una buena noticia que puede resumirse de una manera magnífica con las palabras de Benedicto XVI en su Encíclica Caritas in veritate (36) La doctrina social de la Iglesia sostiene que se pueden vivir relaciones auténticamente humanas, de amistad y de sociabilidad, de solidaridad y de reciprocidad, también dentro de la actividad económica y no solamente fuera o «después» de ella. El sector económico no es ni éticamente neutro ni inhumano o antisocial por naturaleza. Es una actividad del hombre y, precisamente porque es humana, debe ser articulada e institucionalizada éticamente… En las relaciones mercantiles el principio de gratuidad y la lógica del don, como expresiones de fraternidad, pueden y deben tener espacio en la actividad económica ordinaria. Esto es una exigencia del hombre en el momento actual, pero también de la razón económica misma. Una exigencia de la caridad y de la verdad al mismo tiempo.”

Por ello, teniendo en cuenta que la doctrina social de la Iglesia, como un elemento esencial de evangelización, es anuncio y testimonio de la fe. Es instrumento y fuente imprescindible para educarse en ella” (Civ, 15), debemos ser conscientes de que la economía puede ser organizada de otra manera, de que puede haber una economía más humana que esté al servicio de las personas. Y ¿cómo anunciar esta buena noticia de que es posible introducir la gratuidad y la lógica del don en la economía? Poniéndolo en práctica en nuestras actividades, en nuestras casas, en nuestras diócesis, en nuestras congregaciones, en nuestros colegios,… Para que todos vean que esto no son simples palabras vacías de contenido, sino un compromiso y una realidad que puede ser vivida en cualquier institución.

En un marco así, la transparencia ya no es una obligación o una carga que tenemos que cumplir porque nos obligan, sino que la transparencia pasa a ser un anuncio, un testimonio de que la luz de Dios puede brillar también en la economía y que esta deja transparentar el amor como fuente de racionalidad económica. Vista así, la transparencia pasa a ser un instrumento de evangelización, de anuncio de la buena nueva para la economía que tantos y tantos están esperando.

 
 

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Cambiar el estilo de vida

Artículo publicado en la revista ICONO, año 219, Nº 7 Julio-agosto, Pág. 26-27

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Tal vez sea casualidad, pero no lo creo así. Nuestros tres últimos obispos de Roma nos han hablado de la necesidad de cambiar nuestro estilo de vida. Juan Pablo II nos dijo en la Encíclica Centesimus annus (36) que “Es necesario esforzarse por implantar estilos de vida, a tenor de los cuales la búsqueda de la verdad, de la belleza y del bien, así como la comunión con los demás hombres para un crecimiento común sean los elementos que determinen las opciones del consumo, de los ahorros y de las inversiones.”, Benedicto XVI insistió en su Encíclica Caritas in veritate (51) en que “esto exige que la sociedad actual revise seriamente su estilo de vida que, en muchas partes del mundo, tiende al hedonismo y al consumismo, despreocupándose de los daños que de ello se derivan. Es necesario un cambio efectivo de mentalidad que nos lleve a adoptar nuevos estilos de vida” y por último, Francisco también nos ha dicho en su Encíclica Laudato si (23) que “La humanidad está llamada a tomar conciencia de la necesidad de realizar cambios de estilos de vida, de producción y de consumo”.

No es una casualidad

No es una casualidad que los tres hayan insistido en esta necesidad de cambio. Aunque creamos que nuestra manera de comportarnos y de hacer las cosas no tiene influencia en la sociedad debido a que somos tan solo una persona entre más de 7.000 millones en todo el mundo, esto no es así. En primer lugar porque lo que sucede en la creación es consecuencia de la suma de lo que hacemos todos los que en ella vivimos y en segundo, porque sobre lo único que tenemos una influencia clara y que podemos cambiar de una manera segura es nuestra manera de vivir (y no la de los otros). Por estos dos motivos, cambiar nuestro estilo de vida es una de las mayores contribuciones que podemos hacer para que los valores que priman en nuestro entorno sean realmente diferentes y mejores.

Cambiar el estilo económico de vida.

Si hay otro elemento que coincide en estas tres llamadas a cambiar el estilo de vida y a modificar la mentalidad que tenemos sobre la manera en la que vivimos, es resaltar que este cambio debe darse en varios elementos que tienen en común ser componentes económicos de nuestra existencia. El que se repite en los tres casos es el consumo, las compras o más en concreto (como lo denomina Benedicto XVI) el consumismo. Además de este, Juan Pablo II habla de ahorros e inversiones, mientras que Francisco habla también de producción. Se trata de cuestiones económicas todas ellas. En una sociedad como la nuestra en la que lo económico tiene una posición preponderante y el tener más aparece como el objetivo prioritario, cuando los obispos de Roma nos piden cambiar el estilo de vida, piensan esencialmente en cuestiones que tienen que ver con vivir la economía de otra manera, orientar nuestro consumo, nuestra producción, nuestros ahorros e inversiones y nuestro quehacer económico en su conjunto en otra dirección.

Renunciar al hedonismo y al consumismo

El origen de este aviso tiene que ver con la constatación de que en muchas partes del mundo tenemos un estilo de vida que pone por delante el pasarlo bien y el disfrutar de la máxima cantidad de cosas, para lo que se exacerba el consumo y la compra de bienes, servicios y experiencias. Esta búsqueda del tener, del experimentar, nos hace ciegos a la belleza, al bien, a la verdad y nos lleva a unos estilos de vida insatisfactorios para nosotros mismos porque siempre queremos más y nunca nos conformamos con lo que tenemos. Unos estilos de vida que nos impiden vivir en armonía con la naturaleza y con la creación y que nos hacen tener siempre prisas y ser insensibles al sufrimiento del otro. Una manera de vivir que nos lleva con frecuencia a dar importancia a lo que no la tiene y descuidar las cuestiones clave de nuestra existencia.

Proponer ese estilo de vida

Por ello los tres papas se empeñan en mostrarnos (como habían hecho otros anteriores) un estilo de vida que no se centra en lo superfluo sino en lo esencial, en el que el tener está al servicio del ser y no al contrario, en el que nos animan a que cuidemos de la creación y tengamos tiempo para disfrutar de ella, a que dejemos de ser consumidores para ser compradores, a que utilicemos nuestros ahorros para mejorar la sociedad en la que nos encontramos y no para incrementar nuestros ingresos y nuestra riqueza, etc. En esencia, un estilo (como dice Francisco en su Encíclica Laudato si 222) que al “hacerse presente serenamente ante cada realidad, por pequeña que sea, nos abre muchas más posibilidades de comprensión y de realización personal. La espiritualidad cristiana propone un crecimiento con sobriedad y una capacidad de gozar con poco. Es un retorno a la simplicidad que nos permite detenernos a valorar lo pequeño, agradecer las posibilidades que ofrece la vida sin apegarnos a lo que tenemos ni entristecernos por lo que no poseemos. Esto supone evitar la dinámica del dominio y de la mera acumulación de placeres.”

 

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