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Archivo de la etiqueta: Artículo de opinión

El concepto del éxito desde el economicismo

Después de la mini-conferencia del jueves en Bétera, os regalo tres reflexiones sobre este tema.

En la sociedad actual el éxito está sobrevalorado. Buscamos personas triunfadoras que logren sus objetivos en la vida y que sean reconocidas por los otros como tales.

En nuestra sociedad economicista, este éxito se cuantifica (como casi todo) a través de las ganancias que se obtienen, de los ingresos que nos proporciona nuestra actividad, nuestro día a día.

Lograr unos ingresos elevados es una muestra de éxito y aquellos que lo logran son un ejemplo para nuestra sociedad.

 

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Escuchar para dialogar

Necesitamos educar en la escucha, porque sin silenciarse para acoger lo que dice el otro, la conversación es imposible, nos encontramos ante lo que se denomina un diálogo de sordos.

Si analizamos lo que escuchamos, si juzgamos lo que dice el otro, tampoco estamos escuchando, tampoco estamos recibiendo lo que el otro le dice.

 

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Sobre la polarización política

Algunos no quieren dialogar con el otro aduciendo que el otro es quien no quiere dialogar

Así se corta la conversación de raíz, con la excusa del otro, no se conversa y la política se queda en consignas que se arrojan unos a otros sin posibilidad de diálogo.

 

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Lo que aportamos a la sociedad nos define

El trabajo que realizamos nos define más como personas y nos ayuda mucho más a nuestra realización personal que nuestra condición de consumidores.

Esto es así, porque el trabajo nos permite cubrir nuestras necesidades y apetencias, porque a través de él nos hacemos más y mejor personas y porque con él colaboramos en la mejora de nuestra sociedad.

El trabajo nos ayuda a sentirnos útiles, a incrementar nuestra autoestima y a sentir que tenemos algo que aportar a la construcción de una sociedad mejor.

 

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Francisco y los movimientos populares

Artículo publicado en el número 1634 de diciembre de 2020 de la revista Noticias Obreras (Pág: 12-13)

Acabo de leer el documento que los Movimientos Populares hacen llegar al papa Francisco y a todos quienes participamos de alguna manera en el encuentro de Asís titulado Economía de Francisco. Mi primera impresión después de la lectura de sus ocho páginas es la de sentirme abrumado y siento la necesidad de volver a leer las 53 propuestas (si no me he equivocado al contarlas ya que no están numeradas) para poder hacerme una idea más precisa del texto.

Porque la esencia del documento es esta, las 53 propuestas divididas en cinco campos 1.- Ecología integral y bienes comunes, 2.- Democracia económica, 3.- Tierra, techo y trabajo, 4.- Educación, salud, comunicación y tecnología y 5.- Soberanía, movilidad humana y paz. Con estas propuestas los movimientos populares pretenden “aportar elementos para imaginar un sistema alternativo superador, erradicando la idolatría global del dinero que estructura la economía global y nuestras vidas; dándole centralidad a la naturaleza, las mujeres y los hombres.”

Como punto de partida quiero aclarar que comparto la pretensión del documento y creo que está en la línea de lo que quiere también el encuentro de Economía de Francisco. Opino que es una aspiración mucho más generalizada de lo que podría percibirse en el debate público, pero que muchas personas no tienen claro cómo hacerlas realidad y otras quieren hacerla compatible con el objetivo primordial que es ahora el crecimiento económico.

Compartir la pretensión final no se traduce en mi caso en estar de acuerdo con todo el contenido del mismo. Me apena ver lo que desde mi opinión es un error de bulto en el análisis inicial que creo que se habría podido evitar fácilmente. Me refiero a la frase que dice “Conocemos el poder del dinero para subordinar a los gobiernos, sostener el status quo, ampliar los privilegios de las élites y reducir los derechos de las mayorías”. Opino, sinceramente, que no es el dinero quien subordina los gobiernos, sino los prestamistas a los que tienen que recurrir por el elevado endeudamiento en el que incurren, el afán de mayores ingresos que corroe a las personas, a las empresas y a los mismos gobiernos y una organización económica basada en la búsqueda egoísta de tener más. El dinero es simplemente un instrumento que podemos utilizar de muchas maneras. De hecho, una de las propuestas del documento es “establecer una nueva moneda internacional”¿Por qué vamos a proponer una nueva moneda si el dinero tiene ese poder? ¿No sería mejor entonces una sociedad sin dinero si este es tan malo?

Y esto me sirve para enlazar con lo que para mí es la debilidad mayor de este documento que contiene elementos interesantes como en seguida voy a contar. Al centrarse en todas estas medidas, olvida tratar algo de lo que creo que sí que estamos hablando en Economía de Francisco: la necesidad de cambiar de paradigma económico. Porque todas estas propuestas no solo son “brindis al sol” si nos mantenemos en el actual paradigma, sino que lo verdaderamente revolucionario (a mi modo de ver) es, precisamente, comenzar a pensar la economía desde otra perspectiva, modificar nuestras creencias económicas sobre lo que es bueno y malo y conseguir que, ese cambio de pensamiento, seduzca a personas, empresarios, gobiernos, instituciones, académicos, etc.

Solamente desde un cambio de paradigma tienen sentido las medidas que se proponen en el documento. Al igual que durante el siglo XIX y XX se cambia el paradigma económico para poner toda la sociedad al servicio del crecimiento económico, enalteciendo la búsqueda del propio beneficio, la eficiencia y una organización de los mercados que potencia a aquellos que tienen la capacidad de grandes ganancias, tendremos que construir un cambio de paradigma que identifique la bondad económica no con tener más entre todos, sino con que todos tengan al menos lo suficiente. Un paradigma que construya mercados e instituciones económicas que busquen cultivar la creación y guardarla para un futuro en lugar de explotarla.

Este cambio de paradigma llevará a la realización de muchas de las propuestas del documento, estoy convencido. Otras no creo que tengan unos resultados positivos tan claros y evidentes. De hecho, las medidas contempladas son muy variadas. Recomiendo leer el documento para hacerse una idea porque en un espacio tan reducido como este me es imposible analizarlas todas.

Las relacionadas con la ecología integral son interesantes y creo que gran parte de ellas son acertadas. Las que buscan una democracia económica son, a mi modo de ver, más polémicas y cuestionables que las anteriores. Desde la renta mínima internacional (que no básica), hasta la eliminación de las instituciones de Bretton Woods (¿es necesario eliminarlas o pueden reconvertirse?) o los controles de precios (¿qué sucede con los efectos negativos que estos generan?)… Creo que la única que puede generar un consenso generalizado es la de eliminar los paraísos fiscales. Las otras tendríamos mucho que discutir para ver cuáles son las más eficaces para lograr los objetivos del nuevo paradigma.

Las propuestas en cuanto a tierra, techo y trabajo, son mucho menos polémicas (a mi modo de ver) y van desde el derecho a un trabajo digno (se entiende que remunerado) hasta el replanteamiento de las políticas de urbanización y de reparto de la población en el territorio. Lo mismo sucede con las propuestas de educación, salud, comunicación y tecnología, muchas de las cuales deberían ser ya una realidad en nuestro planeta. En las propuestas de soberanía, movilidad humana y paz, vuelven a aparecer algunas muy cuestionables como el derecho de autodeterminación (que pueden ir en contra de la solidaridad que se defiende en el resto del documento cuando la ejercen territorios ricos) o el control estatal de muchos sectores económicos (tal vez es suficiente con una regulación que lleve los mercados en otra dirección).

En esencia, creo que lo clave ahora no son tanto las medidas sino el cambio de paradigma y, a partir de saber donde queremos ir, podremos después ver cuáles son las propuestas que nos llevan en esa dirección sin prejuicios, abiertos a comprobar qué es realmente lo mejor. El documento es positivo para aportar motivos para el diálogo y la discusión en torno a la economía de Francisco. Las conclusiones que han estado trabajando cientos de jóvenes de todo el mundo durante los últimos meses son solo el principio de lo que quiere ser un amplio movimiento que apueste por cambiar el paradigma económico.

 
 

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Descentrarse para abrirse a lo otro

Urgen personas que estén dispuestas a descentrarse, a dejar a un lado su ensimismamiento para poder abrirse a lo otro y a los otros.

Necesitamos una economía que no se mire al ombligo, que cierre esa boca que solo le lleva a hablar de sí misma y de sus beneficios para abrir sus ojos, sus oídos y sus manos y ponerse a disposición de quienes más lo necesitan.

 

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Una sociedad ensimismada

Estamos en una sociedad autoreferente en la que muchas personas solamente se miran a sí mismas.

Esto hace que pasemos de largo ante el otro y lo otro y que solamente queramos que la sociedad y los demás se organicen de manera que nos traigan bienestar a nosotros mismos.

Vivimos ensimismados y el resto de la creación se queda a un lado, no nos interesa.

 

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Indiferentes ante lo bueno

La sana indiferencia es esa actitud de apertura que nos hace estar abiertos ante todas las alternativas, no tener ideas previas sobre cuál es mejor y peor, intentar descubrir que es lo más adecuado en cada momento.

Es una actitud que nos abre a la sorpresa, a la plenitud de la vida, a unas posibilidades a las que nunca llegamos si siempre queremos que las cosas sean como a nosotros nos apetecen.

 

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Lo económico al servicio de la vida plena

Se puede poner la economía al servicio de la vida plena. Para ello hay que tener en cuenta que tener es importante porque es lo que nos garantiza la posibilidad de ser, pero al mismo tiempo hay que percatarse que tiene que estar siempre al servicio de este último.

Buscar lo necesario para ponerlo al servicio de nuestras ansias de plenitud y de una vida plena es la clave para lograr hacer realidad nuestra aspiración más profunda.

 

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Vivir en plenitud

La aspiración de toda persona es vivir en plenitud, llevar una vida total, una vida íntegra que va más allá de la felicidad.

La vida en plenitud nos trae armonía, satisfacción con nosotros mismos y una coherencia entre lo que hacemos y lo que somos

 

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El caos del ingreso mínimo

Artículo publicado en la revista Noticias Obreras, en su número 1632 de Octubre de 2020 en sus páginas 12 y 13

 
 

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Belleza y economía

 

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No es lo mismo bienestar que felicidad

 

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Transformar desde la pandemia

Con esta entrada cierro el ciclo «Transformar desde la pandemia» con sugerencias para la reflexión a partir de todo lo que estamos viviendo.

Si queréis volver a algunas de las entradas que puse en esta serie, podéis ir a https://enriquelluchfrechina.wordpress.com/category/transformar-desde-la-pandemia/ Ahí las encontraréis todas.

 

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Vida e incertidumbre

Una de las cosas más difíciles de afrontar en nuestras vidas es lidiar con la incertidumbre. Sin embargo, la vida, las personas y la sociedad somos incertidumbre. Por ello, aprender a amarla es una labor difícil pero imprescindible para hacer frente a los desafíos económicos y vitales que nos presenta el día a día.

 

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A vueltas con el teletrabajo

 

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Dar sentido a la tecnología

 

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Vivir el encierro en otra clave

Comparto con vosotros una artículo de un amigo turolense, Diego Loras Gimeno, en el que comparte cómo ha vivido la época de encierro. El artículo fue publicado en el Diario de Teruel la semana pasada.

Otro modo de vivir

Definitivamente este tiempo de confinamiento nos ha marcado. Muchas reflexiones se han hecho sobre si la sociedad será diferente después del Covid19 o si todo seguirá igual que antes. Sin embargo, lo que seguro podemos decir es que hemos vivido de otra manera, desde algunas dinámicas que nos hacen más felices.

El primer descubrimiento positivo de la cuarentena ha sido que hemos convivido más tiempo y con más intensidad con las personas que viven habitualmente en nuestra casa. Nos hemos dado cuenta de que las personas no somos islas aisladas en este océano que es la sociedad, sino que somos con los otros. Los rostros concretos de las personas que nos rodean son importantes en nuestra configuración personal. Hemos descubierto la mentira del individualismo. Dependemos unos de otros y es mejor que así sea.

También hemos tenido más tiempo libre en la mayoría de casos. Tanto tiempo que antes utilizábamos en los desplazamientos, en acudir a eventos innecesarios o en ir a comprar con una frecuencia mayor. Antes del Covid, una de las quejas más frecuentes era que no teníamos tiempo para hacer las cosas con las que de verdad disfrutamos. La falta de tiempo se había convertido en una de las tiranías de nuestra sociedad. Y de repente parece que si establecemos bien las prioridades, realmente si que hay tiempo para disfrutar de nuestras aficiones.

El tiempo libre nos ha llevado a otro descubrimiento: el silencio. Aunque entre tanta videollamada, Netflix y Spotify ha sido difícil, seguro que hemos tenido el lujo de estar más de una hora de silencio. Igual hay quien se ha replanteado algunas de las grandes preguntas de la vida: ¿Quién soy? O ¿Qué hago en este mundo?

Pero en el silencio no solo ha habido tiempo para preguntas. Con un poco de suerte también hemos podido acallar nuestra mente para escuchar. El creyente quizás ha redescubierto la oración y el no creyente puede que haya empezado a hacer meditación. Algunos se han podido asombrar con este cambio de perspectiva, desde estar mirando distraídamente al exterior, hacia contemplar atentamente nuestro interior.

Eso si, a las ocho de la tarde nada de silencio… ¡Todos a aplaudir! Hemos descubierto que somos más solidarios de lo que nos pensábamos. Además ha habido comandos vecinales organizando la compra para los ancianos de la comunidad o haciendo mascarillas a mano para nuestros héroes sanitarios. Esta solidaridad tenemos que potenciarla. En un mundo en el que todo es competitividad, ¿Quién querría vivir? Las grandes revoluciones sociales siempre han fracasado porque les ha faltado la solidaridad que sale del corazón de cada uno. Sin solidaridad, la libertad y la igualdad no pueden construir un mundo mejor.

Otra clave de nuestro confinamiento ha sido nuestra reducción de consumo. Por primera vez en mucho tiempo, algunos hemos distinguido con claridad entre lo necesario y los superfluo, entre lo que son deseos y lo que son necesidades. Nos hemos dado cuenta de que los eslóganes de las ONGs eran verdad: “Se puede vivir con menos”. Y puede que hasta se viva mejor. Lo que más hemos echado de menos esta cuarentena han sido relaciones, no objetos materiales. Si se hubiera podido pedir un deseo por habitante, la mayoría no habrían sido viajes, móviles o ropa de marca. Hubiéramos pedido estar con los amigos o visitar a familiares que no viven con nosotros. La sociedad del consumo nos ha engañado y es un buen momento para cambiar nuestra manera de consumir.

Por último, no podemos olvidar el medio ambiente. Hemos reducido drásticamente la contaminación de la atmósfera, los bosques, los ríos y los mares. La producción de objetos innecesarios se ha parado en seco, los viajes en avión se han reducido a los imprescindibles y lo que no habían logrado los grandes acuerdos políticos sobre el clima, lo está logrando esta pandemia. Parecía que detener el cambio climático era una quimera y sin embargo ahora sabemos que es posible. Nos tenemos que tomar esto en serio como sociedad. Estamos a tiempo y podemos vivir bien en un modelo con pocas emisiones de CO2 y cuidando nuestra casa común que es el planeta Tierra.

Seguro ha habido muchos más descubrimientos esta cuarentena, pero solo con estos nos basta para darnos cuenta de que es posible otro modo de vivir. Es un buen momento para replantearnos los fines de nuestra vida y empezar a vivir desde otras claves.

 
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Publicado por en mayo 27, 2020 en Uncategorized

 

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Ponernos en el lugar del otro

Os envío otro de los aprendizajes de esta pandemia para el futuro…

 

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Los trabajos olvidados

Esta plaga nos ha recordado la importancia de algunas actividades poco apreciadas.

 

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Los bienes relacionales

Aquí tenéis más sugerencias para mejorar nuestra sociedad en la post-pandemia. Esta vez hablo de lo que hemos aprendido sobre los Bienes Relacionales.

 

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La relación personal en la economía

Os paso el segundo artículo de la serie «Transformar desde la pandemia»: El Valor del contacto personal. Hablo del nexo que hay entre la relación personal y la confianza en la economía y cómo podemos construir un futuro en el que los intercambios económicos sigan siendo un buen momento para la relación con el otro.

 

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Trabajadores, jóvenes y deslocalizados

Aquí tenéis el último relato económico por ahora de la serie que estoy haciendo para el blog de Vida Nueva que se llama «el pan nuestro de cada día»

Debido a las circunstancias, hoy comienzo un nuevo blog en Vida Nueva titulado «transformar desde la pandemia» que también iré poniendo aquí y que versa sobre sugerencias para pensar por dónde queremos que transite nuestro futuro a partir de las enseñanzas que nos deja la pandemia.

Cuando acabe esto retomaré «el pan nuestro de cada día»

 

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Gratitud, gratuidad y méritos

Os presento este pequeño artículo que habla sobre los méritos y como cuando a estos se les da excesivo protagonisto nos impiden desarrollar los valores de la gratuidad y la gratitud.

 

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Criterios para elegir

La economía nos habla del coste de oportunidad como criterio para elegir en las decisiones económicas, pero este no tiene por qué ser ni el único ni el mejor criterio para tomar nuestras decisiones.

 

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Ser solidario para transformar la sociedad

 

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Esconder las debilidades

Aquí tenéis otro breve artículo sobre como la espiritualidad economicista nos lleva a avergorzarnos de nuestras debilidades y construir una imagen que no es fiel reflejo de lo que somos.

 

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El cambio climático es una cuestión económica

Si no abordamos el cambio de paradigma económico y dejamos de pensar solo en el bienestar, difícilmente podremos hacer algo efectivo en materia de cambio climático. En este breve artículo hablo sobre este tema.

 

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El economicismo, una nueva religión

La ciencia económica ha derivado en una manera de entender el mundo que es el economicismo. Sus seguidores la viven como si de una nueva religión se tratase.

En este breve artículo trato esta cuestión.

 

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Economía ¿Competimos o cooperamos?

La competición no siempre es lo mejor para la economía, la cooperación puede traer mejores consecuencias en muchas ocasiones. En este breve artículo explico por qué.

 
 

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Qué es la solidaridad

Un breve artículo que nos enseña qué se entiende por solidaridad

 

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¿Cómpramos en domingo?

Artículo publicado en la revista Alfa y Omega del 24 al 30 de Octubre de 2019, página 10

Se ha generalizado la costumbre de abrir en domingo. Esto ya no solo se limita a la restauración o al ocio, sino también a algunos centros comerciales y tiendas. Esto no ha supuesto un incremento de ventas como algunos auguraban, sino que las ventas semanales se reparten ahora entre siete días y no entre seis como antes. Uno se pregunta entonces ¿Qué hay detrás de esta apertura dominical que no trae más beneficios a los comerciantes y que perjudica a sus trabajadores que se ven impedidos de disfrutar con su familia el día que todos los demás están libres?

Creo que detrás de ello está la nueva religión del economicismo. Esta nos muestra un camino hacia nuestra salvación que pasa por el consumo, por la capacidad de comprar aquello que queremos. Los centros comerciales se convierten en los nuevos templos en los que puedo hacer realidad mis anhelos a través de la compra de bienes y servicios y, como toda religión, precisa de sus momentos de culto, de sus fiestas en las que se pueda alabar al nuevo Dios.

Por eso no solo hay fiestas periódicas consagradas al consumo y a las compras como son las navidades, el “blak friday”, Halloween, las rebajas, San Valentín, el día del padre, de la madre, etc. sino que también los domingos hay que consagrarlos y permitir que la gente pueda comprar en ese día. Lo importante para todos es comprar y por eso es necesario que haya gente (los trabajadores) que sacrifiquen sus domingos para que otros puedan, realmente, cumplir con aquello que es lo más importante, comprar, adquirir bienes y servicios.

Aquellos que no seguimos la religión economicista y que pensamos que el descanso dominical con la familia es más importante que poder comprar en domingo, podemos posicionarnos no solo no comprando nada en días festivos sino comprando el resto de días en negocios que no abran el domingo. Esta política podría impulsar a darle importancia a las personas y a su descanso semanal en el mismo día que su familia.

 

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El bien común

 

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Francisco y el gran Imán de Al-Azhar conversan

Artículo publicado por la revista Cresol en las páginas 32 y 33 de su número de marzo/abril de 2019

El pasado 4 de Febrero, Francisco y el gran Imán de Al-Azhar, Ahmad Al-Tayyib, conversaron entre si. Esto es una noticia por si mismo, sobre todo en un mundo en el que los debates predominan sobre la conversación, en el que la competencia se estima más que la colaboración. Por ello es una buena noticia y un ejemplo a seguir que dos líderes religiosos conversen entre si, que no debatan, que no discutan, que no compitan, sino que, simplemente dialogen. Porque la cultura del debate se nos pone por delante desde la infancia. Esta mañana he estado reunido con la tutora de uno de mis hijos y me ha hablado en varias ocasiones sobre los debates que realizan en clase ¿Por qué debaten en lugar de conversar? ¿Por qué necesitan contraponer ideas en lugar de intentar buscar puntos en común? Y si comenzamos con la educación de los pequeños, esto se mantiene hasta edades avanzadas en las que pocos saben conversar y muchos quieren debatir e imponer lo suyo a los demás.

Sin embargo, Francisco y Ahmad cuando quieren hacer un documento sobre la fraternidad humana, la paz mundial y la convivencia común insisten en la necesidad de la cultura del diálogo, en la colaboración y el conocimiento mutuo. Porque ellos saben que la violencia se genera en la competencia, en la verdad absoluta que se quiere imponer al otro, en el olvido de los valores éticos, en las desigualdades que benefician solo a una parte de la población. Por ello es esencial acercarse al otro sabiendo que sus argumentos son tan válidos como los míos, escuchar lo que nos dice desde el silencio que nos permite que sus argumentos penetren en mi ser, buscar los puntos en común y no querer imponer los míos sobre los de la persona que tengo enfrente.

Y eso, y no otra cosa, es lo que hicieron de una manera sincera Francisco y Ahmad. Por eso pudieron encontrar puntos en común a pesar de las diferencias evidentes entre uno y otro. Por eso pudieron darse cuenta de que para reducir muchos de los problemas que se dan en nuestra sociedad y reducir la posibilidad de conflictos es necesario el diálogo, la comprensión, la cultura de la tolerancia, la aceptación del otro. Solo así se puede avanzar en un camino de fraternidad y de paz.

Los dos líderes religiosos llaman a estudiar su documento en escuelas, universidades e institutos de educación y formación. Quieren que las nuevas generaciones luchen por la paz y por el bien común, que sean defensoras de los derechos de los más oprimidos y de los últimos. Siguiendo su llamada debemos de introducir en la educación de nuestros pequeños la formación en la conversación. Porque dialogar es una manera de alcanzar la reconciliación entre las personas que están enfrentadas, de lograr que la fraternidad triunfe y se imponga a los fanatismos y a los fundamentalismos de quienes solamente pretenden imponer lo suyo a los demás.

La conversación entre dos personas tan diferentes, que profesan religiones que han estado en guerra y que algunos utilizan como excusa para la muerte, para el conflicto y la confrontación es un ejemplo para el mundo. Cuán diferente a esos otros líderes que en lugar de conversar entre ellos se dedican a emitir mensajes contrapuestos que alimentan la confrontación, el rechazo y el conflicto con el otro. Por todo ello creo que debemos tomar ejemplo y potenciar esta manera de afrontar la realidad en todos los ámbitos en los que nos encontramos. El diálogo sincero, sin imposiciones, reconociendo la valía del otro, intentando comprender sus argumentos, es el camino hacia una sociedad más pacífica y fraterna.

 

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Personas, incentivos y compromiso

Artículo publicado en Economía 3, en el número de Abril de 2018, en su página 2018.

Podéis encontrar su versión on line en: https://economia3.com/2018/05/19/142810-personas-incentivos-y-compromiso/

Personas, incentivos y compromiso

 
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Publicado por en junio 5, 2018 en ética empresarial

 

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Sostenibilidad ¿del sistema o de las pensiones?

Artículo publicado en el periódico Levante el 15 de Marzo de 2018 en su página 3

Pensiones o sistema sostenible

Las palabras sostenibilidad y pensiones se escuchan conjuntamente con mucha frecuencia. Creo que es menester una reflexión desapasionada sobre estas dos palabras que nos permita ver más allá de la actualidad y reflexionar sobre este tema con la mirada puesta en el largo plazo. Vale la pena comenzar con los hechos. La práctica totalidad de los analistas están de acuerdo en que el sistema de pensiones tiene problemas. Como sabemos, se trata de un sistema de reparto en el que los pagos de las pensiones actuales se realizan a partir de las cotizaciones que realizan los trabajadores en este momento. Eso significa que quienes trabajamos ahora estamos financiando a los pensionistas de ahora. El sistema funciona bien mientras hay varios trabajadores por cada pensionista, ya que así las cotizaciones de varios sirven para pagar a un beneficiario. Sin embargo, el número de personas que cotizan por pensionista estuvo en 2017 en 2,3 y los ingresos no se recuperan. Dos son los factores que afectan de una manera directa a esta circunstancia. Por un lado la mayor longevidad de las personas mayores que incrementa el número de pensionistas, por otro lado que los nuevos cotizantes tienen salarios más bajos lo que reduce los ingresos y que los nuevos pensionistas reciben pensiones más altas lo que aumenta el gasto. Los problemas económicos del sistema no son algo nuevo y no hay perspectivas de cambio en las cifras si todo sigue igual. Por ello, parece necesario hacer algo para que esto no acabe repercutiendo en un colapso del sistema.

Voy a hablar aquí de dos alternativas que tenemos a la hora de abordar esta realidad. La diferencia entre ambas no está tanto en los intrumentos o medidas que pueden utilizar ambas, sino en la prioridad que se plantean cada una de ellas que puede determinar tanto las soluciones que se pretende dar como la manera de utilizar unos mismos instrumentos. Solo acercándonos a este análisis desde las prioridades, podemos entender el porqué de esa incomprensión entre quienes tienen una prioridad y quienes tienen otra. La primera posición tiene como objetivo principal la sostenibilidad del sistema. Quienes están en esta postura no quieren afrontar una reforma en profundidad del sistema porque o bien les gusta y creen que es bueno, o bien lo ven tan difícil que prefieren no ponerse las manos a la obra en esta cuestión. Si la prioridad es mantener lo que hay y garantizar sus sostenibilidad, las soluciones giran alrededor del los gastos y los ingresos, esto es, solucionar el problema que tenemos de un déficit creciente de funcionamiento aplicando una política de bajada de los gastos, de subida de los ingresos o de ambas cuestiones al mismo tiempo. Si (como sucede con frecuencia) subir los impuestos parece algo no aceptable y que no debe realizarse, la única solución es recortar por la vía de gastos reduciendo los pagos de pensiones. Esto repercute en consecuencias negativas sobre todos los pensionistas, pero afecta en especial a aquellos que cobran pensiones más bajas que son insuficientes para llevar una vida digna. La insuficiencia de sus pensiones se va acrecentando en la medida que sube el nivel de vida y ellos ven como la cuantía de sus pensiones está congelado.p

La segunda posición es aquella que lo que quiere es sostener las pensiones. Es decir, aquella que piensa que el principal objetivo debería ser, mantener un nivel de vida adecuado a aquellas personas que por su edad, ya no pueden desarrollar un trabajo remunerado que les permita vivir con dignidad. Para quienes así piensan mantener o incrementar (en el caso de las pensiones más bajas) la cuantía de las pensiones es el objetivo prioritario y la viabilidad del sistema debe ponerse al servicio de este. Esta es la idea que subyace en muchos de los pensionistas que se manifiestan en nuestro país, que saben que el sistema debe ser viable, pero que la prioridad debe ser garantizar la existencia pensiones dignas y para eso habrá que cambiar el sistema si es necesario, pero sin comprometer el objetivo final de unas pensiones que ofrezcan una vida digna para los mayores. Esta segunda idea precisa de un cambio del sistema que afecte tanto a ingresos como a gastos, pero esta modificación del sistema se pone al servicio del mantenimiento de unas pensiones dignas.

Como se podemos observar, la fijación de la prioridad es clave para ver cuáles son las medidas que se quieren aplicar y que resultados van a tener estas. En el sistema de pensiones se vuelve a poner de relieve uno de los grandes dilemas que aparece en la discusión económica actual ¿Debemos de poner como prioridad los asuntos meramente económicos como es el déficit de la Seguridad Social y subordinarlo todo al objetivo de acabar con este para garantizar la sostenibilidad del sistema? O por el contrario ¿Debemos poner la técnica, es decir, la necesaria sostenibilidad al servicio del objetivo primordial del sistema de pensiones que no es otro que garantizar una vida digna a las personas mayores que no pueden obtenerla por sus propios medios debido a su edad avanzada? La respuesta a esta pregunta es la que va a hacer que se tomen unas medidas u otras y que se sigan unas políticas u otras.

 

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El afán de lucro

Artículo publicado en la revista ICONO, año 219, Nº 11 Diciembre, Pág. 26-27

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En nuestra sociedad actual el afán de lucro se muestra (con frecuencia) como el verdadero motor del cambio. Parece que todos los avances que se dan en ella responden a la iniciativa de personas que buscan innovaciones que les permitan ganar más dinero y enriquecerse. Quienes así piensan no se cansan de mostrar ejemplos que pretenden demostrar que las personas cuyo único fin es enriquecerse son aquellas que logran los grandes progresos de la humanidad y que en esa insatisfacción por el tener más, son más imaginativas a la hora de aportar bienes para la sociedad. Todo ello lleva a que exista una legitimación ética del afán de lucro. Querer enriquecerse no solo se muestra como normal y como el comportamiento racional desde el punto de vista económico, sino que se ensalza socialmente a las personas que solamente buscan este objetivo poniéndolas como ejemplo para el resto de la sociedad. El afán de lucro se convierte así en la base sobre la que se asienta toda la organización económica actual.

Diferenciar el afán de lucro de la necesidad de obtener lo necesario

Lo primero que hay que matizar para profundizar un poco en este tema es diferenciar el afán de lucro con obtener lo necesario para vivir. Aunque algunas personas (de manera interesada o no) los confunden, no son lo mismo. Todos tenemos una tarea vital clara y necesaria que es lograr los recursos suficientes para llevar una vida digna nosotros y nuestra familia. Se trata de un afán que deriva de la vida digna y que está recogido en la oración que Jesús nos dejó para dirigirnos al padre “danos hoy nuestro pan de cada día”. Ahora bien, obtener lo necesario tiene un límite, porque no necesitamos de todo para vivir dignamente, cuando llegamos a unos determinados ingresos ya tenemos lo suficiente y no precisamos de más. Esta es la diferencia esencial entre obtener los ingresos para la vida y el afán de lucro. Este último es ilimitado, siempre queremos más, siempre ansiamos incrementar nuestros ingresos. No es lo mismo, por tanto, el afán de las personas que quieren obtener lo suficiente para llevar una vida digna que el afán de lucro que es siempre ilimitado por definición y que no tiene límite y busca tener más de lo necesario.

El afán de lucro no siempre lleva a lo mejor

Hecha esta diferenciación tenemos que rebatir el argumento de los apologetas del afán de lucro. Por un lado no es cierto que las personas que han realizado los grandes avances de nuestra civilización hayan estado siempre impregnadas por el afán de lucro. ¿Creemos acaso que avances como el fuego, la rueda, el papel, la penicilina, la máquina de vapor… fueron realizados por personas que solo pensaban en enriquecerse gracias a sus inventos? Es tan evidente que esto no fue así que a veces sonroja pensar que hay alguien que sigue pensando que el afán de lucro es la única motivación de las personas que desarrollaron estos avances. La gloria, el orgullo, el solucionar un problema para mejorar algún trabajo, el servicio a los demás para facilitarles o mejorarles la vida, el gusto de inventar por inventar, querer ahorrarse esfuerzos utilizando una máquina o herramienta, la vocación de investigar, etc. Son motivos que pueden llevar a algunas personas a realizar avances en distintos campos útiles para la sociedad. Aquellos que estamos en la Universidad vemos día tras día investigadores en muchos campos que dedican su vida a buscar avances útiles para la sociedad y puedo asegurar que no lo hacen por afán de lucro. Es más, con demasiada frecuencia están hasta mal pagados… Hay que añadir a esto que al contrario, el afán de lucro lleva con frecuencia a actuaciones negativas para la sociedad. No hay más que pensar en la corrupción, las ilegalidades y los delitos cometidos por personas impregnadas de afán de lucro. También podemos recordar como la última crisis fue provocada por un sistema financiero que entró en una espiral de enriquecimiento sin tener en cuenta los riesgos que suponía esta rueda imparable del ganar siempre más.

El cristianismo condena el afán de lucro

Podemos encontrar condenas del afán de lucro tanto en el antiguo testamento (especialmente en los libros sapienciales) como en el nuevo, en los Santos Padres, en la Doctrina Social de la Iglesia y en toda la tradición cristiana. Podríamos poner ejemplos múltiples para mostrar esta condena clara, pero el espacio limitado del artículo me lleva a dar tan solo tres muestras del porqué esta condena tan clara. La primera es que “Nadie puede estar al servicio de dos amos, pues o odia a uno y ama al otro o apreciará a uno y despreciará al otro. No podéis estar al servicio de Dios y el Dinero” (Mt. 6, 24). En este ejemplo está la esencia del porqué de la condena del afán de lucro: porque deshumaniza, porque hace que veamos a la otra persona como un medio para nuestro enriquecimiento, que nos olvidemos de que la otra persona es imagen de Dios y que querer a Dios implica dar importancia a nuestro prójimo y que este sea nuestra prioridad. Por eso cuando Jesús le dice al joven rico que venda todo lo que tiene y le siga, este se va entristecido ¿Cómo va a vender todo lo que tiene si su seguridad está en ello? Defender lo que se tiene y querer tener más se convierte en una prioridad ante la que las personas quedan a un lado “Qué difícil les será entrar en el reino de Dios a los que tienen riquezas” (Mc. 10, 23). Por eso Pablo de dice claramente a Timoteo “Los que buscan riquezas caen en tentaciones, trampas y mil afanes absurdos y nocivos, que hunden a los hombres en la perdición y la ruina. Porque la codicia es la raíz de todos los males, y muchos, arrastrados por ella, se han apartado de la fe y se han acarreado muchos sufrimientos” (Timoteo 1 6, 9-10). La codicia, que es un sinónimo del afán de lucro, es la raíz de todos los males y nuestro sistema económico está sustentado en ella. Por ello es urgente realizar un cambio de paradigma que lleve a que nuestra economía se base en otros valores.

 

 

 

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Cambiar la mentalidad de la empresa y del comprador para generar empleos remunerados

Artículo publicado en las páginas 12 y 13 del número 1601 de la revista Noticias Obreras de Diciembre de 2017

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Durante los dos últimos años los datos agregados del empleo han mejorado. Hemos observado una creación neta de trabajos remunerados y una reducción sustancial de personas que están en el desempleo. Sin embargo, cuando dejamos los datos agregados para introducirnos en los datos el optimismo que genera el primer acercamiento a las estadísticas se enfría un poco. Esto es debido a que gran parte del empleo creado lo es a tiempo parcial y muchos de los contratos son temporales. La consecuencia directa de esto es que el porcentaje de personas que tienen trabajo y no salen de la pobreza no hace más que incrementarse, ya que muchas de ellas tienen unos ingresos anuales inferiores al Salario mínimo interprofesional.

No voy a analizar aquí las causas de que esto suceda pero sí que voy a hablar de las organizaciones en las que esto se da, es decir, de las empresas. Porque estos problemas que he apuntado no se dan de una manera abstracta, sino que detrás de ellos hay unas organizaciones en las que estas personas trabajan con estos bajos salarios, y unos consumidores que compran sus productos sin importarles lo más mínimo las condiciones laborales en las que se producen, ya que solamente están preocupados por la búsqueda del precio más bajo.

En estos dos agentes económicos se observan dos egoísmos complementarios y coherentes con una manera de funcionamiento de la economía actual que conlleva problemas para el empleo remunerado. El primero es el de una empresa centrada en obtener beneficios para sus propietarios-accionistas. La concepción reduccionista de la empresa actual considera que toda ella debe estar al servicio de incrementar las ganancias de sus propietarios, lo que lleva a que los trabajadores sean vistos únicamente como un factor de producción cuyo coste hay que abaratar lo máximo posible para poder mejorar el margen de beneficios. Al mismo tiempo, el consumidor estándar piensa que lo que tiene que lograr es comprar lo más barato posible para poder adquirir más cosas con los ingresos que tiene, con la convicción de que tener más le va a llevar irremediablemente a estar mejor. Por ello, no mira más allá del precio del producto y se ciñe a la comparación de precios entre unos bienes y otros para acabar adquiriendo el más barato.

Es necesario apostar por un cambio de mentalidad de las empresas para poder superar estas situaciones negativas para quienes son sus principales actores: las personas que allí trabajan. Este cambio de mentalidad pasa por poner en un primer lugar lo que se denomina la “Función Social de la Empresa” (FSE) que está compuesta por tres elementos. El primero es producir bienes y servicios útiles para la sociedad. Son necesarias las empresas en una sociedad porque aúnan esfuerzos de muchas personas haciendo que estos converjan en la producción de estos bienes y servicios que acaban beneficiando a quienes los compran y nos hacen la vida mejor y más sencilla a los demás.

El segundo componente de la FSE tiene una relación directa con las personas que componen una empresa. Porque toda empresa es un grupo humano y como tal, tiene que ayudar a las personas que en ella trabajan y ser positiva para su perfeccionamiento y su vida diaria. La empresa es buena para la sociedad porque permite unos ingresos a quienes allí trabajan, pero también porque es un cauce para que estas junten sus esfuerzos con otras personas para trabajar a favor de la sociedad y para que maduren como tales a través de un componente intrínseco a su ser como es el trabajo.

El tercer componente de la FSE tiene que ver con que la empresa es una organización que ayuda al desarrollo del entorno en el que se encuentra. Esto lo consigue a través de la riqueza que puede generar en su entorno gracias a la creación de empleos, a la contratación de suministradores locales, a la utilización de sistemas de producción eficientes que permitan ahorros en el uso de recursos naturales que colaboran en el cuidado de la creación y en la mejora del medio ambiente, al pago de impuestos locales y nacionales, a actuaciones en favor de la la sociedad, etc.

El reconocimiento de esta FSE como el elemento clave de la empresa tiene como principal consecuencia que el beneficio pase a un segundo plano. Es decir, en lugar de ser el beneficio el norte que marca toda la orientación de estas organizaciones, es una condición necesaria para poder cumplir su principal objetivo, que es precisamente su Función Social. El cambio de prioridad es importante porque pone el criterio económico del beneficio en su justo lugar, al servicio de la función social de la empresa, lo que es clave a la hora de tomar las decisiones empresariales que vendrán así dirigidas por una prioridad diferente al beneficio. Cuando cambian las prioridades, las decisiones que se toman ante las mismas situaciones empresariales son diferentes.

Paralelo a esto debe darse un cambio de mentalidad en los compradores. El criterio de compra debe de ir más allá del precio e incorporar la preocupación sobre cómo están produciendo las empresas a las que se compra. Es lo que se ha venido a denominar la “compra responsable”. La actuación de aquellas personas que a la hora de adquirir un bien miran no solo el precio, sino las condiciones laborales, ecológicas, sociales y éticas que tiene la empresa que produce ese bien o servicio para decidir adquirirlo o no. La introducción de estos criterios de compra permite que el comprador también colabore en la potenciación de aquellas empresas que pagan mejores salarios a sus trabajadores, que tienen mejores comportamientos sociales y medioambientales, etc.

Para combinar estas dos actuaciones se precisa un nexo que las una: la transparencia en las condiciones sociales y medioambientales de producción. Sin ella el comprador no puede elegir entre una empresa u otra y estas no pueden hacer valer sus diferentes comportamientos en estos aspectos ante otras empresas que no los desarrollen. Para ello han aparecido sistemas de acreditación de comportamiento ético y social de las empresas. Estos son el nexo entre los dos cambios de mentalidad para caer en la cuenta de que el mantenimiento del empleo remunerado y el incremento del mismo es una tarea de todos, de las empresas y de los compradores, no solo del legislador.

 

 

 

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Entrevista Diario de Ibiza

He aquí la Entrevista que publicó el Diario de Ibiza el pasado Sábado 20 de enero de 2018 (el texto completo lo tenéis al final, después de las imágenes)

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Ibiza, anuncio de conferencia

Enrique Lluch: «Se nos ha vendido que tener más es mejor, pero esto no ocurre»

Enrique Lluch defiende un cambio de modelo económico que esté basado en el reparto, no en el crecimiento: «Que todos tengamos lo suficiente»

daniel azagra ibiza 20.01.2018 | 22:37

Enrique Lluch Frechina (Almàssera, 1967), coordinador del Foro Creyente de Pensamiento Ético-Económico, es uno de los abanderados en España de la economía del bien común y aboga por un cambio de rumbo en la economía mundial. Ayer ofreció una conferencia en el Club Diario de Ibiza en la que abordó la situación de la economía actual y analizó las posibles alternativas.

Profesor de Economía en la Universidad Cardenal Herrera de Valencia, Enrique Lluch explica con pasión, con una «importante incontinencia verbal», bromea, las alternativas que plantea la economía del bien común al «agotado» modelo económico actual y a los graves problemas que éste último está provocando en el planeta. Lluch está convencido de que este cambio se producirá, «sí o sí, aunque no será fácil». Organizada por Cáritas Ibiza, Confer y Manos Unidas, ayer ofreció una conferencia en el Club Diario de Ibiza bajo el título ‘Otro modelo económico es posible: alternativas’.

¿De verdad está convencido de que otro modelo económico es posible o el título de la conferencia es un gancho para atraer la atención del público?
Muchos economistas llevan diciendo desde hace décadas que no, que la economía no puede ser de otra manera, que el modelo actual es el válido y que lo único que podemos hacer es acoplarnos. Nos lo venden como una ley natural y que todo aquel que no la cumpla será condenado al castigo si lo hace mal. Al final, la economía es la manera de organizarnos para cubrir necesidades y eso se puede hacer de muchas maneras, como nosotros queramos, no hay una única manera de hacerlo. El modelo actual es reciente, desde el siglo XIX , y durante la historia se ha hecho con otros sistemas.

Pero una gran mayoría de economistas dice que este es el mejor sistema, ¿no?
Hay una mayoría que asegura que así es porque dice que el objetivo final es el crecimiento económico; y como este es el modelo que más crecimiento ha proporcionado en la historia de la humanidad, pues para ellos este es el mejor sistema de hacerlo.

Usted defiende que hay que cambiar el enfoque y priorizar las personas sobre el crecimiento. Suena muy bien, pero un poco utópico.
Todo lo que nos marca una línea a seguir es una utopía y el actual sistema económico también lo es; bueno, más bien es una distopía, porque un mundo donde tengamos más entre todos no tiene por qué ser mejor, y de hecho no lo es. Nuestro modelo actual marca un camino para avanzar, un camino que marca que si este año crezco el PIB, el año que viene tengo que seguir creciendo y así progresivamente. Lo que nosotros defendemos es que no sirve tener más entre todos sino que todos tengamos lo suficiente. Con el modelo actual hemos conseguido que mucha gente se quede atrás, fuera del sistema, excluida. Lo que hay que hacer es cambiar la dirección, que no se conseguirá del todo, pero al menos lograr que todos tengan lo suficiente. Hay que organizar la economía con otro horizonte, coger otro carril?

Ese carril ya lo han cogido algunas organizaciones o bancos éticos, pero dígaselo a los que dominan el mundo en Washington, Moscú, Pekín o Bruselas…
Lo estamos haciendo. Cualquier idea novedosa en una sociedad empieza por unas minorías, por unos grupos pequeños de gente que creen que las cosas pueden ser de otra manera, que introducen una idea novedosa o no que va en contra de la corriente principal. Hay dos clases de minorías: unas con gusto por las minorías, con vocación de minoría que dicen nosotros somos los puros, los buenos, los que tenemos la verdad y el resto del mundo que se apañe porque yo estoy bien con mi gente; y luego hay otras minorías con vocación de mayorías, las que creen que tienen algo interesante para la sociedad y que sus ideas pueden transformar la sociedad.

¿Algún ejemplo?
Cuando empezaron las primeras feministas a reclamar igualdad y a querer votar, la gente decía ‘¿dónde van esas cuatro piradas?’. O en la Edad Media, cuando se acabó con el feudalismo. Nadie pensó entonces que el sistema económico liberal acabaría por cambiar la sociedad.

¿Nuestro modelo actual está agotado?
Sí, por varias razones. Primero, porque por mucho que crecemos no llega a todos, y eso es un problema gordo. Segundo, porque se nos vende que tener más es estar mejor, pero eso no pasa. Ahora tenemos más que hace 20 o 30 años. ¿Mis hijos que tienen tres veces más que yo viven tres veces mejor de lo que vivía yo cuando era pequeño? Pues no, más o menos están igual. El tener más equivale a vivir mejor solo cuando estamos por debajo del umbral de la pobreza. Y tercero, la sostenibilidad. Nos gustaría que la tierra, la humanidad, durara miles de años, pero el PIB no puede seguir creciendo durante miles de años a un 2% anual cuando los recursos que tenemos son finitos. Es imposible, tenemos que parar, el planeta no lo resiste. En la actualidad, gastamos tres veces más de recursos de lo que gastamos en los años sesenta. Así no se puede mantener.

Aquí en Ibiza sabemos mucho de aumentar el PIB y agotar los recursos naturales.
¿Conoces el drama de la isla de Pascua? Fue una crisis ecológica. Era una isla que funcionaba muy bien, equilibrada, pero en un determinado momento entre las tribus de la isla empezaron a competir por quién hacía más moáis (las gigantescas estatuas monolíticas) y para hacerlo necesitaban madera, piedra y muchos otros recursos. Así que acabaron agotándolos y al ser una isla ya no podían hacer más; entonces, llegaron las enfermedades, las muertes y al sobreexplotar se quedaron sin posibilidad de mantenerse.

Como con los moáis, ¿puede pasar lo mismo con nuestra industria turística?
Puede pasar si no se controla. ¿Nosotros qué queremos, ganar más dinero y que siga subiendo el PIB? Si queremos eso pues lo que hay que hacer es que venga más gente, recalificar terrenos, aumentar el aeropuerto… Agotar nuestros recursos.

En eso estamos en la isla…
Eso tiene un fin seguro y también puede pasar que la gente que venga en verano esté tan embotellada y colapsada y que diga que no vuelve.

¿En un sitio como Ibiza, donde la ostentación y el lujo ya forman parte del paisaje, no le parece que su discurso es como predicar en el desierto?
No tengo esa sensación; es más, hay que insistir en ello. Vamos a ver, ¿si tus vecinos son más ricos, son más felices? Se lo digo mucho a mis alumnos. Les pregunto si al que conocen que tiene más, está mejor o se le ve más feliz, si ven que esa gente está satisfecha, contenta del todo, si vale la pena compartir con ellos porque es gente feliz, satisfecha, que transmite felicidad y que da gusto estar con esa persona. ¿El que tiene más dinero es más feliz? Pues no tiene por qué, el bienestar no lo da el dinero.

En Ibiza hay gente que está haciendo mucho dinero con los alquileres de los pisos.
Bueno, si una persona tiene un alquiler y puede alquilarlo por más turísticamente para ganar más dinero… No me parece mal si esa persona no es ambiciosa y lo hace para poder costearse los estudios de sus hijos, etc. ¿Esa persona lo hace mal éticamente? No me atrevería a juzgarla.

¿Pero eso no contribuye a avivar la sociedad especulativa en la que vivimos?
Aquí lo importante es cómo hacemos el sistema, cómo regulamos los alquileres. No es lo mismo una familia que tiene dos pisos porque ha heredado uno a una persona que compra 20 pisos para hacer negocio. ¿Cómo se regula a nivel global? ¿Permitimos que alguien lo haga como negocio? ¿Articulamos que haya alquileres sociales, a precios asequibles porque creemos como colectivo que es conveniente? Nos debemos plantear como sociedad que necesitamos que estas personas que no encuentran vivienda puedan alquilar esos pisos porque queremos que vengan aquí a trabajar.

Y mucha gente se queda en la calle.
Claro, como nuestro objetivo es el crecimiento cumplimos el objetivo y los que no aguantan, que se queden. Nos dicen que la economía de Ibiza va bien, que en la crisis crecíamos, ¿pero qué pasa con los más desfavorecidos? Por eso necesitamos cambiar el enfoque, los objetivos. Vale, ahora tenemos más crecimiento, pero necesitamos políticos que planteen que hay que pasar de tener más entre todos a tener todos lo suficiente.

¿Ha llegado el momento de aumentar los salarios?
Nos venden el cuento de que se pueden comprar artículos más baratos y eso es mentira y que no hace falta subir los sueldos. Hay una poeta sudamericana que tiene un poema que cuenta que detrás de una camiseta de tres euros hay dos pobres, el trabajador que la fabrica en un país subdesarrollado con un sueldo de miseria y el que la compra por ese precio. Y en medio está el explotador, que une la necesidad de las dos pobrezas para hacerse más rico. Los salarios no suben y eso provoca que desde el punto de vista social estemos peor. No ha habido mejora.

En España cada vez hay más gente en el umbral de la pobreza, mientras que el número de millonarios ha aumentado un 60% desde 2018.
El último informe de la Fundación Foessa, de la que soy miembro, refleja que, por ejemplo, en Valencia la pobreza laboral ha aumentado un 30%. Es decir, que cada vez hay más gente trabajando a la que no le da para pagar las necesidades básicas. Y otro dato: un 40% de los empleos nuevos que se crean no sacan a la gente de la pobreza.

La era digital está acabando con el comercio tradicional y ha modificado las relaciones personales.
Estamos en un momento en que el comercio on line ha entrado con fuerza. Pensábamos que los avances tecnológicos iban a estar al servicio de las personas, que nos iban a ahorrar mucho tiempo y la verdad es que tenemos menos tiempo que nunca en la vida. Nuestros abuelos tenían menos avances tecnológicos y tenían más tiempo que ahora. Además, nos han dicho que seamos egoístas, que pensemos solo en nosotros. Y como nos dicen eso, desconfiamos de las personas. La venta on line tiene eso, que todo es más barato, más cómodo, que no me muevo de casa y encima no me tengo que relacionar con nadie.

 

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La reforma fiscal de Trump nos suena

Os paso el siguiente artículo que se publicó el pasado viernes 5 de enero en los siguientes periódicos: Levante. Pág.32/Información Vega Baja. Pág: 30/La Opinión de Murcia. Pág:23/ Diario de Mallorca: Pág.33/La Opinión de Málaga. Pág: 21/Diario de Ibiza. Pág:17/ Información Alicante. Pág:30/La Opinión Cartagena. Pág:23

La reforma de Trump nos suena-1

¿Recuerda el lector la Iniciativa de Defensa Estratégica que también se llamó Star Wars? ¿Y la curva de Laffer que tomó el nombre del economista que la creó? Se trata de dos de las políticas estrella que realizó Donald Reagan durante el periodo en el que estuvo de presidente de los Estados Unidos. Los efectos económicos que trajeron la combinación de ambas políticas no fueron los que cabría esperar de un mandatario conservador ya que subieron el déficit público estadounidense hasta unas cuotas excesivamente elevadas.

Quizá valga la pena recordar un poco las principales ideas de estas dos iniciativas. Comienzo por la curva de Laffer. Su creador, aplicando algo que se denomina el multiplicador de los impuestos y que tiene su origen en la economía keynesiana, calculaba la existencia de un tipo impositivo en el que se conseguía una máxima recaudación. Afirmaba que si los tipos impositivos son demasiado altos esto supone una bajada de la demanda y por lo tanto de la producción que conlleva que la recaudación total disminuya. Por ello, una bajada de tipos impositivos supone un estímulo de la demanda agregada y de la producción que genera el suficiente crecimiento económico para que la recaudación global aumente aunque el tipo aplicado sea inferior al anterior. Basándose en esto, propugnó una bajada de impuestos con la esperanza de que esta iba a suponer una generación de crecimiento económico que haría que la recaudación total se incrementase.

Por otro lado, la Iniciativa de Defensa Estratégica buscaba defender a Estados Unidos de un ataque nuclear que pudiese articular la Unión Soviética o cualquier otro país de su órbita de influencia. Este programa supuso un incremento del gasto público elevado para lograr aquel objetivo estratégico. La industria bélica tuvo unos años dorados de negocio gracias a esta promoción de la política de defensa de EEUU.

Los resultados de la combinación de estas dos políticas fueron que las previsiones de Laffer fallaron y la bajada de impuestos no se tradujo en el crecimiento económico suficiente para poder generar unos ingresos superiores a los que se daban con anterioridad. Uno de los motivos que llevaron a que esto no se cumpliese fue que muchas personas no utilizaron sus ingresos superiores por la bajada de impuestos para consumir y generar nueva demanda, sino para ahorrar y guardárselos para el futuro. Así pues, la recaudación global bajó lo que, junto al incremento del gasto en defensa, el déficit público se incrementó muchísimo. Fueron unos años negativos para las cuentas públicas.

¿Nos resulta familiar? ¿No nos suena la cantinela? Porque Trump también ha impulsado una bajada de impuestos importante. Cree que así se va a estimular el crecimiento económico de EEUU. Ha bajado los impuestos en especial a sus conciudadanos más ricos, pensando que estos serán los que pondrán esos ingresos superiores que van a tener al servicio del crecimiento económico. Ahora bien ¿Esto será necesariamente así? Porque cuando se bajan los impuestos a las personas con rentas bajas, estas suelen utilizar esas ganancias para consumir, pero cuando lo reciben los que tienen rentas más altas las suelen utilizar para ahorrar. Si estos ahorros se convierten en inversión productiva, tal vez pueda lograrse el crecimiento económico, ¿pero qué pasará si se utiliza únicamente para inversiones especulativas o préstamos al exterior? Cabrá esperar así subidas de precios en los mercados financieros (como ya se han dado) pero no necesariamente mayor crecimiento.

Además, con sus políticas de “América primero” (América first) parece que va a incrementar el presupuesto de defensa, tal y como hizo Donald Reagan en su momento. ¿Va a suceder con el déficit lo mismo que ya pasó en los años ochenta? No lo sabemos, hacer predicción es arriesgado. Lo que sí podemos afirmar es que esto de Trump nos suena, nos resulta familiar y puede acabar pareciéndose a lo que fue una de las principales herencias de la administración Reagan, unos altos déficits públicos. Solo cabe esperar para saber si los mandatarios republicanos saben aprender de los errores de sus antecesores, o si por el contrario, son proclives a tropezar varias veces en la misma piedra.

 

 

 

 
 

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Crear estructuras de gracia

Artículo publicado en la revista ICONO, año 219, Nº 10 Noviembre, Pág. 26-27

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Tal vez hayamos oído hablar alguna vez de lo que Juan Pablo II denomina “estructuras de pecado”. Se trata de ambientes, instituciones o entidades en las que las personas que participan de ellas se ven inclinadas a actuar de manera egoísta, en contra de ellas mismas o de otras personas. Estas organizaciones o instituciones están estructuradas de manera que aquellas personas que son más egoístas, que fastidian más a los demás, que se comportan yendo en contra del bien común son quienes se ven recompensadas y promocionadas por la entidad. Por el contrario, aquellas que quieren hacer el bien y preocuparse por los demás, que pretenden conseguir el bien común, se ven aquí ninguneadas, excluidas, desincentivadas. Para poder actuar así en estas instituciones o asociaciones necesitan ser verdaderamente valientes y arriesgarse a ponerse en contra de toda la organización.

Ejemplos de estructuras de pecado

Cualquier estructura puede convertirse en una estructura de pecado. No tiene porqué serlo por naturaleza, pero puede transformarse en ella cuando quienes la dirigen o la organizan lo hacen de manera que potencian formas de actuación contrarias a la ética, a la generosidad y a la búsqueda del bien común. Un ejemplo de estructura de pecado fueron los campos de concentración. Muchos de los testimonios de personas que vivieron en ellos demostraban como su estructura demoníaca llevaba a que aquellos que querían sobrevivir en ellos tuviesen que robar de vez en cuando, colaborar con sus carceleros o ser insolidarios con el resto. Esta era la única manera de sobrevivir: afanándose por buscar solo sus propios intereses pasando por encima de quien fuese y olvidándose de quien tenían al lado. Este es un ejemplo exagerado, pero las dinámicas se pueden reproducir en estructuras que de raíz no tienen porqué tener esta característica. Un partido político puede convertirse en una estructura de pecado cuando las personas que quieren medrar en él, en lugar de dedicarse al servicio público, utilizan sus energías en “salir en la foto”, en conspirar contra compañeros, en intentar colocarse junto a aquellos que tienen más poder en ese momento. Una empresa puede convertirse en una estructura de pecado cuando su único criterio es “el negocio por el negocio” y se sacrifica cualquier comportamiento ético en aras de lograr mayores beneficios. Un equipo deportivo puede convertirse en una estructura de pecado cuando su entrenador potencia la competencia entre sus jugadores, cuando vale todo para ganar un partido, cuando se pierde la deportividad… Un grupo de amigos puede convertirse en una estructura de pecado cuando se compite a ver quien se mete más con el otro, a ver quien critica con más gracia al gordo, al orejudo, al alto, al rubio… o cuando para poder ser aceptado te ves obligado a hacer cosas que van en contra de tus convicciones.

Crear estructuras de gracia

Ante una realidad en la que muchas estructuras se convierten en estructuras de pecado, los cristianos tenemos una llamada a la construcción de estructuras de gracia. Estas son aquellas en las que sucede lo contrario de lo descrito hasta ahora. Se trata de instituciones, organizaciones o ambientes en los que las personas que están en ellos, si se dejan llevar por su funcionamiento habitual, acaban haciendo el bien a los demás, tomando decisiones éticas y positivas y viéndose reforzadas como personas. Las mismas instituciones que hemos nombrado con anterioridad y que en ocasiones se convierten en opresoras y negativas para las personas que las componen, pueden ser una fuente de realización y de mejora para aquellas que están directamente relacionados con ellas. Un partido político puede potenciar a aquellos que son mejores servidores de lo público y ayudar a la sociedad a gestionar el bien común y a alcanzarlo de una manera más adecuada. Una empresa puede resultar positiva para las personas que allí trabajan y para la sociedad en la que se encuentra, permitiendo a las primeras un salario suficiente para llevar una vida digna, una ocupación honrosa y potenciadora de sus cualidades y a la sociedad unos bienes y servicios útiles. Un equipo deportivo puede ser una escuela de vida que ayude a comprender la importancia del trabajo en común y de la generosidad entre personas. Un grupo de amigos puede ser el lugar al que acudimos para descansar, para sentirnos más y mejor personas, para crecer con la gente a la que queremos.

Los cristianos estamos llamados a crear estas estructuras

Lograr que una empresa, un partido político, un grupo de amigos, un equipo deportivo, una familia, una escuela, una organización no gubernamental, etc. Se conviertan en estructuras de gracia que sean positivas para quienes están en contacto con ellas o trabajan allí no es fácil. Se trata de una tarea que precisa de personas valientes, que tengan coraje moral para afrontar una tarea ante la cual se encuentran dificultades y resistencias. Pero no solo eso, es preciso prepararse técnicamente para realizar esta labor. No basta con la intención sino que se debe tener una serie de instrumentos y herramientas que permitan lograr esta transformación de las estructuras. Los cristianos estamos llamados a construir el Reinado de Dios en la tierra. La edificación de estructuras de gracia en los lugares en los que trabajamos y desarrollamos nuestra labor habitual es una de las labores de anuncio de la buena nueva que tenemos encomendados. Ser valientes y contar con la pericia necesaria para llevar nuestros objetivos a buen puerto, son dos elementos necesarios para que las estructuras favorezcan a las personas que están en contacto con ellas. El reinado de Dios supone que nos es más fácil y más sencillo que el amor sea el norte que dirija nuestras vidas porque vivimos en estructuras que favorecen que esto sea así. Construir estas estructuras es otra manera de anunciar la buena noticia de Jesús.

 

 

 

 

 
 

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La transparencia económica como instrumento de evangelización

Artículo publicado en la revista Cresol, Any 18, núm. 138, Juliol-agost 2017, pág: 24-25

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La Iglesia española tiene un compromiso de transparencia económica que firmó en 2016 con transparencia Internacional España al que se ha visto abocado debido a que una parte de su financiación de proviene de las arcas públicas del Estado. Dos son los aspectos principales relacionados con esta cuestión. El primero es la obligatoriedad de transparencia que exige el Estado a las instituciones que reciben fondos públicos. Sin entrar en detalles, la idea general que hay detrás de esta cuestión es una exigencia del sector público para que sus ayudas al sector privado sean utilizadas para la finalidad a la que se destinan, y para que las entidades que las reciben cumplan unos requisitos de transparencia económica que permitan que cualquier persona compruebe que están cumpliendo sus fines asociativos o fundacionales y que estos son acordes con los fines del Estado. El segundo aspecto tiene que ver con necesidad de convencer a las personas que realizan la declaración de la renta para que asignen la parte correspondiente a la financiación de la Iglesia. Para ello, la transparencia se entiende como una cuestión clave ya que permite que cualquiera persona sepa cómo utiliza la Iglesia el dinero que les dona y así opte finalmente por hacerlo.

Además, la Iglesia también incluye en este compromiso de transparencia la auditoría de sus cuentas por parte de empresas auditoras reconocidas a nivel nacional. Más allá del desprestigio en el que pueden haber incurrido estas empresas que han auditado de manera positiva a empresas y entidades financieras que han quebrado poco tiempo de pasar positivamente una de estas auditorías (generando la lógica duda de para qué sirve entonces una auditoría que no detecta estos graves problemas de funcionamiento), esta medida también intenta garantizar a todos aquellos que trabajan con la Iglesia que los datos aportados en sus cuentas son veraces y responden a su realidad económica.

Estas medidas de transparencia provocan algunas suspicacias en el interior de la Iglesia. Algunos pueden pensar que por qué tiene la Iglesia que abrir las tripas de sus cuentas ante cualquier persona que, además, puede estar buscando cualquier escusa para atacarla. También aparece aquí una idea de que no hay que lucir cuando se hace el bien a los demás. No es necesario estar diciéndole a todo el mundo si damos dinero o no a los más desfavorecidos. Esta cuestión debe quedarse en la intimidad para no ceder a la tentación de creerse mejor que los otros porque hacemos más cosas por los que peor están. Se trata de tendencias que han ido decreciendo paulatinamente ya que cada vez hay más personas convencidas de la necesidad de la transparencia, de que no hay que esconder la importante labor social que realiza la Iglesia, aunque solamente sea por causas legales y de imagen.

Opino sin embargo que la transparencia no solamente debería ser una opción lógica ante un momento en el que es necesario potenciarla por estas cuestiones, sino que la transparencia económica debería contemplarse como una marca de la casa, como una parte más de la evangelización. Porque el cristianismo también tiene una buena noticia en la economía, una buena noticia que puede resumirse de una manera magnífica con las palabras de Benedicto XVI en su Encíclica Caritas in veritate (36) La doctrina social de la Iglesia sostiene que se pueden vivir relaciones auténticamente humanas, de amistad y de sociabilidad, de solidaridad y de reciprocidad, también dentro de la actividad económica y no solamente fuera o «después» de ella. El sector económico no es ni éticamente neutro ni inhumano o antisocial por naturaleza. Es una actividad del hombre y, precisamente porque es humana, debe ser articulada e institucionalizada éticamente… En las relaciones mercantiles el principio de gratuidad y la lógica del don, como expresiones de fraternidad, pueden y deben tener espacio en la actividad económica ordinaria. Esto es una exigencia del hombre en el momento actual, pero también de la razón económica misma. Una exigencia de la caridad y de la verdad al mismo tiempo.”

Por ello, teniendo en cuenta que la doctrina social de la Iglesia, como un elemento esencial de evangelización, es anuncio y testimonio de la fe. Es instrumento y fuente imprescindible para educarse en ella” (Civ, 15), debemos ser conscientes de que la economía puede ser organizada de otra manera, de que puede haber una economía más humana que esté al servicio de las personas. Y ¿cómo anunciar esta buena noticia de que es posible introducir la gratuidad y la lógica del don en la economía? Poniéndolo en práctica en nuestras actividades, en nuestras casas, en nuestras diócesis, en nuestras congregaciones, en nuestros colegios,… Para que todos vean que esto no son simples palabras vacías de contenido, sino un compromiso y una realidad que puede ser vivida en cualquier institución.

En un marco así, la transparencia ya no es una obligación o una carga que tenemos que cumplir porque nos obligan, sino que la transparencia pasa a ser un anuncio, un testimonio de que la luz de Dios puede brillar también en la economía y que esta deja transparentar el amor como fuente de racionalidad económica. Vista así, la transparencia pasa a ser un instrumento de evangelización, de anuncio de la buena nueva para la economía que tantos y tantos están esperando.

 
 

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Cambiar el estilo de vida

Artículo publicado en la revista ICONO, año 219, Nº 7 Julio-agosto, Pág. 26-27

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Tal vez sea casualidad, pero no lo creo así. Nuestros tres últimos obispos de Roma nos han hablado de la necesidad de cambiar nuestro estilo de vida. Juan Pablo II nos dijo en la Encíclica Centesimus annus (36) que “Es necesario esforzarse por implantar estilos de vida, a tenor de los cuales la búsqueda de la verdad, de la belleza y del bien, así como la comunión con los demás hombres para un crecimiento común sean los elementos que determinen las opciones del consumo, de los ahorros y de las inversiones.”, Benedicto XVI insistió en su Encíclica Caritas in veritate (51) en que “esto exige que la sociedad actual revise seriamente su estilo de vida que, en muchas partes del mundo, tiende al hedonismo y al consumismo, despreocupándose de los daños que de ello se derivan. Es necesario un cambio efectivo de mentalidad que nos lleve a adoptar nuevos estilos de vida” y por último, Francisco también nos ha dicho en su Encíclica Laudato si (23) que “La humanidad está llamada a tomar conciencia de la necesidad de realizar cambios de estilos de vida, de producción y de consumo”.

No es una casualidad

No es una casualidad que los tres hayan insistido en esta necesidad de cambio. Aunque creamos que nuestra manera de comportarnos y de hacer las cosas no tiene influencia en la sociedad debido a que somos tan solo una persona entre más de 7.000 millones en todo el mundo, esto no es así. En primer lugar porque lo que sucede en la creación es consecuencia de la suma de lo que hacemos todos los que en ella vivimos y en segundo, porque sobre lo único que tenemos una influencia clara y que podemos cambiar de una manera segura es nuestra manera de vivir (y no la de los otros). Por estos dos motivos, cambiar nuestro estilo de vida es una de las mayores contribuciones que podemos hacer para que los valores que priman en nuestro entorno sean realmente diferentes y mejores.

Cambiar el estilo económico de vida.

Si hay otro elemento que coincide en estas tres llamadas a cambiar el estilo de vida y a modificar la mentalidad que tenemos sobre la manera en la que vivimos, es resaltar que este cambio debe darse en varios elementos que tienen en común ser componentes económicos de nuestra existencia. El que se repite en los tres casos es el consumo, las compras o más en concreto (como lo denomina Benedicto XVI) el consumismo. Además de este, Juan Pablo II habla de ahorros e inversiones, mientras que Francisco habla también de producción. Se trata de cuestiones económicas todas ellas. En una sociedad como la nuestra en la que lo económico tiene una posición preponderante y el tener más aparece como el objetivo prioritario, cuando los obispos de Roma nos piden cambiar el estilo de vida, piensan esencialmente en cuestiones que tienen que ver con vivir la economía de otra manera, orientar nuestro consumo, nuestra producción, nuestros ahorros e inversiones y nuestro quehacer económico en su conjunto en otra dirección.

Renunciar al hedonismo y al consumismo

El origen de este aviso tiene que ver con la constatación de que en muchas partes del mundo tenemos un estilo de vida que pone por delante el pasarlo bien y el disfrutar de la máxima cantidad de cosas, para lo que se exacerba el consumo y la compra de bienes, servicios y experiencias. Esta búsqueda del tener, del experimentar, nos hace ciegos a la belleza, al bien, a la verdad y nos lleva a unos estilos de vida insatisfactorios para nosotros mismos porque siempre queremos más y nunca nos conformamos con lo que tenemos. Unos estilos de vida que nos impiden vivir en armonía con la naturaleza y con la creación y que nos hacen tener siempre prisas y ser insensibles al sufrimiento del otro. Una manera de vivir que nos lleva con frecuencia a dar importancia a lo que no la tiene y descuidar las cuestiones clave de nuestra existencia.

Proponer ese estilo de vida

Por ello los tres papas se empeñan en mostrarnos (como habían hecho otros anteriores) un estilo de vida que no se centra en lo superfluo sino en lo esencial, en el que el tener está al servicio del ser y no al contrario, en el que nos animan a que cuidemos de la creación y tengamos tiempo para disfrutar de ella, a que dejemos de ser consumidores para ser compradores, a que utilicemos nuestros ahorros para mejorar la sociedad en la que nos encontramos y no para incrementar nuestros ingresos y nuestra riqueza, etc. En esencia, un estilo (como dice Francisco en su Encíclica Laudato si 222) que al “hacerse presente serenamente ante cada realidad, por pequeña que sea, nos abre muchas más posibilidades de comprensión y de realización personal. La espiritualidad cristiana propone un crecimiento con sobriedad y una capacidad de gozar con poco. Es un retorno a la simplicidad que nos permite detenernos a valorar lo pequeño, agradecer las posibilidades que ofrece la vida sin apegarnos a lo que tenemos ni entristecernos por lo que no poseemos. Esto supone evitar la dinámica del dominio y de la mera acumulación de placeres.”

 

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¿Cuidamos o explotamos la creación?

Artículo publicado en la revista ICONO, año 119, nº 6, Junio 2017, pág: 26 y 27

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Cuando era pequeño me gustaban las historias que transcurrían en granjas. En ellas había distintos tipos de animales que convivían con las personas, los granjeros cultivaban las tierras para que ellos y sus animales se alimentasen de sus frutos, los excrementos eran utilizados como abono y todo se aprovechaba al máximo. Quizá estas historias me recordaran a casa de mi abuela, donde había gallinas y conejos y donde sabía que en otros tiempos habían vivido cerdos en ese corral trasero tan habitual en las casas antiguas de estos pueblos del Horta Nord de Valencia. Las granjas eran una manera de combinar una actividad económica que pretendía obtener recursos monetarios y alimenticios para que las personas que allí viviesen tuviesen una vida digna, con el cuidado de la creación de todo aquello que nos rodea.

Ya no existen granjas, tenemos explotaciones agrarias y ganaderas

Hoy en día es difícil encontrar granjas, lo que abundan son explotaciones agrícolas y ganaderas. Cuando uno va a una de ellas, ya no se encuentra con ese paisaje medianamente idílico con distintos tipos de animales conviviendo en un espacio y una agricultura y una ganadería que se complementan. Ahora encontramos grandes naves industriales en las que se hacinan miles de pollos, o cientos de cerdos, o de ovejas o de vacas… Grandes campos de un solo producto que se extienden a lo largo de muchas hectáreas y cuya cosecha es recogida por máquinas (en ocasiones) o por un elevado número de jornaleros que dejan el producto en cajas para ser llevado directamente a los mercados de las grandes ciudades o a las grandes cadenas de distribución alimenticia. Bosques de una sola clase de árbol que son talados por parcelas cada cierto tiempo. Los sistemas de producción industriales se han introducido en la ganadería, en la agricultura y en la silvicultura, las granjas han pasado a ser explotaciones.

Una explotación no cuida de la creación

Explotar es (según la segunda acepción del diccionario de la RAE): “Sacar utilidad de un negocio o industria en provecho propio.” Por este motivo se habla de explotación y ya no de granja. La dinámica economicista se ha introducido en la gestión de las granjas y estas han dejado de serlo. Los seres vivos que componen la creación han dejado de ser así considerados para pasar a ser simples recursos que utilizamos para nuestro propio provecho. La creación ya no se ve como un todo a cuidar y a hacer fructificar, sino como un lugar del que se sacan recursos para incrementar nuestros beneficios individuales. Al igual que el afán de tener más riquezas deshumaniza a las personas haciendo que se olviden que lo que tienen delante son también personas, el egoísmo economicista deja de ver el entorno en el que se mueve nuestra vida como algo a cuidar para pasar a considerarlo como un espacio a explotar para incrementar los beneficios de quien lo hace.

La denuncia de Francisco

Eso es, precisamente, lo que denuncia Francisco en su última Encíclica Laudato si (2) “La hermana tierra clama por el daño que le provocamos a causa del uso irresponsable y del abuso de los bienes que Dios ha puesto en ella. Hemos crecido pensando que éramos sus propietarios y dominadores, autorizados a expoliarla. La violencia que hay en el corazón humano, herido por el pecado, también se manifiesta en los síntomas de enfermedad que advertimos en el suelo, en el agua, en el aire y en los seres vivientes. Por eso, entre los pobres más abandonados y maltratados, está nuestra oprimida y devastada tierra, que « gime y sufre dolores de parto »” La deshumanización a la que nos lleva ese pecado grave de pensar solamente en nuestro propio interés y de buscar a toda costa el tener más, se traduce en unos problemas medioambientales que no solo están reduciendo la calidad del ambiente natural en el que nos movemos hiriendo al suelo, al agua, al aire y a los seres vivos, sino que también está comprometiendo que las generaciones futuras puedan gozar de un entorno adecuado para su vida en la tierra.

Por una cultura del cuidado

Por ello Francisco nos propone que “junto con la importancia de los pequeños gestos cotidianos, el amor social nos mueve a pensar en grandes estrategias que detengan eficazmente la degradación ambiental y alienten una cultura del cuidado que impregne toda la sociedad” (LS, 231) Esta cultura del cuidado se debe reflejar tanto en un nuevo estilo de vida en el que la búsqueda egoísta del propio bien se cambie por el deseo de construir el bien común con el resto de las personas, a un necesario cambio de estructuras que pretenda, no tanto la explotación de nuestros recursos y la generación de nuevos bienes, como el cuidado de la creación que nos ha sido dada, para que sea el marco en el que vivamos, nos desarrollemos y tengamos una vida plena, nosotros y nuestros descendientes. Por ello, ante la cultura de la propiedad, del hago lo que quiero porque es mío, de la explotación de los recursos, Francisco propone esa cultura del cuidado que pretende la convivencia armónica entre las personas y el resto de la creación. Una cultura que no solo no va en contra de la consecución de los recursos necesarios para vivir, sino que, es la única manera en la que se puede garantizar que en el futuro, las próximas generaciones sigan gozando de ellos.

 

 

 

 

 

 

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La Solidaridad (esa palabra con mayúsculas)

Artículo publicado por el Boletín nº 31 de Navidad de 2016 de la Asociación Resurgir (Pág:12-13)

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Mucho se habla de la solidaridad, es un tema recurrente en ambientes concienciados por ella, pero también en ambientes que no necesariamente la ven como algo positivo. Sin embargo, existen ideas falsas de solidaridad que distorsionan el prestigio de una palabra que puede haberse desgastado para algunos. Solidaridad no es cualquier cosa. Algunos la consideran un simple sentimiento, otros piensan que se da cuando gente que comparte alguna característica se une para luchar por sus propios intereses o contra sus enemigos comunes, otros la ven como un sentimiento que va desde quienes pueden a quienes lo tienen peor para poder ayudarles a mejorar… Pero no, la solidaridad es algo más. La solidaridad, en una primera instancia, es una exigencia ética. No se trata de una moda, de algo que hago porque lo siento así, sino de una opción ética, de una manera de comportarse que elegimos libremente y que determina nuestro modo de actuar y nuestra manera de ser. La solidaridad es una opción que nos anima a prestarnos ayuda mutua, a saber que nuestra felicidad depende no solo de lo nuestro, sino de lo que le sucede a los demás. Soy más feliz en la medida que los otros lo son también. Es la conciencia de que todos somos responsables de todos. Mi opción ética me lleva a ligar mi destino y mis actuaciones a las de las demás personas, a saber que no vivo solo, sino en sociedad y que lo que les sucede a los otros también es de mi incumbencia.

Para profundizar más en este concepto hay que describir los elementos que tiene la solidaridad. El primero es el elemento compasivo. Ser compasivo es intentar empatizar con el otro, saber ponerse en su piel para comprenderlo. Solamente si intentamos pensar, sentir o estar como la persona que tenemos a nuestro lado, podremos ser solidaria con ella. La solidaridad comienza en la empatía, en ser el otro, en sentirse como el otro. Pero no se queda ahí, tenemos que reconocer a ese otro como persona, como igual a mi, con la misma dignidad que yo, con el mismo valor que yo. Lo que la otra persona me aporta es tan valioso como lo que yo puedo aportar, no se puede ser solidario desde la superioridad, desde el estar por encima del otro, solamente se puede ser solidario si estamos a su mismo nivel. Por último existe un elemento de universalización. Todos somos responsables de todos. Ello implica una opción por el bien común y una superación del egoísmo para la transformación de la realidad social y de aquellas estructuras que están perjudicando a los que son más débiles. Solamente en la medida en que somos conscientes de que la construcción de estructuras justas o injustas también es cosa nuestra, que somos también responsables de lo que le sucede a todas las personas que conviven ahora y en un futuro con nosotros, podemos asumir la solidaridad en su sentido más amplio.

La consecuencia directa más clara de estos tres elementos de la solidaridad es que ser solidario supone más “estar con” que “hacer cosas por”. Si optamos por esta segunda opción estamos rompiendo con los dos elementos primeros de la solidaridad: no existe la empatía, no intentamos ponernos en la situación de la otra persona ni la reconocemos como igual, nosotros somos los sujetos activos y la otra persona solamente tiene que dejarse ayudar por quien sabe más que ella. Actuar así no es más que una solidaridad mal entendida que, con frecuencia, tampoco actúa sobre las estructuras que provocan los problemas, con lo que olvida que todos somos responsables de todos. Plantearse la solidaridad como “estar con”, nos abre a saber qué es lo que la otra persona piensa, lo que siente, nos abre a compartir desde la igualdad, a no sentirme ni mejor ni peor, a comprender y a acompañar, a construir nuevas estructuras que aborden de una manera diferente las situaciones ante las que nos encontramos, a levantar la dignidad de muchas personas que creen haberla perdido o que consideran que no la tienen.

Por todo ello, la solidaridad avanza en pos de un horizonte utópico que precisa de la construcción de un nuevo orden social más justo y solidario. Desde una comprensión crítica de la realidad que nos rodea, desde un estar con los demás desde la igualdad y la empatía, la solidaridad tiene una gran capacidad para transformar el entorno en el que nos encontramos a favor de los más débiles. Porque la solidaridad busca las causas de las asimetrías existente en nuestra realidad para intentar evitar en lo posible su reproducción. Mira el bien de todos con lo que supera los planteamientos del corporativismo para optar por un mundo de cooperación más que de competencia. Prima a los más débiles con lo que supera los planteamientos egoístas. La solidaridad sabe acompañar aquellas desigualdades que son inevitables para dar sentido a situaciones que parecen no tenerlo, pero al mismo tiempo actúa para que las desigualdades injustas desaparezcan a través de la construcción de una sociedad más justa. La persona solidaria no hace cosas por los demás, sino que está dando sentido a lo que parece no tenerlo y construyendo una sociedad más justa y más fraterna.

 

 

 

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La relación entre la DSI y las ciencias

Artículo públicado en la revista ICONO, año 118, nº 3, Marzo 2017, pág: 28 y 29

 

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Una de las cuestiones más debatidas y quizás peor entendidas de la Doctrina Social de la Iglesia es su relación con las ciencias. Esta incomprensión deriva de un siglo XIX en el que el cientificismo tomó una gran importancia y se creía que los conocimientos derivados de la razón eran los únicos válidos para comprender y orientar la realidad, por lo que anulaban totalmente el conocimiento derivado de la religión y todo lo relacionado con esta. Esto provocó un enfrentamiento en el que parecía que, o bien creías en las ciencias o bien en la religión, pero que ambas eran esferas totalmente distintas. Sin embargo, como de muestra la DSI, esto no tiene por qué ser así.

La razón nos ayuda a conocer y comprender el mundo que nos rodea

El origen de esta aparente contraposición es que la DSI trabaja en el campo de la fe, mientras que las ciencias lo hacen en el campo de la razón. Estas no son esferas incompatibles u opuestas sino totalmente complementarias. La razón es un instrumento que tenemos las personas para acercarnos y conocer mejor la realidad que nos rodea desde nuestra naturaleza humana. Podemos estudiar y analizar las relaciones de causalidad que se dan, tanto en la naturaleza como en los fenómenos humanos y sociales y extraer conclusiones precisas sobre estas conexiones. Ello nos permite conocer mejor por qué se da un fenómeno social, prever qué va a pasar en un futuro si se dan unas u otras circunstancias, lo que nos ayuda a tomar decisiones sobre qué hacer o qué no hacer. Este es el campo en el que se mueven todas las ciencias.

La fe nos ayuda a orientar nuestras actuaciones

La fe no nos indica como funcionan los instrumentos, las teorías o las relaciones naturales. No, su aportación está en el campo de los objetivos, de la dirección, de hacia dónde orientar el comportamiento humano. La Fe nos muestra caminos a seguir, objetivos a perseguir, criterios para escoger las sendas según hacia donde nos dirijan estas. Por ello nos orienta sobre cómo utilizar los conocimientos y las herramientas prácticas o teóricas que generan las ciencias. Nos invita a dirigir su uso en una dirección o en otra sugiriéndonos objetivos hacia los que dirigirnos.

Razón y fe se complementan

Mientras que la fe nos señala hacia dónde dirigir nuestra actuación, la razón nos muestra los instrumentos que podemos utilizar para lograr nuestros fines. Los dos se necesitan entre sí. Seguir un fin sin atender a la razón, es dar palos de ciego, es intentar llegar a un sitio sin saber como hacerlo, sin conocer si los instrumentos que utilizamos van a tener o no los resultados deseados. Tener instrumentos y utilizarlos sin saber hacia donde nos dirigimos, qué queremos conseguir o para qué nos sirven, es andar desnortados. Hacer cosas sin conocer el porqué o el para qué, sin una dirección hacia la que dirigirse es estar condenados a aquello que nos avisa la sabiduría popular: “Quien no sabe donde va, seguro que llega a otro sitio”. Utilizar la razón sin seguir ningún sentido conocido nos dirige hacia el lugar equivocado, hacia el sitio al que no queríamos llegar. La DSI ofrece a las ciencias, no nuevos conocimientos, sino una dirección en la que avanzar para que sus aportaciones se pongan realmente al servicio de las personas.

La DSI combina la fe y la razón

La DSI utiliza la fe y la razón y los combina. La fe ilumina a la DSI en el campo de los objetivos, en la dirección a tomar, en los fines hacia los que dirigirse. La fe ayuda a la DSI a saber cuáles son los caminos que orientan la acción social hacia ese mundo mejor en el que reine el amor. Pero para aportar una propuesta válida, la DSI necesita de la razón, necesita dar justificación de que sus propuestas van a dirigir la sociedad en el camino deseado y no hacia otras direcciones. La DSI utiliza las ciencias para que las acciones lleven de una manera eficaz hacia los objetivos que se plantea. Solo así puede tener una mayor certeza sobre que aquellas propuestas que realiza son factibles y le conducen realmente al fin deseado.

La DSI puede mantener un diálogo fructífero con los no creyentes

Este es uno de los principales motivos por los que la DSI puede ser acogida por cualquier persona aunque no sea creyente o cristiana. Al tener una dimensión racional en la que unos objetivos orientados por la fe, son concretados por unas enseñanzas científicas que nos indican como alcanzar estos de una manera más eficaz y cuáles son las principales vías para hacerlo, son fácilmente comprensibles por aquellos que no comparten la fe que ilumina los fines a seguir. Es más, hay muchas personas que comparten los objetivos sociales del cristianismo aún no siendo cristianas, personas que también intentan construir el bien común de la sociedad aunque sus motivaciones para hacerlo no sean de fe. Saber cómo piensan los cristianos sobre la manera de alcanzar estas metas comunes, resulta de claro interés para todos aquellos que estén interesados en mejorar el mundo en el que vivimos. La interacción entre fe y razón permite que esta conexión sea fácil y que se pueda trabajar de una manera sencilla con aquellos que no inspirándose en la Buena Noticia de Jesús, también persiguen unos objetivos similares.

 

 

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¿Qué es la Doctrina Social de la Iglesia?

Artículo públicado en la revista ICONO, año 118, nº 1, Enero 2017, pág: 26 y 27

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17_1_-que-es-la-dsi_pagina_2A principios de este curso estuve de tribunal en una tesis doctoral cuyo tema tenía que ver con la Doctrina Social de la Iglesia (DSI). El doctorando insistió en varias ocasiones durante la defensa de su tesis que la DSI es el “secreto mejor guardado de la Iglesia”. Esta expresión irónica para referirse a la DSI tiene una cierta parte de realidad, porque a pesar de los llamamientos de la Encíclica Mater et magistra (MM) para que “se estudie cada vez más esta doctrina… Se enseñe como disciplina obligatoria en los colegios católicos de todo grado, y principalmente en los seminarios… se incluya en el programa de enseñanza religiosa de las parroquias y de las asociaciones de apostolado de los seglares y se divulgue también por todos los procedimientos modernos de difusión…” (MM 223), muchos nos tememos que esto no es así, que la cantidad de cristianos que conocen, ya no en profundidad, sino tan solo conceptos básicos de la DSI, es bastante reducida.

¿Cuántos cristianos conocen bien la DSI?

De hecho, me encuentro día a día con chavales cristianos que, a pesar de estar involucrados desde la infancia en sus parroquias perteneciendo a los diversos movimientos que hay en estas y recibiendo todos los sacramentos propios de las distintas etapas de madurez, no saben nada de la DSI. En Valencia estamos comenzando unas sesiones de formación para jóvenes de más de veinte años que denominamos “armando lío” y que inciden en esta parte de la formación cristiana. Las personas que las están siguiendo cumplen perfectamente con las características que he comentado con anterioridad. Sin embargo, en la evaluación de las primeras sesiones nos confesaron que todo lo que habían oído era nuevo para ellas, que a pesar de la cantidad de años que llevaban formándose y creciendo como cristianos, este tema les era casi desconocido.

La DSI es parte esencial de la evangelización

El problema que supone esto es más grave si tenemos en cuenta que ya Juan XIII afirmó que “La doctrina social profesada por la Iglesia católica es algo inseparable de la doctrina que la misma enseña sobre la vida humana” (MM 222) y esta misma idea ha sido reafirmada por Pablo VI, Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco. De modo que si sabemos que la Doctrina Social de la Iglesia es parte ineludible de la evangelización y de la Buena Noticia de Jesús ¿Por qué hay tanto desconocimiento de esta? Todo hace pensar que la afirmación del doctorando que evaluamos a principio de curso no iba muy desencaminada, que esta es una parte de la evangelización que se olvida o se descuida cuando estamos transmitiendo nuestro mensaje de esperanza a las personas de nuestro entorno. Por ello, este año 2017 voy a utilizarlo para que nos acerquemos algo más a esta DSI que forma parte del anuncio de la buena noticia que tenemos los cristianos para todas las personas.

Qué es la DSI

Para comenzar, creo que vale la pena que realicemos un acercamiento a la DSI para saber qué es esta “doctrina de la sociedad y de la convivencia humana que enseña y proclama la Iglesia católica” (MM, 218) Para ello, voy a partir de las tres palabras que la componen para acabar con una definición de la DSI que dio San Juan Pablo II en su encíclica Sollicitudo rei socialis. Comienzo utilizando el diccionario de la Real Academia Española porque sus certeras y breves definiciones nos ayudan a comprender mejor la realidad que hay detrás de cada palabra. El diccionario, en su 23ª Edición, define doctrina como “Enseñanza que se da para la instrucción de alguien” o “conjunto de ideas u opiniones religiosas, filosóficas, políticas, etc. sustentadas por una persona o grupo” indicando expresamente el término de “doctrina religiosa” como ejemplo. Define social como “perteneciente o relativo a la sociedad” e Iglesia como “Congregación de los fieles cristianos en virtud del bautismo”.

Lo que nos aportan las tres definiciones

Combinando estas tres definiciones podemos acercarnos al concepto de una manera sencilla sin necesidad de profundizar más en lo que la misma Iglesia dice sobre este término. La Doctrina Social de la Iglesia es un conjunto de enseñanzas de ideas religiosas sustentadas por los cristianos y relacionadas con la sociedad. Esta es la idea inicial que puede ser deducida de un acercamiento simplemente filológico a la DSI y, como vamos a ver en seguida, considerar que la DSI nos muestra las enseñanzas e ideas que la Iglesia tiene sobre cómo vivir en sociedad, cómo relacionarse con los otros y como actuar en nuestro entorno social actual, no difiere mucho de lo que la Iglesia dice sobre la DSI. Por que La DSI “es una cuidadosa formulación del resultado de una atenta reflexión sobre las complejas realidades de la vida del hombre en la sociedad y en el contexto internacional, a la luz de la fe y de la tradición eclesial. Su objetivo principal es interpretar esas realidades, examinando su conformidad o diferencia con lo que el Evangelio enseña acerca del hombre y su vocación terrena y, a la vez, trascendente, para orientar en consecuencia la conducta cristiana” (Sollicitudo rei socialis, 41)

 
 

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Como poner el patrimonio de la Iglesia al servicio de los más desfavorecidos

Artículo publicado en la revista CRESOL Noviembre 2016, pág 18-19

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Ante una situación de crisis continuada y de un porcentaje elevado de la población española por debajo del umbral de la pobreza, la Iglesia se plantea cómo puede colaborar a hacer realidad uno de los principios principales de su doctrina social: el destino universal de los bienes. Este principio deriva en que todas las personas por el mero hecho de serlo, tenemos derecho a nuestra porción de la creación, a unos bienes materiales que sean suficientes para llevar una vida digna y que nos permitan, por ello, ser libres y autónomos.

Para este menester, algunos se plantean que la Iglesia tiene un gran patrimonio que no siempre está al servicio de los más desfavorecidos y que estos bienes deberían ser vendidos para utilizar el producto de su venta en la mejora de aquellos que son más pobres. Sin embargo, esta solución que puede parecer sencilla y que puede tener un atractivo innegable a primera vista, no es siempre la más adecuada para lograr el fin deseado. Por ello, voy a repasar algunas cuestiones relacionadas con este asunto que creo hay que tener en cuenta.

El primero está en el campo de las intenciones, del camino que queremos seguir. La Iglesia debe plantearse seriamente si realmente quiere poner su patrimonio al servicio de los más desfavorecidos. ¿Esto es así? ¿O tenemos otras prioridades de utilización de nuestro patrimonio? Aquí las cosas son sencillas, o lo ponemos al servicio de una cosa o de otra, no existen medias tintas. Si no tenemos claro que nuestro patrimonio debe estar al servicio de todos y si esta es o no nuestra prioridad, cualquier reflexión que hagamos al respecto, es baladí… Además hay que tener en cuenta que mantener un rico patrimonio es caro. Los gastos que conllevan las propiedades de la Iglesia son elevados y mantener la propiedad de los mismos si no pueden ser utilizados para los objetivos eclesiales, no solo es una solución poco adecuada desde el punto de vista económico, sino que está detrayendo recursos que podrían dirigirse a la mejora de quienes peor están o en otros objetivos que no sean el mero mantenimiento de las propiedades.

Una vez se tiene clara esta cuestión, debemos reflexionar sobre qué hacemos con este patrimonio tan rico que tenemos. La solución más sencilla y más simple es la ya nombrada de venderlo y repartir el dinero a los más pobres. Esto puede tener un efecto positivo a corto plazo, pero no tiene por qué tenerlo a largo. Se trata de un reparto esporádico que no soluciona problemas de pobreza cronificada, sino que tan solo permite un respiro en un determinado momento. Además, la venta puede servir para enriquecer más a algunos y el bien vendido puede ser utilizado para justo lo contrario de lo que deseamos. Si además la venta se realiza con prisas puede venderse por un precio demasiado económico, con lo que la consecuencia real de esta venta puede ser la de perder el patrimonio a cambio de una exigua remuneración.

Parece mucho más adecuado para el fin perseguido la utilización de este patrimonio en servicio de quienes menos tienen. Las maneras en las que puede hacerse esto realidad son infinitas. En algunas diócesis del norte han habilitado las antiguas casas de sacerdotes de pequeñas poblaciones rurales para familias pobres que cuidan y enseñan la parroquia, mientras se dedican a cultivar alimentos que se comercializan a nivel regional y consiguen así una fuente de ingresos estable que les permite salir de la zona de exclusión. En otras parroquias realizan alquileres sociales de las propiedades que tienen lo que permite a algunas familias una vivienda digna a un precio razonable. En otros lugares, el patrimonio eclesial es utilizado por organizaciones sin ánimo de lucro que las utilizan para sus fines asociativos en servicio de los más desfavorecidos, o para cooperativas agrarias que han creado puestos de trabajo y productos ecológicos a unos precios económicos. En otros se han creado empresas con un alto componente ético y social que permiten que personas con problemas tengan un trabajo estable con el que ganarse la vida.

Es difícil dar un catálogo completo de las acciones que se pueden realizar, pero la idea esencial es que más que utilizar el patrimonio para lograr recursos y dárselos a los más desfavorecidos, lo que debemos es poner este al servicio de la promoción de estas personas. Así encuentran en este patrimonio cauces que les ayudan a tener unos ingresos estables que les permiten salir del círculo de la pobreza y la exclusión para llevar una vida digna en la que pueden ser libres y desarrollarse y crecer como personas. Además, debemos utilizar nuestro patrimonio para demostrar que se pueden llevar adelante iniciativas económicas de otra manera, de modo que favorezcan a todos. Solamente en el caso de que nuestro patrimonio no pueda utilizarse de ningún modo para la promoción de las personas, que el resto de usos que tengan no colaboren tampoco en este fin y que suponga, además, un gasto que solo se destina a su propio mantenimiento, puede ser conveniente la venta para utilizar sus fondos en invertir en otras actividades que sí que logren estos fines.

 
 

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El reconocimiento social del trabajo

Artículo públicado en la revista ICONO, año 117, nº 10, Noviembre 2016, pág: 26 y 27

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Sabemos que el trabajo es una parte intrínseca y consustancial a la persona. Desde el principio, en el génesis, Dios crea a las personas a su imagen y semejanza y les invita a trabajar la tierra y cultivarla. El trabajo no es una maldición ni un castigo, sino algo que pertenece a la condición originaria de toda persona. Los libros sapienciales consideran al trabajo honrado como fuente de riquezas y de condiciones para la vida decorosa y por ello le consideran un instrumento eficaz contra la pobreza. Sin embargo, al mismo tiempo afirman que no hay que idolatrar el trabajo ya que no es el único lugar en el que podemos encontrar el sentido último de la vida. El trabajo es algo esencial para la vida, pero no lo es todo, ni tampoco el punto esencial para nuestra realización como personas. El trabajo es para el hombre y no el hombre para el trabajo. Estos mismos libros hablan del descanso sabático como el sistema contra el sometimiento humano al trabajo, este descanso es preceptivo y debe respetarse semanalmente. Jesús describe su misión como un trabajo y enseña a apreciar el mundo del trabajo. A pesar de valorar el trabajo, también aporta que no hay que dejarse dominar por el trabajo, que hay otras cuestiones más importantes. Las sagradas escrituras ven el trabajo como una dimensión fundamental de la existencia humana y como una fuente de crecimiento como persona. El trabajo es clave en la Doctrina Social de la Iglesia y por ello ha sido tratado en la práctica totalidad de sus documentos y que tiene una Encíclica dedicada íntegramente a él: la Laborem exercens de Juan Pablo II.

¿Qué es el trabajo?

Pero conviene matizar qué se entiende por trabajo para comprender bien su alcance y aclarar algunas confusiones que se dan con respecto a él. El trabajo es una actividad humana, la realizamos las personas y no las máquinas. Estas son, simplemente, instrumentos que nos ayudan, pero cuando hablamos de trabajo, estamos refiriéndonos a una actividad humana por naturaleza. Las personas trabajamos cuando realizamos una labor destinada a cubrir nuestras necesidades vitales o a proveernos de bienes y servicios que, aunque no son necesarios para nosotros, deseamos tener o disfrutar. Estas necesidades vitales o apetencias y deseos, pueden ser nuestras o de otros. Es decir, se considera trabajo tanto si esta actividad la hacemos para otros como si la realizamos para otras personas.

Tipos de trabajo

En una sociedad como la nuestra existen tres tipos de trabajo. El primero es el trabajo remunerado, es decir, aquel por el que recibimos una remuneración monetaria, ya realicemos este por cuenta ajena o por cuenta propia. El segundo es el trabajo reproductivo. Se denomina así el que se realiza para la propia subsistencia, de modo que no se recibe ninguna remuneración por él. Incluye el trabajo doméstico y todas las actividades destinadas a autoabastecerse de bienes y servicios (tener un huerto propio, arreglarse o construirse la propia casa, reparar sus propios electrodomésticos, etc.) Por último, existe un tercer tipo de trabajo que es el voluntario. Este se realiza en el marco de una organización en la que se trabaja, sin recibir remuneración a cambio, para cubrir necesidades y apetencias de otros.

No todos los tipos de trabajo son apreciados por igual

Todos estos trabajos son importantes para la sociedad. Sin la existencia de alguno de ellos, nuestras comunidades no funcionarían bien. En una sociedad evolucionada y compleja, es importante que exista una riqueza de actividades en la que estén representadas estos tres tipos de trabajo. Sin embargo, no todas estas clases de trabajo son apreciadas por igual. El trabajo remunerado es el único que parece importante en nuestros días. De hecho, si alguien realiza un trabajo doméstico o uno voluntario, se considera que no trabaja. Esto no solo sucede en las definiciones estadísticas (que consideran a quienes no tienen trabajo remunerado ni lo busca como población inactiva), sino que también sucede en la apreciación popular. Parece que solamente trabajan aquellos que lo hacen a cambio de una remuneración y no quienes lo hacen en casa o en una organización como voluntarios.

Revalorizar los trabajos no remunerados

Existe pues una falta de aprecio por el trabajo no remunerado tal, que parece que las personas solamente se pueden realizar o alcanzan su plenitud si logran un salario o unos ingresos monetarios a cambio de su trabajo. Aquellos que optan por el trabajo reproductivo o voluntario (y se quedan en casa para dedicarse a su familia o en una organización benéfica para ayudar a los demás) aparecen como unos fracasados que no han podido acceder a lo único que parece ser adecuado para la realización personal: el trabajo remunerado. Se trata esto de una anomalía que no solo genera sufrimiento en aquellos que se dedican a labores no remuneradas (al no verse reconocidos apropiadamente) sino que además perjudica a la sociedad en su conjunto desincentivando esta clase de opciones. Por ello debemos volver a valorar estos dos tipos de trabajo. Darles la importancia social que se merecen y ayudar a que estas opciones sean tomadas por las personas y sean cauces adecuados, no solo de realización personal, sino de aceptación y reconocimiento social.

 
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Publicado por en noviembre 21, 2016 en trabajo

 

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El empresario y el prestigio social

Artículo publicado en la revista Economía 3, número 281, septiembre de 2016, página 18

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En la semana que escribo este artículo he tenido que acudir a un entierro. Un vecino de mi población falleció después de un tiempo enfermo a una edad a la que muchos querríamos llegar. La Iglesia se llenó de personas que quisimos darle el último adiós y acompañar a su familia en ese momento siempre triste en el que alguien nos abandona para siempre. Fue una despedida sentida de alguien muy querido por mucha gente, por todas esas personas que abarrotamos el templo y acompañamos a sus familiares. Muchos de ellos eran trabajadores de la empresa familiar que él había dirigido junto a estos durante muchos años. Esa empresa que habían heredado él y su hermano y que ahora sostiene la tercera generación de la familia.

Comienzo con este homenaje porque quiero resaltar aquí la figura de las personas que, como el fallecido y sus familiares, son queridos no solo por su manera de ser, sino también por cómo han vivido su vocación de empresarios. En un momento en el que el ser empresario parece ser sospechoso ante los ojos de muchas personas, es bueno recordar cuáles son las claves que dan lustre a esta vocación, que hacen que las personas que desempeñan esta labor sean reconocidos por sus trabajadores, por sus vecinos, por quienes les conocen. Reflexionar sobre estos elementos que hacen grande la función social del empresario y de las empresas que construyen, es afianzar a la empresa como una institución positiva para la sociedad y a aquellos que saben dirigirlas en la dirección adecuada, como líderes que colaboran en la construcción de una sociedad mejor para todos.

La primera clave para lograr esta finalidad es entender la empresa no como un medio para ganar dinero o hacerse rico, sino como un medio para ganarse la vida. Estas dos concepciones son totalmente distintas y con frecuencia antagónicas. Ganarse la vida supone pensar en el largo plazo, hacer de la empresa una vocación, sentir la empresa como algo que no solo me va a permitir vivir a mi, sino a todos los empleados que van a colaborar conmigo o mi familia en esta aventura. La rentabilidad no está aquí al servicio del enriquecimiento, sino de la vida. De la vida de sus empresarios, pero también de todos sus trabajadores, de todos quienes permiten con su trabajo diario que la rentabilidad acabe repartiendo riqueza para todos.

Otro aspecto importante de esta labor es la preocupación por el producto o servicio ofrecido. El reconocimiento a la labor de una empresa proviene también de una preocupación especial por producir un bien o servicio que cumpla bien su labor social. No se trata tan solo de ser competitivo y ofrecer un producto más barato que la competencia, sino de ofrecer un bien o servicio que cumpla con las expectativas de sus compradores, que sea de fiar, que genere confianza, que sea apreciado por quien acaba adquiriéndolo, consumiéndolo o utilizándolo. La preocupación por el trabajo bien hecho, por la honradez y por la correspondencia entre lo que se dice y lo que se hace, son aspectos valiosos que permiten mantener ese reconocimiento social a la empresa y a sus dirigentes.

Preocuparse más por la empresa a largo plazo, que por el beneficio a corto también supone articular sistemas de transmisión de la empresa a la siguiente generación adecuados. Un protocolo familiar bien articulado y consensuado por todos permite concentrarse en lo clave de la empresa, es decir, en producir bienes y servicios útiles para la sociedad. El apego al lugar en el que se trabaja y de donde provienen la mayoría de los trabajadores también es una condición esencial para lograr esta empresa que se mantiene en el tiempo y que cumple correctamente su función social.

Por ello, cuando se entiende que una empresa es una institución que crea empleo digno y con salarios dignos en la zona en la que trabaja, que quiere ser un medio para que sus trabajadores puedan vivir dignamente y cooperar en una labor positiva para la sociedad como es la producción de un determinado bien o servicio y que potencia el entorno social, cultural y medioambiental en el que trabaja, sus directivos y líderes son reconocidos por todos como constructores de una sociedad mejor y la empresa es una institución querida en el lugar en el que se asienta.

Cuando se escucha esta manera de trabajar uno puede preguntarse por qué, entonces, hay tanta prevención en contra de los empresarios en algunos sectores de la población si los empresarios cumplen una importante labor social dirigiendo y liderando estas instituciones tan útiles para la vertebración de la sociedad. La respuesta la podemos encontrar en que algunos de ellos han perdido su vocación social y han convertido sus empresas en maquinarias de producción de beneficios para sus accionistas, en las que los trabajadores han pasado a ser simples factores de producción cuyo coste hay que minimizar a toda costa y en las que la sensibilidad hacia el entorno medioambiental, social y humano es prácticamente nula. Lo único válido en estos casos es el rendimiento que obtienen sus propietarios-accionistas gracias a la gestión de la empresa.

Esta clase de empresario ha resultado más mediático que el anteriormente nombrado, lo que ha conformado una idea negativa de todos ellos. Recuperar la esencia de la empresa, potenciar su función social por encima de la visión reduccionista de la empresa, comunicar y resaltar en los medios de comunicación estas empresas volcadas en la mejora de la sociedad, es una labor necesaria para revalorizar una labor dura, valiente, socialmente responsable y, por desgracia, a veces poco reconocida.

 

 

 
 

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