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Cambiar el estilo de vida

Artículo publicado en la revista ICONO, año 219, Nº 7 Julio-agosto, Pág. 26-27

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Tal vez sea casualidad, pero no lo creo así. Nuestros tres últimos obispos de Roma nos han hablado de la necesidad de cambiar nuestro estilo de vida. Juan Pablo II nos dijo en la Encíclica Centesimus annus (36) que “Es necesario esforzarse por implantar estilos de vida, a tenor de los cuales la búsqueda de la verdad, de la belleza y del bien, así como la comunión con los demás hombres para un crecimiento común sean los elementos que determinen las opciones del consumo, de los ahorros y de las inversiones.”, Benedicto XVI insistió en su Encíclica Caritas in veritate (51) en que “esto exige que la sociedad actual revise seriamente su estilo de vida que, en muchas partes del mundo, tiende al hedonismo y al consumismo, despreocupándose de los daños que de ello se derivan. Es necesario un cambio efectivo de mentalidad que nos lleve a adoptar nuevos estilos de vida” y por último, Francisco también nos ha dicho en su Encíclica Laudato si (23) que “La humanidad está llamada a tomar conciencia de la necesidad de realizar cambios de estilos de vida, de producción y de consumo”.

No es una casualidad

No es una casualidad que los tres hayan insistido en esta necesidad de cambio. Aunque creamos que nuestra manera de comportarnos y de hacer las cosas no tiene influencia en la sociedad debido a que somos tan solo una persona entre más de 7.000 millones en todo el mundo, esto no es así. En primer lugar porque lo que sucede en la creación es consecuencia de la suma de lo que hacemos todos los que en ella vivimos y en segundo, porque sobre lo único que tenemos una influencia clara y que podemos cambiar de una manera segura es nuestra manera de vivir (y no la de los otros). Por estos dos motivos, cambiar nuestro estilo de vida es una de las mayores contribuciones que podemos hacer para que los valores que priman en nuestro entorno sean realmente diferentes y mejores.

Cambiar el estilo económico de vida.

Si hay otro elemento que coincide en estas tres llamadas a cambiar el estilo de vida y a modificar la mentalidad que tenemos sobre la manera en la que vivimos, es resaltar que este cambio debe darse en varios elementos que tienen en común ser componentes económicos de nuestra existencia. El que se repite en los tres casos es el consumo, las compras o más en concreto (como lo denomina Benedicto XVI) el consumismo. Además de este, Juan Pablo II habla de ahorros e inversiones, mientras que Francisco habla también de producción. Se trata de cuestiones económicas todas ellas. En una sociedad como la nuestra en la que lo económico tiene una posición preponderante y el tener más aparece como el objetivo prioritario, cuando los obispos de Roma nos piden cambiar el estilo de vida, piensan esencialmente en cuestiones que tienen que ver con vivir la economía de otra manera, orientar nuestro consumo, nuestra producción, nuestros ahorros e inversiones y nuestro quehacer económico en su conjunto en otra dirección.

Renunciar al hedonismo y al consumismo

El origen de este aviso tiene que ver con la constatación de que en muchas partes del mundo tenemos un estilo de vida que pone por delante el pasarlo bien y el disfrutar de la máxima cantidad de cosas, para lo que se exacerba el consumo y la compra de bienes, servicios y experiencias. Esta búsqueda del tener, del experimentar, nos hace ciegos a la belleza, al bien, a la verdad y nos lleva a unos estilos de vida insatisfactorios para nosotros mismos porque siempre queremos más y nunca nos conformamos con lo que tenemos. Unos estilos de vida que nos impiden vivir en armonía con la naturaleza y con la creación y que nos hacen tener siempre prisas y ser insensibles al sufrimiento del otro. Una manera de vivir que nos lleva con frecuencia a dar importancia a lo que no la tiene y descuidar las cuestiones clave de nuestra existencia.

Proponer ese estilo de vida

Por ello los tres papas se empeñan en mostrarnos (como habían hecho otros anteriores) un estilo de vida que no se centra en lo superfluo sino en lo esencial, en el que el tener está al servicio del ser y no al contrario, en el que nos animan a que cuidemos de la creación y tengamos tiempo para disfrutar de ella, a que dejemos de ser consumidores para ser compradores, a que utilicemos nuestros ahorros para mejorar la sociedad en la que nos encontramos y no para incrementar nuestros ingresos y nuestra riqueza, etc. En esencia, un estilo (como dice Francisco en su Encíclica Laudato si 222) que al “hacerse presente serenamente ante cada realidad, por pequeña que sea, nos abre muchas más posibilidades de comprensión y de realización personal. La espiritualidad cristiana propone un crecimiento con sobriedad y una capacidad de gozar con poco. Es un retorno a la simplicidad que nos permite detenernos a valorar lo pequeño, agradecer las posibilidades que ofrece la vida sin apegarnos a lo que tenemos ni entristecernos por lo que no poseemos. Esto supone evitar la dinámica del dominio y de la mera acumulación de placeres.”

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¿Cuidamos o explotamos la creación?

Artículo publicado en la revista ICONO, año 119, nº 6, Junio 2017, pág: 26 y 27

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Cuando era pequeño me gustaban las historias que transcurrían en granjas. En ellas había distintos tipos de animales que convivían con las personas, los granjeros cultivaban las tierras para que ellos y sus animales se alimentasen de sus frutos, los excrementos eran utilizados como abono y todo se aprovechaba al máximo. Quizá estas historias me recordaran a casa de mi abuela, donde había gallinas y conejos y donde sabía que en otros tiempos habían vivido cerdos en ese corral trasero tan habitual en las casas antiguas de estos pueblos del Horta Nord de Valencia. Las granjas eran una manera de combinar una actividad económica que pretendía obtener recursos monetarios y alimenticios para que las personas que allí viviesen tuviesen una vida digna, con el cuidado de la creación de todo aquello que nos rodea.

Ya no existen granjas, tenemos explotaciones agrarias y ganaderas

Hoy en día es difícil encontrar granjas, lo que abundan son explotaciones agrícolas y ganaderas. Cuando uno va a una de ellas, ya no se encuentra con ese paisaje medianamente idílico con distintos tipos de animales conviviendo en un espacio y una agricultura y una ganadería que se complementan. Ahora encontramos grandes naves industriales en las que se hacinan miles de pollos, o cientos de cerdos, o de ovejas o de vacas… Grandes campos de un solo producto que se extienden a lo largo de muchas hectáreas y cuya cosecha es recogida por máquinas (en ocasiones) o por un elevado número de jornaleros que dejan el producto en cajas para ser llevado directamente a los mercados de las grandes ciudades o a las grandes cadenas de distribución alimenticia. Bosques de una sola clase de árbol que son talados por parcelas cada cierto tiempo. Los sistemas de producción industriales se han introducido en la ganadería, en la agricultura y en la silvicultura, las granjas han pasado a ser explotaciones.

Una explotación no cuida de la creación

Explotar es (según la segunda acepción del diccionario de la RAE): “Sacar utilidad de un negocio o industria en provecho propio.” Por este motivo se habla de explotación y ya no de granja. La dinámica economicista se ha introducido en la gestión de las granjas y estas han dejado de serlo. Los seres vivos que componen la creación han dejado de ser así considerados para pasar a ser simples recursos que utilizamos para nuestro propio provecho. La creación ya no se ve como un todo a cuidar y a hacer fructificar, sino como un lugar del que se sacan recursos para incrementar nuestros beneficios individuales. Al igual que el afán de tener más riquezas deshumaniza a las personas haciendo que se olviden que lo que tienen delante son también personas, el egoísmo economicista deja de ver el entorno en el que se mueve nuestra vida como algo a cuidar para pasar a considerarlo como un espacio a explotar para incrementar los beneficios de quien lo hace.

La denuncia de Francisco

Eso es, precisamente, lo que denuncia Francisco en su última Encíclica Laudato si (2) “La hermana tierra clama por el daño que le provocamos a causa del uso irresponsable y del abuso de los bienes que Dios ha puesto en ella. Hemos crecido pensando que éramos sus propietarios y dominadores, autorizados a expoliarla. La violencia que hay en el corazón humano, herido por el pecado, también se manifiesta en los síntomas de enfermedad que advertimos en el suelo, en el agua, en el aire y en los seres vivientes. Por eso, entre los pobres más abandonados y maltratados, está nuestra oprimida y devastada tierra, que « gime y sufre dolores de parto »” La deshumanización a la que nos lleva ese pecado grave de pensar solamente en nuestro propio interés y de buscar a toda costa el tener más, se traduce en unos problemas medioambientales que no solo están reduciendo la calidad del ambiente natural en el que nos movemos hiriendo al suelo, al agua, al aire y a los seres vivos, sino que también está comprometiendo que las generaciones futuras puedan gozar de un entorno adecuado para su vida en la tierra.

Por una cultura del cuidado

Por ello Francisco nos propone que “junto con la importancia de los pequeños gestos cotidianos, el amor social nos mueve a pensar en grandes estrategias que detengan eficazmente la degradación ambiental y alienten una cultura del cuidado que impregne toda la sociedad” (LS, 231) Esta cultura del cuidado se debe reflejar tanto en un nuevo estilo de vida en el que la búsqueda egoísta del propio bien se cambie por el deseo de construir el bien común con el resto de las personas, a un necesario cambio de estructuras que pretenda, no tanto la explotación de nuestros recursos y la generación de nuevos bienes, como el cuidado de la creación que nos ha sido dada, para que sea el marco en el que vivamos, nos desarrollemos y tengamos una vida plena, nosotros y nuestros descendientes. Por ello, ante la cultura de la propiedad, del hago lo que quiero porque es mío, de la explotación de los recursos, Francisco propone esa cultura del cuidado que pretende la convivencia armónica entre las personas y el resto de la creación. Una cultura que no solo no va en contra de la consecución de los recursos necesarios para vivir, sino que, es la única manera en la que se puede garantizar que en el futuro, las próximas generaciones sigan gozando de ellos.

 

 

 

 

 

 

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La Solidaridad (esa palabra con mayúsculas)

Artículo publicado por el Boletín nº 31 de Navidad de 2016 de la Asociación Resurgir (Pág:12-13)

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Mucho se habla de la solidaridad, es un tema recurrente en ambientes concienciados por ella, pero también en ambientes que no necesariamente la ven como algo positivo. Sin embargo, existen ideas falsas de solidaridad que distorsionan el prestigio de una palabra que puede haberse desgastado para algunos. Solidaridad no es cualquier cosa. Algunos la consideran un simple sentimiento, otros piensan que se da cuando gente que comparte alguna característica se une para luchar por sus propios intereses o contra sus enemigos comunes, otros la ven como un sentimiento que va desde quienes pueden a quienes lo tienen peor para poder ayudarles a mejorar… Pero no, la solidaridad es algo más. La solidaridad, en una primera instancia, es una exigencia ética. No se trata de una moda, de algo que hago porque lo siento así, sino de una opción ética, de una manera de comportarse que elegimos libremente y que determina nuestro modo de actuar y nuestra manera de ser. La solidaridad es una opción que nos anima a prestarnos ayuda mutua, a saber que nuestra felicidad depende no solo de lo nuestro, sino de lo que le sucede a los demás. Soy más feliz en la medida que los otros lo son también. Es la conciencia de que todos somos responsables de todos. Mi opción ética me lleva a ligar mi destino y mis actuaciones a las de las demás personas, a saber que no vivo solo, sino en sociedad y que lo que les sucede a los otros también es de mi incumbencia.

Para profundizar más en este concepto hay que describir los elementos que tiene la solidaridad. El primero es el elemento compasivo. Ser compasivo es intentar empatizar con el otro, saber ponerse en su piel para comprenderlo. Solamente si intentamos pensar, sentir o estar como la persona que tenemos a nuestro lado, podremos ser solidaria con ella. La solidaridad comienza en la empatía, en ser el otro, en sentirse como el otro. Pero no se queda ahí, tenemos que reconocer a ese otro como persona, como igual a mi, con la misma dignidad que yo, con el mismo valor que yo. Lo que la otra persona me aporta es tan valioso como lo que yo puedo aportar, no se puede ser solidario desde la superioridad, desde el estar por encima del otro, solamente se puede ser solidario si estamos a su mismo nivel. Por último existe un elemento de universalización. Todos somos responsables de todos. Ello implica una opción por el bien común y una superación del egoísmo para la transformación de la realidad social y de aquellas estructuras que están perjudicando a los que son más débiles. Solamente en la medida en que somos conscientes de que la construcción de estructuras justas o injustas también es cosa nuestra, que somos también responsables de lo que le sucede a todas las personas que conviven ahora y en un futuro con nosotros, podemos asumir la solidaridad en su sentido más amplio.

La consecuencia directa más clara de estos tres elementos de la solidaridad es que ser solidario supone más “estar con” que “hacer cosas por”. Si optamos por esta segunda opción estamos rompiendo con los dos elementos primeros de la solidaridad: no existe la empatía, no intentamos ponernos en la situación de la otra persona ni la reconocemos como igual, nosotros somos los sujetos activos y la otra persona solamente tiene que dejarse ayudar por quien sabe más que ella. Actuar así no es más que una solidaridad mal entendida que, con frecuencia, tampoco actúa sobre las estructuras que provocan los problemas, con lo que olvida que todos somos responsables de todos. Plantearse la solidaridad como “estar con”, nos abre a saber qué es lo que la otra persona piensa, lo que siente, nos abre a compartir desde la igualdad, a no sentirme ni mejor ni peor, a comprender y a acompañar, a construir nuevas estructuras que aborden de una manera diferente las situaciones ante las que nos encontramos, a levantar la dignidad de muchas personas que creen haberla perdido o que consideran que no la tienen.

Por todo ello, la solidaridad avanza en pos de un horizonte utópico que precisa de la construcción de un nuevo orden social más justo y solidario. Desde una comprensión crítica de la realidad que nos rodea, desde un estar con los demás desde la igualdad y la empatía, la solidaridad tiene una gran capacidad para transformar el entorno en el que nos encontramos a favor de los más débiles. Porque la solidaridad busca las causas de las asimetrías existente en nuestra realidad para intentar evitar en lo posible su reproducción. Mira el bien de todos con lo que supera los planteamientos del corporativismo para optar por un mundo de cooperación más que de competencia. Prima a los más débiles con lo que supera los planteamientos egoístas. La solidaridad sabe acompañar aquellas desigualdades que son inevitables para dar sentido a situaciones que parecen no tenerlo, pero al mismo tiempo actúa para que las desigualdades injustas desaparezcan a través de la construcción de una sociedad más justa. La persona solidaria no hace cosas por los demás, sino que está dando sentido a lo que parece no tenerlo y construyendo una sociedad más justa y más fraterna.

 

 

 

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La relación entre la DSI y las ciencias

Artículo públicado en la revista ICONO, año 118, nº 3, Marzo 2017, pág: 28 y 29

 

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Una de las cuestiones más debatidas y quizás peor entendidas de la Doctrina Social de la Iglesia es su relación con las ciencias. Esta incomprensión deriva de un siglo XIX en el que el cientificismo tomó una gran importancia y se creía que los conocimientos derivados de la razón eran los únicos válidos para comprender y orientar la realidad, por lo que anulaban totalmente el conocimiento derivado de la religión y todo lo relacionado con esta. Esto provocó un enfrentamiento en el que parecía que, o bien creías en las ciencias o bien en la religión, pero que ambas eran esferas totalmente distintas. Sin embargo, como de muestra la DSI, esto no tiene por qué ser así.

La razón nos ayuda a conocer y comprender el mundo que nos rodea

El origen de esta aparente contraposición es que la DSI trabaja en el campo de la fe, mientras que las ciencias lo hacen en el campo de la razón. Estas no son esferas incompatibles u opuestas sino totalmente complementarias. La razón es un instrumento que tenemos las personas para acercarnos y conocer mejor la realidad que nos rodea desde nuestra naturaleza humana. Podemos estudiar y analizar las relaciones de causalidad que se dan, tanto en la naturaleza como en los fenómenos humanos y sociales y extraer conclusiones precisas sobre estas conexiones. Ello nos permite conocer mejor por qué se da un fenómeno social, prever qué va a pasar en un futuro si se dan unas u otras circunstancias, lo que nos ayuda a tomar decisiones sobre qué hacer o qué no hacer. Este es el campo en el que se mueven todas las ciencias.

La fe nos ayuda a orientar nuestras actuaciones

La fe no nos indica como funcionan los instrumentos, las teorías o las relaciones naturales. No, su aportación está en el campo de los objetivos, de la dirección, de hacia dónde orientar el comportamiento humano. La Fe nos muestra caminos a seguir, objetivos a perseguir, criterios para escoger las sendas según hacia donde nos dirijan estas. Por ello nos orienta sobre cómo utilizar los conocimientos y las herramientas prácticas o teóricas que generan las ciencias. Nos invita a dirigir su uso en una dirección o en otra sugiriéndonos objetivos hacia los que dirigirnos.

Razón y fe se complementan

Mientras que la fe nos señala hacia dónde dirigir nuestra actuación, la razón nos muestra los instrumentos que podemos utilizar para lograr nuestros fines. Los dos se necesitan entre sí. Seguir un fin sin atender a la razón, es dar palos de ciego, es intentar llegar a un sitio sin saber como hacerlo, sin conocer si los instrumentos que utilizamos van a tener o no los resultados deseados. Tener instrumentos y utilizarlos sin saber hacia donde nos dirigimos, qué queremos conseguir o para qué nos sirven, es andar desnortados. Hacer cosas sin conocer el porqué o el para qué, sin una dirección hacia la que dirigirse es estar condenados a aquello que nos avisa la sabiduría popular: “Quien no sabe donde va, seguro que llega a otro sitio”. Utilizar la razón sin seguir ningún sentido conocido nos dirige hacia el lugar equivocado, hacia el sitio al que no queríamos llegar. La DSI ofrece a las ciencias, no nuevos conocimientos, sino una dirección en la que avanzar para que sus aportaciones se pongan realmente al servicio de las personas.

La DSI combina la fe y la razón

La DSI utiliza la fe y la razón y los combina. La fe ilumina a la DSI en el campo de los objetivos, en la dirección a tomar, en los fines hacia los que dirigirse. La fe ayuda a la DSI a saber cuáles son los caminos que orientan la acción social hacia ese mundo mejor en el que reine el amor. Pero para aportar una propuesta válida, la DSI necesita de la razón, necesita dar justificación de que sus propuestas van a dirigir la sociedad en el camino deseado y no hacia otras direcciones. La DSI utiliza las ciencias para que las acciones lleven de una manera eficaz hacia los objetivos que se plantea. Solo así puede tener una mayor certeza sobre que aquellas propuestas que realiza son factibles y le conducen realmente al fin deseado.

La DSI puede mantener un diálogo fructífero con los no creyentes

Este es uno de los principales motivos por los que la DSI puede ser acogida por cualquier persona aunque no sea creyente o cristiana. Al tener una dimensión racional en la que unos objetivos orientados por la fe, son concretados por unas enseñanzas científicas que nos indican como alcanzar estos de una manera más eficaz y cuáles son las principales vías para hacerlo, son fácilmente comprensibles por aquellos que no comparten la fe que ilumina los fines a seguir. Es más, hay muchas personas que comparten los objetivos sociales del cristianismo aún no siendo cristianas, personas que también intentan construir el bien común de la sociedad aunque sus motivaciones para hacerlo no sean de fe. Saber cómo piensan los cristianos sobre la manera de alcanzar estas metas comunes, resulta de claro interés para todos aquellos que estén interesados en mejorar el mundo en el que vivimos. La interacción entre fe y razón permite que esta conexión sea fácil y que se pueda trabajar de una manera sencilla con aquellos que no inspirándose en la Buena Noticia de Jesús, también persiguen unos objetivos similares.

 

 

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¿Qué es la Doctrina Social de la Iglesia?

Artículo públicado en la revista ICONO, año 118, nº 1, Enero 2017, pág: 26 y 27

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17_1_-que-es-la-dsi_pagina_2A principios de este curso estuve de tribunal en una tesis doctoral cuyo tema tenía que ver con la Doctrina Social de la Iglesia (DSI). El doctorando insistió en varias ocasiones durante la defensa de su tesis que la DSI es el “secreto mejor guardado de la Iglesia”. Esta expresión irónica para referirse a la DSI tiene una cierta parte de realidad, porque a pesar de los llamamientos de la Encíclica Mater et magistra (MM) para que “se estudie cada vez más esta doctrina… Se enseñe como disciplina obligatoria en los colegios católicos de todo grado, y principalmente en los seminarios… se incluya en el programa de enseñanza religiosa de las parroquias y de las asociaciones de apostolado de los seglares y se divulgue también por todos los procedimientos modernos de difusión…” (MM 223), muchos nos tememos que esto no es así, que la cantidad de cristianos que conocen, ya no en profundidad, sino tan solo conceptos básicos de la DSI, es bastante reducida.

¿Cuántos cristianos conocen bien la DSI?

De hecho, me encuentro día a día con chavales cristianos que, a pesar de estar involucrados desde la infancia en sus parroquias perteneciendo a los diversos movimientos que hay en estas y recibiendo todos los sacramentos propios de las distintas etapas de madurez, no saben nada de la DSI. En Valencia estamos comenzando unas sesiones de formación para jóvenes de más de veinte años que denominamos “armando lío” y que inciden en esta parte de la formación cristiana. Las personas que las están siguiendo cumplen perfectamente con las características que he comentado con anterioridad. Sin embargo, en la evaluación de las primeras sesiones nos confesaron que todo lo que habían oído era nuevo para ellas, que a pesar de la cantidad de años que llevaban formándose y creciendo como cristianos, este tema les era casi desconocido.

La DSI es parte esencial de la evangelización

El problema que supone esto es más grave si tenemos en cuenta que ya Juan XIII afirmó que “La doctrina social profesada por la Iglesia católica es algo inseparable de la doctrina que la misma enseña sobre la vida humana” (MM 222) y esta misma idea ha sido reafirmada por Pablo VI, Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco. De modo que si sabemos que la Doctrina Social de la Iglesia es parte ineludible de la evangelización y de la Buena Noticia de Jesús ¿Por qué hay tanto desconocimiento de esta? Todo hace pensar que la afirmación del doctorando que evaluamos a principio de curso no iba muy desencaminada, que esta es una parte de la evangelización que se olvida o se descuida cuando estamos transmitiendo nuestro mensaje de esperanza a las personas de nuestro entorno. Por ello, este año 2017 voy a utilizarlo para que nos acerquemos algo más a esta DSI que forma parte del anuncio de la buena noticia que tenemos los cristianos para todas las personas.

Qué es la DSI

Para comenzar, creo que vale la pena que realicemos un acercamiento a la DSI para saber qué es esta “doctrina de la sociedad y de la convivencia humana que enseña y proclama la Iglesia católica” (MM, 218) Para ello, voy a partir de las tres palabras que la componen para acabar con una definición de la DSI que dio San Juan Pablo II en su encíclica Sollicitudo rei socialis. Comienzo utilizando el diccionario de la Real Academia Española porque sus certeras y breves definiciones nos ayudan a comprender mejor la realidad que hay detrás de cada palabra. El diccionario, en su 23ª Edición, define doctrina como “Enseñanza que se da para la instrucción de alguien” o “conjunto de ideas u opiniones religiosas, filosóficas, políticas, etc. sustentadas por una persona o grupo” indicando expresamente el término de “doctrina religiosa” como ejemplo. Define social como “perteneciente o relativo a la sociedad” e Iglesia como “Congregación de los fieles cristianos en virtud del bautismo”.

Lo que nos aportan las tres definiciones

Combinando estas tres definiciones podemos acercarnos al concepto de una manera sencilla sin necesidad de profundizar más en lo que la misma Iglesia dice sobre este término. La Doctrina Social de la Iglesia es un conjunto de enseñanzas de ideas religiosas sustentadas por los cristianos y relacionadas con la sociedad. Esta es la idea inicial que puede ser deducida de un acercamiento simplemente filológico a la DSI y, como vamos a ver en seguida, considerar que la DSI nos muestra las enseñanzas e ideas que la Iglesia tiene sobre cómo vivir en sociedad, cómo relacionarse con los otros y como actuar en nuestro entorno social actual, no difiere mucho de lo que la Iglesia dice sobre la DSI. Por que La DSI “es una cuidadosa formulación del resultado de una atenta reflexión sobre las complejas realidades de la vida del hombre en la sociedad y en el contexto internacional, a la luz de la fe y de la tradición eclesial. Su objetivo principal es interpretar esas realidades, examinando su conformidad o diferencia con lo que el Evangelio enseña acerca del hombre y su vocación terrena y, a la vez, trascendente, para orientar en consecuencia la conducta cristiana” (Sollicitudo rei socialis, 41)

 
 

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Como poner el patrimonio de la Iglesia al servicio de los más desfavorecidos

Artículo publicado en la revista CRESOL Noviembre 2016, pág 18-19

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Ante una situación de crisis continuada y de un porcentaje elevado de la población española por debajo del umbral de la pobreza, la Iglesia se plantea cómo puede colaborar a hacer realidad uno de los principios principales de su doctrina social: el destino universal de los bienes. Este principio deriva en que todas las personas por el mero hecho de serlo, tenemos derecho a nuestra porción de la creación, a unos bienes materiales que sean suficientes para llevar una vida digna y que nos permitan, por ello, ser libres y autónomos.

Para este menester, algunos se plantean que la Iglesia tiene un gran patrimonio que no siempre está al servicio de los más desfavorecidos y que estos bienes deberían ser vendidos para utilizar el producto de su venta en la mejora de aquellos que son más pobres. Sin embargo, esta solución que puede parecer sencilla y que puede tener un atractivo innegable a primera vista, no es siempre la más adecuada para lograr el fin deseado. Por ello, voy a repasar algunas cuestiones relacionadas con este asunto que creo hay que tener en cuenta.

El primero está en el campo de las intenciones, del camino que queremos seguir. La Iglesia debe plantearse seriamente si realmente quiere poner su patrimonio al servicio de los más desfavorecidos. ¿Esto es así? ¿O tenemos otras prioridades de utilización de nuestro patrimonio? Aquí las cosas son sencillas, o lo ponemos al servicio de una cosa o de otra, no existen medias tintas. Si no tenemos claro que nuestro patrimonio debe estar al servicio de todos y si esta es o no nuestra prioridad, cualquier reflexión que hagamos al respecto, es baladí… Además hay que tener en cuenta que mantener un rico patrimonio es caro. Los gastos que conllevan las propiedades de la Iglesia son elevados y mantener la propiedad de los mismos si no pueden ser utilizados para los objetivos eclesiales, no solo es una solución poco adecuada desde el punto de vista económico, sino que está detrayendo recursos que podrían dirigirse a la mejora de quienes peor están o en otros objetivos que no sean el mero mantenimiento de las propiedades.

Una vez se tiene clara esta cuestión, debemos reflexionar sobre qué hacemos con este patrimonio tan rico que tenemos. La solución más sencilla y más simple es la ya nombrada de venderlo y repartir el dinero a los más pobres. Esto puede tener un efecto positivo a corto plazo, pero no tiene por qué tenerlo a largo. Se trata de un reparto esporádico que no soluciona problemas de pobreza cronificada, sino que tan solo permite un respiro en un determinado momento. Además, la venta puede servir para enriquecer más a algunos y el bien vendido puede ser utilizado para justo lo contrario de lo que deseamos. Si además la venta se realiza con prisas puede venderse por un precio demasiado económico, con lo que la consecuencia real de esta venta puede ser la de perder el patrimonio a cambio de una exigua remuneración.

Parece mucho más adecuado para el fin perseguido la utilización de este patrimonio en servicio de quienes menos tienen. Las maneras en las que puede hacerse esto realidad son infinitas. En algunas diócesis del norte han habilitado las antiguas casas de sacerdotes de pequeñas poblaciones rurales para familias pobres que cuidan y enseñan la parroquia, mientras se dedican a cultivar alimentos que se comercializan a nivel regional y consiguen así una fuente de ingresos estable que les permite salir de la zona de exclusión. En otras parroquias realizan alquileres sociales de las propiedades que tienen lo que permite a algunas familias una vivienda digna a un precio razonable. En otros lugares, el patrimonio eclesial es utilizado por organizaciones sin ánimo de lucro que las utilizan para sus fines asociativos en servicio de los más desfavorecidos, o para cooperativas agrarias que han creado puestos de trabajo y productos ecológicos a unos precios económicos. En otros se han creado empresas con un alto componente ético y social que permiten que personas con problemas tengan un trabajo estable con el que ganarse la vida.

Es difícil dar un catálogo completo de las acciones que se pueden realizar, pero la idea esencial es que más que utilizar el patrimonio para lograr recursos y dárselos a los más desfavorecidos, lo que debemos es poner este al servicio de la promoción de estas personas. Así encuentran en este patrimonio cauces que les ayudan a tener unos ingresos estables que les permiten salir del círculo de la pobreza y la exclusión para llevar una vida digna en la que pueden ser libres y desarrollarse y crecer como personas. Además, debemos utilizar nuestro patrimonio para demostrar que se pueden llevar adelante iniciativas económicas de otra manera, de modo que favorezcan a todos. Solamente en el caso de que nuestro patrimonio no pueda utilizarse de ningún modo para la promoción de las personas, que el resto de usos que tengan no colaboren tampoco en este fin y que suponga, además, un gasto que solo se destina a su propio mantenimiento, puede ser conveniente la venta para utilizar sus fondos en invertir en otras actividades que sí que logren estos fines.

 
 

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El reconocimiento social del trabajo

Artículo públicado en la revista ICONO, año 117, nº 10, Noviembre 2016, pág: 26 y 27

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Sabemos que el trabajo es una parte intrínseca y consustancial a la persona. Desde el principio, en el génesis, Dios crea a las personas a su imagen y semejanza y les invita a trabajar la tierra y cultivarla. El trabajo no es una maldición ni un castigo, sino algo que pertenece a la condición originaria de toda persona. Los libros sapienciales consideran al trabajo honrado como fuente de riquezas y de condiciones para la vida decorosa y por ello le consideran un instrumento eficaz contra la pobreza. Sin embargo, al mismo tiempo afirman que no hay que idolatrar el trabajo ya que no es el único lugar en el que podemos encontrar el sentido último de la vida. El trabajo es algo esencial para la vida, pero no lo es todo, ni tampoco el punto esencial para nuestra realización como personas. El trabajo es para el hombre y no el hombre para el trabajo. Estos mismos libros hablan del descanso sabático como el sistema contra el sometimiento humano al trabajo, este descanso es preceptivo y debe respetarse semanalmente. Jesús describe su misión como un trabajo y enseña a apreciar el mundo del trabajo. A pesar de valorar el trabajo, también aporta que no hay que dejarse dominar por el trabajo, que hay otras cuestiones más importantes. Las sagradas escrituras ven el trabajo como una dimensión fundamental de la existencia humana y como una fuente de crecimiento como persona. El trabajo es clave en la Doctrina Social de la Iglesia y por ello ha sido tratado en la práctica totalidad de sus documentos y que tiene una Encíclica dedicada íntegramente a él: la Laborem exercens de Juan Pablo II.

¿Qué es el trabajo?

Pero conviene matizar qué se entiende por trabajo para comprender bien su alcance y aclarar algunas confusiones que se dan con respecto a él. El trabajo es una actividad humana, la realizamos las personas y no las máquinas. Estas son, simplemente, instrumentos que nos ayudan, pero cuando hablamos de trabajo, estamos refiriéndonos a una actividad humana por naturaleza. Las personas trabajamos cuando realizamos una labor destinada a cubrir nuestras necesidades vitales o a proveernos de bienes y servicios que, aunque no son necesarios para nosotros, deseamos tener o disfrutar. Estas necesidades vitales o apetencias y deseos, pueden ser nuestras o de otros. Es decir, se considera trabajo tanto si esta actividad la hacemos para otros como si la realizamos para otras personas.

Tipos de trabajo

En una sociedad como la nuestra existen tres tipos de trabajo. El primero es el trabajo remunerado, es decir, aquel por el que recibimos una remuneración monetaria, ya realicemos este por cuenta ajena o por cuenta propia. El segundo es el trabajo reproductivo. Se denomina así el que se realiza para la propia subsistencia, de modo que no se recibe ninguna remuneración por él. Incluye el trabajo doméstico y todas las actividades destinadas a autoabastecerse de bienes y servicios (tener un huerto propio, arreglarse o construirse la propia casa, reparar sus propios electrodomésticos, etc.) Por último, existe un tercer tipo de trabajo que es el voluntario. Este se realiza en el marco de una organización en la que se trabaja, sin recibir remuneración a cambio, para cubrir necesidades y apetencias de otros.

No todos los tipos de trabajo son apreciados por igual

Todos estos trabajos son importantes para la sociedad. Sin la existencia de alguno de ellos, nuestras comunidades no funcionarían bien. En una sociedad evolucionada y compleja, es importante que exista una riqueza de actividades en la que estén representadas estos tres tipos de trabajo. Sin embargo, no todas estas clases de trabajo son apreciadas por igual. El trabajo remunerado es el único que parece importante en nuestros días. De hecho, si alguien realiza un trabajo doméstico o uno voluntario, se considera que no trabaja. Esto no solo sucede en las definiciones estadísticas (que consideran a quienes no tienen trabajo remunerado ni lo busca como población inactiva), sino que también sucede en la apreciación popular. Parece que solamente trabajan aquellos que lo hacen a cambio de una remuneración y no quienes lo hacen en casa o en una organización como voluntarios.

Revalorizar los trabajos no remunerados

Existe pues una falta de aprecio por el trabajo no remunerado tal, que parece que las personas solamente se pueden realizar o alcanzan su plenitud si logran un salario o unos ingresos monetarios a cambio de su trabajo. Aquellos que optan por el trabajo reproductivo o voluntario (y se quedan en casa para dedicarse a su familia o en una organización benéfica para ayudar a los demás) aparecen como unos fracasados que no han podido acceder a lo único que parece ser adecuado para la realización personal: el trabajo remunerado. Se trata esto de una anomalía que no solo genera sufrimiento en aquellos que se dedican a labores no remuneradas (al no verse reconocidos apropiadamente) sino que además perjudica a la sociedad en su conjunto desincentivando esta clase de opciones. Por ello debemos volver a valorar estos dos tipos de trabajo. Darles la importancia social que se merecen y ayudar a que estas opciones sean tomadas por las personas y sean cauces adecuados, no solo de realización personal, sino de aceptación y reconocimiento social.

 
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Publicado por en noviembre 21, 2016 en trabajo

 

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