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Repensar el objetivo económico

Desde el Foro Creyente de Pensamiento Ético-Económico hemos confeccionado un documento que hemos titulado “Repensar el objetivo económico”. En él pretendemos traer al debate económico la necesidad de orientar nuestro desempeño económico en otra dirección que permita poner la economía al servicio del bien común y de la mejora de todas las personas presentes y futuras que habitamos nuestro planeta.

Por ello os invito a que descargéis el documento, y a que lo difundáis y paséis a quien creáis conveniente. Nuestra intención es crear debate y reflexión sobre este tema, para ello es conveniente que se lea, se discuta y se hable sobre estas ideas.

Aquí tenéis tres vídeos que resumen las principales ideas del documento:

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Crear estructuras de gracia

Artículo publicado en la revista ICONO, año 219, Nº 10 Noviembre, Pág. 26-27

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Tal vez hayamos oído hablar alguna vez de lo que Juan Pablo II denomina “estructuras de pecado”. Se trata de ambientes, instituciones o entidades en las que las personas que participan de ellas se ven inclinadas a actuar de manera egoísta, en contra de ellas mismas o de otras personas. Estas organizaciones o instituciones están estructuradas de manera que aquellas personas que son más egoístas, que fastidian más a los demás, que se comportan yendo en contra del bien común son quienes se ven recompensadas y promocionadas por la entidad. Por el contrario, aquellas que quieren hacer el bien y preocuparse por los demás, que pretenden conseguir el bien común, se ven aquí ninguneadas, excluidas, desincentivadas. Para poder actuar así en estas instituciones o asociaciones necesitan ser verdaderamente valientes y arriesgarse a ponerse en contra de toda la organización.

Ejemplos de estructuras de pecado

Cualquier estructura puede convertirse en una estructura de pecado. No tiene porqué serlo por naturaleza, pero puede transformarse en ella cuando quienes la dirigen o la organizan lo hacen de manera que potencian formas de actuación contrarias a la ética, a la generosidad y a la búsqueda del bien común. Un ejemplo de estructura de pecado fueron los campos de concentración. Muchos de los testimonios de personas que vivieron en ellos demostraban como su estructura demoníaca llevaba a que aquellos que querían sobrevivir en ellos tuviesen que robar de vez en cuando, colaborar con sus carceleros o ser insolidarios con el resto. Esta era la única manera de sobrevivir: afanándose por buscar solo sus propios intereses pasando por encima de quien fuese y olvidándose de quien tenían al lado. Este es un ejemplo exagerado, pero las dinámicas se pueden reproducir en estructuras que de raíz no tienen porqué tener esta característica. Un partido político puede convertirse en una estructura de pecado cuando las personas que quieren medrar en él, en lugar de dedicarse al servicio público, utilizan sus energías en “salir en la foto”, en conspirar contra compañeros, en intentar colocarse junto a aquellos que tienen más poder en ese momento. Una empresa puede convertirse en una estructura de pecado cuando su único criterio es “el negocio por el negocio” y se sacrifica cualquier comportamiento ético en aras de lograr mayores beneficios. Un equipo deportivo puede convertirse en una estructura de pecado cuando su entrenador potencia la competencia entre sus jugadores, cuando vale todo para ganar un partido, cuando se pierde la deportividad… Un grupo de amigos puede convertirse en una estructura de pecado cuando se compite a ver quien se mete más con el otro, a ver quien critica con más gracia al gordo, al orejudo, al alto, al rubio… o cuando para poder ser aceptado te ves obligado a hacer cosas que van en contra de tus convicciones.

Crear estructuras de gracia

Ante una realidad en la que muchas estructuras se convierten en estructuras de pecado, los cristianos tenemos una llamada a la construcción de estructuras de gracia. Estas son aquellas en las que sucede lo contrario de lo descrito hasta ahora. Se trata de instituciones, organizaciones o ambientes en los que las personas que están en ellos, si se dejan llevar por su funcionamiento habitual, acaban haciendo el bien a los demás, tomando decisiones éticas y positivas y viéndose reforzadas como personas. Las mismas instituciones que hemos nombrado con anterioridad y que en ocasiones se convierten en opresoras y negativas para las personas que las componen, pueden ser una fuente de realización y de mejora para aquellas que están directamente relacionados con ellas. Un partido político puede potenciar a aquellos que son mejores servidores de lo público y ayudar a la sociedad a gestionar el bien común y a alcanzarlo de una manera más adecuada. Una empresa puede resultar positiva para las personas que allí trabajan y para la sociedad en la que se encuentra, permitiendo a las primeras un salario suficiente para llevar una vida digna, una ocupación honrosa y potenciadora de sus cualidades y a la sociedad unos bienes y servicios útiles. Un equipo deportivo puede ser una escuela de vida que ayude a comprender la importancia del trabajo en común y de la generosidad entre personas. Un grupo de amigos puede ser el lugar al que acudimos para descansar, para sentirnos más y mejor personas, para crecer con la gente a la que queremos.

Los cristianos estamos llamados a crear estas estructuras

Lograr que una empresa, un partido político, un grupo de amigos, un equipo deportivo, una familia, una escuela, una organización no gubernamental, etc. Se conviertan en estructuras de gracia que sean positivas para quienes están en contacto con ellas o trabajan allí no es fácil. Se trata de una tarea que precisa de personas valientes, que tengan coraje moral para afrontar una tarea ante la cual se encuentran dificultades y resistencias. Pero no solo eso, es preciso prepararse técnicamente para realizar esta labor. No basta con la intención sino que se debe tener una serie de instrumentos y herramientas que permitan lograr esta transformación de las estructuras. Los cristianos estamos llamados a construir el Reinado de Dios en la tierra. La edificación de estructuras de gracia en los lugares en los que trabajamos y desarrollamos nuestra labor habitual es una de las labores de anuncio de la buena nueva que tenemos encomendados. Ser valientes y contar con la pericia necesaria para llevar nuestros objetivos a buen puerto, son dos elementos necesarios para que las estructuras favorezcan a las personas que están en contacto con ellas. El reinado de Dios supone que nos es más fácil y más sencillo que el amor sea el norte que dirija nuestras vidas porque vivimos en estructuras que favorecen que esto sea así. Construir estas estructuras es otra manera de anunciar la buena noticia de Jesús.

 

 

 

 

 
 

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La transparencia económica como instrumento de evangelización

Artículo publicado en la revista Cresol, Any 18, núm. 138, Juliol-agost 2017, pág: 24-25

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La Iglesia española tiene un compromiso de transparencia económica que firmó en 2016 con transparencia Internacional España al que se ha visto abocado debido a que una parte de su financiación de proviene de las arcas públicas del Estado. Dos son los aspectos principales relacionados con esta cuestión. El primero es la obligatoriedad de transparencia que exige el Estado a las instituciones que reciben fondos públicos. Sin entrar en detalles, la idea general que hay detrás de esta cuestión es una exigencia del sector público para que sus ayudas al sector privado sean utilizadas para la finalidad a la que se destinan, y para que las entidades que las reciben cumplan unos requisitos de transparencia económica que permitan que cualquier persona compruebe que están cumpliendo sus fines asociativos o fundacionales y que estos son acordes con los fines del Estado. El segundo aspecto tiene que ver con necesidad de convencer a las personas que realizan la declaración de la renta para que asignen la parte correspondiente a la financiación de la Iglesia. Para ello, la transparencia se entiende como una cuestión clave ya que permite que cualquiera persona sepa cómo utiliza la Iglesia el dinero que les dona y así opte finalmente por hacerlo.

Además, la Iglesia también incluye en este compromiso de transparencia la auditoría de sus cuentas por parte de empresas auditoras reconocidas a nivel nacional. Más allá del desprestigio en el que pueden haber incurrido estas empresas que han auditado de manera positiva a empresas y entidades financieras que han quebrado poco tiempo de pasar positivamente una de estas auditorías (generando la lógica duda de para qué sirve entonces una auditoría que no detecta estos graves problemas de funcionamiento), esta medida también intenta garantizar a todos aquellos que trabajan con la Iglesia que los datos aportados en sus cuentas son veraces y responden a su realidad económica.

Estas medidas de transparencia provocan algunas suspicacias en el interior de la Iglesia. Algunos pueden pensar que por qué tiene la Iglesia que abrir las tripas de sus cuentas ante cualquier persona que, además, puede estar buscando cualquier escusa para atacarla. También aparece aquí una idea de que no hay que lucir cuando se hace el bien a los demás. No es necesario estar diciéndole a todo el mundo si damos dinero o no a los más desfavorecidos. Esta cuestión debe quedarse en la intimidad para no ceder a la tentación de creerse mejor que los otros porque hacemos más cosas por los que peor están. Se trata de tendencias que han ido decreciendo paulatinamente ya que cada vez hay más personas convencidas de la necesidad de la transparencia, de que no hay que esconder la importante labor social que realiza la Iglesia, aunque solamente sea por causas legales y de imagen.

Opino sin embargo que la transparencia no solamente debería ser una opción lógica ante un momento en el que es necesario potenciarla por estas cuestiones, sino que la transparencia económica debería contemplarse como una marca de la casa, como una parte más de la evangelización. Porque el cristianismo también tiene una buena noticia en la economía, una buena noticia que puede resumirse de una manera magnífica con las palabras de Benedicto XVI en su Encíclica Caritas in veritate (36) La doctrina social de la Iglesia sostiene que se pueden vivir relaciones auténticamente humanas, de amistad y de sociabilidad, de solidaridad y de reciprocidad, también dentro de la actividad económica y no solamente fuera o «después» de ella. El sector económico no es ni éticamente neutro ni inhumano o antisocial por naturaleza. Es una actividad del hombre y, precisamente porque es humana, debe ser articulada e institucionalizada éticamente… En las relaciones mercantiles el principio de gratuidad y la lógica del don, como expresiones de fraternidad, pueden y deben tener espacio en la actividad económica ordinaria. Esto es una exigencia del hombre en el momento actual, pero también de la razón económica misma. Una exigencia de la caridad y de la verdad al mismo tiempo.”

Por ello, teniendo en cuenta que la doctrina social de la Iglesia, como un elemento esencial de evangelización, es anuncio y testimonio de la fe. Es instrumento y fuente imprescindible para educarse en ella” (Civ, 15), debemos ser conscientes de que la economía puede ser organizada de otra manera, de que puede haber una economía más humana que esté al servicio de las personas. Y ¿cómo anunciar esta buena noticia de que es posible introducir la gratuidad y la lógica del don en la economía? Poniéndolo en práctica en nuestras actividades, en nuestras casas, en nuestras diócesis, en nuestras congregaciones, en nuestros colegios,… Para que todos vean que esto no son simples palabras vacías de contenido, sino un compromiso y una realidad que puede ser vivida en cualquier institución.

En un marco así, la transparencia ya no es una obligación o una carga que tenemos que cumplir porque nos obligan, sino que la transparencia pasa a ser un anuncio, un testimonio de que la luz de Dios puede brillar también en la economía y que esta deja transparentar el amor como fuente de racionalidad económica. Vista así, la transparencia pasa a ser un instrumento de evangelización, de anuncio de la buena nueva para la economía que tantos y tantos están esperando.

 
 

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La economía como excusa para la relación

Artículo publicado en la revista ICONO, año 219, Nº 8 Septiembre, Pág. 26-2717_9 la economía es relación_Página_1

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Ir a la panadería, al mercado, a la peluquería, a la carnicería… Son actividades económicas que históricamente han tenido un componente importante de relación con los demás. Tendemos a comprar y realizar nuestros intercambios económicos en lugares que estén cercanos a nuestro hogar y que suelen repetirse: vamos habitualmente al mismo supermercado, a la misma librería, al mismo médico… Esto ha resultado siempre en que nuestras compras y nuestros intercambios económicos han tenido un importante elemento relacional, es decir, hemos conocido a las personas que nos venden las cosas que necesitamos y nos hemos relacionado con ellas en el momento de la compra. Les hemos saludado, les hemos preguntado como les iba y, con frecuencia, hasta se ha establecido una pequeña conversación.

Te llaman por tu nombre

Este conocimiento supone que cuando entras a una de estas tiendas te llaman por tu nombre y se interesan por ti. La relación va más allá de la compra y del simple intercambio ya que con frecuencia se pregunta por la familia, se comenta lo último que ha pasado en el pueblo, en la ciudad o en el país. La compra tiene su tiempo y parte de ese tiempo se pasa relacionándose con la persona que se tiene delante. En este marco, se establece una relación de confianza, de interés mutuo, en el que quien vende intenta satisfacer las necesidades de la persona que tiene delante porque la conoce, porque es su vecina, porque tiene una relación con ella que, aunque no sea profunda porque no son familia o amigos, le lleva a preocuparse por ella, a querer lo mejor para la persona que tiene delante. Al mismo tiempo la persona que compra confía en su tendero, en su peluquero, en su director de banco… Sabe que el precio que le va a poner es el justo, que ello le permite ganarse la vida, y que se va a encontrar con él, probablemente, en las fiestas de su localidad, paseando por las calles de su población, recogiendo a los niños en la puerta del colegio, etc. Sabe que no le va a engañar porque hay una relación de confianza que va más allá de la simplemente mercantil.

La economía tiene así un componente humano importante

El intercambio económico tiene así un componente relacional y humano importante. Las compras y las ventas vienen acompañadas de una relación con el otro. Quien me vende o quien me compra son unas personas con nombres y apellidos a las que estoy ayudando a cumplir sus objetivos, ya sean estos los de ganarse la vida de una manera decente o los de lograr unos bienes o servicios que quieren o necesitan para vivir bien. Por ello, en esta manera de realizar los intercambios económicos tiene cabida la gratuidad y la lógica del don tal y como las entiende Benedicto XVI en su encíclica Caritas in veritate (36). Cuando nos relacionamos con quienes intercambiamos cosas, es sencillo impregnar nuestra compra o nuestra venta de humanidad, de preocupación por la otra parte del intercambio, de ayuda y de don a quien se relaciona con nosotros.

Intercambios sin relación

Sin embargo, la manera en la que se organiza la actividad económica en nuestra sociedad desde hace bastante tiempo, nos está llevando claramente en la dirección opuesta. Desde la organización de los supermercados en los que nos auto-abastecemos de los bienes, en los que es difícil encontrar alguien que nos aconseje o nos ayude a decidir y en los que con frecuencia solamente nos relacionamos con la persona que está en la caja y esta intenta ir lo más rápido posible para atender al siguiente cliente, hasta las actuales compras a distancia en las que nuestro contacto con el bien comprado se realiza solamente a través de internet y en la que desconocemos a las personas que nos venden el bien, con las que solamente mantenemos una relación telemática-epistolar (si es que la llegamos a mantener) o las gasolineras en las que no hay personas que nos vendan la gasolina y lo hacemos todo nosotros solos, todas estas actividades económicas nos llevan a que realicemos intercambios económicos sin relacionarnos para nada con la otra parte.

Deshumaniza el intercambio

Cuando el intercambio está deshumanizado, cuando no conocemos a la contraparte, cuando esta es una máquina, un ordenador o una estantería llena de productos, es difícil ser gratuito, es difícil introducir la lógica del don en nuestros intercambios, porque ¿cómo voy a ser gratuito con una máquina? ¿cómo voy a favorecer a unos clientes a los que nunca he visto, con los que nunca me he relacionado y a los que no conozco? El vendedor y el comprador dejan de ser personas que se relacionan a través de un intercambio económico y pasan a ser individuos que buscan sacar su máximo beneficio particular. Suprimir el componente relacional de las compraventas permite deshumanizar la economía y que el intercambio se convierta en una no-relación, ya que las dos partes ni se conocen ni tienen contacto personal. El otro, con quien realizo el contrato, pierde toda la importancia, está diluido en una compra o una venta en la que solo importa mi beneficio y para que este sea máximo, el otro estorba. Una economía así deja de ser una excusa para la relación y pasa a convertirse en un economía deshumanizada en el que solamente importa el beneficio que obtengo gracias al intercambio que realizo.

 

 

 

 

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Cambiar el estilo de vida

Artículo publicado en la revista ICONO, año 219, Nº 7 Julio-agosto, Pág. 26-27

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Tal vez sea casualidad, pero no lo creo así. Nuestros tres últimos obispos de Roma nos han hablado de la necesidad de cambiar nuestro estilo de vida. Juan Pablo II nos dijo en la Encíclica Centesimus annus (36) que “Es necesario esforzarse por implantar estilos de vida, a tenor de los cuales la búsqueda de la verdad, de la belleza y del bien, así como la comunión con los demás hombres para un crecimiento común sean los elementos que determinen las opciones del consumo, de los ahorros y de las inversiones.”, Benedicto XVI insistió en su Encíclica Caritas in veritate (51) en que “esto exige que la sociedad actual revise seriamente su estilo de vida que, en muchas partes del mundo, tiende al hedonismo y al consumismo, despreocupándose de los daños que de ello se derivan. Es necesario un cambio efectivo de mentalidad que nos lleve a adoptar nuevos estilos de vida” y por último, Francisco también nos ha dicho en su Encíclica Laudato si (23) que “La humanidad está llamada a tomar conciencia de la necesidad de realizar cambios de estilos de vida, de producción y de consumo”.

No es una casualidad

No es una casualidad que los tres hayan insistido en esta necesidad de cambio. Aunque creamos que nuestra manera de comportarnos y de hacer las cosas no tiene influencia en la sociedad debido a que somos tan solo una persona entre más de 7.000 millones en todo el mundo, esto no es así. En primer lugar porque lo que sucede en la creación es consecuencia de la suma de lo que hacemos todos los que en ella vivimos y en segundo, porque sobre lo único que tenemos una influencia clara y que podemos cambiar de una manera segura es nuestra manera de vivir (y no la de los otros). Por estos dos motivos, cambiar nuestro estilo de vida es una de las mayores contribuciones que podemos hacer para que los valores que priman en nuestro entorno sean realmente diferentes y mejores.

Cambiar el estilo económico de vida.

Si hay otro elemento que coincide en estas tres llamadas a cambiar el estilo de vida y a modificar la mentalidad que tenemos sobre la manera en la que vivimos, es resaltar que este cambio debe darse en varios elementos que tienen en común ser componentes económicos de nuestra existencia. El que se repite en los tres casos es el consumo, las compras o más en concreto (como lo denomina Benedicto XVI) el consumismo. Además de este, Juan Pablo II habla de ahorros e inversiones, mientras que Francisco habla también de producción. Se trata de cuestiones económicas todas ellas. En una sociedad como la nuestra en la que lo económico tiene una posición preponderante y el tener más aparece como el objetivo prioritario, cuando los obispos de Roma nos piden cambiar el estilo de vida, piensan esencialmente en cuestiones que tienen que ver con vivir la economía de otra manera, orientar nuestro consumo, nuestra producción, nuestros ahorros e inversiones y nuestro quehacer económico en su conjunto en otra dirección.

Renunciar al hedonismo y al consumismo

El origen de este aviso tiene que ver con la constatación de que en muchas partes del mundo tenemos un estilo de vida que pone por delante el pasarlo bien y el disfrutar de la máxima cantidad de cosas, para lo que se exacerba el consumo y la compra de bienes, servicios y experiencias. Esta búsqueda del tener, del experimentar, nos hace ciegos a la belleza, al bien, a la verdad y nos lleva a unos estilos de vida insatisfactorios para nosotros mismos porque siempre queremos más y nunca nos conformamos con lo que tenemos. Unos estilos de vida que nos impiden vivir en armonía con la naturaleza y con la creación y que nos hacen tener siempre prisas y ser insensibles al sufrimiento del otro. Una manera de vivir que nos lleva con frecuencia a dar importancia a lo que no la tiene y descuidar las cuestiones clave de nuestra existencia.

Proponer ese estilo de vida

Por ello los tres papas se empeñan en mostrarnos (como habían hecho otros anteriores) un estilo de vida que no se centra en lo superfluo sino en lo esencial, en el que el tener está al servicio del ser y no al contrario, en el que nos animan a que cuidemos de la creación y tengamos tiempo para disfrutar de ella, a que dejemos de ser consumidores para ser compradores, a que utilicemos nuestros ahorros para mejorar la sociedad en la que nos encontramos y no para incrementar nuestros ingresos y nuestra riqueza, etc. En esencia, un estilo (como dice Francisco en su Encíclica Laudato si 222) que al “hacerse presente serenamente ante cada realidad, por pequeña que sea, nos abre muchas más posibilidades de comprensión y de realización personal. La espiritualidad cristiana propone un crecimiento con sobriedad y una capacidad de gozar con poco. Es un retorno a la simplicidad que nos permite detenernos a valorar lo pequeño, agradecer las posibilidades que ofrece la vida sin apegarnos a lo que tenemos ni entristecernos por lo que no poseemos. Esto supone evitar la dinámica del dominio y de la mera acumulación de placeres.”

 

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A vueltas con el ahorro de las familias

Artículo publicado en Noticias Obreras, Julio 2017, nº 1597, Pág: 12-13.

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La tasa de ahorro ha vuelto a decrecer en nuestro país a niveles previos a la crisis, nuestra tasa es, además, baja en comparación con la media de la Unión Europea y con la de algunos de los países de la UE que son asimilables al nuestro en tamaño y renta per cápita. En este artículo vamos a analizar algunas de las variables que inciden en que esta tasa de ahorro sea baja y además decreciente.

En primer lugar hay que resaltar que los países más ricos tienen unas tasas de ahorro habitualmente más bajas. Para entender el porqué hay que recordar que las causas que llevan a que las personas aplacen su consumo actual para comprar cosas en el futuro (en esto consiste el ahorro) son tres principalmente: La primera es la de prever posibles imprevistos futuros que hagan que se necesite más dinero del que se gana (un accidente, una enfermedad, quedarse sin trabajo…). La segunda es comprar un bien caro cuya adquisición no se puede afrontar con los ingresos mensuales. La tercera es invertir en un negocio o en unos estudios que aseguren unos ingresos futuros suficientes para vivir.

En una economía compleja y de buen funcionamiento (en lineas generales) como la nuestra, estas cuestiones están cubiertas por otros medios diferentes al ahorro lo que hace que las personas no se vean muy incentivadas a ahorrar en exceso. Los imprevistos están cubiertos por el Estado que ofrece pensiones a las personas mayores, a quienes caen enfermos o subsidios de desempleo a quienes se quedan en paro. El sistema financiero complementa esta función pública de asesoramiento a través de seguros privados (que frecuentemente son obligatorios) por si hay un accidente de automóvil, nos roban o se quema nuestra casa u tras posibilidades. Este mismo sistema financiero también sirve para desincentivar el ahorro porque ofrece préstamos con un tipos de interés bajos y con grandes facilidades que hacen relativamente fácil y no excesivamente caro financiar la compra de un automóvil, de una casa o chalet, de un electrodoméstico, o invertir en un negocio o en un programa de estudios.

Pero no son estos los únicos elementos que ayudan a esta tendencia de los países más ricos a tener unas tasas de ahorro bajas. Nuestra sociedad en su conjunto transmite a las personas que vivimos en ella que el tener más es la manera de incrementar nuestro bienestar. El negocio bancario se sustenta sobre todo en su capacidad de prestar y no en la de captar ahorros. Por ello, existe una presión publicitaria y societaria para que no aplacemos las compras para más adelante, sino que las financiemos y las disfrutemos hoy mismo. Se puede tener hoy más de lo que nos permiten nuestros ingresos, por lo que parece que no hacerlo así es perder las oportunidades que nos ofrece nuestro entorno y nuestra organización económica.

Dos aspectos más influyen en el nivel de ahorro. El primero es el nivel de ingresos percibidos. Cuando este es bajo, la capacidad de ahorro se ve mermada. Las personas con ingresos bajos tienen poca capacidad para guardar dinero para el futuro ya que tienen que gastarse todo o gran parte del que ingresan en atender las necesidades presentes. De hecho, cuando estos ingresos son muy bajos, puede suceder que las personas tengan que recurrir a sus ahorros anteriores para poder sobrevivir lo que produce un desahorro mientras esta situación se mantiene. En segundo lugar están las expectativas económicas que tienen las personas. Cuando estas son malas, las familias están incentivada a ahorrar por si las cosas van a peor. Pero cuando las cosas van bien y se cree que van a ir a mejor, el incentivo para un ahorro que prevea imprevistos se reduce y las familias consumen más.

En estos momentos se juntan varios elementos que llevan a que el ahorro se esté reduciendo. En primer lugar la crisis no ha servido para cambiar con la cultura del “tener más”. La mentalidad continúa siendo la misma que previamente a la crisis y, aunque haya habido que articular sistemas de defensa ante una situación económica delicada para muchas personas (pero no para todas), la cultura económica se mantiene y se sigue pretendiendo que se produzca cada vez más para lo que se necesita también un consumo creciente. Además de esto, a pesar de que se ha incrementado el empleo, los salarios no son excesivamente altos. Ello conjuga dos efectos que también empujan hacia el descenso del ahorro, la imposibilidad de ahorrar por no tener unos ingresos demasiado elevados y la mejora de las perspectivas económicas que puede llevar a un ambiente optimista en el que se piensa que no habrán problemas en un breve espacio de tiempo por lo que es innecesario ahorrar.

Por último, la laxa política monetaria que ha bajado los tipos de interés a niveles muy bajos y que hace que pedir prestado sea más barato que nunca, junto con una remuneración del ahorro en forma de intereses prácticamente nula, también incentivan a endeudarse más que a guardar unos ahorros por los que no se van a recibir intereses.

Cabría preguntarse si esto es positivo o negativo para la economía de nuestro país. Para España en su conjunto, una baja tasa de ahorro junto con un incremento del consumo privado (tal y como se está dando) tiene un efecto positivo para el crecimiento económico (como se está observando). La producción se incrementa más que en otros países europeos gracias a que gastamos más que ellos y ahorramos menos. Este elemento positivo a corto plazo según una perspectiva de crecimiento económico, tiene un problema en cuanto a nuestra capacidad de inversión. En la medida que tenemos menos ahorros, vamos a poder invertir menos y si queremos mantener el nivel inversor tendremos que recurrir a ahorros exteriores lo que puede deteriorar nuestro déficit exterior. Aunque esto no sucede todavía, si la tendencia sigue en esta dirección, podría pasar en el futuro y reproducir alguno de los problemas económicos que ya teníamos antes de la crisis. Es decir, podría sucedernos otra vez lo que describe el refrán castellano como “pan de hoy y hambre para mañana”. La reducción del ahorro compromete nuestra capacidad de invertir y, si esta conlleva un incremento elevado del endeudamiento, compromete un futuro en el que tendremos que devolver todo lo que hemos pedido prestado.

 

 
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Publicado por en septiembre 4, 2017 en ahorro y finanzas

 

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Globalización y bien común

Artículo publicado en la revista ICONO, año 119, nº 5, Mayo 2017, pág: 26 y 27

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La principal función del Estado en una sociedad es la de velar por la consecución del bien común. El objetivo de toda su actuación, tanto económica, como política o cultural es lograr construir unas condiciones sociales que permitan a todas las personas desarrollarse y perfeccionarse como tales. Si analizamos esta función desde el punto de vista económico, el Estado tiene la obligación de articular sistemas económicos que garanticen a todas las personas un nivel de ingresos mínimo que les permita desarrollar una vida digna. Esto se debe lograr sin menoscabo de la iniciativa de las personas y sus organizaciones, colaborando con el resto de la sociedad civil y potenciando un entorno favorable para la construcción de una sociedad inclusiva, plural, armónica y en la que nadie quede excluido o descartado. Esta es la verdadera vara de medir para saber si un Estado está cumpliendo correctamente su función. El Estado no puede sustituir a la sociedad civil, sino que debe ponerse a su servicio promoviendo que todos sus componentes colaboren en la consecución de ese bien común desde sus propias características y peculiaridades.

Una globalización que no ayuda a la consecución de estos objetivos

Sin embargo, la globalización creciente está llevando a que el poder del Estado nacional se vaya reduciendo progresivamente. Muchas políticas ya no pueden llevarse a cabo por un solo Estado porque la realidad globalizada de la economía deja sin efecto estas medidas tomadas a nivel nacional. La capacidad del Estado de lograr el bien común se ve, por tanto, limitada por una globalización que hace que las medidas tengan que tomarse a nivel internacional para que surtan efectos reales. Si un Estado quiere tomar decisiones que van en una dirección diferente a la globalización va a tener problemas para que estas tengan efectos reales sobre el Bien común. La consecución del bien común es, cada día más, una responsabilidad de la comunidad internacional que debe tomar parte de la responsabilidad del gobierno para perseguirlo.

Una globalización orientada en otra dirección

Sin embargo, nos encontramos ante un proceso de globalización que no tiene un gobierno que la oriente hacia el bien común. La globalización parece perseguir tan solo la consecución de un mayor crecimiento económico. De hecho, cuando políticos y economistas alertan sobre aquellos gobiernos o movimientos que propugnan tomar medidas contra la globalización creciente, siempre aducen que esto puede reducir el crecimiento económico mundial. Una organización económica que se basa en la liberalización total del mercado tiene una serie de fallos que van en contra del bien común, ya que (entre otros) produce e incrementa las desigualdades, favorece la concentración de la producción en pocas empresas por lo que acaba con la competencia y provoca ciclos económicos que hace que la economía vaya muy bien en algunas épocas y muy mal en otras. Estos y otros efectos son los que se están dando a nivel mundial debido a una globalización que se desentiende del bien común y se centra en lograr, tan solo, crecimiento económico.

La DSI propone la necesidad de un gobierno mundial para el bien común

Por todo ello la DSI demanda la necesidad de un gobierno mundial que regule el mercado mundial para que este instrumento válido se ponga al servicio de la construcción del bien común: “Cada día se siente más la necesidad de que a esta creciente internacionalización de la economía correspondan adecuados órganos internacionales de control y de guía válidos, que orienten la economía misma hacia el bien común, cosa que un Estado solo, aunque fuese el más poderoso de la tierra, no es capaz de lograr.” (Centesimus annus 58) Sin una orientación de la globalización en esta dirección, sin una voluntad concretada en una suerte de gobierno mundial, difícilmente el incremento de relaciones económicas internacionales puede beneficiar a todas y cada una de las personas que viven en el planeta. Podrá lograr, eso sí, un mayor crecimiento económico, pero a costa de los problemas ya señalados.

Distintas medidas a tomar

Juan Pablo II hablaba en su encíclica Sollicitudo rei socialis 43 de distintas medidas que podían concretar este gobierno mundial al servicio del bien común. Proponía allí reformar el sistema internacional de comercio, el sistema monetario y financiero mundial, mejorar los intercambios de tecnología entre países y mejorar la estructura de las organizaciones internacionales. Insistía en que es necesario “un grado superior de ordenamiento internacional, al servicio de las sociedades, de las economías y de las culturas del mundo entero” (SRS 43). Todas estas medidas y ese grado superior de ordenamiento debería ser una manera de lograr la solidaridad universal, una cooperación entre los países y entre las personas de distintas procedencias porque existe una fuerte interdependencia internacional de manera que todos somos responsables de todos. El hecho esencial es tomar conciencia de que, tal y como ya afirmaba Pablo VI “la cuestión social ha tomado una dimensión mundial” (PP 3), los Estados nacionales son insuficientes por si mismos para solucionar los problemas globales que hay que abordar y que tienen una dimensión internacional. El problema no es la globalización, sino como organizamos y hacia donde orientamos esta. Precisamos de organismos que dirijan esta hacia un bien común internacional tal y como nos indica la Doctrina Social de la Iglesia.

 

 

 

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