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Comercio, competencia y coronavirus

Os hago una propuesta. Aprovechar el confinamiento para realizar una conversación sobre cómo el comercio y la estructura empresarial actual está mejorando o empeorando la solución a la crisis sanitaria en la que nos encontramos.

La conversación será el próximo domingo día 29 de Marzo a las 18:00 en el siguiente enlace:

https://eu.bbcollab.com/guest/1828c8eaf25b4be8a893dd33bde1ecee

Pretendo que sea el principio de una serie de conversaciones que podamos mantener sobre temas relacionados con cómo construir una economía para la esperanza. Esto es solo el principio.

Para preparar el tema os sugiero que leáis el siguiente artículo que he escrito hoy:

Comercio, competencia y coronavirus

La presente crisis sanitaria nos ha puesto de frente a unas realidades económicas que algunos desconocían antes de que la situación de confinamiento nos enfrentase a las noticias diarias de la evolución de la pandemia. La primera es constatar que la mayoría del material que precisamos para proteger a nuestros sanitarios y para combatir la plaga se produce en el exterior de nuestras fronteras.

Uno de los motivos principales por los que esto se da es el empeño que tenemos a nivel internacional desde hace años de lograr que el comercio mundial se incremente año tras año. Hemos creado una institución internacional, la Organización Mundial de Comercio, que persigue este objetivo. Como indica en su propia página web: “El propósito primordial del sistema es contribuir a que el comercio fluya con la mayor libertad posible, sin que se produzcan efectos secundarios no deseables, porque eso es importante para el desarrollo económico y el bienestar”. Así, nos parece un motivo de orgullo que el porcentaje del PIB mundial que se comercia haya pasado entre 1995 y 2018 de un 20% a un 30% (según los datos que nos aporta el Banco Mundial). Esto significa que de media en el mundo un 30% de lo que consumimos se ha producido fuera de nuestras fronteras. Este panorama se considera deseable y mejor que el que pasaba hace 25 años, cuando el porcentaje era mucho más bajo.

La segunda realidad que hemos visto en esta crisis es cómo la concentración empresarial elevada que se ha llevado a cabo durante los últimos años y que ha reducido el número de empresas existentes y ha aumentado su tamaño, hace que a la hora de comprar material sanitario solo podamos recurrir a unas pocas empresas que están suministrando a todo el mundo. Esto conlleva, no solo que sus plantas de producción están allende de nuestras fronteras, sino que la demanda de estos productos se concentra en unas pocas empresas que tienen un gran poder ya que pueden priorizar unos u otros pedidos. Así, los servicios de salud tienen que entrar en competencia con otros para lograr que las empresas les suministren a ellos más rápidamente que a los otros. Se entra en una competencia en la que, en lugar de favorecer la bajada de precios y la mejora de bienes y servicios, los precios se incrementan y los únicos beneficiados parecen ser los productores e intermediarios que pueden mejorar sus resultados empresariales gracias a las posiciones de monopolio que mantienen que les permiten subir los precios.

Algunos te dicen que estas dos tendencias que hemos observado en los mercados internacionales estos últimos años son naturales y que no podemos hacer nada ante ellas, sin embargo esta afirmación no es verdadera. Esta situación es el resultado de políticas y de presión que han llevado a cambios legislativos enfocados a lograr, precisamente, estos dos objetivos. No solo la Organización Mundial de Comercio lleva muchos años impulsando políticas para posibilitar que este fenómeno se dé, sino que también grandes corporaciones comerciales y muchos Estados han realizado empeños para que esto fuese así: mejorando las infraestructuras de transporte mundiales, cambiando las normas económicas internacionales, potenciando que las empresas nacionales fuesen cada vez más grandes, aprobando normativas que respaldaban a las grandes compañías reduciendo las posibilidades de las pequeñas, etc.

Esta voluntad se ha llevado adelante argumentando que estas políticas permiten que el crecimiento económico mundial sea mayor. Se argumenta un círculo virtuoso entre más comercio, empresas más grandes, menores precios y mayor crecimiento económico mundial. Así, el objetivo principal que aparece detrás de estas políticas económicas es que la producción mundial anual de bienes y servicios se incremente cada año más y pueda crecer para lograr nuestra meta económica de tener cada vez más. Los grandes beneficiados de estas políticas son las grandes corporaciones que ven, por un lado cómo los Estados generan infraestructuras que les permiten mover con facilidad sus bienes y servicios de un lugar a otro del mundo; por otro, cómo pueden elegir aquel lugar del mundo en el que sus costes son menores para que sus beneficios puedan ser máximos; en tercer lugar cómo la adquisición de tamaño les permite abaratar los productos para incrementar sus ganancias totales gracias al incremento de las ventas; por último cómo hemos construido una estructura financiera internacional que les permite mover los fondos de un lugar a otro y encontrar lugares en los que los pagos de impuestos sean más reducidos.

Los problemas que esto genera creo que los estamos observando con esta crisis. Así que creo que debemos recordar algunas cuestiones que deberíamos replantearnos a la hora de pensar en qué clase de economía internacional queremos para nuestro futuro. El primer punto sería si realmente es deseable que cada vez mayor porcentaje de nuestra producción se venda en un país diferente al que se produce ¿Por qué la situación actual es mejor que la de 1995? ¿Por qué es mejor que el porcentaje de producto importado sea un 30% en lugar de un 21%? Además, el comercio internacional tiene un impacto ecológico importante que no tenemos en cuenta (y que no voy a describir aquí) con unos costes medioambientales que no se incorporan en los precios. Así, el primer punto a replantearse es si no es hora de reducir el porcentaje de comercio internacional existente en nuestro planeta. Si no deberíamos plantear como deseable que los bienes se produjesen lo más cerca posible del lugar en el que se consumen. Las nuevas tecnologías y los sistemas de producción nos permitirían lograr esto sin demasiados problemas y evitaríamos algunos de los inconvenientes que genera la producción en masa en lugares del planeta alejados al nuestro.

La segunda propuesta sería la de incrementar el mercado. Ante la reducción de los mercados que supone el incremento del tamaño de las empresas y la reducción de su número ¿Por qué no potenciar la existencia de más empresas y de tamaño más pequeño? ¿No es mejor una estructura de mercado donde exista más competencia para que el poder esté en los compradores y no en los productores como en la actualidad? ¿No podemos penalizar a las grandes empresas y potenciar las pequeñas ayudando así también al desarrollo de los emprendedores que dan frescor a los diferentes sectores económicos?

Es evidente que estas dos medidas que parecen esenciales para evitar problemas como el que tenemos ante nosotros en estos momentos tendrían que acompañarse de un paquete de medidas y, evidentemente, por un cambio de paradigma económico. Pero esto es por lo que tenemos que trabajar en la construcción de una economía para la esperanza, de un sistema económico que ante un problema como el actual sea una ayuda para todos y no un obstáculo para la curación de las personas y la mejora de la situación de crisis sanitaria en la que nos encontramos.

OS ESPERO EL DOMINGO, HABLAMOS….

 
 

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Publicado por en marzo 26, 2020 en Blog Vida Nueva

 

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