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Ética y empresa

El pasado 6 de Abril de 2017 presentamos en Valencia el cuaderno de ética en clave cotidiana “La Función Social de la Empresa: una propuesta de evaluación ética” con Josep Ochoa Monzó, Director General de Responsabilidad Social y Fomento del Autogobierno de la Generalitat Valenciana.

Aquí tenéis una entrevista emitida en Radio Nacional en la que se resume el contenido de la presentación. También podéis encontrar el resumen del acto en: https://medios.uchceu.es/actualidad-ceu/presentan-una-nueva-metodologia-para-evaluar-a-las-empresas-segun-el-grado-de-cumplimiento-de-su-funcion-social/

Podéis encontrar más referencias de este cuaderno en este blog en:

La función social de la empresa: una propuesta de evaluación ética

Evaluación ética para empresas y entidades del tercer sector

La empresa y su función social
La función social de la empresa

El empresario y el prestigio social
Función versus responsabilidad social de la empresa

 

 

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La Solidaridad (esa palabra con mayúsculas)

Artículo publicado por el Boletín nº 31 de Navidad de 2016 de la Asociación Resurgir (Pág:12-13)

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Mucho se habla de la solidaridad, es un tema recurrente en ambientes concienciados por ella, pero también en ambientes que no necesariamente la ven como algo positivo. Sin embargo, existen ideas falsas de solidaridad que distorsionan el prestigio de una palabra que puede haberse desgastado para algunos. Solidaridad no es cualquier cosa. Algunos la consideran un simple sentimiento, otros piensan que se da cuando gente que comparte alguna característica se une para luchar por sus propios intereses o contra sus enemigos comunes, otros la ven como un sentimiento que va desde quienes pueden a quienes lo tienen peor para poder ayudarles a mejorar… Pero no, la solidaridad es algo más. La solidaridad, en una primera instancia, es una exigencia ética. No se trata de una moda, de algo que hago porque lo siento así, sino de una opción ética, de una manera de comportarse que elegimos libremente y que determina nuestro modo de actuar y nuestra manera de ser. La solidaridad es una opción que nos anima a prestarnos ayuda mutua, a saber que nuestra felicidad depende no solo de lo nuestro, sino de lo que le sucede a los demás. Soy más feliz en la medida que los otros lo son también. Es la conciencia de que todos somos responsables de todos. Mi opción ética me lleva a ligar mi destino y mis actuaciones a las de las demás personas, a saber que no vivo solo, sino en sociedad y que lo que les sucede a los otros también es de mi incumbencia.

Para profundizar más en este concepto hay que describir los elementos que tiene la solidaridad. El primero es el elemento compasivo. Ser compasivo es intentar empatizar con el otro, saber ponerse en su piel para comprenderlo. Solamente si intentamos pensar, sentir o estar como la persona que tenemos a nuestro lado, podremos ser solidaria con ella. La solidaridad comienza en la empatía, en ser el otro, en sentirse como el otro. Pero no se queda ahí, tenemos que reconocer a ese otro como persona, como igual a mi, con la misma dignidad que yo, con el mismo valor que yo. Lo que la otra persona me aporta es tan valioso como lo que yo puedo aportar, no se puede ser solidario desde la superioridad, desde el estar por encima del otro, solamente se puede ser solidario si estamos a su mismo nivel. Por último existe un elemento de universalización. Todos somos responsables de todos. Ello implica una opción por el bien común y una superación del egoísmo para la transformación de la realidad social y de aquellas estructuras que están perjudicando a los que son más débiles. Solamente en la medida en que somos conscientes de que la construcción de estructuras justas o injustas también es cosa nuestra, que somos también responsables de lo que le sucede a todas las personas que conviven ahora y en un futuro con nosotros, podemos asumir la solidaridad en su sentido más amplio.

La consecuencia directa más clara de estos tres elementos de la solidaridad es que ser solidario supone más “estar con” que “hacer cosas por”. Si optamos por esta segunda opción estamos rompiendo con los dos elementos primeros de la solidaridad: no existe la empatía, no intentamos ponernos en la situación de la otra persona ni la reconocemos como igual, nosotros somos los sujetos activos y la otra persona solamente tiene que dejarse ayudar por quien sabe más que ella. Actuar así no es más que una solidaridad mal entendida que, con frecuencia, tampoco actúa sobre las estructuras que provocan los problemas, con lo que olvida que todos somos responsables de todos. Plantearse la solidaridad como “estar con”, nos abre a saber qué es lo que la otra persona piensa, lo que siente, nos abre a compartir desde la igualdad, a no sentirme ni mejor ni peor, a comprender y a acompañar, a construir nuevas estructuras que aborden de una manera diferente las situaciones ante las que nos encontramos, a levantar la dignidad de muchas personas que creen haberla perdido o que consideran que no la tienen.

Por todo ello, la solidaridad avanza en pos de un horizonte utópico que precisa de la construcción de un nuevo orden social más justo y solidario. Desde una comprensión crítica de la realidad que nos rodea, desde un estar con los demás desde la igualdad y la empatía, la solidaridad tiene una gran capacidad para transformar el entorno en el que nos encontramos a favor de los más débiles. Porque la solidaridad busca las causas de las asimetrías existente en nuestra realidad para intentar evitar en lo posible su reproducción. Mira el bien de todos con lo que supera los planteamientos del corporativismo para optar por un mundo de cooperación más que de competencia. Prima a los más débiles con lo que supera los planteamientos egoístas. La solidaridad sabe acompañar aquellas desigualdades que son inevitables para dar sentido a situaciones que parecen no tenerlo, pero al mismo tiempo actúa para que las desigualdades injustas desaparezcan a través de la construcción de una sociedad más justa. La persona solidaria no hace cosas por los demás, sino que está dando sentido a lo que parece no tenerlo y construyendo una sociedad más justa y más fraterna.

 

 

 

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Presentación en Valencia de “La Función Social de la Empresa: una propuesta de evaluación ética”

El próximo jueves, 6 de abril, a las 19h en el Aula Manuel Broseta Pont, (c/ Avellanas, 14 de Valencia, detrás del palacio arzobispal) presentaremos el Cuaderno de Ética en Clave Cotidiana “La Función Social de la Empresa: una propuesta de evaluación ética”.

En el acto se realiza en el marco del “Foro CEU Empresa”, organizado por la Universidad CEU Cardenal Herrera y Funderética.

En él participaremos:

Josep Ochoa Monzó, Director General de Responsabilidad Social y Fomento del Autogobierno de la Generalitat Valenciana.

Vicente Luis Navarro de Luján, Director de Proyección Cultural y Social de la Universidad CEU Cardenal Herrera

Elisa Marco Crespo y Enrique Lluch Frechina, autores de la publicación.

Se presentará también la colección “Cuadernos de ética en clave cotidiana”

Presentación La función social de la empresa

Estáis todos invitados.

 
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Publicado por en marzo 30, 2017 en ética empresarial

 

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Rentas de Ciudadanía, un debate abierto

Conferencia en Alcalá de Henares el próximo viernes 31 a las 19:00 horas en el Centro Municipal de Salud en la Calle Santiago nº 13

Estáis todos invitados.

Cartel de Alcalá de Henares

 
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Publicado por en marzo 27, 2017 en Estado Social

 

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Educar en valores económicos solidarios en la escuela

Desde Funderética, en colaboración con Entreculturas y el colegio Sagrada Familia estamos poniendo en marcha el proyecto piloto para educar en valores económicos solidarios en la escuela, que esperamos luego poder aplicar en otros colegios que lo deseen.

En los siguientes videos tenéis una conferencia en la que se explica en qué consiste este proyecto que pretende introducir en las escuelas una manera de pensar la economía más humana y al servicio de las personas.

Si estáis interesados en llevar este proyecto a vuestros colegios, poneos en contacto conmigo.

 

 

 

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Donald Trump y la economía

Artículo publicado en la revista Cresol, Any 18, núm. 137, Març-abril 2017, pág: 30-31

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A nadie deja indiferente el nuevo presidente de los EE.UU. Mientras que algunos ven en él una especie de advenedizo del que solamente cabe esperar males que van a destrozar el sistema económico vigente, otros tienen grandes esperanzas depositadas en él. En este artículo quiero analizar algunas de las medidas económicas que ha propuesto, sabiendo que estamos hablando no de políticas realizadas, sino de una declaración de intenciones sobre lo que quiere hacer que no se ha concretado todavía y de la que por tanto es difícil prever sus consecuencias.

Quizá las medidas más llamativas a nivel internacional han sido sus propuestas de poner trabas al comercio internacional y cambiar totalmente una política estadounidense que, hasta el momento, respaldaba sin aparentes fisuras el mensaje de la Organización Mundial de Comercio y del Fondo Monetario Internacional a favor de una liberalización mayor del comercio. Trump ha dejado a un lado acuerdos comerciales como el TIPP (con Europa y todavía en teórica negociación) o el TPP (con Asía y otros países americanos ya firmado), quiere renegociar el acuerdo de libre comercio de EE.UU., Canadá y México (NAFTA), ha acusado a China de manipular el valor de su moneda (el yuan) y ha amenazado con elevar aranceles a las importaciones para garantizar la producción nacional (especialmente las chinas y mexicanas). Al mismo tiempo, va a imponer trabas y aranceles a las empresas norteamericanas que operen fuera del país, para obligarlas a que vuelvan a producir en EE.UU.

Todas estas medidas se encuadran en una realidad percibida no solo en EE.UU. sino también en otros países ricos: que la globalización y la liberación del comercio no está beneficiando a los trabajadores de estas naciones. La deslocalización de la producción de muchos bienes hacia otros países con salarios más bajos para aprovechar sus ventajas competitivas, acaba beneficiando a unos pocos, pero perjudicando a la mayoría de las personas sencillas que trabajan en estos sectores. Cabe preguntarse si estas medidas proteccionistas van a lograr el objetivo deseado de una manera eficaz. Por un lado porque pueden darse represalias en otros países que reduzcan las exportaciones estadounidenses de modo que se deje de importar, pero también de exportar a otros países y esto acabar siendo más negativo que positivo. Por otro lado, no solo se necesita crear empleo, sino empleo de calidad, por lo que un entorno de trabajadores con pocos derechos, puede llevar a que ese empleo creado en EE.UU. sea precario y de mala calidad.

Con respecto a las cuentas nacionales, las medidas que ha sugerido son, por un lado, un incremento de gastos en presupuesto militar y de infraestructuras al mismo tiempo que quiere reducir gastos en otras partidas, especialmente las sociales. Al mismo tiempo, quiere reducir impuestos, en especial en los tramos superiores de las rentas así como a las empresas. Del mismo modo, propone una amnistía fiscal para repatriar dinero estadounidense que está en estos momentos en paraísos fiscales. Aunque cree que el crecimiento económico que esto va a generar puede compensar la bajada de impuestos y permitir reducir la deuda pública y el déficit del Estado, históricamente esto no ha sucedido en EE.UU. y la reducción de impuestos ha resultado siempre en una bajada de la recaudación lo que ha provocado una elevación del déficit público.

Hay otras propuestas que no tengo espacio para abordar aquí, pero que Donald Trump espera que logren crear al menos 25 millones de empleos en EE.UU. En conjunto, su estrategia se basa en un mensaje sencillo: que sea atractivo para las empresas y los inversores ganar dinero sin salir de EE.UU, porque si esto es así, si se puede ganar dinero sin salir de EE.UU., las empresas e inversores invertirán en el país y eso permitirá crear nuevos puestos de trabajo. Las medidas que conducen a proteger el mercado local y a bajar los impuestos a las ganancias y a las rentas altas, tienen esta pretensión. Seguramente, muchos de los electores que se han decantado por Donald han entendido este mensaje sencillo y creen sinceramente que Trump es la persona adecuada para llevarlo adelante.

Si a esto unimos ese sentimiento generalizado de que son ideas que van en contra de la corriente principal de la economía, sustentada por aquellos que más se benefician de la misma y que está condenando a muchos a la pobreza al tiempo que incrementa las desigualdades, Trump ha sabido aglutinar este sentimiento postulándose como la persona que va en contra de las élites que defienden el actual sistema y estas han corroborado esta impresión, avisando en repetidas ocasiones sobre la ineficacia de las medidas económicas de Donald y poniéndose en su contra (el “stablishment” que apoyaba a Clinton y que profesa una animadversión compartida con Trump) .

Sinceramente, creo que las medidas que propone Trump no son las adecuadas para luchar contra una manera de organizar la economía que trae una serie de problemas de desigualdad, medioambientales y de insatisfacción generalizada, que provocan la aparición y popularidad de personas como Donald. Pero pienso que la alternativa de dejar todo como está y seguir potenciando una globalización que produce mucho crecimiento económico, pero mal repartido y a costa de muchas personas y del medio ambiente, no es la opción viable y puede traer más políticos que prometan soluciones sencillas a problemas complejos. Necesitamos políticos sensatos y con vocación hacia el bien común que incorporen en sus discursos las ideas económicas emergentes que estamos trabajando muchos economistas, para no oscilar entre el mantenimiento de lo que hay y soluciones radicales que pretenden romper con todo, sino que aporten cordura y sensatez para cambiar un sistema que da muestras de debilidad y de final de ciclo.

 
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Publicado por en marzo 14, 2017 en Crisis económica

 

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La relación entre la DSI y las ciencias

Artículo públicado en la revista ICONO, año 118, nº 3, Marzo 2017, pág: 28 y 29

 

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Una de las cuestiones más debatidas y quizás peor entendidas de la Doctrina Social de la Iglesia es su relación con las ciencias. Esta incomprensión deriva de un siglo XIX en el que el cientificismo tomó una gran importancia y se creía que los conocimientos derivados de la razón eran los únicos válidos para comprender y orientar la realidad, por lo que anulaban totalmente el conocimiento derivado de la religión y todo lo relacionado con esta. Esto provocó un enfrentamiento en el que parecía que, o bien creías en las ciencias o bien en la religión, pero que ambas eran esferas totalmente distintas. Sin embargo, como de muestra la DSI, esto no tiene por qué ser así.

La razón nos ayuda a conocer y comprender el mundo que nos rodea

El origen de esta aparente contraposición es que la DSI trabaja en el campo de la fe, mientras que las ciencias lo hacen en el campo de la razón. Estas no son esferas incompatibles u opuestas sino totalmente complementarias. La razón es un instrumento que tenemos las personas para acercarnos y conocer mejor la realidad que nos rodea desde nuestra naturaleza humana. Podemos estudiar y analizar las relaciones de causalidad que se dan, tanto en la naturaleza como en los fenómenos humanos y sociales y extraer conclusiones precisas sobre estas conexiones. Ello nos permite conocer mejor por qué se da un fenómeno social, prever qué va a pasar en un futuro si se dan unas u otras circunstancias, lo que nos ayuda a tomar decisiones sobre qué hacer o qué no hacer. Este es el campo en el que se mueven todas las ciencias.

La fe nos ayuda a orientar nuestras actuaciones

La fe no nos indica como funcionan los instrumentos, las teorías o las relaciones naturales. No, su aportación está en el campo de los objetivos, de la dirección, de hacia dónde orientar el comportamiento humano. La Fe nos muestra caminos a seguir, objetivos a perseguir, criterios para escoger las sendas según hacia donde nos dirijan estas. Por ello nos orienta sobre cómo utilizar los conocimientos y las herramientas prácticas o teóricas que generan las ciencias. Nos invita a dirigir su uso en una dirección o en otra sugiriéndonos objetivos hacia los que dirigirnos.

Razón y fe se complementan

Mientras que la fe nos señala hacia dónde dirigir nuestra actuación, la razón nos muestra los instrumentos que podemos utilizar para lograr nuestros fines. Los dos se necesitan entre sí. Seguir un fin sin atender a la razón, es dar palos de ciego, es intentar llegar a un sitio sin saber como hacerlo, sin conocer si los instrumentos que utilizamos van a tener o no los resultados deseados. Tener instrumentos y utilizarlos sin saber hacia donde nos dirigimos, qué queremos conseguir o para qué nos sirven, es andar desnortados. Hacer cosas sin conocer el porqué o el para qué, sin una dirección hacia la que dirigirse es estar condenados a aquello que nos avisa la sabiduría popular: “Quien no sabe donde va, seguro que llega a otro sitio”. Utilizar la razón sin seguir ningún sentido conocido nos dirige hacia el lugar equivocado, hacia el sitio al que no queríamos llegar. La DSI ofrece a las ciencias, no nuevos conocimientos, sino una dirección en la que avanzar para que sus aportaciones se pongan realmente al servicio de las personas.

La DSI combina la fe y la razón

La DSI utiliza la fe y la razón y los combina. La fe ilumina a la DSI en el campo de los objetivos, en la dirección a tomar, en los fines hacia los que dirigirse. La fe ayuda a la DSI a saber cuáles son los caminos que orientan la acción social hacia ese mundo mejor en el que reine el amor. Pero para aportar una propuesta válida, la DSI necesita de la razón, necesita dar justificación de que sus propuestas van a dirigir la sociedad en el camino deseado y no hacia otras direcciones. La DSI utiliza las ciencias para que las acciones lleven de una manera eficaz hacia los objetivos que se plantea. Solo así puede tener una mayor certeza sobre que aquellas propuestas que realiza son factibles y le conducen realmente al fin deseado.

La DSI puede mantener un diálogo fructífero con los no creyentes

Este es uno de los principales motivos por los que la DSI puede ser acogida por cualquier persona aunque no sea creyente o cristiana. Al tener una dimensión racional en la que unos objetivos orientados por la fe, son concretados por unas enseñanzas científicas que nos indican como alcanzar estos de una manera más eficaz y cuáles son las principales vías para hacerlo, son fácilmente comprensibles por aquellos que no comparten la fe que ilumina los fines a seguir. Es más, hay muchas personas que comparten los objetivos sociales del cristianismo aún no siendo cristianas, personas que también intentan construir el bien común de la sociedad aunque sus motivaciones para hacerlo no sean de fe. Saber cómo piensan los cristianos sobre la manera de alcanzar estas metas comunes, resulta de claro interés para todos aquellos que estén interesados en mejorar el mundo en el que vivimos. La interacción entre fe y razón permite que esta conexión sea fácil y que se pueda trabajar de una manera sencilla con aquellos que no inspirándose en la Buena Noticia de Jesús, también persiguen unos objetivos similares.

 

 

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