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Nuestra economía necesita otra orientación

En la página 22 de la revista Alfa y Omega del jueves 12 de Enero de 2017: http://www.alfayomega.es/documentos/anteriores/1008_12-I-2017.pdf hemos publicado la crónica de la última reunión del Foro Creyente de Pensamiento Ético Económico. En ella puedes encontrar los principales puntos de la reflexión que allí realizamos, en especial, de si es necesario o no cambiar nuestro objetivo económico.

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El pasado 29 de Noviembre se reunía por segunda vez en Madrid el Foro Creyente de Pensamiento Ético Económico (FCPEE). En esta ocasión el grupo de académicos que lo componemos tratamos el tema que nos va a tener ocupados este curso: debatir sobre si la economía está orientada en la dirección correcta o precisa de un cambio de dirección para que pueda cumplir realmente su función de potenciar el bien común y estar al servicio de todas las personas. A la espera de que en nuestra reunión de primavera elaboremos unos documentos en los que nuestras reflexiones a partir del humanismo cristiano y de la Doctrina Social de la Iglesia se presenten de una manera rigurosa, voy a adelantar algunas de las cuestiones que ya hemos tratado y en las que debemos profundizar.

Toda nuestra reflexión parte de constatar que el principal objetivo económico de nuestras sociedades es el crecimiento económico. Todos los gobiernos y toda la acción económica se miran en el espejo del crecimiento. Las cosas están bien o mal hechas en economía según los resultados que se obtienen con respecto al incremento anual del PIB. Parece evidente que esto se hace así porque se piensa que el crecimiento económico no solo es siempre positivo para la población, sino que además es lo mejor que le puede pasar a cualquier sociedad. La riqueza de una sociedad se mide tan solo, en términos de producción agregada, es decir, sumando lo que tenemos cada uno de sus ciudadanos e intentando que el total sea el máximo posible.

Este es el primer elemento que estamos cuestionándonos en nuestro Foro ¿La riqueza de una sociedad es solamente medible en términos de producción agregada de bienes y servicios? ¿Puede haber una sociedad más “rica” que otra aunque sumen menos producción entre todos? Porque el tener por tener, no es un horizonte que llene a las personas. El tener es un instrumento para el ser y este es el que realmente hace “ricas” a las personas (Esta idea está reflejada en la Populorum progressio 19). Del mismo modo, considerar que el desarrollo se identifica con el crecimiento económico, es una idea reduccionista contra la que la DSI propone la idea de desarrollo integral, que va más allá de una visión exclusivamente economicista de la mejora de la población en su conjunto.

En esta reunión hubo un acuerdo generalizado en dos cuestiones que van a centrar la reflexión de este año. La primera es que pensar que la mejora de la sociedad se circunscribe al tener más, no solo es reduccionista, sino que puede llegar a ser perjudicial para la sociedad en su conjunto. Porque cuando el tener más se pone por encima de todo, se sacraliza como el objetivo prioritario de una sociedad y se le pide sacrificios a esta para lograr esa mejora económica agregada, se puede llegar a perder en humanidad, a considerar más importante el resultado económico final que a las personas que teóricamente serían sus beneficiadas. De manera que, un instrumento que puede ser útil, como es el crecimiento económico, al ponerlo por encima de todo lo demás y darle la prioridad absoluta, pasa a ser un horizonte perjudicial para la convivencia y para la libertad de muchos.

El segundo punto de acuerdo sobre el que vamos a seguir reflexionando era que no se puede medir la mejora o el bienestar de una sociedad a través de unidades de medida agregada. Es decir, no podemos ver la salud económica de un conjunto de personas sumando lo que pasa con cada una de ellas y sacando el valor agregado o la media aritmética de todos los miembros de un colectivo. Y esta no es una medida adecuada porque corre el riesgo real de priorizar a quienes más aportan y olvidar o descartar a quienes no suman, lo que produce exclusión y desdén hacia quienes no tienen nada que aportar.

En el Foro pensamos que el enfoque adecuado para ver si las políticas que se aplican son correctas o no, no es mirar por el bien agregado (la suma de bienes de cada uno) sino centrarnos en el bien común y esto implica que la mejora solamente es tal, si quienes están peor mejoran. Mirado esto desde el punto de vista exclusivamente económico sería afirmar que la economía mejora no si la renta per cápita lo hace, sino si hay menos pobres. El foco se traslada desde el valor agregado o la media hasta lo que sucede con los más desfavorecidos. Dicho de una manera sencilla, se pasaría del “tener más entre todos” al que “todos tengan al menos lo suficiente”.

Esta reflexión precisa de más debate y de aportaciones de todos los miembros del Foro, por lo que continuaremos con ella en la reunión de primavera. Esperamos, cuando esta acabe, poder ofrecer a la sociedad un documento de reflexión y debate que incida de una manera especial y profunda en estos temas. Creemos que es necesario extender esta reflexión al resto de la sociedad ofreciendo pensamiento riguroso, interdisciplinar y responsable, que estimule a repensar cómo estamos gestionando nuestros asuntos económicos para armar una economía que esté realmente al servicio de la sociedad y de todas las personas que la componen.

 

 

 

 

 

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A propósito del hecho diferencial

Artículo publicado en el periódico Las Provincias el Viernes 11 de diciembre en su página 32

A proposito del Hecho Diferencial

Vivimos tiempos en los que el Hecho Diferencial se está esgrimiendo como justificación para reivindicaciones de un trato también diferencial: somos distintos, debemos ser tratados de manera diferente. La idea que subyace a esta argumentación es que tratar igual a aquellos que son distintos puede resultar injusto. Por ello, una verdadera justicia parece que requiere ese trato desigual a quienes realmente lo son. Voy a analizar con algo más de profundidad esta idea, que si bien tiene una parte cierta, es necesario matizarla para darse cuenta de cuándo es este trato diferencial “justo” y cuándo no.

La idea principal que hay que tener en cuenta es que todos somos diferentes pero iguales. La percepción de que todos somos diferentes es tan clara que parece que no requiere de mucha explicación. En esencia, no hay dos personas iguales en este mundo. Enrique Lluch Frechina solamente hay, ha habido y habrá uno en la historia de la humanidad, yo. Además de que soy y seré único, todos las amables personas que en estos momentos tienen el gusto de seguir leyendo mi artículo, son distintas a mi, son diferentes entre ellas y son únicas como yo. No habrá ni ha habido nunca nadie como usted, puede tener la seguridad de que esto es así.

Sin embargo, junto a esta diversidad, junto a esta diferencia, convive la realidad de que todos somos iguales. Esto es más difícil de demostrar, pero cualquier humanismo (ya sea de origen religioso o laico) considera que todos participamos de la misma naturaleza humana y ello nos lleva a que seamos iguales en dignidad. Todos somos diferentes pero nadie es más que el otro. Con frecuencia les comento a mis alumnos que hay varios datos objetivos que marca nuestras diferencias. Dos de ellos son la edad y que sé más economía que ellos (por eso son mis alumnos y yo el profesor). Pero que esto no me hace ser más que ellos, no me pone en otra categoría. Ellos pueden saber más que yo en otros campos (seguro) pero esto tampoco les hace a ellos más que yo. Nuestra dignidad como personas es la misma seamos más o menos tontas, más o menos gordas, más o menos altas… Esta igualdad, intenta reflejarse en nuestros sistemas legales a través de la igualdad de derechos, somos iguales en dignidad y por ello tenemos los mismos derechos.

De hecho, el trato diferente a quienes son distintos está justificado precisamente por esta igualdad en la dignidad de las personas. Vamos a tratar de una manera desigual a quienes son diferentes para que sean iguales en dignidad. El Hecho Diferencial justifica una actuación distinta en la medida que esta es necesaria para igualar a todos. Para lograr que aquellos que están peor puedan ponerse a la altura de quienes, por el motivo que sean, están en una situación más favorable. El trato desigual de necesario para igualar y así se pone al servicio de la persona y de la sociedad para evitar que haya personas de primera y de segunda, para evitar los privilegios y las prebendas. Por ello, parece bastante clara la necesidad de este reconocimiento del Hecho Diferencial cuando este lleva a un colectivo a estar peor que el resto de la población, a tener menos derechos, a no poder alcanzar la igualdad en dignidad que se anhela desde una visión humanista de la sociedad.

Pero ¿Qué sucede cuando esta demanda de un trato distinto se realiza para poder mantener, precisamente, la diferencia? ¿Qué pasa cuando la reclamación de una excepción se hace para lograr mantener un privilegio o unos derechos por encima de los demás? Desgraciadamente, con frecuencia esto es lo que estamos acostumbrados a escuchar. Con justificaciones políticas (normalmente ligadas al nacionalismo), económicas (con frecuencia ligadas a lo que se denomina la cultura del mérito) o de otra clase, nos encontramos con colectivos que reclaman un trato diferente argumentado el Hecho Diferencial, no para igualarse a los demás, sino para mantener la diferencia, para seguir siendo tratados de una manera distinta y conservar o conseguir unos privilegios propios que a los que los otros no tienen derecho.

Se repite así algo que se ha dado a lo largo de la historia, cuando determinados colectivos han tenido privilegios y han sido tratados de manera diferente porque eran nobles, o clérigos, o blancos, o… Se reclaman privilegios por tener una historia diferente, más capacidad o suerte para ganar dinero, una nacionalidad determinada, etc. Además, esta reclamación de prebendas supone que si yo soy digno o acreedor de una serie de derechos que deben ser siempre mayores que los de otros, estoy discriminando de algún modo a esos colectivos que no son como yo. No solo les estoy diciendo que yo tengo otra categoría, sino que les confirmo que la alcanzarán, que las diferencias son tan profundas que yo siempre tengo que estar por encima. Esta actitud enmascara un racismo, clasismo o segregacionismo. En el fondo, en la forma y en la realidad, estamos discriminando a los otros porque son diferentes y eso les hace acreedores de menos derechos o privilegios de los que creemos justos para nosotros. Justificar el mantenimiento de las diferencias y los privilegios arguyendo un Hecho Diferencial va totalmente en contra de un sano humanismo que cree en la igual dignidad de todas las personas. Desgraciadamente, esta manera discriminatoria de ver nuestra sociedad es una actitud más extendida en estos tiempos de lo que sería deseable.

 

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¿Quién gana cuando nos endeudamos?

Otra greguería pecuniaria publicada en España Buenas Noticias.

Un pequeño relato que nos puede ayudar a aprender quiénes se alegran más cuando nos endeudamos, si nosotros o son otros quienes más se alegran el nuestro endeudamiento.

Puedes acceder directamente al artículo en: http://ebuenasnoticias.com/2015/02/17/que-bueno-es-endeudarse/

 

Que bueno es endeudarse

 

 
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Publicado por en febrero 23, 2015 en Greguerías pecuniarias

 

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La terapia de ir de compras

Una nueva Greguería pecuniaria publicada en España Buenas Noticias: http://ebuenasnoticias.com/2014/12/03/la-terapia-de-ir-de-compras/#

La terapia de ir de compras _ España Buenas Noticias

 

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Las multas por mal aparcamiento y la pobreza

Otra greguería pecuniaria publicada en España Buenas Noticias: http://ebuenasnoticias.com/2014/10/21/las-multas-por-mal-aparcamiento-y-la-pobreza/

Las multas por mal aparcamiento y la pobreza _ España Buenas Noticias Las multas por mal aparcamiento y la pobreza _ España Buenas Noticias

 
 

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Los salarios bajan, la demanda se debilita

Artículo publicado en la Revista Noticias Obreras, nº 1563, Septiembre 2014, páginas 13 y 14

Septiembre 2014 Los salarios bajan 1Septiembre 2014 Los salarios bajan 2

El pasado Junio, nuestro ministro de economía Luis de Guindos le quitó importancia al hecho de que los salarios estuvieran bajando (y perdiendo su capacidad adquisitiva) de cara a la recuperación de la demanda en nuestro país y por tanto, de la recuperación económica. Su argumentación ha sido repetida con frecuencia y se basa en dos puntos clave: que una rebaja de salarios es buena porque mejora la competitividad de nuestros productos en el exterior y que la recuperación económica no tiene por qué provenir de un incremento de la demanda interna, sino del impulso de la oferta, es decir, de la mejora de la confianza de las empresas que les lleve a invertir y a generar más empleo.

Pues bien, voy a analizar estos dos argumentos para aportar un poco de luz en el debate y poner las cosas en su sitio. En primer lugar, hay que decir que el argumento de que una bajada de salarios incrementa la competitividad, puede ser cierto si esta bajada de salarios se traduce en una reducción de los precios del producto y el resto de variables se mantienen constante. Dicho de otra manera, la competitividad se incrementará si conseguimos vender más barato el mismo producto.

Siendo esto cierto, también lo es que la bajada de salarios no es la única manera de lograr incrementar la competitividad. También se puede conseguir reduciendo el margen de beneficios empresariales. Claro que esta opción suele ser tabú… En la medida que la prioridad son, precisamente, las ganancias de los accionistas de una empresa, rebajar éstas para reducir los precios suele ser algo que, sencillamente, escandaliza y no se contempla. Pero existen otros sistemas para reducir los precios de los bienes, como son todos aquellos que derivan de incrementar la productividad. Si los mismos trabajadores consiguen producir más en el mismo tiempo, el coste de producción también se reduce y con ello se logra un margen para la reducción de precios. El camino del incremento de la productividad parece, desde el punto de vista de la mejora de la sociedad, una senda más aconsejable por las repercusiones económicas que tiene a largo plazo que la simple bajada de salarios.

Además de estas propuestas, el incremento de competitividad por la reducción de salarios viene forzado, con frecuencia, por un entorno internacional en el que existen países en los que los salarios son exageradamente bajos. Nosotros exigimos a estos países que produzcan los bienes que nos venden cumpliendo una serie de requisitos técnicos. Si los productos no cumplen estos requisitos, no se pueden vender en nuestro país. Sin embargo, no les exigimos ninguna clase de condición social en la producción, las exigencias sociales se consideran trabas al comercio internacional mientras que las exigencias técnicas no lo son porque protegen a los compradores de bienes defectuosos o que no cumplan bien su cometido.

Vuelve a darse aquí una cuestión de prioridades. La nuestra son los ciudadanos de nuestro país, por eso exigimos requisitos técnicos para que no se electrocuten utilizando un secador del pelo (por ejemplo) pero nos dan igual las condiciones sociales de quienes producen ese secador porque lo que queremos es que nos lo vendan lo más barato posible (para así poder comprar más cosas con el mismo salario). Los trabajadores de los otros países no nos importan, lo que queremos es máxima calidad a mínimo precio.

Es evidente que esta cuestión se resolvería exigiendo unos mínimos sociales y salariales para las empresas productoras de igual modo que se exigen mínimos técnicos para producir un determinado bien. Esto se podría hacer tanto a nivel nacional como a nivel internacional. Si se pusiese en práctica esta manera de afrontar el mercado, la bajada de salarios no sería necesaria para una mejora de la competitividad y las políticas de producto deberían centrarse en otros aspectos.

Por último, también podríamos mejorar nuestra competitividad generando inflación y logrando que nuestra moneda se depreciase. Si bien este sistema no es sostenible a largo plazo y si no se controla cuidadosamente puede generar problemas económicos grave, aplicado de una manera razonable y temporal puede traer buenos resultados. Nuestra pertenencia al euro y una política monetaria basada en baja inflación y en el mantenimiento del valor de la moneda para no perjudicar al sector financiero que trabaja con ella, hacen que esta clase de políticas no se contemplen en la actualidad.

Por otro lado tenemos la argumentación sobre quien va a ser quien genere empleo y recuperación económica. La idea de que produciendo más y mejor, va a llevar a que haya personas que compren esta producción y que, por lo tanto, hay que insistir en la oferta y no en la demanda, ha sido demostrada como falsa por los hechos y por los teóricos. Es necesaria una demanda que compre lo que se produce. La recuperación no puede venir solamente por el incremento de la producción si esta no la compra alguien. Para ello necesitamos, o bien que haya otros países que compran esos bienes que producimos y que por tanto permitan esa mejora económica, o bien que la mejora de la confianza se traduzca no solo en mayor producción sino también en un nivel más elevado de compras por parte de los nacionales, o bien que el incremento de la producción se traduzca en un aumento de los salarios y de las rentas de las personas para que estas puedan también comprar lo que se produce.

Parece evidente que, si los salarios no aumentan y las rentas de la clase media se reducen, los dos últimos supuestos no se darán con demasiada facilidad, lo que nos puede llevar a que tengamos que confiar solamente en la demanda exterior para afianzar nuestra recuperación. La demanda debe ser tenida en cuenta en cualquier circunstancia económica al mismo nivel que la oferta ya que la economía consiste precisamente en esto, el intercambio precisa de productor y comprador, de oferta y demanda. Si una de las dos falla, no se realiza el intercambio… Pensar que una economía nacional puede funcionar de una manera boyante con una demanda débil y con una mayoría de personas con bajos salarios, no parece que sea realista…

 

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La dimensión social de la evangelización

Artículo publicado en la revista ICONO, año 115, nº 6, Junio 2014, pág: 12 y 13

la dimensión social de la evangelización_Página_1la dimensión social de la evangelización_Página_2

No podemos cerrar esta serie de artículos sobre la “Evangelii Gaudium” sin referirnos a una parte que, aunque su contenido no es explícitamente económico, sf que tiene una relación importante con cuestiones económicas.

EVANGELIZAR ES HACER PRESENTE EN EL MUNDO EL REINO DE DIOS

Esta es la primera frase del cuarto capítulo de la exhortación que se titula “la dimensión social de la evangelización”. En él se incide en una idea que ya ha sido resaltada por otros docu-mentos de la Doctrina Social de la Iglesia, en especial por parte de Benedicto XVI que en Caritas in Veritate, 15, dijo: “El testimonio de la caridad de Cristo mediante obras de justicia, paz y desarrollo forma parte de la evangelización, porque a Jesucristo, que nos ama, le in-teresa todo el hombre”. Francisco incide en la misma idea y nos dice en el párrafo 176: “si la dimensión social no está debidamente explici-tada, siempre se corre el riesgo de desfigurar el sentido auténtico e integral que tiene la misión evangelizadora” y en el 178 insiste, como ya hizo en su momento Pablo VI: “Desde el corazón del Evangelio reconocemos la íntima conexión que existe entre evangelización y promoción humana, que necesariamente debe expresarse y desarrollarse en toda acción evangelizadora”. En esencia, nos está diciendo que no podemos evangelizar sin un compro-miso social que lleve a la promoción del ser humano y a la mejora de la sociedad en la que vivimos.

LLAMADOS A TRANSFORMAR EL MUNDO

“Una auténtica fe -que nunca es cómoda e individualista- siempre implica un profundo deseo de cambiar el mundo, de transmitir valores, de dejar algo mejor detrás de nuestro paso por la tierra… Todos los cristianos, también los Pastores, están llamados a preocuparse por la construcción de un mundo mejor”, dice el Papa en el n° 183. El anuncio de la Buena Noticia de Jesús resucitado, precisa de cristianos comprometidos en el cambio social, en la construcción de un mundo en el que reine la caridad, en el que se -busque la ju-sticia por· encima de cualquier otra consideración, que esté al servicio de las personas y no de otra clase de intereses. Esta llamada a transformar el mundo es también preceptiva en los asuntos económicos. No puede entenderse una orga-nización social sin que la economía ocupe su papel, que no tiene porque ser el más impor-tante, pero sí debe estar presente en cualquier mejora que queramos articular para el progreso de las personas y de la sociedad.

LA INCLUSIÓN SOCIAL DE LOS POBRES

Cuando Francisco tiene que concretar esta dimensión social de la evangelización comienza, precisamente, por un asunto económico clave: la inclusión social de los más desfavorecidos. Esta opción preferencial por los pobres es una idea nuclear del anuncio del evangelio y debe seguir siéndolo. Para llevarla a cabo, Francisco pide “una nueva mentalidad que piense en términos de comunidad, de prioridad de la vida de todos sobre la apropiación de los bienes por parte de algunos” (188). En esencia está pidiendo un cambio de sistema económico y creo que hay que insistir en que incluye esto en la evangelización. Anunciar a Jesucristo supone cambiar nuestra mentalidad, luchar por una sociedad diferente en la que desde el punto de vista económico, prime la solidaridad y la gratuidad.

Es evidente que estas ideas no son novedosas, que están enraizadas en la Iglesia desde el principio de su historia… Pero han aparecido en un segundo plano durante mucho tiempo y se han priorizado otros aspectos de la evan-gelización. Francisco no la olvida, la pone como · un capítulo de su exhortación y muestra los aspectos económicos del anuncio del evangelio. como lo prioritario en su dimensión social. Vuelve a Pablo VI para afirmar que: “Los más favorecidos deben renunciar a algunos de sus derechos para poner con mayor liberalidad sus bienes al servicio de los demás”.

Para hacer realfdad este compromiso social, Francisco insiste en que la reducción de las desigualdades es una cuestión clave sin la que no podemos evangelizar. Por ello indica, con una claridad que creo no necesita co-mentarios, que “Mientras no se resuelvan radicalmente los problemas de los pobres, re-nunciando a la autonomía absoluta de los mercados y de la especulación financiera y atacando las causas estructurales de la inequidad, no se resolverán los problemas del mundo y en definitiva ningún problema. La in-equidad es raíz de los males sociales. La dignidad de cada persona humana y el bien común son cuestiones que deberían estructurar toda política económica” (202-203). Buscar una organización económica diferente es parte esencial de la evangelización.

 

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El bienestar de un país no se mide con el PIB

Tenéis aquí ecos periodísticos del artículo que escribí ya hace un tiempo titulado: “¿Crecimiento o decrecimiento? A propósito de los últimos cincuenta años”. Uno es escrito y el otro de radio.

El escrito es una entrevista que me han realizado en el periódico digital Valencia Plaza.

La podéis encontrar en http://www.valenciaplaza.com/ver/136358/enrique-lluch-bienestar-social-pib.html

y la segunda es una entrevista que me han hecho sobre este artículo en Radio Nacional. En el siguiente enlace tenéis el corte de ocho minutos

https://soundcloud.com/uchceu/estudio-del-ceu-sobre-economia-entrevista-profesor-enrique-lluch

Si queréis escuchar el programa enterlo aquí lo teneis. La entrevista la podéis encontrar entre el minuto 3:00 y el minuto 10:56

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¿Se pueden construir espacios de esperanza?

La nueva campaña de Cáritas con motivo del día de la caridad se denomina “Construyendo espacios de esperanza”

construyendo espacios de esperanzaEn este mi nuevo artículo de España Buenas Noticias podéis encontrar un breve comentario sobre cómo esto puede ser una realidad también en economía… Todo es proponérselo…

http://ebuenasnoticias.com/2014/06/27/construyendo-espacios-de-esperanza/

 
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Publicado por en junio 29, 2014 en ética económica

 

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Función versus responsabilidad social de la empresa

Artículo publicado en Economía 3, en el número de junio de 2014, en sus páginas 106-7

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Si realizásemos una encuesta entre la población en la que preguntásemos de una manera franca por los motivos que nos llevan a desear que existan las empresas y que no desaparezcan de la sociedad, encontraríamos un elevado porcentaje de encuestados (pienso que la mayoría) que nos daría los siguientes dos motivos:

1.- Por que las empresas producen bienes y servicios útiles para la sociedad. Su existencia es imprescindible para que estos tengan calidad y cumplan realmente su función en beneficio de las personas.

2.- Por que las empresas crean empleo que, a su vez, permite a la gente lograr unos ingresos suficientes para vivir con dignidad

Esto no debería sorprendernos ya que estas son las dos funciones sociales esenciales que cumplen las empresas en una sociedad. Una función económica externa, hacia los otros, que facilita el acceso a aquellos bienes y servicios que necesitamos o deseamos para vivir. Otra función económica interna, que ayuda a quienes componen la empresa a ganarse la vida de una manera digna y a que colaboren con otros en la construcción de una sociedad mejor.

Esta sabiduría popular, nos dice que lo importante de las empresas y lo necesitamos de ellas es que cumplan estas dos funciones. Al mismo tiempo, se sabe que para lograrlo las empresas deben ser rentables. Si los ingresos no son superiores a los gastos, la sostenibilidad de la empresa en el tiempo no está garantizada y se compromete la consecución de su importante función social. Pero esta rentabilidad, no es lo más importante para la sociedad ni para el buen funcionamiento de una comunidad. Solo importa, en la medida que es condición necesaria para que se cumpla con la función social de la empresa. Es esta última la que da sentido a la rentabilidad y a la que esta debe estar subordinada.

A pesar de que lo que acabo de decir, parece tan obvio que no habría que insistir más en ello, con frecuencia escuchamos que lo importante de las empresas no es su función social, sino que logren el máximo rendimiento para sus propietarios-accionistas. Esta concepción de la actividad empresarial pone el máximo rendimiento a corto plazo como su meta más importante a la que hay que subordinar la función social de la empresa. Las empresas que funcionan con este criterio, dejan a un lado los intereses de la sociedad, de los trabajadores, de los clientes, de los proveedores y solamente los promocionan o defienden cuando es un medio útil para lograr ese máximo rendimiento, si no es así, no los tienen en gran consideración. Estas empresas tienen la escala de prioridades contraria a lo que la sociedad les demanda: Lo primero no es solo la rentabilidad, sino el sacar un gran rendimiento para remunerar a los propietarios-accionistas, y la función social de la empresa es algo que hay que fomentar si nos permite llegar a lo primero, pero que siempre queda en segundo término.

El reconocimiento de esta contraposición entre el objetivo empresarial y lo que la sociedad demanda a la empresa, ha llevado a que en estos últimos tiempos se intente fomentar lo que se ha venido a denominar la Responsabilidad Social Empresarial o corporativa (RSE). Las compañías cuya única finalidad es la de maximizar el rendimiento para sus accionistas, con el conocimiento de que esto no siempre es positivo con la sociedad en su conjunto, realizan una serie de prácticas que intentan suplir esta carencia. Llevan adelante unos planes que indican a la sociedad que, a pesar de que su política principal puede repercutir negativamente en los objetivos sociales, ellos han decidido lograr la maximización del rendimiento con un compromiso voluntario de llevar a cabo actuaciones que beneficien a la sociedad en su conjunto. Esto lo reflejan en memorias de RSE en la que se introducen todas aquellas medidas que pretenden lograr estos fines sociales (medioambientales, laborales, conciliación vida familiar y laboral, lucha contra la desigualdad, voluntariado corporativo, ayudas a ONGs, políticas especiales para los más desfavorecidos, cumplimiento de la LISMI, etc.)

Estas políticas, con frecuencia, quedan lejos del corazón de la empresa. Los especialistas en este tema propugnan desde hace tiempo que si la RSE no se impregna en toda la compañía como en núcleo alrededor del que giran todas sus políticas y su día a día, la RSE queda como una simple operación estética que puede dar sus réditos de comunicación y en las consecuencias positivas de algunas acciones emprendidas, pero que no impide los comportamientos empresariales negativos para la sociedad (aunque positivos para los propietarios-accionistas)

Por ello, el verdadero cambio que necesita la sociedad es que las empresas pasen de la Responsabilidad a la Función Social de la Empresa. Es decir, no se necesitan empresas que sean responsables socialmente, sino empresas sepan que su labor empresarial es social en sí misma y que la intenten llevar adelante de una manera coherente, priorizando esta importante función por delante de cualquier otra. Ello supone (como ya he señalado al principio) que la rentabilidad necesaria para poder desarrollar sus funciones sociales, pasa a ser un requisito necesario, pero secundario en la escala de prioridades, que la mejora de las condiciones laborales, del entorno geográfico y medioambiental, la honradez en los comportamientos empresariales, etc. Pasan a ser los ejes y las prioridades a los que hay que poner al servicio la necesaria rentabilidad de la empresa.

Evidentemente, esto no quita que haya que competir en el mercado o que en ocasiones haya que tomar decisiones duras cuando las cosas van mal y la escasa o nula rentabilidad obliga a adoptar políticas poco sociales. Pero es evidente que estas decisiones no deseadas se van a tomar de distinta manera si la prioridad es la maximización de beneficios, que si la prioridad es la función social de la empresa. Y esto no solo porque las acciones puedan ser diferentes, sino por que ante una misma acción las maneras de realizarla también serán distintas, y no solo las acciones importan, sino que también importan los modos…

Por ello, creo si queremos que la RSE esté en el corazón de la empresa y pase a ser el centro de toda su actuación, debemos cambiar el concepto y apostar por aquellas empresas que ven su Función Social (FSE) como el objetivo al que hay que subordinar todo lo demás. No es necesario inventar nada nuevo, solamente volver a que las dos funciones principales de la empresa: ofrecer bienes y servicios útiles para la sociedad y servir de cauce de realización y de ingresos para aquellos que la componen, tengan el sitio central de las prioridades de la empresa y todo se subordine al cumplimiento de estas funciones.

 
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Publicado por en junio 24, 2014 en ética empresarial

 

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Gastronomía y Economía

En el artículo títulado “El mejor restaurante del mundo” analizo como el restaurante agraciado este año para este galardón puede enseñarnos actitudes económicas interesantes para aplicar en nuestra vida.

el mejor restaurante del mundoSi quieres leer este breve artículo, puedes hacerlo en: http://ebuenasnoticias.com/2014/05/30/el-mejor-restaurante-del-mundo/

¡Qué os aproveche!

 
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Publicado por en junio 2, 2014 en compras y consumo

 

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Homenaje a los otros Mandela

Artículo publicado en la revista Paraula, el domingo 30 de Marzo de 2014, en su página 28

Los otros MandelaAhora que ya ha pasado el impacto informativo de los funerales de Nelson Mandela, me gustaría hacer mi sencillo homenaje a todas esas personas que también creyeron en la Suráfrica del arco iris y que colaboraron en que se hiciese realidad este ejemplo de perdón y reconciliación que fue la transición desde el régimen del apartheid al democrático actual. Y lo voy a hacer hablando de personas a las que tuve la suerte de conocer en mis dos viajes a Sudáfrica para colaborar en la misión de Sant Joseph, (sita en Phokeng, ciudad negra de la tribu de los tswana cercana a Rustemburg) sede episcopal de su diócesis y donde convivían religiosos y religiosas de diferentes congregaciones.
La idea me vino al escuchar a Richi, o como dijeron en Radio Nacional, Ricardo Fernández Ruiz, empresario español afincado en Sudáfrica. Fuimos juntos por primera vez a este país que él asumió como suyo y del que yo también me enamoré y con el que he seguido en contacto consagrando mi tesis doctoral a su proceso de transición económica y siguiendo su actualidad siempre que puedo. Mis dos viajes largos fueron hace ya mucho tiempo, en los veranos de 1992 y de 1995. Fueron estancias muy ricas y extremadamente enriquecedoras para mi. En la primera estaba empezando a caer el apartheid, en la segunda ya había caído, así que estuve por allí en años clave de este proceso.
Quiero recordar en primer lugar a Walter Sisulu y a su mujer Albertina. Pudimos merendar y conversar con ellos en su casa de Soweto. Walter fue quien introdujo a Nelson en el ANC y uno de los que estuvieron encarcelados con él en Robben Island. Fueron amigos y aliados políticos y poder ser recibidos por ellos, fue un honor para nosotros. Entrar en el centro de Soweto en 1992 no era fácil para unos blancos si no iban bien acompañados. Penetrar en la densa neblina de humo invernal que impedía la visibilidad en sus calles, fue toda una aventura.
Quiero recordar también a las Iglesias Sudafricanas. Ellas jugaron un papel esencial en la caída del apartheid. Su alianza, su convicción de que había que perdonar y su consideración de que todos somos iguales, fueron clave para romper con este sistema político. Recuerdo en especial la labor del obispo Kevin Dowling y su apuesta decidida por la finalización del apartheid, que casi le cuesta la muerte cuando fue tiroteado en una manifestación o cuando pusieron una bomba en su Iglesia catedral. A los teólogos del Instituto de Teología Contextual, dirigidos por Albert Nolan y en especial a Larry Kaufman, con quien aprendí que lo importante para vivir la opción preferencial por los más pobres no es hacer cosas por ellos, sino estar, convivir con ellos. También recuerdo a Mikel Fish que nos enseñó el valor de la espera, de saber que nuestros plazos no son los plazos de la vida, ni de la historia, que hay que saber esperar y confiar.
Además, las diferentes iglesias fueron quienes más empujaron para que la Comisión de la Verdad y la Reconciliación fuese una realidad. En ella, verdugos de uno y otro lado expusieron sus razones para matar o atentar y las víctimas expresaron el dolor que habían sentido por la pérdida de sus seres queridos. Saber la verdad ayudó a la reconciliación, no se puede perdonar sin verdad y eso lo supieron entender perfectamente en Sudáfrica…
Recuerdo a aquella catequista de la parroquia, que rompió a llorar cuando comíamos juntos en la cafetería de la estación de autobuses de Johannesburgo. Ante nuestra preocupación nos confesó que lloraba de alegría, que nunca desde su niñez había imaginado que algún día podría comer con blancos en una misma mesa y en un lugar público. Aquello era para ella un signo de que las cosas estaban cambiando. Recuerdo a todas las personas que se bajaron de aquel taxi para negros como protesta contra aquel conductor que no quería admitir a Tomás en el vehículo en él porque era blanco.
Recuerdo a aquellos jóvenes, que en un cine-forum sobre la película de Monseñor Romero, relataban sus experiencias cuando matones negros entraban en sus suburbios para matar indiscriminadamente a sus habitantes y, mientras escuchaban los tiros y los chillidos de sus vecinos, no tenían otra opción que esconderse debajo de la cama y confiar en la suerte para que no entrasen también en su casa (estos matones negros eran pagados y armados por la policía sudafricana para crear caos e impedir el proceso de transición hacia la democracia)
Recuerdo también a la Sr. Molotegui, aquella princesa de la tribu de los Bafokeng (cuyo tótem era un cocodrilo) que tenía que vivir en Botswana exiliada y solamente volvía a Sudáfrica para acudir al juicio que se aplazaba y se aplazaba como una manera de no hacer justicia. Estuvimos en uno de esos juicios y tuvimos que salir por piernas cuando la policía nos perseguía. El grito de los sacerdotes diciendo “everybody to the car” todavía resuena en mis oídos.
Quiero también recordar a todos los valientes del movimiento anti-apartheid en Sudáfrica que arriesgaron y sacrificaron sus vidas para construir una Sudáfrica distinta (que tan bien se han visto reflejados en la obra de la nobel Nadine Gordimer). Ellos y sus organizaciones (con abogados y otros profesionales actuando como voluntarios) fueron los que permitieron que las personas que vivían en las chabolas ilegales que había junto a la misión y a las que ésta abastecía de agua, tuviesen unas tierras para poder crear un pueblo nuevo llamado boitekong (ciudad de la esperanza). Cuando en 1992 contemplamos los primeros doscientos habitantes que crearon esta población no imaginábamos que tres años más tardes, ya habría 60.000 personas viviendo en ella. También hay que homenajear al movimiento anti-apartheid internacional que, entre otras cosas, estuvo durante años velando ininterrumpidamente frente a la embajada de Sudáfrica en Reino Unido.
No quiero olvidarme de Giorgina y del resto del personal sanitario que atendían gratuitamente a aquellas personas que no podían acceder a un médico por no contar con fondos suficientes. Conocimos a varias personas que pudieron sobrevivir y volver a llevar una vida normal gracias a los cuidados que recibieron de estas religiosas y voluntarios. La maternidad y el centro de salud de Boitekong pudo ser una realidad gracias a ellos…
No me caben todos, falta gente a la que me gustaría homenajear desde estas líneas. Solo quiero añadir que el final del apartheid fue cosa de muchos. La cabeza visible fue Mandela y por ello se le ha honrado de esta manera, pero es bueno recordar a todos aquellos que, de una manera más anónima o a una menor escala, ayudaron a hacer realidad este cambio que parecía casi imposible…

 
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Publicado por en marzo 31, 2014 en Derechos humanos

 

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Los bienes relacionales

Artículo publicado en la revista ICONO, año 114, nº 11 de Diciembre de 2013, pág: 10 y 11

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El que tiene menos parece más feliz

Estamos tan acostumbrados a identificar tener más con estar mejor que no comprendemos por qué hay gente que puede vivir feliz con poco. Nos sorprende ver una sonrisa dibujada en la boca de personas que viven en unas condiciones mucho peores que las nuestras. Cuando algún voluntario joven vuelve de un país más pobre en África o Latinoamérica, una de las frases más oídas es que la gente es feliz a pesar del estado de penuria en el que viven. Con frecuencia, además, estos voluntarios afirman que los ven más felices que nosotros, las personas que vivimos con un nivel de vida más elevado, los que tenemos más pero no estamos tan satisfechos. Para responder a este aparente enigma, algunos argumentan las personas nos acostumbramos a todo, que quien no se consuela es porque no quiere, que ellos se conforman con poco y nosotros no… Se trata de argumentos que, pudiendo ser válidos, no explican la totalidad de este fenómeno. No pretendo en este artículo dar una teoría completa de los factores que nos llevan a ser más o menos felices, sino centrarme en los bienes que nos llevan o no a una vida más o menos plena.

¿De qué clases de bienes disfrutamos?

Por que la clave, quizá, está en qué clase de bienes disfrutamos aquellos que tenemos más y qué clase de bienes disfrutan aquellos que tienen menos. Nosotros, en los países ricos, disfrutamos de una gran cantidad de bienes y servicios que intentan satisfacer nuestras necesidades básicas y nuestras apetencias y deseos. Se trata de productos que consumimos de una manera individual, por los que pagamos un precio y con los que tenemos una relación directa entre el bien y nosotros: ropa, televisión, ordenador, lavadora, automóvil, etc. Estos bienes de consumo son los que tenemos en cuenta para definir el nivel de vida de una población, si cuenta con una cantidad mayor de ellos, consideramos que esa sociedad tiene más riqueza y mayor bienestar…

Sin embargo esta manera de ver las cosas olvida un conjunto de bienes que son muy importantes para la felicidad y de los que suelen gozar aquellas personas que viven de una manera más sencilla: los bienes relacionales. Cuando hablamos de ellos nos referimos a bienes que nos sirven para relacionarnos con otros, que incluyen un ambiente social amigable y positivo, que potencian hábitos de cooperación que nos ayudan a llevar una buena vida, que son experiencias comunes y compartidas… Estar con los amigos y conversar con ellos, que los niños de tus amistades vengan a jugar a tu casa y viceversa, compartir aficiones y realizar actividades conjuntas, pertenecer a un grupo religioso y reunirse con él cada cierto tiempo, pasear en compañía, hacer deporte con otras personas, etc.

Los bienes relacionales como factor económico

Podríamos pensar que los bienes relacionales no tienen un componente económico importante, que son cosas que no se compran sino que se consiguen y tendríamos razón. Esta es una de las causas por las que personas que tienen menos ingresos están mejor que otras que tienen más. Puede ser que no gocen de muchos bienes por los que tengan que pagar, que no tengan muchas cosas, pero si gozan de bienes relacionales, estos pueden tener una influencia positiva sobre su bienestar mayor de la que tienen los otros. Por ello, muchas veces, los que vivimos en los países ricos equivocamos nuestra dirección. Nos dedicamos a acumular cosas pensando que esto nos hará más felices, y descuidamos estos bienes relacionales que tienen un efecto más positivo sobre nuestro bienestar que la mera acumulación de bienes de consumo en nuestras estanterías.

Pero hay otra cuestión que tiene unas implicaciones económicas mucho más evidentes. Cuando les comento a mis alumnos qué clase de trabajo quieren, con mucha frecuencia me contestan que aquel que más ingresos les aporta. Si les comentas que hay personas que prefieren estar en trabajos menos remunerados pero en los que se sienten a gusto a otros mejor pagados pero con peor ambiente laboral, algunos de ellos te escuchan con escepticismo, creen que esa es una mala opción. No están acostumbrados a tener en cuenta los bienes relacionales, solamente piensan en los bienes de consumo que se pueden comprar con dinero.

¿Competencia o colaboración?

Los bienes relacionales son clave en el clima laboral, en el quehacer económico cotidiano. Si potenciamos la competitividad, el tener que vencer al otro, el establecer las relaciones con los demás en clave competitiva en lugar de en clave cooperativa, estamos creando un ambiente económico que, si bien puede lograr más bienes de consumo para quien sigue estas pautas, dinamita nuestras relaciones con los demás. Esta es una de las principales causas por las que la economía está repercutiendo negativamente en el bienestar de las personas, competir en lugar de cooperar, dificulta nuestras relaciones con los otros y las deteriora inevitablemente. Hay que crear, pues, ambientes laborales que tengan en cuenta en este elemento, debemos educar en una economía que se base en relaciones de colaboración y no de competición, tenemos que identificar nuestro bienestar, no solo por los bienes de consumo, sino por aquellos que incrementan nuestra relación con los demás.

 

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La Isla de Pascua y la nave espacial Tierra

Os dejo aquí con un interesante artículo de Eduardo Esteve Pérez. Fue publicado en el periódico Las Provincias el pasado 10 de noviembre y contiene un lúcido análisis de los límites ecológicos de nuestro planeta.

La Isla de Pascua eduardo Esteve

Como destaca el ínclito economista Jeffrey Sacks en economía para un planeta abarrotado, los retos más perentorios a los que se enfrenta la sociedad actual son: el crecimiento demográfico, la sostenibilidad medioambiental y la pobreza, a lo que habría que añadir el efecto y la gestión de la actual Gran Recesión.

En este artículo nos vamos a centrar en la sostenibilidad medioambiental. Para ello vamos a comenzar con una somera presentación de la fascinante e inquietante historia de la Isla de Pascua. Ubicada en la polinesia, las tierras más cercanas se encuentran por el este, en chile, a unos 3700 km, y, por el oeste, en las islas Pitcairn, a casi 2100, por lo que podemos sostener que es el territorio habitado más remoto del planeta azul, siendo colonizado poco antes del año 900 d.C. por habitantes de la Polinesia. La isla es mundialmente famosa por sus colosales estatuas llamadas moái, con unos pesos medios de 10 toneladas, alcanzando las mayores más de 70 (la más pesada, denominada Ahu Tongariki, contabiliza 87 toneladas). Los inventarios realizados sitúan el número de moái en 887, de las que algo menos de la mitad permanecen en la cantera. El primer europeo que recaló en Rapa Nui fue el marino neerlandés Jacob Roggeveen, corría el año 1722, y, dado que su descubrimiento aconteció en el domingo de pascua, la isla adopto el nombre por el que todos la conocemos.

Lo primero que llamó la atención a Roggeven y a los sucesivos exploradores que visitaron la isla fue lo inverosímil de cómo una población de apenas 3000 pascuenses desplazaron los más de 400 moai desde la cantera hasta erigirlos por toda la isla. Sobretodo, teniendo en cuenta la carencia de arboles que sirvieran para el traslado. Lo inconcebible de tamaña empresa significó que autores poco rigurosos, como Erich von Däniken, postularan teorías tan kafkianas como que la manufactura de los moai había sido de origen extraterrestre. La realidad fue mucho más prosaica. Siglos atrás el paramo que presenciaron los exploradores europeos no era tal. En lugar de los arbustos y helechos se alzaba un bosque subtropical poblado por arboles y palmeras de tamaño considerable (de hecho, la palmera más alta de mundo, ahora extinta, pertenecía a la flora pascuense). La degradación de la isla no solo afecto a la flora, sino que se extinguió la totalidad de las especies de la isla, con la excepción de las ratas. Como consecuencia de tan acerada involución medioambiental, la mayoría de los pascuenses perecieron por inanición (de una población estimada en torno a 15.000 se paso a los citados 3000). Y los supervivientes, como describió el capitán Cook en 1774, eran: “Pequeños, enjutos, tímidos y pobres”, llegando incluso a practicar el canibalismo.

La etiología de la destrucción medioambiental -como destaca Jared Diamond en su monumental obra, Colapso – fue antropogénica. En concreto, la sociedad pascuense estaba dividida en 12 clanes. Las fuerzas que impulsaron la construcción de los moái fue la lucha por el estatus, prestigio y poder de los diferentes clanes. Los moái significaban un signo inequívoco de poder, y los jefes de los diferentes clanes, los utilizaban para demostrar frente a los prebostes de otros clanes su superioridad y status, lo que, a su vez, era fuente de legitimitad de su dominio y poder entre los miembros de su propio clan. Lo que importaba no era el tamaño y la cuantía absoluta de los moai erigidos por un determinado clan, sino sus valores relativos; es decir, que los de un determinado clan fueran más numerosos y, sobretodo, más colosales. Como consecuencia de esto se desató una carrera ad infinitum, en la que los moai eran cada vez más grandes y pesados… hasta que, como consecuencia de ello, talaron la totalidad de los arboles disponibles, lo que supuso la erosión del suelo, la extinción de las especies animales y, por ende, la destrucción de la sociedad pascuense.

El ominoso epílogo dibujado en el párrafo precedente, nos puede servir, por analogía, para extraer algunas conclusiones aplicables a las sociedades actuales. En los años sesenta surgió el concepto de la Tierra como una nave espacial. Esto fue motivado tanto por las vividas fotografías de la Tierra realizadas por los satélites y los primeros viajes del proyecto Apolo, como por el reconocimiento del significativo impacto que la especie humana estaba teniendo a nivel global, de forma que ya no era plausible considerar los recursos de la tierra como ilimitados. En palabras del polimatía Kenneth E. Boulding, en un fragmento de su brillante artículo, la Tierra como una nave espacial, de 1965:Durante milenios, la tierra en las mentes de los hombres era llana e ilimitada. Hoy, como resultado de la exploración, la velocidad y la explosión del conocimiento científico, la tierra se ha vuelto una esfera diminuta, cerrada, limitada, superpoblada, y lanzada a través del espacio hacia destinos desconocidos”.

A partir de esta caracterización de la Tierra, las similitudes con la Isla de Pascua son evidentes: la tierra, en relación a los 7000 millones de habitantes que la pueblan, es pequeña. Al igual lo era la Isla de pascua con sus 15 km por 15 km en relación a sus 15.000 pascuenses. La Tierra es un sistema cerrado, en el sentido que no es factible para los seres humanos, en un periodo temporal “razonable”, encontrar una morada alternativa. De igual forma, para los pascuenses, una vez acontecido el ocaso, sin árboles con los que construir barcas mínimamente aceptables, la isla era también un sistema cerrado del que no podían escapar. En la Tierra, los humanos que la moran efectúan grandes esfuerzos por incrementar su estatus. Para conseguirlo, se recurre a la ostentación y fausto de los más variopintos bienes suntuarios: coches de lujo, mansiones, televisores de gran tamaño… así como a un consumismo febril en miles de productos que generan un consumo de recursos y una generación de residuos no sostenible. Los pascuenses también eran adictos a la pompa y al boato, encarnados en sus moái, lo que, sumado a lo pequeño de su morada y a la imposibilidad de trasladarse a otra, significó su condena a muerte. Esta tercera semejanza entre la tierra y la Isla de Pascua lo es en origen, si bien el desenlace o, en palabras de Boulding, el destino de la tierra, todavía es desconocido.

Los datos son elocuentes. Como destaca Jared Daimond, el consumo de recursos y generación de residuos de un ciudadano medio de EEUU, Europa occidental o Japón son unas 32 veces superior a la de los habitantes del Tercer Mundo. Por lo tanto, si todos los países del mundo acaban alcanzado el dorado que para ellos es llegar al consumo y nivel de vida de los países ricos, cruzaríamos el punto de no retorno, lo que significaría una “pascualizacion” de la sociedad a nivel planetario, no para nosotros, sino para nuestros descendientes. La otra alternativa es reconocer la gravedad del problema y asignar los recursos y los medios necesarios para soslayar tan aciago desenlace. Dada la dimensión del problema las soluciones deberían de transitar por una redefinición de los valores en los que se sustenta el sistema económico y social. Los modelos alternativos son varios: Economía del decrecimiento, del bien común… todas ellas encuadradas en el amplio y anfibiologico concepto de la economía sostenible.

 

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Trabajar para construir y construirse

Artículo publicado en la revista Noticias Obreras, nº 1552, Octubre de 2013, pág 12-13

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La encíclica laborem exercens de Juan Pablo II nos recordó en su momento cuáles son las principales dimensiones del trabajo. Por un lado la objetiva, es decir, cómo a través de nuestra actividad productiva de bienes y servicios que sean útiles para nuestras vidas o para las de los demás, contribuimos en recrear este mundo, en construir una sociedad mejor y en que el bienestar de las personas que componen nuestra sociedad se incremente. La segunda dimensión es la subjetiva. Esta se basa en cómo el trabajo es una parte sustancial de la persona. Nosotros no podemos entendernos sin trabajo, la labor que realizamos para la elaboración de esos bienes y servicios es consustancial a nuestro ser. Por ello, el trabajo que desarrollamos es una de las maneras a través de las cuales nos realizamos como personas. Somos más humanos también en el trabajo y a través de él.

Hablar de estos conceptos en un momento en el que nos encontramos en unos niveles de desempleo que nunca habían sido tan altos, puede parecer una frivolidad. Algunos podrían pensar que con los graves problemas económicos que estamos viviendo, lo último que se puede pensar es si mi trabajo me ayuda a perfeccionarme como persona o si colaboro realmente en la mejora de mi entorno a través de él. Parece que en momentos así lo único que se puede hacer es dar gracias por el trabajo remunerado que tenemos sin realizar planteamiento alguno que vaya más allá.

Esto puede llevar a la concepción (tan extendida que alcanza, con frecuencia, a personas cristianas muy comprometidas) de que el trabajo se realiza tan solo para ganar el sustento, mientras que uno se realiza como persona y colabora en una sociedad mejor fuera de mi él, en el tiempo libre, en las actividades que se desarrollan en la parroquia, en una asociación, en una ONG, es decir, en las actividades voluntarias fuera del trabajo remunerado.

Si nos centramos en aquellos que viven su trabajo así y que tienen una fuerte conciencia de colaboración en la mejora del mundo en el que vivimos, me refiero a aquellos para los que su labor remunerada es una especie de mal menor en el que pasan muchas horas al día, pero que les sirve de soporte para poder utilizar todas sus energías en la labor solidaria que ejercen en su organización, ONG, labor voluntaria, etc. (Otros reservan estas fuerzas para dedicarse a organizar una fiesta, hacer deporte o realizar otras actividades lúdicas que también les apasionan. Se trata del mismo fenómeno pero con objetivos distintos)

Pienso, sinceramente, que esta postura no colabora demasiado en el crecimiento personal de aquellos que la practican y que tampoco lo hace en la construcción de esa sociedad mejor que anhelamos casi todos. Nuestra labor solidaria, nuestros anhelos de justicia, nuestra manera de colaborar en la mejora de nuestro entorno, también debe realizarse a través del trabajo. No pretendo ir en contra de la labor voluntaria o de la participación en ONGs, por supuesto que no, nada más lejos de mi intención. Lo que intento decir es que con el mismo espírituo con el que nos planteamos estas colaboraciones y estos trabajos, debemos plantearnos nuestra labor remunerada. Esta última puede ser, también, una fuente importante de gratificación personal y de colaboración en la mejora de nuestra sociedad.

Algunos pueden aducir que en determinados puestos de trabajo esto no es posible. Con frecuencia cuando comento esta cuestión, me preguntan cómo podemos hacer esto en un puesto de producción en cadena, o cómo se puede contribuir a la mejora de la sociedad cuando nos obligan desde nuestra empresa a actuar justo en el sentido contrario. Estas dos circunstancias parecen justificar que se tome el trabajo como un mal menor, que se limite uno a recibir el salario al final de mes y reserve sus energías para hacer en otros ámbitos aquello que sí que ayuda a crecer como persona y a construir un mundo mejor. Sin embargo, esto no tiene por qué ser así.

Por un lado, salvo que se trate de una actividad claramente mafiosa o delictiva, la mayoría de las actividades económicas que se realizan en una empresa pueden beneficiar a la sociedad o a una parte de ella. Si estoy en una cadena de producción de, pongamos, piezas eléctricas de porcelana, mi colaboración en que estas salgan sin defectos, con todos los parámetros de calidad, no solamente va a ayudar a la empresa productora, sino también a los usuarios finales de estos elementos. En esta labor también compartimos el trabajo con otras personas como yo. Mejorar el ambiente de trabajo, conseguir unas relaciones amigables y un entorno positivo, es otra manera de construir sociedad. Esto no quiere decir que tengamos que callar si nos están exigiendo que tomemos actitudes poco éticas o contrarias a la mejora de los que nos rodean, todo lo contrario, nuestra actitud debe ser la mejor manera de mostrar este modo de entender nuestra labor.

Quizá el punto más difícil en este sentido es si el trabajo no nos está sirviendo para crecer como personas. Las situaciones críticas, los problemas, las circunstancias adversas, también son momentos en los que podemos lograr ser más humanos, crecer y avanzar en nuestro perfeccionamiento personal. Bien es verdad que esto tiene un límite que deberemos reconocer por si es necesario sacrificar los ingresos para mantener nuestra integridad personal y nuestra propia coherencia de vida. Por ello, como ya he nombrado, es importante denunciar las prácticas contrarias al desarrollo personal de los trabajadores o a las que van en contra de la mejora de la sociedad. Decidir hacer como si nada de esto existiese y buscar otras cosas fuera para intentar compensar lo que en el trabajo me machaca, puede ser la opción aparentemente más cómoda, pero no creo que sea la mejor.

Nuestra labor remunerada, es un lugar importante para nuestra realización personal y para nuestra colaboración en la mejora de nuestro entorno. Olvidar esto y considerarlo solo como un mal menor que debemos realizar para poder tener los ingresos que necesitamos para nuestra vida es deshumanizar nuestro trabajo y a nosotros mismos. Comprenderlo y actuar en consecuencia es una de nuestras responsabilidades en el mundo del trabajo hoy en día.

 

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PARA ENTENDER QUÉ PASÓ CON LAS PREFERENTES

Artículo publicado en la revista Icono Junio 2013, páginas 10 y 11

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Una historia local

Recuerdo que hace un tiempo mi padre me vino a consultar sobre un producto que le habían ofrecido en su oficina bancaria. Le habían propuesto que sacase dinero de sus depósitos para ponerlo en un producto denominado “preferentes” en el que le iban a dar un rendimiento mucho mayor sin demasiado riesgo. Quería saber qué de verdad había en esto. Le expliqué de una manera sencilla que las preferentes eran una especie de acciones de la caja de ahorros (esto no es muy riguroso pero es fácil de entender) y que podía perder todo su dinero o pasar a ganar poco, ya que los rendimientos que daban dependían de la marcha del banco.

Mi padre no quería riesgos sino seguridad para su dinero así que volvió al banco, le dijo a la directora que declinaba su ofrecimiento y que, desde su punto de vista, estaba engañando a la gente ya que las preferentes no eran productos seguros. Evidentemente, no todas las personas de mi población tienen un economista en la familia, ni todas consultan estas cosas con alguien que sepa un poco sobre ellas, por lo que algunas pasaron sus pequeños ahorros de siempre a las preferentes y, cuando se dieron cuenta de que habían perdido su dinero se sintieron estafadas y descargaron su ira contra la directora de la oficina (hubo hasta amenazas verbales y momentos muy tensos).

 

¿Por qué sucedió esto?

El análisis de esta estafa a pequeños ahorradores que compraron un producto que no entendían pensando que era seguro nos lleva a tres causas que confluyeron en ella:

  1. Las cajas de ahorro querían expandirse y prestar más para ganar más y no tenían financiación para hacerlo. Este era un buen sistema para conseguirlo

  2. Los directores de las sucursales bancarias trabajan por objetivos, de modo que la alta dirección les puso un objetivo de colocación de preferentes entre sus clientes y ellos se vieron obligados a cumplirlo para no perder su trabajo o su puesto. Además, muchos de ellos no entendían bien qué era ese instrumento financiero, solo leían la información de venta que les venía preparada e intentaban alcanzar las cifras de venta que les venían dadas.

  3. El ahorrador se veía atraído por la alta rentabilidad que le ofrecían con las preferentes. Pensaba que esto le iba a llevar a ganar más y además estaba engañado con respecto a la seguridad que tenían. Por ello prefería sacar su dinero de los depósitos atraído por estos rendimientos superiores.

 

¿En qué nos equivocamos?

No voy a entrar en los puntos uno y dos, ya que estos hablan de la responsabilidad que tuvieron las cajas de ahorro a la hora de comercializar estos productos. De ello se ha hablado mucho y no es este el foro para insistir en este aspecto sino en el nuestro, en el de los clientes de una entidad bancaria. Se nos ha metido en el fondo de nuestro ser que el objetivo del dinero que tenemos en el banco es el de lograr el máximo rendimiento posible. Por ello miramos los intereses que nos dan y si estos son bajos y tenemos algún amigo o familiar que nos dice que gana más, nos sentimos mal, nos parece que estamos haciendo el tonto con nuestro dinero y no le estamos sacando el rendimiento que podríamos. Esto hace que, cuando nos ofrecen un producto financiero con el que podemos ganar más, nos ceguemos y pensemos que por fin ya vamos a ganar lo que nos merecemos.

 

Exigir transparencia y ética

Sin embargo no es esto lo que nos va a llevar a darle el verdadero sentido a la actividad bancaria y financiera. Benedicto XVI nos ha llamado a construir una estructura ética de los mercados financieros y los clientes podemos participar en esta labor. Para ello, debemos exigir transparencia a los bancos para que nos informen hacia donde dirigen el dinero que les dejamos. Así, podríamos elegir el banco o el producto, no por el rendimiento que este nos da, sino por a quien se le va a prestar nuestros ahorros.

Esto también supone que dejemos en un segundo plano el criterio del rendimiento. Si sabemos que con nuestro dinero el banco está financiando causas justas o proyectos positivos para la sociedad, podemos estar dispuestos a recibir menos rendimiento porque esto supone que, a su vez, se le está cobrando menos a quien se le presta. Así, ganaremos nosotros, aunque no tanto; ganará el que pide prestado, porque le saldrá más barata la financiación; y saldrá ganando la sociedad porque se potenciarán proyectos positivos para ella. Esta exigencia de transparencia y ética con la amenaza de llevar el dinero a otro banco, será nuestra colaboración a una regeneración ética de los mercados financieros y nos inmunizará ante posibles estafas futuras amparadas en unos rendimientos superiores.

 

 

 

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Compra un libro para una causa solidaria

En esta ocasión, aprovechando la feria del libro de Madrid, os ofrezco la oportunidad de haceros con dos interesantes libros a unos precios realmente bajos (5 y 3 euros según queráis la versión impresa o la online) y en los que la totalidad de la recaudación va destinada al Programa de Atención a la Mujer CASABIERTA (Uruguay)

El libro que he escrito junto a Rafael Junquera de Estefani se titula “Reflexiones: Aportaciones a la Crisis económica y Moral” y el otro es “Orar con los Salmos” de Alfonso Sánchez CSsR.

Puedes solicitar tu ejemplar en el email: fundraising@funderetica.org

y la transferencia con el donativo la puedes hacer a la cuenta del Banco Popular Español:
LAICOS REDENTORISTAS 0075-0562-41-0600309804 Ref.Libro Solidario

encuentro solidario libros

 

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A propósito del nuevo Obispo de Roma, Francisco

Artículo publicado en la revista ICONO, año 114, nº 5 de Mayo de 2013, pág: 12 y 13

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Mi mujer suele juntarse una vez por semana para tomar café con otras madres de nuestro pueblo. Entre ellas las hay cristianas, las hay ateas, las hay que ni fu ni fa, etc. La semana pasada me comentaba que por primera vez durante estas conversaciones de café (nunca mejor dicho) el sector menos proclive a la jerarquía eclesiástica había hablado bien de esta. En lugar de las críticas habituales y la imagen negativa que normalmente expresaban sobre obispos, curas, cardenales y papa, se escuchaban palabras amables y positivas. Ni que decir tiene que esto había sido provocado por el nuevo Obispo de Roma, Francisco.

Los gestos económicos

Muchos han sido los gestos de sus primeros días como obispo de Roma que podríamos comentar, algunos de profundo calado teológico, pero no es esa la parte que corresponde a esta sección. Voy a centrarme únicamente en algunos de los que tienen un componente económico claro: el hecho de que siga llevando los mismos zapatos que el día antes de ser votado junto con la sencillez de su vestimenta, que volviese con autobús a la residencia de Santa Marta con todos los demás cardenales en lugar de ir en un coche aparte, que se sentase a comer con ellos, que pagase su cuenta en el sitio donde había estado alojado durante los días previos al cónclave, que viviese en un simple apartamento de Buenos Aires y no en un palacio episcopal, que fuese a los sitios en transporte público, que siguiese con la misma cruz que ya utilizaba, etc.

Son gestos de normalidad

Si lo reflexionamos con frialdad, nos daremos cuenta que son gestos que reflejan normalidad. Se trata de comportamientos que se ajustan con lo que los cristianos denominamos pobreza evangélica y que provienen directamente de un Dios que se hace hombre en Jesús y no elige los palacios romanos o la alta jerarquía judía para vivir entre nosotros, sino que busca a una humilde pareja de Nazaret para hacerlo. Un Jesús que no se dedica a hacerba ostentación de su condición divina exigiendo adoración, llevando caros vestidos, acompañando los poderosos o buscando el aplauso de los gobernantes, sino que vivía sin residencia fija entre los más necesitados.

Como sabemos que Jesús no solo fue hombre sino Dios verdadero y que solamente podemos conocer al Padre a través de él, parece que los comportamientos de Francisco son los normales que cabría deducir de un cristiano que conoce a Dios a través de Jesucristo. ¿Por qué entonces la normalidad nos parece tan reseñable? ¿Por qué todos los medios de comunicación hacen hincapié en estos aspectos que parecen sorpresivos a pesar de ser los que cabría esperar de un seguidor de Jesucristo? (Es fácil contestar estas preguntas, así que continúo con mi análisis económico y dejo al lector que lo haga por si mismo.)

De una austeridad fundamental y no forzada

Esta austeridad que parece primar en Francisco, podría entenderse como algo necesario en el momento que estamos viviendo ¿Acaso no son austeros también nuestros gobiernos? ¿Acaso no es lo que deben hacer las empresas y las familias? Sin embargo, existe una gran diferencia entre la una y la otra. La austeridad derivada de la crisis es una austeridad no deseada. Se hace porque es la única manera de que me sigan prestando dinero. Si no me dedico a gastar menos de lo que ingreso o a equilibrar ambas partidas, quienes tienen que prestarme dejarán de hacerlo y no podré continuar con mi actividad normal. Por ello es momento de esto, más adelante podremos volver a endeudarnos, pero no ahora.

Sin embargo, la austeridad cristiana (que es la que Francisco trasluce con sus gestos) es una opción por convencimiento, es un camino tomado de una manera responsable. No se hace para contentar a quienes me prestan o me pueden prestar, no se hace porque es lo que toca, sino porque se cree que es la mejor manera de vivir, porque solamente así podemos ser plenamente felices.

Imprescindibles para anunciar la Buena Nueva

Todo esto nos lleva a un elemento clave. La Buena Noticia cristiana, no se puede transmitir desde la riqueza, desde el poder, desde el trono, desde la distancia. Si así fuese, Dios (que como todos sabemos no debe tener ni un pelo de tonto) se habría hecho hombre en una familia rica o casi mejor, en la familia del emperador romano (que era seguramente el más rico y más poderoso de su época) o lo más probable, no habría considerado interesante hacerse hombre en Jesucristo…

Solamente podemos evangelizar desde la sencillez, la humildad, la parquedad. Por eso, cuando Francisco realiza signos que se encaminan en esta dirección, la predisposición negativa de las madres que se toman un café juntas en cualquier rincón de España puede desaparecer y esta es una buena base para transmitir el mensaje de redención y esperanza de Jesucristo.

 
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Publicado por en mayo 14, 2013 en pobreza

 

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Ayuda alimentaria y alimentación de calidad

Artículo publicado en suplemento El Mercantil Valenciano EMV del periódico Levante EMV el domingo 24 de Marzo de 2013 en su página 16

Ayuda Alimentaria y de Calidad

La virulencia y la duración de la crisis que estamos viviendo, está llevando a que la ayuda alimentaria esté tomando una importancia vital en nuestro país y en otras naciones europeas que están pasando por situaciones similares a la nuestra. Una cantidad cada vez mayor de personas ven sus ingresos tan mermados que comienzan a necesitar ayuda para lograr una alimentación básica que les permita sobrevivir. Esto hace que ONGs que hasta ahora dedicaban gran parte de sus esfuerzos a la promoción de las personas más desfavorecidas (a enseñar a pescar siguiendo el famoso proverbio confuciano) ahora hayan pasado a utilizar sus recursos para ofrecer ayuda alimentaria (dar el pez en lugar de la caña)

Esta circunstancia plantea varios interrogantes o dilemas que voy a intentar describir en este breve artículo. El primero tiene que ver con la naturaleza de la necesidad. Muchas de las personas que necesitan fondos para comer tienen ingresos mensuales aunque sean bajos. El problema no es la falta absoluta de ingresos, sino que tienen unos gastos que deben asumir antes que el alimentario: la hipoteca, la luz, el seguro del coche, el agua y el gas, el teléfono, etc. Es decir, no es que no tengan ningún ingreso, es que para poder vivir con algo de dignidad en el entorno en el que se encuentran, hay una serie de gastos fijos de los que no pueden prescindir (porque se quedarían sin casa, sin luz, sin comunicación, sin posibilidades de encontrar trabajo…). Por ello, la primera cuestión que se nos plantea es ¿Hay que ofrecer ayuda alimentaria o lo que habría que hacer es dispensar de otros gastos mientras la situación de pobreza se mantuviese? ¿Cabría articular otros sistemas que garantizasen un mínimo suficiente para poder cubrir todos los gastos necesarios para una vida digna?

En segundo lugar hay que analizar la manera en la que se distribuye la ayuda. Si cualquiera de nosotros se encontrase en la situación de necesitar recibir ayuda alimentaria, no querríamos que nuestros amigos y compañeros percibiesen esta situación, por lo que nos disgustarían aquellos sistemas de reparto en los que todo el mundo viese que nosotros nos vemos obligados a recibir esta clase de ayuda. La publicidad que tendría que hacer de mi situación menesterosa, podría impulsarme a rechazar una ayuda que necesito para poder mantener la dignidad en el entorno en el que habitualmente me muevo.

Distribuir la ayuda de una manera digna para el necesitado puede hacerse de muchas maneras, pero hay una experiencia en Italia que me parece particularmente interesante. Una cadena de supermercados que tiene tarjeta de fidelización, ha realizado convenios con ONGs de manera que un porcentaje de la compra con esta tarjeta va a ayuda alimentaria. Sus receptores la reciben en forma de recargas en la tarjeta de la cadena, de manera que van a comprar al supermercado y se llevan los productos necesarios sin que nadie pueda distinguir entre quienes ayudan comprando con esta tarjeta y quienes están recibiendo la ayuda.

En tercer lugar está el tema de la calidad de los alimentos. El sistema de distribución de la ayuda alimentaria exige, con frecuencia, que se trate de alimentos no perecederos. De hecho, es habitual que cadenas de alimentación o empresas productoras donen alimentos cercanos a la fecha de caducidad que acaban en manos de los receptores de esta ayuda. Ello lleva a que, por un lado, las condiciones de los productos puedan no ser los adecuados (la fecha de caducidad está por algo) y, por otro, a que la dieta que siguen aquellos que comen de esta clase de ayuda no sea equilibrada al quedar excluidos de ellos determinados alimentos (especialmente los frescos). Articular sistemas para que la ayuda alimentaria cumpla unos parámetros nutricionales correctos o para que se puedan incluir productos frescos y otros necesarios para llevar una dieta equilibrada parece conveniente.

Esto se podría hacer siguiendo las indicaciones de especialistas en nutrición y articulando sistemas que permitiesen mejorar el acceso a los productos frescos por parte de la población más desfavorecida. En algunos países esto se hace a través de descuentos en estos productos que se dan en los momentos en que menos personas entran en el supermercado. Los niveles de precios son variables y todo el mundo sabe que puede encontrar esta clase de alimentos más baratos a determinadas horas del día.

Por último, creo que hay que añadir el dilema que presenta un sistema económico que produce más de lo que se consume. Esta sobre-producción se tira, con mucha frecuencia. Los productos no vendidos y caducados, acaban en la basura ya que no se pueden reutilizar. Cuando en lugar de esto se donan a ONGs encargadas de reparto de comida, las estructuras de redistribución paralelas organizadas por estas consumen muchos recursos para duplicar algo que ya hacen correctamente los supermercados y las tiendas, es decir, llevar los alimentos desde los productores a todos los rincones del país (aunque en este caso, los destinatarios sean solamente los que peor están). Por último, hay que recordar el problema casi endémico de la gran diferencia entre los precios de venta al público de los alimentos y el que reciben sus productores. La distribución, la puesta en el estante del supermercado y el sobre-coste que supone el producto no vendido, se lleva la práctica totalidad del precio del bien. Ello lleva a que exista una horquilla que permitiría rebajar los precios si los sistemas de distribución fuesen más directos del productor al comprador. Apostar por sistemas que pudiesen distribuir directamente del productor al consumidor podría, no solo mejorar la remuneración de agricultores y ganaderos, sino al mismo tiempo facilitar el acceso a estos productos para la población de menor capacidad adquisitiva. La cercanía del productor al consumidor y la bajada de precios podría también evitar la gran cantidad de alimentos que acaban deteriorándose por no haber sido vendidos a tiempo.

 

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Construir el bien de la paz mediante un nuevo modelo de desarrollo y de economía

Artículo publicado en el periódico Las Provincias el sábado 26 de Enero en la página 26

Construir La Paz

Como todos los años desde hace 46, el mes de enero comienza en la Iglesia Católica con la Jornada Mundial de la Paz y el mensaje papal ligado a este evento. Este año el mensaje ha tenido un componente económico del que me quiero hacer eco en estas líneas. Benedicto XVI ha alertado sobre “la creciente desigualdad entre ricos y pobres por el predominio de una mentalidad egoísta e individualista, que se expresa también en un capitalismo financiero no regulado” lo que para el pontífice, constituye una amenaza para la paz.

La primera afirmación está científicamente contrastada. El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo constata como entre 1970 y 2005 la desigualdad de los ingresos en el interior de los países ha aumentado un 20%. La mentalidad egoísta e individualista es algo que sustenta un sistema económico que legitima como prioridad básica la búsqueda del propio interés. La liberalización del sistema financiero durante los últimos años es un hecho cuya descripción se encuentra, por ejemplo, en Financial Services Authority (2009) The Turner Review. A regulatory response to the global banking crisis (aunque afirmar que estos mercados no están regulados puede verse como una exageración).

El mensaje incide en considerar como pecado y negación de la paz la “codicia”, que según el diccionario de la Real Academia es el “Afán excesivo de riquezas” (considerado por algunos el motor de la economía, lo que conlleva unos ingentes esfuerzos para lograr que las personas codiciosas puedan ganar todo el dinero que puedan con las menores trabas posibles). También condena “la ideología del liberalismo radical y de la tecnocracia que insinúan la convicción de que el crecimiento económico se ha de conseguir incluso a costa de erosionar la función social del Estado y de las redes de solidaridad de la sociedad civil, así como de los derechos y deberes sociales”Afirmando que los derechos y deberes sociales “han de ser considerados fundamentales para la plena realización de otros”.

En este punto hace una encendida defensa de la prioridad del trabajo sobre el capital (como ya realizaron otros papas con anterioridad) y la necesidad de que la creación de empleo sea el objetivo principal de nuestras economías. Piensa que priorizar el libre mercado está deteriorando el estatuto jurídico del trabajo y que hay que luchar por una renovada consideración del trabajo, basada en los principios éticos y valores espirituales, que robustezca la concepción del mismo como bien fundamental para la persona, la familia y la sociedad”.

El mensaje concluye con un apartado titulado: “Construir el bien de la paz mediante un nuevo modelo de desarrollo y de economía”. En él nos anima a que construyamos “un nuevo modelo de desarrollo, así como una nueva visión de la economía”. Piensa que debemos observar la actual crisis como una oportunidad para poder construir este nuevo modelo económico que se basaría en la búsqueda del Bien Común, en unas actuaciones económicas sustentadas en relaciones de lealtad y reciprocidad y en la lógica del don que lleva a un trabajo que busque beneficiar a los demás y a la sociedad en su conjunto.

Por último, anima a la realización de políticas públicas que “se preocupen del progreso social y la universalización de un estado de derecho y democrático” y a promover una “estructuración ética de los mercados monetarios, financieros y comerciales… de modo que no se cause daño a los más pobres”.

Ante estas propuestas caben dos pensamientos que podrían enturbiar la recepción del claro mensaje papal: La primera pensar que Benedicto XVI no tiene ni idea de economía y que lo que propone no solo es utópico, sino imposible, ya que va en contra de la dinámica económica. Y la segunda considerar que sus propuestas desbordan nuestro ámbito de actuación y que deberían ser otros las que las pusiesen en práctica, ya que nosotros no podemos hacer nada para colaborar en esta labor.

Ante la primera quiero decir que mucha gente practica la dinámica del don en la economía con éxito. El ejemplo más claro son las familias. Todas ellas son entidades económicas (de hecho el origen griego de la palabra proviene precisamente de esto, de gestionar la casa) que tienen unos ingresos y deben administrarlos correctamente. Muchas familias gestionan sus dineros buscando el bien común de los suyos y compartiendo entre todos (de una manera gratuita) lo que alguno de sus miembros ingresa. Esto no supone un quebranto económico de ellos, sino todo lo contrario, si se realiza bien consiguen, no solo buenos resultados desde este punto de vista, sino que además logran potenciar la familia como tal… Si vemos el caso contrario, esto es, aquellas familias en las que prima la codicia y el individualismo de sus miembros, su gestión económica no tiene por qué ser mejor que en el caso anterior y, sin embargo, tendrá muchas posibilidades de ruptura o descontento familiar a causa de estas actitudes egoístas. La limitación de espacio de este artículo me impide dar más ejemplos, pero coincido con el Papa en que construir nuestro sistema económico sobre otros pilares no solo es posible, que lo es, sino que es la mejor manera de poner la economía al servicio de la paz.

En cuanto a la segunda objeción hay que decir que todos podemos hacer algo en este sentido: modificar nuestros hábitos económicos familiares, plantear nuestro día a día laboral desde otra perspectiva, exigir transparencia y criterios de inversión éticos a nuestros bancos, etc. Si se tienen dudas sobre cómo colaborar en esta tarea que nos propone el Papa, se puede acudir a libros, artículos, publicaciones o blogs que algunos economistas, empeñados en esta labor, realizamos desde hace tiempo intentando dar pistas para avanzar en esta dirección.

No me queda más que recomendar la lectura del mensaje (que se puede encontrar en: http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/messages/peace/documents/hf_ben-xvi_mes_20121208_xlvi-world-day-peace_sp.html) y recordar, que sus palabras van más allá del ámbito exclusivamente cristiano, ya que tal y como dijo Benedicto XVI en su Encíclica Caritas in Veritate (siguiendo una tradición muy arraigada desde el Vaticano II), hay que “promover la colaboración fraterna entre creyentes y no creyentes, en la perspectiva compartida de trabajar por la justicia y la paz de la humanidad” (CiV, 57).

 

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¿A quién queremos rescatar?

Artículo publicado en el periódico las Provincias el 18 de Noviembre de 2012 en su página 41 titulado ¿A quién queremos rescatar?

Parece que estos últimos días se ha tranquilizado la cuestión de si vamos o no a ser rescatados por la Unión Europea. Creo por ello que es buen momento para reflexionar sobre el concepto de rescate y su aplicación a los actuales problemas de España. Según dice el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española en su tercera acepción, rescatar es “liberar del peligro, daño, trabajo, molestia, opresión, etc.” A esta definición, que es elocuente por si misma, podríamos añadir que la palabra rescate nos hace pensar que aquellos que lo realizan están dispuestos a perder algo a cambio de conseguir su objetivo de salvar o ayudar al rescatado. De hecho, los más rescates más admirados son aquellos en los que quien los intenta está poniendo en peligro su propia vida para ayudar a otro. Por ello el rescate suele identificarse con una buena obra por parte de quien lo realiza (o lo intenta) que piensa más en el rescatado que en lo que pueda perder por realizar esta acción. El interés y el bienestar de quien tiene problemas está, pues, por encima del interés del rescatador. Esto hace que, aquel que está en una mala situación manifiesta, no solamente no rechace un rescate, sino que con frecuencia ansía que alguien venga en su auxilio para poder ser liberado de ese peligro, daño, trabajo, molestia u opresión al que se ve sometido.

Parece evidente que en el caso de los rescates de la Unión Europa, su recepción no alegra a casi nadie y no solo porque esto supone reconocer que estamos muy mal, sino porque muy pocos se sienten totalmente salvados por estos rescates (si así fuese, creo no nos asustaríamos por ellos). Cabe preguntarse por qué sucede esto si parece que la mejora de nuestro país pasa necesariamente por ellos.

En el caso español se ha hablado de dos casos de rescate, el que ya se ha solicitado para mejorar la situación del sector financiero y el rescate país, que es el que nos presenta una tregua en estos momentos. El rescate financiero se ha articulado para unos bancos que estaban en una situación en la que prestaron mucho dinero al sector inmobiliario para comprar terrenos, construir edificios, adquirir pisos, etc. y que en estos momentos tienen problemas para recuperar ese dinero al mismo tiempo que tienen que seguir haciendo frente a sus obligaciones. El rescate consiste en prestarles dinero barato que les permita hacer frente a sus deudas mientras consiguen recuperarse y vender esos activos inmobiliarios.

El rescate a un Estado es algo parecido. España tiene una gran deuda que le supone pagar una cuantía elevada de intereses y al mismo tiempo un déficit que le impide hacer frente a esta deuda si no vuelve a pedir prestado. Los posibles financiadores conocen esta situación y no están dispuestos a prestarles más dinero (o exigen para hacerlo unos intereses excesivamente altos). El rescate pretende prestar dinero barato a ese país para que pueda hacer frente a estas deudas y para que rebaje la cuantía de los intereses que tiene que pagar. Para financiar al país, la entidad que lo hace exige a España unas condiciones que pretenden garantizar que el nuevo préstamo sea devuelto. Sin el cumplimento de estas condiciones el rescatador se niega a realizar el rescate.

Si analizamos esto con detalle nos daremos cuenta de que los verdaderos beneficiados en esta clase de ayuda no son el país receptor, sino sus acreedores, ya que gracias a la intervención de la Unión Europea logran cobrar lo que sospechaban podría convertirse en un impago. De hecho, los únicos que parecen alegrarse con el rescate son, precisamente, los financiadores que, inmediatamente después a cualquier noticia de que este es posible, rebajan su presión sobre los deudores. Estos últimos solamente salen beneficiados en la medida que las condiciones del nuevo préstamo son mejores que las del anterior, aunque con frecuencia, esta medida solamente sirve para incrementar la deuda del rescatado (En nuestro país, el rescate al sector financiero español va a elevar la deuda pública española considerablemente a lo largo de este año de manera que se calcula que en 2013 alcanzará un 90% del PIB)

Parece que el rescatador, más que pensar en el bien de España o de cualquier otro deudor, está pensando en el bien de los acreedores de España y que, tanto el rescate como las condiciones que este conlleva, no se hacen para que el rescatado mejore, sino para garantizar que sus acreedores van a recibir el dinero que se les debe tanto ahora como más adelante. ¿Es esto lo que entendemos por un rescate? ¿Es una ayuda real aquella que se me da no para que yo mejore, sino para que mi problema no afecte demasiado a los demás? Por lo tanto, cabe preguntarse si el rescate-país es un rescate a España o un rescate a los financiadores que han prestado a España.

Por todo ello creo sinceramente que un rescate debería implicar una apuesta por la mejora de la situación económica y política del país rescatado. Esto supone, por parte de la nación deudora, un “propósito de enmienda” y una “penitencia”. Es decir, una intención real de que la situación no se vuelva a dar junto con una serie de medidas que encaminen a la nación hacia esta dirección: apostar por una política mucho más transparente, una economía basada en no gastar más de lo que se tiene (salvo momentos excepcionales), una estructura fiscal que apoye la creación de empleo, unos ingresos suficientes para todas las personas, etc. Pero estas medidas no pueden ser hechas con el único objetivo de poder así devolver las deudas. No se puede hipotecar a los ciudadanos de un país durante varios años por fallos ya cometidos y menos si esto repercute en un grave empeoramiento de sus condiciones de vida.

Un verdadero rescate pasa, por tanto, por mecanismos de condonación y de rebajas sustanciales de lo debido (no por incrementos del porcentaje de deuda). Pasa por procesos de ajuste que no tengan como objetivo garantizar los pagos, sino sentar las bases para que esta situación no se vuelve a dar, construyendo un futuro sobre unas nuevas bases no hipotecadas. Y pasa porque aquel que lo realice está dispuesto a sacrificar algo para mejorar al que está en peor situación. Solamente así podremos hablar de verdadero rescate. Otras maneras de ejecutar el mal llamado rescate y el mal llamado rescatador, dejan de ser algo deseado y bonito para convertirse en una pesadilla de la que no se quiere oír hablar. Necesitamos crear ilusión y ganas de mejora, necesitamos que las reformas se vean como la construcción de un camino hacia futuro mejor, no como las penas que tengo que pagar para que mis acreedores cobren lo que les debo. Si no se generan estas dinámicas, si no reformamos un sistema que no ha funcionado bien, no para mantenernos como estábamos, sino para dirigirnos hacia otros horizontes, el rescate no es tal, será otra cosa, pero no un rescate y nosotros seguiremos hundidos a pesar del mismo (y si no vean qué ha sucedido con los países ya rescatados).

 
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Publicado por en noviembre 19, 2012 en ahorro y finanzas, Crisis económica

 

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A propósito de la tasa de transacciones financieras

Artículo publicado en Las Provincias el Martes 16 de Octubre de 2012 en la página 26

España y otros diez países de la Unión europea han decidido poner una tasa de transacciones financieras a las compras de bonos, acciones y productos derivados en la Comunidad Europea. Creo que aunque no hayan sido todos los países de la Unión Europea ni los grandes centros de finanzas mundiales los que hayan tomado esta medida, que a pesar de las pegas que tiene y a la espera de la concreción de la misma, podemos estar de enhorabuena por esta decisión. Varios son los motivos que podemos argumentar para justificar esta alegría. El primero podría clasificarlo como ético. Mientras que cada vez que compramos una barra de pan para comer tenemos que pagar un porcentaje de su precio en concepto de impuestos, no sucede lo mismo cuando adquirimos una acción o un bono del tesoro o cualquier instrumento financiero. Parece cuanto menos peculiar, que tengamos que pagar impuestos si adquirimos algo que necesitamos para vivir, pero que no tengamos que hacerlo si compramos un producto financiero para intentar ganar dinero con él. ¿Por qué por las cosas que son necesarias se paga impuestos y las que son para beneficiarse de ellas y por tanto innecesarias, no? Si además consideramos que comprar pan lo tienen que hacer todos, hasta los que tienen muy pocos recursos económicos (o son pobres si queremos decirlo de otra manera más sencilla) y quienes adquieren activos financieros suelen haber cubierto sobradamente sus necesidades básicas y lo hacen con sus ahorros o sus excedentes de dinero, la cosa parece todavía más injusta.. Aunque existen razones prácticas para negarse a este impuesto, desde el punto de vista ético los argumentos en contra de esta tasa son, cuanto menos, endebles.

El segundo motivo es recaudatorio. Durante el año 2011, según los datos de la bolsa (Bolsa de Madrid (2012) Estadísticas, Mayo de 2012, http://www.bolsasymercados.es/esp/publicacion/revistaOnLine/index.htm) el volumen de contratación total en España fue de trece billones doscientos sesenta y uno mil trescientos veinte millones de euros. Ello quiere decir que de mantenerse esta contratación y el tipo que se ha anunciado, un 0,1% (siempre que se aplicase a todas las compras, cosa que no está clara en estos momentos) se lograría una recaudación de más de 13.000 millones de euros. Tal y como está la situación económica, no está mal del todo… Si la contratación se redujese a causa de este impuesto un 30% (el precedente de Francia parece que apunta en esta dirección) la recaudación seguiría incrementándose en unos 9.000 millones de euros. Podría suceder que a causa de este impuesto los beneficios financieros se redujesen y bajase, como consecuencia de esto, la recaudación de impuestos por esta vía, pero está por ver si esto realmente sucede (podría no suceder) y cuál sería la reducción de recaudación (previsiblemente menor que el aumento por este impuesto).

El tercer motivo ya fue apuntado por el premio nobel James Tobin cuando hizo una propuesta de una tasa de este estilo (que era para las transacciones en divisas y no para los activos financieros). Este impuesto no perjudicaría a la actividad económica real, sino tan solo a la velocidad y cantidad de transacciones financieras. En la medida que esta rapidez y la enorme fluidez han generado una gran volatilidad estos últimos años claramente negativa para la marcha, no solo de los mercados financieros, sino de la economía en general, no podemos más que concluir en que incorporar esa arena (como la definía el mismo Tobin –Eichengreen, Barry; Tobin, James; Wyplosz, Charles (1995): “ Two Cases for Sand in the Wheels of International Finance” http://www.jstor.org/stable/2235326-), en el engranaje de los mercados, puede hacer que estos sean más lentos y cumplan mejor sus funciones apoyando el desarrollo de la economía y no causando inestabilidad innecesaria.

Dicho esto creo que precisaríamos de varias mejoras para que se cumpliesen los objetivos de este impuesto de una manera más plena. La primera es que opino que el porcentaje de la tasa es demasiado reducido. Un 0,1% es una tasa realmente baja (comparando con la compra del pan por la que pagamos un 4% y no nos sirve para ganar dinero sino tan solo para vivir). Creo que deberíamos ir, al menos, a la tasa que propuso Tobin en su momento de un 0,5%. Esto podría suponer que la recaudación fuese, no tan solo de 9.000 millones, sino que alcanzase al menos 20.000 millones anuales (considerando una bajada de negocio de al menos un 60%) siempre y cuando, claro está, se gravasen todas las compra-ventas de estos activos las hiciese quien las hiciese.

El segundo elemento que quiero añadir es que, con la libertad de capitales que tenemos instaurado en nuestros países, podría suceder que quienes adquieren estos productos financieros se fuesen a hacerlo a otros países que no aplican esta tasa con lo que evitarían el pago del impuesto. Creo que ante esta posibilidad caben dos clases de medidas. La primera el impulso para que se generalice este impuesto (lo mismo que sucede con el Impuesto sobre la Renta o el IVA o impuesto sobre las compras). Es decir, intentar que esta idea se acepte por parte de todos los países de la UE y también en las otras plazas financieras mundiales, esto además, igualaría las condiciones de competencia entre las distintas plazas financieras. Si esto no fuese posible, tal vez deberíamos volver a poner trabas a la libre circulación de capitales para evitar que el dinero se fuese a aquellas naciones que no quieren implantar esta clase de tasas y que tienen, pues, ventajas artificiales para competir en los mercados financieros.

 
 

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Entrevista radiofónica sobre el libro “Más allá del decrecimiento”

Aquí tenéis una entrevista radiofónica que me hicieron sobre mi nuevo libro “Más allá del decrecimiento” Son ocho minutos de audio

http://www.ivoox.com/entrevista-a-enrique-lluch-audios-mp3_rf_1439203_1.html

 

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Dossier de prensa sobre el libro “Más allá del decrecimiento”

El libro “más allá del decrecimiento” está teniendo eco en diversos medios de comunicación social. En los siguientes enlaces podéis ver algunos de los artículos en los se ha visto reflejado la publicación de este texto.

Libertad digital 5 de junio de 2012

Zenit 18 de Junio de 2012

 

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El Banco Central Europeo secuestrado en sus contradicciones

Artículo aparecido en el periódico “Levante el Mercantil Valenciano” el domingo 10 de Junio de 2012 en la página 13 de su suplemento dominical “Trabajo y Formación”

Durante estos días se ha estado hablando sobre la Unión Bancaria Europea y sobre la necesidad de que el Banco Central Europeo (BCE) colabore de una manera activa en la solución a los problemas en los que se encuentra la Eurozona. Sin embargo esta institución no parece demasiado ilusionada en involucrarse en estos planes ni en extralimitarse en sus funciones. Cualquier medida que vaya más allá de ellas no despierta demasiado entusiasmo entre sus cuadros directivos (al menos, aparentemente).

 El objetivo principal del Banco Central Europeo es mantener la inflación, es decir, que los precios no se incrementen en exceso. Para ello debe controlar la cantidad de dinero que hay en una economía logrando que este no se incremente en demasía. La idea es que un crecimiento de la cantidad de dinero lleva a que se compre más y esto hace que los precios aumenten. La estabilidad de precios se nos presenta, además, como el mejor garante de la estabilidad de la economía. El cumplimiento estricto de esta función va a evitar problemas económicos al conjunto de la sociedad.

 A pesar de que esta idea goza de una aceptación casi generalizada, es evidente que esto no se ha cumplido en estos últimos años. La inflación no se ha disparado en ningún momento (hasta ha llegado a ser cercana a cero en algunos países de la Eurozona en los años anteriores a la crisis) y sin embargo esto no ha sido una garantía de estabilidad. Esto se ha debido, en parte, a que los precios eran estables pero la política monetaria era expansiva, es decir, los tipos de interés eran bajos y se emitía dinero que se inyectaba en la economía. Si el crecimiento económico hubiese sido elevado, esto hubiera significado que el crecimiento del dinero en circulación se utilizaba para comprar nuevos productos y generaba aumentos significativos de la producción. Esto hubiese explicado, a su vez, cómo se daban al mismo tiempo aumentos de la oferta monetaria con estabilidad de precios. Sin embargo, las tasas de crecimiento fueron durante estos años más bien modestas.

 La razón por la que no subieron ni los precios ni el crecimiento fue que gran parte de este dinero se destinó a la compra de activos financieros e inmobiliarios. Ello produjo que el aumento de los precios de estos activos se acelerase. La inflación no se dio, pues, en los bienes de consumo (que son los que se incluyen en el IPC) sino en los activos de inversión financiera y en los bienes de inversión inmobiliaria. Hubo inflación, pero no de bienes de consumo, sino de activos financieros e inmobiliarios.

 Esta permisividad con la inflación en el precio de estos activos se basaba en la creencia de que no pueden existir burbujas especulativas y que, al final, ese crecimiento de los precios permite a aquellos que operan en estos mercados obtener pingües beneficios que acabarán repercutiendo en la economía real produciendo más crecimiento económico. Ahora bien, pensar que el valor en bolsa de una empresa (por ejemplo) puede duplicarse cuando ni sus beneficios ni su tamaño lo hacen, no puede menos que resultar sospechoso a cualquiera que lo observe desde afuera. Lo mismo podríamos decir de los aumentos desorbitados que se dieron durante estos años en los precios del mercado inmobiliario… Permitir estas subidas exageradas de precios, parecía una política errónea como señalaron algunos economistas en su momento.

 Estas circunstancias nos plantean varias preguntas cuya respuesta podría llevarnos a replantearnos los objetivos, funciones e independencia del BCE. Si durante los años de bonanza se financió barato a las instituciones financieras para que estas pudiesen ganar dinero adquiriendo productos financieros arriesgados o prestando para comprar bienes inmobiliarios ¿Por qué ahora no se puede financiar barato a los Estados para que se ahorren dinero en tipos de interés y puedan utilizarlo para políticas sociales o de estímulo de la economía?… Si durante los años anteriores de la crisis se permitió una inflación exagerada de los activos financieros e inmobiliarios ¿Por qué ahora no se permite una inflación controlada aunque más elevada que la actual para que se repartan las consecuencias de la crisis entre prestamistas y prestatarios y se estimule, de paso, la demanda?… Si se ha constatado que la función de supervisión del BCE y de los bancos centrales de los países no sirvieron para evitar la crisis financiera ¿Por qué no se revisan profundamente sus atribuciones, sus competencias y su manera de trabajar? Si todos tenemos que poner nuestro granito de arena para superar esta situación ¿Por qué el BCE parece que está exento de esta responsabilidad? ¿No habrá que pedirle también que renuncie a algo de lo suyo para ponerse al servicio de la sociedad en su conjunto y especialmente de los más desfavorecidos por esta situación de recesión?

 Creo que en momentos delicados de la economía, como el que estamos pasando en estos momentos, es necesario replantear, no solo los objetivos, sino también el modo de funcionar y la misma independencia del BCE. Si su manera de hacer las cosas no ha servido para evitar la crisis, menos lo está haciendo para afrontarla. Su rigidez, su apego a los dogmas en los que está instalado, no ayudan en nada en una situación que precisa de apuestas arriesgadas e imaginativas. Por ello creo que es buen momento para replantearse estas contradicciones de la política monetaria y ponerla al servicio, no de la lucha contra la inflación, sino de las personas y de la sociedad europea en su conjunto.

 

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Los intocables de la crisis

Artículo públicado el domingo 20 de Mayo de 2012 en el periódico “Las Provincias” en su página 36

La crisis financiera que comenzó en 2007 ha acabado afectando, como siempre sucede en estos casos, a los Estados. Lo que comenzó siendo un problema de liquidez que afectaba en especial a las instituciones financieras (a las que se ayudó y se obligó a reestructurarse para intentar que no quebrasen muchas de ellas) ha pasado a incluir también (entre otras muchas cosas) un problema de financiación de los Estados que ha incrementado sus déficits públicos y les ha obligado a aplicar políticas de reducción de gasto e incremento de los ingresos públicos para evitar que sus déficits siguiesen elevándose.

Ante la magnitud de los problemas económicos que nos afectan (en lo que algunos ya denominan “la gran recesión”) parece que todo puede ser tocado o modificado, nada debe quedar como estaba. Lo que hacíamos hasta ahora no sirve y hay que saber adaptarse a las circunstancias e intentar reducir los efectos negativos de la recesión en la que estamos inmersos. Así, todo o casi todo parece susceptible de ser cambiado para intentar solucionar nuestros problemas: que los pensionistas paguen parte de los medicamentos (con lo que se reduce la pensión real percibida), las leyes laborales, el gasto en educación, los impuestos que se incrementan, los gastos en infraestructuras, las prestaciones sanitarias, etc. No seré yo quien se ponga en contra de las reformas o de las modificaciones, al contrario, la sociedad es dinámica y el sistema económico debe tener la flexibilidad suficiente para poder adaptarse a las nuevas circunstancias.

Sobre lo que quiero llamar la atención en este artículo es aquello que no se pone en cuestión, aquello que no se plantea en ningún momento modificar. Existen unos auténticos “intocables” cuya reforma o modificación no se plantea en ningún momento. Creo que es necesario profundizar en estos aspectos y descubrir el porqué de este privilegio, para encontrar elementos que nos permitan tener juicios de valor adecuados que nos ayuden a analizar la situación.

Los dos principales “intocables” son los siguientes: la inflación (y con ella la política del Banco Central Europeo) y los intereses y la devolución de la deuda (que deben pagarse en su integridad y sin rebajas). En ningún momento se plantea la posibilidad de modificar la estrategia fijada en estos dos aspectos que están muy relacionados entre si, como veremos en seguida. El mantenimiento de una baja inflación ha sido defendido como algo imprescindible para lograr crecimiento económico, confianza en los mercados y estabilidad. Sin embargo, estas afirmaciones están tan fundamentadas como cabría esperar. El objetivo de inflación se ha logrado en los últimos veinte años (en los que sus tasas medias han sido inferiores a las que se dieron en las décadas anteriores) mientras que el crecimiento logrado en este periodo también ha sido más bajo que el anterior. Además, si no fuese por la gravedad del asunto, podría resultar gracioso afirmar que la baja inflación ha sido garantía de estabilidad y confianza con la que está cayendo… En cuanto a la devolución de las deudas, se teme que unos impagos generalizados podrían poner en peligro la moneda europea, el euro y perjudicarían a los inversores que perderían así todo o parte de su dinero invertido (lo que también sucedería si la moneda perdiese parte de su valor a causa de la inflación).

Creo que con este razonamiento ya se puede deducir por qué la inflación y la devolución íntegra de las deudas son los “intocables” de la crisis. Nuestro sistema económico tiene una prioridad y esta es la defensa de los intereses de los prestamistas (también denominados inversores financieros o financiadores). El euro fuerte, la baja inflación, la devolución y pago íntegro de intereses, están todos al servicio de los agentes económicos que tienen la capacidad de financiar a los demás. Para justificar esta prioridad se argumenta esto que esta clase de medidas son imprescindibles para que el mercado funcione correctamente y genere crecimiento y estabilidad. Pero esta crisis, si algo nos ha mostrado, es que garantizar en exceso la libertad para ganar grandes cantidades en los mercados financieros nos ha llevado precisamente a lo contrario, recesión e inestabilidad.

Por ello creo que deberíamos también atrevernos a modificar “los intocables” ¿Acaso no podríamos mantener la inflación en unas cifras algo más altas? Esto actuaría como una reducción de facto del valor de las deudas y liberaría de la gran carga que suponen estas no solo para el Estado sino también para las familias ¿Y que hay de que el Banco Central Europeo preste de una manera excepcional directamente a los Estados para que estos puedan reducir sus costes en pagos de intereses y no en otras políticas de bienestar social? ¿Por qué no priorizamos a los empresarios que crean empleo en actividades económicas reales? ¿y por qué no a los trabajadores o a las familias más desfavorecidas?

El problema de la crisis va más allá de las medidas de ajuste o de la necesidad de crecimiento. Es necesario replantearnos cómo gestionamos el sistema de mercado y no subordinar este a los intereses de aquellos que tienen capacidad de ahorro y de prestar dinero, sino de los creadores de empleo y de las personas más desfavorecidas que deben verse beneficiadas por el sistema económico existente, sea este el que sea. Seguir empeñándonos en las recetas que nos han llevado a esta situación, no creo que sea la mejor manera de salir de ella.

 
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Publicado por en mayo 21, 2012 en Crisis económica

 

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Vive sencillamente para que otros sencillamente puedan vivir

“Vive sencillamente para que otros sencillamente puedan vivir” es el lema de este año de Cáritas España y también el título que le he puesto a un artículo de opinión que se publicó en la página 26 del periódico Las Provincias del pasado 26 de Diciembre.

Si quieres más información sobre esta campaña puedes encontrarla en http://www.caritasvalencia.org/noticias_tags_noticiaInfo.aspx?Id=5383

 

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Conferencia sobre “Conocimiento y Vivencias de la Doctrina Social de la Iglesia”

Artículo publicado en el periódico Levante, en su suplemento de Castellón el martes 25 de Octubre de 2011 en su página 8

 

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Del mercado libre al libertario y de éste, al liberticida

“Del mercado libre al libertario y de éste, al liberticida” Artículo publicado en el periódico Levante, el Domingo 9 de Octubre de 2011, en su suplemente El Mercantil Valenciano EMV, en su página 12.

Una de las frases que se difundieron a raíz de la acampada de los autodenominados “indignados” me llamó la atención. Decía (y seguirán diciendo, supongo) que no son anti-sistema, sino cambia-sistemas. Si lo pensamos bien, todos deberíamos ser, hasta cierto punto cambia-sistemas, sobre todo porque la realidad es siempre cambiante y un sistema rígido, difícilmente puede adaptarse a la evolución de la sociedad si no se reinventa a si mismo (al menos en parte). Creo que esto tiene una aplicación clara al sistema de mercado y en especial a la libertad de mercado. Todos tenemos claro que el mercado necesita de la libertad para funcionar correctamente. Sin ella el mercado no es tal y el desempeño económico se resiente. Ahora bien, la idea que tenemos sobre lo que es la libertad se confunde con otras cosas y esto sucede en especial cuando hablamos del mercado. No está de más, pues, reflexionar en estas líneas sobre la libertad del mercado.

De hecho, durante los últimos años hemos asistido a un movimiento de liberalización de los mercados. Muchas de las medidas que se han tomado han tenido como objetivo quitar trabas al funcionamiento del mercado. Ahora bien, a pesar de esto, muchos de los agentes que trabajan en él no parecen sentirse más libres ¿Podemos escoger el trabajo que creemos más conveniente? ¿Nuestras actuaciones económicas nacen de nuestras convicciones y hacemos lo que creemos que es mejor para mejorar el entorno en el que nos encontramos? Muchas veces esto no es así. En un mercado libre oímos con demasiada frecuencia la frase de “me veo obligado a…” “No he tenido más remedio que…” “Los negocios son los negocios…” para justificar actuaciones que no se habrían hecho si no llega a ser por la dinámica del mercado (o al menos así se justifican los autores de los hechos). De este modo, un mercado aparentemente libre parece forzar a sus componentes a actuar de una manera contraria a sus convicciones personales. Parece que la única libertad que potencia el estado es la libertad para ganar más dinero, pero que esto se hace a costa de reducir la libertad para poder hacer aquello que dicta tu conciencia y que crees que es mejor para los demás y para el conjunto de la sociedad.

El principal problema del concepto libertad es que se confunde a menudo con la posibilidad de hacer algo: si algo es posible, debemos tener la libertad de hacerlo. Sin embargo, esto no siempre supone ser más libres. Puedo poner algunos ejemplos en ámbitos diferentes a la economía: la organización social no nos permite poner la música a gran volumen a las tres de la madrugada en un edificio lleno de personas durmiendo, ni coger una escopeta y herir o matar a los clientes de un supermercado, ni circular a 110 por hora cuando atravesamos las céntricas calles de un casco urbano, ni presentar un partido político a las elecciones si este apoya a los terroristas que asesinan a sus contrincantes… Estos límites a la libertad de acción no significan que las personas que vivamos en esta sociedad no seamos “LIBRES”, al contrario, gracias a cumplir esas normas o límites que nos fijamos, podemos ser más libres. De hecho, una concepción libertaria de la existencia en la que se permitiese realizar estas actuaciones (posibles por otra parte) podría comprometer nuestra propia libertad.

Lo mismo sucede con el mercado. Un mercado libre no significa un mercado en el que todo esté permitido. El Estado debe poner límites a determinadas actuaciones económicas sin que esto suponga atentar contra la libertad de mercado. Si no es así, el sistema económico puede volverse contra las personas a las que tiene que servir como, por desgracia, hemos visto en demasiadas ocasiones. Estos límites a los que estamos acostumbrados cuando hablamos de temas políticos o sociales, deberían ser normales también en el ámbito económico y no ser visto como aberraciones contrarias a la libertad de mercado. De hecho, ya ponemos límites al mercado, por ejemplo cuando impedimos determinados sistemas productivos contaminantes, o actuaciones que reducen la competencia entre empresas (como los cárteles o los repartos de mercado), cuando se obliga a pagar un salario mínimo a los trabajadores, etc.

Habría otras medidas que podrían limitar las posibilidades de actuación sin resultar en una reducción de la libertad de mercado. Así el Estado, por ejemplo, podría poner límites a las diferencias salariales exageradas que se dan en algunas empresas. Estas incrementan las desigualdades en el mercado, no mejoran la efectividad de las economías que las permiten (durante años las diferencias salariales en un país como Alemania han sido mucho menores que las Estadounidenses y eso no ha significado que la economía alemana funcionase peor) e impiden que un grupo de trabajadores gane salarios que les permitan vivir con dignidad a ellos y sus familias. Otra sugerencia sería la de poner coto a la utilización de determinados derivados financieros y otras actuaciones de esta índole que incrementan la inestabilidad del sistema y no aportan nada a la principal función del sistema financiero que es intermediar entre los ahorradores y los prestatarios.

Existen más ejemplos de límites a las posibilidades de actuación de un mercado que no reducen la libertad de mercado, sino que garantizan su sostenibilidad económica y lo ponen al servicio de todas las personas. Pero creo que hay que llamar la atención sobre este tema para no olvidar que un mercado libre no es aquel que permite que una persona o un grupo de ellas o de empresas puedan ganar mucho dinero de una manera fácil y en un breve espacio de tiempo, sino aquel en el que sus componentes pueden decidir sobre sus actividades económicas y ponerse de acuerdo con otros sin presiones, para lograr los ingresos adecuados para vivir de una manera digna, tanto ellos, como el resto de la sociedad. La libertad de mercado debe estar al servicio de la sociedad y de las personas, no de los beneficios. El Estado debe potenciar un mercado libre y no un mercado libertario donde algunos puedan ganar mucho dinero a costa de que otros tengan menos posibilidades de hacerlo.

Si dejamos que todo lo que se puede hacer en un mercado se haga, pasaremos de un mercado libre a uno libertario. El mercado libertario tiene las mismas consecuencias que un estado libertario, esto es, como todo está permitido, el más fuerte se come al más pequeño. No se permite introducir medidas que protejan a los más desfavorecidos bajo el argumento de que “limitan la libertad de mercado” y, al final, se está protegiendo a aquellos que tienen más: en un mundo sin reglas, los más fuertes siempre tienen las de ganar. Un mercado libertario acabaría convirtiéndose en un mercado liberticida, esto es, un mercado que aniquilaría su propia libertad, en el que los más poderosos tendrían un dominio tal sobre los asuntos económicos que difícilmente podríamos escaparnos de sus dictados, lo que nos llevaría a una dictadura económica. Para evitarlo debemos articular un mercado que esté al servicio de las personas, que sepa poner los límites necesarios para garantizar la libertad real de los miembros de la sociedad, que no reduzca las posibilidades de una gran parte de la población impidiéndoles tener los ingresos suficientes y limitándoles sus posibilidades económicas, que incremente nuestras capacidades y no las reduzca. Volviendo al principio del artículo quiero añadir que si no se dirigen los tiros hacia esta dirección, la indignación de los cambia-sistemas puede hacerles derivar hacia la indignación de los anti-sistema o a la atonía de los desencantados, lo que creo que no sería bueno para nadie ya que, no se trata de luchar contra el mercado o de dejar que este nos apabulle, sino de ponerlo al servicio de las personas.

 

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En defensa de la dignidad humana

Artículo publicado en la Revista Vida Nueva en su número 2766 del 3 al 9 de Septiembre de 2011 En su página 46 en la que hago la recensión del libro de Reinhard Marx, El capital. Un alegato a favor de la humanidad.

Cuando recibes un libro para hacer una recensión siempre deseas que sea bueno, que puedas disfrutar leyéndolo, que te permita decir cosas buenas de él y que sea una oportunidad para descubrírselo a otros lectores. Ni que decir tiene que este ha sido el caso del libro que acabo de finalizar hace escasos minutos. He de confesar que no conocía a su autor, Reinhard Marx, cardenal y arzobispo de Múnich y Freising, que durante años fue profesor de ética social cristiana y por ello celebro haber tenido la oportunidad de saber de él a través de esta obra. Su sensibilidad social y su cercanía a la realidad de los más desfavorecidos de su diócesis me han sorprendido y agradado.

El libro tiene una intención divulgativa que pretende mostrar cómo las grandes líneas de la doctrina social de la Iglesia son útiles para orientar la acción política y económica en nuestra sociedad. El prólogo de la obra, no solo sirve para mostrar las intenciones que tiene el autor sino que muestra dos de las grandes cualidades que tiene el texto: un lenguaje adecuado para ser entendido por el público no especializado y un profundo conocimiento de la realidad económica y social que vivimos en la Europa rica. El autor no se entretiene con disquisiciones teóricas complicadas, su sabiduría aparece poco a poco para que el lector pueda asimilarla de una manera natural y sencilla. Los conceptos de la ética cristiana se entrelazan fácilmente con una realidad vivida y sentida que describe el día a día de las personas y de las instituciones. Aunque sus ejemplos se refieren a la realidad alemana, esta no difiere de la española en sus puntos esenciales y pueden ser fácilmente trasladables a lo que sucede en nuestro país.

Además de estas virtudes, resulta simpática y agradable la utilización que hace de la coincidencia de su apellido con el de otro famoso Marx (no Groucho evidentemente) para comparar aquello que la ética social cristiana nos enseña, con la ideología que su tocayo Karl inició. Esta confrontación la realiza con gran respeto tanto a la otra persona como a sus ideas, con un reconocimiento a la buena fe del adversario, con una aceptación de aquello que se cree que es correcto y una refutación fundamentada de aquello que se opina que es erróneo. Desgraciadamente, esta elegancia en el debate (y más con alguien que ya no puede contestar) no se da con tanta frecuencia como sería de desear.

El autor trata varios temas relacionados entre sí: la libertad y el desarrollo, la pobreza y la justicia, la necesidad de repensar lo social para incluir en ello la educación, la familia y el trabajo, la función social de las empresas y del sistema financiero y por último, la evolución de la globalización y la construcción de una economía social de mercado a escala global. Es evidente que tocando tantos palos es difícil profundizar mucho en cada uno de ellos, pero la visión de conjunto que se da creo que puede ser interesante para cualquiera que quiera saber algo más de estos temas.

También vuelve su mirada hacia hechos históricos para intentar que sus enseñanzas iluminen nuestro día a día. Recuerda cómo la economía de mercado ha sobrevivido gracias al estado social y no podemos desmantelar este sin comprometer el futuro de nuestro sistema económico. Nos introduce en la importante figura de su querido e inspirador obispo Ketteler que se dio cuenta (ya en el siglo XIX) de que para solucionar la cuestión social, no se podía apelar tan solo a la conciencia moral de los ricos sino que había que plantear soluciones estructurales y políticas. Habla sobre los estudios que se realizaron entre los parados de la gran depresión de los años treinta y aplica sus enseñanzas a la actualidad para saber cuáles son las políticas que debemos aplicar en estos tiempos de paro creciente…

Su elegancia a la hora de tratar los temas no le impide nombrar las cosas por su nombre. Cuando tiene que tratar el afán de lucro que parece justificarlo todo en esta nuestra sociedad capitalista, afirma sin ambages que la codicia es pecado y que “esto no puede continuar así. No permitiremos que se elogie al pecado”. Cuando quiere resaltar la importancia del sermón de la montaña y cómo nuestra fe no puede vivirse al margen de las cuestiones sociales de la sociedad nos dice que “la verdadera fe y el servicio al prójimo, especialmente al necesitado, son cosas inseparables”. Cuando quiere describir la finalidad de esa Doctrina Social de la Iglesia que Benedicto XVI ha descrito como inseparable de la evangelización afirma que la DSI “quiere poner de manifiesto las injusticias sociales y luchar contra ellas, quiere ser la voz de los pobres y los explotados, de los que no tienen ningún lobby en la sociedad y ayudarles a defender sus derechos”

Esta preocupación por la persona, por la vida digna, por la opción preferencial por los más desfavorecidos y por la promoción de la libertad humana, le lleva a defender un estado cuya única preocupación no sea el garantizar el beneficio. La organización de nuestra sociedad no puede sustentarse sobre el vacío, se necesitan unos valores que le den sentido, se precisa de una idea de justicia que la sustente, es imprescindible promocionar la libertad para hacer el bien limitando el libertinaje que perjudica a aquel que lo lleva adelante y a la sociedad en su conjunto… Todo ello le lleva a propugnar una economía social de mercado y le sirve para advertir sobre las reformas que se están promoviendo en estos momentos para superar la crisis y que parece que solo favorecen a las grandes empresas a costa del ciudadano. Lanza un grito a favor de un estado social que promocione a las personas, que limite la codicia y que busque la justicia como el verdadero camino a seguir. Todo una declaración de intenciones en una realidad difícil como la que estamos viviendo.

 

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Qué es una economía altruista

Artículo publicado en Noticias Obreras nº 1526 (Agosto 2011)

 

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Recuperar el valor del trabajo

Artículo publicado en la revista Noticias Obreras, nº 1525 (1-7-11/31-7-11)

 

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Solidaridad cum laude

Artículo del diario Levante, el mercantil Valenciano. 4 de Julio de 2011, pág.16

Solidaridad cum laude

La Universidad CEU-Cardenal Herrera cuenta con una cátedra para promocionar el voluntariado social y la cooperación al desarrollo entre los estudiantes

 

Enrique Lluch ha participado en los proyectos de la cátedra de Solidaridad en África.

Enrique Lluch ha participado en los proyectos de la cátedra de Solidaridad en África.  Levante-EMV
AMAT SAPENA VALENCIA

La solidaridad también se enseña. La Universidad CEU-Cardenal Herrera cuenta con una cátedra de Solidaridad. No es una asignatura más de sus planes de estudio pero sí es una iniciativa para inculcar los valores del voluntariado y la cooperación al desarrollo. El director de la cátedra, Enrique Lluch, explica que “la cátedra trabaja desde 2001. Su objetivo es promocionar la solidaridad y el voluntariado en el ámbito universitario a través de la formación, la divulgación y la investigación. Pretendemos que el joven universitario tenga la oportunidad de obtener información sobre actividades solidarias a través de los estudios que cursa. Por ejemplo, al CEU ha venido gente que lleva la comunicación de las ONG a dar una charla a estudiantes de periodismo, o de Fontilles para hablar de enfermedades dermatológicas tropicales con alumnos de Enfermería”.
Enrique Lluch remarca que no se trata “de una asignatura, no es una materia de estudio dentro de una carrera. Realizamos seminarios, actividades de divulgación, exposiciones e introducir estas cuestiones en el aula, pero siempre buscando el interés y la participación del alumno”.
La cátedra de Solidaridad se creó para dar continuidad a una inquietud “que en la escuela sólo era objeto de campañas aisladas. Llegaba el Día de la Paz o el Día contra el hambre y se realizaba una jornada con actividades y ya está, ahí se acababa. O sea que una cosa era la enseñanza y otro el día a día. Ahora ha cambiado, intentamos que las acciones solidarias se lleven a cabo en el quehacer diario y no sólo en el tiempo libre”, afirma el director de la cátedra.
Lluch cree que un importante porcentaje de jóvenes tienen sentimientos solidarios pero iniciativas como la del CEU ayudan a reafirmarlos. “Aunque parezca lo contrario, es más fácil llegar al joven que lo tiene todo: coche, un buen teléfono móvil, dineroÉ Pero también han sufrido las mismas frustraciones que los que han tenido menos lujos y por ahí es más fácil entrar, hay que hacerles ver que existen otros valores no materiales que también les pueden hacer felices. Y los que no lo tiene todo son menos accesibles porque siguen buscando esos bienes más materiales”.
La cátedra desarrolla una importante actividad. “Tenemos dos o tres cursos al año, así como exposiciones y charlas -explica Lluch-. Por otra parte están las acciones que se realizan en clase y las prácticas, que no sólo las ofrecemos en empresas sino también en ONG para que se den cuenta de que su actividad también se puede aplicar a la solidaridad. Por último, también realizamos proyectos de investigación como los de Mozambique y Togo”.
Las ONG han acogido de buen grado la creación de la cátedra de Solidaridad. “Hay ONG que están muy contentas porque somos los únicos que les ponemos en contacto con universitarios. La cátedra es una herramienta útil. Organizamos una campaña por el terremoto de Haití y vino Cáritas a dar una charla. Los cinco minutos de contacto en cada clase tuvo un efecto muy positivo ya que el mensaje llegó a mucha gente”, afirma Lluch. “Nuestro planteamiento es de servicio, la Universidad ha de estar al servicio de la sociedad y habremos sido útiles si el estudiante afirma que ve las cosas de otra manera después de participar en nuestras actividades y si las ONG ven que ha entrado en contacto con gente que no esperaba”.
Lluch contesta que no le gusta “generalizar” a la pregunta de si los valencianos somos solidarios. “No tengo porcentajes, pero puedo decir que nuestras iniciativas son bien acogidas, hay una buena receptividad”.

“En los años de bonanza ya se veía la pobreza
y las desigualdades”

Una de las actividades de la cátedra de Solidaridad del CEU es el Observatorio de investigación de la pobreza. “Nos interesa ofrecer a las ONG nuestro potencial investigador. Propusimos a Cáritas si quería colaborar y aceptó. Nuestra investigación está aplicada al día a día de esta ONG aunque también sirve para otros. También colabora Fomento de Estudios Sociales (Foessa), que hace estadísticas de pobreza. El primer estudio que hizo sobre la materia tuvo un gran reconocimiento y pronto habrá un segundo”, afirma Enrique Lluch.
El director de la cátedra de Solidaridad afirma que la crisis económica “ha cambiado la cara de la pobreza. Ya en años de bonanza el estudio Foessa ya advertía que el nivel de pobreza no había disminuido y que se habían incrementado las desigualdades. Y con una crisis, eso se iba a aumentar. La cara de la crisis ahora es la de la gente que aún teniendo trabajo no llega a final de mes por la cantidad de deudas contraídas. Hay mucha gente que no tiene casi ni para comer después de pagar la hipoteca del piso, la letra del coche, los préstamos personales

 

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El trabajo egoísta

El trabajo Egoísta, artículo publicado en Noticias Obreras, nº 1524 de Junio de 2011, en su página 17

 

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¿A quien protege el Estado ante los riesgos del mercado?

 

¿A quien protege el Estado ante los riesgos del mercado? Artículo publicado en la página 28 del Periódico Las Provincias el 30 de Marzo de 2011

 

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Un estado ¿solidario? La dación en pago

Artículo “Un estado ¿solidario? La dación en pago” Publicado en Las Provincias el 24 de Abril de 2011 en su página 32

Aprovecho la cercanía a la celebración del Domingo de Resurrección para introducir una reflexión cristiana sobre uno de los temas económicos que tienen actualidad en estos momentos: la posibilidad de dación en pago de una hipoteca. La situación actual creo que se conoce, aunque voy a repasarla en unas pocas líneas. Cuando alguien no puede pagar su hipoteca el banco embarga el inmueble. Este es subastado y si no es adjudicado se lo queda la entidad financiera por la mitad del valor de tasación del momento. Si la cuantía de la venta o del 50% de valor de tasación es inferior a la deuda del anterior dueño, éste sigue debiendo la diferencia al banco. Con esta legislación una persona puede quedarse sin la casa y seguir debiendo dinero por algo que ya no es suyo. Ante esta situación existen colectivos que defienden la introducción en nuestro país de algo que ya se da en otras naciones ricas como es la dación en pago, esto es, que la devolución del bien hipotecado sirva para saldar la totalidad de la deuda.

El argumento más repetido a la hora de defender esta postura es que esta ley está condenando a los más desfavorecidos a la pobreza y a la exclusión social, ya sea porque se quedan sin su hogar y con una deuda por saldar, o porque tienen que seguir asumiendo unas mensualidades hipotecarias excesivamente elevadas que ahogan su economía doméstica, ya que la otra opción les condena a seguir pagando sin tener casa y les impide acceder a otra vivienda más barata. Estos colectivos quieren que se ponga por encima de cualquier otro el derecho constitucional a una vivienda. Los detractores argumentan que la dación en pago aumentaría el precio del crédito hipotecario ya que el riesgo sería mayor para las entidades financieras y que esto, considerando que tenemos los tipos medios más bajos de Europa, perjudicaría a quien quiera obtener un crédito. Además se argumenta que esta medida podría perjudicar más a nuestro sistema financiero, al tener que reconocer como pérdidas gran parte del dinero que les deben los hipotecados. Se concluye, pues, que al intentar beneficiar a unos pocos, se acaba perjudicando a la mayoría.

Estos últimos argumentos, siendo ciertos, no tienen en cuenta el efecto que podría tener la dación en pago sobre los precios de los inmuebles. La medida incrementaría el porcentaje de impagos ya que muchas personas que están apuradas devolverían sus inmuebles para saldar la deuda y acceder a otras viviendas más baratas (normalmente en régimen de alquiler). Los bancos, para evitar esta devolución renegociarían las condiciones de la hipoteca reduciendo la cuantía de la mensualidad y asumiendo algunas pérdidas para evitar esta maniobra. Aún así se encontrarían con una gran cantidad de viviendas en su propiedad que deberían vender para hacerse con dinero líquido. Todo ello redundaría en una bajada más acusada que la actual de los precios de la vivienda lo que aumentaría las posibilidades de que los hipotecados dejasen las hipotecas caras o las renegociasen… Si lo pensamos bien ¿Qué es preferible? ¿Que no bajen mucho los precios y mantener las hipotecas más baratas de la Unión Europea? O ¿Qué los precios bajen al menos un 30% o más y que las hipotecas suban un 1 o un 2%? Opino que la mayoría pensamos que esta segunda opción garantiza mucho más el acceso a una vivienda, ya que ajusta el precio de las mismas a los ingresos de la población en general. Es más, encarecer el préstamo hipotecario por el incremento de su riesgo puede ser una buena vacuna para evitar que en un futuro se preste con la ligereza y la mala gestión que se ha dado durante los años previos a la crisis y evitar, de paso, las subidas exageradas de precios que se vieron durante estos años. Estoy seguro que con unos precios mucho menores, además, se revitalizaría el mercado inmobiliario parado porque muchos consideran que todavía queda margen de bajada.

Por si esto fuese poco, quiero introducir la reflexión cristiana que he prometido en el primer párrafo. La Doctrina Social de la Iglesia reclama que el Estado esté al servicio de la persona y que lo haga de una manera solidaria, entendiendo la solidaridad como lo hace la Encíclica de Juan Pablo II, Sollicitudo rei socialis 46: “el amor y servicio al prójimo, particularmente a los más pobres”. Esta opción preferencial por los pobres de la que también habla esta Encíclica nos impele a tomar decisiones que piensen en los más desfavorecidos desde el convencimiento de que esto va a ser lo mejor para la sociedad en su conjunto. Introducir la dación de pago puede ayudar a muchas personas que se han encontrado con unos precios de la vivienda totalmente sobrevalorados a mejorar su situación y a que recordemos que la actividad inmobiliaria no es solamente una actividad para ganar dinero o mucho dinero, sino que se trata de un sector económico al servicio de las personas que necesitan una casa para vivir. No debemos perder el norte y hay que recordar, que esto último es lo más importante, la vivienda es para las personas y el sector inmobiliario debe estar a su servicio.

 

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¿Dónde está nuestro ahorro?

Artículo ¿Dónde está nuestro ahorro? aparecido en el número 1.522 de la revista Noticias Obreras (1-4-11/30-4-11) en su página 11

 

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Bienvenido Mr. Qatar

Artículo aparecido en el periódico Las Provincias el Domingo 13 de Marzo de 2011. Página 40

 
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Publicado por en marzo 25, 2011 en Estado Social

 

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Ante el consumo recuperar la compra

Artículo publicado en el número 1521 de Noticias Obreras del mes de Marzo de 2011 (Página 15)

 

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Consumir es algo más que comprar

Artículo aparecido en la Revista Noticias Obreras en su número 1.520 de Febrero de 2011

 

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Necesidades y deseos finitos

Necesidades y deseos finitos, Artículo aparecido en la revista Noticias Obreras, en su número 1519 (1 a 31 de Enero de 2011)

 

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Reseña del libro en Noticias Obreras, Nº 1.503, Mayo de 2010

 

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Reseña del libro aparecida en la revista Saó

Artículo publicado en el número 349 de la revista Saó (Pág 6) de Mayo de 2010

 

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Noticia publicada en ZENIT el 9 de Mayo de 2010

La agencia de información internacional sin ánimo de lucro ZENIT se hizo eco el pasado 9 de Mayo de 2010 de la publicación de mi libro “Por una economía Altruista” (http://zenit.org/article-35291?l=spanish) Esta reseña ha sido recogida también por Catolic.net (http://es.catholic.net/laiglesiahoy/mundoarticulo.phtml?consecutivo=35291) y por el blog del profesor argentino Afredo Eduardo Villafañe (http://profvillafane.blogspot.com/2010/05/hacia-una-economia-mas-humana.html)

El texto de la reseña es el siguiente:

ZS10050911 – 09-05-2010
Permalink: http://zenit.org/article-35291?l=spanish

Publicado el libro “Por una economía altruista” de Enrique Lluch

Basado en la Doctrina Social de la Iglesia y la “Caritas in Veritate”

MADRID, domingo 9 de mayo de 2010 (ZENIT.org).- Se acaba de publicar en España el libro “Por una economía altruista” del profesor de la Universidad Cardenal Herrera CEU de Valencia, Enrique Lluch Frechina. El libro propone un cambio en los planteamientos económicos basado en los libros Sapienciales, las Sagradas Escrituras y la Doctrina Social de la Iglesia. Así mismo dedica un apéndice a la encíclica Caritas in Veritate.

¿Se puede cambiar el modelo económico actual desde la práctica de una economía doméstica altruista? ¿La economía imbuida de la tradición y doctrina cristiana puede contrarrestar el modelo de economía egoísta impuesto por el desarrollo moderno? Consumir, trabajar, ahorrar y endeudarse con sentido común, ¿es la clave que hay que tener en cuenta para impulsar un cambio en el actual modelo económico capitalista? Al hablar de una economía altruista, ¿es posible un nuevo modelo basado en una economía en la que todos ganan si se desprenden de la comodidad y atienden a las necesidades exclusivas para vivir, sin anhelar insaciablemente la riqueza? A estas y algunas otras cuestiones pretende responder un libro recién publicado.

“Por una economía altruista” es la nueva obra editada por PPC, y firmada Enrique Lluch Frechina, en la que el autor se plantea, ante la actual situación de crisis económica en la que los modelos económicos están en cuestión, un nuevo modo de ver la economía e intentar impulsar el cambio tan deseado por todos los agentes sociales.

El autor propone, como una posibilidad para salir de la crisis, un cambio en los planteamientos económicos domésticos y particulares, a la luz de los libros Sapienciales, las Sagradas Escrituras y la Doctrina Social de la Iglesia.

Enrique Lluch defiende su original tesis planteando una reflexión y revisión del actual modelo económico doméstico, para acomodarlo a las actuales exigencias, sin perder de vista la Doctrina Social de la Iglesia y la última Encíclica del Papa Benedicto XVI.

Cuestiones como el consumo, el empleo y el ahorro, son pilares fundamentales de la obra, a través de los cuales, Enrique Lluch explica cómo se llega a la situación actual, revisa los patrones de actuación de la sociedad y aporta posibles soluciones siempre desarrolladas y puestas en marcha desde el caso particular –la economía doméstica- al caso general, las grandes cifras macroeconómicas.

Los cinco capítulos de que consta la obra son: Necesidades y deseos; Consumo; Ahorro; Trabajo y descanso; De la economía egoísta a la economía altruista. Tiene un apéndice sobre la encíclica de Benedicto XVI Caritas in Veritate.

El libro ha sido presentado recientemente en Almàssera y Valencia, por la Universidad Cardenal Herrera CEU y la Editorial PPC. A esta última presentación, asistió el arzobispo de Valencia, monseñor Carlos Osoro.

El arzobispo de Valencia destacó la importancia de esta sencilla obra en la bibliografía económica y cristiana, afirmando: “La economía necesita de una ética amiga de la persona para funcionar”.

Añadió monseñor Osoro que “los cristianos no tenemos que escondernos, pues sabemos presentar un proyecto que redunda en el bien de la persona, y además debemos hacerlo viviendo en comunión con la Doctrina de la Iglesia”.

Por su parte, el rector de la Universidad CEU Cardenal Herrera, José María Díaz y Pérez de la Lastra, subrayó que “este libro ayudará a los lectores a que sean más personas y a que tomen una posición clara ante la situación que vivimos”.

El autor de la obra Enrique Lluch, destacó que “se trata de una propuesta para la reflexión, puesto que el libro pretende cambiar las propuestas económicas basadas en el egoísmo por una motivaciones más altruistas”.

“Resulta importante cambiar las apetencias y los deseos, que son ilimitados, por un concepto de consumo más racional y solidario. Solo así seremos más libres, más solidarios e incluso, más felices”, concluyó.

Para más información:
https://enriquelluchfrechina.wordpress.com/por-una-economia-altruista/

 

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Entrevista en Alandar de Mayo de 2010

Entrevista en la revista Alandar, Mayo de 2010, pág: 24

Enrique Lluch, profesor de Economía en la Universidad CEU de Valencia
En una economía altruista el crecimiento no es el objetivo final

J. Ignacio Igartua

Analizando los factores que han propiciado la actual crisis económica mundial muchos pensaron que el sistema podía replantearse y que algo cambiara. La realidad de cada día parece que está lejos de ese objetivo, aunque hay quienes siguen pensando que ello es posible. Uno de ellos es Enrique Lluch, profesor de Economía de la Universidad CEU Cardenal Herrera de Valencia, quien considera posible trabajar “por una economía altruista”, como plantea en un libro de reciente aparición.

¿La economía es el reino de los egoístas?

El paradigma de comportamiento sobre el que se basa la teoría económica en estos momentos es aquel que propugna que todos nos movemos para lograr maximizar nuestro propio interés. En este sentido, el comportamiento egoísta está totalmente legitimado por la ciencia económica y en la medida que ésta impregna cada día más aspectos se convierten en la principal fuente de legitimación del comportamiento egoísta en nuestra sociedad. Es más, con frecuencia podemos escuchar que alguien lo que tiene que hacer es defender sus propios intereses y dejarse de pamplinas, de este modo el egoísmo aparece como el parámetro de comportamiento ‘moderno’ ante otros paradigmas que aparecen como propios de personas que se han quedado en el pasado.

¿La actual crisis mundial tiene algo que ver con esta afirmación?

Totalmente. El verdadero origen de la crisis, esto es, el por qué hemos llegado a los comportamientos especulativos que la han provocado, al engaño en los niveles de riesgo que tenían determinados instrumentos financieros, a la complicación excesiva que estos han experimentado, a la política de crédito barato, no tienen otra causa que la obsesión por el crecimiento económico, o lo que yo denomino la utopía del crecimiento. Tenemos que crecer, nuestra economía solamente funciona si hay crecimiento económico y éste además debe ser mayor que el de los países que tenemos al lado, porque si no, estamos fracasando. Estamos así entrampados en una estúpida competición que no nos lleva a ningún lado.

¿El propio interés lleva irremediablemente al bien común?

Es un mito, una falacia. Adam Smith no dijo esto, sino “persiguiendo su propio interés, frecuentemente promueve el de la sociedad con más eficacia que si intenta directamente promoverlo”. Quiero insistir que en ningún momento habla de que la relación sea irremediable, sino frecuentemente. Es más, para que la búsqueda del bien propio lleve a la mejora del bien común se deberían dar una serie de condiciones que no suelen aparecer en la vida real. En términos económicos deberíamos encontrarnos ante mercados de competencia perfecta y deberían darse unas condiciones en las que todos los que persiguiesen su propio bien estuviesen en una igualdad de condiciones tal, que ninguno de ellos tuviese capacidad para convencer o imponer su postura a los otros. Como esto nunca se da, la búsqueda del propio interés lleva a que el interés común se acerque más al de aquellos que han tenido más capacidad de acercar el ‘ascua a su sardina’.

¿Por qué en un mundo cada vez más rico hay cada vez más pobres?

Si está legitimada la búsqueda del propio interés, esto puede llevar a mejorar a otros. Por ejemplo, alguien que cree una empresa y emplee a mucha gente en ella que así tenga un salario y un trabajo. Sin embargo no tiene por qué ser así. Por ejemplo, prestar dinero a tipos de interés muy elevados a los más pobres. Además, no existe una relación directa entre riqueza y generosidad, por lo que la media de habitantes de un país o del mundo sea más rica no presupone que van a ser más generosos con los pobres.

¿Vivimos en una sociedad de la insatisfacción continua?

Sí y es una pena. Los problemas económicos graves se dan cuando no tenemos lo suficiente para alimentarnos, para protegernos del frío o del calor o para curar nuestras enfermedades, pero estar insatisfechos cuando tenemos cubierto lo necesario para vivir, trae una serie de problemas añadidos que no deberíamos tener. En este aspecto, la economía egoísta no ayuda a mejorar estos planteamientos sino que los empeora.

¿Se puede compaginar el consumo responsable con que no se ‘pare’ la economía?

Si queremos seguir creciendo sin parar, el consumo responsable no es el mejor camino, sino el consumo irresponsable y la especulación a altos niveles. Si luego esto trae inestabilidad y crisis no es lo más importante, lo prioritario es seguir creciendo. Por ello, cuando alguien se plantea el consumo responsable, debe cambiar la concepción y ver que la economía sigue funcionando aunque no crezcamos. No es necesario el crecimiento para que la economía siga funcionando. El consumo responsable se plantea la posibilidad de no crecimiento o de decrecimiento como algo positivo en si mismo.

¿Qué es una economía altruista?

Lo contrario de la economía egoísta, una economía que es consciente de que el crecimiento no es el objetivo final de nuestro desempeño económico. Que no busca solamente el propio interés a la hora de solucionar los problemas económicos, sino que también mira al bien común y el de los demás.

¿Es posible educar en esta visión o el sistema actual arrasa?

No, en la medida que convenzamos a las personas de que esta manera de entender la economía es positiva para ellas y las libera y las hace mejores además de beneficiar al común de la población, va a ser fácil. Muchos se dan cuenta de que querer siempre más y más no es lo mejor para sus vidas ni para los demás.

¿La Iglesia es más condescendiente con los ‘pecados económicos’ que con otro tipo de pecados?

Opino que, como les pasa a todos, la Iglesia es más comprensiva con los pecados realizados por los que son como nosotros, están en nuestra misma organización o están con nosotros o con los se parecen más a nosotros, que con los que están contra nosotros, en otras organizaciones o alejados o son más diferentes. Esto creo que es un mal generalizado.

¿Qué opina de la Responsabilidad Social Empresarial?

Se queda con demasiada frecuencia en operación de estética, aunque la idea es buena. Deberíamos incluirla en nuestros criterios de compra pero con unas evaluaciones más objetivas.

¿Se considera un utópico?

La economía es utópica en su globalidad. El crecimiento económico es una utopía, falsa, pero utopía al fin y al cabo. Sirve para que todo el sistema avance hacia un lugar u otro. Creo que todos necesitamos ese objetivo que nos mueva en una dirección, “el que no sabe donde va siempre llega a otro sitio”. Por ello considero que es bueno ser utópico y construir una sociedad más justa persiguiendo esa utopía.

 

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Artículo publicado en Las Provincias

Artículo de opinión publicado en las Provincias el 22 de Abril en la página 24

 

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Presentación del libro en Almàssera

El pasado 16 de Abril se presentó en Almàssera mi libro “Por una economía Altruista” con una asistencia de 150 personas el ambiente fue muy agradable y os agradezco a todos vuestra asistencia y que muchos de vosotros estéis leyendo ya el libro.

Os añado una nota de prensa que ha confeccionado Alfonso Sanfeliu Frechina a propósito de esta y de la anterior presentación:

Presentado “Por una economía altruista” nuevo libro del Doctor en Economía Enrique Lluch Frechina

El viernes 16 de abril, en el Centro Cultural de Almàssera, se presentó el libro “Por una economía altruista” del Doctor en Economía y profesor de la Universidad Cardenal Herrera CEU de Valencia, Enrique Lluch Frechina.

Un acto multitudinario al que asistieron y acompañaron al autor, Sebastián Alós Latorre, Delegado Episcopal de Caritas Diocesana; Josep Maria Jordán Galduf, catedrático de Economía Aplicada de la Universidad de Valencia, así como Jesús Coniil, también catedrático de Filosofía Moral y Política de la Universidad de Valencia.

Por una economía altruista” es la nueva obra editada por PPC, que ve la luz de la mano del valenciano Enrique Lluch y en la que el autor se plantea, ante esta nueva situación de crisis económica en la que los modelos económicos actuales pueden están cuestionados, un nuevo modo de ver la economía e intentar impulsar el cambio tan deseado por todos los agentes sociales. Aunque Lluch es consciente de que en las manos de los ciudadanos no están todas las herramientas necesarias para operar este cambio económico, el autor no deja de plantear como una posibilidad para salir de la crisis, un cambio en los planteamientos económicos domésticos y particulares, a la luz de los libros Sapienciales, las Sagradas Escrituras y la Doctrina Social de la Iglesia. Enrique Lluch defiende su innovadora tesis, a lo largo de esta obra, planteando una reflexión y una revisión del actual modelo económico domestico, para acomodarlo a las actuales exigencias, sin perder de vista la Doctrina Social de la Iglesia y la última Encíclica del Papa Benedicto XVI. Cuestiones como el consumo, el empleo y el ahorro, son los pilares fundamentales de la obra, a través de los cuales, Enrique Lluch contextualiza cómo se llega a la situación actual, revisa los patrones de actuación de la sociedad y además aporta, tras las reflexiones fundamentadas, posibles soluciones a esta situación por la que atravesamos, siempre desarrolladas y puestas en marcha desde el caso particular –la economía domestica- al caso general, las grandes cifras macroeconómicas. Con lenguaje fácil y accesible para el público en general, “Por una economía altruista” es uno de los nuevos títulos de PPC con el que se pretende arrojar luz a estos momentos convulsos en lo económico y social vividos por todo el mundo.

Acto apadrinado por el Arzobispo de Valencia

Antes de presentar su obra en Almàssera, localidad natal del autor, la Universidad Cardenal Herrera CEU y la Editorial PPC presentó el trabajo “Por una economía altruista”, el pasado 25 de febrero en el Palacio de Colomina de Valencia, contando con la presencia del arzobispo de Valencia, Don Carlos Osoro. El máximo responsable de la Iglesia valenciana destacó en este acto de presentación la importancia de esta sencilla obra en la bibliografía económica y cristiana, matizando en sus palabras lo siguiente: “la economía necesita de una ética amiga de la persona para funcionar”, además de afirmar también que “los cristianos no tenemos que escondernos, pues sabemos presentar un proyecto que redunda en el bien de la persona, y además debemos hacerlo viviendo en comunión con la Doctrina de la Iglesia”. Acompañó en este acto al Arzobispo y al autor, el rector de la Universidad CEU Cardenal Herrera, José María Díaz y Pérez de la Lastra, quien también subrayó durante su alocución lo siguiente: “este libro ayudará a los lectores a que sean más personas y a que tomen una posición clara ante la situación que vivimos”, muy en la línea de lo que apuntó posteriormente el autor de la obra Enrique Lluch, al destacar que “se trata de una propuesta para la reflexión, puesto que el libro pretende cambiar las propuestas económicas basadas en el egoísmo por una motivaciones más altruistas. Resulta importante cambiar las apetencias y los deseos que son ilimitados -apuntó Lluch- por un concepto de consumo más racional y solidario. Solo así seremos más libres, más solidarios e incluso, más felices”.

Firmado: Alfonso Sanfelíu

 

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Artículo de Josep Mª Jordán Galduf titulado “la economía egoísta”

Este es el artículo que publicó Josep Mª Jordán Galduf en el periódico el LEvante, EL MERCANTIL VALENCIANO , el pasado 14 de Abril de 2010 en la página 33

 

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Reseña del libro en la revista EL ROTATIVO

Esta es la reseña del libro que salió en El Rotativo, revista de la Universidad CEU Cardenal Herrera  en Abril de 2010, en su página 26

 

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Reseña del libro en la revista CAMINANT

Esta es la reseña de mi libro en la revista CAMINANT, Revista de la Parròquia Assumpció de la Mare de Déu – Alboraya- Publicada en el número 6 de Abril de 2010

 

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