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Archivo de la etiqueta: Doctrina Social de la Iglesia

Elogio del diálogo

No educamos a nuestros jóvenes para el diálogo, sino para le debate.

Esto hace que sea difícil encontrar puntos de encuentro entre discrepantes y construir una familia en la que las diferencias sean un valor en lugar de un problema.

Potenciar un verdadero diálogo social y personal en estos momentos es uno de los servicios más elevados que podemos hacer a la sociedad actual

 

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Economía en la Fratelli tutti

La última encíclica social del obispo de Roma, Francisco, también trata cuestiones relacionadas con la economía.

En concreto nos anima a reorientar la economía para que esta busque “organizar y estructurar la sociedad de modo que el prójimo no tenga que padecer la miseria” (FT 186)

Es decir, construir una economía que tenga como principal objetivo que todas las personas tengamos, al menos, lo suficiente para vivir con dignidad.

 
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Publicado por en enero 27, 2021 en Blog Vida Nueva

 

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¿Solidaridad o imagen?

La limosna tiene una dimensión oculta. No importa lo que doy o a quien, sino que el otro recibe. Por ello la limosna es secreta y desinteresada. Estas son las dos cualidades que tiene.

¿Cuántos actos de solidaridad en esta sociedad no cumplen estas características? ¿Por qué muchos quieren que se vea que han donado dinero y eligen cuidadosamente a quien se lo dan?

En muchos casos, el otro pierde la importancia y lo clave en el acto de solidaridad es quien lo hace. La misericordia que predomina en la limosna es sustituida por la autocomplacencia o la imagen.

 

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Espacio de espiritualidad en mitad de la vida

La mitad de la vida en un momento en el que la actividad y el esfuerzo quedan en un segundo plano ante la necesidad de vivir desde lo más íntimo de nuestro ser. El espacio de espiritualidad en mitad de la vida pretende ayudarnos a: vivir abiertos al espíritu en una actitud de disponibilidad y escucha a lo que la vida nos ofrece; aprender a cuidar nuestra vida espiritual desde la oración, el silencio y la contemplación; cambiar nuestro corazón para poder ser nosotros mismos, crecer en sabiduría y encontrar la paz y la esperanza de una vida plena.

Os animamos a participar el lunes 5 de octubre de 19:45 a 20:30 en la Parroquia de la Purísima Concepción de la Punta (camino de la punta al mar 29, 46024 Valencia) (Hay sitio suficiente para aparcar en los alrededores).

Queremos juntarnos un lunes cada quince días (al final tenéis el calendario del año 2020). Es un espacio abierto a quien quiera venir, no es necesario inscribirse, estaremos allí.

El templo parroquial es amplio y mantendremos las distancias de seguridad y el protocolo anti-covid. Recordad la mascarilla.

Fechas de 2020

Lunes de 19:45 a 20:30

5 Octubre / 19 Octubre / 2 Noviembre / 16 Noviembre / 30 Noviembre / 14 Diciembre

Si tienes cualquier duda puedes enviar un mensaje a esta entrada del blog y te contestaremos.

 

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Ser y tener ¿Cuál es la prioridad?

 

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El Dios Mercado

 
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Publicado por en julio 28, 2020 en Blog Vida Nueva

 

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El voluntariado y los jóvenes

Un pequeño artículo sobre como se articula el compromiso juvenil cristiano y qué pasa cuando se llega al momento de transición hacia la edad adulta.

 

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En crecimiento económico y la DSI

Para conocer en unas líneas la idea que sobre el crecimiento económico tiene la Doctrina Social de la Iglesia.

 

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El modelo Social Europeo y la Unión Europea

Os presentamos aquí el tercer documento que hemos publicado desde el Foro Creyente de Pensamiento Ético Económico. En esta ocasión hemos abordado el tema del Modelo Social Europeo y la Unión Europea.

Puedes descargarte el documento en: https://funderetica.org/wp-content/uploads/2019/03/Documento-3-El-Modelo-Social-Europeo.pdf

También encontrarás más información sobre el mismo en: https://medios.uchceu.es/actualidad-ceu/por-una-economia-europea-mas-social-y-menos-monetaria/

 
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Publicado por en abril 2, 2019 en Estado Social

 

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¿Qué pretende la Doctrina Social de la Iglesia?

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Si el mes pasado hablé sobre qué es la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) y cómo, desgraciadamente, muchos cristianos saben poco de ella siendo como es (según no se han cansado de repetir los últimos obispos de Roma) una parte esencial de la evangelización y sin la que el mensaje cristiano puede verse desvirtuado, este mes voy a centrarme en lo que es el objetivo final de esta doctrina junto con sus dos dimensiones, de las que los cristianos tenemos tanto que aprender.

Objetivo de la DSI

La primera idea que debemos tener clara es que el objetivo de la DSI es el mismo que el de la Iglesia, es decir, anunciar una buena noticia a las personas y a la sociedad. La buena noticia de que Dios es amor y por ello el amor siembre vence a la muerte. Una buena noticia que nos da esperanza en un mundo desesperanzado, que nos dice que las cosas pueden ser de otra manera, que la fuerza de Dios-amor nos puede liberar del mal, de la muerte, de la de la mentira… Que nos permite ser nosotros mismos y encontrar, no solo un sentido a nuestra vida, sino también una manera de construir un mundo diferente.

La DSI es un motivo de esperanza para nuestra sociedad

Por ello, al igual que la Iglesia, la DSI no viene a establecer obligaciones o normas de obligado cumplimiento, sino a ponerse al servicio de todas y cada una de las personas que componen una sociedad, para que estas puedan realizarse como tales y crecer en humanidad. Ello lo hace proponiendo caminos para la construcción de una comunidad en la que reinen el amor y la justicia, en la que no sea la ambición, el odio, la envidia, la corrupción o la guerra quienes tengan la última palabra. El empeño de la Iglesia a través de la DSI es el de aportar orientaciones que permitan la construcción de esta realidad diferente.

Iluminar una sociedad que olvida a las personas

Ante una realidad en la que, con demasiada frecuencia, la dignidad y los derechos de muchos son ignorados, cuando no pisoteados y eliminados, la Iglesia, a través de su Doctrina Social, cree que las cosas pueden ser de otra manera, que hay caminos que nos llevan hacia una sociedad en la que esto no suceda, que hay maneras de sustentar un comportamiento diferente con unos resultados positivos sobre las personas. Por ello la DSI ayuda a construir un entorno en el que los derechos de toda persona sean promocionados, en los que la dignidad de cualquiera sea reconocida y exaltada, en la que las instituciones sociales estén realmente al servicio de todas y cada una de las personas, no solo de las que convivimos en este momento del tiempo, sino también de las que vendrán detrás de nosotros, de nuestros descendientes.

Para hacerlo la DSI cuenta con dos dimensiones

Para lograr el objetivo de construir el reinado de Dios en la tierra, la DSI pivota entre dos de sus propias dimensiones: la denuncia y el anuncio. La DSI por un lado denuncia, pone el dedo en la llaga, resalta las contradicciones de una realidad que, con demasiada frecuencia, no está al servicio de las personas. No acepta de una manera acrítica la realidad social tal y como se da, sino que la analiza y la estudia a través del prisma de su humanidad, de si está o no al servicio de todas las personas. Por eso la DSI duele y escuece. Porque denuncia la presencia de situaciones y estructuras injustas, porque muestra y señala aquellas circunstancias en las que no se están respetando la dignidad y los derechos de las personas. Porque pone el foco sobre aquellas instituciones y comportamientos que están priorizando otros elementos a costa de sacrificar personas y deshumanizar la sociedad.

Una denuncia que es molesta

Por eso los gobernantes, las autoridades y los grupos de interés o de poder, se ven con frecuencia molestados por la denuncia de una DSI que no tiene miedo en realizar afirmaciones que están cuestionando las bases del poder o de la capacidad para enriquecerse de algunos. Denunciar las estructuras injustas de nuestro sistema económico actual, el abuso de los recursos naturales que está acabando con el medio ambiente, las barreras a los movimientos de personas de un país a otro, las guerras y el enriquecimiento que produce el comercio de armas, la falta de capacidad para generar empleo, etc. Son elementos que molestan, que incordian y que no gustan a aquellos que prefieren que todo se quede como esté, que no hayan cambios, que la realidad sea la actual aunque pueda haber posibilidades mejores.

El anuncio es el objetivo de la denuncia

Pero una denuncia sin anuncio es improductiva. Los colectivos y las personas que solamente denuncian, que siempre están diciendo lo mal que está todo y que se encuentran cómodos en una continua crítica a todo lo que les rodea de la que no son capaces de escapar son improductivos y cansinos. Al final no se les hace caso. La DSI no se queda en la denuncia, sino que es anuncio. La DSI propone objetivos a seguir, muestra valores y criterios de juicio que nos pueden permitir hallar las respuestas adecuadas a los problemas a los que hacemos frente. Nos ayuda a encontrar los caminos que nos lleven a salir de las situaciones injustas. Y el anuncio es mucho más importante que la denuncia, porque esta solamente tiene sentido si es para ponerse al servicio de la esperanza, del compromiso para construir ese mundo diferente y una sociedad mejor. Por ello, la DSI solamente tiene sentido si denuncia para anunciar, para proclamar la buena noticia de que hay maneras de mejorar nuestra sociedad, hay modos de poner las instituciones y las sociedades al servicio de las personas, que esto no es una entelequia sino un camino de crecimiento.

Una llamada a la acción

Esto nos plantea varios interrogantes a los cristianos ¿Somos realmente esperanza para el mundo que nos rodea? ¿Estamos sabiendo transmitir que la DSI tiene unas orientaciones que aplicadas a la política y a la economía pueden ayudar a construir una sociedad más justa y más fraterna? ¿Somos capaces de anunciar la esperanza de que es posible que todo mejore y no estamos condenados a que las cosas siempre funcionen mal? ¿O nos es más fácil condenar y criticar sin resaltar lo bueno que podemos aportar?

 

 

 

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El reconocimiento social del trabajo

Artículo públicado en la revista ICONO, año 117, nº 10, Noviembre 2016, pág: 26 y 27

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Sabemos que el trabajo es una parte intrínseca y consustancial a la persona. Desde el principio, en el génesis, Dios crea a las personas a su imagen y semejanza y les invita a trabajar la tierra y cultivarla. El trabajo no es una maldición ni un castigo, sino algo que pertenece a la condición originaria de toda persona. Los libros sapienciales consideran al trabajo honrado como fuente de riquezas y de condiciones para la vida decorosa y por ello le consideran un instrumento eficaz contra la pobreza. Sin embargo, al mismo tiempo afirman que no hay que idolatrar el trabajo ya que no es el único lugar en el que podemos encontrar el sentido último de la vida. El trabajo es algo esencial para la vida, pero no lo es todo, ni tampoco el punto esencial para nuestra realización como personas. El trabajo es para el hombre y no el hombre para el trabajo. Estos mismos libros hablan del descanso sabático como el sistema contra el sometimiento humano al trabajo, este descanso es preceptivo y debe respetarse semanalmente. Jesús describe su misión como un trabajo y enseña a apreciar el mundo del trabajo. A pesar de valorar el trabajo, también aporta que no hay que dejarse dominar por el trabajo, que hay otras cuestiones más importantes. Las sagradas escrituras ven el trabajo como una dimensión fundamental de la existencia humana y como una fuente de crecimiento como persona. El trabajo es clave en la Doctrina Social de la Iglesia y por ello ha sido tratado en la práctica totalidad de sus documentos y que tiene una Encíclica dedicada íntegramente a él: la Laborem exercens de Juan Pablo II.

¿Qué es el trabajo?

Pero conviene matizar qué se entiende por trabajo para comprender bien su alcance y aclarar algunas confusiones que se dan con respecto a él. El trabajo es una actividad humana, la realizamos las personas y no las máquinas. Estas son, simplemente, instrumentos que nos ayudan, pero cuando hablamos de trabajo, estamos refiriéndonos a una actividad humana por naturaleza. Las personas trabajamos cuando realizamos una labor destinada a cubrir nuestras necesidades vitales o a proveernos de bienes y servicios que, aunque no son necesarios para nosotros, deseamos tener o disfrutar. Estas necesidades vitales o apetencias y deseos, pueden ser nuestras o de otros. Es decir, se considera trabajo tanto si esta actividad la hacemos para otros como si la realizamos para otras personas.

Tipos de trabajo

En una sociedad como la nuestra existen tres tipos de trabajo. El primero es el trabajo remunerado, es decir, aquel por el que recibimos una remuneración monetaria, ya realicemos este por cuenta ajena o por cuenta propia. El segundo es el trabajo reproductivo. Se denomina así el que se realiza para la propia subsistencia, de modo que no se recibe ninguna remuneración por él. Incluye el trabajo doméstico y todas las actividades destinadas a autoabastecerse de bienes y servicios (tener un huerto propio, arreglarse o construirse la propia casa, reparar sus propios electrodomésticos, etc.) Por último, existe un tercer tipo de trabajo que es el voluntario. Este se realiza en el marco de una organización en la que se trabaja, sin recibir remuneración a cambio, para cubrir necesidades y apetencias de otros.

No todos los tipos de trabajo son apreciados por igual

Todos estos trabajos son importantes para la sociedad. Sin la existencia de alguno de ellos, nuestras comunidades no funcionarían bien. En una sociedad evolucionada y compleja, es importante que exista una riqueza de actividades en la que estén representadas estos tres tipos de trabajo. Sin embargo, no todas estas clases de trabajo son apreciadas por igual. El trabajo remunerado es el único que parece importante en nuestros días. De hecho, si alguien realiza un trabajo doméstico o uno voluntario, se considera que no trabaja. Esto no solo sucede en las definiciones estadísticas (que consideran a quienes no tienen trabajo remunerado ni lo busca como población inactiva), sino que también sucede en la apreciación popular. Parece que solamente trabajan aquellos que lo hacen a cambio de una remuneración y no quienes lo hacen en casa o en una organización como voluntarios.

Revalorizar los trabajos no remunerados

Existe pues una falta de aprecio por el trabajo no remunerado tal, que parece que las personas solamente se pueden realizar o alcanzan su plenitud si logran un salario o unos ingresos monetarios a cambio de su trabajo. Aquellos que optan por el trabajo reproductivo o voluntario (y se quedan en casa para dedicarse a su familia o en una organización benéfica para ayudar a los demás) aparecen como unos fracasados que no han podido acceder a lo único que parece ser adecuado para la realización personal: el trabajo remunerado. Se trata esto de una anomalía que no solo genera sufrimiento en aquellos que se dedican a labores no remuneradas (al no verse reconocidos apropiadamente) sino que además perjudica a la sociedad en su conjunto desincentivando esta clase de opciones. Por ello debemos volver a valorar estos dos tipos de trabajo. Darles la importancia social que se merecen y ayudar a que estas opciones sean tomadas por las personas y sean cauces adecuados, no solo de realización personal, sino de aceptación y reconocimiento social.

 
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Publicado por en noviembre 21, 2016 en trabajo

 

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Rentas de ciudadanía. Justicia social desde el bien común

Aquí tenéis el decimotercero cuaderno HOAC que publicado por Ediciones HOAC he escrito sobre el tema Rentas de ciudadanía. Justicia social desde el bien común.

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Tenéis más información sobre él y como adquirirlo (solo cuesta 1€) en: http://hoac.es/ediciones/libro.php?idlibros=2024

 

 

 
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Publicado por en noviembre 15, 2016 en Estado Social

 

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La función social de la empresa: una propuesta de evaluación ética

Acaba de publicarse el sexto Cuaderno de Ética en Clave Cotidiana del que somos autores Elisa Marco Crespo y yo.

En él realizamos una propuesta basada que pretende superar el concepto de Responsabilidad Social de la Empresa para pasar a un modelo de empresa basado en su Función Social. Una propuesta alineada en la ética cristiana que está en el sustrato de esta colección de cuadernos.

Además, proponemos un instrumento práctico para realizar este paso que es la evaluación Ética. Estas evaluaciones no son tan solo una reflexión teórica, sino que son ya una realidad que ya hemos llevado adelante y que vamos a hacer en más empresas.

Podéis descargaros el cuaderno de manera gratuita en: http://funderetica.org/wp-content/uploads/2016/04/funcionsocialdelaempresa.pdf

Podéis encontrar el resto de cuadernos en: http://funderetica.org/cuadernos/

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Publicado por en abril 25, 2016 en ética empresarial

 

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Lectura de verano: Introducción a la Ética Familiar

Os recomiendo para este verano la lectura del último Cuaderno de ética en clave cotidiana: Introducción a la ética familiar

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En él encontraréis claves sobre la ética familiar cristiana desde el vaticano hasta el momento. Os servirá para entender mejor la evolución de la Iglesia en este tema desde los años de este concilio hasta la actualidad y adentraros en el debate del actual sínodo de la Familia.

Podéis acceder a este y los otros cuadernos en: http://funderetica.org/cuadernos/

O directamente descargaros el cuaderno en: http://funderetica.org/wp-content/uploads/2015/01/eticafamiliaonline.pdf

Totalmente recomendable

 

 

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España por reformar

Sal Terrae ha editado un libro en el que soy uno de los coautores que se titula “España por reformar. Propuestas políticas, económicas y sociales” En él hay diversas propuestas realizadas desde el humanismo cristiano que sugieren caminos para mejorar el funcionamiento de nuestro país.

españa por reformar

El próximo martes 12 de Mayo a las 18:30 realizaremos un debate en Valencia, en el Palacio de Colomina, tres de los autores del libro, en el que expondremos y debatiremos sobre algunas de estas propuestas. Os invito a todos a que asistáis.

Invitacion España por reformar definitivo

Si queréis más información sobre el libro, la podéis encontrar en: http://jesuitas.es/index.php?option=com_content&view=article&id=1069%3Aqespana-por-reformarq-nueva-publicacion-que-busca-el-debate-para-una-reforma-integral&catid=34%3Ajesuitas-espana&Itemid=63&lang=es

Si queréis comprarlo, también lo podéis hacer en: http://www.casadellibro.com/libro-espana-por-reformar/9788429324327/2512581

 
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Publicado por en mayo 6, 2015 en ética económica

 

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Mirar desde otra perspectiva la economía actual

Os presento dos ecos de la conferencia que impartí en martes en Jerez de la Frontera titulada ” Mirar desde otra perspectivas, una economía más ética” y el audio de la conferencia por si queréis oirla

Artículo de Andalucía Información http://andaluciainformacion.es/jerez/497474/enrique-lluch-plantea-la-necesidad-de-mirar-desde-otras-perspectivas/

Artículo en ODISUR http://www.odisur.es/noticias/asidonia-jerez/item/26995-enrique-lluch-abre-la-vii-semana-de-la-pobreza-de-c%C3%A1ritas-diocesana-de-asidonia-jerez.html

Archivo de audio de la conferencia completa: http://www.ivoox.com/primera-ponencia-viii-semana-pobreza-enrique-audios-mp3_rf_4355446_1.html

conferencia de jerez

 
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Publicado por en abril 16, 2015 en ética económica

 

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Aportaciones a las preguntas de contenido social que D. Antonio Cañizares realizó en su última carta pastoral

Artículo publicado en la revista CRESOL, Any 16, Núm. 125, març i abril de 2015, pág: 42-43

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El pasado lunes 9 de febrero nuestro arzobispo publicó una carta pastoral que se puede encontrar en http://www.archivalencia.org/contenido.php?a=6&pad=6&modulo=37&id=11458 La carta tuvo una gran repercusión mediática y medios de comunicación locales, regionales, nacionales y algunos internacionales se hicieron eco de una de sus partes, la que se titula Fortalecer la vida de caridad en la Iglesia diocesana. La diócesis, como toda la Iglesia, tiene la opción preferencial por los pobres” en la que D. Antonio se hacía una serie de preguntas sobre posibles caminos a tomar en el campo de la acción con los más desfavorecidos.

Lo primero que me ha llamado la atención es que el documento tiene 10 páginas y el apartado que concentró toda la atención de los medios solamente es una de esas páginas. De hecho, la carta es mucho más rica en contenidos de lo que voy a comentar en estas breves líneas y aconsejo su lectura para conocer los ejes que van a orientar la actuación del arzobispo en el futuro más inmediato. El porqué solamente se concentraron en esta décima parte del documento, tiene que ver con el tema: había en este fragmento una serie de preguntas que versaban sobre la posibilidad de reservar una parte del dinero ingresado por la Iglesia para los más desfavorecidos, la utilización de espacios y edificios para obras sociales, la creación de empleo, etc.

Lo primero que llama la atención es la elevada repercusión que han tenido estas declaraciones a nivel nacional y hasta en algún medio internacional, superando claramente el ámbito diocesano para el que fue escrita. Tal vez haya sorprendido que sea un cardenal quien haya hecho estas preguntas y más si consideramos que los hechos sobre los que se pregunta son habituales en la Iglesia. Podría nombrar varias parroquias, congregaciones, particulares o grupos de personas que han cedido patrimonio a obras sociales, que dan una parte de su salario o de sus ingresos a los más desfavorecidos o que crean o mantienen empresas que emplean de una manera preferente a colectivos excluidos del trabajo.

En segundo lugar, creo sinceramente que no podemos evangelizar realmente, ni anunciar un Dios que es amor, que se hizo hombre en la pobreza y que no buscó honores humanos, si no se hacen realidad esta clase de iniciativas, si la opción preferencial por los más pobres no impregna toda la actuación de un cristiano. Es la única manera de lograr que el amor de dios se haga realidad en nuestro día a día. Dicho esto, me permito hacer una serie de sugerencias que pueden ayudar a hacer realidad y a profundizar en la respuesta a estas preguntas que formuló D. Antonio en la carta.

La primera es pasar de las preguntas a la realidad ya que el párrafo comentado se compone de nueve preguntas. No son medidas o actuaciones a realizar, sino simplemente preguntas. Esto podría parecer como un recurso literario o una manera de exponer el asunto, pero la carta pastoral tiene un total de 14 preguntas en su redacción, de ellas 9 están en este párrafo, una más en el párrafo siguiente (es decir, diez de ellas se concentran en este apartado de la caridad) mientras que en las otras nueve partes de la carta, solamente hay 4 preguntas. Por ello desde el acierto de las preguntas, creo que es preciso pasar a los hechos. No solo es cuestión de preguntarse si podemos o no hacerlo, sino de poner medidas prácticas para hacerlo. Nos hubiese gustado que al igual que en otros campos la carta pastoral aporta realidades a corto plazo, también las hubiese aportado en este campo.

En segundo lugar, creo que es esencial algo que afirma el texto: la necesidad de promover la formación en la Doctrina Social de la Iglesia en la Diócesis. Cuando imparto esta asignatura a mis alumnos de la Universidad, el desconocimiento de la misma es absoluto. No solo entre aquellos que no han recibido formación cristiana, sino también entre quienes la han recibido a lo largo de su vida. Por ello, creo que al plantear medidas en la pastoral educativa, en la pastoral juvenil, en la pastoral familiar, en la participación de los laicos, en la formación sacerdotal (campos sobre los que habla la carta pastoral) esta formación en Doctrina Social de la Iglesia debería de estar muy presente. La formación social debería ser una materia transversal a todas las anteriores. Si realmente creemos en esta necesidad de tener una opción preferencial por los más desfavorecidos, todas las medidas deben impregnarse de esta manera de actuar. En tercer lugar solamente quiero añadir que, a pesar de que la carta habla de la dimensión política de la atención a los más desfavorecidos, el tema queda simplemente nombrado, pero no es desarrollado en el resto del texto.

Resumo este breve comentario dando la enhorabuena por el planteamiento de las preguntas y animando a que se haga con estas preguntas lo mismo que se ha hecho con el resto de los temas tratados en la carta, es decir, pasar de la pregunta a los hechos y proponer: medidas que concreten este compartir, reflexión política sobre cómo organizar una sociedad para que todos sean favorecidos por ella (especialmente los últimos) y un programa de pastoral que gire en todos sus aspectos (educativo, matrimonial, juvenil, universitario, etc) alrededor de esa opción preferente por los más desfavorecidos.

 

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Conferencia “claves para una nueva economía”

He impartido una conferencia titulada “Claves para una nueva economía” podéis ver un resumen de la misma en el siguiente enlace: http://www.caritasalamanca.org/sala-de-prensa/vista-individual/article/enrique-lluch-nos-aporta-claves-para-una-nueva-economia.html

O ver la conferencia completa aquí:

 

 
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Publicado por en marzo 11, 2015 en ética económica

 

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¿Son compatibles la economía y el cristianismo?

Conferencia impartida en la Diócesis de Valencia en la que intento contestar a tres preguntas:

1.- ¿El cristianismo tiene mensaje económico?
2.- ¿La economía y nuestra fe son esferas independientes?
3.- ¿Se refuerzan mutuamente la espiritualidad cristiana y el
quehacer económico?

Su título es: Espiritualidad cristiana, luz del trabajo y la economía

 

 

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¿Es posible poner a la persona en el centro de la economía?

Artículo publicado en el boletín 27 de la Asociación Resurgir de Huelva. Navidad de 2014, página 7

Páginas desdeREVISTA N 27 DIC. 2014 la persona en el centro de la economía

En el día que escribo este artículo, Francisco, el Obispo de Roma, ha estado hablando en Estrasburgo al Parlamento Europeo. Allí ha pedido a sus señorías que el centro de su actuación sea la persona y no la economía. No hace otra cosa Francisco que insistir en una de las ideas principales que escuchamos desde que vino a Roma para quedarse: que la idolatría del dinero es uno de los principales problemas, si no el principal, de la sociedad occidental en la actualidad. Estamos en una sociedad en la que el centro es el dinero, el afán desmesurado de lucro, el tener más como único camino para alcanzar el bienestar de las personas. Los intereses económicos, los beneficios e incrementar la tasa de ganancias, son el verdadero motor de la actuación, no solo de las personas, sino también de muchos de los gobiernos europeos (si no de la totalidad).

Francisco llega al Parlamento Europeo justo un día más tarde de que se discutiese en él una moción de censura al presidente de la Comisión de la UE, Jean Claude Juncker, justamente por una de sus actuaciones cuando era presidente de su país natal, Luxemburgo. Me refiero a los controvertidos acuerdos secretos con diversas multinacionales para lograr que pagasen impuestos en su país en lugar de en otras naciones de la UE a cambio de sustanciosos descuentos en la cuota a pagar. Un comportamiento que, aunque legal, presenta serias dudas éticas ya que supone una merma de ingresos de los países donde estas empresas trabajan y una reducción de sus posibilidades de gasto. La moción de censura no salió adelante ya que los principales grupos de la Eurocámara apoyaron a Jean Claude. ¿No resulta cuanto menos curioso que tenga que venir Francisco a decirles que pongan a la persona en el centro y no a la economía, al día siguiente de discutir sobre este tema y un día antes de que se votase?

Porque parece competir a través de rebajas fiscales para atraer a las grandes empresas no tiene como fin mejorar a las personas, no parece que esto sea poner a la persona en el centro sino todo lo contrario. En esta situación, solamente salen ganando los accionistas de la empresa y en su caso, el Estado que atrae le ofrece el descuento. Pero todos los demás salimos perdiendo, el resto de estados, el resto de contribuyentes, el resto de empresas que no logran esas rebajas y tienen que pagar todos los impuestos. Desde este punto de vista se entiende poco el acuerdo unánime de apoyar esta clase de comportamientos y justificar a quienes lo llevan adelante.

Sobre todo, porque en contra de lo que algunos afirman, la economía sí que puede ponerse al servicio de la persona. No es verdad que la economía sea incompatible con comportamientos altruistas, con la solidaridad (a la que algunos ven como amenaza para la economía). Es más, si la economía todavía funciona un poco bien, es debido sobre todo a comportamientos que podríamos calificar como antieconómicos, es decir, por aquellos que no piensan solamente en si mismos y se preocupan también por los otros y en especial por más desfavorecidos.

No hay más que pensar en qué sería de los niños si no hubiese unos padres y familiares que les pagan todo y les mantienen durante muchos años sin recibir nada a cambio (no conozco padres que cuando sus hijos trabajen les exijan la devolución de lo que en ellos han gastado). Qué sería de mucha gente sin esos padres que están utilizando su pensión para ayudar a sus hijos y nietos perjudicados por la crisis, o sin esos amigos o asociaciones que les ayudan a llegar a final de mes y a acceder a los productos más básicos que necesitan. Pero esto no solamente sucede en la sociedad en su conjunto y en los colectivos más desfavorecidos. También cabe preguntarse qué sería de una empresas si los que están allí empleados se limitasen a hacer lo que les corresponde dentro del horario estipulado: seguramente no funcionaría. Las empresas van bien en la medida que sus trabajadores ponen algo más de lo que les obliga su contrato laboral, en la medida que hacen cosas que no deberían hacer, que se esfuerzan por atender mejor a sus clientes, que pasan más horas de las que les corresponde, que se coordinan en buena armonía con otros trabajadores. Cuando encontramos trabajadores que se dedican exclusivamente a cumplir lo que pone en el contrato, lo notamos en seguida (en negativo) y lo sufrimos como clientes o como compañeros.

Y ahora pensemos sobre qué clase de comportamientos económicos nos han traído a esta crisis y hacen que se siga ahondando en ella. No son precisamente comportamientos en los que se está poniendo a la persona en un lugar preponderante, sino todo lo contrario. No hay más que recordar las hipotecas basura que se prestaban a unos altísimos tipos de interés a personas que no iban a poder devolver el dinero, o las clasificaciones de productos seguros a instrumentos financieros que luego demostraron no serlo, o las altas indemnizaciones o salarios a directivos y miembros de consejos de administración mientras se pagan bajos salarios a trabajadores o se despiden a algunos a pesar de que la empresa tiene beneficios. Estas y muchas otras son prácticas que se engloban dentro de lo que se denomina racionalidad económica pero que están detrás de muchos de los problemas que presenta nuestro quehacer económico en la actualidad.

Por lo tanto, si comportamientos de fuera de la lógica económica actual son los que palían los problemas económicos que tenemos y los que están en la lógica actual los acrecientan ¿A qué esperamos a cambiarlos? ¿Por qué tanta reticencia a poner a la persona en el centro de la economía? ¿A quién interesa que esto no cambie?

 

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Interpelación Ética de las mujeres que ejercen la prostitución

Os presento el tercer cuaderno de la colección “Cuadernos de ética en clave cotidiana”. En este caso trata el tema de las mujeres que ejercen la prostitución para que lo podamos abordar desde una perspectiva ética.

Si queréis descargarlo podéis entrar en la página de los Cuadernos de ética en clave cotidiana dónde encontraréis este y los otros números o descargarlo directamente en:

Interpelación Ética de las mujeres que ejercen la prostitución

Cuaderno3-InterpelacionEtica

 
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Publicado por en enero 12, 2015 en Derechos humanos

 

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Dios se humanizó con sencillez

Artículo publicado en la revista ICONO, año 116, nº 1, Enero 2015, pág: 14 y 15

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Acaban de pasar las fiestas navideñas. Espero que quienes me leéis lo hayáis pasado muy bien. Haya sido un momento especial para vosotros en el que no solo hayáis descansado de la rutina laboral, de las preocupaciones que nos lleva el día a día, y hayáis compartido tiempo con vuestros seres queridos, sino que también os haya servido para crecer en el amor y en la sabiduría, para recordar cosas que todos los años son iguales pero que nos sirven para renacer, para recrearnos y para ser mejores día a día. Yo he decidido suspender momentáneamente los artículos sobre la educación de los niños para hacer una reflexión económica sobre la humanización de Dios. Es decir, sobre cómo Dios decidió hacerse hombre para decirnos que no debíamos verlo en los altares, en las riquezas, en los ritos o en las leyes, sino en el prójimo, en el amor a quien tenemos al lado, en ser cada día más y más humanos.

Dios decide hacerse hombre en Belén

Así, cuando Dios decide hacerse hombre no piensa en llegar a la tierra en Roma. Tal vez hubiese sido una decisión más racional desde el punto de vista humano. Roma era la capital del principal imperio del momento, el lugar en el que más poder se acumulaba. Bien relacionado allí, podría haber hecho una labor de difusión y de captación de seguidores rápida y efectiva. Además, si hubiese decidido hacerse hombre en la familia del emperador o de alguno de los grandes senadores o militares romanos, las influencias y los contactos habrían logrado un avance espectacular del cristianismo, hubiese sido la religión del imperio muchísimo antes. Sin embargo nada de esto fue así, se fue a nacer a un pueblucho de un lugar en el margen del imperio. Un lugar de donde no podía salir nada importante, donde nadie en su sano juicio hubiese querido nacer en aquel entonces.

Dios decide hacerse hombre en una familia humilde

Dios también hubiera podido escoger nacer en el seno de una familia pudiente. Desde nuestro punto de vista hubiese sido una elección racional. Le hubiese garantizado unas condiciones higiénicas excelentes, una infancia sin estrecheces, una aceptación social inmediata y un nivel de vida suficiente para no tener que trabajar durante sus años mozos. Sin embargo, Dios escogió una familia humilde. Una familia sin grandes medios, sin demasiados fondos, que tiene que viajar con lo que tiene, que no puede garantizar a la madre una atención sanitaria en el parto, que no le puede dar una vida regalada.

Dios decide hacerse hombre en una familia marginada

Si por lo menos, Dios, en un alarde de no sabemos qué, no se quiso hacer hombre en una familia rica, al menos podría haberlo hecho en una familia de buena reputación, en una familia aceptada por aquellos que les quieren y que estuviese plenamente integrada en sus ambientes cotidianos. Sin embargo, Dios escoge una familia marginada, una familia rechazada por los suyos que no comprenden que María esté embarazada, que no comprenden que José no la haya repudiado como debería haber hecho en un caso así, que por ello no los aceptan. Es ese el motivo por el que, a pesar de que van a Belén de donde es José originario y dónde por tanto habría familiares, conocidos y amigos, nadie los acoge, nadie se compadece de ellos, a nadie parece importarle que María esté a punto de parir. Por eso tienen que acabar en un establo y cuando llega el momento del alumbramiento nadie les visita, ni los conocidos, ni los amigos, ni los familiares. Todos saben que están allí (es una pequeña aldea, todo el mundo sabe todo de todos) pero nadie quiere ni acercarse, es un nacimiento ilegítimo, son una familia marginada. Solamente los pastores, los que duermen fuera de la aldea al aire libre, los que no entienden de convencionalismos, solamente ellos visitan a los padres y a su hijo. Los que viven al margen de la población son quienes se compadecen de esa familia y comparten la alegría de un nacimiento con ellos.

Y nosotros ¿Qué buscamos?

La lógica de nuestra sociedad (que probablemente también es similar a la que se daba entonces) nos lleva sin embargo a lo contrario de lo que hizo Dios. Buscamos a los poderosos para tener más influencia, queremos juntarnos con los pudientes o queremos ser pudientes nosotros mismos para asegurarnos bienes que nos permitan vivir más holgados, queremos gozar de la aceptación de los demás y adaptamos nuestro comportamiento a lo que es habitual en el entorno en el que nos encontramos, intentamos no salirnos del raíl, no hacer cosas que puedan dejarnos al margen. ¿Es ese el camino que Dios nos muestra? Si el camino de la esperanza fuese el dinero o el prestigio ¿No cabría esperar que dios se hubiese comportado así y hubiese escogido nacer en un lugar y una familia diferente? Creo que la reflexión sobre cómo Dios se hizo hombre en Belén y escogió a José y María como progenitores, nos puede ayudar a comenzar este 2015.

 

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La Economía desde la “Evangelii Gaudium”

Monográfico publicado en la revista Noticias Obreras en el Nº1560, de Junio de 2014, en las páginas 19-26

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Las riquezas de la Iglesia

Artículo publicado en la revista ICONO, año 115, nº 9, Octubre 2014, pág: 10 y 11

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Este verano, en un encuentro de laicos en el Espino, mantuve dos conversaciones que me iluminaron para la reflexión que hoy propongo a aquellos lectores que les haya atraído el título y se estén adentrado en estas breves líneas. Una fue con Pedro Guembe en un autobús y la otra con Ángel Garví mientras comíamos. Aunque fueron dos conversaciones bien distintas, ambas incidieron en uno de los temas más criticados de la Iglesia: su patrimonio y sus propiedades, eso que algunos denominan “las riquezas de la Iglesia” y que parecen incompatibles con la pobreza evangélica que la Iglesia predica.

Un considerable patrimonio

Existe un hecho ineludible lo mires por donde lo mires: las instituciones católicas tienen una cantidad significativa de propiedades que conforman su patrimonio (o sus riquezas). A pesar de los momentos de la historia en los que este patrimonio se ha visto mermado o reducido (expulsiones de congregaciones, desamortizaciones, persecuciones, guerras, etc.) y que han hecho que ahora sea mucho menor que en siglos pasados, se sigue contando con bienes muebles e inmuebles de gran valor y en una cuantía que puede parecer elevada a un observador externo.

¿Qué problema hay en ello?

Algunos se preguntan que cuál es el problema de tener estos bienes. La Iglesia tiene bienes que necesita para su labor, los cuida, los utiliza y los pone al servicio de sus fines al igual que hace cualquier institución. Además, como sabe cualquiera que tiene propiedades, éstas no solo son una posible fuente de riqueza, sino una fuente segura de gastos. El mantenimiento de muchas de estas propiedades supone un agujero constante en las finanzas de cualquier institución. Mantener este enorme patrimonio (histórico en muchos casos) supone un esfuerzo económico enorme.

La mirada crítica ante la propiedades de la Iglesia proviene de que esto parece incompatible con un Dios que se hace hombre en Jesús y que pasa por la tierra juntándose con los más pobres y excluidos de la sociedad judía de su tiempo. Con un Jesús al que no se le conocen propiedades y que le dice al hombre rico que para entrar en el reino de los cielos tiene que vender todas sus riquezas y seguirlo. Una Iglesia que predica una opción preferencial por los pobres y el amor desprendido como el ideal de vida. Todo ello provoca una aparente contradicción entre los hechos y el mensaje que predica la Iglesia.

Gestión económica del patrimonio

Además de lo ya nombrado, con frecuencia, las instituciones eclesiásticas dueñas de estas propiedades las utilizan para lograr rendimientos económicos. Con ello, antiguos monasterios se han convertido en hoteles o casas de huéspedes, edificios céntricos se alquilan a empresas o a particulares y podríamos nombrar muchas otras modalidades que permiten lograr unos ingresos que revierten en los dueños de este patrimonio. Muchos de estos ingresos están destinados en exclusividad al mantenimiento de las propiedades, y otros son utilizados para los fines propios de la institución eclesial. Pero esto tiene el peligro de que sacerdotes o religiosos se conviertan en simples gestores, es decir, en personas que se dedican a la gestión empresarial en lugar de dedicarse a la pastoral y el anuncio de la buena nueva, qué es a lo que aparentemente se deberían dedicar.

Creo que destinar el patrimonio de la Iglesia solamente debe ser utilizado para fines exclusivamente económicos cuando se vea necesario y siempre cumpliendo las siguientes pautas: que los ingresos generados sean destinados al mantenimiento de las propiedades y a los fines de las instituciones y no se utilicen para acumular por acumular, que las actividades económicas sean útiles para la sociedad y aporten valor a las personas que los utilizan y, por último, que la gestión de la actividad económica priorice a las personas y sea un ejemplo de cómo administrar empresas con otros valores.

El patrimonio como don

Pero opino que lo más importante de la gestión de los bienes de la Iglesia no se juega aquí, sino en tener claro que están llamados a estar al servicio de todas las personas y en especial de los más desfavorecidos. Los locales parroquiales, los edificios de la Iglesia, los mismos templos, deben ser un don para la sociedad, un regalo que se ofrece a todos sin excepción, porque Dios ama a todos y regala a todos su amor, sin tener en cuenta su condición social, su color, su sexo, su nacionalidad o su religión. Aquellos que, como Ángel o como yo, hemos estudiado en los locales parroquiales, nos hemos encontrado allí con los amigos y los hemos vivido como nuestros, no podemos más que estar agradecidos porque allí hemos aprendido qué es vivir la gratuidad y el don. Por ello, creo que la reflexión más importante que se puede hacer sobre este tema es preguntarse si los bienes de la Iglesia son, en estos momentos, un regalo para la sociedad, para los jóvenes, para los mayores, para los pobres, para los inmigrantes. ¿Lo son? Y en segundo lugar actuar en consecuencia, dar sin esperar nada a cambio, ofrecer nuestras “riquezas” para que también lo sean de los otros, abrir las puertas de nuestro patrimonio, ser testimonio de un amor de Dios que es don gratuito, de una Iglesia que da lo que tiene y lo pone al servicio de los demás.

 

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La dimensión social de la evangelización

Artículo publicado en la revista ICONO, año 115, nº 6, Junio 2014, pág: 12 y 13

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No podemos cerrar esta serie de artículos sobre la “Evangelii Gaudium” sin referirnos a una parte que, aunque su contenido no es explícitamente económico, sf que tiene una relación importante con cuestiones económicas.

EVANGELIZAR ES HACER PRESENTE EN EL MUNDO EL REINO DE DIOS

Esta es la primera frase del cuarto capítulo de la exhortación que se titula “la dimensión social de la evangelización”. En él se incide en una idea que ya ha sido resaltada por otros docu-mentos de la Doctrina Social de la Iglesia, en especial por parte de Benedicto XVI que en Caritas in Veritate, 15, dijo: “El testimonio de la caridad de Cristo mediante obras de justicia, paz y desarrollo forma parte de la evangelización, porque a Jesucristo, que nos ama, le in-teresa todo el hombre”. Francisco incide en la misma idea y nos dice en el párrafo 176: “si la dimensión social no está debidamente explici-tada, siempre se corre el riesgo de desfigurar el sentido auténtico e integral que tiene la misión evangelizadora” y en el 178 insiste, como ya hizo en su momento Pablo VI: “Desde el corazón del Evangelio reconocemos la íntima conexión que existe entre evangelización y promoción humana, que necesariamente debe expresarse y desarrollarse en toda acción evangelizadora”. En esencia, nos está diciendo que no podemos evangelizar sin un compro-miso social que lleve a la promoción del ser humano y a la mejora de la sociedad en la que vivimos.

LLAMADOS A TRANSFORMAR EL MUNDO

“Una auténtica fe -que nunca es cómoda e individualista- siempre implica un profundo deseo de cambiar el mundo, de transmitir valores, de dejar algo mejor detrás de nuestro paso por la tierra… Todos los cristianos, también los Pastores, están llamados a preocuparse por la construcción de un mundo mejor”, dice el Papa en el n° 183. El anuncio de la Buena Noticia de Jesús resucitado, precisa de cristianos comprometidos en el cambio social, en la construcción de un mundo en el que reine la caridad, en el que se -busque la ju-sticia por· encima de cualquier otra consideración, que esté al servicio de las personas y no de otra clase de intereses. Esta llamada a transformar el mundo es también preceptiva en los asuntos económicos. No puede entenderse una orga-nización social sin que la economía ocupe su papel, que no tiene porque ser el más impor-tante, pero sí debe estar presente en cualquier mejora que queramos articular para el progreso de las personas y de la sociedad.

LA INCLUSIÓN SOCIAL DE LOS POBRES

Cuando Francisco tiene que concretar esta dimensión social de la evangelización comienza, precisamente, por un asunto económico clave: la inclusión social de los más desfavorecidos. Esta opción preferencial por los pobres es una idea nuclear del anuncio del evangelio y debe seguir siéndolo. Para llevarla a cabo, Francisco pide “una nueva mentalidad que piense en términos de comunidad, de prioridad de la vida de todos sobre la apropiación de los bienes por parte de algunos” (188). En esencia está pidiendo un cambio de sistema económico y creo que hay que insistir en que incluye esto en la evangelización. Anunciar a Jesucristo supone cambiar nuestra mentalidad, luchar por una sociedad diferente en la que desde el punto de vista económico, prime la solidaridad y la gratuidad.

Es evidente que estas ideas no son novedosas, que están enraizadas en la Iglesia desde el principio de su historia… Pero han aparecido en un segundo plano durante mucho tiempo y se han priorizado otros aspectos de la evan-gelización. Francisco no la olvida, la pone como · un capítulo de su exhortación y muestra los aspectos económicos del anuncio del evangelio. como lo prioritario en su dimensión social. Vuelve a Pablo VI para afirmar que: “Los más favorecidos deben renunciar a algunos de sus derechos para poner con mayor liberalidad sus bienes al servicio de los demás”.

Para hacer realfdad este compromiso social, Francisco insiste en que la reducción de las desigualdades es una cuestión clave sin la que no podemos evangelizar. Por ello indica, con una claridad que creo no necesita co-mentarios, que “Mientras no se resuelvan radicalmente los problemas de los pobres, re-nunciando a la autonomía absoluta de los mercados y de la especulación financiera y atacando las causas estructurales de la inequidad, no se resolverán los problemas del mundo y en definitiva ningún problema. La in-equidad es raíz de los males sociales. La dignidad de cada persona humana y el bien común son cuestiones que deberían estructurar toda política económica” (202-203). Buscar una organización económica diferente es parte esencial de la evangelización.

 

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¿Se pueden construir espacios de esperanza?

La nueva campaña de Cáritas con motivo del día de la caridad se denomina “Construyendo espacios de esperanza”

construyendo espacios de esperanzaEn este mi nuevo artículo de España Buenas Noticias podéis encontrar un breve comentario sobre cómo esto puede ser una realidad también en economía… Todo es proponérselo…

http://ebuenasnoticias.com/2014/06/27/construyendo-espacios-de-esperanza/

 
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Publicado por en junio 29, 2014 en ética económica

 

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Ética y Escuela

En nuestra serie de “Cuadernos de Ética en Clave Cotidiana” acabamos de sacar nuestro tercer número títulado “Ética y Escuela”.

Como su propio nombre indica está especialmente pensado para educadores que crean que la ética debe ser un elemento clave que impregne su labor educativa y la de sus centros. El cuaderno da pistas sobre cómo hacer esto y como llevar adelante una enseñanza ética a nuestros jóvenes.

página 1 cuaderno ética y escuela

Estamos seguros de que es un buen documento para todo educador que se interese por los temas éticos y quiera saber como se pueden enfocar estos desde una visión del humanismo cristiano.

Si queréis descargar este cuaderno lo podéis hacer directamente en http://funderetica.org/wp-content/uploads/2013/12/cuaderno2.pdf

O si queréis también descargar fácilmente los dos cuadernos anteriores sobre la ética del don y propuestas éticas para la economía y la polítiica lo podéis hacer en la página de Funderética: http://funderetica.org/cuadernos-de-etica-en-clave-cotidiana/

 

 
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Publicado por en mayo 28, 2014 en educación y economía

 

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No a la inequidad que genera violencia

Artículo publicado en la revista ICONO, año 115, nº 5, Mayo 2014, pág: 12 y 13

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Este es el último artículo en el que voy a analizar la parte económica de la exhortación apostólica Evangelii Gaudium que escribió Francisco, el obispo de Roma, el pasado otoño. Como todos los anteriores lo he titulado con la misma frase que tiene el capítulo que voy a analizar del susodicho documento.

En esta ocasión, el tema tiene una gran importancia, especialmente en un país como el nuestro en el que las desigualdades se han incrementado tanto a lo largo de esta crisis. Lo es más si pensamos que, a pesar de que la pobreza es tenida en cuenta (aunque no siempre) a la hora de plantear las políticas económicas, el tema de las desigualdades no suele estar en la agenda económica. Los responsables políticos no suelen darle la debida importancia. Es más, algunos piensan que un incremento de las desigualdades no solo no es malo, sino que puede llegar a ser positivo porque incentiva a los que están peor a querer estar mejor y ello es un acicate para generar dinamismo en la sociedad.

La desigualdad puede generar violencia

Parece evidente que Francisco no está de acuerdo con este análisis. La inequidad es un grave problema al que hay que hacer frente. El hecho de que las desigualdades sean grandes puede provocar estallidos de violencia y descontento. No solo porque los que están más perjudicados puedan intentar cambiar su papel y sus protestas puedan llegar a niveles no deseados de violencia, sino porque aquellos que tienen más, para mantener su diferencia y no ver comprometido su nivel de vida superior, pueden ejercer violencia preventiva que intente evitar la pérdida de sus privilegios. De este modo, ya sea porque quienes están peor intentan mejorar y ven sus vías naturales para hacerlo cortadas, o porque quienes están mejor quieren mantener su estatus y no ven otro camino para hacerlo que ejercer violencia para conseguirlo, el mantenimiento o el crecimiento de las desigualdades es un caldo de cultivo propicio para las situaciones violentas.

La desigualdad es una situación injusta

Pero Francisco va más allá del análisis de las posibles consecuencias de la situaciones de desigualdad para afirmar que estas son, en si mismas, injustas. No se trata, pues, de situaciones que incentivan a quienes están peor (que con mucha frecuencia se ven sobrepasados por las desigualdades y en lugar de verse incentivados, se ven oprimidos por ellas y consideran que les va a ser imposible salir del lugar de exclusión en el que están) sino de situaciones injustas que transmiten su maldad intrínseca de una manera sutil y silenciosa. La desigualdad es lo que podríamos denominar una “estructura de pecado”, que justifica la diferencia y que no avanza hacia un futuro mejor. Una sociedad marcada por las desigualdades no está al servicio de todas y cada una de las personas y deja a un lado a los excluidos, a los sobrantes, que no pueden gozar de las ventajas y de las riquezas que se generan en la misma. Por ello, reducir las desigualdades no es solo una medida preventiva contra la violencia y contra los problemas sociales, sino que es también parte de la lucha contra las injusticias y de la construcción de una sociedad mejor en la que todos podamos desarrollarnos como personas.

¿Quienes son los responsables?

Ante estas situaciones de desigualdad Francisco denuncia que algunos piensan que son quienes están peor los responsables de su situación. Se trata de quienes piensan que si alguien está en el paro es porque algo habrá hecho mal, que si alguien no gana más es porque no es buen trabajador o que si un país es pobre no se puede culpar a otro más que a él mismo por no haber aprovechado las oportunidades que la globalización le ofrece… Esto no es más que una justificación imovilista de la desigualdad y de la injusticia. Un argumento que busca que no se proteste ante esta situación, que no se intente cambiar nada, que quienes están peor no denuncien su situación de exclusión…

No alimentar la indiferencia

Por todo ello, cuando vemos las cifras que nos muestran el incremento de las desigualdades en nuestro país, no podemos quedar indiferentes, no debemos mirar hacia otro lado. Una sociedad en la que la clase media está reduciendo su importancia y en la que las diferencias entre los más ricos y los más desfavorecidos se incrementan, es una sociedad enferma que no tiene visos de sostenibilidad a largo plazo. Por ello, necesitamos afrontar con valentía los desafíos que nos presenta la inequidad. Precisamos de políticos que no miren hacia otro lado, de empresarios que se preocupen por los ingresos de sus trabajadores, de un sistema económico que potencie la reducción de las desigualdades y no fomente el crecimiento de las mismas. Las desigualdades deben ponerse en el centro del debate económico.

 

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No, a un dinero que gobierna en lugar de servir

Artículo publicado en la revista ICONO, año 115, nº 4, Abril 2014, pág: 12 y 13

 

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Como vimos en el anterior artículo de esta serie, el dinero no es un problema en si mismo. Se trata de un instrumento que hemos creado los humanos para poder facilitar los intercambios, para poder llevar adelante de una manera más sencilla nuestras actividades económicas. Una sociedad sin dinero, una sociedad en la que todo se limitase al trueque, sería una sociedad muy limitada, en la que no podríamos hacer gran parte de las actividades económicas que nos son útiles para la vida. De hecho, la mayoría de las estructuras de trueque que existen en estos momentos en muchas ciudades de nuestro país, utilizan alguna clase de dinero, como la equivalencia en horas trabajadas, vales intercambiables, etc. El dinero no es, pues, un problema en si mismo. Lo es cuando existe un excesivo amor al dinero que hace que este sea quien gobierna en nuestras vidas y en nuestra sociedad y de esto habla Francisco en este apartado.

Si el dinero gobierna los valores de referencia cambian

El hecho de ser un instrumento útil para la sociedad, un elemento que nos facilita la vida, quiere decir que necesitamos un dinero que esté a nuestro servicio. Por ello, el dinero tiene que ser utilizado con criterios éticos y no adaptar los criterios éticos a la búsqueda de más dinero. Francisco constata, por el contrario, que ante el gobierno del dinero, la ética parece ser molesta. Con frecuencia escuchamos que las empresas no son ONGs, que una cosa son los criterios éticos que nos sirven para solucionar los elementos de nuestra vida y otra son los criterios que hay que utilizar en la economía para poder ganar más… Es muy habitual encontrar a personas que utilizan unos criterios diferentes para su vida y para sus actividades económicas, no solo entre los no cristianos sino también entre los cristianos. Algunos de estos últimos intentan, de buena fe, aplicar los valores cristianos de la bondad, la solidaridad y el amor en su comportamiento diario y en la práctica totalidad de sus actividades cotidiana mientras que, en los asuntos económicos, sus criterios son diferentes y es el dinero el que gobierna sus actuaciones de manera que ven imposible aplicar los mismos valores que en su vida diaria.

La ética es molesta a la economía del beneficio

Por ello Francisco avisa sobre el peligro de poner la economía al servicio del dinero. Tal y como ya hizo Benedicto XVI en su Encíclica Caritas in Veritate, nos alerta sobre la absolutización del mercado. Cuando este es el único criterio de actuación y todo se tiene que hacer por y para él, la ética es una molestia y los criterios que utilizamos para nuestra vida aparecen como peligrosos, sospechosos y contraproducentes desde un punto de vista exclusivamente economicista. El mundo económico se muestra así, con frecuencia, como enemigo de la ética, enemigo de los criterios cristianos de actuación, enemigo del bien común, enemigo de la solidaridad o de la gratuidad… Todo esto es sospechoso a los ojos de la economía y quienes utilizan estos criterios para las actividades económicas aparecen o bien como ignorantes o ingenuos, o bien como personas que están yendo en contra del interés general…

La alternativa ética

Ante esta opción Francisco anima a que introduzcamos la ética en la economía. A que el dinero se ponga al servicio de la sociedad (como debería ser su verdadera vocación) avisando de que no compartir con los pobres es similar a robarles. Por ello realiza un llamamiento a introducir en la economía la solidaridad, la ayuda a los pobres, la promoción del más desfavorecido, la economía debe estar al servicio de este objetivo y ponerse decididamente del lado de quien peor lo pasa. Al final, hay que tener en cuenta lo que magistralmente dijo Benedicto XVI en el número 36 de su Encíclica Caritas in Veritate: “no sólo no se pueden olvidar o debilitar los principios tradicionales de la ética social, como la trasparencia, la honestidad y la responsabilidad, sino que en las relaciones mercantiles el principio de gratuidad y la lógica del don, como expresiones de fraternidad, pueden y deben tener espacio en la actividad económica ordinaria. Esto es una exigencia del hombre en el momento actual, pero también de la razón económica misma. Una exigencia de la caridad y de la verdad al mismo tiempo”

Animar a los políticos a ser valientes

Francisco no es un iluso o un insensato. Sabe que para un cambio de esta índole se necesitan políticos valientes, que superen la gran cantidad de obstáculos que tiene esta manera de entender la economía y que tengan una clara visión de futuro. Por ello anima a aquellos que tengan puestos de responsabilidad a afrontar este reto con energía, determinación y realismo. Por ello exhorta a todos “a la solidaridad desinteresada y a una vuelta de la economía y las finanzas a una ética en favor del ser humano”

 

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Homenaje a los otros Mandela

Artículo publicado en la revista Paraula, el domingo 30 de Marzo de 2014, en su página 28

Los otros MandelaAhora que ya ha pasado el impacto informativo de los funerales de Nelson Mandela, me gustaría hacer mi sencillo homenaje a todas esas personas que también creyeron en la Suráfrica del arco iris y que colaboraron en que se hiciese realidad este ejemplo de perdón y reconciliación que fue la transición desde el régimen del apartheid al democrático actual. Y lo voy a hacer hablando de personas a las que tuve la suerte de conocer en mis dos viajes a Sudáfrica para colaborar en la misión de Sant Joseph, (sita en Phokeng, ciudad negra de la tribu de los tswana cercana a Rustemburg) sede episcopal de su diócesis y donde convivían religiosos y religiosas de diferentes congregaciones.
La idea me vino al escuchar a Richi, o como dijeron en Radio Nacional, Ricardo Fernández Ruiz, empresario español afincado en Sudáfrica. Fuimos juntos por primera vez a este país que él asumió como suyo y del que yo también me enamoré y con el que he seguido en contacto consagrando mi tesis doctoral a su proceso de transición económica y siguiendo su actualidad siempre que puedo. Mis dos viajes largos fueron hace ya mucho tiempo, en los veranos de 1992 y de 1995. Fueron estancias muy ricas y extremadamente enriquecedoras para mi. En la primera estaba empezando a caer el apartheid, en la segunda ya había caído, así que estuve por allí en años clave de este proceso.
Quiero recordar en primer lugar a Walter Sisulu y a su mujer Albertina. Pudimos merendar y conversar con ellos en su casa de Soweto. Walter fue quien introdujo a Nelson en el ANC y uno de los que estuvieron encarcelados con él en Robben Island. Fueron amigos y aliados políticos y poder ser recibidos por ellos, fue un honor para nosotros. Entrar en el centro de Soweto en 1992 no era fácil para unos blancos si no iban bien acompañados. Penetrar en la densa neblina de humo invernal que impedía la visibilidad en sus calles, fue toda una aventura.
Quiero recordar también a las Iglesias Sudafricanas. Ellas jugaron un papel esencial en la caída del apartheid. Su alianza, su convicción de que había que perdonar y su consideración de que todos somos iguales, fueron clave para romper con este sistema político. Recuerdo en especial la labor del obispo Kevin Dowling y su apuesta decidida por la finalización del apartheid, que casi le cuesta la muerte cuando fue tiroteado en una manifestación o cuando pusieron una bomba en su Iglesia catedral. A los teólogos del Instituto de Teología Contextual, dirigidos por Albert Nolan y en especial a Larry Kaufman, con quien aprendí que lo importante para vivir la opción preferencial por los más pobres no es hacer cosas por ellos, sino estar, convivir con ellos. También recuerdo a Mikel Fish que nos enseñó el valor de la espera, de saber que nuestros plazos no son los plazos de la vida, ni de la historia, que hay que saber esperar y confiar.
Además, las diferentes iglesias fueron quienes más empujaron para que la Comisión de la Verdad y la Reconciliación fuese una realidad. En ella, verdugos de uno y otro lado expusieron sus razones para matar o atentar y las víctimas expresaron el dolor que habían sentido por la pérdida de sus seres queridos. Saber la verdad ayudó a la reconciliación, no se puede perdonar sin verdad y eso lo supieron entender perfectamente en Sudáfrica…
Recuerdo a aquella catequista de la parroquia, que rompió a llorar cuando comíamos juntos en la cafetería de la estación de autobuses de Johannesburgo. Ante nuestra preocupación nos confesó que lloraba de alegría, que nunca desde su niñez había imaginado que algún día podría comer con blancos en una misma mesa y en un lugar público. Aquello era para ella un signo de que las cosas estaban cambiando. Recuerdo a todas las personas que se bajaron de aquel taxi para negros como protesta contra aquel conductor que no quería admitir a Tomás en el vehículo en él porque era blanco.
Recuerdo a aquellos jóvenes, que en un cine-forum sobre la película de Monseñor Romero, relataban sus experiencias cuando matones negros entraban en sus suburbios para matar indiscriminadamente a sus habitantes y, mientras escuchaban los tiros y los chillidos de sus vecinos, no tenían otra opción que esconderse debajo de la cama y confiar en la suerte para que no entrasen también en su casa (estos matones negros eran pagados y armados por la policía sudafricana para crear caos e impedir el proceso de transición hacia la democracia)
Recuerdo también a la Sr. Molotegui, aquella princesa de la tribu de los Bafokeng (cuyo tótem era un cocodrilo) que tenía que vivir en Botswana exiliada y solamente volvía a Sudáfrica para acudir al juicio que se aplazaba y se aplazaba como una manera de no hacer justicia. Estuvimos en uno de esos juicios y tuvimos que salir por piernas cuando la policía nos perseguía. El grito de los sacerdotes diciendo “everybody to the car” todavía resuena en mis oídos.
Quiero también recordar a todos los valientes del movimiento anti-apartheid en Sudáfrica que arriesgaron y sacrificaron sus vidas para construir una Sudáfrica distinta (que tan bien se han visto reflejados en la obra de la nobel Nadine Gordimer). Ellos y sus organizaciones (con abogados y otros profesionales actuando como voluntarios) fueron los que permitieron que las personas que vivían en las chabolas ilegales que había junto a la misión y a las que ésta abastecía de agua, tuviesen unas tierras para poder crear un pueblo nuevo llamado boitekong (ciudad de la esperanza). Cuando en 1992 contemplamos los primeros doscientos habitantes que crearon esta población no imaginábamos que tres años más tardes, ya habría 60.000 personas viviendo en ella. También hay que homenajear al movimiento anti-apartheid internacional que, entre otras cosas, estuvo durante años velando ininterrumpidamente frente a la embajada de Sudáfrica en Reino Unido.
No quiero olvidarme de Giorgina y del resto del personal sanitario que atendían gratuitamente a aquellas personas que no podían acceder a un médico por no contar con fondos suficientes. Conocimos a varias personas que pudieron sobrevivir y volver a llevar una vida normal gracias a los cuidados que recibieron de estas religiosas y voluntarios. La maternidad y el centro de salud de Boitekong pudo ser una realidad gracias a ellos…
No me caben todos, falta gente a la que me gustaría homenajear desde estas líneas. Solo quiero añadir que el final del apartheid fue cosa de muchos. La cabeza visible fue Mandela y por ello se le ha honrado de esta manera, pero es bueno recordar a todos aquellos que, de una manera más anónima o a una menor escala, ayudaron a hacer realidad este cambio que parecía casi imposible…

 
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Publicado por en marzo 31, 2014 en Derechos humanos

 

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No a la nueva idolatría del dinero

Artículo publicado en la Revista ICONO año 115, nº 3, Marzo 2014, pág: 12 y 13

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Sigo analizando (tal y como comencé el pasado mes) los aspectos económicos de la exhortación apostólica Evantelii Gaudium. El siguiente punto económico que trata esta se titula así, “no a la nueva idolatría del dinero” (55-56). Y comienzo discrepando en el título de este apartado porque, si bien las maneras en las que se lleva a cabo podemos considerarlas nuevas (si lo miramos en una perspectiva histórica y pensamos que solamente llevamos alrededor de ciento cincuenta años haciéndolo así), la idolatría del dinero no es algo nuevo y es la misma que ya se encontró Jesucristo cuando estuvo con nosotros hace alrededor de dos mil años…

Condenar el amor al dinero

De hecho, los evangelios ya recogen palabras de Jesús referidas a este mismo tema: “Nadie puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien, se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No se puede servir a Dios y al Dinero.” (Mt. 6, 24). Poner la prioridad en el dinero es contrario a la fe en Jesucristo. No podemos considerarnos cristianos verdaderos si dirigimos nuestros afanes en la dirección de ganar más, en la de tener, en la de lograr que se incremente nuestra bolsa. De hecho, San Pablo lo tiene tan claro que en su carta a Timoteo no duda en afirmar que “Los que buscan riquezas caen en tentaciones, trampas y mil afanes absurdos y nocivos, que hunden a los hombres en la perdición y la ruina. Porque el amor al dinero es la raíz de todos los males, y muchos, arrastrados por ella, se han apartado de la fe y se han acarreado muchos sufrimientos” (1 Tim 6, 9-10) Esto ya llevó a que San Juan Crisóstomo afirmara en un sermón dedicado a esta carta que “el amor que el usurero profesa al dinero es mucho más grave que el amor carnal más desordenado”. Por todo ello sabemos que el amor al dinero, el poner el dinero por encima de otras cosas, el organizarlo todo para tener más es, desde el punto de vista cristiano, una actitud que no solo va en contra de nuestra propia fe, sino que también puede calificarse como la raíz de todos los males y el origen de muchos sufrimientos.

Una sociedad basada en el beneficio

Siendo esto así, no es de extrañar que Francisco utilice palabras tan duras para condenar nuestra sociedad actual. Porque, desgraciadamente (y tal vez aquí radica la novedad que señala Francisco en su título) estamos en un sistema económico donde lo que prima es ganar más. El amor al dinero pasa a ser, no solo legítimo, sino necesario en un sistema que encumbra y favorece a aquellos que tienen la facilidad o la suerte de ganar más. Nuestra sociedad deja de preocuparse por las personas, por aquellos que están peor, para ensalzar a aquellos que consiguen mayores ingresos, para potenciar que quien quiera tener más lo consiga y pueda apropiarse de sus beneficios sin excesivas trabas. De este modo, las personas se subordinan a los beneficios, no interesa mejorar a otros sino acumular, lograr mayores beneficios.

También a escala familiar

Y uno podría consolarse pensando que este amor al dinero se da solamente a escala política o de las empresas, pero fácilmente podemos darnos cuenta de que esto no es así. Nuestras familias, lo que los economistas denominamos economías domésticas, también estamos impregnados de este amor al dinero. Buscamos tener mayores salarios, conseguir mayores intereses con el dinero que tenemos en el banco, lograr ingresos extraordinarios gracias a operaciones en bolsa o en otros activos financieros… Ya hablé en estas mismas páginas de cómo esta intención de tener más ingresos fue una de las causas que llevó a mucha gente a la compra de preferentes y otros productos financieros…

Vuelta de la economía y las finanzas a una ética en favor del ser humano.

Por todo ello, Francisco nos ofrece aquí la alternativa que nos invita a seguir. Ante ese amor al dinero castrador, que nos impide centrarnos en la persona, amar a quien tenemos al lado, preocuparnos por los más desfavorecidos… Nos propone la construcción de una economía y unas finanzas que estén mirando al ser humano y no a los beneficios. Que se impregnen de un comportamiento ético ante una actividad que parece olvidar la ética y está repleta, no solo de corrupción, sino también de comportamientos en los que “todo vale” para lograr esos beneficios que me exigen el sistema, mis ambiciones y los clientes o propietarios que me contratan.

Esta propuesta sirve también para el ámbito familiar. Ante esa legitimación que hacemos de que cualquier cosa vale para lograr más, ante esas ganas de no perder dinero, de buscar siempre lo más barato para poder comprar más, tenemos que introducir criterios éticos en nuestras compras, en nuestros ahorros, en nuestro comportamiento económico diario. Así podremos concentrar nuestras energías en lo realmente importante y no en “afanes absurdos y nocivos que nos hunden en la perdición y en la ruina”…

 
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Publicado por en marzo 19, 2014 en ética económica

 

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“¿Crecimiento o decrecimiento? A propósito de los últimos 50 años”

Artículo publicado en Sociedad y Utopía. Revista de Ciencias Sociales, n.º 42. Noviembre de 2013, pp. 220-237, Fundación Pablo VI.

Se trata de un artículo que profundiza en las ideas de crecimiento y decrecimiento viendo sus características principales para ver si son ambos buenos objetivos económicos o si pueden considerarse más como intrumentos que como objetivos. A la vista de los resultados, realiza una propuesta sobre cuál podría ser el objetivo económico más pausible en nuestra actual situación.

sociedad y utopía

Aquí tienes el artículo completo:

 

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Nueva colección “Cuadernos de ética en clave cotidiana”

Hemos comenzado una nueva colección que tiene como objetivo que los no especialistas tengan un acceso fácil a propuestas éticas sobre temas clave y de actualidad. Se trata de unos cuadernos sencillos, breves y rigurosos en los que podremos ver análisis y propuestas éticas que nos servirán para poder opinar y actuar de una manera fundamentada en los temas tratados.

Los cuadernos se encuentran en formato online con acceso gratuito en http://www.piensaenello.org/services/publicaciones/

Si quieres suscribirte a ellos en papel o tener más información puedes hacerlo en el siguiente enlace:

http://funderetica.org/cuadernos-de-etica-en-clave-cotidiana/

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Los dos primeros cuadernos de la colección son: “El don que transforma, una mirada a la moral desde el carisma redentorista” un cuaderno muy teolótico pero muy sugerente y el segundo se titula “Bases éticas para la mejora de nuestra organización económica y política” en el que aportamos una reflexión ética sobre hacia dónde deberíamos dirigir el cambio de nuestra organización política y económica.

 

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No a una economía de la exclusión

Artículo publicado en la Revista ICONO año 115, nº 2, Febrero 2014, pág: 12 y 13

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La Evangelii Gaudium de Francisco

El pasado 24 de Noviembre, Francisco, nuestro Obispo de Roma, publicaba una Exhortación Apostólica titulada Evangelii Gaudium sobre el anuncio del Evangelio en el mundo actual. En ella (como no podía ser de otro modo ya que los asuntos sociales son parte integrante de la evangelización) se tocaron temas económicos. Durante los próximos artículos de esta serie voy a repasar algunos de ellos. No va a ser un análisis exhaustivo de los contenidos del documento, sino tan solo un breve comentario de aquellos que por su contenido económico, entran dentro de la temática que suelo tratar en estos artículos. Creo que esto nos puede ayudar mejorar nuestras actitudes y poner nuestro granito de arena en el anuncio de esa buena noticia en la que creemos los cristianos.

Nos falta compasión

Los números 53 y 54 de la exhortación se titulan como este artículo: “No a una economía de la exclusión”. Francisco toca, a mi modo de ver, dos temas clave en la sociedad actual y en su manera de organizar los temas económicos. El primero es la falta de compasión de muchas personas y de la sociedad. Hemos olvidado esta gran virtud que es una de las principales fuentes de la caridad y el amor. Ser compasivo es tener capacidad de sufrir con el otro, lo que los psicólogos denominan empatía. Es decir, ser capaz de ponerte en la situación del otro, de pensar como él piensa, de sufrir como él sufre, de alegrarte como y cuando él se alegra… Una organización económica en la que lo principal es tener más, en la que lo que se potencia es que miremos a nuestro ombligo y nos olvidemos de los demás, embota nuestra capacidad para ser compasivos.

Por ello, cuando vemos a las personas que lo pasan mal, cuando nos encontramos ante los fenómenos del hambre y de la pobreza, permanecemos indiferentes, conseguimos que no nos afecte… Francisco lo denomina la “globalización de la indiferencia”. Lo vemos todo como si estuviésemos al otro lado de la pantalla, no nos sentimos hermanos de nuestro prójimo sino que pensamos que son “ellos” los que están mal, no “nosotros”. Parece que olvidamos que todos somos hijos del mismo Dios, que todos somos hermanos, que todos somos: nosotros…

Una economía que produce “deshechos”

Por ello, ante una economía que deja detrás a muchas personas, que no se interesa por los que menos tienen y los descarta convirtiéndolos en “Sobrantes”, en “deshechos” (como los denomina Francisco), no nos escandalizamos. Lo que nos preocupa es poder adquirir aquellas novedades que nos trae el mercado, saber que vamos a tener lo que deseamos y mantener el estatus en el que nos encontramos. Por ello apoyamos un sistema económico que, aunque no llega a todos por igual, nos mantiene en nuestra posición. Estamos convencidos la manera de organizarnos beneficia a todos y es un buen modo de luchar contra la pobreza porque genera crecimiento económico y, si hay más, podremos repartir más…

Y esta es la segunda idea clave que creo que quiere transmitirnos Francisco en estos dos apartados. No podemos seguir creyendo ciegamente en un sistema económico que no es compasivo, que genera unas basuras que no solo son contaminantes, sino que son humanas. Los “sobrantes” son personas que no cuentan, que no se benefician del común, que quedan a un lado. No podemos seguir confiando en que el crecimiento económico va a solucionar esto, en que cuando nos recuperemos de la crisis estas personas que ya no cuentan van a pasar a ser importantes, van a dejar de ser “deshechos”. El crecimiento por si mismo no va a acabar con esto…

Incluir la compasión en nuestro comportamiento económico

Por ello, el mensaje que a mi juicio nos envía Francisco es claro. Nos anima a ser más compasivos. La alegría del evangelio no se puede vivir sin compasión, sin ser capaces de ponernos en el lugar del otro. Conseguirlo nos permite comprender a nuestro prójimo, asumir sus anhelos y convivir y compartir con él sus esperanzas e ilusiones. También supone conocerlo mejor, sufrir con el otro y estar con él cuando lo necesita. Pero para ello, precisamos de una organización económica que también sea compasiva, que vea el sufrimiento de quien peor está y se desviva por él, que no genere “sobrantes” ni deje a un lado a aquellos que no tienen suficiente.

Hay que buscar una sociedad inclusiva en la que todos puedan participar, en la que nadie quede descartado por tener poco. Una sociedad que sea sensible a esas realidades que quedan fuera. Por ello, Francisco nos anima a los cristianos a decir NO a esta economía de la exclusión, a esta economía egoísta que genera tanto sufrimiento en aquellos que se ven descartados de su riqueza y SÍ a una economía construida en clave compasiva, en clave de de amor, una economía que se centre en las necesidades de quienes peor están…

 
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Publicado por en febrero 17, 2014 en ética económica

 

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La vida económica de los cristianos

Artículo publicado en la revista ICONO, año 115, nº 1, Enero 2014, pág: 12-13

La vida económica de los cristianos 1

La vida económica de los cristianos 2

Y lo poseían todo en común…

Quiero recordar, ahora que han pasado las fiestas navideñas, ese pasaje de los hechos de los apóstoles en el que se describía cómo era la vida en sus primeras comunidades: “Nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía, pues lo poseían todo en común… Entre ellos no había necesitados, pues los que poseían tierras o casas las vendían, traían el dinero de lo vendido y lo ponían a los pies de los apóstoles; luego se distribuía a cada uno según lo que necesitaba” (Hch, 4, 32-35) Muchos se pueden pensar que esto era una idealización, que realmente no sucedía así. Evidentemente, esta descripción no ahonda en las dificultades que presentaba este plan de vida, pero tal y como descubrí a través de la lectura de la Historia de Roma del periodista italiano Andro Montanelli, no solo no era irreal, sino que algún autor romano como Luciano afirmaba que los cristianos eran “imbéciles que juntan todo lo que poseen” y Tertuliano decía “que ponen junto lo que los demás tienen separado y tienen separado la única cosa que los demás ponen junto, la mujer”. Es decir, que la característica que más llamaba la atención a los no cristianos de estos era, precisamente, de componente económico.

¿Nos sucede lo mismo a nosotros hoy en día?

El primer interrogante que nos plantea este hecho es pensar si a los cristianos también se nos reconoce hoy, precisamente, por este aspecto. Es decir, si cuando los no cristianos nos describen, lo hacen también a través de nuestro comportamiento económico. Creo que la respuesta es claramente negativa. Seguimos observando a no cristianos que se refieren a nosotros de manera despectiva o irónica (como hacían los dos escritores romanos) pero no lo hacen por el tema económico sino por otras cuestiones… Esto nos lleva un poco más allá ya que, si los primeros cristianos veían la cuestión económica como algo clave de su vida de fe y esto no sucede en nuestras comunidades en la actualidad ¿Quiere decir que hemos despojado nuestra fe de algo intrínseco a ella?

Podría contestar de una manera directa a esta cuestión, pero creo que es mejor dejar esto para Francisco, el obispo de Roma, que en su primera Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium nos habla de “la dimensión social de la evangelización precisamente porque, si esta dimensión no está debidamente explicitada, siempre se corre el riesgo de desfigurar el sentido auténtico e integral que tiene la misión evangelizadora” (176) “El kerygma tiene un contenido ineludiblemente social: en el corazón mismo del Evangelio está la vida comunitaria y el compromiso con los otros. El contenido del primer anuncio tiene una inmediata repercusión moral cuyo centro es la caridad.” (177)

El compromiso comunitario con otra economía y con los más desfavorecidos

Es Francisco quien, en esta exhortación que habla sobre el anuncio de nuestra buena noticia, insiste en varios temas económicos que debemos tener en cuenta a la hora de explicitar nuestra fe. El obispo de Roma nos plantea los desafíos económicos que presenta el mundo actual y que intentan tambalear los cimientos de nuestra fe: la economía de la exclusión, la idolatría del dinero, el dinero que gobierna en lugar de servir, la inequidad que genera violencia. Se trata de elementos que priman en nuestro tiempo y que muchas veces impregnan el comportamiento económico de los cristianos ya que, sin querer (o de una manera consciente) respaldamos estas maneras de entender el quehacer económico ante las que Francisco dice, simplemente, “no”.

Pero además indica, tal y como he señalado en las citas que he transcrito más arriba, que el anuncio de esta buena noticia conlleva necesariamente un compromiso social. Por ello dedica el capítulo cuarto de la exhortación a “La dimensión social de la evangelización”. En él nos muestra cómo no se puede soslayar el elemento social en nuestra fe y como este supone la prioridad de los más pobres, una opción preferencial por ellos. Como los cristianos debemos comprometernos en la resolución de los problemas de los pobres ya que califica a “la inequidad como la raíz de los males sociales” (201). Por ello “¡Ruega al Señor que nos regale más políticos a quienes les duela de verdad la sociedad, el pue­blo, la vida de los pobres! Es imperioso que los gobernantes y los poderes financieros levanten la mirada y amplíen sus perspectivas, que procuren que haya trabajo digno, educación y cuidado de la salud para todos los ciudadanos.” (205)

Para que surjan estos políticos, necesitamos comunidades cristianas en las que el compromiso económico con los más desfavorecidos y el “ponerlo todo en común” sean el comportamiento normal. Necesitamos cristianos que sean reconocidos como tales, no por sus ideas doctrinales, sino por su comportamiento diario, por su compromiso social por los más desfavorecidos, por sus anhelos de construir esa sociedad en la que lo normal sea el comportamiento ético, la solidaridad mundial, la distribución de los bienes, la dignidad de los débiles, el compromiso por la justicia y la preservación de las fuentes de trabajo (203)

 
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Publicado por en enero 20, 2014 en ética económica

 

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Hazte amigo de FUNDERÉTICA

La Fundación Europea para el Estudio y Reflexión Ética (FUNDERÉTICA) es una fundación que tiene, como objetivo fundamenta, ser un cauce propulsor de la reflexión ética en nuestra sociedad y constituirse en un centro de formación, reflexión e investigación en la Filosofía Moral, desde los criterios que proporcionan la dignidad de la persona y de los valores que le son inherentes. Todo ello lo hace desde el humanismo cristiano y siguiendo una labor que ya ha realizado durante cuarenta años el Instituto Superior de Ciencias Morales de Madrid ligado a la Congregación del Santísimo Redentor.

Si queréis apoyar económicamente a nuestra fundación, os explico los cauces que podéis seguir en este email. También podéis obtener más información de estas actividades en www.funderetica.org

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El milagro de compartir

Artículo publicado en la revista ICONO, año 114, nº 10 de Noviembre de 2013, pág: 14 y 15

El milagro del compartir 1El milagro del compartir 2

Multiplicar los panes y los peces

El milagro al que más cariño le tengo de todos aquellos que aparecen en el nuevo testamento es el de la multiplicación de los panes y los peces. No ha sido siempre así. Cuando era pequeño no acababa de entender bien lo que sucedió en aquel descampado en el que se concentraban los seguidores de Jesús. Veía a los discípulos con una especie de chistera donde, en lugar de salir conejos o palomas, salían panes y peces para alimentar a toda la población que se encontraba allí. Me imaginaba las caras de asombro de todos y no comprendía porqué luego volvieron a sus casas teniendo a alguien que podía darles de comer gratuitamente todos los días con aquella cesta maravillosa…

 

El milagro del compartir

Tardé mucho en comprender que esto no era el verdadero milagro. Los milagros no son magia, sino sucesos extraordinarios, que se salen de lo común, que asombran por lo inesperado o por lo inexplicable. Ello no quiere decir que no tengan explicación, que no sigan un razonamiento determinado, sino que son inesperados, que no cabía esperar que sucediese así, que había dudas razonables de que se pudiese dar esta posibilidad.

Esto sucedió en aquella ocasión, nadie podía esperar que con las exiguas viandas con que contaban Jesús y sus discípulos (cinco panes y dos peces) se pudiese alimentar a aquella multitud. Pero sucedió, Jesús repartió lo que tenía y sobró para todos… Jesús compartió su comida y cundió el ejemplo, todos aquellos que estaban en el descampado compartieron sus alimentos y los repartieron entre sus vecinos. Este compartir llevó a la sobreabundancia y no solo hubo bastante para todos, sino que además sobró.

Este fue y es el verdadero milagro, cuando se comparte, cuando se reparte, no solamente hay para todos sino que además hay en exceso… Jesús nos llama a seguir su ejemplo, a repartir lo que tenemos aunque sea poco, a compartir con los demás nuestras posesiones como mejor manera de lograr que todos puedan cubrir sus necesidades.

 

¿Compartimos o acaparamos?

Es evidente que este es el mensaje contrario de lo que oímos todos los días propugnar a algunos economistas. Su mensaje es que debemos tener más y más cada día, que solo tenemos que pensar en nosotros o en los nuestros para conseguir que cada día tengamos más entre todos. El egoísmo, el acaparar para uno mismo, el buscar solo mi propia riqueza y no compartirla, aparecen como los caminos más adecuados para tener más. Se contraponen así dos ideas opuestas que prometen el mismo resultado. El egoísmo como fuente de crecimiento o el compartir como raíz de la sobreabundancia.

 

Repartir es el camino hacia la mejora

Nuestra experiencia diaria parece apoyar el milagro del compartir. La gestión económica de las familias suele estar basada, precisamente, en el reparto de lo ganado por algunos miembros de la familia al servicio de todos. Esto no trae problema alguno a las familias ni hace que estas tengan menos o se arruinen por ello. Al contrario, si cada miembro de la familia ve solamente por su propio interés y no comparte el dinero que gana, no solo el conjunto va a salir perjudicado desde el punto de vista económico, sino también desde el punto de vista de la convivencia familiar. Lo mismo sucede cuando quedamos con los amigos para cenar y cada uno lleva algo para compartir. En estas ocasiones no solo no nos quedamos con hambre, sino que solemos comer muy bien y siempre sobra comida…

También existen economistas que hablan sobre este fenómeno. En un libro muy comentado que se titula “Por qué fracasan las naciones”, los profesores Ademoglu y Robinson arguyen que aquellas naciones que tienen instituciones que solamente benefician a unos pocos en lugar de a la mayoría y cuyas élites de poder solamente piensan en beneficios para ellas mismas y no para el conjunto de la población, son las que no tienen capacidad para crear riqueza y crecer lo suficiente y acaban fracasando como naciones. Solamente las que tienen unas instituciones inclusivas que benefician a la mayoría, pueden realmente desarrollarse y mejorar.

Creo que debemos de introducir la dinámica del compartir en la economía. Es la única manera, no solo de salir de la crisis, sino también de que realmente se de un progreso en nuestras sociedades. Para ello es importante repartir y compartir y recordar que para compartir no solo se recibe, sino que también se aporta… Ello excluye al gorrón, a quien se aprovecha de la bondad de los demás para recibir sin dar. Este no entra en esta dinámica sino en la egoísta, en la que lo quiere todo para si mismo. Si buscamos la sobreabundancia, si queremos generar bienestar para la sociedad, el compartir es el camino que nos llevará hacia ella y para ello debemos educar ciudadanos y generar instituciones que den, que repartan, que compartan…

 

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Trabajar para construir y construirse

Artículo publicado en la revista Noticias Obreras, nº 1552, Octubre de 2013, pág 12-13

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La encíclica laborem exercens de Juan Pablo II nos recordó en su momento cuáles son las principales dimensiones del trabajo. Por un lado la objetiva, es decir, cómo a través de nuestra actividad productiva de bienes y servicios que sean útiles para nuestras vidas o para las de los demás, contribuimos en recrear este mundo, en construir una sociedad mejor y en que el bienestar de las personas que componen nuestra sociedad se incremente. La segunda dimensión es la subjetiva. Esta se basa en cómo el trabajo es una parte sustancial de la persona. Nosotros no podemos entendernos sin trabajo, la labor que realizamos para la elaboración de esos bienes y servicios es consustancial a nuestro ser. Por ello, el trabajo que desarrollamos es una de las maneras a través de las cuales nos realizamos como personas. Somos más humanos también en el trabajo y a través de él.

Hablar de estos conceptos en un momento en el que nos encontramos en unos niveles de desempleo que nunca habían sido tan altos, puede parecer una frivolidad. Algunos podrían pensar que con los graves problemas económicos que estamos viviendo, lo último que se puede pensar es si mi trabajo me ayuda a perfeccionarme como persona o si colaboro realmente en la mejora de mi entorno a través de él. Parece que en momentos así lo único que se puede hacer es dar gracias por el trabajo remunerado que tenemos sin realizar planteamiento alguno que vaya más allá.

Esto puede llevar a la concepción (tan extendida que alcanza, con frecuencia, a personas cristianas muy comprometidas) de que el trabajo se realiza tan solo para ganar el sustento, mientras que uno se realiza como persona y colabora en una sociedad mejor fuera de mi él, en el tiempo libre, en las actividades que se desarrollan en la parroquia, en una asociación, en una ONG, es decir, en las actividades voluntarias fuera del trabajo remunerado.

Si nos centramos en aquellos que viven su trabajo así y que tienen una fuerte conciencia de colaboración en la mejora del mundo en el que vivimos, me refiero a aquellos para los que su labor remunerada es una especie de mal menor en el que pasan muchas horas al día, pero que les sirve de soporte para poder utilizar todas sus energías en la labor solidaria que ejercen en su organización, ONG, labor voluntaria, etc. (Otros reservan estas fuerzas para dedicarse a organizar una fiesta, hacer deporte o realizar otras actividades lúdicas que también les apasionan. Se trata del mismo fenómeno pero con objetivos distintos)

Pienso, sinceramente, que esta postura no colabora demasiado en el crecimiento personal de aquellos que la practican y que tampoco lo hace en la construcción de esa sociedad mejor que anhelamos casi todos. Nuestra labor solidaria, nuestros anhelos de justicia, nuestra manera de colaborar en la mejora de nuestro entorno, también debe realizarse a través del trabajo. No pretendo ir en contra de la labor voluntaria o de la participación en ONGs, por supuesto que no, nada más lejos de mi intención. Lo que intento decir es que con el mismo espírituo con el que nos planteamos estas colaboraciones y estos trabajos, debemos plantearnos nuestra labor remunerada. Esta última puede ser, también, una fuente importante de gratificación personal y de colaboración en la mejora de nuestra sociedad.

Algunos pueden aducir que en determinados puestos de trabajo esto no es posible. Con frecuencia cuando comento esta cuestión, me preguntan cómo podemos hacer esto en un puesto de producción en cadena, o cómo se puede contribuir a la mejora de la sociedad cuando nos obligan desde nuestra empresa a actuar justo en el sentido contrario. Estas dos circunstancias parecen justificar que se tome el trabajo como un mal menor, que se limite uno a recibir el salario al final de mes y reserve sus energías para hacer en otros ámbitos aquello que sí que ayuda a crecer como persona y a construir un mundo mejor. Sin embargo, esto no tiene por qué ser así.

Por un lado, salvo que se trate de una actividad claramente mafiosa o delictiva, la mayoría de las actividades económicas que se realizan en una empresa pueden beneficiar a la sociedad o a una parte de ella. Si estoy en una cadena de producción de, pongamos, piezas eléctricas de porcelana, mi colaboración en que estas salgan sin defectos, con todos los parámetros de calidad, no solamente va a ayudar a la empresa productora, sino también a los usuarios finales de estos elementos. En esta labor también compartimos el trabajo con otras personas como yo. Mejorar el ambiente de trabajo, conseguir unas relaciones amigables y un entorno positivo, es otra manera de construir sociedad. Esto no quiere decir que tengamos que callar si nos están exigiendo que tomemos actitudes poco éticas o contrarias a la mejora de los que nos rodean, todo lo contrario, nuestra actitud debe ser la mejor manera de mostrar este modo de entender nuestra labor.

Quizá el punto más difícil en este sentido es si el trabajo no nos está sirviendo para crecer como personas. Las situaciones críticas, los problemas, las circunstancias adversas, también son momentos en los que podemos lograr ser más humanos, crecer y avanzar en nuestro perfeccionamiento personal. Bien es verdad que esto tiene un límite que deberemos reconocer por si es necesario sacrificar los ingresos para mantener nuestra integridad personal y nuestra propia coherencia de vida. Por ello, como ya he nombrado, es importante denunciar las prácticas contrarias al desarrollo personal de los trabajadores o a las que van en contra de la mejora de la sociedad. Decidir hacer como si nada de esto existiese y buscar otras cosas fuera para intentar compensar lo que en el trabajo me machaca, puede ser la opción aparentemente más cómoda, pero no creo que sea la mejor.

Nuestra labor remunerada, es un lugar importante para nuestra realización personal y para nuestra colaboración en la mejora de nuestro entorno. Olvidar esto y considerarlo solo como un mal menor que debemos realizar para poder tener los ingresos que necesitamos para nuestra vida es deshumanizar nuestro trabajo y a nosotros mismos. Comprenderlo y actuar en consecuencia es una de nuestras responsabilidades en el mundo del trabajo hoy en día.

 

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El consumo y la crisis

Artículo publicado en la revista ICONO, septiembre 2013, año 114, nº 8, pág: 14-15

El consumo y la crisis 1El consumo y la crisis 2

Bangladesh y nuestras camisetas

Hace unos meses cayó un edificio en Bangladesh repleto de trabajadores textiles. Las malas condiciones del mismo y la gran cantidad de máquinas y personas que se encontraban allí, provocaron una desgracia que se podría haber evitado. Sin embargo, no me interesa ahora las condiciones de la empresa ni lo que dejó de hacer la sociedad de Bangladesh para evitar esta tragedia, sino que en este lugar se cosía ropa que luego compramos nosotros, demandada por empresas europeas y estadounidenses. Ello nos lleva a que ninguno de nosotros podamos garantizar que ninguna de las prendas que utilizamos habitualmente estén fabricadas en lugares similares a este. No tenemos ni idea de en qué condiciones se fabrican nuestras prendas de vestir y, quien habla del textil, también puede hacerlo de otros bienes como los electrodomésticos, los muebles, las herramientas, etc.

Hay que mirar la relación calidad precio

El motivo principal por el que sucede esto es que cuando compramos solamente miramos la relación calidad precio buscando siempre adquirir lo más barato que encontremos. Esta es una estrategia imprescindible para aquel que no tiene lo suficiente para vivir (si compra demasiado caro no puede comer todo lo que necesita o vestirse con una cierta decencia), pero esta estrategia de pobres ha pasado a ser una estrategia común en todas las familias, tengan el nivel económico que tengan. Buscamos lo más barato, porque solamente pensamos en nosotros. Queremos adquirir bienes lo más económicos posibles para poder tener más cosas con el mismo dinero.

Pero claro, si nosotros compramos algo y pagamos un precio por ello, ese dinero tiene que acabar en manos de alguien. Si pensamos en nuestras camisetas por las que pagamos precios ridículos, con ellos hay que pagar a los que las hacen, a quienes las transportan desde Asia a nuestros lugares de residencia, a quienes las venden en nuestros países y a quienes hacen la publicidad… Poco dinero para repartir entre muchos.

Echar balones fuera

Esta búsqueda de lo más barato ha hecho que muchas de nuestras empresas productivas hayan cerrado o ahora produzcan en países asiáticos. Los productos fabricados en estas naciones son más económicos y se venden mejor… Este fenómeno ha colaborado en el gran desempleo que tenemos en nuestro país y en que se haya desmantelado gran parte de la industria que existía hasta hace unos años, lo que dificulta la salida de la crisis. Ante esta situación muchos son los que piensan que la culpa la tienen estas naciones asiáticas y se ponen en contra de ellas en una reacción infantil que busca echar balones fuera y endosar la culpa de nuestros males a cualquiera que no seamos nosotros. Es una manera de no tener que pensar en qué parte de responsabilidad tenemos.

Pero si le preguntásemos a los trabajadores supervivientes del derrumbamiento de la fábrica de Bangladesh y de otras similares, seguramente nos replicarían que trabajan para empresas europeas y estadounidenses. Es decir, que ellos son el último eslabón de una cadena que comienza con nosotros, los consumidores, buscando el precio más bajo; continúa por nuestras empresas, que se van allí a buscar unos menores precios; y acaba en ellos, que producen lo que nosotros les decimos al precio que les exigimos. Al final, son nuestras empresas las que les fuerzan a trabajar en estas condiciones, ya que es la única manera de que se mantengan los costes bajos. Si no lo hacen, se busca otro país en el que se produzca más barato y a seguir con los precios más baratos…

Cambiar nuestros criterios de consumo

Benedicto XVI ya dijo en su Encícilica Caritas in Veritate que “comprar es siempre un acto moral y no solo económico”. Cuando compramos, le estamos diciendo a las empresas cómo queremos que se comporten. Si les pedimos solamente lo más barato, les estamos diciendo que rebusquen por todo el mundo dónde pueden producir de una manera más económica, que nos da igual como lo hagan, pero que nos traigan un precio muy reducido… Si queremos colaborar en que no hayan más casos como el de Bangladesh, debemos pedir a las empresas que nos muestren sus métodos de producción, que sean capaces de garantizarnos que ni ellas ni sus subcontratistas están produciendo en condiciones infrahumanas… El comercio justo ya lo hace, pero no es suficiente con esto. Debemos lograr que todo sea comercio justo, que lo que es excepcional pase a ser lo habitual.

Pero no solo esto, si queremos colaborar con nuestras compras a mejorar las condiciones económicas de nuestros ciudadanos, creo que es necesario que compremos más bienes producidos en nuestro entorno. Ello no solo nos permitirá controlar mejor si las empresas están produciendo en condiciones dignas y pagando unos salarios adecuados, sino también promover el empleo y la producción local colaborando así en la salida de la crisis. Todo ello supone, claro está, olvidarnos de esa consigna tan utilizada por todos nosotros “hay que comprar siempre lo más barato”…

 

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Trabajo responsable, liderazgo responsable

Artículo publicado en el periódico Levante, en su suplemento EMV el Mercantil Valenciano, página 16, el Domingo 22 de Septiembre de 2013

Liderazgo responsable

Cualquier empresa querría tener unos trabajadores responsables. Entiendo por estos aquellos que se encuentran motivados para realizar su trabajo, lo ejecutan con ganas y de una manera concienzuda, buscan la calidad y la excelencia en lo que hacen e intentan mejorar cuando tienen errores, trabajan bien en equipo y aceptan las indicaciones de sus superiores, son capaces de encontrar soluciones eficaces ante dificultades novedosas y en resumen: les gusta lo que hacen, son productivos y colaboran de una manera constructiva en la consecución de los fines de la empresa.

Lograr esto no siempre es fácil, de hecho, cuando se habla de liderazgo se está pensando (habitualmente) en la capacidad para crear equipos compuestos por esta clase de trabajadores que logren, de una manera eficaz, los objetivos de la empresa. Para hacerlo, hay diversas técnicas de dirección que pretenden mostrar el camino más adecuado para alcanzar un verdadero liderazgo. No pretendo en este artículo describir o realizar un listado de estas técnicas, pero sí aportar unas claves que deben de estar detrás de cualquiera de ellas y que son las permiten, de una manera efectiva, real y a largo plazo, unos trabajadores responsables.

Existe la idea generalizada de que el trabajo remunerado tiene una finalidad única que es la de lograr los ingresos necesarios para poder vivir. Desde este punto de vista, lo único que le pide una persona al trabajo es que le aporte un sueldo suficiente o lo más elevado posible (dependiendo de las ambiciones de cada uno) y todo lo demás es secundario. Parece evidente que, si esto es así, la manera de lograr trabajadores responsables solamente pasa por una correcta política remunerativa. En la medida en que pague bien a mis trabajadores, estos serán responsables en su trabajo y con la implantación de unos salarios diferentes que correspondan a la responsabilidad adquirida por los empleados, lograré ejercer un liderazgo adecuado.

Sin embargo, la realidad es más compleja. Pensar que el trabajo remunerado se realiza solamente por los ingresos, olvida las dos dimensiones esenciales del trabajo que son determinantes a la hora de que el trabajador asuma o no una postura responsable. La primera dimensión es la que se viene a denominar objetiva: a través de nuestro trabajo colaboramos en la construcción de la sociedad en la que vivimos. Por ello, la labor remunerada es importante para nosotros y para la comunidad. En la medida que nuestra pertenencia a un equipo-empresa que produce bienes y servicios útiles a la sociedad nos permita sentir que estamos aportando algo positivo, que estamos colaborando (aunque sea en una medida pequeña) en mejorar el entorno social o natural en el que nos movemos, nos sentiremos satisfechos o no con nuestra labor.

La segunda dimensión del trabajo que hay que tener en cuenta para lograr este liderazgo positivo es la subjetiva. El trabajo (sea o no remunerado) es algo intrínseco a la persona. Nos hacemos persona, crecemos como tales, maduramos, con el trabajo. La ociosidad, el no realizar ninguna actividad encaminada a producir bienes o servicios útiles para nosotros o para la sociedad (es decir, trabajar) es negativa para las personas que la practican. El dicho valenciano lo dice claramente “qui no te faena, el dimoni li la dona” (quien no tiene trabajo, el demonio se lo da).

Por ello, trabajar es necesario para nuestra maduración, para ser cada día más personas y para nuestro crecimiento como tales. Nuestro trabajo remunerado debe ser un lugar en que sintamos que podemos ser nosotros mismos, que nuestra personalidad se desarrolla, que colaboramos con otros, que podemos aportar lo mejor de nosotros mismos, que potenciamos esa manera de ser que nos hace únicos y que somos valiosos para la organización en la que trabajamos. Necesitamos sentirnos potenciados como personas y que aquello que hacemos nos favorece para mejorar como tales.

Si buscamos trabajadores responsables vamos a tener que cuidar estas dos dimensiones además de la anteriormente citada. Es decir, para que un grupo de personas trabajen con responsabilidad a lo largo de un periodo dilatado de tiempo, se precisa que, por un lado, reciban una remuneración adecuada que les permita cubrir tanto sus propias necesidades como las de su familia. Por otro, que sepan que están siendo útiles a la sociedad, que su trabajo está beneficiando a otros que pueden estar agradecidos a su labor positiva. Por último, deben notar como su trabajo les ayuda a crecer como personas, es positiva para ellos, les da equilibrio y fuerza para afrontar su día a día.

Cualquier persona va a trabajar con responsabilidad si se encuentra en un lugar en el que se de una combinación adecuada de estos tres elementos. Cuando falla alguno de ellos, es difícil mantener en el tiempo la motivación adecuada para que se trabaje con responsabilidad. Podrá permanecer durante un periodo breve, podrá lograrse una motivación pasajera, pero más pronto o más tarde se acabará.

Para lograr trabajadores responsables precisamos de un liderazgo responsable. Este es aquel que logra que las condiciones de trabajo sean tales que las personas que componen la empresa puedan desarrollar correctamente las dos dimensiones del trabajo (la objetiva y la subjetiva) y reciban al mismo tiempo unos ingresos adecuados para su vida. Cualquier estilo o técnica de liderazgo que no atienda a estas tres cuestiones, cualquier empresa en la que estos tres aspectos del trabajo no sean cuidados, seguramente fracasará en su intento de tener trabajadores responsables en el largo plazo. Podrá lograr la implicación y la responsabilidad durante un periodo breve de tiempo, tal vez hasta los resultados sean espectaculares mientras consiga mantener ese tirón inicial, pero seguramente se deshincharán tan rápido o más de lo que se necesitó para inflarlas. Un liderazgo que quiera tener solidez no puede basarse en soluciones cosméticas, sino que tiene que ir a la esencia, tiene que abordar las dimensiones profundas del trabajo para lograr con responsabilidad, que esta se extienda al resto del equipo humano que compone la empresa.

 
 

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¿Para qué ahorramos?

Artículo publicado en la revista ICONO, año 114, nº 7, Julio-Agosto 2013 pág: 14-15

PARA QUÉ AHORRAMOSPARA QUÉ AHORRAMOS 001

No voy a ganar mucho

El pasado domingo estábamos de convivencia de mi grupo de la parroquia. Salimos a una casa de encuentros cercana a Valencia que se encuentra rodeada de pinos, campos de almendros y pequeñas vaguadas que, gracias a las copiosas lluvias invernales de este año, aparecían cubiertas por un manto verde salpicado de amapolas… Como sucede en estos lugares, durante la paella del mediodía hablamos de lo humano y lo divino, y salió el tema del que hablé en el último número de Icono, las preferentes y el dinero perdido por los ahorradores debido a estas y otros instrumentos arriesgados en los que muchos pusieron sus ahorros. Varios de mis amigos me comentaron cómo algunos de sus familiares habían perdido dinero por culpa de esto, y en ello estábamos cuando uno de ellos me pidió consejo ya que a un familiar le acababa el plazo de un depósito en breve y quería saber qué hacer con ese dinero.

Le dije que si no quería riesgos, lo mejor era meterlo en un depósito a plazo. Me respondió que el problema era que ahí no se ganaba mucho dinero, que los tipos de interés estaban muy bajos. Le hablé sobre algunas alternativas y los riesgos que estas tenían y ahí quedó nuestra conversación. No se que harán finalmente con esos importantes ahorros. Ahora bien, esto me sirvió para reflexionar y para tomar la decisión de incidir en un tema que ya abordé en el pasado artículo con el objetivo de profundizar en algunos aspectos de los que no hablé en la ocasión anterior.

¿Para qué ahorramos?

La pregunta clave que creo que debemos preguntarnos a la hora de afrontar estos temas es la que da título al artículo: ¿Para qué ahorramos? Porque si ahorramos para ganar dinero, está claro que tendremos que arriesgar. Si hemos dejado de comprar cosas en el presente para acumular dinero que nos permita ganar más en el futuro, es evidente que lo que debemos hacer es invertirlo en aquello que más rendimiento nos va a dar, asumiendo que esto tiene un riesgo, que igual que podemos ganar, pero que también podemos perder…

Ahora bien, el ahorro de las familias, tradicionalmente no tiene este objetivo. Cuando ahorramos lo solemos hacer por tres motivos principales:

  1. Ahorramos porque queremos comprar cosas en el futuro. Sacrificamos la capacidad para comprar cosas ahora, y la reservamos para algún momento futuro en el que creemos que lo vamos a necesitar más o en el que adquiriremos un bien caro como puede ser una casa, un coche, un viaje al extranjero…

  2. También lo hacemos porque queremos prevenir imprevistos. Gastos que vienen de repente y que no podíamos imaginar, pero que necesitan un aporte extra de dinero o, simplemente, una previsión de que nuestros ingresos van a reducirse y queremos tener un colchón que nos permita mantener nuestro nivel de vida durante un periodo de tiempo.

  3. Por último, también ahorramos porque queremos utilizar estos fondos para montar un negocio en el futuro, o para pagar los estudios a nuestros hijos…

Lo más importante del ahorro

En el caso de que cualquiera de estos sea el motivo de nuestro ahorro, lo importante para nosotros no es ganar dinero con esos ahorros, sino conservarlos para que cuando los necesitemos, podamos contar con ellos. Por eso, no debemos dejarnos engañar por los cantos de sirena que nos intentan alejar de nuestro objetivo, son tentadores y nos cuesta renunciar a ellos, ya que ¿Por qué no aprovechar para ganar más dinero? Sin embargo, no podemos olvidar que nuestro objetivo principal no es este, sino conservar los ahorros.

El ahorro y la Doctrina Social de la Iglesia

La Doctrina Social de la Iglesia habla en varias de sus encíclicas del ahorro. De hecho, piensa que la capacidad de ahorrar moderadamente para construir un pequeño patrimonio que permita a las familias tener un colchón económico adecuado para prever futuras dificultades, es bueno y aconsejable. Quiere que ese ahorro tenga este noble objetivo y, al mismo tiempo, piensa que ese dinero ahorrado puede ser utilizado para prestar a aquellos que generan movimiento económico y empleo.

Sin embargo, la tradición cristiana y la Doctrina Social de la Iglesia condena, de una manera inequívoca, el desmesurado afán de riquezas y lucro, la avaricia de incrementar nuestro patrimonio sin fin y aumentar nuestros bienes sin otro horizonte que la simple acumulación. Estas actitudes son condenadas como un grave pecado que nos aleja de dios “no podéis servir a Dios y al dinero”. Ante estas actitudes, potencia el ahorro moderado destinado a objetivos loables. Lo importante de nuestro ahorro no debe ser, por tanto, el rendimiento que nos de, sino que sirva para los objetivos tradicionales del mismo y que además se preste a aquellos que realicen actividades positivas para la sociedad en su conjunto.

 

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Hacia otra tipología de empresa

Artículo publicado en el Noticias Obreras, Nº 1.548, Junio 2013, Pág: 12 y 13

Otra tipología de empresa 1Otra tipología de empresa 2

Quiero comenzar este artículo con una diferenciación que escuché el pasado domingo a un empresario de la Comunidad Valenciana cuando se dirigía a nuevos licenciados de Administración y Dirección de Empresas de mi Universidad. Distinguió entre especulador y empresario, según él, el primero es aquel que solamente busca su propio beneficio y quiere lograrlo de la manera más rápida posible. El segundo, es aquel que le preocupan también sus trabajadores, el desarrollo del lugar en el que tiene la empresa, cubrir las expectativas del cliente, etc. Independientemente del rigor de la idea y de la oportunidad del lugar y del momento en el que se expuso esta reflexión (que creo que la tenía), me sirve para reflejar una cuestión que creo es importante resaltar antes de entrar en el corazón del artículo: existen empresas y empresarios que no solamente piensan en el margen de beneficios. Esto es una realidad que tenemos a nuestro alrededor aunque, con frecuencia, no sean estas las empresas que más llamen la atención o que más se vean reflejadas en los medios de comunicación.

De esto vamos a hablar en este artículo, cómo lograr un tipo de empresa que, teniendo que ser rentable para garantizar su sostenibilidad, se preocupa por objetivos que van más allá del estrictamente financiero. Para analizar la manera en la que esto se consigue, hay que hablar, por un lado, de la cultura empresarial y de los trabajadores y, por otro, de una legislación que articule un marco de actuación favorable a este tipo de empresas.

En primer lugar hay que cambiar el objetivo perseguido para, frente al puramente crematístico del beneficio, combinar un conjunto de fines diferentes que pueden resumirse en los siguientes:

  1. Lograr que el producto de la empresa (sea bien o servicio), sea una aportación válida para la mejora de la sociedad y se pueda apreciar como tal por aquellos que lo compran.

  2. Lograr que la empresa sea un espacio de realización de los trabajadores en el que estos puedan aportar algo positivo al colectivo gracias a su trabajo en común. Para ello hay que facilitar que los empleados tengan unos ingresos suficientes para que ellos y sus familias vivan con dignidad y lograr que su labor sea una manera de perfeccionamiento y de maduración personal.

  3. Colaborar en la mejora del entorno social y medioambiental utilizando sistemas de producción ecológicos y promocionando el desarrollo del área en la que se localice su actividad.

  4. Remunerar a los propietarios que han arriesgado su dinero para poder realizar esta actividad. La labor del accionista es importante ya que sin su intervención, su inversión, su trabajo y su asunción de riesgos difícilmente puede desarrollarse todo lo demás.

Para que estos objetivos se alcancen se precisa, por un lado, un estilo de liderazgo por parte de los gestores que apunte hacia una dirección por valores más que hacia una dirección por objetivos o exclusivamente jerárquica. Este manera de dirigir implica lograr la participación de todos los trabajadores en las decisiones relacionadas con su labor y en la consecución de los otros objetivos societarios.

Por otro lado una estructura salarial justa y flexible que, en primer lugar, evite las excesivas diferencias entre los salarios superiores y los inferiores. En segundo lugar, sería conveniente cambiar la estructura de salarios para que estos, de una manera generalizada, se incrementasen automáticamente cuando la empresa tiene beneficios (de manera que estos también repercutiesen en los asalariados) y se redujesen cuando la empresa fuese peor. Para que esta flexibilización fuese realizable, todos tendrían que tener una información veraz sobre los beneficios anuales de la empresa que evitase susceptibilidades o posibles engaños.

En este sentido, para garantizar esto último, habría que articular sistemas que reconociesen el acceso a la propiedad por el trabajo (tal y como contempla la Doctrina Social de la Iglesia). Las sociedades mercantiles solo contemplan la propiedad de la empresa a través del dinero, de hecho, en algunas de ellas, los propietarios ofrecen a los trabajadores que llevan muchos años o que alcanzan unos determinados puestos directivos o de responsabilidad, la posibilidad de entrar en la propiedad de la empresa a través de la compra de acciones. Ahora bien ¿Por qué no se puede llegar a esta por el simple hecho del trabajo aportado? Cuando una persona lleva trabajando varios años en una empresa, esta está donde está gracias a su trabajo, por ello, es normal que el trabajador pueda sentirla como suya. Regular el acceso a la propiedad por el trabajo sería algo deseable para favorecer la estructura empresarial.

En esencia, deberíamos cambiar el sistema de la empresa desde un modelo de confrontación, en el que los intereses de los trabajadores están enfrentados a los intereses de los socios capitalistas, a un modelo de concertación o cooperación, en el que el interés del mantenimiento de la empresa y de su buen funcionamiento, es común a todos debido a que todos ganan con él.

Los aspectos abordados hasta aquí tienen que ver con la cultura empresarial de directivos y trabajadores. Ahora bien, como ya he comentado, para hacer efectivo este cambio de mentalidad y que sea fácil realizarlo, se precisa que la sociedad en su conjunto establezca cauces sencillos que favorezcan tomar este camino. Para ello, el Estado tiene que cambiar su legislación en la dirección que ya he indicado, pero no únicamente a través de estas medidas.

Deberíamos existir un apoyo real a aquellas empresas que tienen un compromiso social tanto por un cambio de sus objetivos como por unos estilos de dirección diferente. Lograr esto se puede hacer a través de facilidades fiscales a este tipo de empresas (lo que les permitiría reducir sus costes y ser más competitivas que aquellas que no tienen un planteamiento social), estableciendo canales para que el comprador pueda incorporar el criterio de los objetivos sociales de la empresa a la hora de efectuar su compra o estableciéndolas como prioritarias en las condiciones para la contratación pública.

 
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Publicado por en junio 21, 2013 en trabajo

 

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Compra un libro para una causa solidaria

En esta ocasión, aprovechando la feria del libro de Madrid, os ofrezco la oportunidad de haceros con dos interesantes libros a unos precios realmente bajos (5 y 3 euros según queráis la versión impresa o la online) y en los que la totalidad de la recaudación va destinada al Programa de Atención a la Mujer CASABIERTA (Uruguay)

El libro que he escrito junto a Rafael Junquera de Estefani se titula “Reflexiones: Aportaciones a la Crisis económica y Moral” y el otro es “Orar con los Salmos” de Alfonso Sánchez CSsR.

Puedes solicitar tu ejemplar en el email: fundraising@funderetica.org

y la transferencia con el donativo la puedes hacer a la cuenta del Banco Popular Español:
LAICOS REDENTORISTAS 0075-0562-41-0600309804 Ref.Libro Solidario

encuentro solidario libros

 

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La moral social de Francisco

La revista Moralia publicó en 2009 un artículo sobre la moral social del entonces Cardenal Jorge Mario Bergoglio escrito por Aldo Marcelo Cáceres. Funderética lo ha reproducido para que podamos tener acceso a su texto completo. Creo que es muy interesante para aquellos que quieran saber cómo piensa el actual obispo de Roma. El hecho de que se trate de un análisis reciente, pero no influido por su nombramiento de este año, le da un valor que no tienen otros documentos que se han escrito posteriormente.

Si queréis saber algo más de su pensamiento, os aconsejo que lo leais, no tiene desperdicio:

http://funderetica.org/magna-suspendisse-eleifend-at-nulla/

 

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La empresa y su función social

Artículo publicado en Noticias Obreras nº 1547, mayo 2013, páginas: 12 y 13

Si quieres más material que trata también sobre este tema puedes ir a:

La función social de la empresa: una propuesta de evaluación ética
La función social de la empresa
Función versus responsabilidad social de la empresa
Evaluación ética para empresas y entidades del tercer sector

El empresario y el prestigio social

responsabilidad social de las empresas 1responsabilidad social de las empresas 2

Las empresas lo son de muchas clases. Grandes, pequeñas, familiares, multinacionales, sociedades anónimas, cooperativas, personales, etc. La tipología de las mismas varía según el número de personas que se asocian a ellas, el sector en el que trabajan, la forma jurídica que toman, etc. Esta realidad compleja nos lleva a que cuando hablemos de empresa en este artículo, las afirmaciones que realicemos no sean aplicables a la totalidad de las existentes, sino que sean más ajustadas para unas empresas que para otras. Sin embargo, esta limitación no va a impedir profundizar en la idea principal de estas líneas: cuál es la función social que tiene la empresa en nuestra sociedad.

Durante los últimos años del pasado siglo, tomó fuerza la hipótesis de que el principal objetivo de una empresa es la creación de valor para el accionista. Es decir, la empresa está creada única y exclusivamente para que el propietario de la misma (es decir el o los dueños de las acciones) consigan extraer beneficios al dinero invertido. Este enfoque de la empresa, además, no busca unos rendimientos reducidos pero sostenibles a lo largo del tiempo, sino que quiere que estos sean los máximos posibles en el corto plazo. El razonamiento que existe detrás de esta opción es que los inversores financieros buscan siempre aquellos proyectos que les ofrecen mayores rendimientos, por lo que si una empresa no los logra a corto plazo, sus accionistas e inversores huirán hacia otros proyectos más rentables.

Esta manera de trabajar tiene algunas repercusiones sobre la vida de las empresas que son clave para entender muchos de los fenómenos que se han observado en la vida económica de nuestra sociedad durante los últimos años:

  • Justifica la gran brecha que se ha abierto entre los salarios de los directivos con los de otros trabajadores de la empresa. Si el directivo da a los accionistas el rendimiento deseado por estos, no importa si su salario es excesivamente alto, lo que se buscan son unos determinados niveles de rentabilidad y si se alcanzan, lo que se pague al directivo queda justificado…

  • Lleva a que los trabajadores sean vistos como un simple coste de producción. Una mayor remuneración de la masa laboral conlleva un menor rendimiento para los propietarios, por lo que se intentará que sea lo más reducida posible.

  • Se descuidan las inversiones a largo plazo ya que estas pueden reducir el beneficio inmediato. De este modo, se compromete el rendimiento futuro dejándose de realizar aquellas inversiones en la empresa que son necesarias para garantizar su competitividad y viabilidad futura.

  • En algunos casos exagerados se llega a modificar de una manera implícita el objeto social de la empresa, haciendo que sea el departamento financiero el que más beneficios aporta a la empresa, en lugar de los dedicados a su actividad principal.

A este fenómeno hay que añadir otro que la complejidad de las Sociedades Anónimas ha ido acrecentando paulatinamente. Me refiero al incremento del poder de los gestores frente a los consejos de administración. Aunque en estos últimos debería residir el poder de la empresa, ya que en ellos están representados sus accionistas, la complejidad económica ante la que se encuentran las empresas hace que quien realmente tenga el poder es quien asume la gestión, el o los directivos que llevan el día a día de la empresa. Por ello, los consejos de administración (salvo que parte de sus miembros participen también de la gestión de la empresa) quedan como meras figuras que poco pueden hacer más que escuchar los informes de la gestión y aprobar aquello que estos les dicen, sin tener un poder real de decisión o de dirección de la acción de los gerentes.

Esta concepción de la empresa es claramente reduccionista y olvida muchos de sus aspectos importantes. Por un lado parece obviar que la función de la empresa no es solamente la consecución de unos beneficios para quien ha puesto su dinero en ella. Las empresas tienen otras funciones tan o más importantes, si cabe, que esta. En primer lugar permiten que podamos acceder de una manera fácil y cómoda a bienes y servicios que necesitamos o que deseamos. En segundo permiten organizar la producción de una manera eficiente, de manera que consigamos producir utilizando el menor número de recursos posible, dicho de otra manera, nos permite tener más con menos. En tercer lugar permite que distintas personas pongan su trabajo en común y puedan ganarse la vida gracias a este.

De ello se deduce la importancia de la empresa en nuestro sistema económico como facilitadora de los intercambios y como medio a través del cual se produce todo lo que necesitamos o deseamos. Visto desde este punto de vista, la labor de la empresa como generadora de beneficios para sus accionistas, no solo queda situada dentro de un conjunto de funciones de la empresa, sino desde el punto de vista del bien común, podríamos afirmar que no es precisamente la más importante para la sociedad en su conjunto.

Dicho esto, es claro que una empresa no puede funcionar a largo plazo si no es rentable. Si los gastos de una empresa superan a sus ingresos, más pronto o más tarde tendrá que cerrar debido a que no podrá soportar la generación de pérdidas durante mucho tiempo. Ahora bien, no es lo mismo pensar que esto es una limitación con la que tenemos que contar para cumplir bien el resto de objetivos, que fijar un determinado margen de beneficios como el objetivo único y principal de toda la acción empresarial. Las consecuencias sobre la manera de trabajar son muy distintas.

Es necesario, pues, replantear la visión que tenemos de la empresa para que esta atienda mejor al conjunto de funciones sociales que tiene. Debemos atender a todos los colectivos que están implicados en su día a día para poder realizar una gestión más equilibrada de la misma, que intente responder a las aspiraciones de cada uno de ellos y mejorar la sociedad en la que vivimos. Explicar cómo se puede lograr esto será objeto del próximo artículo de esta serie.

 

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A propósito del nuevo Obispo de Roma, Francisco

Artículo publicado en la revista ICONO, año 114, nº 5 de Mayo de 2013, pág: 12 y 13

a propósito de Francisco 1a propósito de Francisco 2

Mi mujer suele juntarse una vez por semana para tomar café con otras madres de nuestro pueblo. Entre ellas las hay cristianas, las hay ateas, las hay que ni fu ni fa, etc. La semana pasada me comentaba que por primera vez durante estas conversaciones de café (nunca mejor dicho) el sector menos proclive a la jerarquía eclesiástica había hablado bien de esta. En lugar de las críticas habituales y la imagen negativa que normalmente expresaban sobre obispos, curas, cardenales y papa, se escuchaban palabras amables y positivas. Ni que decir tiene que esto había sido provocado por el nuevo Obispo de Roma, Francisco.

Los gestos económicos

Muchos han sido los gestos de sus primeros días como obispo de Roma que podríamos comentar, algunos de profundo calado teológico, pero no es esa la parte que corresponde a esta sección. Voy a centrarme únicamente en algunos de los que tienen un componente económico claro: el hecho de que siga llevando los mismos zapatos que el día antes de ser votado junto con la sencillez de su vestimenta, que volviese con autobús a la residencia de Santa Marta con todos los demás cardenales en lugar de ir en un coche aparte, que se sentase a comer con ellos, que pagase su cuenta en el sitio donde había estado alojado durante los días previos al cónclave, que viviese en un simple apartamento de Buenos Aires y no en un palacio episcopal, que fuese a los sitios en transporte público, que siguiese con la misma cruz que ya utilizaba, etc.

Son gestos de normalidad

Si lo reflexionamos con frialdad, nos daremos cuenta que son gestos que reflejan normalidad. Se trata de comportamientos que se ajustan con lo que los cristianos denominamos pobreza evangélica y que provienen directamente de un Dios que se hace hombre en Jesús y no elige los palacios romanos o la alta jerarquía judía para vivir entre nosotros, sino que busca a una humilde pareja de Nazaret para hacerlo. Un Jesús que no se dedica a hacerba ostentación de su condición divina exigiendo adoración, llevando caros vestidos, acompañando los poderosos o buscando el aplauso de los gobernantes, sino que vivía sin residencia fija entre los más necesitados.

Como sabemos que Jesús no solo fue hombre sino Dios verdadero y que solamente podemos conocer al Padre a través de él, parece que los comportamientos de Francisco son los normales que cabría deducir de un cristiano que conoce a Dios a través de Jesucristo. ¿Por qué entonces la normalidad nos parece tan reseñable? ¿Por qué todos los medios de comunicación hacen hincapié en estos aspectos que parecen sorpresivos a pesar de ser los que cabría esperar de un seguidor de Jesucristo? (Es fácil contestar estas preguntas, así que continúo con mi análisis económico y dejo al lector que lo haga por si mismo.)

De una austeridad fundamental y no forzada

Esta austeridad que parece primar en Francisco, podría entenderse como algo necesario en el momento que estamos viviendo ¿Acaso no son austeros también nuestros gobiernos? ¿Acaso no es lo que deben hacer las empresas y las familias? Sin embargo, existe una gran diferencia entre la una y la otra. La austeridad derivada de la crisis es una austeridad no deseada. Se hace porque es la única manera de que me sigan prestando dinero. Si no me dedico a gastar menos de lo que ingreso o a equilibrar ambas partidas, quienes tienen que prestarme dejarán de hacerlo y no podré continuar con mi actividad normal. Por ello es momento de esto, más adelante podremos volver a endeudarnos, pero no ahora.

Sin embargo, la austeridad cristiana (que es la que Francisco trasluce con sus gestos) es una opción por convencimiento, es un camino tomado de una manera responsable. No se hace para contentar a quienes me prestan o me pueden prestar, no se hace porque es lo que toca, sino porque se cree que es la mejor manera de vivir, porque solamente así podemos ser plenamente felices.

Imprescindibles para anunciar la Buena Nueva

Todo esto nos lleva a un elemento clave. La Buena Noticia cristiana, no se puede transmitir desde la riqueza, desde el poder, desde el trono, desde la distancia. Si así fuese, Dios (que como todos sabemos no debe tener ni un pelo de tonto) se habría hecho hombre en una familia rica o casi mejor, en la familia del emperador romano (que era seguramente el más rico y más poderoso de su época) o lo más probable, no habría considerado interesante hacerse hombre en Jesucristo…

Solamente podemos evangelizar desde la sencillez, la humildad, la parquedad. Por eso, cuando Francisco realiza signos que se encaminan en esta dirección, la predisposición negativa de las madres que se toman un café juntas en cualquier rincón de España puede desaparecer y esta es una buena base para transmitir el mensaje de redención y esperanza de Jesucristo.

 
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Publicado por en mayo 14, 2013 en pobreza

 

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Repensar el sector público

Atículo publicado en el número 1546 de Abril de 2013 de la revista Noticias Obreras en sus páginas 12 y 13

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A pesar de que algunos piensan que las funciones y el funcionamiento del Estado era el que debía ser hasta que comenzó la crisis, creo sinceramente que esto no es el camino a seguir. Ello no significa que defienda la idea contraria, que hay que replantear totalmente un Estado que todo lo hacía mal, sino que hay que hacer una reflexión seria y reposada sobre lo que se ha hecho bien y mal e intentar que la importante función del Estado en la economía siga pudiéndose desarrollar de una manera sostenible.

Para ello pienso que lo primero sería cambiar el objetivo económico de nuestras sociedades. El incremento del PIB como único indicador de la bondad en la gestión económica, refleja una idea de desarrollo como equivalente a tener más que está en el origen de gran parte de la deshumanización de nuestro sistema económico. Para poder producir más, necesitamos demandantes que compren todo lo que se produce, y para que esto crezca sin parar, hay que potenciar que se tiren las cosas antes de que acabe su vida útil y que las personas no se conformen nunca con lo que tienen. Esto conlleva problemas medioambientales y personales en la medida que estimula la inmadurez y la insatisfacción en las personas reduciendo sus posibilidades de realización personal.

Por ello el objetivo económico debe cambiarse y enfocarse hacia lo que se podría denominar desarrollo humano o desarrollo al servicio de las personas. Para ello es necesario crear indicadores que no solamente tengan en cuenta la cantidad de producción, sino otros aspectos relacionados con el económico como: Las desigualdades y una especial mirada a la evolución de los más desfavorecidos, la libertad para actuar en conciencia, los avances en la salud de las personas, la sostenibilidad del progreso y sus implicaciones ecológicas, la inseguridad existente ya no solo desde el aspecto de la posible delincuencia sino también social y de futuro (ciclos económicos y cambios bruscos en las condiciones sociales), y los avances en cuanto a la educación para incrementar las capacidades de las personas.

En segundo lugar, creo que el Estado debe poner el mercado al servicio de las personas. Esto parece difícil de realizar o un grupo de palabras sin contenido real. Algunos creen que su concreción va en contra del propio mercado, pero esto no tiene por qué ser así. Para lograrlo, debemos poner límites a la actuación en el mercado que tengan como objetivo que este instrumento se utilice para promocionar a las personas (y especialmente a los más desfavorecidos) y no al contrario. Para promover la libertad de mercado y que este esté persiga un verdadero desarrollo que vaya más allá del crecimiento económico, debemos poner reglas de juego que favorezcan estos objetivos y no otros. Reglas no limitan la libertad, sino que la permiten dentro de un marco de actuación. Si olvidamos esto, caemos en la tentación de eliminar los límites en los que se tiene que mover el mercado y llegar a una situación de anarquía en la que solamente ganen aquellos que son más fuertes, o puede suceder que se impongan unas normas que solamente estén al servicio de quienes tienen más posibilidades de ganar en el juego del mercado.

Una de las actuaciones que podrían enfocar el mercado en esta dirección sería cambiar las condiciones de contratación que el Estado pide a sus proveedores. Para ello debería tener en cuenta, en primer lugar, las condiciones sociales de las empresas con las que contrata. Solamente cuando cumplan unos requisitos determinados, habría que pasar al segundo criterio que sería el precio. Estos requisitos requeridos para la contratación pública, podrían convertirse luego en requisitos legales preferentes para la exención de impuestos, concesión de créditos preferentes, etc. potenciando que la competencia del mercado se basase, no tanto en los precios como en cumplir unos determinados requisitos sociales.

En tercer lugar, el Estado Social debería ser uno de los objetivos prioritarios de las administraciones públicas. Esto quiere decir que la función de mejora de los resultados del mercado que realiza el Estado, debería tenerse como una prioridad absoluta. De hecho, sin Estado Social, la economía de mercado está destinada a desaparecer. Ahora bien, para lograrlo no hay que dejar las cosas tal y como están. Al contrario, hay que cambiar, hay que mejorar, hay que modificar aquello que se puede mejorar, pero siempre con el objetivo de que el Estado Social siga cumpliendo correctamente sus funciones de complemento del mercado protegiendo, sobre todo, a los más desfavorecidos por este.

Un de los puntos clave es que este Estado no funcione con un déficit permanente. Esto no es sostenible a largo plazo, hace que se redistribuya el dinero hacia los más adinerados (los ingresos de hoy son intereses del mañana que se pagan los que tenían bastante para prestarme), pero además pone al Estado al servicio de sus prestamistas (si no haces lo que te digo no te presto y suben tus intereses con lo que te sale más caro pedir prestado). Si el Estado no solo no tiene déficit sino que puede ahorrar, es él quien presta y puede exigir a los prestatarios que realicen con su dinero actuaciones que estén al servicio del bien común.

Otro es abandonar un Estado excesivamente asistencialista. El Estado Social no puede ni debe solucionarlo todo. Con mucha frecuencia, los ciudadanos o sus asociaciones pueden hacerlo mucho mejor que el Estado, por lo que este debe apoyar las iniciativas privadas que vayan en este sentido e intentar potenciarlas. Si una cosa se puede hacer bien a través de iniciativas privadas y se cumplen así objetivos públicos ¿Por qué tenemos que recortar la participación ciudadana? Las personas deben sentirse apoyadas por un sector público que priorice el bien común y la responsabilidad que tenemos todos para alcanzarlo.

Esto quiere decir que con frecuencia hay que replantearse si el sistema que estamos llevando para lograr los objetivos públicos es el mejor, no para dejar de cumplir con estos fines, sino para hacerlo de una manera más efectiva haciendo las cosas de una manera diferente. Hay que tener una mentalidad abierta para buscar aquellos sistemas que consigan un mejor Estado Social en el que no se recorte la responsabilidad y la participación ciudadana.

 

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Trabajar con plenitud

Artículo publicado en la revista ICONO, año 114, nº 4, Abril 2013 pág: 14-15

Trabajar con plenitud 1

Trabajar con plenitud 2

El trabajo es algo importante para nuestra vida. Con él ganamos el pan que nos permite sobrevivir y llevar una vida digna. La falta de trabajo que observamos en nuestra sociedad es trágica para aquellos que la sufren. El elevado desempleo está resultando en un incremento de los niveles de pobreza y una bajada de las rentas familiares que provocan problemas a pequeña y a gran escala. Además, aprovechando esta coyuntura, se están bajando los salarios de manera que vuelve a darse con relativa frecuencia el fenómeno de los “trabajadores pobres”, es decir, personas que tienen empleo y trabajan ocho horas diarias o más, pero cuyos salarios no les permiten salir de la pobreza.

Las frustraciones personales que se derivan de esta situación van más allá de la falta de ingresos. La sensación de impotencia, de inutilidad, de frustración… no se derivan únicamente de la falta de ingresos, sino de la falta de trabajo en si misma. Parece que cuando una persona tiene trabajo, esto solamente sirve para ganar el dinero necesario para vivir, pero cuando se carece de un empleo, se aprecia como esta dimensión del trabajo no es ni la única, ni tiene por qué ser la más importante.

Las dimensiones del trabajo

La Doctrina Social de la Iglesia nos ha mostrado, especialmente a través de la Encíclica de Juan Pablo II “Laborem Exercens” como el trabajo tiene tres dimensiones importantes para la vida. La primera es la ya nombrada el en párrafo anterior, esto es, es el medio que nos permite “ganarnos la vida”, generar los ingresos necesarios para poder vivir nosotros y nuestras familias.

La segunda tiene que ver con nuestro crecimiento como personas. Nuestro trabajo es una dimensión esencial en nuestra maduración, en nuestros anhelos de perfección. Nosotros también ganamos en humanidad a través de nuestro trabajo. Por lo tanto, es muy importante que el trabajo nos sirva para esto, para realizarnos como personas, para crecer en el amor, para ser mejores y para buscar la perfección.

En tercer lugar el trabajo es parte de nuestra colaboración a la construcción de un mundo mejor. Nosotros cooperamos con nuestros semejantes en la creación del reinado de Dios en la tierra a través de nuestro día a día, y el trabajo ocupa una gran parte de las horas de nuestra jornada.

Las tres dimensiones son importantes

Con frecuencia no nos damos cuenta de que las tres dimensiones (y no solo la monetaria) son importantes. Es la carencia de alguna de ellas la que nos hace valorarla. Esto sucede cuando, por ejemplo, logras un empleo mejor remunerado que el anterior pero tu vida empeora por que la dimensión monetaria mejora, pero las otras no. Esto lleva a que algunas personas renuncien a trabajos en los que cobran más, por otros peor pagados. Algunos no entienden esta elección ya que solamente dan importancia al factor monetario, pero es perfectamente comprensible y razonable cuando atendemos a las otras dos dimensiones del trabajo.

Algo parecido sucede con los sentimientos de inutilidad, frustración o impotencia que experimentamos cuando nos falta el trabajo. Con frecuencia estos provienen de las dos dimensiones no monetarias del trabajo. Nos sentimos vacíos ya que no podemos hacer nada útil por la sociedad. La falta de actividad nos impide realizarnos y crecer como personas, nos introduce en un bucle negativo del que es difícil escapar. Tenemos la sensación de que el mundo puede seguir funcionando sin nosotros, de que no somos necesarios para que la sociedad avance, lo que nos empuja hacia la frustración y el desencanto.

Conseguir vivir mi trabajo en plenitud

Por todo ello creo que es bueno recordar a menudo las dos dimensiones no monetarias del trabajo. Para lograrlo es positivo comenzar la jornada de trabajo pensando en a quién vamos a beneficiar hoy con nuestro trabajo, cómo vamos a contribuir con él a la construcción de un mundo mejor, qué cosas vamos a hacer qué sean útiles para alguien, que actitudes debo tomar para que los receptores de mi trabajo estén más agradecidos. También es bueno recordar que mi trabajo de hoy me tiene que servir para ser mejor persona, para crecer en el amor…

Además, creo que debemos incidir también en esto a nuestros niños. Cuando les animamos a estudiar o a ser aplicados, con frecuencia les decimos que hay que hacerlo para poder lograr un buen trabajo en el que se puedan ganar la vida holgadamente en el futuro. Siendo esto cierto y correcto, creo que es importante decirles que también hay que estudiar para poder aportar más a la sociedad y para poder realizarse mejor como personas. Insistirles también en estos aspectos les ayudará en un futuro a vivir su trabajo de una manera más plena y gratificante.

 
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Publicado por en abril 10, 2013 en trabajo

 

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Economía para la Esperanza

Artículo aparecido en la revista “Crónica de la Solidaridad” de Cáritas Diocesana de Valencia, nº 41 de Enero-Febrero de 2013, Pág: 8 y 9

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Aquí tenéis el enlace a la revista completa: http://www.caritasvalencia.org/publicaciones_compra.aspx?Id=4525&Diocesis=41&Idioma=1

Nos encontramos en un momento histórico en el que la concepción que tenemos de cómo plantear y orientar nuestros asuntos económicos, no tiene nada que ver con los valores evangélicos y, evidentemente, con la caridad. La economía parece llevar una dinámica totalmente independiente del resto de nuestra vida y regirse por unos parámetros y valores basados en el egoísmo, la competitividad y el bienestar material en contra de lo que puede parecer propiamente cristiano (y más adecuado para resolver otra clase de cuestiones) como es el amor, la cooperación o el bienestar espiritual.

Es por ello que las instituciones se convierten a menudo en verdaderas estructuras de pecado: “El negocio es el negocio” “No estamos aquí para hacer el bien sino para ganar dinero” son excusas oídas y repetidas en muchas ocasiones para justificar actuaciones poco o nada caritativas que van en contra de la justicia y de los valores evangélicos.

Ante esta realidad hay que recordar que la economía estudia comportamientos humanos y tal y como nos recuerda Benedicto XVI en su Encíclica Caritas in Veritate debemos impregnar de fraternidad la economía, no solo porque esto es posible, sino porque es la única manera de que esta funcione al servicio de las personas. Por ello, una labor importante de la Iglesia en estos momentos de crisis es ese compromiso social con los más desfavorecidos que encarna tan bien Cáritas y que es imprescindible para poder transmitir la esperanza cristiana a una sociedad que necesita de propuestas que nos ayuden a salir de esta difícil situación.

Para lograr impregnar de fraternidad y esperanza esta situación económica ante la que nos encontramos, dos son los campos en los que creo que hay que actuar. Por un lado tenemos que atender a los afectados por la crisis y a los más desfavorecidos por ella. Debemos ser buena nueva para aquellos que no encuentran ningún motivo para la esperanza ¿Quién les va a ofrecer esa buena noticia si no somos nosotros?. Las parroquias no pueden quedarse a un lado y seguir actuando como si las circunstancias no hubiesen cambiado y estuviésemos todavía en los años de bonanza. Debemos saber afrontar esta realidad que, visto lo visto, no parece que vaya a acabarse o solucionarse en breve.

En segundo lugar, los cristianos debemos liderar una respuesta de esperanza a la situación de la crisis. Es necesario que nos pongamos por delante de una acción liberadora que transforme nuestro sistema socio-económico en una dirección diferente, no solo para evitar que una crisis como esta vuelva a suceder, sino también para construir una manera de gestionar la economía que potencie valores positivos al servicio de las personas y de los más necesitados.

Para lograr el primero de estos objetivos necesitamos que la pastoral social pase a ser una opción de parroquia y no una opción solo de Cáritas. No podemos dejarla a una parte de la comunidad que se especializa en ella, sino que tiene que abarcar a todos los grupos y a todas las personas comprometidas de una manera u otra en la parroquia. La especialización acalla conciencias pero no podemos quedarnos ahí. Esto no quiere decir despreciar la labor de Cáritas, sino todo lo contrario, mantenerla, afianzarla y realzarla para que sus fines y sus actuaciones abarquen la totalidad de la pastoral de la parroquia.

En segundo lugar, debemos lograr que esta acción social tenga como norte de actuación no el “hacer cosas por” sino el “estar con”. No se trata de hacer cosas por las personas más afectadas por la crisis, sino de estar con ellas, de quererlas, de compartir estos malos momentos desde la igualdad aunque no se haga nada en concreto por ellas. Esto es muy importante para no caer en un activismo alejado del amor, en un hacer que solamente se contabilice por los resultados a corto plazo y que tiene el peligro de acabar quemando a los que lo practican y no transformar la vida de los receptores.

Para liderar una respuesta de esperanza ante la crisis precisamos educar a los cristianos en una economía con otros valores. Promover el debate, la investigación y la enseñanza sobre cómo se puede concretar en el día a día una opción y una organización económica que se base en otros parámetros diferentes a los que rigen en la actualidad. Para ello deberíamos promover la formación social y política en nuestras parroquias, que los diferentes grupos tratasen temas de Doctrina Social de la Iglesia, tuviesen debates sobre cómo reorientar la situación en la que nos encontramos e introdujesen estos temas en sus programas de reuniones y actividades.

Esto supone trabajar el tema de nuestras necesidades, hablar sobre el consumo y la compra, abordar nuestra postura ante el ahorro y el endeudamiento, reflexionar sobre el trabajo y el sentido que este tiene, revisar nuestra concepción de progreso y tomar una postura crítica ante el crecimiento económico como objetivo final de nuestra sociedad. Darnos cuenta de cuáles son las prioridades económicas cristianas para proponerlas como alternativas a las que se están defendiendo en nuestra sociedad. Apostar por un Estado Social que proteja tanto el mercado (para que este no se venga abajo) como los riesgos de los que peor están. Apoyar a las empresas que priorizan a sus trabajadores y que potencian el servicio a la sociedad sobre otros objetivos.

Todo ello debería plantearse como un servicio a nuestra sociedad y qué mayor servicio que poner todas nuestras fuerzas en mostrar que la realidad socio-económica puede ser planteada desde otros parámetros y enfocada hacia otras direcciones. Esta labor es complementaria a la anterior y servirá para lograr que todas las actuaciones que hemos nombrado tengan más fuerza y predicamento. Esto supone educar en el bien común y en que el objetivo del quehacer económico no es el de tener más, sino el de ser mejor. Supone mostrar que la economía también puede ser un instrumento de esperanza si se plantea desde la fraternidad cristiana y la preocupación por los más desfavorecidos.

 

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¿Tener más es progresar?

Artículo aparecido en la Revista ICONO de Marzo de 2013, en sus páginas 12 y 13

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Progresar es avanzar hacia algún lugar

Los humanos tenemos una tendencia innata a querer progresar, a mejorar, a desarrollarnos, a estar mejor. La evolución forma parte de nuestra manera de ser y también de la manera de ser en cristiano. Sabemos que nunca alcanzamos la perfección, ni a nivel personal ni a nivel comunitario. Por eso siempre queda algo por hacer, siempre podemos avanzar algo más, siempre podemos mantenernos en camino. Aquellas personas que se estancan, aquellas sociedades que no se mueven, quienes viven en el pasado y no aceptan las mejoras, son mirados con recelo por el conjunto ¿Cómo estar en contra de las mejoras? ¿Cómo se puede entender que alguien no quiera avanzar?

Esta tendencia tan arraigada en nuestro ser, sin embargo, tiene sus peligros. Estos se encuentran, no en querer avanzar (que de por si es positivo) sino en la dirección que tomamos para hacerlo o, dicho de otra manera, en el objetivo que nos planteamos y que determina nuestra idea de progreso. Aquí está el elemento crucial de esta cuestión ¿Hacia donde nos dirigimos? ¿Cómo medimos el desarrollo o el progreso de las sociedades?

Progreso si tengo más

En estos momentos la idea más arraigada del progreso tiene que ver con tener más bienes y gozar de más servicios. Si preguntamos en cualquier población cómo se ha constatado allí el progreso en los últimos años, sus ciudadanos seguramente contestarán: “tenemos un polideportivo (que antes no teníamos), las carreteras son mejores, el centro de salud es nuevo, tenemos más iluminación en las calles…”

Del mismo modo, si preguntamos sobre como se nota el progreso en sus vidas familiares o individuales, seguramente una gran parte de los encuestados contestarían que ahora tienen coche que antes no tenían, que su casa es más grande, que tienen un ordenador o un teléfono móvil… En esencia, que antes se vivía peor porque teníamos menos cosas pero que ahora se ha progresado gracias a que disfrutamos de muchas más posesiones.

La idea de que tener más es progresar ha arraigado profundamente en nuestra manera de entender las cosas. Cualquiera que ofrezca un progreso que no venga acompañado de nuevas cosas o servicios, de la posibilidad de tener más cosas, parece que nos engaña, que está pensando en otras cosas.

Tener más necesidades

A esta idea de progreso viene ligada la de que se progresa en la medida que se tienen más necesidades. Ya en el siglo XVII, algunos autores ingleses tenían la idea de que cuanto más evolucionaba la civilización se incrementaban las necesidades de las personas refinadas. Por ello, cuando alguien viene de un país más pobre, con frecuencia se le puede escuchar: “Se nota que no están tan evolucionados como nosotros, yo no podría vivir en esas condiciones…” o cuando vemos a una persona mayor que se niega a incorporar en su casa un avance tecnológico (una encimera nueva, una nueva nevera, un sistema de calefacción más moderno…) pensamos que se ha quedado en el pasado, que no ha evolucionado, que se nota que es mayor y no progresa…

De este modo, los que más hemos progresado somos aquellos que necesitamos más cosas para vivir, que ya no nos conformamos con poco, que somos exigentes y pedimos más y más… La conversión de apetencias en necesidades viene paralela al proceso de pensar que tener más es progresar ¿Cómo vamos a ser el único pueblo que no tiene polideportivo? ¿Cómo vamos a vivir sin ordenador o sin ipad? Todo pasa a ser una necesidad.

El verdadero progreso

Esta idea de progreso tiene dos consecuencias que quiero remarcar aquí. La primera es que es profundamente insatisfactoria. El hecho de que todo pase a ser necesidad y de que para progresar tenga que tener cada vez más, nos lleva a una insatisfacción vital continuada: nunca estoy a gusto con lo que tengo, siempre necesito algo más y debo utilizar mis energías para conseguirlo.

En segundo lugar es una idea de progreso que está en el límite opuesto de lo que es la sabiduría cristiana (y también la de otras corrientes religiosas o filosóficas). En estas, la sabiduría y el progreso se logra, precisamente, cuando se alcanza la meta contraria, es decir, la de necesitar cada vez menos cosas. El progreso personal, pero también el comunitario, se alcanza cuando somos capaces de vivir con menos, de no estar preocupados por el qué comer o el qué beber, sino por las cosas importantes de la vida que tienen que ver con las personas y no con los objetos o las posesiones. Por ello debemos aprender a cambiar nuestra concepción de progreso y a ver que este se da, no cuando se tienen más cosas, sino cuando somos mejores personas y nos encontramos ante una sociedad más justa y más fraterna.

 

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