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Los políticos no pactan ¿Acaso han sido educados para eso?

Artículo publicado en el periódico “Las Provincias” el 5 de Mayo de 2016 en la página 32

He oído en varias ocasiones durante los últimos meses que los políticos no están a la altura. Que lo que les ha pedido la ciudadanía es que pacten, pero que ellos no saben o no quieren hacerlo. Que no son capaces de renunciar a lo suyo por priorizar los intereses comunes. Que eso es lo que deberían hacer. Que para eso los votamos. Parece que en esta cuestión hay un consenso generalizado y gran parte de la población comparte esta clase pensamientos y exige a nuestros políticos que realicen el esfuerzo de pactar y de olvidarse de sus propios intereses para atender y buscar el bien común.

Sin embargo, comprendo la dificultad de llegar a estos pactos. No solo porque el consenso precisa de amplitud de miras, de mesura, de renuncia a lo propio por el bien común, de sabiduría (cosas de las que muchos piensan que carecen nuestros políticos), sino porque para buscar el consenso hay que saber hacerlo y estar acostumbrado a llegar a él, contar con las herramientas adecuadas para saber construir acuerdos entre grupos o personas diferentes. Aquí es donde se encuentra la mayor dificultad ya que nuestra sociedad no educa para ello.

Desde pequeños se nos educa para la competencia, para ser más que el otro, para el egoísmo y la consecución, tan solo, de nuestros objetivos individuales. Justificamos esto diciendo que nos encontramos en una sociedad competitiva, en la que todos intentan conseguir sus propios objetivos sin pensar en los demás, en la que o “chafas o te chafan”. El mercado, nuestra economía, la sociedad, aparece así como una “guerra” en la que solo sobreviven los mejores y aquellos que defienden de una manera más apropiada sus objetivos. Por ello los niños deben aspirar a ser los mejores de la clase, los que saquen las mejores notas, los que tienen más conocimientos. Porque esto les va a permitir lograr ese empleo mejor remunerado que le garantizará su bienestar futuro. Sus compañeros de clase, de trabajo, de barrio, no son tales, sino competidores contra los que hay que posicionarse. Si ellos sacan mejores notas, si son más espabilados, conseguirán lo que tú anhelas y te lo quitarán de las manos.

Y esto no solo lo potenciamos en la escuela, también lo hacemos en la enseñanza superior. A veces, cuando queremos enseñar a expresarse en público a nuestros alumnos universitarios, proponemos debates en los que hay que ganar al otro argumentando sobre un tema que quizás no nos convence y del que pensamos justamente lo contrario. Lo importante es utilizar la dialéctica para vencer, no para convencer o consensuar. Existen algunas instituciones académicas en las que desde el principio los alumnos saben que un determinado porcentaje va a suspender, por lo que tienen que competir con los demás para lograr no estar en el saco de los condenados a no superar el curso. Se les “prepara” así para lo que se van a encontrar en la realidad…

Y esto no solo se ve en la enseñanza sino que se traduce en la vida asociativa, en los partidos políticos, en los mercados económicos, etc. De entre todos, la dinámica de los partidos políticos es la que influye de manera más directa en el juego del poder ya que quienes intentan pactar son miembros directivos de esta clase de organizaciones. Los partidos políticos no trabajan como equipos donde prima la colaboración y la consecución de unos objetivos comunes, sino como grupos de personas que están preocupadas de medrar en su organización, de lograr subir puestos, de que sus posiciones o ideas prevalezcan sobre las otras, de que sus amigos o compañeros ocupen los lugares clave de la organización. Con demasiada frecuencia, en ellos prima la competencia, la lucha contra el adversario interno para lograr el control de la organización, para copar los puestos de dirección. Los partidos políticos, reproducen también, aquello para lo que hemos sido educados, para mejorar nuestro bienestar individual compitiendo con el otro.

Y siendo este el panorama, estando tan contentos de esta educación para la competencia, para la competitividad, para ser más que el otro, para lograr nuestros propios objetivos, ¿le pedimos a nuestros políticos que dejen esto a un lado y se pongan a pactar? Es lo que desearíamos, pero desgraciadamente no han sido educados para eso, les hemos preparado desde bien pequeños para otra cosa y es difícil luchar contra las inercias y los modos de trabajar que se llevan realizando toda la vida. Si queremos que esto cambie, podemos esperar que surjan líderes que rompan con esta inercia y que realmente tengan sentido de Estado y capacidad para el pacto, pero también podemos comenzar a cambiar las bases de nuestra educación y de nuestro sistema económico y social para educar a nuestros jóvenes en la búsqueda del consenso, en el diálogo y en la colaboración en lugar de hacerlo en la competencia. Algunos nos dirán que esto no es prepararles para un mundo de competencia en el que van a vivir, pero todo aquel que lo intenta sabe que es más difícil cooperar que competir, que se necesitan más cualidades para lo primero que para lo segundo. Quien está preparado para cooperar y sabe hacerlo, le es fácil pasar a competir. Quien está preparado para competir, difícilmente puede cooperar y fracasa frecuentemente en el intento.

 
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Publicado por en mayo 6, 2016 en ética económica

 

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Estamos mejor porque no hay pobreza

Artículo públicado en la revista ICONO, año 117, nº 3, Marzo 2016, pág: 26 y 27

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Quiero recordar hoy una frase que oía de pequeño y que contenía dos errores de bulto, pero una intuición clara que es sobre la que voy a centrarme: “En Europa están mejor que nosotros porque no hay pobres”. El primer error de bulto era hablar de Europa como si nosotros no fuésemos parte también de este continente. Parecía que Europa era algo que comenzaba al norte de los Pirineos y nosotros lo asumíamos sin problemas. El segundo error era afirmar que no existían pobres en el resto de países europeos, claro que existían, aunque tal vez hubiese menos que en España. Sin embargo, esta frase contenía una intuición clave para entender el progreso económico de las naciones. La frase no decía que estuviesen mejor porque tuviesen una renta per cápita más elevada, o expresado de una manera más sencilla, porque fuesen más ricos, sino porque no había pobres. El foco no estaba en lo que tenía la media de los componentes de la sociedad, sino en lo que pasaba con los más desfavorecidos, con los pobres.

El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo

Una de la instituciones de la ONU, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, abordó este tema hace ahora unos años. Para hacerlo diferenció entre lo que definía como “enfoque agregado” del desarrollo y el “enfoque de la privación”. Esta nomenclatura técnica sobre el desarrollo de las naciones esconde la idea que he indicado al principio. El enfoque agregado dice que una sociedad se desarrolla desde el punto de vista económico cuando mejora la media de sus habitantes. Afinando un poco, este desarrollo se da cuando la renta per cápita, es decir, la producción anual de un país dividida entre todos sus habitantes, mejora. Una medida agregada como es la media de lo que nos corresponde a cada uno, es el indicador que muestra si nos va bien o no. Por el contrario, el enfoque de la privación no se fija en las medias, en los datos agregados, sino en lo que le sucede a los más desfavorecidos ya que afirma que, una nación tiene un desarrollo económico en la medida que mejoran quienes están peor.

El enfoque agregado

Creo que cualquiera podemos darnos cuenta de que el enfoque que predomina en nuestras sociedades es, precisamente, el agregado. Siempre nos basamos en las medias o los datos agregados, no solo en el crecimiento, sino en otros indicadores económicos: El crecimiento de la renta per cápita, el descenso de la tasa de paro, el incremento o descenso de los precios, la mejora de la balanza de pagos, etc. Siendo el agregado un indicador que sirve de aproximación a la evolución del fenómeno, al ser la suma o la media de todos, deja fuera mucha información que puede ser significativa para muchos. Tenemos más entre todos ¿Pero esto es porque los que tienen, tienen más o porque los que no tienen han pasado a tener? La tasa de paro desciende ¿Pero esto es porque se crea empleo o porque hay personas que ya no buscan trabajo? ¿Han encontrado trabajo quienes más lo necesitan o las personas que están en una situación mejor? … Podríamos preguntarnos muchas otras cuestiones que los indicadores agregados no nos aportan.

El enfoque de la privación

Por ello, el enfoque de la privación cambia de mirada y se centra en los más desfavorecidos. Porque ¿Para qué queremos que crezca la renta per cápita si solamente se ven beneficiados por este crecimiento aquellos que ya está bien? ¿Para qué queremos que se reduzca el desempleo si esto se da porque hay personas desincentivadas o si las personas que más lo necesitan siguen sin encontrar empleo? El enfoque de la privación no se centra en la suma de las cifras totales o en la media, sino que observa directamente a quienes peor están. Solo mejoramos si hay menos personas que están en situación de pobreza, si no es así da igual que haya crecimiento, seguimos mal… ¿Hay menos familias en las que nadie trabaja? ¿Encuentran trabajo los jóvenes y los parados de larga duración? ¿Los trabajos que se crean son dignos y permiten salir de la pobreza a quienes los consiguen? Si no es así, la cifra total de desempleados o la tasa de paro, pierde importancia. Lo importante no es el agregado aquí, sino que mejoren quienes peor están.

El enfoque de la privación y el bien común

El enfoque de la privación que acabamos de describir es el adecuado cuando la economía se quiere poner al servicio del bien común y no del bien total. Se cambia el foco desde el que más aporta al agregado al más desfavorecido en cada sociedad. Este enfoque molesta y tiene detractores entre quienes mejor están. Estos se sienten mal cuando dejan de ser aquellos a quien la sociedad prioriza, cuando ven que los esfuerzos se enfocan en quienes peor están. La parábola del hijo pródigo es representativa de esta concepción. El Padre se alegra por el hijo que recupera, el más desfavorecido es el importante porque ha vuelto, pero el otro hermano se siente triste porque él ha hecho más méritos, porque él se merece más, porque él ha aportado más… Considero que cambiar el enfoque agregado por el enfoque de la privación es una opción evangélica, pero una opción difícil porque tiene muchas resistencias de aquellos que están bien y que tienen asumida una filosofía del mérito con la que este enfoque rompe totalmente.

 
 

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A propósito del hecho diferencial

Artículo publicado en el periódico Las Provincias el Viernes 11 de diciembre en su página 32

A proposito del Hecho Diferencial

Vivimos tiempos en los que el Hecho Diferencial se está esgrimiendo como justificación para reivindicaciones de un trato también diferencial: somos distintos, debemos ser tratados de manera diferente. La idea que subyace a esta argumentación es que tratar igual a aquellos que son distintos puede resultar injusto. Por ello, una verdadera justicia parece que requiere ese trato desigual a quienes realmente lo son. Voy a analizar con algo más de profundidad esta idea, que si bien tiene una parte cierta, es necesario matizarla para darse cuenta de cuándo es este trato diferencial “justo” y cuándo no.

La idea principal que hay que tener en cuenta es que todos somos diferentes pero iguales. La percepción de que todos somos diferentes es tan clara que parece que no requiere de mucha explicación. En esencia, no hay dos personas iguales en este mundo. Enrique Lluch Frechina solamente hay, ha habido y habrá uno en la historia de la humanidad, yo. Además de que soy y seré único, todos las amables personas que en estos momentos tienen el gusto de seguir leyendo mi artículo, son distintas a mi, son diferentes entre ellas y son únicas como yo. No habrá ni ha habido nunca nadie como usted, puede tener la seguridad de que esto es así.

Sin embargo, junto a esta diversidad, junto a esta diferencia, convive la realidad de que todos somos iguales. Esto es más difícil de demostrar, pero cualquier humanismo (ya sea de origen religioso o laico) considera que todos participamos de la misma naturaleza humana y ello nos lleva a que seamos iguales en dignidad. Todos somos diferentes pero nadie es más que el otro. Con frecuencia les comento a mis alumnos que hay varios datos objetivos que marca nuestras diferencias. Dos de ellos son la edad y que sé más economía que ellos (por eso son mis alumnos y yo el profesor). Pero que esto no me hace ser más que ellos, no me pone en otra categoría. Ellos pueden saber más que yo en otros campos (seguro) pero esto tampoco les hace a ellos más que yo. Nuestra dignidad como personas es la misma seamos más o menos tontas, más o menos gordas, más o menos altas… Esta igualdad, intenta reflejarse en nuestros sistemas legales a través de la igualdad de derechos, somos iguales en dignidad y por ello tenemos los mismos derechos.

De hecho, el trato diferente a quienes son distintos está justificado precisamente por esta igualdad en la dignidad de las personas. Vamos a tratar de una manera desigual a quienes son diferentes para que sean iguales en dignidad. El Hecho Diferencial justifica una actuación distinta en la medida que esta es necesaria para igualar a todos. Para lograr que aquellos que están peor puedan ponerse a la altura de quienes, por el motivo que sean, están en una situación más favorable. El trato desigual de necesario para igualar y así se pone al servicio de la persona y de la sociedad para evitar que haya personas de primera y de segunda, para evitar los privilegios y las prebendas. Por ello, parece bastante clara la necesidad de este reconocimiento del Hecho Diferencial cuando este lleva a un colectivo a estar peor que el resto de la población, a tener menos derechos, a no poder alcanzar la igualdad en dignidad que se anhela desde una visión humanista de la sociedad.

Pero ¿Qué sucede cuando esta demanda de un trato distinto se realiza para poder mantener, precisamente, la diferencia? ¿Qué pasa cuando la reclamación de una excepción se hace para lograr mantener un privilegio o unos derechos por encima de los demás? Desgraciadamente, con frecuencia esto es lo que estamos acostumbrados a escuchar. Con justificaciones políticas (normalmente ligadas al nacionalismo), económicas (con frecuencia ligadas a lo que se denomina la cultura del mérito) o de otra clase, nos encontramos con colectivos que reclaman un trato diferente argumentado el Hecho Diferencial, no para igualarse a los demás, sino para mantener la diferencia, para seguir siendo tratados de una manera distinta y conservar o conseguir unos privilegios propios que a los que los otros no tienen derecho.

Se repite así algo que se ha dado a lo largo de la historia, cuando determinados colectivos han tenido privilegios y han sido tratados de manera diferente porque eran nobles, o clérigos, o blancos, o… Se reclaman privilegios por tener una historia diferente, más capacidad o suerte para ganar dinero, una nacionalidad determinada, etc. Además, esta reclamación de prebendas supone que si yo soy digno o acreedor de una serie de derechos que deben ser siempre mayores que los de otros, estoy discriminando de algún modo a esos colectivos que no son como yo. No solo les estoy diciendo que yo tengo otra categoría, sino que les confirmo que la alcanzarán, que las diferencias son tan profundas que yo siempre tengo que estar por encima. Esta actitud enmascara un racismo, clasismo o segregacionismo. En el fondo, en la forma y en la realidad, estamos discriminando a los otros porque son diferentes y eso les hace acreedores de menos derechos o privilegios de los que creemos justos para nosotros. Justificar el mantenimiento de las diferencias y los privilegios arguyendo un Hecho Diferencial va totalmente en contra de un sano humanismo que cree en la igual dignidad de todas las personas. Desgraciadamente, esta manera discriminatoria de ver nuestra sociedad es una actitud más extendida en estos tiempos de lo que sería deseable.

 

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El papa Francisco y el dinero

Portada segunda edición libro economía que mata    Está en imprenta la 2ª Edición de mi último libro. Gracias a todos aquellos que ya lo habéis leído o regalado.

Para celebrarlo os presento este pequeño artículo que describe brevemente alguna de las ideas que aparecen en el libro.

Artículo publicado en Noticias Obreras, nº 1576, Octubre 2015, Pág: 12-13

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El título de este artículo es una parte del de mi último libro “Una economía que mata. El papa Francisco y el dinero”. Y es a su vez una de las frases que nos ha regalado Francisco sobre la economía actual. Su insistencia en la denuncia de nuestro sistema económico y el anuncio de que no solo es posible la construcción de una economía diferente, sino que esta debe ser una prioridad para los cristianos, le ha valido que algunos hablen de un papa comunista y que sea criticado con dureza por parte de determinados sectores económicos.

Sin embargo, no creo que Francisco vaya tan desencaminado como pudiera parecer en este campo. En un momento en el que el afán de lucro se ha consagrado como el motor de la sociedad, donde la búsqueda del propio interés aparece cómo algo legítimo y positivo para el bien total, la economía, el dinero, se ha convertido en un nuevo ídolo al que seguir. El fetichismo del dinero como lo denomina Francisco, conlleva a que el economicismo se haya convertido en una falsa religión que funciona con sus propios dogmas, sus iniciados, sus obligaciones y deberes, sus sacrificios, etc. Ya lo dice la Real Academia de la Lengua, Fetiche es un “Ídolo u objeto de culto al que se atribuye poderes sobrenaturales, especialmente entre los pueblos primitivos.” Y aunque no somos primitivos, el dinero, las riquezas, el tener más, se ha convertido en el verdadero norte de nuestra actuación y en el becerro de oro al que adoramos ahora.

Esta idea de que “No podéis estar al servicio de dios y el dinero” (Mt. 6,24) no es nueva, sino una idea totalmente evangélica que nos muestra cómo esta nueva religión es peligrosa para la sociedad en su conjunto. Por ello, cuando la seguimos con demasiado fervor, cuando la mayoría de las personas quedamos impregnadas por este economicismo que se respira en el ambiente, acabamos consagrando una economía anti-humana. Una economía que mata como dice Francisco. Una manera de organizar nuestros asuntos económicos que nos lleva a ser cada vez menos humanos, a tomar decisiones que van en contra de las personas y a tener que ser fríos ante el sufrimiento ajeno, a tener que sacrificar personas para mantener nuestro nivel económico, a rechazar a quienes pasan hambre y son pobres porque no los queremos cerca. Se convierte también en una economía que mata la esperanza, la ilusión. Que nos dice que no hay nada que hacer, que nos conformemos con lo que hay, que no se pueden hacer las cosas de otra manera, que tan solo nos queda adaptarnos a los dictados de esa realidad económica que está por encima de nosotros, que muchas veces aparece como incomprensible pero cuyos dictados son inapelables.

Cambiar la economía, lograr que la economía sirva a las personas y no que las gobierne, se convierte así en algo clave para anunciar el evangelio. El testimonio cristiano se vuelve irrelevante si se aceptan los postulados de una economía que produce tanto sufrimiento y que va en contra de la esencia de nuestra buena noticia. Por ello Francisco (como ya había hecho Benedicto XVI recientemente) propone poner a la persona en el centro de la economía. Que la economía no sea el centro de nuestra actuación sino que se ponga al servicio de todas y cada una de las personas. Por ello quiere revalorizar el bien común. Ante una concepción de bien total en la que lo que se busca es tener más entre todos y en la que da igual cómo están repartidos estos bienes, se propone una concepción en la que se pretende que todos tengan al menos lo suficiente para vivir. Lo que supone que lo que importa es lo que sucede con los que peor están y que estos pasan de estar “descartados” a ser la prioridad.

Para lograrlo, para conseguir esa justicia social que debe de estar entre los principales anhelos de todo cristiano, se hace necesario repensar el sistema económico desde sus dos dimensiones éticas. La personal o individual, que implica un cambio de mentalidad en las personas. Y la institucional que debe transformar aquello que Juan Pablo II denominaba “estructuras de pecado” y que no son más que aquellas instituciones que nos obligan por su propia dinámica a comportarnos de una manera egoísta o faltar al amor a las personas que tenemos cerca. Para ello, la introducción de la solidaridad y la gratuidad en la economía, es la mejor manera para pasar de una economía que excluye y que produce descartes, a una economía de la abundancia, en la que con lo mismo, nadie queda fuera, todos tienen suficiente y además sobra.

Esto supone también el fomento de la cultura del encuentro. Los intercambios económicos son un lugar adecuado para relacionarse con el otro. Un espacio que se ha deshumanizado últimamente porque no queremos conocer al otro con el que negociamos para que la relación personal no nos impida lograr el máximo rendimiento de nuestros asuntos económicos. Por ello, volver a esa economía personalizada a esa economía del encuentro o relacional, es otra manera de construir un sistema económico diferentes.

Todo esto contrapone la cultura de la competición a la cultura de la cooperación. Cuando basamos la economía en la competición y en el meritaje, siempre hay alguien que queda fuera, los más desfavorecidos quedan por el camino, no llegan. Sin embargo una economía basada en la cultura del compartir, de la cooperación, hace que no hayan excluidos. La economía no es un campo que solamente se pueda organizar desde la competición, sino también desde la cooperación y los resultados en las empresas y en la sociedad, son mejores cuando se hace de esta manera.

Por todo esto, tenemos un compromiso con nuestra sociedad. El anuncio del evangelio tiene hoy en día, un componente económico clave. Transmitir una buena nueva ilusionante y esperanzadora tiene como uno de sus elementos primordiales la construcción de una nueva economía que sirva realmente a todas y cada una de las personas de nuestra sociedad. En una economía en la que se sirve mucho al dinero u ofrecemos alternativas económicas, o ilusionamos con otra manera de construir esta economía, o difícilmente estaremos anunciando realmente el mensaje de amor de Jesucristo.

 
 

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La función social de la empresa

Artículo públicado en la revista ICONO, año 117, nº 9, Octubre 2015, pág: 12 y 13

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Para seguir hablando de economía solidaria voy a pasar a referirme a las empresas. Cuando pregunto en mis clases para directivos por qué creen que a una sociedad le conviene que existan empresas, siempre recibo tres clases de motivos. Porque las empresas permiten producir bienes y servicios útiles para la sociedad y esto es bueno para ella, porque las empresas permiten que las personas puedan ganarse la vida y tener los ingresos suficientes para poder vivir y, en último lugar, porque las empresas unen a personas para trabajar conjuntamente y producir bienes de una manera eficiente utilizando los menores recursos posibles. Si a nosotros nos hubieran preguntado lo mismo, seguramente hubiésemos respondido, de una manera u otra, con los mismos argumentos. A pocos o a ninguno se nos ocurre contestar que la sociedad necesita empresas para que proporcionen beneficios a sus accionistas.

Muchas empresas parecen perseguir tan solo el beneficio

Sin embargo, gran parte de las empresas actuales y especialmente las más grandes, parecen perseguir en exclusiva el beneficio para sus propietarios-accionistas. El único fin de la empresa y al que consagran sus mayores esfuerzos parece ser el rendimiento económico. Se trata de una concepción reduccionista de la empresa en la que las cosas que son importantes para la sociedad (el producto o servicio, el salario de los trabajadores, la colaboración en el desarrollo del lugar) pasan a un segundo lugar para convertirse en instrumentos útiles para ganar dinero. No buscamos el mejor producto o servicio, sino aquel que nos proporciona más beneficios. Los trabajadores son tan solo un coste de producción que hay que reducir al máximo para incrementar los beneficios. El entorno donde se produce el bien no importa, salvo para aprovecharse de él y ponerlo al servicio de los resultados empresariales.

Todo ello lleva a dilemas éticos que se resuelven en contra de las personas

Es por este motivo que, cuando en esta clase de empresas se producen dilemas éticos en los que hay que confrontar la consecución de mayores beneficios económicos para los accionistas con actuaciones que van en contra de las personas (ya sean estas clientes, proveedores, trabajadores o terceros que viven en el entorno de la empresa), normalmente ganan los beneficios y pierde el bien de las personas implicadas. La prioridad de la ganancia es la que marca la manera de resolver las cuestiones de la empresa. No hay dudas y “el negocio es el negocio”. La Responsabilidad Social de la Empresa, a la que muchas empresas hacen mención, queda así en agua de borrajas si la prioridad sigue siendo el máximo beneficios. Las actuaciones responsables solamente se llevan a cabo en la medida que no molesten al objetivo principal o mejor, en la medida en que lo apoyen y logren que la ganancia se vea incrementada. La ética económica es, al igual que la función social de la empresa, tan solo un instrumento para lograr el objetivo final: incrementar las ganancias.

Poner la Función Social de la Empresa en el corazón de la estrategia empresarial

Ante esta visión existe otra alternativa y más acorde con la Doctrina Social de la Iglesia que es la de poner la Función Social de la Empresa en el corazón de la estrategia empresarial. Se trata de algo que realizan algunas empresas (no tantas como sería de desear) y que algunos luchamos para que se generalice en el mundo empresarial. La base de esta otra manera de trabajar en la empresa es la de cambiar el orden de prioridades y la manera de entender el rendimiento y la función de la empresa. En esta clase de empresa, la búsqueda del beneficio (al igual que veíamos en la familia en el anterior número de esta revista) pasa de ser el norte que guía la actuación de la empresa, a ser la condición que tiene que cumplir para poder seguir funcionando. Es decir, para que una empresa sea sostenible a medio y largo plazo, es necesario que sea rentable, que tenga más ingresos que gastos. Pero maximizar estos no tiene por qué ser la prioridad, tan solo una condición necesaria. El objetivo prioritario de estas empresas es producir bienes y servicios útiles para la sociedad, ser el lugar en el que algunos se ganan la vida de una manera digna y colaborar en la mejora del entorno en el que se habita. Esto es lo prioritario, la rentabilidad es la herramienta. Como se ve, es un cambio diametral en el que la prioridad pasa a ser instrumento y la Función Social de la Empresa la prioridad.

Esto es una realidad posible y cierta ya en algunas empresas

Esta concepción que prioriza la Función Social de la Empresa y considera el beneficio como una simple herramienta necesaria para lograr la meta principal, ya es una realidad en muchas empresas. Quizá no sean la mayoría, pero las hay. Concepciones económicas como la Economía del Bien Común, la Economía de Comunión o la Democracia Económica, avanzan en esta dirección y realizan aportaciones interesantes además de ser puestas en práctica por algunas empresas. Otras empresas (especialmente muchas familiares) han tenido esta concepción desde siempre y siguen practicándola porque se encuentra en el corazón de su manera de ser empresa. Desde Funderética (fundación ligada a la familia redentorista que se dedica al estudio y la reflexión ética) también estamos colaborando en la promoción de esta manera de hacer empresa a través de unas evaluaciones éticas para empresas que quieren cambiar sus prioridades y trabajar al servicio de la sociedad. Por ello, podemos afirmar que la construcción de empresas que introducen en su funcionamiento parámetros de una economía solidaria a través de la priorización de su Función Social, desterrando una manera egoísta de funcionar en la que solamente importa el beneficio, no solo es una realidad, sino un camino de futuro por el que muchas más van a transitar.

 
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Publicado por en octubre 13, 2015 en ética empresarial

 

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La economía y la familia

Artículo públicado en la revista ICONO, año 116, nº 8, Setiembre 2015, pág: 12 y 13La economía y la familia_Página_1La economía y la familia_Página_2

El principal ejemplo de que la economía puede ser solidaria, estar al servicio de las personas e impregnarse de amor y solidaridad, lo tenemos en la familia. Cuando los griegos (se dice que fue Jenofonte quien acuñó el término) hablan de Oikonomia, se están refiriendo precisamente a la administración (Nomos) de la casa (Oiko). De hecho, Aristóteles distingue entre la oikonomia y la chrematistique (crematística en español) que proviene de chremata, que significa bienes, dinero, riqueza. En estas dos definiciones se reflejan dos maneras distintas (y yo diría que opuestas) de entender la economía. La primera tiene como objeto administrar bien lo que se tiene para obtener un beneficio de diferente naturaleza. Esto es, conseguir que los temas de gestión de la riqueza, del patrimonio, se pongan al servicio de que la familia vaya bien. La segunda es una gestión que tiene como objetivo el dinero en si mismo. Es la clase de gestión que, según Aritóteles, realizan los comerciantes y que tiene como único objetivo el lucro.

Economía y familia van ligadas desde el origen del término

Podemos afirmar, pues, que familia y economía van ligadas desde el origen de este último término. Una familia tiene muchos asuntos que resolver en cuanto a sus relaciones y al cumplimiento de los objetivos de todos sus miembros. Si pensamos en nuestras propias familias, veremos que nuestras principales preocupaciones suelen ser que los niños (si los hubiere) crezcan y se eduquen correctamente; que todos los miembros de la misma vivan felices y que el entorno familiar sea un entorno positivo para todos ellos que les permita realizarse y asumir con fuerzas las tareas que abordan fuera de ese entorno; que los mayores (si los hubiere) vivan sus últimos años cuidados, queridos y en un entorno adecuado, etc. Seguro que se nos pueden ocurrir muchísimas más prioridades en nuestras familias, que son las que intentamos conseguir con los nuestros, con los que más queremos. Si quisiésemos resumir, todos nuestros objetivos familiares podrían resumirse en que buscamos que sea un espacio en el que reine el amor entre todos sus miembros para reforzarlos y ser más y mejores personas.

Para que la familia funcione necesitamos tranquilidad económica

Ahora bien, si queremos lograr estos objetivos, si queremos que la familia funcione bien, precisamos de unos fondos y unos bienes que nos permitan lograr este objetivo. Nuestro hogar no va a resultar fructífero, no puede ser un remanso de paz en el que reforcemos nuestra persona para afrontar nuestro día a día, si no contamos con un mínimo de bienestar económico que nos permita al menos alimentarnos, descansar, refugiarnos en una casa, realizar nuestros trabajos y curarnos de las enfermedades en las que caemos. Además, pretendemos que esta situación se alargue lo más posible en el tiempo, es decir, la familia es una apuesta de largo plazo. Por ello realizamos una gestión económica que busca que nuestros ingresos sean superiores a los gastos, al menos en el largo plazo. Sabemos que la única manera de que el aspecto económico de la familia refuerce realmente los objetivos de la misma, es que este sea rentable. Es decir, que tengamos beneficios o al menos que no tengamos pérdidas continuadas. Para tener siempre lo suficiente para lograr las metas familiares, debemos gestionar nuestros dineros y nuestro patrimonio de una manera adecuada, evitando las situaciones de quiebra o de pérdidas.

El beneficio se pone al servicio de la familia

La generación de beneficios no es, por tanto, la prioridad, sino una condición sin la que la familia no va a poder lograr sus otros objetivos. De este modo, lo económico se pone al servicio de la persona, de la unidad familiar y de todos los que conviven en un mismo hogar. La rentabilidad no es el fin, sino una condición para lograr que lo otro funcione. Este es el ejemplo más claro de cómo una gestión económica correcta no necesita priorizar lo económico, no precisa de unos criterios crematísticos para seguir funcionando bien. Una economía bien entendida puede, no solo ayudar, sino reforzar lo humano, estar al servicio de las personas.

¿Qué sucedería si todo fuese al contrario?

De hecho, si en una familia primasen los criterios económicos habituales en nuestra sociedad, es decir un egoísmo individualista en el que cada miembro de la familia intentase por todos los medios tener más y conseguir el mayor beneficio posible, seguramente la familia funcionaría peor como tal. Sería difícil que reinase la armonía en su seno, que se potenciase a quienes peor están, que los niños recibiesen la atención y el cariño suficiente, que se tuviese tiempo para cuidar a los mayores, etc. Una familia dedicada a hacer dinero, habitualmente fracasa como familia. Se hace rica, eso sí, pero no logra ser la familia que gira en torno a la mejora y al perfeccionamiento de sus miembros. Este es el ejemplo más claro que podemos encontrar de cómo se puede entender la economía de otra manera, de cómo se puede poner la economía al servicio de las personas, de cómo esta es una opción real y realizable que puede tener magníficos resultados. Lo interesante para nuestra sociedad es que la sociedad y sus entidades trabajen en clave económica y no en clave crematística.

 
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Publicado por en septiembre 28, 2015 en ética económica

 

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¿Refugiados o inmigrantes económicos? Debate equivocado

Artículo publicado por el periódico “Las provincias” el domingo 20 de Septiembre de 2015 en su página 34

Refugiados o inmigrantes económicos debate equivocado

La denominada crisis de los refugiados que estamos viviendo en Europa nos está dejando frases peculiares y actitudes sobre las que vale la pena reflexionar. En este artículo no pretendo repasar todas ellas, pero sí centrarme en dos cuyo contenido económico creo esencial para hacer una reflexión sobre la humanidad de nuestro sistema económico y social. La primera es la que apuntaron los primeros ministros de los gobiernos español y británico: “Hay que diferenciar a los refugiados de los inmigrantes económicos” (4 de septiembre de 2015). Esta diferenciación se basa en los motivos por los que alguien abandona su país. En el caso de los refugiados, el motivo principal es el de guerra o persecución política, mientras que en el caso de los económicos, la expectativa de mejorar las condiciones de vida (especialmente en el campo económico) es la que determina la voluntad de cambiar de país.

Este afán por diferenciar tiene que ver con algo que se ha comentado también durante estos días: el valor económico de los inmigrantes. Parece que Alemania y Suecia están más dispuestos a recibir inmigrantes no solo por su benevolencia o solidaridad, sino por que (como concretó el vicecanciller alemán Sigmar Gabriel) la situación económica permite acogerlos y son futuros trabajadores necesarios para mantener el crecimiento económico de estos países. Las declaraciones que escuché en la radio hace pocos días por parte de uno de los emigrantes que intentaban entrar en Europa confirmaban esta visión cuando afirmaba que ella y los suyos podían ser útiles a las sociedades europeas ya que eran personas con formación y conocimientos que podían ayudar a mejorar las condiciones económicas aportando sus saberes y cualificación

Esto nos lleva a una cuestión clave en todo el debate migratorio: la utilidad económica de las personas que llegan a Europa. Por que si los primeros ministros planteaban diferenciar refugiado de inmigrante económico era porque querían tratarlos de manera distinta: permitir venir al primero y rechazar al segundo. De hecho, esto es lo que venimos haciendo desde hace años, rechazar al inmigrante pobre, a aquel que no tiene dinero. Las causas por las que no queremos que vengan no son el color de su piel, su religión o su procedencia, sino sino son o no pobres. Un africano rico, es siempre bienvenido. Un jeque árabe, es bien recibido. Una persona con titulación superior o una cualificación profesional elevada, es también acogido sin trabas. Todos ellos pueden traer o bien dinero o bien posibilidad de conseguirlo. Al final, lo importante para aceptarlo es si el inmigrante tiene alguna utilidad económica. Los países que acogen parece que lo hacen porque creen que va a ir bien para su economía. Aquellos que rechazan al que viene, parece que lo hacen porque sus empleos o su crecimiento pueden peligrar. El factor económico es clave para saber si damos la bienvenida a quien viene de lejos o no.

Estamos, pues, ante una especie de anti-humanismo económico. Las personas son medidas según su aportación al sistema económico. Como lo más importante pasa a ser la producción, el crecimiento, los beneficios o las rentas, todo aquel que no puede aportar algo positivo a los resultados económicos es descartado (con la afortunada expresión del papa Francisco) y este descarte lleva a la indiferencia. Nos da igual lo que les pase, al fin y al cabo, no son asunto nuestro. Si mueren en el Mediterráneo o en un camión en las carreteras de centro Europa, no es problemático. Sabían que iban a asumir ese riesgo cuando salieron de su casa.

Y digo anti-humanismo porque esta clasificación de las personas según su utilidad económica lo que hace es ir en contra de la igualdad intrínseca de todo ser humano. Ante una concepción humanista (ya sea esta cristiana o de otros orígenes) en las que todos somos iguales en dignidad y contamos con los mismos derechos, se presenta otra en la que no todos tenemos la misma dignidad o derechos. Por ello vamos a aceptar al inmigrante rico, cualificado o refugiado, mientras dejamos fuera al económico. Esto como si el hambre o la pobreza no fuesen tan terribles como la persecución política o la guerra… Pero hablar de las causas y calibrar su dureza o importancia, es desviar el foco hacia un debate equivocado. La clave de nuestra postura tiene que girar alrededor de la persona como tal. ¿El haber nacido aquí nos da más derechos para poder disfrutar de las ventajas de un buen sistema que a otros que han nacido allí? ¿Somos nosotros más que los otros simplemente porque hemos tenido la suerte de nacer en Europa?

Cuando la economía se convierte en una religión, cuando se idolatra el beneficio o el dinero, cuando se pone a toda la sociedad en pos del crecimiento económico considerando a este como lo primordial, se olvida a la persona, se justifica la discriminación por motivos económicos, se pierde el humanismo y se descarta al otro, al que no tiene, al que emigra, al que no puede… Acabamos convirtiéndonos en un sistema de castas en el que un refugiado vale más que un emigrante económico, en el que un pobre molesta y no es bien recibido en nuestras sociedades. Nos encontramos en un tiempo en el que aceptamos con demasiada facilidad la discriminación por motivos económicos y en el que vemos a unos colectivos como superiores a los otros. El anti-humanismo económico se cuela en el debate migratorio para discriminar entre los inmigrantes deseables y los indeseables, olvidando la igualdad de toda persona y la universalidad de los derechos humanos.

 
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Publicado por en septiembre 24, 2015 en Derechos humanos

 

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¿Y ahora qué? Sugerencias económicas para los nuevos gobiernos

Artículo publicado en la revista CRESOL, Any 16, Núm. 127, julio y agosto de 2015 Páginas 30 y 31

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Después de las elecciones y de que se hayan aclarado los gobiernos municipales y el autonómico de la Comunitat Valenciana, queda por delante ponerse a trabajar en una legislatura que promete ser interesante debido a la falta de mayorías absolutas. El hecho de que se tenga que recurrir a pactos, ya sean de gobierno o puntuales, para cada una de las medidas, conlleva un esfuerzo de consenso que, bien llevado y practicado con buena fe y ganas de servir a la población por todas las partes, no dudo que va a ser positivo. En este contexto y atendiendo a un momento en el que parece que hemos tocado fondo en esta crisis que ya nos acompaña durante demasiados años, es en el que voy a comentar lo que creo que son los principales desafíos económicos con los que nos encontramos en estos momentos y a los que tendrán que hacer frente los diversos gobiernos, tanto autonómicos como municipales. En este sentido doy dos avisos para los lectores: la mayoría de las propuestas que voy a realizar no han estado incorporadas en los programas electorales de los partidos, que creo que siguen pensando la economía en clave del siglo pasado. La segunda es que la mayoría deberían ser propuestas transversales, es decir, tan válidas para ser aceptadas por unas vertientes políticas como por las otras.

La primera tiene que ver con el objetivo de la gestión pública. Este debe ser el bien común, entendido este como la creación de las condiciones económicas, culturales y sociales que permitan a todas y cada una de las personas que componen la comunidad, realizarse como tales. Esto, en economía supone que su mejora se tiene que basar no en la mejora de los indicadores agregados, de las cifras medias de los indicadores económicos, sino en cómo les va a quienes peor están. Es decir, pensar que solo mejoramos si lo hacen quienes peor están y no la media. Esto sería un cambio de cultura esencial para pasar a otro enfoque económico en el que se busque no tener más entre todos sino tener todos lo suficiente. Sin esta orientación hacia el bien común y esa prioridad en quienes peor están, pueden no entenderse o entenderse mal el resto de propuestas.

En clave interna, es necesario que las actividades públicas se realicen sin déficit público. Esto por tres motivos. El primero es que no se puede gastar siempre más de lo que se ingresa. Esto no es sostenible a largo plazo, ni en una familia ni en un Estado. En segundo lugar, el endeudamiento acaba beneficiando a quienes más tienen y perjudicando a los más desfavorecidos. Esto es debido a que son los más pudientes quienes pueden prestar al Estado y quienes luego recibirán los intereses que hay que pagar a quien te presta y que aminoran la capacidad de gasto en otras partidas. Pero si estos dos argumentos no son lo suficientemente convincentes por si mismos, el tercero es decisivo ya que nos recuerda que quien está endeudado depende de sus acreedores. De este modo, si queremos que sigan prestándonos, tenemos que hacer lo que ellos nos piden (que puede no coincidir con lo que nosotros queremos hacer) porque quien nos presta exige que le devolvamos lo prestado (como parece lógico) y pide garantías para intentar asegurarse que le devolverán el dinero en un futuro. Si no hacemos lo que nos dice, no continúa confiando en nosotros (esto es lo que le está pasando a Grecia en la actualidad) y nos niega más préstamos. En conclusión, insostenibilidad a largo plazo, beneficio para los más pudientes y dependencia de los acreedores son tres motivos decisivos para apostar por presupuestos equilibrados.

Cambiando de tercio, creo que necesitamos también que se potencie otra clase de economía. No se trata de entrar en el dilema de si determinadas actividades deben ser gestionadas o no por el sector público o privado. Se trata de lograr que las empresas sean verdaderas constructoras del bien común. Es decir, que no sean meras generadoras de beneficios para sus propietarios-accionistas, sino que sean productoras de bienes y servicios útiles para la sociedad y que realicen esta función logrando, al mismo tiempo, unos beneficios suficientes para sus trabajadores, una mejora de la sociedad y del medio ambiente, una gestión participativa que potencie a las persona, etc. Lo importante no es si las cosas que se producen sean hechas por empresas públicas o privadas, sino que sean hechas por empresas que priorizan su función social, que cumplen unos requisitos éticos y sociales que hacen que sea deseable contratar con ellas. Esto supone que el sector público debe cambiar sus criterios de contratación pública para potenciar esta clase de empresas y contratar solo con aquellas que priorizan su función social.

Lo mismo sucede con las medidas de ayuda a la economía. En Valencia tenemos tres campos prioritarios que hay que apoyar para poder lograr un desarrollo regional que acabe beneficiando a todos y en especial a los más desfavorecidos. Por un lado la agricultura, por otro la industria y por último el turismo. Pero no se trata de apoyar a aquellas empresas que son más grandes y que facturan y contratan más. Estas ya tienen ventaja sobre las otras. Se trata de priorizar a las pequeñas, a las que comienzan, a aquellas que cumplen unos parámetros sociales que sean beneficiosos para el bien común (ecológicos, salarios dignos y reducidas diferencias entre los salarios superiores y los inferiores, participación de los trabajadores en la gestión y en los resultados, efectos positivos sobre el entorno, contratación de personas de colectivos desfavorecidos, etc.). Este apoyo, no solo se hace a través de ayudas, sino también de legislación que favorezca la actuación de este tejido empresarial de pequeñas y medianas empresas, de exenciones o rebajas fiscales para aquellos que son más pequeños o que comienzan, etc.

Al final, el objetivo debe ser poner la actividad económica de las empresas y del sector público al servicio del más desfavorecidos, de la reducción de las desigualdades y de la promoción del bien común.

 
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Publicado por en agosto 26, 2015 en ética económica

 

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¿La economía tiene que ser egoísta?

Artículo publicado en la revista ICONO, año 116, nº 7, Julio-Agosto 2015, pág: 10 y 11

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Cuando sale a la conversación con personas que no me conocen previamente que me dedico a temas como la ética económica o sobre cómo la economía puede ponerse al servicio de las personas, algunos de mis interlocutores no pueden evitar esbozar una sonrisa escéptica. ¿No son cosas incompatibles? ¿Cómo puede ser la economía generosa o ética? ¿No es la economía egoísta por naturaleza? Estas y otras preguntas son las que parece esconder esa media sonrisa que me regalan pensando, tal vez, que se encuentran ante otro utópico que no se entera de cómo funciona la realidad. Esta situación no solo se da con personas que están alejadas del cristianismo, que no han sido formadas en él y que no se consideran cristianos, sino que desgraciadamente, también sucede con personas cristianas, que consideran que tienen una gran fe y que siguen pensando que los dictados de nuestra fe no sirven para el tema económico que parece tener una dinámica distinta, una manera de trabajar egoísta ante la que nada podemos hacer que no sea adaptarnos a ella.

La idea de que la economía es egoísta por naturaleza ha calado en todos los ámbitos sociales

Esto que acabo de describir es una prueba de cómo esta idea que se desarrolla sobre todo a partir del siglo XVIII ha tenido un éxito tal, que parece que no es discutible, que sencillamente, parece un dogma de fe afirmar que la economía no puede ser de otra manera, que la economía es egoísta por naturaleza. Por ello, se nos dice que nosotros podemos ser unas personas maravillosas, que podemos ser generosos, desprendidos y preocuparnos mucho por los demás, pero que esto debemos hacerlo en todas las actividades salvo en las económicas. Allí esto, sencillamente, no funciona. En una empresa o en los asuntos económicos, lo que hay que hacer (según esta idea predominante) es mirar por nosotros mismos, competir con los otros, buscar el máximo rendimiento en oposición a los otros. Las empresas, los asuntos monetarios, no entienden de generosidad, no funcionan como las ONGs, son la selva, ahí el que no espabila muere. Hay que ser peor que el otro, llegar antes, competir en mejores condiciones, ser más habilidoso… El mercado es un lugar en el que cada uno llega con sus propios intereses y si queremos lograr los nuestros, debemos ser más fuertes que los demás e imponernos a ellos.

Tener dos caras

Esta idea sobre la economía nos obliga a los cristianos a tener dos caras, una para la economía en la que tenemos que ser duros y egoístas y otra para el resto de nuestra vida, en la que el amor debe ser aquello que predomine en nuestro comportamiento. Es evidente que esta dualidad ni es positiva para la persona ni es sostenible a largo plazo. No es positiva para nosotros porque somos uno, somos una persona que no podemos partirnos, de modo que utilizar criterios distintos según en el lugar en el que nos encontremos rompe nuestra unidad natural. Pero además es peligrosa porque puede llevarnos a que, finalmente, los criterios egoístas de la economía acaben predominando en todo nuestro comportamiento (precisamente para lograr la coherencia que nos pide nuestra unicidad, nuestro ser único) y pasemos a aplicar unos solos criterios para todo nuestro ser y que sean estos los egoístas de la economía, olvidando lo que nos debe caracterizar como cristianos, que es el amor.

Es una falacia

Pensar que la economía solamente puede ser egoísta, afirmar que solamente se puede plantear una manera de llevar la economía que es la de competir todos contra todos, es una falacia que, a fuerza de ser repetida se ha convertido en una verdad incuestionable. Pero para los cristianos es motivo de reflexión, porque si el amor es válido para todo menos para la economía ¿En qué clase de Dios Creemos? ¿En uno que nos dice que el amor es válido para todo menos para la economía? Evidentemente esto no es así. Si lo fuese, ya podríamos ir borrándonos de una religión que nos engañaría si el amor no es aplicable a todo lo humano, si solamente soluciona o es bueno para una parte de nuestra actuación.

La economía puede y debe ser fraterna y solidaria

Pero claro, esto no es así, la economía no solo puede, sino que debe ser regida por el amor. Lo dijo magistralmente Benedicto XVI en su Encíclica Caritas in veritate 36: “La doctrina social de la Iglesia sostiene que se pueden vivir relaciones auténticamente humanas, de amistad y de sociabilidad, de solidaridad y de reciprocidad, también dentro de la actividad económica y no solamente fuera o «después» de ella. El sector económico no es ni éticamente neutro ni inhumano o antisocial por naturaleza. Es una actividad del hombre y, precisamente porque es humana, debe ser articulada e institucionalizada éticamente… En las relaciones mercantiles el principio de gratuidad y la lógica del don, como expresiones de fraternidad, pueden y deben tener espacio en la actividad económica ordinaria. Esto es una exigencia del hombre en el momento actual, pero también de la razón económica misma. Una exigencia de la caridad y de la verdad al mismo tiempo.”. Es decir, el amor cabe en la economía, no solo cabe sino que solamente si esta se articula con amor, puede alcanzar la economía su máxima y mejor expresión. Como afirma Benedicto XVI, introducir el amor en la economía es una exigencia de la razón económica. A pesar de esto, es posible que algún lector todavía tenga dudas, piense que esto no es posible y que con amor la economía es un desastre. Para demostrar lo que digo, voy a utilizar los próximos números de esta revista para poner ejemplos en los que la economía se lleva adelante con amor, en los que se concreta lo que afirma la DSI y veremos como los resultados finales son diferentes y ponen a la economía en su verdadero lugar.

 

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Las diferencias salariales

Artículo publicado en la revista ICONO, año 116, nº 5, Junio 2015, pág: 14 y 15diferencias salariales 1diferencias salariales 2

El otro día me metí en una página web de la BBC, http://www.bbc.com/news/world-31110113, en la que te dicen cuantos minutos tarda un futbolista (puedes elegir cuál) en ganar lo que tú ingresas en una semana y cuántos años necesitarías trabajar para ganar lo mismo que él gana en un año. Hice una aproximación con un salario bajo (15.000€ al año) y otra con un salario algo más elevado (55.000€ al año) y lo comparé con el principal futbolista del Real Madrid. En el primer caso, el deportista ganaba en 8 minutos lo que el trabajador ganaba en una semana y en el segundo treinta minutos. Visto desde otro punto de vista, el primero necesitaría trabajar durante 1.213 años para ganar lo que el futbolista en uno, y el segundo precisaría de trabajar 331 años para lograr lo mismo.

Las diferencias no solo se dan en el fútbol

Estas remuneraciones excesivamente altas no se dan tan solo en el Fútbol. Algunas grandes empresas también tienen unas grandes diferencias entre sus directivos. Una gran multinacional española de las telecomunicaciones paga a su máximo directivo el equivalente a 450 personas de las que menos cobran en esa empresa. Los ejemplos se repiten en las grandes empresas españolas, con unas diferencias que sobrepasan con frecuencia el 100:1. De hecho, la remuneración del consejo de dirección de esta misma empresa recibe unas remuneraciones anuales que son equivalentes a 1.150 trabajadores que perciban 20.000 € anuales. Volviendo al ejemplo del fútbol, la misma página que he señalado antes indica que la media de salario de los jugadores de la liga inglesa es de 2,2 millones de euros anuales. Si estos futbolistas cobrasen una décima parte (220.000 € anuales) se liberaría una cantidad de euros que serviría para pagar a 29.000 personas con un salario anual de 40.000 € (el doble si bajamos el salario a 20.000 €).

Otras empresas no tienen diferencias tan altas

Evidentemente, muchas empresas medianas y pequeñas no tienen diferencias de remuneración tan elevadas. Son muchas las que tienen propietarios o directivos que pueden cobrar como mucho cinco o seis veces más que su trabajador peor remunerado. Estamos hablando de empresas en las que el abanico de salarios se mueve entre 20.000€ el peor y 120.000€ el el mejor remunerado. Diferencias más reducidas y que parecen más razonables. Porque ¿Tienen sentido unas desigualdades tan altas como las vistas en los apartados anteriores? ¿Juegan mejor al fútbol los futbolistas actuales que los de hace quince años cuando sus remuneraciones eran una tercera parte que las de ahora? ¿Funcionan mejor las grandes empresas ahora que hace cincuenta años cuando las diferencias salariales eran muchísimo más bajas?

Quien sustenta estas diferencias

Todo esto se basa en la existencia de unas estructuras empresariales que permiten y potencian estas diferencias que nos parecen escandalosas a muchos. Pero también nosotros colaboramos en esta realidad cuando adquirimos los bienes que producen estas empresas. Cada vez que compramos las zapatillas que publicitan los jugadores de fútbol estamos aportando dinero a la cuenta de un deportista que tiene unos salarios exagerados. Cada vez que adquirimos productos de una de estas grandes empresas, estamos engrosando los bolsillos de unos directivos que tienen unos salarios exagerados y estamos colaborando en el crecimiento de las desigualdades mundiales. Cuando Benedicto XVI afirmó que “comprar es siempre un acto moral” en la Encíclica Caritas in Veritate 66 nos estaba recordando la responsabilidad social que tenemos en nuestras compras. Sin embargo, nuestro desconocimiento sobre cómo trabajan las empresas y los salarios que pagan, nos impide, con frecuencia, ejercer esta responsabilidad social

Cambiar las estructuras

Por ello, necesitamos que al igual que aparecen en los envases de los productos las características de los mismos, también se nos informe sobre las condiciones sociales en las que producen las empresas y las diferencias salariales que existen en su interior. Queremos saber si, tal y como exige la Doctrina Social de la Iglesia, las empresas a las que les compramos pagan unos salarios dignos y suficientes para cubrir las necesidades de los trabajadores y de sus familias. No se trata tan solo de cumplir la ley, sino de ir más allá, de que los beneficios que saca la empresa gracias a nuestras compras sean repartidos de una manera justa entre sus propietarios y trabajadores. Que aquellos a quienes les damos negocio no sean promotores de desigualdades sino agentes de equidad, que las empresas se centren más en cumplir su función social que en favorecer el enriquecimiento de unos pocos de sus trabajadores, asesores o propietarios. Pedir la transparencia en este campo y que se incorpore en la información que recibimos con el etiquetado y con los envases, nos permitirá tener unos criterios de compra socialmente responsable. Por todo ello, debemos pedir a nuestros gobernantes que exijan a las empresas ser transparentes también en estos aspectos.

 
 

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Una misma crisis, consecuencias diferentes

Artículo publicado en Noticias Obreras, nº 1570, Abril 2015, Pág: 12-13

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El pasado otoño presentábamos en Madrid el último informe FOESSA sobre Exclusión y Desarrollo en España. Tuve el honor de ser uno de los profesores que participó en su confección y voy a exponer en este breve artículo algunas de las ideas que expusimos en el mismo y que nos muestran cómo la evolución de la pobreza y la equidad en España a raíz de la crisis siguió un camino divergente con respecto a lo que ha sucedido en el resto de la Unión Europea.

En primer lugar, la crisis hizo que las desigualdades se incrementaran más en España de lo que lo hicieron en la Unión Europea. Si comparamos a partir del año 2008, la desigualdad en España (en términos del índice de Gini) con la de la media de los 15 países de la Unión Europea más ricos, la diferencia de partida era de tan solo un punto. Sin embargo, mientras que entre 2008 y 2012 la desigualdad en estos países se mantuvo en el mismo nivel, en España se incrementó en tres puntos lo que hizo que la diferencia inicial se incrementase hasta los cuatro puntos.

Lo mismo ha sucedido con las cifras de pobreza. Si medimos cómo se han comportado diferentes indicadores de pobreza para la UE15 y para España, vemos como tanto la población en riesgo de pobreza monetaria, como la que está en riesgo de pobreza o exclusión social ha crecido más que la media de la UE15 y que nuestra diferencia con respecto a esta media se ha incrementado en estos años de crisis. Esto nos hace ver que el comportamiento de nuestro país ante la crisis ha sido diferente al de la mayoría de los de la Unión Europea en este aspecto.

Vistos los datos y sabiendo que la crisis ha sido una experiencia generalizada y que no solo nos ha afectado a nosotros sino a toda la Unión Europea, cabe preguntarse por qué sus consecuencias sobre los más desfavorecidos han sido mayores en España que en el resto de la Unión Europea.

El primer motivo ha sido el diferente efecto que ha tenido la crisis sobre el mercado de trabajo en nuestro país y en el resto de la Unión Europea. El gran incremento del desempleo ha hecho que los efectos sobre la pobreza y la desigualdad fueran mucho más profundos en España que en el resto de la UE15. Además, la reducción de salarios en determinados sectores y el incremento de trabajadores a tiempo parcial no deseados, también ha empeorado estos comportamiento negativo.

En segundo lugar tenemos una protección pública para estas situaciones menor que el de la mayoría de los países de nuestro entorno y en unos bajos subsidios de desempleo con una duración menor que la de otros países. Por otro lado, el porcentaje de gasto público en políticas sociales es también inferior en nuestro país al que se da en muchos de los países de la UE15, lo que también reduce la capacidad de este medio para paliar la desigualdad y la pobreza.

En tercer lugar tenemos una fiscalidad que ha cambiado durante la crisis, lo que ha reducido su capacidad redistributiva. De hecho, esta es inferior a la que se da en otros países de la UE15 y se sustenta únicamente por el IRPF al haberse suprimido los impuestos que pesaban sobre la riqueza y que tenían un fuerte efecto redistributivo. Además, la capacidad recaudatoria en nuestro país es baja. Tenemos unos ingresos públicos medidos en porcentaje del PIB que son de los más bajos de la UE15, lo que también limita las posibilidades que tenemos de incrementar la inversión social.

Por último, la duración de esta crisis está llevando a que dos de los medios por los que se consiguió evitar una pobreza excesiva de los más desfavorecidas, comiencen a fallar en estos momentos. Me refiero, por un lado, a la prestación por desempleo. Muchos ven cómo la duración de su situación ha hecho que pierdan ya el derecho a esta ayuda y que se estén quedando sin los ingresos que esta suponía. El otro es el recurso a los ahorros familiares y a las pensiones y ahorros de los mayores. Se trata también de unos fondos que se agotan y que se reducen, lo que conlleva que muchas familias que dependen de estas fuentes de rentas hayan empeorado su situación cuando han visto como estos recursos se han ido acabando.

Las medidas que el informe FOESSA ha sugerido para mejorar estos problemas y para evitar que la crisis, ahora y en el futuro, siga afectando mucho más a aquellos que menos tienen, van en varias direcciones. No voy a centrarme aquí en todas ellas sino en aquellas que tienen una relación más directa con aquello que acabo de comentar.

Por un lado, creemos que se necesita una mejora importante de la recaudación fiscal. Esto incluye tres elementos básicos. El primero es la lucha contra el fraude y la elusión fiscal. Nuestro sistema financiero es poco eficiente, a pesar de tener unos tipos fiscales elevados, recaudamos menos que otros países con unos tipos similares a los nuestros. El segundo es la mejora de la progresividad de nuestro sistema financiero. Tenemos una baja progresividad y querríamos incrementarla. Cambios en la fiscalidad que deberían acompañarse de otros a nivel europeo, conseguirían mejorar este aspecto de la misma. Por último se precisa un ejercicio de pedagogía fiscal que ayude a comprender que deberíamos incrementar la recaudación del sector público para poder sostener nuestro Estado de Bienestar y mantener un nivel óptimo de políticas sociales.

Por otro lado, se apuesta por una garantía de mínimos para todas las personas que permita que siempre puedan gozar de unos ingresos que les impida caer en la extrema pobreza y unas políticas de ayudas a la familia que sean mayores y eficaces, ya que en este campo estamos por muy debajo de los niveles de otras naciones de la Unión Europea.

 

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La primera comunión y su economía

Artículo publicado en la revista ICONO, año 116, nº 4, Mayo 2015, pág: 10 y 11

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Mayo es el mes de las flores, de la virgen y de las comuniones. No es que todas se hagan en este mes, ni que sea preceptivo hacerlo así, sino que habitualmente es el mes del año en el que mayor número de primeras comuniones se celebran. Además, estas tienen un componente económico que, en ocasiones, deviene el más importante.

La primera comunión es un gasto

Porque, como casi todos los aspectos de la vida, la primera comunión tiene un componente económico nada desdeñable. Por un lado supone un gasto para la familia. Los cristianos le damos tal importancia a esta primera comunión que queremos celebrarlo con aquellos a los que más estimamos. Esto hace que tengamos el gusto de invitar a la familia y en ocasiones hasta a los amigos para tan señalada ocasión. También, y debido a que se trata de una ceremonia pública, queremos que nuestros hijos luzcan sus mejores galas ante la comunidad parroquial y todos aquellos que se acerquen a ese día de fiesta grande y lo mismo hacemos nosotros, que intentamos tener una apariencia externa a la altura de la celebración, por lo que también nos engalanamos con nuestros mejores trajes y vestidos. Además hay que decorar la Iglesia, pagar al fotógrafo, en muchos pueblos de Valencia hasta se paga a la banda de música para que se de una vuelta con los niños antes de entrar en la Iglesia, etc. Todo ello comporta un gasto extraordinario que hay que afrontar.

Todos quieren regalar al comuniante

Por otro lado, los abuelos, los tíos, los primos, los amigos invitados, los padrinos, todos quieren regalar algo al protagonista de la fiesta. Todos quieren responder a la alegría de la comunión y a la invitación recibida con un regalo para la criatura que va a celebrar su primera comunión. El afán de regalar es tan elevado que existen listas de comunión en tiendas o grandes almacenes que intentan racionalizarlo. En algunos pueblos de Valencia, además, subsiste la tradición de exponer el traje y los regalos en casa para que los vecinos puedan verlos durante los días anteriores a la comunión. Los regalos se convierten en una fuente de gasto para los invitados que a su vez, también van a intentar acudir a la ceremonia con sus mejores galas para estar a la altura de la celebración.

Lo económico adquiere gran relevancia

Todas estas actitudes son normales y humanas, pero pueden llevar a que en un determinado momento, lo económico se convierta en lo esencial de la celebración. Los esfuerzos que tenemos que realizar para gestionar los regalos, los invitados, el fotógrafo, las flores, la banda de música, el convite, los detalles que se dan después de comer, etc. Pueden convertirse en el foco principal de la fiesta y absorber todas las energías, sobre todo, de los padres. Lo económico pasa a ser lo esencial en la ceremonia, en una primera comunión que puede convertirse en una demostración de poderío económico (cuando se tiene) o una angustia vital grande para aquellas familias que tienen más problemas económicos.

Recordar lo importante

Por ello es clave recordar qué es lo importante en una comunión y poner lo económico al servicio de esto. Debemos reflexionar sobre quiénes realmente se alegran de la primera comunión ¿Hasta donde tenemos que abrir la invitación para celebrarla? ¿Cuáles son nuestras posibilidades reales? En algunos casos, la invitación no tiene por qué ser un convite después de la comunión. Se puede invitar a los amigos del niño o a los nuestros otro día a algo más sencillo, o restringir a la familia más cercana la invitación del ágape posterior a la ceremonia… También podemos plantearnos la diferencia entre tener lo más caro e ir dignos en la ceremonia ¿Es necesario un gran gasto en vestidos y trajes para asistir con dignidad a una ceremonia de primera comunión? Plantearse estos gastos de una manera prudente y recordando que lo principal es la ceremonia y lo que allí se celebra, puede ayudar a poner ese gasto en una segunda posición y que sea más moderado para evitar problemas.

Gestionar los regalos

También creo que hay que hablar de los regalos. El exceso de los mismos puede hacer que los niños vean la comunión como el momento en el que consiguen las cosas que quieren, en el que van a recibir esos bienes quep no tenían y que ansiaban. Así, la primera comunión pasa de ser una fiesta del “ser” cristiano a una fiesta del “tener” más cosas. Por ello debemos intentar dejar los regalos en un segundo plano y canalizar estos deseos de regalar que tienen los familiares y allegados en una dirección que no desvíe la atención de la comunión. Esto se puede hacer de varias maneras, o bien compartiendo parte o la totalidad de los regalos recibidos con los más desfavorecidos (pidiendo donaciones para determinadas asociaciones con las que tenemos más afinidad), o bien pidiendo regalos de bajo coste pero que refuercen lo celebrado con la primera comunión, o bien regalando cosas que no sean solo para el niño sino para toda la familia, etc. Seguro que hay más sistemas para que los regalos no sean lo principal para el niño, para que la comunión no sea un fiesta del tener, del aparentar o del gasto, sino una fiesta realmente cristiana en la que lo económico se subordine a lo religioso.

 

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¿Pobreza infantil o pobreza familiar?

En el boletín de primavera de la Asociación Resurgir ha salido un artículo mío en la página 4 titulado ¿Pobreza infantil o pobreza familiar?

asociación resurgir

Aquí tenéis el enlace a la revista completa

http://issuu.com/chiquilorenzo/docs/resurgir-abril2015/1

y aquí el texto del artículo:

Los estudios que hablan sobre la pobreza en España nos alertan sobre cómo el porcentaje de pobres entre la población infantil es de los más altos de la Unión Europea. Se trata de unas cifras preocupantes que llevan a que más de una cuarta parte de nuestros infantes tengan unas rentas inferiores al umbral de la pobreza. Los estudios demuestran que los episodios recurrentes de pobreza en la infancia repercuten en las posibilidades que tienen estos niños de permanecer en este estado cuando son mayores.

Sin embargo, a pesar de lo que acabo de nombrar no debemos hablar de pobreza infantil porque esto supone confundir términos y aplicar soluciones erróneas. Afirmo esto porque la pobreza no es infantil, sino de las familias en las que estos niños viven. La cifra de niños pobres es superior a la de los adultos por una cuestión matemática fácil de entender. Los niños que viven por debajo del umbral de la pobreza lo hacen, sobre todo, en familias numerosas y monoparentales. Esto supone que en el primer caso, siempre va a haber más niños que adultos y en el segundo, solamente con que hayan dos niños ya superan el número de adultos. Por ello, las familias pobres con mayor número de adultos que de niños son minoritarias, lo que hace que haya mayor porcentaje de niños pobres que de adultos.

Cuando se aborda este tema debemos hablar de pobreza familiar y no de pobreza infantil, porque las soluciones no deben pasar solamente por los niños sino por toda la familia. No son los niños quienes son pobres, sino sus padres y por tanto, su familia. Es en ella, donde debemos focalizar las medidas que intenten solucionar este problema. Porque si hacemos un comedor solamente para los niños ¿Qué sucede entonces con sus padres? Los infantes volverán a casa y seguirán en la misma situación de pobreza familiar. Van a ver que sus padres no pueden hacer nada y las ayudas vienen de fuera ¿Queremos reforzar las familias o romperlas y disgregar a sus miembros?

Además, las medidas de ayuda solamente al infante provienen, si no de la ignorancia con respecto a la pobreza familiar, con frecuencia de la desconfianza hacia el pobre. Seguimos culpando a los pobres de su situación y por ello desconfiamos de los padres. Parece que decimos que si son pobres es por su culpa y por ello pensamos que no utilizarán las ayudas para sus hijos sino para otros fines. Nos sentimos más tranquilos dando directamente a los niños para tener la seguridad de que llega donde nosotros queremos y no se lo quedan por el camino unos padres que parece que no van a ser responsables, porque si lo fuesen no estarían en esta situación de necesitar ayuda.

Si bien existen situaciones como las descritas con anterioridad, son una minoría. En la mayoría de los casos, los padres viven angustiados por no poder ofrecer una vida mejor a sus hijos. Por ello, debemos animar a cambiar la concepción, a hablar de pobreza familiar y no de pobreza infantil, a buscar medidas que ayuden a la totalidad de la familia y que gestionen los padres, y no a medidas en las que haya que separar a los padres de sus hijos y en las que sean estos los únicos beneficiados.

 
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Publicado por en abril 27, 2015 en pobreza

 

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¿Aprender a relacionarse o a entretenerse?

Artículo publicado en la revista ICONO, año 116, nº 4, Abril 2015, pág: 14 y 15

relacionarse o entretenerse 1relacionarse o entretenerse 2

Uno de los elementos básicos de las personas es que somos seres relacionales, que solo podemos entendernos a nosotros mismos en relación con los demás. No podemos pensar en nuestra manera de ser, de comportarnos, de hacer las cosas, si no lo hacemos incluyendo a los otros, a nuestros compañeros de trabajo, a nuestra pareja, a nuestros amigos, a nuestra familia, a las personas con las que nos encontramos en el metro, en la parroquia, en la tienda, etc. Por ello, cuando hablamos de la educación en valores económicos para nuestros niños, debemos pensar en si los estamos educando solamente en el tener o en la relación con los otros.

Niños que parecen vivir aislados

De hecho, una de las cosas que identificamos con portarnos bien con los niños es comprarles de todo, que tengan muchas cosas. Si a esto le añadimos el carácter absorbente que tienen las nuevas tecnologías nos puede suceder lo que me pasó en una comida con mi mujer en un agradable restaurante del centro de Sevilla. Junto a nosotros se sentó una familia que venía de celebrar la primera comunión de una niña. Cuando los vimos aparecer pensamos que la tranquilidad que buscábamos quizás se iba a turbar por causa de los niños, pero lo aceptamos de buen grado. Pronto nos dimos cuenta cuán equivocados estábamos. La decena de niños que había comieron y acto seguido se pusieron a jugar cada uno con su maquinita. Los niños estaban juntos pero no se relacionaban entre ellos. Cada uno con su aparato sin accionar con su compañero. Así que todos contentos, padres e hijos entretenidos y nosotros tuvimos una comida romántica a pesar del evento familiar que se celebraba a nuestro lado.

¿Queremos que se entretengan o que aprendan a relacionarse?

Así que los regalos, los juguetes, ya no son una ocasión para la relación con el otro, sino una manera de entretenerse con algo. Esto va, en contra de nuestra propia naturaleza. Si atiborramos a los niños de cosas que los mantienen entretenidos, nos olvidamos de que lo importante en su infancia no es que se entretengan, sino que aprendan a relacionarse con los otros. Por ello, utilizar nuestro nivel económico para que tengan cosas y bienes que solo les lleven a estar entretenidos, erra en uno de los principales propósitos de la educación. El juego, el entretenimiento infantil debe ser una escusa para poder relacionarse con el otro, para aprender los conflictos que pueden surgir de cualquier relación y afrontarlos desde que se es pequeño. Por ello es necesario proporcionar a nuestros hijos oportunidades para la relación y no para que se atiborren de cosas que les sirvan para entretenerse.

Los grupos juveniles salen económicos

Los grupos juveniles juegan una labor importante en esta educación para la relación. Su precio no es excesivo (las cuotas suelen ser bastante reducidas) pero les posibilita la oportunidad de jugar, de relacionarse con otros de una manera muy educativa. Realizan actividades gratuitas en las que se lo pasan bien con otros, aprenden a divertirse sin tener que gastarse dinero, a solucionar conflictos que luego se van a encontrar en su trabajo o en su universidad, a trabajar en equipo y poner sus cualidades al servicio de un objetivo común. Aquellos que estamos en el campo de la educación de jóvenes (en la universidad), notamos la diferencia entre aquellos chavales que nos llegan provenientes de cualquier grupo juvenil sano, de aquellos que no han participado nunca de esta clase de actividades. Los primeros tienen muchos más recursos útiles para sus trabajos y para su relación que los segundos. Por ello, creo que uno de los bienes más sanos que le podemos dar a nuestros hijos es la posibilidad de relacionarse con los demás en cualquier tipo de grupo de tiempo libre.

Salir con amigos

Pero no solo es el grupo juvenil la única clase de bienes relacionales que podemos ofrecerles. También debemos de reflexionar sobre si salimos con amigos que tienen hijos de la edad de los nuestros. Si lo hacemos también estamos proporcionándoles bienes relacionales, oportunidades de pasarlo bien con otros, de divertirse con los demás, de relacionarse con los hijos de nuestros amigos. En mi grupo hemos quedado de acuerdo que cuando se juntan no deben llevar máquinas que les impidan pasarlo bien juntos. Esto les permite educarse más en las relaciones que en el entretenimiento. En este sentido, ir de vacaciones de vez en cuando con otras personas les ayuda en esta educación para la relación.

Comprar y relacionarse

Por último, creo que también hay que educar a nuestros chavales en que la compra es también una manera de relacionarse. Es decir, que la economía no es una práctica en la que la relación humana queda excluida, sino todo lo contrario. En las compraventas, en los alquileres, en la peluquería, en todas las transacciones económicas que realizamos, el componente personal, el componente de relación, tiene que ser algo habitual, algo que nos sirve para establecer una relación con la contraparte. Si los intercambios económicos se despersonalizan y pierden este componente relacional, tendemos a ver la economía como algo separado de la vida y de las personas. Invitemos a nuestros niños a que conozcan a las personas a las que les compramos algo, a que se relacionen con ellas, a que las aprecien, a que sepan que viven de lo que nosotros les pagamos. Este es un camino seguro para educarles en una economía más humana.

 

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Aportaciones a las preguntas de contenido social que D. Antonio Cañizares realizó en su última carta pastoral

Artículo publicado en la revista CRESOL, Any 16, Núm. 125, març i abril de 2015, pág: 42-43

2015 cañizares y acción social 12015 cañizares y acción social 2

 

El pasado lunes 9 de febrero nuestro arzobispo publicó una carta pastoral que se puede encontrar en http://www.archivalencia.org/contenido.php?a=6&pad=6&modulo=37&id=11458 La carta tuvo una gran repercusión mediática y medios de comunicación locales, regionales, nacionales y algunos internacionales se hicieron eco de una de sus partes, la que se titula Fortalecer la vida de caridad en la Iglesia diocesana. La diócesis, como toda la Iglesia, tiene la opción preferencial por los pobres” en la que D. Antonio se hacía una serie de preguntas sobre posibles caminos a tomar en el campo de la acción con los más desfavorecidos.

Lo primero que me ha llamado la atención es que el documento tiene 10 páginas y el apartado que concentró toda la atención de los medios solamente es una de esas páginas. De hecho, la carta es mucho más rica en contenidos de lo que voy a comentar en estas breves líneas y aconsejo su lectura para conocer los ejes que van a orientar la actuación del arzobispo en el futuro más inmediato. El porqué solamente se concentraron en esta décima parte del documento, tiene que ver con el tema: había en este fragmento una serie de preguntas que versaban sobre la posibilidad de reservar una parte del dinero ingresado por la Iglesia para los más desfavorecidos, la utilización de espacios y edificios para obras sociales, la creación de empleo, etc.

Lo primero que llama la atención es la elevada repercusión que han tenido estas declaraciones a nivel nacional y hasta en algún medio internacional, superando claramente el ámbito diocesano para el que fue escrita. Tal vez haya sorprendido que sea un cardenal quien haya hecho estas preguntas y más si consideramos que los hechos sobre los que se pregunta son habituales en la Iglesia. Podría nombrar varias parroquias, congregaciones, particulares o grupos de personas que han cedido patrimonio a obras sociales, que dan una parte de su salario o de sus ingresos a los más desfavorecidos o que crean o mantienen empresas que emplean de una manera preferente a colectivos excluidos del trabajo.

En segundo lugar, creo sinceramente que no podemos evangelizar realmente, ni anunciar un Dios que es amor, que se hizo hombre en la pobreza y que no buscó honores humanos, si no se hacen realidad esta clase de iniciativas, si la opción preferencial por los más pobres no impregna toda la actuación de un cristiano. Es la única manera de lograr que el amor de dios se haga realidad en nuestro día a día. Dicho esto, me permito hacer una serie de sugerencias que pueden ayudar a hacer realidad y a profundizar en la respuesta a estas preguntas que formuló D. Antonio en la carta.

La primera es pasar de las preguntas a la realidad ya que el párrafo comentado se compone de nueve preguntas. No son medidas o actuaciones a realizar, sino simplemente preguntas. Esto podría parecer como un recurso literario o una manera de exponer el asunto, pero la carta pastoral tiene un total de 14 preguntas en su redacción, de ellas 9 están en este párrafo, una más en el párrafo siguiente (es decir, diez de ellas se concentran en este apartado de la caridad) mientras que en las otras nueve partes de la carta, solamente hay 4 preguntas. Por ello desde el acierto de las preguntas, creo que es preciso pasar a los hechos. No solo es cuestión de preguntarse si podemos o no hacerlo, sino de poner medidas prácticas para hacerlo. Nos hubiese gustado que al igual que en otros campos la carta pastoral aporta realidades a corto plazo, también las hubiese aportado en este campo.

En segundo lugar, creo que es esencial algo que afirma el texto: la necesidad de promover la formación en la Doctrina Social de la Iglesia en la Diócesis. Cuando imparto esta asignatura a mis alumnos de la Universidad, el desconocimiento de la misma es absoluto. No solo entre aquellos que no han recibido formación cristiana, sino también entre quienes la han recibido a lo largo de su vida. Por ello, creo que al plantear medidas en la pastoral educativa, en la pastoral juvenil, en la pastoral familiar, en la participación de los laicos, en la formación sacerdotal (campos sobre los que habla la carta pastoral) esta formación en Doctrina Social de la Iglesia debería de estar muy presente. La formación social debería ser una materia transversal a todas las anteriores. Si realmente creemos en esta necesidad de tener una opción preferencial por los más desfavorecidos, todas las medidas deben impregnarse de esta manera de actuar. En tercer lugar solamente quiero añadir que, a pesar de que la carta habla de la dimensión política de la atención a los más desfavorecidos, el tema queda simplemente nombrado, pero no es desarrollado en el resto del texto.

Resumo este breve comentario dando la enhorabuena por el planteamiento de las preguntas y animando a que se haga con estas preguntas lo mismo que se ha hecho con el resto de los temas tratados en la carta, es decir, pasar de la pregunta a los hechos y proponer: medidas que concreten este compartir, reflexión política sobre cómo organizar una sociedad para que todos sean favorecidos por ella (especialmente los últimos) y un programa de pastoral que gire en todos sus aspectos (educativo, matrimonial, juvenil, universitario, etc) alrededor de esa opción preferente por los más desfavorecidos.

 

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Educar para distinguir las necesidades

Artículo publicado en la revista ICONO, año 116, nº 3, Marzo 2015, pág: 14 y 15enseñar necesidades 1enseñar necesidades 2

Muchos lo hemos hecho de niños o jóvenes y nuestros hijos y nietos también lo utilizan ahora. Me refiero al tan manido “es que lo necesito” para pedir algo innecesario que nos apetece tener. Parece que diciendo esto, los padres se van a dar cuenta de que no es un capricho o una apetencia pasajera, sino algo de lo que realmente depende la vida normal del peticionario. Es evidente que los padres no suelen caer en la trampa, pero esta pequeña anécdota me sirve para introducir el tema de hoy, que es el de enseñar a distinguir entre necesidades, apetencias y deseos.

Todos son necesidades

Esto es clave en la economía actual porque esta considera que todo son necesidades. En los primeros cursos de economía se sigue utilizando una definición que dice que la economía estudia cómo satisfacer necesidades ilimitadas con unos recursos escasos. Desde hace tiempo se identifica el progreso con el necesitar más cosas, de manera que cuando vemos algún mayor que vive con pocos electrodomésticos o igual que hace cuarenta años, o cuando volvemos por primera vez de países más pobres, con frecuencia pensamos que “se nota que no han evolucionado, se conforman con poco, yo ya no podría vivir así”. Es decir, afirmamos que estamos más evolucionados porque necesitamos más cosas para vivir que los otros, porque ellos se conforman con poco y nosotros no lo hacemos.

Los niños se impregnan fácilmente de esta cultura

Si a esto añadimos el bombardeo continuo de publicidad que recibimos día a día (especialmente los niños que, aunque no lo creamos, están más expuestos al mismo) nuestros pequeños y adolescentes entran fácilmente en esta idea. Todo es necesario, no podemos prescindir de nada, tenemos que tenerlo todo. De este modo, se trastocan las prioridades y los valores. Puede suceder (como de hecho pasa desgraciadamente) que el dinero se gaste antes en unas zapatillas o un chándal de marca que en comida o calefacción para calentar la casa. No ha habido una educación en qué son las cosas necesarias y qué son las cosas de las que se puede prescindir.

Por ello hay que mostrar qué son necesidades

Por ello necesitamos educar y enseñar que solamente existen dos tipos de necesidades. Las primeras son las básicas o primarias, que son las que necesitamos para sobrevivir. Sin cubrir estas, difícilmente llegaremos a nada más o lo haremos mal. Me estoy refiriendo, claro está, al comer, dormir, refugiarse de las inclemencias del tiempo, protegerse del frío y el calor, curarse de las enfermedades más comunes… Necesidades que son compartidas por todas las personas. En segundo lugar existen otras necesidades que se denominan sociales o de la condición y que son aquellas cosas que se precisan para vivir dignamente en un entorno determinado o para ejercer una profesión o trabajo. Estas varían según el lugar de residencia o la ocupación principal, por lo que son diferentes y únicas para cada persona.

Toda necesidad es limitada

Tanto las necesidades básicas como las sociales son limitadas. Es decir, se llega a un punto en el que no se necesita más. No necesito cantidades ilimitadas de medicamentos, ni de alimentos, ni de casas, ni de vestidos. Tampoco necesito cantidades ilimitadas de los bienes que me cubren mis necesidades sociales, como puede ser un tractor si eres agricultor, o un teléfono móvil si eres un comercial, o un automóvil si vives en un lugar sin transportes públicos. No, las necesidades son limitadas y se llega a un punto en el que se cubren sin más.

Deseos y apetencias

Conocer mis necesidades y saber que son limitadas, está relacionado de una manera directa con conocer cuáles son mis deseos y apetencias, es decir, aquellas cosas que quiero tener, pero que no son precisas para llevar una vida digna en el entorno en el que me muevo. Ir al cine, jugar al fútbol, pasear por la montaña, tomar una cerveza con los amigos en un bar, comprar unas zapatillas de marca, jugar con la tableta o el ordenador, tener el último modelo de automóvil, etc. Son cosas que pueden ser positivas y válidas, pero que, salvo que te dediques de manera profesional a ellas, no son necesarias. Debemos de ser consciente de ello, son apetencias, son deseos, son cosas que nos gustan, son válidas, son positivas, pero no necesarias. Y esto tiene una importancia vital porque al no ser necesarias, pasan a un segundo nivel, dejan de ser la prioridad. No se demonizan, pero tampoco se priorizan.

Tenemos que insistir en esta diferenciación en la educación de nuestros hijos. Para ello debemos comenzar con nosotros mismos ¿Diferenciamos bien qué cosas son nuestras necesidades y cuáles nuestras apetencias y deseos? ¿Ponemos nosotros la prioridad en lo que se necesita y no en lo que nos apetece? Una vez hecho esto, no queda más que enseñárselo a nuestros hijos, mostrarles que lo importante es lo necesario y lo otro no es malo, pero es prescindible y debe quedar en un segundo lugar a la hora de marcar prioridades.

 

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¿Quién gana cuando nos endeudamos?

Otra greguería pecuniaria publicada en España Buenas Noticias.

Un pequeño relato que nos puede ayudar a aprender quiénes se alegran más cuando nos endeudamos, si nosotros o son otros quienes más se alegran el nuestro endeudamiento.

Puedes acceder directamente al artículo en: http://ebuenasnoticias.com/2015/02/17/que-bueno-es-endeudarse/

 

Que bueno es endeudarse

 

 
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Publicado por en febrero 23, 2015 en Greguerías pecuniarias

 

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Saber decir no

Artículo publicado en la revista ICONO, año 116, nº 2, Febrero 2015, pág: 14 y 15

Saber decir no 1Saber decir no 2

Uno de los elementos más importantes de la educación económica de nuestros hijos tiene que ver con el saber decirles “no”. Esto en ocasiones es complicado por varias razones que voy a analizar en este artículo, pero sobre todo porque existe una presión social que considera que educar bien a los niños supone que no les falte de nada. Sin embargo, tenerlo todo y con rapidez o demasiado pronto, no tiene unos resultados educativos adecuados. Por ello, debemos aprender a decir no, a esperar, a que no todo sea inmediato, a que cada cosa tiene su tiempo, a que se puede vivir muy bien sin tenerlo todo. Esto forma parte de la educación en una economía enfocada a los valores y a la humanidad.

Que no le falte de nada

En nuestra sociedad identificamos claramente el tener más con el estar mejor. Esto se traduce en intentar que los hijos tengan de todo, que no les falte de nada. Esto sucede especialmente (aunque no únicamente) en aquellas personas que pasaron estrecheces cuando eran pequeños, la experiencia negativa que esto les pudo suponer (no a todos) les hace pensar que no deben permitir que a sus hijos les suceda lo mismo. Por ello intentan darles de todo. De hecho, hasta algunas parejas deciden tener menos hijos para que los que nazcan puedan tener más cosas (si hay más niños tocan a menos cada uno). Por ello, es difícil decir no cuando me piden algo, cuando quieren otra cosa, vamos a ser malos padres “si podemos y no les damos de todo”

Hay que estar integrado

También le damos de todo a los niños porque queremos que tengan lo mismo que los demás, porque no queremos que se queden atrás, porque parece que si no tienen lo mismo que sus amigos van a estar desplazados o ignorados por sus compañeros. De este modo, identificamos lo bueno con lo que hacen o tienen todos, no queremos que nuestros hijos sean los raros, los que hagan algo diferente de los otros. El criterio de la bondad o maldad de algo, se olvida para priorizar el seguir la corriente principal, el adaptarse a lo que tiene, quiere o hace la mayoría. Se mata así la diversidad, la riqueza que supone la diferencia.

Hay que tener todo y con inmediatez

Pero no solo potenciamos el tener de todo, sino que los niños nos exigen inmediatez y que sea cuando ellos quieren. Tiene que ser y tiene que ser ya. Si no lo consiguen en el momento que lo quieren vienen los problemas, los malos comportamientos, el chantaje emocional, o la pesadez de aquel que está a toda hora recordando lo que quiere y no tiene. Esto hace que, con frecuencia, les compramos cosas antes de que estén preparados para ellas, a una edad demasiado temprana o en un momento inadecuado. Además, les lleva a que crean que todo es fácil de conseguir, a que no hay que hacer esfuerzos para tener las cosas, se olvida así que las cosas cuestan, que todo requiere su esfuerzo.

Hijos empachados

Todo esto puede llevar a lo que nombró Francisco a los jóvenes en Copacabana (Río de Janeiro) “El tener, el dinero, el poder pueden ofrecer un momento de embriaguez, la ilusión de ser felices, pero, al final, nos dominan y nos llevan a querer tener cada vez más, a no estar nunca satisfechos. Y terminamos empachados pero no alimentados, y es muy triste ver una juventud empachada pero débil. La juventud tiene que ser fuerte, alimentarse de su fe, y no empacharse de otras cosas”. Y esto podemos conseguir si no aprendemos a poner límites, a decir que no. Hijos empachados, sentados en un sofá con la barriga llena y sin ganas ni ilusión de hacer nada. Jóvenes debilitados que solamente piensan en volver a comer, en que pase el empacho para volver a atiborrarse de comida. Tener demasiado tiene este peligro, el del exceso, el de la desorientación, en de la debilidad.

Por ello hay que saber decir no

Por todo ello es tan importante saber decir no. Saber hacer ver a nuestros hijos que para gastar se necesitan unos ingresos y que estos no son ilimitados, que todo no se puede comprar. Intentar mostrarles que si no tienen algo que los otros tienen, no pasa nada. Ninguna familia es igual a la otra, cada una tiene sus propias características diferentes a las de los otros. No todos educan igual a sus hijos y que esto no es malo, sino bueno para la sociedad. La diversidad es un valor en sí mismo. También hay que saber decir no para que sepan esperar el momento. Tal vez se le quiere comprar algo, pero se puede esperar al cumpleaños, a Navidades, a una ocasión especial. Educar en la espera en contra de la inmediatez también es una buena enseñanza económica. Por otro lado hay que saber decir no a la sustitución de bienes antes de que se rompan. Generar basuras innecesarias comprando siempre lo último antes de que lo anterior deje de ser útil va en contra de la conservación del medio ambiente. Por último, hay que decir no a las compras compulsivas, a adquirir bienes que no sirven para nada, que no van a ser utilizados. Aprender a decirle no a nuestros hijos y a que no tengan todo lo que quieren, es una enseñanza que les va a permitir construirse un futuro mejor ya que les enseñará a que se puede vivir bien con menos y a que las cosas tienen su coste. Es educar niños fuertes que sepan apreciar lo importante y que no se empachen de cosas y de consumo.

 
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Publicado por en febrero 16, 2015 en educación y economía

 

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¿Es posible poner a la persona en el centro de la economía?

Artículo publicado en el boletín 27 de la Asociación Resurgir de Huelva. Navidad de 2014, página 7

Páginas desdeREVISTA N 27 DIC. 2014 la persona en el centro de la economía

En el día que escribo este artículo, Francisco, el Obispo de Roma, ha estado hablando en Estrasburgo al Parlamento Europeo. Allí ha pedido a sus señorías que el centro de su actuación sea la persona y no la economía. No hace otra cosa Francisco que insistir en una de las ideas principales que escuchamos desde que vino a Roma para quedarse: que la idolatría del dinero es uno de los principales problemas, si no el principal, de la sociedad occidental en la actualidad. Estamos en una sociedad en la que el centro es el dinero, el afán desmesurado de lucro, el tener más como único camino para alcanzar el bienestar de las personas. Los intereses económicos, los beneficios e incrementar la tasa de ganancias, son el verdadero motor de la actuación, no solo de las personas, sino también de muchos de los gobiernos europeos (si no de la totalidad).

Francisco llega al Parlamento Europeo justo un día más tarde de que se discutiese en él una moción de censura al presidente de la Comisión de la UE, Jean Claude Juncker, justamente por una de sus actuaciones cuando era presidente de su país natal, Luxemburgo. Me refiero a los controvertidos acuerdos secretos con diversas multinacionales para lograr que pagasen impuestos en su país en lugar de en otras naciones de la UE a cambio de sustanciosos descuentos en la cuota a pagar. Un comportamiento que, aunque legal, presenta serias dudas éticas ya que supone una merma de ingresos de los países donde estas empresas trabajan y una reducción de sus posibilidades de gasto. La moción de censura no salió adelante ya que los principales grupos de la Eurocámara apoyaron a Jean Claude. ¿No resulta cuanto menos curioso que tenga que venir Francisco a decirles que pongan a la persona en el centro y no a la economía, al día siguiente de discutir sobre este tema y un día antes de que se votase?

Porque parece competir a través de rebajas fiscales para atraer a las grandes empresas no tiene como fin mejorar a las personas, no parece que esto sea poner a la persona en el centro sino todo lo contrario. En esta situación, solamente salen ganando los accionistas de la empresa y en su caso, el Estado que atrae le ofrece el descuento. Pero todos los demás salimos perdiendo, el resto de estados, el resto de contribuyentes, el resto de empresas que no logran esas rebajas y tienen que pagar todos los impuestos. Desde este punto de vista se entiende poco el acuerdo unánime de apoyar esta clase de comportamientos y justificar a quienes lo llevan adelante.

Sobre todo, porque en contra de lo que algunos afirman, la economía sí que puede ponerse al servicio de la persona. No es verdad que la economía sea incompatible con comportamientos altruistas, con la solidaridad (a la que algunos ven como amenaza para la economía). Es más, si la economía todavía funciona un poco bien, es debido sobre todo a comportamientos que podríamos calificar como antieconómicos, es decir, por aquellos que no piensan solamente en si mismos y se preocupan también por los otros y en especial por más desfavorecidos.

No hay más que pensar en qué sería de los niños si no hubiese unos padres y familiares que les pagan todo y les mantienen durante muchos años sin recibir nada a cambio (no conozco padres que cuando sus hijos trabajen les exijan la devolución de lo que en ellos han gastado). Qué sería de mucha gente sin esos padres que están utilizando su pensión para ayudar a sus hijos y nietos perjudicados por la crisis, o sin esos amigos o asociaciones que les ayudan a llegar a final de mes y a acceder a los productos más básicos que necesitan. Pero esto no solamente sucede en la sociedad en su conjunto y en los colectivos más desfavorecidos. También cabe preguntarse qué sería de una empresas si los que están allí empleados se limitasen a hacer lo que les corresponde dentro del horario estipulado: seguramente no funcionaría. Las empresas van bien en la medida que sus trabajadores ponen algo más de lo que les obliga su contrato laboral, en la medida que hacen cosas que no deberían hacer, que se esfuerzan por atender mejor a sus clientes, que pasan más horas de las que les corresponde, que se coordinan en buena armonía con otros trabajadores. Cuando encontramos trabajadores que se dedican exclusivamente a cumplir lo que pone en el contrato, lo notamos en seguida (en negativo) y lo sufrimos como clientes o como compañeros.

Y ahora pensemos sobre qué clase de comportamientos económicos nos han traído a esta crisis y hacen que se siga ahondando en ella. No son precisamente comportamientos en los que se está poniendo a la persona en un lugar preponderante, sino todo lo contrario. No hay más que recordar las hipotecas basura que se prestaban a unos altísimos tipos de interés a personas que no iban a poder devolver el dinero, o las clasificaciones de productos seguros a instrumentos financieros que luego demostraron no serlo, o las altas indemnizaciones o salarios a directivos y miembros de consejos de administración mientras se pagan bajos salarios a trabajadores o se despiden a algunos a pesar de que la empresa tiene beneficios. Estas y muchas otras son prácticas que se engloban dentro de lo que se denomina racionalidad económica pero que están detrás de muchos de los problemas que presenta nuestro quehacer económico en la actualidad.

Por lo tanto, si comportamientos de fuera de la lógica económica actual son los que palían los problemas económicos que tenemos y los que están en la lógica actual los acrecientan ¿A qué esperamos a cambiarlos? ¿Por qué tanta reticencia a poner a la persona en el centro de la economía? ¿A quién interesa que esto no cambie?

 

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Infancia en peligro

Artículo publicado en la revista Punto.CEU nº 30 de Enero de 2015, en su página 59

infancia en peligro

Todos los informes que estamos conociendo acerca de la situación de la pobreza infantil en nuestro país coinciden: más de uno de cada cuatro niños está viviendo por debajo del umbral de la pobreza. Estos niños se concentran en familias numerosas y en familias monoparentales y es una realidad que ya se daba (aunque con menor intensidad) antes de la crisis.

Como demuestran todos los estudios, episodios recurrentes de pobreza en la infancia hacen que quienes los sufren tengan menos instrumentos para afrontar los desafíos a los que se enfrentarán cuando sean adultos y más posibilidades de permanecer en la pobreza. Esto es debido esencialmente a la desesperanza y fatalidad de unos progenitores que, a pesar de buscar empleo digno, no lo consiguen y a los problemas de socialización que tienen estos niños derivados de que todas las actividades extraescolares o asociativas precisan de desembolso económico.

Las políticas de ayuda alimentaria y de emergencia para la infancia no están bien enfocadas ya que separan al niño necesitado del resto de los niños (y en ocasiones de los padres cuando solamente reciben ellos la ayuda y no toda la familia) y pueden producir guetos de niños pobres lo que ahonda en el problema expuesto, más que solucionarlo.

Por ello creo que las ayudas deberían darse a la familia (y no solo a los niños), deberían facilitar el pago de las cuotas de las actividades culturales, deportivas o extraescolares (o realizarlas de una manera gratuita) y buscar la promoción de la unidad familiar. Esto debe ser un compromiso de la sociedad en su conjunto, por lo que debe traducirse en una acción pública y coordinada y que nos permita alejarnos del furgón de cola de la Unión Europea en cuanto a ayudas a la familia y a la infancia y mejorar, de una manera real, la situación de tantos niños que están creciendo en unas condiciones de pobreza que están condicionando su futuro, y el nuestro.

 

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La deuda pública en España

Artículo publicado en Noticias Obreras, Nº 1587, Enero de 2015, pág: 19-26

Además de mi artículo se incluyen intervenciones de los principales partidos políticos de ámbito nacional

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Desde el año 2007 hasta estos momentos la deuda pública española se ha incrementado de una manera exagerada. Entre 2007 y 2013 se ha multiplicado la cifra de la deuda por más de 2,5, siendo los años 2009 y especialmente el 2012 los dos en los que el crecimiento de esta deuda ha sido mayor. Esto ha supuesto que su valor se acerque a la producción anual de nuestro país (se espera que se alcance este valor o bien en 2014 -no contamos con los datos todavía- o bien en 2015).

Esto ya nos muestra dos realidades de estos últimos años que es necesario indicar. La primera es que a pesar de las políticas de austeridad practicadas, no hemos dejado de tener déficit y nuestra deuda pública se ha incrementado mucho. La segunda es que la partida de pago de intereses por esta deuda no solo no se ha reducido (como muchas otras partidas) sino que se ha multiplicado también por algo más de 2,5 alcanzando una cifra en 2013 de 38.000 millones de euros aproximadamente. Podemos afirmar, por tanto, que la única partida en la que la austeridad no ha llegado ha sido precisamente el pago de intereses de la deuda y que además, ha crecido muchísimo.

Lo primero que habría que contestar es el porqué de este incremento de la deuda, ya que sin conocer cuáles han sido las causas para que esta aumentase tanto, no podemos realizar un análisis certero de este tema. Los motivos son varios y la mayoría están relacionados (al igual que sucedió en otros momentos históricos parecidos) con la gran recesión económica que hemos vivido. Ya que a pesar de ser una crisis de claro origen privado, los problemas financieros y económicos han acabado deteriorando los resultados presupuestarios del sector público. Pasemos a un más análisis detallado.

Las principales causas de un incremento de la deuda son o bien desajustes entre los ingresos y los gastos públicos, es decir, el déficit anual del Estado. O bien cualquier otra clase de endeudamiento que no esté directamente derivado del presupuesto del Sector Público. Pues bien, en nuestro caso se ha dado una combinación de estos dos elementos. Comencemos por los gastos. Los gastos del sector público se han incrementado estos últimos años especialmente (si exceptuamos la partida ya nombrada de los intereses de la deuda) por el subsidio de desempleo y por las pensiones. Es por ello que desde el gobierno hablan de que el gasto social se ha incrementado (ambas partidas están incluidas en este gasto social).

Tanto una partida como la otra no dependen de la voluntad del gobierno de turno, sino de la situación económica el primero y de la cantidad de jubilaciones y de la cuantía de las mismas el segundo. El incremento de personas que han engrosado las filas del paro en estos últimos años ha provocado un incremento elevado del pago por subsidios de desempleo. Sin embargo, este crecimiento se ha frenado en los últimos años debido, sobre todo, al agotamiento de esta prestación por parte de aquellos que llevan ya mucho tiempo desempleados. En cuanto a las pensiones ha habido una gran cantidad de personas que se han jubilado en el último lustro y un gran porcentaje de ellas que lo han hecho con la pensión máxima o con pensiones elevadas, lo que ha llevado al incremento del gasto en estas dos partidas.

Sin embargo, el elemento que más ha influido en este aumento del déficit ha sido el descenso de la recaudación por impuestos. Las bajadas de impuestos que se realizaron en época de bonanza han resultado letales cuando la crisis ha arreciado fuerte. Los ingresos se han reducido en una cuantía superior a lo que ha sucedido en otros países europeos. Si a ello unimos que nuestro punto de partida era también el de una recaudación inferior a la que tienen la mayoría de los países de la Unión Europea, nos encontramos con una carencia de ingresos públicos que nos hace estar siete puntos por debajo de la media europea de los 15 países más ricos (un 34% del PIB en España y un 41% en la UE de los 15) mientras que en 2007 esta diferencia era tan solo de tres puntos (38% a 41%).

En cuanto a los otros factores ajenos al déficit que han influido en el incremento de la deuda, ha habido uno que ha sido clave y que hizo que 2012 fuese el año de toda la historia moderna de España en el que más se elevó el déficit público: el rescate bancario. En él socializamos deuda privada a través de prestar fondos a los bancos intervenidos (para que pagasen sus deudas al sector privado) con dinero que tuvimos que pedir en los mercados internacionales. Es decir, transformamos deuda privada en deuda pública.

Todo ello nos dibuja un panorama poco esperanzador en cuanto a la situación de la deuda. Ya que con la escasa recaudación que tenemos, con las promesas de bajadas de impuestos, con una conciencia social poco favorable al pago de impuestos y con una situación de crisis que aunque parece que ya ha tocado fondo (y esto es positivo) no se percibe un despegue rápido en un breve espacio de tiempo, no parece muy factible luchar contra el déficit si no es a través de reducciones del gasto público.

Ante esta situación cabe preguntarse qué dice la Doctrina Social de la Iglesia sobre este tema. Para ello, creo que lo mejor es recordar unas líneas la Encíclica Centesimus annus (35) sobre esta cuestión: “Es ciertamente justo el principio de que las deudas deben ser pagadas. No es lícito, en cambio, exigir o pretender su pago, cuando éste vendría a imponer de hecho opciones políticas tales que llevaran al hambre y a la desesperación a poblaciones enteras. No se puede pretender que las deudas contraídas sean pagadas con sacrificios insoportables. En estos casos es necesario —como, por lo demás, está ocurriendo en parte— encontrar modalidades de reducción, dilación o extinción de la deuda, compatibles con el derecho fundamental de los pueblos a la subsistencia y al progreso” Es evidente que esta frase está escrita pensando en la crisis de la deuda externa que se dio a finales del siglo XX, pero creo que las afirmaciones que en ella se contienen son aplicables también a nuestro caso.

La cuestión clave se centra en saber si una deuda tan elevada como la que estamos teniendo en nuestro país que supone un pago de intereses cercano al 4% del PIB, está provocando situaciones de necesidad y está condenando a parte de la población española a situaciones de pobreza y exclusión que se podrían evitar en el caso de que esta deuda no existiese o fuese más reducida.

Parece evidente que si la única solución que se aplica a este problema es la reducción del déficit a través la reducción del gasto público, la deuda resulta incompatible con una atención a las personas y una mejora del cuidado de quienes están peor. Esto provocaría (como de hecho ya está sucediendo) que las desigualdades se incrementarán más y más. La causa principal es que estos recortes se están dando en políticas que benefician a todos, mientras que se incrementa el gasto en partidas que benefician a los más pudientes como los intereses de la deuda (que se abonan a los prestamistas, que son quienes tienen dinero para financiar y, por tanto, un nivel económico alto).

De este modo, cabe plantearse otro tipo de políticas que puedan lograr el mismo fin sin perjudicar a la población. Por un lado, deberíamos lograr un nivel de pago de impuestos que fuese, al menos, similar a la media de la UE de los 15. Con ello el déficit público se reduciría muchísimo sin necesidad de tocar el nivel de gasto. Esto supondría un cambio del sistema impositivo que debería realizarse no solo a nivel nacional, sino también a escala internacional. Si no se hace así, las grandes empresas y fortunas tienen medios legales para evitar pagar impuestos en nuestro país. Este cambio debería lograr que las rentas altas y las grandes empresas pagasen, al menos, lo que les corresponde y no pudiesen eludir estos pagos por medios legales y, en una segunda instancia, que viesen incrementados sus tipos impositivos para cumplir con la progresividad que indica nuestra constitución para los impuestos en España.

En segundo lugar, cabe preguntarse si se podría rebajar el tipo de interés medio de nuestra deuda que estaba en noviembre de 2014 a un 3,4%. Evidentemente esto puede hacerse por el camino que se ha realizado hasta ahora, llevar a cabo las medidas que nos exigen los prestamistas internacionales para que estos sigan confiando en nosotros y prestándonos más barato. Sin embargo también existen vías alternativas.

Por ejemplo cambiar los estatutos del BCE y permitir que preste directamente a los Estados con un coste igual al que se presta a los bancos privados. Cuando Mario Draghi ha intentado comprar deuda pública de los estados europeos (lo que podría aliviar el peso de sus intereses) se ha encontrado con muchas resistencias, especialmente desde el Bundesbank. No obstante, parece no tener demasiado sentido que acepte deuda pública como garantía de devolución de los préstamos que realiza a los bancos privados y no se esté dispuesto a comprar esta deuda. La compra de la deuda por parte del Banco Central o el préstamo directo a los Estados al mismo tipo al que presta a los bancos supondría un ahorro de hasta 30.000 millones de euros en España que también sería un alivio para las finanzas nacionales. Debemos plantearnos si son las empresas privadas quienes tienen que beneficiarse de los tipos y préstamos del BCE para tener ganancias privadas, o deben beneficiarse los Estados para que obtengamos ganancias públicas.

En tercer lugar cabe preguntarse si una deuda de esta clase es sostenible. Ya no estoy hablando desde el enfoque del bien común (como he hecho hasta ahora) sino desde un enfoque exclusivamente económico. ¿Es posible que en una situación como la actual se garantice la devolución y el pago de intereses durante mucho tiempo si no se cambia nada y todo se confía a las políticas de austeridad? Algunos economistas creen que no va a ser posible y lo que estamos haciendo es ahogando las posibilidades de crecimiento para no lograr finalmente el objetivo deseado. No hay más que ver qué sucede con Grecia.

En cuarto lugar, podría generarse una inflación controlada que permitiese que la cuantía de la deuda se redujese en un lustro. Cuando suben los precios, el valor del dinero disminuye, por lo que el valor de la deuda también se reduce. Esto supone que aunque se deba lo mismo, en un breve espacio de tiempo con ese dinero se pueden comprar menos cosas, lo que supone una reducción efectiva de mi deuda. Evidentemente, esto no se puede hacer con un estatuto del Banco Central Europeo que le obliga a mantener la inflación por debajo del 2% anual. Pero es algo que se ha hecho en otros momentos históricos y que ha permitido rebajar la presión de la deuda en algunos países.

La limitación de espacio me impide profundizar más en estas políticas o aumentar el catálogo de las propuestas. Solamente quiero incidir en que el problema de la deuda viene originado, en gran parte, por la estructura financiera de la que nos hemos dotado. La construcción de un entramando financiero cuyas políticas intentan defender, sobre todo, a los financiadores de la actividad económica, una estructura del BCE que impide aplicar determinado tipo de soluciones, unos paraísos fiscales que permiten eludir el pago de impuestos, una estructura de impuestos que beneficia a los más pudientes y una manera de solucionar los problemas de posibles impagos cuyo peso recae siempre en el deudor y nunca en el acreedor, nos llevan a estos problemas que se van convirtiendo en estructurales.

Las soluciones van, por tanto, más allá de las medidas presupuestarias (que también). Deben dirigirse a cambiar la estructura de la que nos hemos dotado para que esta busque realmente el beneficio de las personas y no solo garantizar el beneficio económico a quienes pueden generarlo.

 

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Dios se humanizó con sencillez

Artículo publicado en la revista ICONO, año 116, nº 1, Enero 2015, pág: 14 y 15

Dios se humanizó sencillamenteDios se humanizó sencillamente 2

Acaban de pasar las fiestas navideñas. Espero que quienes me leéis lo hayáis pasado muy bien. Haya sido un momento especial para vosotros en el que no solo hayáis descansado de la rutina laboral, de las preocupaciones que nos lleva el día a día, y hayáis compartido tiempo con vuestros seres queridos, sino que también os haya servido para crecer en el amor y en la sabiduría, para recordar cosas que todos los años son iguales pero que nos sirven para renacer, para recrearnos y para ser mejores día a día. Yo he decidido suspender momentáneamente los artículos sobre la educación de los niños para hacer una reflexión económica sobre la humanización de Dios. Es decir, sobre cómo Dios decidió hacerse hombre para decirnos que no debíamos verlo en los altares, en las riquezas, en los ritos o en las leyes, sino en el prójimo, en el amor a quien tenemos al lado, en ser cada día más y más humanos.

Dios decide hacerse hombre en Belén

Así, cuando Dios decide hacerse hombre no piensa en llegar a la tierra en Roma. Tal vez hubiese sido una decisión más racional desde el punto de vista humano. Roma era la capital del principal imperio del momento, el lugar en el que más poder se acumulaba. Bien relacionado allí, podría haber hecho una labor de difusión y de captación de seguidores rápida y efectiva. Además, si hubiese decidido hacerse hombre en la familia del emperador o de alguno de los grandes senadores o militares romanos, las influencias y los contactos habrían logrado un avance espectacular del cristianismo, hubiese sido la religión del imperio muchísimo antes. Sin embargo nada de esto fue así, se fue a nacer a un pueblucho de un lugar en el margen del imperio. Un lugar de donde no podía salir nada importante, donde nadie en su sano juicio hubiese querido nacer en aquel entonces.

Dios decide hacerse hombre en una familia humilde

Dios también hubiera podido escoger nacer en el seno de una familia pudiente. Desde nuestro punto de vista hubiese sido una elección racional. Le hubiese garantizado unas condiciones higiénicas excelentes, una infancia sin estrecheces, una aceptación social inmediata y un nivel de vida suficiente para no tener que trabajar durante sus años mozos. Sin embargo, Dios escogió una familia humilde. Una familia sin grandes medios, sin demasiados fondos, que tiene que viajar con lo que tiene, que no puede garantizar a la madre una atención sanitaria en el parto, que no le puede dar una vida regalada.

Dios decide hacerse hombre en una familia marginada

Si por lo menos, Dios, en un alarde de no sabemos qué, no se quiso hacer hombre en una familia rica, al menos podría haberlo hecho en una familia de buena reputación, en una familia aceptada por aquellos que les quieren y que estuviese plenamente integrada en sus ambientes cotidianos. Sin embargo, Dios escoge una familia marginada, una familia rechazada por los suyos que no comprenden que María esté embarazada, que no comprenden que José no la haya repudiado como debería haber hecho en un caso así, que por ello no los aceptan. Es ese el motivo por el que, a pesar de que van a Belén de donde es José originario y dónde por tanto habría familiares, conocidos y amigos, nadie los acoge, nadie se compadece de ellos, a nadie parece importarle que María esté a punto de parir. Por eso tienen que acabar en un establo y cuando llega el momento del alumbramiento nadie les visita, ni los conocidos, ni los amigos, ni los familiares. Todos saben que están allí (es una pequeña aldea, todo el mundo sabe todo de todos) pero nadie quiere ni acercarse, es un nacimiento ilegítimo, son una familia marginada. Solamente los pastores, los que duermen fuera de la aldea al aire libre, los que no entienden de convencionalismos, solamente ellos visitan a los padres y a su hijo. Los que viven al margen de la población son quienes se compadecen de esa familia y comparten la alegría de un nacimiento con ellos.

Y nosotros ¿Qué buscamos?

La lógica de nuestra sociedad (que probablemente también es similar a la que se daba entonces) nos lleva sin embargo a lo contrario de lo que hizo Dios. Buscamos a los poderosos para tener más influencia, queremos juntarnos con los pudientes o queremos ser pudientes nosotros mismos para asegurarnos bienes que nos permitan vivir más holgados, queremos gozar de la aceptación de los demás y adaptamos nuestro comportamiento a lo que es habitual en el entorno en el que nos encontramos, intentamos no salirnos del raíl, no hacer cosas que puedan dejarnos al margen. ¿Es ese el camino que Dios nos muestra? Si el camino de la esperanza fuese el dinero o el prestigio ¿No cabría esperar que dios se hubiese comportado así y hubiese escogido nacer en un lugar y una familia diferente? Creo que la reflexión sobre cómo Dios se hizo hombre en Belén y escogió a José y María como progenitores, nos puede ayudar a comenzar este 2015.

 

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Los regalos

Artículo publicado en la revista ICONO, año 115, nº 11, Diciembre 2014, pág: 12 y 13

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Estamos en un mes propicio para los regalos. Las navidades, los reyes magos, los momentos de celebración son un momento festivo en el que el intercambio de regalos se ha institucionalizado como algo importante y clave de la propia celebración de manera que esta parece incompleta si faltan los regalos. Hasta en las comidas navideñas de los compañeros de trabajo o en los últimos días de clase antes de las navidades, se ha generalizado ese juego que se denomina “amigo invisible” en el que por sorteo debes realizar un regalo a alguien de tus compañeros de trabajo o pupitre al mismo tiempo que tú recibes otro regalo “anónimo” de quien ha tenido en suerte que le tocaras.

El regalo como muestra de gratuidad

No es extraño que esto haya sido así. El regalo es una de las principales muestras de gratuidad que existen. Es una manera de comunicarse con el otro y sirve para mostrar a alguien tu cariño, tu buena predisposición, tu ánimo de establecer una relación desinteresada con la persona a quien se lo ofreces, tu agradecimiento por aquello que has recibido previamente y tantas otros sentimientos positivos hacia el otro. Estos regalos son verdaderos cuando no esperas recibir nada a cambio. Cuando se tratan, realmente, de una muestra de gratuidad con respecto al otro. Cuando el otro tan solo se ve animado a agradecer el detalle, a responder positivamente a esa acción que no tenía por qué haber sido realizada. El regalo tiene valor, sobre todo, cuando supera lo esperable, cuando la persona que lo recibe no tenía porque esperar ser agraciada con este don, cuando quien lo ha dado no tenía ninguna obligación de hacerlo.

La gratitud ante el regalo

Por este motivo surge el sentimiento de gratitud por parte de quien recibe el regalo. Lo inesperado del hecho, la dimensión del gesto, el que el otro haya tenido que sobrepasar lo normal para regalar, es lo que produce esa inmensa gratitud que hace que el receptor vea intensificada su relación personal con quien le regala. Cuando el regalo es realmente gratuito, tiene un lenguaje no explicitado que incrementa las relaciones entre quien lo da y quien lo recibe. Es por ello que hay personas que no quieren recibir regalos o que alguien en concreto les regale algo. El regalo les impele a ser agradecidos, a relacionarse más con quien se lo dona y tal vez, ellas no quieren esto. Esta intensificación de la relación también lleva a que algunos utilicen los regalos para conseguir algo del otro. Dan regalos esperando que el otro les ofrezca alguna ventaja, los atan a través de aparentes dádivas que no son tales, sino compras de voluntades o esperanza de que el agradecimiento se concrete en un beneficio real para el que dona el bien.

La vida de un niño es recibir regalos

Si aplicamos esto a los más niños, nos damos cuenta de que los primeros años de nuestra vida son un recibir regalos sin freno. Pero no estoy refiriéndome a cumpleaños, reyes y demás eventos, sino al simple amor de los padres, de los familiares y amigos, el techo en el que viven, la ropa que se ponen, el cuidado cuando se ponen enfermos… Los niños y jóvenes son verdaderas economías subvencionadas que viven constantemente de lo que los demás les dan. Es por ello que la familia es la principal escuela de ese amor desinteresado que los cristianos consideramos como la manera más plena de ser persona. Sin embargo, en los niños es muy fácil que solamente tengan importancia los regalos materiales o que el regalo se convierta más en una obligación que en una sorpresa.

Solo valen los regalos materiales

En algunos casos existen personas que solamente regalan al niño cosas materiales. No no saben, no quieren o no pueden hacer regalos de otra clase. Se trata de mayores que establecen su relación con el niño a través de los regalos materiales y que, normalmente, esperan recibir una respuesta de sus niños acorde a los regalos que les han hecho. Esto hace que el niño aprenda la lección y que acabe chantajeando al mayor dándole solo cariño si recibe o ha recibido un regalo material. El regalo se convierte entonces en una trampa en la que no existe ya la gratuidad sino un simple intercambio de cariño o carantoñas por bienes materiales.

La obligación de regalar

En otros casos, el regalo se convierte en una obligación. Hay que dar regalos porque es Navidad, porque es un cumpleaños, porque hay un juego que nos obliga a ello. El sentido relacional del regalo y su elemento gratuito se pierden. Dedicamos grandes energías en escoger el presente adecuado y en comprarlo. Energías que se pierden y que no nos sirven para mejorar nuestra relación con aquel que lo recibe. Los niños, sobre todo, quedan prontamente decepcionados cuando este regalo no cumple las expectativas que se ha planteado y esto es fácil que suceda a niños que tienen de casi todo.

Por ello, creo que debemos cuidar mucho el tema de los regalos. Comprar para regalar y convertir esto en costumbre en todos las ocasiones, desvirtúa el sentido profundo del mismo. Hay que replantearse las obligaciones de regalar y también pensar que el mejor regalo que se puede hacer a un niño (y a un mayor) es el cariño, la amistad, el aprecio, una relación sana… Por ello recordemos el valor del regalo para hacerlo con verdadera gratuidad y que este sea realmente una fuente y un refuerzo para las relaciones sanas y fructíferas.

 

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La terapia de ir de compras

Una nueva Greguería pecuniaria publicada en España Buenas Noticias: http://ebuenasnoticias.com/2014/12/03/la-terapia-de-ir-de-compras/#

La terapia de ir de compras _ España Buenas Noticias

 

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Jean Claude Juncker, la Eurocámara y la Ética

Artículo publicado en Levante EMV – Suplemento El Mercantil Valenciano EMV, el domingo 23 de Noviembre de 2014, en la página 18

Jean Claude Juncker  la Euroca

Los hechos son conocidos. El mismo protagonista y principal responsable del gobierno luxemburgués los ha reconocido en rueda de prensa, y la Eurocámara le ha dado su apoyo. El gobierno luxemburgués pactó de una manera secreta ventajas fiscales a empresas multinacionales para que tributaran en su país. Parece además (según declaraciones del propio Jean Claude Juncker, que es a su vez presidente de la Comisión Europea) que Luxemburgo no es el único país que lo hace y que otros llevan a cabo estas prácticas que permiten que las grandes empresas paguen menos impuestos en la UE que las pequeñas, a pesar de que ganan más.

Pero no solo hemos conocido esto, sino que los grupos mayoritarios de la Eurocámara han respaldado a Juncker. Los argumentos para hacerlo han sido varios, pero ha habido dos que han predominado. Por un lado, este comportamiento es legal y se opina que estos acuerdos se hubiesen hecho de todas maneras aunque él no hubiese sido el presidente de Luxemburgo, ya que estos pactos intentan defender los intereses del país (que es lo que Juncker tenía que hacer como presidente). Si no los hacen ellos, los hace otro país y se lleva los impuestos para él. No es una cuestión de personas, sino de la estructura competitiva en la UE. Por ello, concluye este razonamiento, hay que apoyar a Juncker y exigirle que haga en la UE lo que tan bien hizo en su país: defender nuestros intereses comunes.

El segundo motivo es más sencillo: hay que apoyarlo para no dar fuelle a los euroescépticos y a los eurófobos.

Comienzo por el segundo. Hacer piña con alguien del que se reconoce que ha hecho algo legal que no es bueno para el bien común, pensando que es la mejor manera de defenderse ante los euroescépticos, me parece de una bisoñez impropia de políticos experimentados. Creo que un apoyo de este cariz no solo no defiende a Europa de las ideas que la critican, sino que apoya a aquellos que lo hacen, y les refuerza en su convicción y argumentos.

Pero me gustaría centrarme más en el primer razonamiento y cómo este contiene un componente ético fundamental que mina la confianza en las instituciones y en la UE. La defensa de Juncker realizada por sus correligionarios europeos se basa en una concepción de la acción pública en la que cada uno tiene que buscar su propio interés o el de los suyos. De este modo, los países deben pensar en ellos mismos, y sus representantes deben defender sus intereses frente a los de otras naciones. Por ello están legitimados esta clase de acuerdos que atraen a las multinacionales a que paguen pocos impuestos, porque así los pagan a nuestro país y no a los gobiernos de las naciones en las que generan sus ganancias. Los accionistas de las empresas (que buscan su propio interés de lograr mayores beneficios) se aprovechan de esta competencia entre países y se instalan en aquellos en los que pagan menores impuestos. Es evidente que cuanto mayor sea la empresa más posibilidades tiene de hacerlo.

Esta concepción ética nos ha dicho que esto es lo mejor para todos, que buscar el interés propio es bueno para el común, que gracias a eso la economía funciona y se encuentran las mejores soluciones para lo público y lo privado. Que hay que desconfiar de quien dice luchar por el bien común porque seguro que nos está engañando y al final tiene unos intereses propios ocultos.

Sin embargo, nuestra experiencia nos dice que esto no es así. Que cuando todos buscan su propio interés, gana más quien más fuerza o poder tiene. Que aquellos que son pequeños o débiles salen perdiendo o son “descartados” por el sistema, ya que no son capaces de defender o hacer valer sus intereses.

Y es evidente que esta opción ética de legitimar la búsqueda del propio interés no solamente provoca actuaciones como la descrita o beneficios para las grandes empresas, sino que lleva también a que una empresa esté dispuesta a pagar mordidas para lograr un contrato (al fin y al cabo lo que interesa es ganar más y si no lo hago yo lo hará otro) o a un político a recibirlas (él también quiere ganar lo máximo en su trabajo como representante público).

Por ello, los partidos mayoritarios harían bien si dejasen de hacer piña en torno a una concepción ética discutible que nos está dando unos malos resultados, para intentar modificar sus objetivos y maneras de actuar.

Esto supone dos clases de cambios. El primero, un cambio personal. Precisamos representantes que no pretendan defender sus o mis intereses, sino que se preocupen por el bien común, que trabajen por una sociedad mejor.

La segunda es que no es suficiente un cambio en las personas, sino que también hay que cambiar las estructuras. Las instituciones también son éticas o no en la medida que potencian unos comportamientos u otros. El ejemplo aquí descrito lo muestra de una manera evidente. Necesitamos cambiar las instituciones para impedir esta clase de comportamientos que solamente benefician a unos pocos: a quienes menos ayuda necesitan.

O este cambio lo realizan los grandes grupos políticos o lo harán otros en su lugar. Cuando antes se den cuenta de que la ciudadanía lo exige y quiere mejorar la sociedad luchando por el bien común, mejor. Si no lo hacen, corren el peligro de seguir pensando en sus propios intereses y verse sobrepasados sin entender nada de nada.

 

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Pasarlo bien: el tiempo libre

Artículo publicado en la revista ICONO, año 115, nº 10, Noviembre 2014, pág: 12 y 13

El tiempo libre 1El tiempo libre 2

En el pueblo en el que vivo, Almàssera, hay una plaza en la que todos los días puedes ver a gente que pasa el rato allí. Es muy agradable pasear por ella y encontrarse con gente que conversa, que va a la biblioteca, al ayuntamiento, a la Iglesia o a comprar, a mayores sentados observando a los demás… Por las tardes se concentran una gran cantidad de niños que van allí a jugar. Mis mismos hijos, con frecuencia me comentan ¿Vamos a la plaza a jugar o a estar con otros amigos? Es una suerte tener un lugar así en el que encontrarse para pasar el rato.

Tomar algo para pasarlo bien

Sin embargo, hay algo que observo a menudo que me ha hecho reflexionar sobre lo que hacemos con la educación económica de nuestros hijos. Muchos de los niños que van a la plaza por la tarde, lo primero que hacen es ir al kiosko a comprar algo para tomar. El salir a jugar a la plaza se identifica desde bien pequeños con tomar algo, con pasar por la tienda. Parece que si no se adquiere algo, salir no es lo mismo, no van a pasarlo igual de bien. Se necesita dinero, por tanto, para ir a la plaza, para pasarlo bien. De este modo, desde bien pequeños estamos educando a los niños en relacionar la compra de algo con el pasarlo bien.

Esto es una constante para la adolescencia y la juventud

Esto tiene un peligro evidente en el largo plazo. Muchos jóvenes tienen que tomarse algo para poder pasarlo bien. No quiero entrar en qué puede ser ese algo, pero la identificación entre tomarse algo y pasarlo bien proviene de su infancia, de esas veces en las que salimos y tenemos que consumir una chuchería, unas pipas, cualquier cosa, porque si no lo hacemos parece que falta algo, que no ha valido la pena salir o que el ocio está incompleto. Esto no quiere decir que tengamos que arruinar al gremio de los kioskeros, todos compramos en ocasiones a nuestros hijos alguno de estos productos para tomar. El peligro no es comprarlo de vez en cuando, sino que se automatice que salir quiere decir consumir algo que hay que adquirir. La chuche, las pipas, pasan de ser algo excepcional a ser un elemento imprescindible para el ocio fuera de casa, para jugar con los amigos o a estar con ellos en la plaza o en cualquier otro lugar.

No es solo cosa de niños, nosotros también lo hacemos

Ahora bien, no solo tenemos que mirar a los niños para darnos cuenta de esto. Con mucha frecuencia lo que hacen es reproducir lo que nosotros hacemos. Con frecuencia, los padres cada vez que salimos consumimos algo. Es decir, para nosotros también salir supone adquirir algo y no sabemos plantear nuestros momentos de ocio sin prescindir del consumo ligado a ellos. Muy a menudo somos nosotros los que estamos totalmente imposibilitados de salir, de estar con otros, sin que esto suponga un gasto, sin tener que tomarse una cañita o un café o un pastel… No concebimos nuestros momentos de ocio sin ese consumo.

El ocio como gasto

Y esto no solo sucede con el ocio diario, sino también con el extraordinario. Salir a hacer algo que normalmente no hacemos, pasarlo bien con los amigos, debe ir acompañado, frecuentemente, de un dispendio ligado a este. El ocio parece, entonces, que no puede plantearse si no es para ir al cine, tomarse algo en una hamburguesería, ir a la bolera, entrar en un recreativo, ir al parque de bolas, etc. Las opciones de ocio implican entonces un desembolso económico ya que si este no se da, parece que no se sabe qué hacer, que cualquier opción diferente va a ser aburrida o incompleta.

El desembolso en el ocio estratifica la sociedad

Además, esta manera de plantearse el ocio separa a personas que tienen niveles económicos distintos. En la medida que para pasarlo bien incurrimos necesariamente en un gasto, solamente podremos compartir este ocio con aquellos que tengan un nivel económico ajustado al nuestro y puedan gastarse lo mismo que nosotros. Esto hace que, con más frecuencia de la deseada, acabemos juntándonos con aquellos que tienen un nivel económico similar al nuestro porque son con los que podemos salir. Esto dificulta que personas con distintos poderes adquisitivos acaben juntándose para compartir su ocio y su vida.

Replantearse la dimensión económica del ocio

Por ello es necesario que nos replanteemos la dimensión económica del ocio. No solo con nuestros hijos, sino también para nosotros mismos. Nos tenemos que preguntar si nuestro ocio va siempre ligado a tomar algo o a desembolsar algún dinero o si por el contrario, sabemos encontrar momentos de ocio totalmente gratuitos. Debemos pensar en qué maneras podemos pasarlo bien, nosotros y nuestros hijos, solos o con amigos, que no supongan necesariamente desembolso económico: pasear, jugar, hacer excursiones, ver un museo, montar una obra de teatro, cantar, contar historias, quedar con los amigos en casa o en un lugar público para conversar, etc. Hay miles de maneras de ocupar nuestro tiempo ocioso que no conllevan pagos ni consumo. Estas maneras de plantearnos el ocio son inclusivas, cualquiera puede entrar en ellas, tenga el nivel económico que tenga, y no excluyen las otras. Por ello, sin descartar ese ocio bajo pago que todos realizamos y que es una opción válida, debemos conseguir que no sea la única opción y que sepamos pasarlo bien sin gastar dinero. Debemos enseñar a nuestros niños que se puede pasar muy bien sin tomarse nada, sin pagar a nadie para que nos ayude a conseguirlo y sin desembolsar ningún dinero.

 

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Los cambios en la política monetaria

Artículo publicado en Noticias Obreras, nº 1565, Noviembre 2014, pág: 13-14

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En los primeros jueves de septiembre y octubre, Mario Draghi comunicó nuevas medidas de política monetaria para los últimos meses de 2014 que se prolongarán durante dos años. Estas medidas intentan luchar contra un peligro que se cierne sobre la eurozona: la bajada generalizada de precios o deflación. Para ello se han articulado dos sistemas de compra masiva de activos financieros privados que pretenden inyectar dinero en la economía que se destine, finalmente, a la inversión privada, de modo que se reactive la demanda, se genere crecimiento económico y se evite que los precios bajen.

Para un no lego en la materia puede parecer paradójico que después de escuchar durante años y años que hay que luchar contra la inflación, esto es, contra la subida generalizada de precios, ahora que no suben y que probablemente bajen, se vea esto como un problema. Ante ello y, antes de entrar en otros aspectos del fenómeno, hay que comentar que está constatado que una inflación moderada (menor de dos dígitos) no crea grandes problemas económicos. Sin embargo, una deflación puede ahondar en la parálisis económica que la genera y traer consecuencias negativas sobre el crecimiento económico.

El motivo principal es que una bajada generalizada de precios provoca que se pospongan todas las compras no necesarias ya que las personas piensan que si van a bajar los precios, mejor esperar a comprar algo a que estén más bajos. Esto hace que la demanda disminuya, que se compre menos y que, por tanto, no solo haya menos crecimiento, sino que los oferentes se vean obligados a bajar más los precios para poder vender. Se crea así una espiral deflacionista difícil de parar (lo que también sucede al contrario cuando las cifras de inflación son superiores a dos cifras).

El Banco Central Europeo (BCE) se ha fijado en sus estatutos un límite máximo de inflación de un 2%. Se trata de un límite restrictivo que no tienen otros Bancos Centrales y que pretende defender la fortaleza del euro beneficiando a aquellos que tienen sus ahorros en esta moneda y que invierten en ella (ya que una inflación tan baja les permite que sus ahorros no pierdan capacidad adquisitiva). Sin embargo, esta política tan restrictiva en momentos de recesión como los actuales ha provocado algunos problemas económicos que ahora estamos pagando, ya que el miedo a la inflación elevada ha provocado que no se hayan realizado políticas como las que ahora se proponen con antelación.

A pesar del ejemplo de EE.UU. donde se llevan aplicando esta clase de políticas desde hace tiempo sin que se dispare la inflación (en contra de las previsiones de los contrarios a las mismas) el BCE no ha querido extender el dinero en circulación para tener controlada la inflación por debajo de un 2%. Esto ha provocado, entre otras cosas, que la falta de demanda comprometa la recuperación (llevamos siete años de crisis y no parece que vayamos a salir en breve de la situación) y que aquellos que tengan deudas no vean el valor de las mismas reducido (lo que habría sucedido si la inflación hubiese sido más alta).

Podríamos pensar que más vale tarde que nunca. Aplicar unas políticas expansivas que permitan sacar más dinero a circulación para poder generar algo de demanda que impulse el crecimiento y que incremente la inflación, es en este sentido bienvenido. Pero, parece que llegamos un poco tarde y que sus efectos no serán los deseados por tres motivos. En primer lugar los bonos que se adquieren son privados (es decir, se financia a empresas privadas) y falta que estas vean como conveniente trasladar estos fondos a financiación de empresas o de la economía, ya que se corre el peligro de que se utilicen simplemente para refinanciar lo que ya se debe y que esta financiación barata no salga del sector financiero. En segundo lugar, al encontrarnos en un panorama deflacionista, no se puede esperar que estas medidas provoquen una inflación que permita a los deudores reducir sus deudas vía la pérdida del poder adquisitivo de la moneda. El tercer motivo es que la cuantía de las compras parece insuficiente para provocar los efectos deseados. El hecho de que en el mismo BCE haya partidarios y detractores de estas políticas ha llevado a Mario Draghi a aplicarlas en una cuantía intermedia que intenta contentar a todos pero que puede resultar insuficiente.

Por otro lado, podemos plantearnos si esta financiación no tendría mejores resultados si se orientase hacia el sector público. Es decir, si en lugar de prestar a los intermediarios financieros para que estos puedan realizar su función de generar beneficios con mayor facilidad, se financiase al sector público directamente, permitiendo que este pudiese reducir sus pagos de intereses y su déficit y deuda pública. Desde el punto de vista del bien común, parece que esta medida podría ser más beneficiosa para la sociedad en su conjunto que la simple financiación privada.

Por todos estos motivos, no cabe esperar unas consecuencias espectaculares de las medidas de política monetaria, en especial para aquellos que tienen más problemas económicos y para los sectores más empobrecidos por la crisis. Las medidas pueden evitar la deflación (lo que ya es un logro por sí mismo y que además es el objetivo que tienen) pero opino que no tendrán muchas más consecuencias positivas. Llegan tarde (lo que no tendría por qué ser un problema), son insuficientes y además, están mal encaminadas apoyando solamente al sector privado y olvidando a un sector público al que la crisis financiera ha maltratado enormemente.

Necesitamos una política monetaria más imaginativa, más agresiva, más audaz que sea capaz de salirse de los cauces más ortodoxos y que ayude realmente a escapar de la recesión en el que estamos y no para ahondar en ella. Como decía un protagonista de una novela de Emilio Salgari “a grandes males, grandes remedios”. Los grandes males no pueden solucionarse ni haciendo lo de siempre ni con remedios tímidos. Hay que saber afrontar las situaciones graves con políticas que estén a su nivel.

 
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Publicado por en octubre 28, 2014 en ahorro y finanzas

 

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Las multas por mal aparcamiento y la pobreza

Otra greguería pecuniaria publicada en España Buenas Noticias: http://ebuenasnoticias.com/2014/10/21/las-multas-por-mal-aparcamiento-y-la-pobreza/

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Las riquezas de la Iglesia

Artículo publicado en la revista ICONO, año 115, nº 9, Octubre 2014, pág: 10 y 11

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Este verano, en un encuentro de laicos en el Espino, mantuve dos conversaciones que me iluminaron para la reflexión que hoy propongo a aquellos lectores que les haya atraído el título y se estén adentrado en estas breves líneas. Una fue con Pedro Guembe en un autobús y la otra con Ángel Garví mientras comíamos. Aunque fueron dos conversaciones bien distintas, ambas incidieron en uno de los temas más criticados de la Iglesia: su patrimonio y sus propiedades, eso que algunos denominan “las riquezas de la Iglesia” y que parecen incompatibles con la pobreza evangélica que la Iglesia predica.

Un considerable patrimonio

Existe un hecho ineludible lo mires por donde lo mires: las instituciones católicas tienen una cantidad significativa de propiedades que conforman su patrimonio (o sus riquezas). A pesar de los momentos de la historia en los que este patrimonio se ha visto mermado o reducido (expulsiones de congregaciones, desamortizaciones, persecuciones, guerras, etc.) y que han hecho que ahora sea mucho menor que en siglos pasados, se sigue contando con bienes muebles e inmuebles de gran valor y en una cuantía que puede parecer elevada a un observador externo.

¿Qué problema hay en ello?

Algunos se preguntan que cuál es el problema de tener estos bienes. La Iglesia tiene bienes que necesita para su labor, los cuida, los utiliza y los pone al servicio de sus fines al igual que hace cualquier institución. Además, como sabe cualquiera que tiene propiedades, éstas no solo son una posible fuente de riqueza, sino una fuente segura de gastos. El mantenimiento de muchas de estas propiedades supone un agujero constante en las finanzas de cualquier institución. Mantener este enorme patrimonio (histórico en muchos casos) supone un esfuerzo económico enorme.

La mirada crítica ante la propiedades de la Iglesia proviene de que esto parece incompatible con un Dios que se hace hombre en Jesús y que pasa por la tierra juntándose con los más pobres y excluidos de la sociedad judía de su tiempo. Con un Jesús al que no se le conocen propiedades y que le dice al hombre rico que para entrar en el reino de los cielos tiene que vender todas sus riquezas y seguirlo. Una Iglesia que predica una opción preferencial por los pobres y el amor desprendido como el ideal de vida. Todo ello provoca una aparente contradicción entre los hechos y el mensaje que predica la Iglesia.

Gestión económica del patrimonio

Además de lo ya nombrado, con frecuencia, las instituciones eclesiásticas dueñas de estas propiedades las utilizan para lograr rendimientos económicos. Con ello, antiguos monasterios se han convertido en hoteles o casas de huéspedes, edificios céntricos se alquilan a empresas o a particulares y podríamos nombrar muchas otras modalidades que permiten lograr unos ingresos que revierten en los dueños de este patrimonio. Muchos de estos ingresos están destinados en exclusividad al mantenimiento de las propiedades, y otros son utilizados para los fines propios de la institución eclesial. Pero esto tiene el peligro de que sacerdotes o religiosos se conviertan en simples gestores, es decir, en personas que se dedican a la gestión empresarial en lugar de dedicarse a la pastoral y el anuncio de la buena nueva, qué es a lo que aparentemente se deberían dedicar.

Creo que destinar el patrimonio de la Iglesia solamente debe ser utilizado para fines exclusivamente económicos cuando se vea necesario y siempre cumpliendo las siguientes pautas: que los ingresos generados sean destinados al mantenimiento de las propiedades y a los fines de las instituciones y no se utilicen para acumular por acumular, que las actividades económicas sean útiles para la sociedad y aporten valor a las personas que los utilizan y, por último, que la gestión de la actividad económica priorice a las personas y sea un ejemplo de cómo administrar empresas con otros valores.

El patrimonio como don

Pero opino que lo más importante de la gestión de los bienes de la Iglesia no se juega aquí, sino en tener claro que están llamados a estar al servicio de todas las personas y en especial de los más desfavorecidos. Los locales parroquiales, los edificios de la Iglesia, los mismos templos, deben ser un don para la sociedad, un regalo que se ofrece a todos sin excepción, porque Dios ama a todos y regala a todos su amor, sin tener en cuenta su condición social, su color, su sexo, su nacionalidad o su religión. Aquellos que, como Ángel o como yo, hemos estudiado en los locales parroquiales, nos hemos encontrado allí con los amigos y los hemos vivido como nuestros, no podemos más que estar agradecidos porque allí hemos aprendido qué es vivir la gratuidad y el don. Por ello, creo que la reflexión más importante que se puede hacer sobre este tema es preguntarse si los bienes de la Iglesia son, en estos momentos, un regalo para la sociedad, para los jóvenes, para los mayores, para los pobres, para los inmigrantes. ¿Lo son? Y en segundo lugar actuar en consecuencia, dar sin esperar nada a cambio, ofrecer nuestras “riquezas” para que también lo sean de los otros, abrir las puertas de nuestro patrimonio, ser testimonio de un amor de Dios que es don gratuito, de una Iglesia que da lo que tiene y lo pone al servicio de los demás.

 

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Los salarios bajan, la demanda se debilita

Artículo publicado en la Revista Noticias Obreras, nº 1563, Septiembre 2014, páginas 13 y 14

Septiembre 2014 Los salarios bajan 1Septiembre 2014 Los salarios bajan 2

El pasado Junio, nuestro ministro de economía Luis de Guindos le quitó importancia al hecho de que los salarios estuvieran bajando (y perdiendo su capacidad adquisitiva) de cara a la recuperación de la demanda en nuestro país y por tanto, de la recuperación económica. Su argumentación ha sido repetida con frecuencia y se basa en dos puntos clave: que una rebaja de salarios es buena porque mejora la competitividad de nuestros productos en el exterior y que la recuperación económica no tiene por qué provenir de un incremento de la demanda interna, sino del impulso de la oferta, es decir, de la mejora de la confianza de las empresas que les lleve a invertir y a generar más empleo.

Pues bien, voy a analizar estos dos argumentos para aportar un poco de luz en el debate y poner las cosas en su sitio. En primer lugar, hay que decir que el argumento de que una bajada de salarios incrementa la competitividad, puede ser cierto si esta bajada de salarios se traduce en una reducción de los precios del producto y el resto de variables se mantienen constante. Dicho de otra manera, la competitividad se incrementará si conseguimos vender más barato el mismo producto.

Siendo esto cierto, también lo es que la bajada de salarios no es la única manera de lograr incrementar la competitividad. También se puede conseguir reduciendo el margen de beneficios empresariales. Claro que esta opción suele ser tabú… En la medida que la prioridad son, precisamente, las ganancias de los accionistas de una empresa, rebajar éstas para reducir los precios suele ser algo que, sencillamente, escandaliza y no se contempla. Pero existen otros sistemas para reducir los precios de los bienes, como son todos aquellos que derivan de incrementar la productividad. Si los mismos trabajadores consiguen producir más en el mismo tiempo, el coste de producción también se reduce y con ello se logra un margen para la reducción de precios. El camino del incremento de la productividad parece, desde el punto de vista de la mejora de la sociedad, una senda más aconsejable por las repercusiones económicas que tiene a largo plazo que la simple bajada de salarios.

Además de estas propuestas, el incremento de competitividad por la reducción de salarios viene forzado, con frecuencia, por un entorno internacional en el que existen países en los que los salarios son exageradamente bajos. Nosotros exigimos a estos países que produzcan los bienes que nos venden cumpliendo una serie de requisitos técnicos. Si los productos no cumplen estos requisitos, no se pueden vender en nuestro país. Sin embargo, no les exigimos ninguna clase de condición social en la producción, las exigencias sociales se consideran trabas al comercio internacional mientras que las exigencias técnicas no lo son porque protegen a los compradores de bienes defectuosos o que no cumplan bien su cometido.

Vuelve a darse aquí una cuestión de prioridades. La nuestra son los ciudadanos de nuestro país, por eso exigimos requisitos técnicos para que no se electrocuten utilizando un secador del pelo (por ejemplo) pero nos dan igual las condiciones sociales de quienes producen ese secador porque lo que queremos es que nos lo vendan lo más barato posible (para así poder comprar más cosas con el mismo salario). Los trabajadores de los otros países no nos importan, lo que queremos es máxima calidad a mínimo precio.

Es evidente que esta cuestión se resolvería exigiendo unos mínimos sociales y salariales para las empresas productoras de igual modo que se exigen mínimos técnicos para producir un determinado bien. Esto se podría hacer tanto a nivel nacional como a nivel internacional. Si se pusiese en práctica esta manera de afrontar el mercado, la bajada de salarios no sería necesaria para una mejora de la competitividad y las políticas de producto deberían centrarse en otros aspectos.

Por último, también podríamos mejorar nuestra competitividad generando inflación y logrando que nuestra moneda se depreciase. Si bien este sistema no es sostenible a largo plazo y si no se controla cuidadosamente puede generar problemas económicos grave, aplicado de una manera razonable y temporal puede traer buenos resultados. Nuestra pertenencia al euro y una política monetaria basada en baja inflación y en el mantenimiento del valor de la moneda para no perjudicar al sector financiero que trabaja con ella, hacen que esta clase de políticas no se contemplen en la actualidad.

Por otro lado tenemos la argumentación sobre quien va a ser quien genere empleo y recuperación económica. La idea de que produciendo más y mejor, va a llevar a que haya personas que compren esta producción y que, por lo tanto, hay que insistir en la oferta y no en la demanda, ha sido demostrada como falsa por los hechos y por los teóricos. Es necesaria una demanda que compre lo que se produce. La recuperación no puede venir solamente por el incremento de la producción si esta no la compra alguien. Para ello necesitamos, o bien que haya otros países que compran esos bienes que producimos y que por tanto permitan esa mejora económica, o bien que la mejora de la confianza se traduzca no solo en mayor producción sino también en un nivel más elevado de compras por parte de los nacionales, o bien que el incremento de la producción se traduzca en un aumento de los salarios y de las rentas de las personas para que estas puedan también comprar lo que se produce.

Parece evidente que, si los salarios no aumentan y las rentas de la clase media se reducen, los dos últimos supuestos no se darán con demasiada facilidad, lo que nos puede llevar a que tengamos que confiar solamente en la demanda exterior para afianzar nuestra recuperación. La demanda debe ser tenida en cuenta en cualquier circunstancia económica al mismo nivel que la oferta ya que la economía consiste precisamente en esto, el intercambio precisa de productor y comprador, de oferta y demanda. Si una de las dos falla, no se realiza el intercambio… Pensar que una economía nacional puede funcionar de una manera boyante con una demanda débil y con una mayoría de personas con bajos salarios, no parece que sea realista…

 

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El Templo comercial

He comenzado una colección de relatos económicos que denomino “Greguerías pecuniarias”. En ellas intento describir situaciones cotidianas que pueden hacernos pensar sobre determinados elementos económicos de nuestra vida. Es una manera diferente de abordar temas de economía cotidiana que espero os sea útil e interesante.

La primera se denomina “El templo comercial” y ha salido publicado en España Buenas Noticias: http://ebuenasnoticias.com/2014/09/29/el-templo-comercial/

centro comercial 2El templo comercial _ España Buenas Noticias

 
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Publicado por en septiembre 29, 2014 en compras y consumo

 

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Celebrar la vida y compartir con los niños

Artículo publicado en la revista ICONO, año 115, nº 8, Septiembre 2014, pág: 12 y 13

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Los que tenemos hijos, hemos sido invitados a múltiples cumpleaños y celebraciones de los compañeros de la clase de nuestros pequeños. Cuando el presupuesto lo permite, estas celebraciones se pueden convertir en una carrera para ver quien invita de una manera más excelente a los demás. Mis hijos han estado en el cine, en bares de bolas, en boleras, en fiestas con animadores, en hamburgueserías, etc. El cumpleaños o la celebración parece centrarse en un alto gasto por niño que, además de no estar al alcance de todos los bolsillos, tampoco transmite siempre los valores que nosotros desearíamos a nuestros niños.

La importancia de celebrar

Lo primero que debemos tener en cuenta es que celebrar es bueno. Una parte esencial de nuestra vida consiste en saber celebrar con nuestros seres queridos lo bueno que la vida nos da, nuestras alegrías, el valor de la amistad… Los cristianos somos especialistas en celebrar por lo que sabemos la importancia y el valor que tiene esta clase de expresión de agradecimiento y de alegría. La misma eucaristía es una celebración a la que acudimos gozosos de haber sido redimidos por el amor de Jesucristo. Por ello también necesitamos mostrar a nuestros niños la importancia de disfrutar de la vida y de celebrar las cosas importantes que nos suceden en ella.

Cuanto más gastamos mejor es la celebración

Es cierto que para celebrar algo hay que realizar un esfuerzo. Una fiesta, un cumpleaños, un aniversario precisa para organizarlo, para invitar a nuestra mesa a aquellos que queremos, para reunir a quienes hace mucho que no se ven, un esfuerzo que traiga la recompensa final de la celebración… Sin embargo, con frecuencia, el esfuerzo necesario para la celebración se convierte simplemente en un gasto mayor o menor. En los cumpleaños esto se ve a menudo, la fiesta se convierte en un gran gasto en el que tan importante es invitar tanto a los padres como a los hijos. La categoría de la fiesta depende de lo que ha pagado el celebrante, la cuantía pagada es lo que aporta caché a la celebración.

Los regalos

Y existe otro punto que se relaciona de una manera directa con el gasto. Se trata de los regalos. El gasto efectuado en la invitación parece que debe de ser compensado a través de unos regalos adecuados al nivel de la misma. De esta manera, el cumpleaños deja un rastro de regalos en la habitación de un niño que acabó abriéndolos con desgana mientras el resto de infantes invitados miraban atónitos esperando ver aquello que a ellos les habría gustado recibir. En aquellas fiestas con animadores, estos convierten este momento en central de la fiesta: se cubre al niño con una corona de juguete y se le sienta en un trono para recibir sus regalos. Parece que es el momento cumbre de la fiesta.

¿Qué es lo importante de la celebración?

Esto me lleva a una historia que le sucedió a un amigo y que me puso sobre la pista de este importante tema económico para la educación de nuestros hijos. Hace unos años le propuso a su hijo quinceañero celebrar el cumpleaños jugando a fútbol en la playa de la Malvarrosa, llevar unos bocadillos para merendar y pasar allí la tarde. El hijo replicó que no le podía hacer eso, que había que invitarlos a la bolera, o a la hamburguesería o al cine, cualquier cosa que costara dinero ya que si no iba a quedar en ridículo ante sus amigos. Ante el “o eso o nada” de sus padres, el chaval accedió. El final de la celebración no fue, evidentemente, como esperaba el adolescente. El cumpleaños fue un éxito, hacía tiempo que no se lo pasaban tan bien en un cumpleaños. Todos estaban encantados con lo “guay” que era mi amigo (el padre) que había jugado con ellos durante todo el rato (aunque como consecuencia este estuvo una semana dolorido con agujetas)

Esto nos lleva a apreciar otros aspectos importantes de la celebración. El dinero gastado queda a un lado y toman protagonismo el jugar todos juntos, el hacer algo especial que normalmente no hacían estos chavales (jugar al fútbol en la playa), la convivencia intergeneracional (el padre estuvo jugando con ellos, lo que en un principio podría parecer un estorbo para cualquier adolescente), el pasar un rato agradable entre todos… Y evidentemente, nadie se acordó de los regalos. Dar regalos en la playa después de acabar sudados, cansados y llenos de arena, no tiene excesivo glamour…

Centrarse en lo importante

Esto es lo importante de las celebraciones de nuestros hijos y para lograrlo no solo no es necesario realizar un gran gasto, sino que tal vez, el hacerlo puede llegar a ser un impedimento. El esfuerzo para realizar una celebración no debería centrarse en el gasto, sino en lograr las condiciones para que la convivencia, el pasarlo bien, el compartir, el poder realizar algo extra que normalmente no hacemos, pase a ser lo importante. Que los niños acaben la fiesta pensando “qué bien lo pasé”. Esta es la clave y para ello no se necesita mucho dinero, tan solo imaginación y un poquito de esfuerzo entre todos… Así educamos a los niños en que se puede pasar bien, se pueden conseguir cosas importantes sin que esto implique necesariamente un gasto.

 

 
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Publicado por en septiembre 9, 2014 en educación y economía

 

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Educar en valores económicos

Artículo publicado en la revista ICONO, año 115, nº 7, Julio-Agosto 2014, pág: 12 y 13

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Sabemos que la educación que damos a nuestros hijos tiene mucho que ver con el ejemplo y con la transmisión no verbal de sensaciones, valores, miedos, inseguridades, maneras de hacer las cosas, etc. Se trata de todo aquello que determina nuestra manera de ser y que nosotros transmitimos y nuestros hijos interiorizan sin querer, sin que nos demos cuenta. La sociedad también actúa así sobre los niños, les transmite valores y maneras de hacer las cosas sin que esto se explicite en la escuela, sin que se perciba de una manera clara. El entorno en el que nos movemos determina que acabemos viendo algo como normal o que lo veamos como extraño. Nuestra manera de actuar viene determinada en parte por todo aquello que está alrededor nuestro y que nos encontramos en nuestro día a día.

También sucede esto con los valores económicos

Los valores económicos no son ajenos a esta realidad. Nuestros hijos están asimilando, desde bien pequeños, unos valores económicos que no son los cristianos. El “lo mío es mío y lo tuyo si puedo también”, “lo único que interesa es mi bienestar personal”, “El dinero lo mueve todo” o “la pela es la pela”, “de mayor quiero ser rico” o “lo más importante en la vida es ganar mucho dinero”, etc. Se van insertando en los pequeños sin que nos demos cuenta de cómo sucede. Sin embargo, no es solo el ambiente el que colabora en que esto sea así. Con frecuencia es nuestra propia manera de hacer las cosas, nuestro planteamiento personal o familiar a la hora de abordar momentos claves de nuestro día a día, los que refuerzan sin querer estos valores económicos en nuestros niños. Estamos tan inmersos en nuestro entorno y se ha extendido tanto (hasta en ambientes cristianos) que la economía es algo independiente de la fe que tiene su propia dinámica, que hemos descuidado esta faceta de nuestra vida y a menudo, de una manera poco consciente, colaboramos sin ser conscientes en la potenciación de valores económicos poco cristianos.

Educar en valores económicos cristianos

Por todo ello voy a comenzar en esta revista una serie de artículos que pretende ser un motivo de reflexión para aquellos que tenemos niños para educar y para aquellos que no los tienen pero quieren reflexionar sobre su día a día económico. En ellos quiero descubrir cómo los valores económicos egoístas nos han impregnado de tal manera que no somos conscientes de nuestra colaboración en la difusión de los mismos. Y todo ello desde el convencimiento de que vivir desde una economía altruista, desde una economía del don, nos hace más felices, nos ayuda a lograr nuestras metas (si esta no es la de enriquecerse, claro está) y nos facilita vivir en el amor y en la solidaridad y construir un mundo más humano.

¿Aprender para ganar?

Y para comenzar la serie, creo que vale la pena que reflexionemos sobre algo que decimos a nuestros hijos con demasiada frecuencia, sin darnos cuenta de la carga de profundidad que contienen nuestras palabras: “Tienes que estudiar mucho porque así podrás tener un buen trabajo y ganar mucho dinero en el futuro”. Las maneras de expresar esto mismo son múltiples pero ¿Quién de nosotros no ha transmitido este mensaje a sus hijos en alguna ocasión? Y lo hacemos porque esta afirmación tiene una parte de verdad: nuestros hijos tendrán que realizar una labor que les permita lograr unos ingresos suficientes para vivir. Sin embargo, cuando les insistimos en este tema, les decimos que la importancia del estudio, del esfuerzo, ser reduce a su capacidad para generar más pronto o más tarde ingresos y si son estos elevados, mejor.

Con esto estamos potenciando un mensaje equivocado: que todo hay que medirlo por su capacidad para ganar dinero. Les estamos diciendo que al final, lo importante en esta vida es tener más y que el estudio es solo un medio para lograrlo. Las actividades extra-escolares, aquello que no sea adquirir conocimientos útiles para encontrar un trabajo bien remunerado, aparece entonces como inútil, como secundario… Acudir a un grupo juvenil, pasar la tarde con los amigos, aburrirse en casa de vez en cuando, preparar una obra de teatro con los amigos, ir a jugar a cualquier deporte o practicarlo con asiduidad, tocar la guitarra, etc. Son todo actividades que tienen que estar en un segundo plano porque lo importante es adquirir conocimientos, sacar buenas notas, ser los mejores para tener empleos mejor remunerados. Por ello creo que la próxima vez que les digamos a nuestros hijos que tienen que estudiar y sacar buenas notas (creo que hay que hacerlo), debemos insistir en que es para que sean mejores personas, para que luego puedan aportar sus conocimientos a la sociedad, para encontrar un trabajo que les satisfaga, para ser más felices… y que reflexionemos sobre todas aquellas actividades que no les llevan a sacar mejores notas, pero que van a ser buenas para ellos en un futuro. No tienen por qué dejarse a un lado o ser secundarias, tienen su importancia en la educación de los niños aunque esta no sea económica y hay que potenciarlas también.

 

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La dimensión social de la evangelización

Artículo publicado en la revista ICONO, año 115, nº 6, Junio 2014, pág: 12 y 13

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No podemos cerrar esta serie de artículos sobre la “Evangelii Gaudium” sin referirnos a una parte que, aunque su contenido no es explícitamente económico, sf que tiene una relación importante con cuestiones económicas.

EVANGELIZAR ES HACER PRESENTE EN EL MUNDO EL REINO DE DIOS

Esta es la primera frase del cuarto capítulo de la exhortación que se titula “la dimensión social de la evangelización”. En él se incide en una idea que ya ha sido resaltada por otros docu-mentos de la Doctrina Social de la Iglesia, en especial por parte de Benedicto XVI que en Caritas in Veritate, 15, dijo: “El testimonio de la caridad de Cristo mediante obras de justicia, paz y desarrollo forma parte de la evangelización, porque a Jesucristo, que nos ama, le in-teresa todo el hombre”. Francisco incide en la misma idea y nos dice en el párrafo 176: “si la dimensión social no está debidamente explici-tada, siempre se corre el riesgo de desfigurar el sentido auténtico e integral que tiene la misión evangelizadora” y en el 178 insiste, como ya hizo en su momento Pablo VI: “Desde el corazón del Evangelio reconocemos la íntima conexión que existe entre evangelización y promoción humana, que necesariamente debe expresarse y desarrollarse en toda acción evangelizadora”. En esencia, nos está diciendo que no podemos evangelizar sin un compro-miso social que lleve a la promoción del ser humano y a la mejora de la sociedad en la que vivimos.

LLAMADOS A TRANSFORMAR EL MUNDO

“Una auténtica fe -que nunca es cómoda e individualista- siempre implica un profundo deseo de cambiar el mundo, de transmitir valores, de dejar algo mejor detrás de nuestro paso por la tierra… Todos los cristianos, también los Pastores, están llamados a preocuparse por la construcción de un mundo mejor”, dice el Papa en el n° 183. El anuncio de la Buena Noticia de Jesús resucitado, precisa de cristianos comprometidos en el cambio social, en la construcción de un mundo en el que reine la caridad, en el que se -busque la ju-sticia por· encima de cualquier otra consideración, que esté al servicio de las personas y no de otra clase de intereses. Esta llamada a transformar el mundo es también preceptiva en los asuntos económicos. No puede entenderse una orga-nización social sin que la economía ocupe su papel, que no tiene porque ser el más impor-tante, pero sí debe estar presente en cualquier mejora que queramos articular para el progreso de las personas y de la sociedad.

LA INCLUSIÓN SOCIAL DE LOS POBRES

Cuando Francisco tiene que concretar esta dimensión social de la evangelización comienza, precisamente, por un asunto económico clave: la inclusión social de los más desfavorecidos. Esta opción preferencial por los pobres es una idea nuclear del anuncio del evangelio y debe seguir siéndolo. Para llevarla a cabo, Francisco pide “una nueva mentalidad que piense en términos de comunidad, de prioridad de la vida de todos sobre la apropiación de los bienes por parte de algunos” (188). En esencia está pidiendo un cambio de sistema económico y creo que hay que insistir en que incluye esto en la evangelización. Anunciar a Jesucristo supone cambiar nuestra mentalidad, luchar por una sociedad diferente en la que desde el punto de vista económico, prime la solidaridad y la gratuidad.

Es evidente que estas ideas no son novedosas, que están enraizadas en la Iglesia desde el principio de su historia… Pero han aparecido en un segundo plano durante mucho tiempo y se han priorizado otros aspectos de la evan-gelización. Francisco no la olvida, la pone como · un capítulo de su exhortación y muestra los aspectos económicos del anuncio del evangelio. como lo prioritario en su dimensión social. Vuelve a Pablo VI para afirmar que: “Los más favorecidos deben renunciar a algunos de sus derechos para poner con mayor liberalidad sus bienes al servicio de los demás”.

Para hacer realfdad este compromiso social, Francisco insiste en que la reducción de las desigualdades es una cuestión clave sin la que no podemos evangelizar. Por ello indica, con una claridad que creo no necesita co-mentarios, que “Mientras no se resuelvan radicalmente los problemas de los pobres, re-nunciando a la autonomía absoluta de los mercados y de la especulación financiera y atacando las causas estructurales de la inequidad, no se resolverán los problemas del mundo y en definitiva ningún problema. La in-equidad es raíz de los males sociales. La dignidad de cada persona humana y el bien común son cuestiones que deberían estructurar toda política económica” (202-203). Buscar una organización económica diferente es parte esencial de la evangelización.

 

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¿Se pueden construir espacios de esperanza?

La nueva campaña de Cáritas con motivo del día de la caridad se denomina “Construyendo espacios de esperanza”

construyendo espacios de esperanzaEn este mi nuevo artículo de España Buenas Noticias podéis encontrar un breve comentario sobre cómo esto puede ser una realidad también en economía… Todo es proponérselo…

http://ebuenasnoticias.com/2014/06/27/construyendo-espacios-de-esperanza/

 
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Publicado por en junio 29, 2014 en ética económica

 

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Función versus responsabilidad social de la empresa

Artículo publicado en Economía 3, en el número de junio de 2014, en sus páginas 106-7

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Si realizásemos una encuesta entre la población en la que preguntásemos de una manera franca por los motivos que nos llevan a desear que existan las empresas y que no desaparezcan de la sociedad, encontraríamos un elevado porcentaje de encuestados (pienso que la mayoría) que nos daría los siguientes dos motivos:

1.- Por que las empresas producen bienes y servicios útiles para la sociedad. Su existencia es imprescindible para que estos tengan calidad y cumplan realmente su función en beneficio de las personas.

2.- Por que las empresas crean empleo que, a su vez, permite a la gente lograr unos ingresos suficientes para vivir con dignidad

Esto no debería sorprendernos ya que estas son las dos funciones sociales esenciales que cumplen las empresas en una sociedad. Una función económica externa, hacia los otros, que facilita el acceso a aquellos bienes y servicios que necesitamos o deseamos para vivir. Otra función económica interna, que ayuda a quienes componen la empresa a ganarse la vida de una manera digna y a que colaboren con otros en la construcción de una sociedad mejor.

Esta sabiduría popular, nos dice que lo importante de las empresas y lo necesitamos de ellas es que cumplan estas dos funciones. Al mismo tiempo, se sabe que para lograrlo las empresas deben ser rentables. Si los ingresos no son superiores a los gastos, la sostenibilidad de la empresa en el tiempo no está garantizada y se compromete la consecución de su importante función social. Pero esta rentabilidad, no es lo más importante para la sociedad ni para el buen funcionamiento de una comunidad. Solo importa, en la medida que es condición necesaria para que se cumpla con la función social de la empresa. Es esta última la que da sentido a la rentabilidad y a la que esta debe estar subordinada.

A pesar de que lo que acabo de decir, parece tan obvio que no habría que insistir más en ello, con frecuencia escuchamos que lo importante de las empresas no es su función social, sino que logren el máximo rendimiento para sus propietarios-accionistas. Esta concepción de la actividad empresarial pone el máximo rendimiento a corto plazo como su meta más importante a la que hay que subordinar la función social de la empresa. Las empresas que funcionan con este criterio, dejan a un lado los intereses de la sociedad, de los trabajadores, de los clientes, de los proveedores y solamente los promocionan o defienden cuando es un medio útil para lograr ese máximo rendimiento, si no es así, no los tienen en gran consideración. Estas empresas tienen la escala de prioridades contraria a lo que la sociedad les demanda: Lo primero no es solo la rentabilidad, sino el sacar un gran rendimiento para remunerar a los propietarios-accionistas, y la función social de la empresa es algo que hay que fomentar si nos permite llegar a lo primero, pero que siempre queda en segundo término.

El reconocimiento de esta contraposición entre el objetivo empresarial y lo que la sociedad demanda a la empresa, ha llevado a que en estos últimos tiempos se intente fomentar lo que se ha venido a denominar la Responsabilidad Social Empresarial o corporativa (RSE). Las compañías cuya única finalidad es la de maximizar el rendimiento para sus accionistas, con el conocimiento de que esto no siempre es positivo con la sociedad en su conjunto, realizan una serie de prácticas que intentan suplir esta carencia. Llevan adelante unos planes que indican a la sociedad que, a pesar de que su política principal puede repercutir negativamente en los objetivos sociales, ellos han decidido lograr la maximización del rendimiento con un compromiso voluntario de llevar a cabo actuaciones que beneficien a la sociedad en su conjunto. Esto lo reflejan en memorias de RSE en la que se introducen todas aquellas medidas que pretenden lograr estos fines sociales (medioambientales, laborales, conciliación vida familiar y laboral, lucha contra la desigualdad, voluntariado corporativo, ayudas a ONGs, políticas especiales para los más desfavorecidos, cumplimiento de la LISMI, etc.)

Estas políticas, con frecuencia, quedan lejos del corazón de la empresa. Los especialistas en este tema propugnan desde hace tiempo que si la RSE no se impregna en toda la compañía como en núcleo alrededor del que giran todas sus políticas y su día a día, la RSE queda como una simple operación estética que puede dar sus réditos de comunicación y en las consecuencias positivas de algunas acciones emprendidas, pero que no impide los comportamientos empresariales negativos para la sociedad (aunque positivos para los propietarios-accionistas)

Por ello, el verdadero cambio que necesita la sociedad es que las empresas pasen de la Responsabilidad a la Función Social de la Empresa. Es decir, no se necesitan empresas que sean responsables socialmente, sino empresas sepan que su labor empresarial es social en sí misma y que la intenten llevar adelante de una manera coherente, priorizando esta importante función por delante de cualquier otra. Ello supone (como ya he señalado al principio) que la rentabilidad necesaria para poder desarrollar sus funciones sociales, pasa a ser un requisito necesario, pero secundario en la escala de prioridades, que la mejora de las condiciones laborales, del entorno geográfico y medioambiental, la honradez en los comportamientos empresariales, etc. Pasan a ser los ejes y las prioridades a los que hay que poner al servicio la necesaria rentabilidad de la empresa.

Evidentemente, esto no quita que haya que competir en el mercado o que en ocasiones haya que tomar decisiones duras cuando las cosas van mal y la escasa o nula rentabilidad obliga a adoptar políticas poco sociales. Pero es evidente que estas decisiones no deseadas se van a tomar de distinta manera si la prioridad es la maximización de beneficios, que si la prioridad es la función social de la empresa. Y esto no solo porque las acciones puedan ser diferentes, sino por que ante una misma acción las maneras de realizarla también serán distintas, y no solo las acciones importan, sino que también importan los modos…

Por ello, creo si queremos que la RSE esté en el corazón de la empresa y pase a ser el centro de toda su actuación, debemos cambiar el concepto y apostar por aquellas empresas que ven su Función Social (FSE) como el objetivo al que hay que subordinar todo lo demás. No es necesario inventar nada nuevo, solamente volver a que las dos funciones principales de la empresa: ofrecer bienes y servicios útiles para la sociedad y servir de cauce de realización y de ingresos para aquellos que la componen, tengan el sitio central de las prioridades de la empresa y todo se subordine al cumplimiento de estas funciones.

 
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Publicado por en junio 24, 2014 en ética empresarial

 

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Homenaje a la huerta

Artículo titulado “Amaneciendo” publicado en el periódico España Buenas Noticias. En él hago un homenaje a la huerta valenciana y un llamamiento a una economía más ligada a nuestra tierra…

homenaje a la huerta

Puedes encontrar el artículo en: http://ebuenasnoticias.com/2014/06/10/amaneciendo/

 
 

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Si la UE no es una Unión Social ¿Para qué sirve?

Artículo publicado en el periódico Levante EMV, en su suplemento dominical El Mercantil Valenciano EMV, el domingo 15 de Junio de 2014 en su página 18

Si la UE no es unión social para qué sirve

El pasado 25 de Mayo tuvimos la oportunidad de ver los resultados a las elecciones europeas. No hace faltar recordar que quizá, la característica esencial de estos resultados en todo el espectro europeo, fue el crecimiento de las fuerzas euroescépticas y poco complacientes con la UE actual y la pérdida de peso de aquellos partidos que se encuentran más cómodos con la estructura política y económica de la Unión Europea en la actualidad.

El propósito de este breve artículo no es otro que señalar una de las causas que, a mi juicio, han provocado esta orientación en el voto de millones de europeos. No voy a realizar un análisis exhaustivo de todas los motivos que pueden haber llevado a esto, sino simplemente de uno de ellas que tiene una relación directa con las instituciones económicas en las que hemos basado la construcción de nuestro espacio común.

Para ello quiero recordar la afirmación que realizó en plena campaña electoral (el 21 de mayo) Ángela Merkel: “La Unión europea no es una Unión Social”. Así de categórica se mostró en afirmación en una entrevista publicada al finalizar la campaña electoral y hay que enmarcarla en la política alemana. Es decir, se realizó en clave nacional a propósito de los supuestos abusos que realizan algunos ciudadanos no alemanes del sistema de bienestar alemán. Sin embargo, la frase tiene un calado que va más allá, no solo por lo que dice, sino también por la persona que la pronuncia.

Según el diccionario de la Real Academia, social es “perteneciente o relativo a la sociedad”. Por ello, si alguien afirma que la Unión Europea no es social está diciendo que no pertenece o no tiene relación con la sociedad. Puede parecer duro, pero sin embargo es realista y además, no debería sorprenderlos. El primer nombre de la UE fue CEE, que como muchos recordarán significaba Comunidad Económica Europea y, en estos momentos, los especialistas sabemos que la Unión Europea es, realmente, una Unión Económica y Monetaria (aunque en esta última no participan todos los países).

Pero claro, una unión económica debería ser social también, por que la economía debería estar al servicio de las personas y de la sociedad ¿O no es así? Una organización económica funcionará bien en la medida que esté al servicio de la sociedad y sirva para que las personas se desarrollen como tales y salgan ganando con la organización económica de su país o región. Y esto, desgraciadamente, no parece que sucede en nuestra Unión Europea.

Este es, evidentemente, el problema. La contraposición es clara, la unión económica y monetaria no es una unión social, es otra cosa. Lo prioritario en ella no son las personas, no es la mejora de toda la sociedad europea, sino la bonanza de los indicadores económicos. Como se ha visto en esta crisis, a la hora de establecer las medidas necesarias para paliar sus graves consecuencias, se ha priorizado la devolución de las deudas financieras, se ha prestado dinero público a los deudores para que pudiesen hacer frente a los pagos a financiadores privados, se han tomado medidas para garantizar la salud financiera de los endeudados y que se comprometiese lo menos posible la devolución de sus deudas, se ha seguido priorizando la lucha contra la inflación de tal manera que ahora se teme precisamente lo contrario, la bajada de precios generalizada…

Esta reacción de la UE no debería sorprendernos. Cuando el Banco Central Europeo habla sobre las ventajas que tiene el Euro para la Comunidad Europea en sus propios documentos, afirma que son, entre otras: La rebaja de costes de cambio de divisas y de aseguramiento de riesgos ligados a estas, la eliminación de barreras a la libre circulación de personas, bienes, servicios y capitales, así como el fomento de la competencia dentro de la UE, la transformación de los mercados financieros y de los resultados macroeconómicos del conjunto de la Unión Europea, el incremento de las transacciones y de la inversión entre países de la Unión Europea y dar importancia al euro como moneda a nivel internacional en la medida que se incrementan los flujos financieros en euros.

Nos encontramos pues ante una Unión Europea que no es social, sino económica. Ante una institución que tiene como principal preocupación el mantenimiento del status quo económico. Que prioriza los beneficios logrados en los mercados financieros a los conseguidos con una economía real. Que tiene como prioridad aplacar a los financiadores y seguir las pautas que estos marcan, para lograr que estos les financien de la manera más barata posible (el ya clásico: “los mercados nos obligan”).

Y esto es lo que muchos europeos sienten, lo que muchos ciudadanos en muchos países notan. No tienen por qué entender de economía, tal vez no sepan exactamente por qué ni puedan explicar qué está sucediendo, pero se dan cuenta de que la UE no es una unión social, no está al servicio de los ciudadanos, acaba no beneficiándoles. Por ello votan a corrientes euroescépticas o a partidos que quieren cambiar radicalmente la UE o, simplemente, no van a votar… Se encuentran ante esa Europa que antes se definía como “La Europa de los mercaderes” y que ahora también podríamos redefinir como “La Europa de los financieros”. Una UE que no les convence, que no les ayuda, en la que no se sienten a gusto.

Por ello creo que debemos decirle a los grandes partidos y, especialmente, a los dos principales grupos de la eurocámara (el popular y el socialista) que hay que darse cuenta de esta cuestión clave: Si la UE no es una unión social ¿Para qué nos sirve? Si nuestra unión no refuerza la sociedad europea y no se pone al servicio de todos y cada uno de los ciudadanos europeos favoreciendo unos mínimos para todos ellos ¿Para qué unirse? ¿Sólo para que sea la UE un buen entorno para hacer grandes negocios? Esta clase de Unión no convence a la ciudadanía, no resulta atractiva para aquellos que no son partícipes de los beneficios que genera, no es positiva para la sociedad y esta la respaldará cada vez menos.

 
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Publicado por en junio 16, 2014 en Estado Social

 

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¿Hemos superado la crisis?

Artículo publicado en el boletín nº 26 de primavera de 2014 de la  “Asociación Resurgir” de Huelva en su página 7

hemos superado la crisis, huelvaCrónica del encuentro de profesionales cristianos en Huelva

crónica de encuentro de Huelva

¿Hemos superado la crisis? Esta es una pregunta recurrente ante la que parece que no hay una única respuesta. Ante los mensajes optimistas del gobierno, que siempre (sea cual sea el color del que manda) va a intentar mostrar la cara más amable de su gestión, existe una población que mira a su alrededor y no ve grandes signos que justifiquen el optimismo desbordado que emana de unos políticos inmersos en una campaña electoral. La oposición, por su parte, se debate entre decir que no es oro todo lo que reluce (y pagar caro su pesimismo ante una población ávida de buenas noticias) y sumarse al carro de la recuperación para explicar que ellos podrán gestionarla bien. Ante esta realidad, quiero ofrecer un análisis sosegado y prudente sobre lo que está pasando en la economía para intentar responder a la pregunta que encabeza este artículo.

En primer lugar hay que señalar que en toda crisis (ya sea esta personal, económica, social o política) hay un momento en el que se toca fondo, en el que ya no se puede ir a peor. En la actual situación parece que hemos llegado a ese punto, que estamos en el punto inferior de la crisis. Si en lugar de estar en lo más hondo, siguiese incrementándose el paro, continuase reduciéndose el Producto Interior Bruto y creciendo la pobreza y las desigualdades durante mucho tiempo, nuestro panorama sería realmente muy desalentador. Pero todos los indicadores nos hacen pensar que esto ya no va a pasar, que realmente estamos en un punto en el que no vamos a ir a peor, y esto parece una buena noticia.

Realmente, después de siete años de un desempleo creciente y con unos niveles de crecimiento económico ridículos, parecía que era la hora de llegar a este punto. Si observamos al anterior gran crisis que tuvimos en nuestro país (la de los años setenta) esta fue la cantidad de años que necesitó la economía para comenzar a crear empleo mientras que los años de muy bajo crecimiento o decrecimiento fueron solo cuatro. Sería pues deseable que, si se confirma lo que todos los indicios parecen mostrarnos, estemos en la base del comienzo del despegue hacia una etapa de mejora económica.

Sin embargo, los datos macroeconómicos siguen sin ser demasiado buenos. Estamos en un panorama de bajadas de precios que no ayuda a la recuperación (si los precios bajan se aplazan las compras no necesarias, se compra menos y la economía no avanza), la deuda pública es más alta que nunca, el déficit estatal sigue siendo algo, el crecimiento económico se recupera pero sigue siendo muy bajo y se sigue destruyendo empleo a pesar de las cifras de paro registrado del mes de abril (que reflejan el crecimiento de la semana santa como las de diciembre reflejaron el de las vacaciones navideñas).

Sin embargo, estas malas cifras no han sido óbice para que hayamos recuperado la confianza de los prestamistas/inversores internacionales. Esto, además, es un motivo de alegría para algunos y una prueba del éxito de las políticas gubernamentales. Y digo esto, porque desde el principio, el principal objetivo de todas las políticas económicas del gobierno español (comandado por la Unión Europea) ha sido este, que los prestamistas/inversores internacionales no perdiesen y volviesen a invertir en nuestro país. Es evidente que esto se ha logrado. Por un lado, muchas de las deudas que se tenían con ellos, ahora se tienen con el Estado. Este pagó a los prestamistas/inversores con el dinero público y ahora es él a quien se le debe el dinero. Por otro, los precios han bajado tanto en España que los prestamistas/inversores extranjeros vuelven a ver atractivo comprar o financiar en España a precios de ganga para vender en un futuro no muy lejano logrando (eso esperan al menos) pingües beneficios.

Además, los prestamistas/inversores internacionales han disipado sus dudas iniciales. Cuando comenzó la crisis tenían una gran desconfianza en nuestro país y en el resto de la Unión Europea, pensaban que se podían tomar decisiones para solventar al crisis que fuesen en contra de sus intereses y que les hiciesen perder dinero. Ahora ya saben que esto no ha sido así, que de los posibles caminos que se podían tomar para superar la mala situación, se tomó aquel que menos problemas les suponía y con el que iban a minimizar las pérdidas. No solo eso, sino que han conseguido garantizar que esto va a seguir siendo así durante los próximos años lo que les permite volver a financiar con seguridad y garantías.

Los cambios que ha propiciado esta crisis y sobre los que se ha asentado la incipiente recuperación, han ido encaminados a que los inversores-prestamistas sigan teniendo un entorno favorable para materializar en beneficios sus negocios financieros con el mínimo riesgo. Cabe preguntarse, con toda legitimidad, si este era el camino más adecuado, si la refundación del capitalismo de la que habló Nicolás Sarkozy cuando comenzó esta crisis es esto: un mundo más fácil para aquellos que se dedican a las finanzas.

Y también cabe preguntarse por aquellos que están asumiendo los costes de esta situación desastrosa. Sabiendo que los niveles de empleo previos a la crisis de los años setenta tardaron veinte años en volverse a alcanzar ¿Podemos esperar un ritmo rápido de recuperación en nuestro país? Y si avanzamos pero muy poco a poco ¿Qué va a pasar con todos aquellos que siguen en una situación crítica? ¿No siguen ellos estando en crisis y hundiéndose a pesar de la situación general?

 

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Desafío total: la desigualdad

Artículo de Eduardo Esteve, publicado en el periódico Las Provincias el pasado domingo 1 de Junio, en su página 45

desafío a la desigualdad de Eduardo Esteve

 

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Gastronomía y Economía

En el artículo títulado “El mejor restaurante del mundo” analizo como el restaurante agraciado este año para este galardón puede enseñarnos actitudes económicas interesantes para aplicar en nuestra vida.

el mejor restaurante del mundoSi quieres leer este breve artículo, puedes hacerlo en: http://ebuenasnoticias.com/2014/05/30/el-mejor-restaurante-del-mundo/

¡Qué os aproveche!

 
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Publicado por en junio 2, 2014 en compras y consumo

 

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No a la inequidad que genera violencia

Artículo publicado en la revista ICONO, año 115, nº 5, Mayo 2014, pág: 12 y 13

no a la inequidad que genera violencia 1no a la inequidad que genera violencia 2

Este es el último artículo en el que voy a analizar la parte económica de la exhortación apostólica Evangelii Gaudium que escribió Francisco, el obispo de Roma, el pasado otoño. Como todos los anteriores lo he titulado con la misma frase que tiene el capítulo que voy a analizar del susodicho documento.

En esta ocasión, el tema tiene una gran importancia, especialmente en un país como el nuestro en el que las desigualdades se han incrementado tanto a lo largo de esta crisis. Lo es más si pensamos que, a pesar de que la pobreza es tenida en cuenta (aunque no siempre) a la hora de plantear las políticas económicas, el tema de las desigualdades no suele estar en la agenda económica. Los responsables políticos no suelen darle la debida importancia. Es más, algunos piensan que un incremento de las desigualdades no solo no es malo, sino que puede llegar a ser positivo porque incentiva a los que están peor a querer estar mejor y ello es un acicate para generar dinamismo en la sociedad.

La desigualdad puede generar violencia

Parece evidente que Francisco no está de acuerdo con este análisis. La inequidad es un grave problema al que hay que hacer frente. El hecho de que las desigualdades sean grandes puede provocar estallidos de violencia y descontento. No solo porque los que están más perjudicados puedan intentar cambiar su papel y sus protestas puedan llegar a niveles no deseados de violencia, sino porque aquellos que tienen más, para mantener su diferencia y no ver comprometido su nivel de vida superior, pueden ejercer violencia preventiva que intente evitar la pérdida de sus privilegios. De este modo, ya sea porque quienes están peor intentan mejorar y ven sus vías naturales para hacerlo cortadas, o porque quienes están mejor quieren mantener su estatus y no ven otro camino para hacerlo que ejercer violencia para conseguirlo, el mantenimiento o el crecimiento de las desigualdades es un caldo de cultivo propicio para las situaciones violentas.

La desigualdad es una situación injusta

Pero Francisco va más allá del análisis de las posibles consecuencias de la situaciones de desigualdad para afirmar que estas son, en si mismas, injustas. No se trata, pues, de situaciones que incentivan a quienes están peor (que con mucha frecuencia se ven sobrepasados por las desigualdades y en lugar de verse incentivados, se ven oprimidos por ellas y consideran que les va a ser imposible salir del lugar de exclusión en el que están) sino de situaciones injustas que transmiten su maldad intrínseca de una manera sutil y silenciosa. La desigualdad es lo que podríamos denominar una “estructura de pecado”, que justifica la diferencia y que no avanza hacia un futuro mejor. Una sociedad marcada por las desigualdades no está al servicio de todas y cada una de las personas y deja a un lado a los excluidos, a los sobrantes, que no pueden gozar de las ventajas y de las riquezas que se generan en la misma. Por ello, reducir las desigualdades no es solo una medida preventiva contra la violencia y contra los problemas sociales, sino que es también parte de la lucha contra las injusticias y de la construcción de una sociedad mejor en la que todos podamos desarrollarnos como personas.

¿Quienes son los responsables?

Ante estas situaciones de desigualdad Francisco denuncia que algunos piensan que son quienes están peor los responsables de su situación. Se trata de quienes piensan que si alguien está en el paro es porque algo habrá hecho mal, que si alguien no gana más es porque no es buen trabajador o que si un país es pobre no se puede culpar a otro más que a él mismo por no haber aprovechado las oportunidades que la globalización le ofrece… Esto no es más que una justificación imovilista de la desigualdad y de la injusticia. Un argumento que busca que no se proteste ante esta situación, que no se intente cambiar nada, que quienes están peor no denuncien su situación de exclusión…

No alimentar la indiferencia

Por todo ello, cuando vemos las cifras que nos muestran el incremento de las desigualdades en nuestro país, no podemos quedar indiferentes, no debemos mirar hacia otro lado. Una sociedad en la que la clase media está reduciendo su importancia y en la que las diferencias entre los más ricos y los más desfavorecidos se incrementan, es una sociedad enferma que no tiene visos de sostenibilidad a largo plazo. Por ello, necesitamos afrontar con valentía los desafíos que nos presenta la inequidad. Precisamos de políticos que no miren hacia otro lado, de empresarios que se preocupen por los ingresos de sus trabajadores, de un sistema económico que potencie la reducción de las desigualdades y no fomente el crecimiento de las mismas. Las desigualdades deben ponerse en el centro del debate económico.

 

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Las desigualdades en “España Buenas Noticias”

Desde esta semana comienzo a colaborar con un nuevo periódico digital: “España Buenas Noticias” Se trata de un diario de información general que, como comenta en su primer editorial: “Queremos contribuir a cambiar la sociedad aportando un nuevo punto de vista a la hora de enfocar la actualidad; nos guía nuestra vocación de servicio social y, sobre todo, nuestra creencia en la bondad del ser humano”.

Voy a tener una columna quincenal hablando de Buenas Noticias en el campo de la Economía y ya ha salido mi primer artículo: “Las desigualdades toman protagonismo”

España Buenas Noticias

En este artículo que podéis encontrar en: http://ebuenasnoticias.com/2014/05/16/las-desigualdades-toman-protagonismo/

Comento cómo comienza a haber una corriente de opinión que crece que considera que las desigualdades son una cuestión importante a tener en cuenta a la hora de plantear los objetivos económicos de una sociedad.

Os animo a que entréis en el peridico http://ebuenasnoticias.com/  veréis lo gratificante que es leer cosas positivas de nuestra sociedad y analizar la actualidad en positivo para resaltar aquello que se hace bien.

Si queréis suscribiros electrónicamente, lo podéis hacer en: http://ebuenasnoticias.com/suscribete/

Ah, y no dejéis de leer mi artículo.

 

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«La tasa de pobreza llama la atención, pero es más grave la desigualdad»

Entrevista a Jesús Pérez Mayo Profesor de Económicas e investigador del Informe FOESSA, realizada por el Periódico Extremadura el día 6 de Abril de 2014

entrevista jesús 1-1entrevista jesús 2

El profesor Pérez Mayo

alerta del aumento de las

desigualdades y lamenta

que el ministro de

Hacienda haya puesto

en duda los datos sobre

pobreza de Cáritas

BADAJOZ. Jesús Pérez Mayo es profesor

en la Facultad de Económicas

de la UEx en Badajoz, pero su concepción

de la economía no coincide con

las corrientes mayoritarias. Desde

que terminó la carrera ha centrado

sus esfuerzo en el análisis de la pobreza

y las desigualdades, un empeño

que terminó convirtiéndolo en

uno de los investigadores que colaboran

con Cáritas cuando se publican

informes sobre pobreza y cohesión

social como el que se ha hecho

público estos días. «En la situación

en la que estamos, lo que no podemos

hacer es dejar desamparada a la

gente», advierte.

El informe de Cáritas indica que

12 millones de españoles están afectados

por procesos de exclusión social.

¿Tan mal están las cosas?

Lo que la gente ve es que Cáritas, el

Banco de Alimentos o Cruz Roja dan

comida, pero lo que nunca sale son

las necesidades de la gente. Y no es

que en España la gente pase hambre,

pero a lo mejor hay gente que tiene

un trabajo de 700 euros y va a Cáritas

a pedir comida porque paga 600

euros de hipoteca. Esa es una realidad

que se está viviendo también en

Extremadura, donde una parte de las

familias está dentro de ese 34% de

pobreza del que se habla en nuestra

región. A lo mejor son la familia que

vive en el tercero o en el quinto y que

son como nosotros, no son esa gente

que vive en un vagón de ferrocarril

abandonado, pasando hambre,

sino familias donde trabajaban el padre

y la madre pero se han quedado

en paro y con los 486 euros no llegan

a fin de mes.

El ministro de Hacienda, Cristóbal

Montoro, decía estos días que

esas cifras no son reales.

Hace unos años no había datos oficiales

sobre pobreza y Cáritas tenía

que generar esos datos. Ahora sí los

hay. De hecho, los datos publicados

por Cáritas Española sobre Precariedad

y Cohesión Social de este año, al

igual que el informe de Cáritas Europa,

usan como fuente Eurostat (la

Oficina Estadística de la Unión Europea)

y el Instituto Nacional de Estadística,

que depende del Ministerio

de Economía. Otra cosa es que los

datos no nos gusten. A mí tampoco

me gusta que Extremadura tenga un

34% de pobreza, ojalá tuviéramos las

tasas de País Vasco y Navarra, que son

las que mejor están. Una sociedad

madura y responsable tiene que usar

los indicadores, y lo mismo que usamos

la tasa de paro o el crecimiento

del PIB para ver si una economía funciona

o no, tendremos que ver los indicadores

de pobreza y desigualdad

para saber si una sociedad funciona

o no. Yo creo que una tasa de pobreza

del 34% nos dice que algo estamos

haciendo mal.

El informe FOESSA de Cáritas revela

que España es el segundo país

con mayor tasa de pobreza infantil,

solo por detrás de Rumanía. Montoro

tampoco se lo cree.

Yo en mi casa tampoco veo pobreza

infantil, pero que yo no la vea en

mi casa, donde trabajamos mi mujer

y yo, no quiere decir que no exista en

Badajoz, que no exista en Extremadura

y que no exista en España. Seestá notando en sitios como la universidad,

donde los alumnos, por el

efecto de las tasas y por el efecto de

las becas, se están matriculando de

menos créditos que antes, y donde

algunos que antes estudiaban fuera

de Extremadura ahora se quedan aquí.

¿Quiere decir que son pobres? No,

pero sí que están pasando dificultades,

y eso no podemos negarlo.

Decir que el 34% de los extremeños

están bajo es umbral de la pobreza

es muy duro.

En España ese porcentaje estaba en

el 21,6% durante el último año, mientras

que en Extremadura la tasa de

pobreza oficial, la recogida por el INE,

es del 34,15%. Ese dato no habla de

las personas que viven en una situación

de exclusión social, no habla de

personas que están teniendo que ir

a un comedor social a comer, ahí se

incluye a muchas familias y personas

que pasan dificultades económicas

en el día a día. En la pobreza hay

escalas y en ese 34% habrá personas

que tengan que ir a un comedor social,

otras para las que el problema es

que no pueden pagar la luz y otras

que a lo mejor no tienen problemas

para pagar nada, pero si se les estropea

la lavadora tienen que pedir un

crédito. No quiere decir que estén pasando

hambre, porque incluso puede

que tengan trabajo, pero sí que están

pasando dificultades.

¿Una persona con trabajo puede

vivir bajo el umbral de pobreza?

La gente ahora pelea por un salario

de 600 euros. Yo recuerdo la época

en la que ser mileurista era malo. No

creo que el salario medio de los trabajos

que se están creando sea superiores

a mil euros.

Datos alarmantes

De todos los datos del informe,

¿cuál alarma más?

La cifra de pobreza es la que más llama

la atención porque es un porcentaje

que permite escribir un titular,

pero el problema más grave es la desigualdad.

Que la desigualdad se mantenga

y en algunos casos aumente va

a hacer que la pobreza no disminuya.

La OCDE dice que está aumentando

y en otro estudio del Consejo

Económico y Social se ve que en el

período de crisis los más afectados

han sido los que peor estaban al inicio,

mientras que los que mejor estaban

en 2008 incluso han mejorado.

Yo entiendo que alguien diga que una

persona que ha trabajado mucho merece

recibir el rendimiento de lo que

ha hecho. Pero uno se pregunta si en

el caso de Goirigolzarri, consejero delegado

de Bankia, realmente lo que

trabaja produce como resultado lo

que gana. Yo ahí dudo, y no pienso

que sea un mal profesional. Tal vez

fuera necesario establecer unos máximos

y unos mínimos. Alguien que

sea más productivo debe ganar más

que el que no lo es, pero no puede ser

que uno gane 10.000 y el que trabaje

un poquito menos gane 100, porque

a lo mejor el que gane 100 tiene

la tentación de pincharle las ruedas

del coche al que gane 10.000.

Ante la pobreza hay dos maneras

de situarse: ayudar a quien lo está

pasando mal o poner toda la carne

en el asador para crear empleo y lograr

así que la gente se gane la vida

trabajando. ¿Qué funciona mejor?

Montoro dijo algo que en parte es

cierto, que para salir de la pobreza era

necesario el crecimiento económico

y el empleo. Eso es necesario, pero

no suficiente. El problema que tuvo

España durante la expansión económica

es que la economía creció mucho

pero no hubo redistribución. Aunque

no hubiera habido crisis, la pobreza

hubiera aumentado porque la

desigualdad aumentó.

¿Cómo se podría haber logrado una

mayor igualdad social?

Con una política fiscal mejor. Pero

las administraciones públicas no se

preocuparon porque la expansión inmobiliaria

trajo grandes ingresos a

las administraciones públicas. Es más,

dijeron que bajaban los impuestos

porque se estaba ingresando mucho.

En España no se acostumbra a hacer

evaluación de las consecuencias antes

de hacer una reforma fiscal. Pienso

en el famoso cheque bebé, de repente

el señor Rodríguez Zapatero

dijo que se iba a aprobar y cuando le

preguntaron al ministro Solbes las

condiciones de la medida no las sabía

nadie. ¡Parecía que se le había ocurrido

al presidente sobre la marcha!

¿Aquella medida fue positiva?

En el caso del cheque bebé se pudo

plantear que la ayuda fuese regresiva.

Se debió pensar si se le iba a dar a

todo el mundo o sólo a quien la necesitara.

Y también cómo se iba a saber

si alguien la necesitaba.

Ahora se habla en Extremadura de

Renta Básica en Extremadura. ¿Le

gusta la medida?

Prometer una cosa es sencillo, pero

llevarla a la práctica es complicado.

No sé si la renta básica es un ejemplo

de hacer políticas sin medir ni evaluar

previamente los efectos, pero

me pongo en el lugar de las personas

que han solicitado la renta básica y

que aún están esperando que les digan

si se la conceden o no, o que sin

estar en una situación boyante ni normal

han visto que se la denegaban.

Yo creo que la denegación genera bastante

frustración en esas personas.

¿Dónde está el problema?

No sé si el problema es que cuando

se propuso la Renta Básica no se tenía

claro cuál iba a ser la demanda y

las peticiones han desbordado las previsiones

o el problema ha sido que

no se explicó bien la medida y hubo

una demanda excesiva porque personas

que no cumplían los requisitos

pidieron esa renta sin saber que

no cumplían con las exigencias. Lo

que sí está claro es que tanto Extremadura

como España necesitan una

red de seguridad coordinada, no es

normal que en cada comunidad autónoma

cambien la cuantía y los requisitos

de estas rentas de inserción.

Renta básica y empleo

¿Se corre el riesgo de que los perceptores

de la Renta Básica pierdan

el interés por trabajar si reciben una

renta por no hacer nada?

Va a haber gente a la que si le dan

una renta sin trabajar va a preferir no

trabajar, pero esos son los menos. Esa

es la caricatura, lo mismo que desde

algunas comunidades autónomas se

dice que los extremeños y los andaluces

usamos el PER para tomarnos

cañas mientras ellos se parten el lomo.

Ya le gustaría a Extremadura que no

hubiera PER y que no hubiera fondos

europeos. Yo desearía que en Extremadura

el porcentaje de pobreza

no fuera un 34%, desearía que Extremadura

tuviera que dar dinero para

que otras comunidades autónomas

crecieran, porque eso significaría que

estamos bien. Pues eso que ocurre

con Extremadura es lo que sucede

con la inmensa mayoría de la gente

que recibe una prestación. En la situación

en la que estamos no podemos

dejar desamparada a la gente.

Su tesis coincide con lo que propuso

Cáritas hace unos días.

Cuando Francisco Lorenzo, el director

del servicio de estudios de Cáritas,

decía que se podría acabar con la

pobreza con el dinero que el Gobierno

se va a gastar en el rescate de las

autopistas no estaba pidiendo que no

se rescaten las autopistas y que se dedique

ese dinero a un fondo que reduzca

la pobreza extrema, sino que

puso un ejemplo para que la sociedad

entienda lo que supondría llevar

a cabo esa medida. Si se compara una

cifra con lo que el Estado se ha gastado

en el rescate de la banca, ya puedes

ver si es mucho o poco. Y cuando

hablo del Estado tenemos que entender

que no es un extraterrestre

que viene a la tierra, sino que somos

nosotros. De alguna manera, la sociedad

deberá decir qué le parece el

camino que llevamos y las políticas

que se toman.

¿Es posible una sociedad más justa

o se trata de una causa perdida?

Depende de lo que nosotros queramos.

Personalmente yo no voy a dejar

de luchar. Cuando empecé con la

tesis doctoral siempre decía en tono

de broma que conocía a todos los investigadores

sobre pobreza en España,

que entonces éramos seis. Pero

la crisis ha dado la razón a los pesados

que decíamos que detrás de la

fachada del todo va bien, si la cosa

se torcía un poco, habría mucha gente

que podría empezar a pasarlo mal.

Es lo que ha ocurrido.

«El umbral se sitúa en 7.182

euros para una persona sola»

:: E. F. V.

BADAJOZ

¿Quién está detrás del Informe

FOESSA?

La Fundación FOESSA (Fomento

de Estudios Sociales y Sociología

Aplicada) se constituyó en 1965 con

el impulso de Cáritas Española y ha

publicado varios informes desde entonces.

A mí me pidieron que participara

en el VI Informe y desde entonces

colaboro en esos estudios.

¿Qué es el Informe FOESSA?

Un informe que se realiza con una

periodicidad de tres o cuatro años

donde se analiza cómo ha evolucionado

la sociedad española. No

sólo es de condiciones de vida, también

habla de exclusión social, de

inmigración, de políticas públicas.

Y como todos los trabajos de Cáritas,

no se limita a contar, sino que

también quiere proponer.

¿Cuál es el sistema de cálculo de

la tasa de pobreza?

La pobreza, tal y como se mide en

la Unión Europea y en España, es

un concepto relativo. No se usa la

misma línea de pobreza en España

que en Portugal. Para calcularlo se

divide a la población de un país en

dos mitades ordenando sus rentas,

y se coge como referencia la renta

de la persona que está justo en el

medio. Pues bien, se considera que

las personas que no alcanzan el 60%

de ese valor central están por debajo

del umbral de la pobreza. Y ese

dato se aplica a todo el país, es el

mismo en Extremadura que en Cataluña,

por eso en Extremadura sale

una tasa alta de pobreza, porque la

renta extremeña es inferior.

¿A partir de qué renta se considera

que alguien está por debajo

del umbral de la pobreza?

En 2012 se ha fijado ese valor

en 7.182 euros, muy por debajo

de los 7.700 euros que se consideraban

en 2009. Esa cifra se corresponde

con una persona que

vive sola, porque el valor varía

en función de las circunstancias

personales. A los 7.182 euros se

les aplica una especie de índice

corrector (el índice de necesidad),

porque una familia con tres hijos

no gasta en los niños el triple

que una que tenga un solo hijo.

Por tanto, para calcular en una

familia de cinco miembros el umbral

de pobreza no se multiplican

los 7.182 euros por cinco, sino

que ese valor es inferior.

 
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Publicado por en mayo 13, 2014 en pobreza, Privación

 

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No, a un dinero que gobierna en lugar de servir

Artículo publicado en la revista ICONO, año 115, nº 4, Abril 2014, pág: 12 y 13

 

no aun dinero que gobierna 1no aun dinero que gobierna 2

Como vimos en el anterior artículo de esta serie, el dinero no es un problema en si mismo. Se trata de un instrumento que hemos creado los humanos para poder facilitar los intercambios, para poder llevar adelante de una manera más sencilla nuestras actividades económicas. Una sociedad sin dinero, una sociedad en la que todo se limitase al trueque, sería una sociedad muy limitada, en la que no podríamos hacer gran parte de las actividades económicas que nos son útiles para la vida. De hecho, la mayoría de las estructuras de trueque que existen en estos momentos en muchas ciudades de nuestro país, utilizan alguna clase de dinero, como la equivalencia en horas trabajadas, vales intercambiables, etc. El dinero no es, pues, un problema en si mismo. Lo es cuando existe un excesivo amor al dinero que hace que este sea quien gobierna en nuestras vidas y en nuestra sociedad y de esto habla Francisco en este apartado.

Si el dinero gobierna los valores de referencia cambian

El hecho de ser un instrumento útil para la sociedad, un elemento que nos facilita la vida, quiere decir que necesitamos un dinero que esté a nuestro servicio. Por ello, el dinero tiene que ser utilizado con criterios éticos y no adaptar los criterios éticos a la búsqueda de más dinero. Francisco constata, por el contrario, que ante el gobierno del dinero, la ética parece ser molesta. Con frecuencia escuchamos que las empresas no son ONGs, que una cosa son los criterios éticos que nos sirven para solucionar los elementos de nuestra vida y otra son los criterios que hay que utilizar en la economía para poder ganar más… Es muy habitual encontrar a personas que utilizan unos criterios diferentes para su vida y para sus actividades económicas, no solo entre los no cristianos sino también entre los cristianos. Algunos de estos últimos intentan, de buena fe, aplicar los valores cristianos de la bondad, la solidaridad y el amor en su comportamiento diario y en la práctica totalidad de sus actividades cotidiana mientras que, en los asuntos económicos, sus criterios son diferentes y es el dinero el que gobierna sus actuaciones de manera que ven imposible aplicar los mismos valores que en su vida diaria.

La ética es molesta a la economía del beneficio

Por ello Francisco avisa sobre el peligro de poner la economía al servicio del dinero. Tal y como ya hizo Benedicto XVI en su Encíclica Caritas in Veritate, nos alerta sobre la absolutización del mercado. Cuando este es el único criterio de actuación y todo se tiene que hacer por y para él, la ética es una molestia y los criterios que utilizamos para nuestra vida aparecen como peligrosos, sospechosos y contraproducentes desde un punto de vista exclusivamente economicista. El mundo económico se muestra así, con frecuencia, como enemigo de la ética, enemigo de los criterios cristianos de actuación, enemigo del bien común, enemigo de la solidaridad o de la gratuidad… Todo esto es sospechoso a los ojos de la economía y quienes utilizan estos criterios para las actividades económicas aparecen o bien como ignorantes o ingenuos, o bien como personas que están yendo en contra del interés general…

La alternativa ética

Ante esta opción Francisco anima a que introduzcamos la ética en la economía. A que el dinero se ponga al servicio de la sociedad (como debería ser su verdadera vocación) avisando de que no compartir con los pobres es similar a robarles. Por ello realiza un llamamiento a introducir en la economía la solidaridad, la ayuda a los pobres, la promoción del más desfavorecido, la economía debe estar al servicio de este objetivo y ponerse decididamente del lado de quien peor lo pasa. Al final, hay que tener en cuenta lo que magistralmente dijo Benedicto XVI en el número 36 de su Encíclica Caritas in Veritate: “no sólo no se pueden olvidar o debilitar los principios tradicionales de la ética social, como la trasparencia, la honestidad y la responsabilidad, sino que en las relaciones mercantiles el principio de gratuidad y la lógica del don, como expresiones de fraternidad, pueden y deben tener espacio en la actividad económica ordinaria. Esto es una exigencia del hombre en el momento actual, pero también de la razón económica misma. Una exigencia de la caridad y de la verdad al mismo tiempo”

Animar a los políticos a ser valientes

Francisco no es un iluso o un insensato. Sabe que para un cambio de esta índole se necesitan políticos valientes, que superen la gran cantidad de obstáculos que tiene esta manera de entender la economía y que tengan una clara visión de futuro. Por ello anima a aquellos que tengan puestos de responsabilidad a afrontar este reto con energía, determinación y realismo. Por ello exhorta a todos “a la solidaridad desinteresada y a una vuelta de la economía y las finanzas a una ética en favor del ser humano”

 

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El apartheid mundial

Artículo publicado en Noticias Obreras, nº 1556, Febrero de 2014, pág: 13-14

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A finales de 2013 volvió a la actualidad un país al que le tengo un especial cariño, Suráfrica. Las fructíferas y añoradas estancias que realicé allí y el hecho de haber consagrado mi tesis doctoral a su economía, han hecho que desde hace años siga con interés su actualidad y que siempre tenga deseos de volver a pasar allí una larga temporada… Sin embargo, en España ha sido casi un país desconocido. El movimiento en contra del régimen discriminatorio surafricano (apartheid), no fue excesivamente popular en nuestro país y se redujo a minorías concienciadas de Madrid y algún otro punto de España. El conocimiento de su historia y de su realidad fue, y es, muy escaso. Me atrevería a decir que tan solo el mundial, la película “Invictus” y ahora, la muerte de Mandela, han puesto al país en el mapa aunque sin profundizar demasiado.

Sin embargo, creo que estudiar el sistema económico y político del apartheid es interesante para entender la situación mundial en la que estamos inmersos. La palabra “apartheid” significa desarrollo separado y en eso consistía el sistema político y económico que rigió este país desde la mitad hasta el final del siglo XX. El gobierno suráfricano impuso (a partir de teorías antropológicas y culturales que también utilizaron los nazis para su ideología) una división de Suráfrica en pequeñas naciones (homelands o batustanes que no eran reconocidos internacionalmente) para alojar allí a la población negra. Cada raza negra tenía su propio “homeland” donde hablaban su propio idioma, tenían sus propios gobernantes y se “desarrollaban” por si mismos.

La población negra no era, por tanto, ciudadana de la parte blanca del país (lo que propiamente era Suráfrica). Por ello, no podía tener propiedades allí, ni montar negocios, ni votar, ni estudiar, ni nada por el estilo. Ahora bien, los blancos necesitaban a la mayoría de población negra para trabajar en sus empresas y minas y precisaban que fueran trabajadores baratos para poder ser competitivos a nivel internacional. Por ello, permitían la migración de esta población entre los Batustanes y Suráfrica. Los varones jóvenes salían de sus “homelands” para ir a la parte blanca a trabajar mientras las mujeres, niños y ancianos quedaban allí.

Para hacerlo tenían unos pases en los que se indicaba en qué zona del país debían estar, cuanto tiempo podían estar allí y cuando debían volver a su “batustán”. De este modo, los negros tenían limitada su capacidad de movimientos y si algún policía les pedía su pase y veía que no estaba en el lugar que le correspondía, o no lo llevaba encima, lo metía en prisión y lo devolvía después a su “homeland”. Se sabe que todos años miles de negros eran llevados a prisión por estar en un lugar diferente al que indicaba su carnet o por no llevarlo encima.

Sin embargo, a pesar de esta separación política, se trataba de un país con una economía integrada, que funcionaba como una única zona económica. Esto provocaba una dependencia mutua entre las zonas blancas y las negras. Las primeras necesitaban de las segundas debido a que les proporcionaban trabajadores baratos y sin derechos (no eran considerados ciudadanos sino extranjeros). Mientras que las segundas dependían de las primeras ya que el dinero que entraba en los “batustanes” provenía en su práctica totalidad de los salarios que cobraban los trabajadores que estaban en la zona blanca.

Además, la prosperidad de la Sudáfrica blanca que alcanzaba unos niveles de vida propios de las sociedades más ricas contrastaba con la realidad de pobreza de los “homelands” (similar a la de otros países africanos). Por ello, el deseo que tenía la población negra de escapar de su “batustán” era mayor que el miedo al castigo de prisión, lo que propiciaba que gran parte de esta población emigrase de manera ilegal (sin respetar las leyes del “pase”)

Hecha esta somera descripción del régimen económico del apartheid, me gustaría indicar que a la vuelta en avión de mi primer viaje a Suráfrica, estuve sentado junto a un empresario español con el que tuve una pequeña conversación que me fue ilustrativa. Me comentó que el problema de Suráfrica era que habían puesto por ley lo que el resto del mundo occidental hacía de una manera disimulada. La posición anti-apartheid aparecía entonces como una hipocresía, debida a que los países que la sustentaban hacían lo mismo pero no se atrevían a ponerlo por ley.

Aunque en un primer lugar pensé que esta era una teoría que utilizaba un prisma equivocado, luego me di cuenta de que tenía una parte de razón… Si uno analiza la globalización económica en la que nos encontramos ve muchos puntos de similitud con la situación anteriormente descrita. La economía mundial está integrada (no en todo pero sí en una gran parte), aunque también se ven unas grandes diferencias entre unos países y otros de manera que, el deseo de emigrara que tiene la población de los países pobres es irrefrenable. Nos encontramos, pues, ante una división política que no se da en la economía.

Al mismo tiempo, también tenemos nuestras leyes del “pase”. Es decir, impedimos que aquellos que quieren trasladar su residencia desde un país pobre a uno rico, puedan hacerlo libremente. Les ponemos trabas, les exigimos un visado temporal, etc. Además, si encontramos a personas que se les ha acabado el tiempo marcado en su visado o sin su “pase-pasaporte” no las metemos en prisión, sino que las llevamos a un centro de internamiento (lo que según las descripciones no es muy diferente a una prisión) y las repatriamos a su país en el momento podemos hacerlo.

¿Estamos, pues, ante un régimen de apartheid (desarrollo separado) mundial? Así me lo parece. No consideramos a los habitantes de otros lugares del mundo como un “nosotros” sino como un “ellos”, del mismo modo que hacían los blancos con sus vecinos negros en la Suráfrica del siglo XX. Buscamos una globalización económica ya que sabemos que estamos todos en el mismo barco económico, pero mantenemos las fronteras y los límites políticos que perpetúan la pobreza y provocan grandes migraciones difíciles de evitar.

 

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Montoro, FOESSA y la pobreza ¿Por qué mirar hacia otro lado?

Artículo publicado en el periódico “Levante” Suplemento El Mercantil Valenciano EMV, el domingo 6 de Abril de 2014, página 16.

Foessa y Montoro

El pasado Jueves la Fundación FOESSA presentó el informe sobre Análisis y Perspectivas de 2014. Se trata de un estudio anual en el que esta fundación analiza la evolución de la pobreza y las desigualdades en nuestro país. La presentación de este informe ha producido tanto revuelo que hasta el señor Cristóbal Montoro, miembro de nuestro gobierno, se ha referido al mismo con unas palabras que analizaré brevemente en este artículo.

En primer lugar querría aconsejar a todos que lo leyesen. No tengo claro si el ministro lo ha hecho, sus declaraciones no nos permiten saberlo, pero creo que es conveniente hacerlo. Su lenguaje es claro y asequible y es fácil de descargar en internet (www.foessa.es)

En segundo lugar quiero recordar qué es FOESSA. Se trata de una fundación que ahora cumple cincuenta años, creada por Cáritas para realizar estudios científicos sobre la pobreza y las desigualdades en España. En sus trabajos participan reconocidos científicos a nivel nacional e internacional de diversas universidades españolas y su colaboración con la misma no se basa en su adhesión a Cáritas o a la iglesia católica, sino en su excelencia investigadora. Por ello, en FOESSA trabajan juntos investigadores de muy diversas procedencias religiosas e ideológicas. Se trata, por tanto, de una fundación privada, sin adscripción política, cuya preocupación principal es el estudio científico de la pobreza, la exclusión, la privación y las desigualdades, con la idea de que conocer mejor estos fenómenos permite encontrar medios más efectivos para avanzar en su erradicación. De hecho, sus estudios son referentes sobre estos temas en nuestro país y en estos momentos es candidata al premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales 2014 (si algún particular o institución quiere apoyar esta candidatura tecleando en un buscador de internet “apoyo a la candidatura FOESSA” encontrará información al respecto)

En cuanto al estudio en cuestión, los datos principales elaborados por el comité científico de la fundación FOESSA (compuesto por catedráticos e investigadores de prestigio) tienen dos fuentes principales. La primera son los datos públicos, encuestas oficiales realizadas por el Instituto Nacional de Estadística, la Oficina de Europea de Estadísticas EUROSTAT o los Ministerios del Gobierno de España. La segunda es una encuesta propia que lleva tres ediciones (2007, 2009 y 2013) y que es una de las bases del VII Informe FOESSA sobre Exclusión y Desarrollo Social en España que se presentará los últimos días de Octubre en Madrid. Se trata de una encuesta que cumple todos los parámetros estadísticos establecidos para que sus resultados sean significativos y que cumple con los más altos estándares de calidad y rigor científico habituales en esta clase de trabajos.

Las principales conclusiones de este estudio no son sorprendentes: Están en la línea de lo que ya se había afirmado en los anteriores estudios hechos por esta misma fundación y por otros organismos científicos privados y derivan en gran parte de datos públicos ofrecidos por instituciones oficiales, por lo que tampoco difieren de lo que dicen estas instituciones estadísticas nacionales e internacionales.

Ante el panorama que presenta la realidad española y la gran cantidad de personas que están quedando al margen, FOESSA pretende poner en la mesa de las preocupaciones públicas a los más desfavorecidos. Decir que lo más importante es ocuparse de buscar soluciones para que nosotros, nuestros vecinos, nuestros familiares, nuestros amigos, las personas con las que nos cruzamos todos los días cuando salimos a la calle, podamos tener una vida digna en esta sociedad y no tengamos que caer en la exclusión o en la pobreza. Para ello, no solo analiza los datos, sino que propone las soluciones que cree que son más convenientes para orientar la acción del sector público. Quiere introducir en el debate público cómo ayudar a quienes peor lo pasan.

Ante estas propuestas serias y consistentes (y creo que compartidas por gran parte de la sociedad española), nuestro ministro, Cristóbal Montoro, ha dicho (entre otras cosas) que se trata de estudios “puramente estadísticos”, lo que no deja de sorprender cuando (por ejemplo) los datos del desempleo también lo son (derivan de la encuesta de población activa) o él mismo había afirmado unos minutos antes en la misma rueda de prensa que las cifras del déficit público iban a mejorar cuando se aplicase en octubre un nuevo método de cálculo de estadísticas económicas para el PIB propiciado por la UE… ¿Nos está diciendo el ministro que las estadísticas valen en unos casos y en otros no?

También nos ha dicho el ministro que lo que erradica la pobreza es el crecimiento y la creación de empleo”. Sin embargo, esta afirmación es muy discutible desde el punto de vista teórico. Sabemos que el crecimiento económico no siempre genera reducción de las desigualdades y de la pobreza. Los estudios empíricos demuestran que para que esto sea así, debe ir acompañado de políticas públicas apropiadas.

También nos ha dicho Cristóbal Montoro que España aparece con mayor riesgo de pobreza relativa que otros países de la UE porque estos son más pobres y tienen un umbral inferior. Sin embargo sucede que también aparece con tasas de pobreza más elevada que los países con mayor renta per cápita, en los que el umbral de la pobreza es mucho más alto que en España (con lo que si lo aplicásemos a nuestro país tendríamos unas tasas de pobreza todavía más elevadas). ¿Con quien debemos compararnos?

Pero quizás, lo más sorprendente ha sido que se lamente de que se sigan haciendo “estas declaraciones” y pida a FOESSA y a Cáritas que “no provoquen un debate que no se corresponde con una realidad, la de una España que está superando la crisis con el esfuerzo económico y también con políticas de cohesión social”. Sin entrar en la última afirmación me pregunto ¿Realmente hay que lamentar que haya estudiosos que dediquen su tiempo a los más desfavorecidos y que comuniquen sus conclusiones al grueso de la población? ¿Es negativo para la sociedad española que haya instituciones que quieran llevar al debate público qué se hace con los que más están perdiendo en esta crisis?

Muchas dudas generan las declaraciones del ministro, pero quiero acabar con una que ya venía apuntada en el título de este artículo ¿Por qué mirar hacia otro lado? ¿Por qué no quiere el ministro que se hable de los “sobrantes” (como los denomina Francisco el obispo de Roma)?

 
 

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Homenaje a los otros Mandela

Artículo publicado en la revista Paraula, el domingo 30 de Marzo de 2014, en su página 28

Los otros MandelaAhora que ya ha pasado el impacto informativo de los funerales de Nelson Mandela, me gustaría hacer mi sencillo homenaje a todas esas personas que también creyeron en la Suráfrica del arco iris y que colaboraron en que se hiciese realidad este ejemplo de perdón y reconciliación que fue la transición desde el régimen del apartheid al democrático actual. Y lo voy a hacer hablando de personas a las que tuve la suerte de conocer en mis dos viajes a Sudáfrica para colaborar en la misión de Sant Joseph, (sita en Phokeng, ciudad negra de la tribu de los tswana cercana a Rustemburg) sede episcopal de su diócesis y donde convivían religiosos y religiosas de diferentes congregaciones.
La idea me vino al escuchar a Richi, o como dijeron en Radio Nacional, Ricardo Fernández Ruiz, empresario español afincado en Sudáfrica. Fuimos juntos por primera vez a este país que él asumió como suyo y del que yo también me enamoré y con el que he seguido en contacto consagrando mi tesis doctoral a su proceso de transición económica y siguiendo su actualidad siempre que puedo. Mis dos viajes largos fueron hace ya mucho tiempo, en los veranos de 1992 y de 1995. Fueron estancias muy ricas y extremadamente enriquecedoras para mi. En la primera estaba empezando a caer el apartheid, en la segunda ya había caído, así que estuve por allí en años clave de este proceso.
Quiero recordar en primer lugar a Walter Sisulu y a su mujer Albertina. Pudimos merendar y conversar con ellos en su casa de Soweto. Walter fue quien introdujo a Nelson en el ANC y uno de los que estuvieron encarcelados con él en Robben Island. Fueron amigos y aliados políticos y poder ser recibidos por ellos, fue un honor para nosotros. Entrar en el centro de Soweto en 1992 no era fácil para unos blancos si no iban bien acompañados. Penetrar en la densa neblina de humo invernal que impedía la visibilidad en sus calles, fue toda una aventura.
Quiero recordar también a las Iglesias Sudafricanas. Ellas jugaron un papel esencial en la caída del apartheid. Su alianza, su convicción de que había que perdonar y su consideración de que todos somos iguales, fueron clave para romper con este sistema político. Recuerdo en especial la labor del obispo Kevin Dowling y su apuesta decidida por la finalización del apartheid, que casi le cuesta la muerte cuando fue tiroteado en una manifestación o cuando pusieron una bomba en su Iglesia catedral. A los teólogos del Instituto de Teología Contextual, dirigidos por Albert Nolan y en especial a Larry Kaufman, con quien aprendí que lo importante para vivir la opción preferencial por los más pobres no es hacer cosas por ellos, sino estar, convivir con ellos. También recuerdo a Mikel Fish que nos enseñó el valor de la espera, de saber que nuestros plazos no son los plazos de la vida, ni de la historia, que hay que saber esperar y confiar.
Además, las diferentes iglesias fueron quienes más empujaron para que la Comisión de la Verdad y la Reconciliación fuese una realidad. En ella, verdugos de uno y otro lado expusieron sus razones para matar o atentar y las víctimas expresaron el dolor que habían sentido por la pérdida de sus seres queridos. Saber la verdad ayudó a la reconciliación, no se puede perdonar sin verdad y eso lo supieron entender perfectamente en Sudáfrica…
Recuerdo a aquella catequista de la parroquia, que rompió a llorar cuando comíamos juntos en la cafetería de la estación de autobuses de Johannesburgo. Ante nuestra preocupación nos confesó que lloraba de alegría, que nunca desde su niñez había imaginado que algún día podría comer con blancos en una misma mesa y en un lugar público. Aquello era para ella un signo de que las cosas estaban cambiando. Recuerdo a todas las personas que se bajaron de aquel taxi para negros como protesta contra aquel conductor que no quería admitir a Tomás en el vehículo en él porque era blanco.
Recuerdo a aquellos jóvenes, que en un cine-forum sobre la película de Monseñor Romero, relataban sus experiencias cuando matones negros entraban en sus suburbios para matar indiscriminadamente a sus habitantes y, mientras escuchaban los tiros y los chillidos de sus vecinos, no tenían otra opción que esconderse debajo de la cama y confiar en la suerte para que no entrasen también en su casa (estos matones negros eran pagados y armados por la policía sudafricana para crear caos e impedir el proceso de transición hacia la democracia)
Recuerdo también a la Sr. Molotegui, aquella princesa de la tribu de los Bafokeng (cuyo tótem era un cocodrilo) que tenía que vivir en Botswana exiliada y solamente volvía a Sudáfrica para acudir al juicio que se aplazaba y se aplazaba como una manera de no hacer justicia. Estuvimos en uno de esos juicios y tuvimos que salir por piernas cuando la policía nos perseguía. El grito de los sacerdotes diciendo “everybody to the car” todavía resuena en mis oídos.
Quiero también recordar a todos los valientes del movimiento anti-apartheid en Sudáfrica que arriesgaron y sacrificaron sus vidas para construir una Sudáfrica distinta (que tan bien se han visto reflejados en la obra de la nobel Nadine Gordimer). Ellos y sus organizaciones (con abogados y otros profesionales actuando como voluntarios) fueron los que permitieron que las personas que vivían en las chabolas ilegales que había junto a la misión y a las que ésta abastecía de agua, tuviesen unas tierras para poder crear un pueblo nuevo llamado boitekong (ciudad de la esperanza). Cuando en 1992 contemplamos los primeros doscientos habitantes que crearon esta población no imaginábamos que tres años más tardes, ya habría 60.000 personas viviendo en ella. También hay que homenajear al movimiento anti-apartheid internacional que, entre otras cosas, estuvo durante años velando ininterrumpidamente frente a la embajada de Sudáfrica en Reino Unido.
No quiero olvidarme de Giorgina y del resto del personal sanitario que atendían gratuitamente a aquellas personas que no podían acceder a un médico por no contar con fondos suficientes. Conocimos a varias personas que pudieron sobrevivir y volver a llevar una vida normal gracias a los cuidados que recibieron de estas religiosas y voluntarios. La maternidad y el centro de salud de Boitekong pudo ser una realidad gracias a ellos…
No me caben todos, falta gente a la que me gustaría homenajear desde estas líneas. Solo quiero añadir que el final del apartheid fue cosa de muchos. La cabeza visible fue Mandela y por ello se le ha honrado de esta manera, pero es bueno recordar a todos aquellos que, de una manera más anónima o a una menor escala, ayudaron a hacer realidad este cambio que parecía casi imposible…

 
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Publicado por en marzo 31, 2014 en Derechos humanos

 

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No a la nueva idolatría del dinero

Artículo publicado en la Revista ICONO año 115, nº 3, Marzo 2014, pág: 12 y 13

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Sigo analizando (tal y como comencé el pasado mes) los aspectos económicos de la exhortación apostólica Evantelii Gaudium. El siguiente punto económico que trata esta se titula así, “no a la nueva idolatría del dinero” (55-56). Y comienzo discrepando en el título de este apartado porque, si bien las maneras en las que se lleva a cabo podemos considerarlas nuevas (si lo miramos en una perspectiva histórica y pensamos que solamente llevamos alrededor de ciento cincuenta años haciéndolo así), la idolatría del dinero no es algo nuevo y es la misma que ya se encontró Jesucristo cuando estuvo con nosotros hace alrededor de dos mil años…

Condenar el amor al dinero

De hecho, los evangelios ya recogen palabras de Jesús referidas a este mismo tema: “Nadie puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien, se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No se puede servir a Dios y al Dinero.” (Mt. 6, 24). Poner la prioridad en el dinero es contrario a la fe en Jesucristo. No podemos considerarnos cristianos verdaderos si dirigimos nuestros afanes en la dirección de ganar más, en la de tener, en la de lograr que se incremente nuestra bolsa. De hecho, San Pablo lo tiene tan claro que en su carta a Timoteo no duda en afirmar que “Los que buscan riquezas caen en tentaciones, trampas y mil afanes absurdos y nocivos, que hunden a los hombres en la perdición y la ruina. Porque el amor al dinero es la raíz de todos los males, y muchos, arrastrados por ella, se han apartado de la fe y se han acarreado muchos sufrimientos” (1 Tim 6, 9-10) Esto ya llevó a que San Juan Crisóstomo afirmara en un sermón dedicado a esta carta que “el amor que el usurero profesa al dinero es mucho más grave que el amor carnal más desordenado”. Por todo ello sabemos que el amor al dinero, el poner el dinero por encima de otras cosas, el organizarlo todo para tener más es, desde el punto de vista cristiano, una actitud que no solo va en contra de nuestra propia fe, sino que también puede calificarse como la raíz de todos los males y el origen de muchos sufrimientos.

Una sociedad basada en el beneficio

Siendo esto así, no es de extrañar que Francisco utilice palabras tan duras para condenar nuestra sociedad actual. Porque, desgraciadamente (y tal vez aquí radica la novedad que señala Francisco en su título) estamos en un sistema económico donde lo que prima es ganar más. El amor al dinero pasa a ser, no solo legítimo, sino necesario en un sistema que encumbra y favorece a aquellos que tienen la facilidad o la suerte de ganar más. Nuestra sociedad deja de preocuparse por las personas, por aquellos que están peor, para ensalzar a aquellos que consiguen mayores ingresos, para potenciar que quien quiera tener más lo consiga y pueda apropiarse de sus beneficios sin excesivas trabas. De este modo, las personas se subordinan a los beneficios, no interesa mejorar a otros sino acumular, lograr mayores beneficios.

También a escala familiar

Y uno podría consolarse pensando que este amor al dinero se da solamente a escala política o de las empresas, pero fácilmente podemos darnos cuenta de que esto no es así. Nuestras familias, lo que los economistas denominamos economías domésticas, también estamos impregnados de este amor al dinero. Buscamos tener mayores salarios, conseguir mayores intereses con el dinero que tenemos en el banco, lograr ingresos extraordinarios gracias a operaciones en bolsa o en otros activos financieros… Ya hablé en estas mismas páginas de cómo esta intención de tener más ingresos fue una de las causas que llevó a mucha gente a la compra de preferentes y otros productos financieros…

Vuelta de la economía y las finanzas a una ética en favor del ser humano.

Por todo ello, Francisco nos ofrece aquí la alternativa que nos invita a seguir. Ante ese amor al dinero castrador, que nos impide centrarnos en la persona, amar a quien tenemos al lado, preocuparnos por los más desfavorecidos… Nos propone la construcción de una economía y unas finanzas que estén mirando al ser humano y no a los beneficios. Que se impregnen de un comportamiento ético ante una actividad que parece olvidar la ética y está repleta, no solo de corrupción, sino también de comportamientos en los que “todo vale” para lograr esos beneficios que me exigen el sistema, mis ambiciones y los clientes o propietarios que me contratan.

Esta propuesta sirve también para el ámbito familiar. Ante esa legitimación que hacemos de que cualquier cosa vale para lograr más, ante esas ganas de no perder dinero, de buscar siempre lo más barato para poder comprar más, tenemos que introducir criterios éticos en nuestras compras, en nuestros ahorros, en nuestro comportamiento económico diario. Así podremos concentrar nuestras energías en lo realmente importante y no en “afanes absurdos y nocivos que nos hunden en la perdición y en la ruina”…

 
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Publicado por en marzo 19, 2014 en ética económica

 

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No a una economía de la exclusión

Artículo publicado en la Revista ICONO año 115, nº 2, Febrero 2014, pág: 12 y 13

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La Evangelii Gaudium de Francisco

El pasado 24 de Noviembre, Francisco, nuestro Obispo de Roma, publicaba una Exhortación Apostólica titulada Evangelii Gaudium sobre el anuncio del Evangelio en el mundo actual. En ella (como no podía ser de otro modo ya que los asuntos sociales son parte integrante de la evangelización) se tocaron temas económicos. Durante los próximos artículos de esta serie voy a repasar algunos de ellos. No va a ser un análisis exhaustivo de los contenidos del documento, sino tan solo un breve comentario de aquellos que por su contenido económico, entran dentro de la temática que suelo tratar en estos artículos. Creo que esto nos puede ayudar mejorar nuestras actitudes y poner nuestro granito de arena en el anuncio de esa buena noticia en la que creemos los cristianos.

Nos falta compasión

Los números 53 y 54 de la exhortación se titulan como este artículo: “No a una economía de la exclusión”. Francisco toca, a mi modo de ver, dos temas clave en la sociedad actual y en su manera de organizar los temas económicos. El primero es la falta de compasión de muchas personas y de la sociedad. Hemos olvidado esta gran virtud que es una de las principales fuentes de la caridad y el amor. Ser compasivo es tener capacidad de sufrir con el otro, lo que los psicólogos denominan empatía. Es decir, ser capaz de ponerte en la situación del otro, de pensar como él piensa, de sufrir como él sufre, de alegrarte como y cuando él se alegra… Una organización económica en la que lo principal es tener más, en la que lo que se potencia es que miremos a nuestro ombligo y nos olvidemos de los demás, embota nuestra capacidad para ser compasivos.

Por ello, cuando vemos a las personas que lo pasan mal, cuando nos encontramos ante los fenómenos del hambre y de la pobreza, permanecemos indiferentes, conseguimos que no nos afecte… Francisco lo denomina la “globalización de la indiferencia”. Lo vemos todo como si estuviésemos al otro lado de la pantalla, no nos sentimos hermanos de nuestro prójimo sino que pensamos que son “ellos” los que están mal, no “nosotros”. Parece que olvidamos que todos somos hijos del mismo Dios, que todos somos hermanos, que todos somos: nosotros…

Una economía que produce “deshechos”

Por ello, ante una economía que deja detrás a muchas personas, que no se interesa por los que menos tienen y los descarta convirtiéndolos en “Sobrantes”, en “deshechos” (como los denomina Francisco), no nos escandalizamos. Lo que nos preocupa es poder adquirir aquellas novedades que nos trae el mercado, saber que vamos a tener lo que deseamos y mantener el estatus en el que nos encontramos. Por ello apoyamos un sistema económico que, aunque no llega a todos por igual, nos mantiene en nuestra posición. Estamos convencidos la manera de organizarnos beneficia a todos y es un buen modo de luchar contra la pobreza porque genera crecimiento económico y, si hay más, podremos repartir más…

Y esta es la segunda idea clave que creo que quiere transmitirnos Francisco en estos dos apartados. No podemos seguir creyendo ciegamente en un sistema económico que no es compasivo, que genera unas basuras que no solo son contaminantes, sino que son humanas. Los “sobrantes” son personas que no cuentan, que no se benefician del común, que quedan a un lado. No podemos seguir confiando en que el crecimiento económico va a solucionar esto, en que cuando nos recuperemos de la crisis estas personas que ya no cuentan van a pasar a ser importantes, van a dejar de ser “deshechos”. El crecimiento por si mismo no va a acabar con esto…

Incluir la compasión en nuestro comportamiento económico

Por ello, el mensaje que a mi juicio nos envía Francisco es claro. Nos anima a ser más compasivos. La alegría del evangelio no se puede vivir sin compasión, sin ser capaces de ponernos en el lugar del otro. Conseguirlo nos permite comprender a nuestro prójimo, asumir sus anhelos y convivir y compartir con él sus esperanzas e ilusiones. También supone conocerlo mejor, sufrir con el otro y estar con él cuando lo necesita. Pero para ello, precisamos de una organización económica que también sea compasiva, que vea el sufrimiento de quien peor está y se desviva por él, que no genere “sobrantes” ni deje a un lado a aquellos que no tienen suficiente.

Hay que buscar una sociedad inclusiva en la que todos puedan participar, en la que nadie quede descartado por tener poco. Una sociedad que sea sensible a esas realidades que quedan fuera. Por ello, Francisco nos anima a los cristianos a decir NO a esta economía de la exclusión, a esta economía egoísta que genera tanto sufrimiento en aquellos que se ven descartados de su riqueza y SÍ a una economía construida en clave compasiva, en clave de de amor, una economía que se centre en las necesidades de quienes peor están…

 
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Publicado por en febrero 17, 2014 en ética económica

 

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