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¿Cómo organizamos la economía?

Artículo públicado en la revista ICONO, año 117, nº 11, Diciembre 2016, pág: 26 y 27

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Uno de los temas más debatidos en la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) es su opinión ante los sistemas económicos que rigen las naciones. La manera en la que organizamos nuestra economía tiene unas consecuencias evidentes sobre la producción, la distribución de lo que tenemos y el cuidado del medio ambiente. También sobre los comportamientos económicos de las personas y de las instituciones que llevan a ambas a seguir un determinado camino u otro. Por ello, desde la primera encíclica papal que inauguró la DSI (Rerun novarum) la Iglesia se ha pronunciado sobre los distintos sistemas económicos y las ideas económicas que los sustentan.

Los sistemas socialistas

Ante unos sistemas económicos que pretendían poner en práctica los postulados de la ideología marxista, la Iglesia siempre se ha manifestado de una manera negativa. El motivo principal por el que se ha dado esta crítica se ha basado en el totalitarismo que exhibían (y exhiben), en la anulación de la libertad y del individuo (desde una concepción en la que la persona es un simple elemento del organismo social) y en un esquema basado en el conflicto (la lucha de clases). Por ello, desde la encíclica Rerum novarum hasta la Centesimus annus, se critican los errores antropológicos del marxismo que le llevan a sustentar sistemas condenados al fracaso y negativos para las personas que habitan en ellos.

El liberalismo

Ante una caída de los países socialistas en Europa (que no en otros lugares del mundo) a finales de los años ochenta del pasado siglo, la encíclica Centesimus annus (CA) se planteaba si esto quería decir que el capitalismo era la opción por la que apuesta la Iglesia para organizar económicamente las sociedades. En este punto, la encíclica rechaza una clase de capitalismo que podríamos denominar “salvaje” y del que ya se había separado la DSI en anteriores encíclicas y en especial en la Rerum Novarum (que intentó alejarse tanto del socialismo como del liberalismo más radical). Aquí es donde se enmarca el texto tantas veces repetido y que aparece en el 42 de la CA: “La respuesta obviamente es compleja. Si por «capitalismo» se entiende un sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de la empresa, del mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad para con los medios de producción, de la libre creatividad humana en el sector de la economía, la respuesta ciertamente es positiva, aunque quizá sería más apropiado hablar de «economía de empresa», «economía de mercado», o simplemente de «economía libre». Pero si por «capitalismo» se entiende un sistema en el cual la libertad, en el ámbito económico, no está encuadrada en un sólido contexto jurídico que la ponga al servicio de la libertad humana integral y la considere como una particular dimensión de la misma, cuyo centro es ético y religioso, entonces la respuesta es absolutamente negativa.”

El sistema socialdemócrata

Como la misma Centesimus annus añade la idea de que el Estado es quien tiene que orientar la labor del mercado para que cumpla su importante función social, algunos autores comentan que el sistema económico más ajustado a aquello que afirma la DSI es el socialdemócrata. Es decir, una organización económica basada en la economía de mercado que articula instrumentos para paliar y reducir las desigualdades y la pobreza que esta genera si no se le ponen trabas a su funcionamiento (en especial el estado de bienestar). Esta es la idea que parece reflejar el anterior párrafo, un sistema capitalista orientado correctamente y que ofrece instrumentos para paliar sus problemas económicos (especialmente el de distribución)

La apuesta por las economías emergentes

Sin embargo, la encíclica Caritas in veritate (CiV) dio un paso más allá a la hora de cambiar esta idea, tal vez anquilosada, de lo que se ajusta más o menos a la DSI. Porque esta Encíclica de Benedicto XVI introduce en liza lo que Pedro José Gómez Serrano viene a denominar “las economías emergentes”. CiV diferencia entre los instrumentos y las finalidades de una economía, afirmando que instituciones como el libre mercado no son intrínsecamente malas, sino que dependiendo de cómo se utilicen y hacia dónde se orienten, tendrán unos resultados positivos o negativos para las personas (idea ya vista en anteriores encíclicas). Pero donde avanza Benedicto XVI e incide en algo que ya se vislumbraba en anteriores documentos de la DSI es cuando afirma que las relaciones de fraternidad y la lógica del don pueden y deben introducirse en las relaciones económicas. Por ello, en el mensaje del día mundial de la paz de 2013 anima a construir un nuevo modelo de desarrollo y una nueva visión de la economía. Ya no se trata de apoyar dos ideas (socialismo y liberalismo) que no tienen en cuenta a las personas y que las dejan a un lado, u otra que reconoce que el mercado trae malas consecuencias sobre la desigualdad y el bienestar de muchos excluidos e intenta que el Estado sea quien se haga cargo de reorientar este problema (keynesianismo), sino de reorientar la economía para lograr que la misericordia, el compartir y la lógica del don impregnen las instituciones y el quehacer económico. La DSI anima, pues, a profundizar en los caminos que comienzan a transitar las economías emergentes, para construir un sistema económico que supere las fronteras que limitan al actual y que sustente una nueva visión de la economía más humana y solidaria.

 

 

 

 

 

 
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Publicado por en enero 18, 2017 en Estado Social

 

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Reducir el déficit con equidad

Artículo publicado en Noticias Obreras nº 1590, Diciembre 2016, pág: 12 y 13

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El nuevo plan de presupuestario del gobierno, que tiene que ajustarse a las indicaciones de la Unión Europea con respecto al déficit público, prevé un ajuste de unos 5.500 millones de euros el próximo año. Parece que este ajuste se realizará vía gasto público, es decir no incrementando los impuestos sino reduciendo el gasto (estos son los dos sistemas ineludibles para reducir un déficit, incrementar ingresos o reducir gastos) y parece evidente que, también, nuestro nuevo gobierno está dispuesto a cumplir con estas exigencias (para algo estamos en el club de la Unión Europea)

Ante este nuevo ajuste debemos tener en cuenta varios factores para poder formarnos una opinión argumentada sobre su pertinencia o no. El primero es que no se puede mantener una administración que esté permanentemente en déficit. El Estado, como cualquier institución, no puede sobrevivir si año tras año se gasta más de lo que ingresa. Además, un déficit continuado tiene que financiarse y esto supone tener que pedir prestado dinero para poder mantenerlo. La financiación tiene un coste y esto son gastos añadidos al presupuesto que no pueden ser utilizados para políticas sociales, inversión u otros menesteres útiles para la sociedad.

Siendo este el punto de partida y una realidad ante la que nos encontramos, el presupuesto y su equilibrio debe ser un instrumento para alcanzar unos objetivos económicos comunes, debe estar al servicio de los objetivos públicos y debe, por tanto, subordinarse a estos. No podemos poner el déficit o el superávit por encima de los objetivos económicos sino al contrario, al servicio de estos. Si es necesario realizar un ajuste del presupuesto para evitar que exista un déficit, esto debe hacerse de la manera menos nociva para la consecución de los objetivos públicos tanto a corto como a largo plazo. Lo importante no tendría que ser recortar a toda costa, sino ver como se consigue el equilibrio presupuestario para que las políticas importantes se vean lo menos afectadas posible.

Además, la gestión del déficit a nivel nacional, tiene otro componente que hay que tener en cuenta y que no es significativo cuando intentamos equilibrar presupuestos individuales, de empresas o de cualquier otra institución. El volumen del gasto y los ingresos públicos tiene repercusiones que van más allá del propio sector público. Reducir gasto (por ejemplo) no solamente puede mejorar las cuentas públicas, sino que además puede tener repercusiones sobre la economía del país. Gastar menos supone reducir el crecimiento económico de la nación (no solo por la reducción, sino también por los efectos multiplicadores negativos que tiene el gasto sobre el consumo de los particulares) lo que en un corto plazo de tiempo puede hacer que bajen los ingresos públicos. Esto significa que una política que intenta reducir el déficit puede acabar provocando más déficit en un futuro porque reduce la producción, lo que acaba afectando al pago de impuestos y consecuentemente a una disminución de la recaudación.

Pero quizá, el elemento más discutido tiene que ver con el volumen de gasto e ingresos públicos que tiene nuestro país. Porque el volumen de gasto público español en 20151 fue de un 43,5% del PIB mientras que la media de la Unión Europea fue de un 47,3%. Los ingresos públicos supusieron en España un 38,6% del PIB mientras que la media de la UE fue 44,9%. Esto quiere decir que si en España ingresásemos lo mismo que la media de los 28 países de la Unión Europea, manteniendo el gasto público que tenemos, no solo no tendríamos déficit, sino que estaríamos en superávit (por más de un punto). Esto lleva a muchos economistas a afirmar que el problema de nuestro déficit no es el de un nivel de gasto exagerado (15 países de la UE gastaban un porcentaje más elevado del PIB en 2015) sino el de una recaudación muy reducida (Solamente cinco países de la UE, Reino Unido, Letonia, Rumanía, Lituania e Irlanda, tuvieron unos ingresos públicos menores que España)

Vista la situación en la que nos encontramos ante el próximo ajuste, creo que los criterios que deberían guiarnos a la hora de tomar posición ante él son los siguientes:

Un déficit continuado y permanente no es conveniente, los ingresos deben estar por encima o al mismo nivel que los gastos a medio y largo plazo, por lo que no podemos pensar que recurrir a la deuda continuamente es una política adecuada porque esta acaba siendo regresiva y reduce las posibilidades de gasto por el pago de intereses.

Dicho esto, la reducción del déficit no puede ser el objetivo principal de una política económica a la que se subordina todo lo demás. La reducción del déficit tiene que ser una política que se ponga al servicio de los objetivos económicos de la sociedad.

Si aceptamos la opción preferencial por los más desfavorecidos, la reducción del déficit debe ser una política que acabe siendo beneficiosa para las capas más empobrecidas de la población, debido especialmente a que esa reducción del déficit permite que el dinero que se ahorra en intereses se destine a políticas sociales y a aquellos que peor lo están pasando.

Para ello, hay que calibrar en primer lugar si nos es más conveniente reducir partidas de gasto que nos bajen todavía más de la parte central de la tabla en cuanto a gasto público en la UE o si por el contrario la política más adecuada es la de incrementar los ingresos para ponernos al nivel de la media de los países de la UE.

Si pensamos que la reducción del gasto es el camino adecuado, esto no se puede hacer de una manera lineal (reducimos el gasto en todas las partidas) sino que hay que ver aquellas que van a afectar menos a los más desfavorecidos de la población y aquellas que tienen menos efectos multiplicadores sobre la economía.

Si la opción es la de incrementar ingresos habrá que analizar cuáles son las partidas de ingresos que conviene incrementar para que esta bajada de la renta de los agentes económicos tenga pocos efectos sobre la actividad económica y pocos efectos sobre las familias y personas más pobres.

Desgraciadamente, parece que esto no va a ser así. El déficit ha pasado de ser un instrumento a ser un objetivo prioritario, por lo que seguramente nos encontraremos con otra bajada de gastos indiscriminada, que afectará a todos sin plantearse si quiera la posibilidad de subir los ingresos para lograr el mismo objetivo.

 
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Publicado por en enero 10, 2017 en Estado Social

 

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Causas y desafíos del desarrollo

Os remito el enlace al artículo titulado “Causas y desafíos del desarrollo” que escribí hace un tiempo para el libro: Los nuevos escenarios del desarrollo humano : un proyecto global : en el 40 aniversario de Populorum Progressio y en el 20 de Sollicitudo Rei Socialis (pp. 55-71). Madrid : Instituto Social León XIII, Fundación Pablo VI.

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Podéis encontrar el artículo en http://dspace.ceu.es/handle/10637/7785

 
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Publicado por en agosto 30, 2016 en Economía humana

 

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Más allá de lo público o privado: orientarse hacia el Bien Común

Artículo públicado en la revista ICONO, año 117, nº 7, Julio 2016, pág: 26 y 27

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Hace unas semanas se entrevistaron conmigo unas personas de una empresa que representa a diversos economistas que tienen repercusión pública debido a su intervención en programas de la televisión. Me proponían algo que a su juicio tenía buenos resultados y era lo que más demandaban alumnos y público en general: un debate en el que se enfrentarían dos economistas, uno partidario de lo privado y otro de lo público. Cada uno de ellos defiende una postura aparentemente opuesta. La primera que el tamaño de lo público debe reducirse lo máximo posible ya que su gestión es por naturaleza ineficiente y debe potenciarse lo privado. La segunda ve a lo privado como un peligro ya que siempre defiende los intereses individuales de alguien (además ese alguien suele ser el más favorecido) por lo que hay que potenciar lo público que es, por naturaleza, quien defiende los intereses de todos y en especial de los más desfavorecidos. El debate que me ofrecían estas personas en mi despacho de la facultad es el que, por desgracia, parece primar no solo entre los tertulianos televisivos, sino también entre los partidos políticos que componen el espectro nacional.

Las actuaciones política en clave privado contra público

De hecho, creo que esto es lo que estamos viendo en las actuaciones políticas de gobiernos de uno y otro color. Unos afirman que lo público no funciona bien y en lugar de intentar solucionarlo para que las cosas vayan mejor (cosa que además sería su responsabilidad ya que son los gestores de lo público) sugieren privatizar lo público y venderlo a intereses privados pensando que esto va a mejorar su gestión. Los otros, piensan que si lo público no funciona como debería es por culpa de lo privado, con lo que se dedican a legislar en contra de lo privado pensando que así se favorece lo público. Las dos opciones escurren el bulto, envian los balones fuera. Si lo público no funciona o puede funcionar mejor, la solución no es privatizar o ir en contra de lo privado, sino arremangarse e intentar solucionarlo, ponerse manos a la acción para que funcione mejor, gestionarlo correctamente… Las ideologías anti-privado y anti-público hacen que los políticos no se centren en lo esencial, es decir, en mejorar la gestión de lo que tienen.

La DSI y el bien común

Ante ello la Doctrina Social de la Iglesia propone un concepto de bien común que es fácilmente aceptable por personas cristianas y no cristianas. El bien común es definido por el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia como el «el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección». Es decir, buscar el bien común es buscar la manera de organizar nuestra sociedad que nos permita a todos y a cada uno de nosotros lograr nuestros anhelos vitales, vivir con dignidad, tener lo suficiente para poder realizarnos como personas a lo largo de nuestra vida. Y esto se pretende lograr, para todos, sin excepción, sin que nadie quede excluido por su lugar de nacimiento, su color, su religión, su raza, su sexo, sus ideas o preferencias, su historia anterior, su opción vital…

El estado tiene como función principal lograr ese bien común

El estado tiene como función principal lograr este bien común. Es su labor primordial y debe poner todos sus esfuerzos para lograrlo. Porque el estado está al servicio de todos y cada uno de nosotros y debe esforzarse en que podamos vivir en sociedades libres en las que el camino para lograr nuestros propios objetivos sea lo más sencillo posible. Sobre esta base algunos piensan que el sector privado no funciona así y que este tan solo busca objetivos particulares y propios. En esto se basa el enfrentamiento entre uno y otro. Institución que busca el bien común (Estado) ante otras que buscan solo el bien propio (privadas). Sin embargo esto no es siempre así (aunque en ocasiones lo es), muchas entidades privadas también tienen como objetivo la búsqueda del bien común. La Doctrina Social de la Iglesia nos dice que la búsqueda del bien común, aunque sea el principal objetivo del Estado, es una labor que nos involucra a todos, las personas, las instituciones, las empresas. Por ello, podemos pensar que en esta labor, lo privado no debería actuar como opuesto a lo público, sino como colaborador necesario.

La colaboración pública-privada

Las ideologías anti-privada y anti-pública, se construyen ambas sobre la idea de que los intereses privados y públicos son realmente opuestos y ambas potencian, en todo los casos, que lo sean. Por eso, es necesario superar esta concepción y entrar en un modelo de colaboración que supere las desconfianzas mutuas y piense que tanto uno como otro son positivos para construir una sociedad mejor. Evidentemente el sector público tendrá que incentivar a aquellas empresas e instituciones privadas que realmente priorizan la construcción del bien común y desincentivar a aquellas que priorizan sus objetivos particulares a costa de ir en contra del bien común. A partir de aquí, tendremos que mirar de una manera ponderada y caso por caso, que clase de institución es mejor para lograr el bien común. Por que sabemos que en ocasiones, es una institución pública la que cumple mejor este objetivo, en otras es mejor una privada y en otras puede ser indiferente. Una sociedad sana, necesita potenciar las entidades privadas que mejoran el bien común y la colaboración entre agentes públicos y privados ambos puestos al servicio de las personas.

 

 

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Paisaje y economía : el componente humano del paisaje

Os adjunto una reflexión sobre la relación entre la economía y el paisaje que escribí hace unos años y que creo que puede ayudar a comprender las difíciles relaciones entre un crecimiento económico que no entiende de paisajes y el mantenimiento de espacios y paisajes en los que se pueda vivir.

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Podéis encontrar el artículo en: http://hdl.handle.net/10637/7829.

Su referencia es la siguiente: “Paisaje y economía : el componente humano del paisaje”. En Husillos Tamarit, I. (coord.). Paisajes : VI Seminario Desierto de Las Palmas (pp. 99-122). Castellón de la Plana (Castellón) : Fundación Desierto de Las Palmas.

 

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Dar o compartir

Artículo públicado en la revista ICONO, año 117, nº 6, Junio 2016, pág: 26 y 27

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Economía y emigración

Artículo publicado en la revista SENDAIMAG, nº 12, Abril, Mayo y Junio 2016. Pág  28-29

El fenómeno de la emigración es algo que ha existido durante toda la historia. Las personas buscan otro sitio para vivir cuando consideran que el lugar en el que habitan no les permite cumplir sus expectativas de vida (ya sea por guerras, por falta de libertad, por problemas económicos, por cuestiones climáticas, por asuntos personales…). En estos cambios de residencia se combinan dos efectos, el expulsión, que se da porque las condiciones del lugar de origen son muy malas (en el sentido que sea) y el efecto atracción (cuando el lugar de destino tiene unas condiciones mucho mejores). Cuando en el punto de partida de la emigración alguno de estos problemas se desborda o la diferencia entre las condiciones de vida entre el destino y el origen son abismales (en cualquiera de los sentidos que hemos nombrado), los flujos migratorios dejan de ser residuales para pasar a ser masivos. Ello produce lo que se vienen a denominar crisis migratorias, debido a la llegada exagerada de personas que buscan una vida mejor en una tierra que no es la suya de origen.

Es evidente que esto trae una serie de problemas añadidos a quienes reciben el flujo de personas que huyen de unas malas condiciones de vida o ansían tener unas mejores. Los países más ricos y más libres, suelen ser los principales receptores de estos flujos migratorios (aunque no los únicos) y allí es donde se muestran los problemas. Europa lleva mucho tiempo siendo receptora de estas personas que huyen de la pobreza y de las guerras. Si en otros momentos fueron España e Italia las principales vías de acceso de estas personas, ahora es Grecia la que concentra el principal número de entradas. La cuestión es la misma, aunque los caminos y las nacionalidades de aquellos que vienen son diferentes. Se está debatiendo mucho estos últimos meses (y sobre todo a raíz del acuerdo de la Unión Europea con Turquía) sobre el respeto o no al derecho internacional y sobre todo al derecho de asilo, pero opino que el debate está desenfocado ya que la cuestión está más centrada en el tema económico que en la cuestión legal.

Fueron muy claras las palabras que oí hace unos días en boca de uno de los representantes políticos españoles con puestos de responsabilidad en una de las puertas de entrada de la inmigración en España, Melilla: “no podemos acoger a todos los que quieren venir porque eso pone en peligro nuestro nivel de vida”. Es decir, la cuestión clave de la inmigración no es si se tienen derechos o no, sino lo económico. En unas sociedades en las que lo económico no solo está sobrevalorado, sino que actúa como un auténtico ídolo, como un Dios al que hay que subordinar todo lo demás, cualquier cosa que pueda sospecharse que va en contra del crecimiento económico, de la renta per cápita de la que gozamos en este momento, debe ser evitada. Lo primero es mantener nuestras condiciones de vida, todo debe ser subordinado a ello.

Por ello, el nivel económico de los países ricos es puesto por encima de todo y lo que supone el principal objetivo de una sociedad rica, se contrapone a las personas, a los seres humanos que pueden comprometer su bienestar a los que se deja morir o que vivan en unas condiciones poco dignas. Se plantea entonces un dilema que está en el fondo de todo el debate: si llegan los refugiados o los inmigrantes, nuestras condiciones de vida bajan. Como esto último es lo prioritario, nuestra política debe basarse en rechazar esos flujos de personas, en que no entren. Los países ricos tiene esto como eje principal de actuación y como criterio prioritario a la hora de elegir su política migratoria.

Independientemente de que la afirmación inicial sea cierta, es decir, de que la llegada de inmigrantes tenga que suponer una bajada de la renta per cápita de los receptores (conocemos experiencias históricas en las que esto no ha sido así como los inmigrantes republicanos en México, la inmigración en EE.UU., en Argentina o en Australia, etc.) esta es la sensación que se transmite y es la que lleva a que en la política migratoria de los países más ricos predomine la idea económica de protección.

Esta política migratoria es un ejemplo claro de cómo la preponderancia de la economía en nuestras economías provoca un descuido de valores humanos o de humanismo en nuestras sociedades. El poner la economía por encima de cualquier otro valor u objetivo, provoca que la política migratoria esté concentrada en detener flujos y no en mejorar la vida de aquellos que tienen que huir de sus países. Esto hace que las personas que emigran no sean vistas como tales, sino como un problema, que su vida deje de tener valor, que su muerte no sea importante. Como en muchos otros casos, la preponderancia de la economía nos deshumaniza y nos lleva a que la gestión económica, en lugar de servir para mejorar a todas las personas, acabe perjudicando a una parte de ellas.

 

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Panamá y los paraísos fiscales

Artículo públicado en la revista ICONO, año 117, nº 5, Mayo 2016, pág: 26 y 27

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Durante el mes anterior se airearon algunos datos en los que se conocía el nombre de personas conocidas que han refugiado su dinero en un país considerado por muchos como paraíso fiscal, Panamá. Algunas de estas personas se apresuraron a afirma que su actividad no era ilegal, que todo entraba dentro de los usos legales que cualquiera con unas rentas lo suficientemente alta podían realizar. Probablemente tienen razón al afirmar esto. Sus comportamientos que entrañan ilegalidad alguna dentro de nuestra organización financiera internacional, pero ello no significa que aquello su comportamiento sea ético o que esta legalidad sea la deseable para este nuestro mundo tan intercomunicado. De hecho, que Panamá fuese un paraíso fiscal era algo que se conocía (aunque no todos los países lo consideraban como tal) y que había personas adineradas que se llevaban dinero allí para eludir el pago de impuestos también (aunque no se conociesen con exactitud sus nombres).

¿Qué es un paraíso fiscal?

Lo primero que cabe preguntarse es qué es un paraíso fiscal. Según la organización no gubernamental Oxfam internacional, el paraíso fiscal es aquel país que tiene una legislación que comprende cuatro características: tiene una tributación baja o nula; le otorga ventajas fiscales a aquellos que no residen en el país pero ponen su dinero en el mismo, aunque no realicen actividad económica alguna en esa nación; no coopera con las haciendas públicas de otros países y no les da datos para luchar contra el fraude; su marco legal permite que no se puedan identificar ni los bancos que ponen dinero allí, ni a los titulares o propietarios de los activos financieros que se tienen allí. Una organización denominada Tax Justice Network, demuestra cómo hay 42 lugares en el mundo que cumplen estas características (en mayor o menor medida). Entre ellos dos que tenemos muy cerca como Gibraltar y Andorra y tres países europeos como son Irlanda, Luxemburgo y Países Bajos.

¿Por qué alguien pone su dinero en estos lugares?

Estas condiciones de privacidad, poca colaboración y ventajas fiscales son ideales para dos clases de colectivos. El primero es aquellos que teniendo mucho dinero (si se tiene poco no sale rentable llevar el dinero a estos países), no quieren colaborar con la hacienda y desean pagar la menor cantidad de impuestos posible. En estos casos, independientemente de si la procedencia de su dinero es legal o ilegal, llevarlo a estas plazas les permite no pagar impuestos y obtener así ahorros sustanciales. El segundo colectivo está compuesto por aquellos que obtienen el dinero de manera ilegal y que quieren que este se mantenga escondido a los ojos de las autoridades que podrían perseguir su delito.

Consecuencias sobre las naciones y el bien común

Esto tiene dos consecuencias evidentes sobre el resto de países y sobre el bien común internacional. La primera es que tenemos lugares en los que los delincuentes internacionales pueden tener su dinero y sacarle rendimiento sin temor a ser localizados. La segunda es que aquellos que mayores posibilidades monetarias tienen y que por tanto, mayores impuestos tienen que pagar, tienen fácil eludir el pago de estos impuestos a través de estos lugares. Esto hace que la capacidad de los países para recaudar ingresos y utilizarlos para mejorar a sus ciudadanos se ven reducida. Estos dos atentados al bien común son graves y por ello Francisco ya denunció “una corrupción ramificada y una evasión fiscal egoísta, que han asumido dimensiones mundiales” en la Evangelii gaudium (56).

¿Por qué no se hace nada?

Ante ello son muchas personas las que se preguntan por qué no se hace nada. Por qué organizamos un sistema financiero internacional que tiene estos agujeros por los que quienes más tienen pueden eludir el pago de impuestos a la hacienda de sus países o de las naciones en las que generan sus beneficios. Podría parecer lógico que el sistema económico no permitiese a nadie que eludiese el pago de impuestos de una manera legal o que existiesen estos lugares legales en los que enjugar los beneficios de delincuentes y terroristas. Sin embargo, a pesar de las buenas intenciones y de las declaraciones que se han hecho en distintos foros de gobierno mundial (como el G20 y el G8) esta realidad sigue existiendo. El otro día, un dirigente sindical español puso palabras a algo que mucha gente piensa, que los papeles de Panamá demuestran que no se pone coto a estos paraísos fiscales porque muchos de los dirigentes que podrían hacerlo tienen dinero allí o familiares o amigos que invierten sus beneficios en estos lugares. Otros dicen que no se pueden evitar porque tenemos una libertad mundial de movimientos de capitales que nos llevan a que cualquiera ponga sus dineros en el lugar que más le conviene. Pero como algún premio nobel de economía ya ha afirmado, tal vez tengamos que replantearnos si no debemos volver atrás y poner otra vez restricciones reales a estos movimientos de capitales.

En todo caso, parece claro que la existencia legal de estos paraísos fiscales debería acabar. Los medios técnicos lo permiten fácilmente y debería existir una voluntad política para que el “bien común mundial” no sea solo una palabra bonita, sino un verdadero objetivo y perseguido por toda la comunidad internacional.

 

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Foro Creyente de Pensamiento Ético-Económico

Artículo públicado en Alfa y Omega, del 5 de Mayo de 2016 en su página 24

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Los políticos no pactan ¿Acaso han sido educados para eso?

Artículo publicado en el periódico “Las Provincias” el 5 de Mayo de 2016 en la página 32

He oído en varias ocasiones durante los últimos meses que los políticos no están a la altura. Que lo que les ha pedido la ciudadanía es que pacten, pero que ellos no saben o no quieren hacerlo. Que no son capaces de renunciar a lo suyo por priorizar los intereses comunes. Que eso es lo que deberían hacer. Que para eso los votamos. Parece que en esta cuestión hay un consenso generalizado y gran parte de la población comparte esta clase pensamientos y exige a nuestros políticos que realicen el esfuerzo de pactar y de olvidarse de sus propios intereses para atender y buscar el bien común.

Sin embargo, comprendo la dificultad de llegar a estos pactos. No solo porque el consenso precisa de amplitud de miras, de mesura, de renuncia a lo propio por el bien común, de sabiduría (cosas de las que muchos piensan que carecen nuestros políticos), sino porque para buscar el consenso hay que saber hacerlo y estar acostumbrado a llegar a él, contar con las herramientas adecuadas para saber construir acuerdos entre grupos o personas diferentes. Aquí es donde se encuentra la mayor dificultad ya que nuestra sociedad no educa para ello.

Desde pequeños se nos educa para la competencia, para ser más que el otro, para el egoísmo y la consecución, tan solo, de nuestros objetivos individuales. Justificamos esto diciendo que nos encontramos en una sociedad competitiva, en la que todos intentan conseguir sus propios objetivos sin pensar en los demás, en la que o “chafas o te chafan”. El mercado, nuestra economía, la sociedad, aparece así como una “guerra” en la que solo sobreviven los mejores y aquellos que defienden de una manera más apropiada sus objetivos. Por ello los niños deben aspirar a ser los mejores de la clase, los que saquen las mejores notas, los que tienen más conocimientos. Porque esto les va a permitir lograr ese empleo mejor remunerado que le garantizará su bienestar futuro. Sus compañeros de clase, de trabajo, de barrio, no son tales, sino competidores contra los que hay que posicionarse. Si ellos sacan mejores notas, si son más espabilados, conseguirán lo que tú anhelas y te lo quitarán de las manos.

Y esto no solo lo potenciamos en la escuela, también lo hacemos en la enseñanza superior. A veces, cuando queremos enseñar a expresarse en público a nuestros alumnos universitarios, proponemos debates en los que hay que ganar al otro argumentando sobre un tema que quizás no nos convence y del que pensamos justamente lo contrario. Lo importante es utilizar la dialéctica para vencer, no para convencer o consensuar. Existen algunas instituciones académicas en las que desde el principio los alumnos saben que un determinado porcentaje va a suspender, por lo que tienen que competir con los demás para lograr no estar en el saco de los condenados a no superar el curso. Se les “prepara” así para lo que se van a encontrar en la realidad…

Y esto no solo se ve en la enseñanza sino que se traduce en la vida asociativa, en los partidos políticos, en los mercados económicos, etc. De entre todos, la dinámica de los partidos políticos es la que influye de manera más directa en el juego del poder ya que quienes intentan pactar son miembros directivos de esta clase de organizaciones. Los partidos políticos no trabajan como equipos donde prima la colaboración y la consecución de unos objetivos comunes, sino como grupos de personas que están preocupadas de medrar en su organización, de lograr subir puestos, de que sus posiciones o ideas prevalezcan sobre las otras, de que sus amigos o compañeros ocupen los lugares clave de la organización. Con demasiada frecuencia, en ellos prima la competencia, la lucha contra el adversario interno para lograr el control de la organización, para copar los puestos de dirección. Los partidos políticos, reproducen también, aquello para lo que hemos sido educados, para mejorar nuestro bienestar individual compitiendo con el otro.

Y siendo este el panorama, estando tan contentos de esta educación para la competencia, para la competitividad, para ser más que el otro, para lograr nuestros propios objetivos, ¿le pedimos a nuestros políticos que dejen esto a un lado y se pongan a pactar? Es lo que desearíamos, pero desgraciadamente no han sido educados para eso, les hemos preparado desde bien pequeños para otra cosa y es difícil luchar contra las inercias y los modos de trabajar que se llevan realizando toda la vida. Si queremos que esto cambie, podemos esperar que surjan líderes que rompan con esta inercia y que realmente tengan sentido de Estado y capacidad para el pacto, pero también podemos comenzar a cambiar las bases de nuestra educación y de nuestro sistema económico y social para educar a nuestros jóvenes en la búsqueda del consenso, en el diálogo y en la colaboración en lugar de hacerlo en la competencia. Algunos nos dirán que esto no es prepararles para un mundo de competencia en el que van a vivir, pero todo aquel que lo intenta sabe que es más difícil cooperar que competir, que se necesitan más cualidades para lo primero que para lo segundo. Quien está preparado para cooperar y sabe hacerlo, le es fácil pasar a competir. Quien está preparado para competir, difícilmente puede cooperar y fracasa frecuentemente en el intento.

 
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Publicado por en mayo 6, 2016 en ética económica

 

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Economía frente a personas

Artículo públicado en la revista ICONO, año 117, nº 4, Abril 2016, pág: 30 y 31

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Jesús nos recordaba que aquellos que estarán a la derecha de su Padre estarán allí “ Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me disteis alojamiento; necesité ropa, y me vestisteis; estuve enfermo, y me atendisteis; estuve en la cárcel, y me visitasteis.” Y le contestarán los justos: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te alimentamos, o sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos como forastero y te dimos alojamiento, o falto de ropa y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y te visitamos?” El Rey les responderá: “Os aseguro que todo lo que hicisteis por uno de mis hermanos, aun por el más pequeño, por mí lo hicisteis.” (Mt 25, 36-40). Ante este recordatorio se sitúa una frase escuché hace poco en la radio, de boca de uno de nuestros representantes políticos: “no podemos acoger a todos los que quieren venir porque eso pone en peligro nuestro nivel de vida”

Economía versus personas

La simple escucha de estas palabras nos llevan a darnos cuenta de un dilema moral que es habitual que se plantee en nuestra sociedad y ante el que la respuesta es clara por parte de algunos. Se trata de contraponer nuestro nivel económico, lo que tenemos y de lo que gozamos, a las personas, a los seres humanos que pueden comprometer nuestro bienestar y que por ello estamos dispuestos a dejarlos morir o a que vivan en unas condiciones poco dignas. Este es el dilema que planteaba nuestro representante político en la declaración que escuché en la radio: si llegan los refugiados o los inmigrantes, nuestras condiciones de vida bajan. Como esto último es lo prioritario, nuestra política debe basarse en rechazar esos flujos de personas, en que no entren. Nuestras políticas van a tener esto como eje principal de actuación y como criterio prioritario a la hora de comparar las posibles medidas a poner en práctica.

La idolatría del dinero y la cultura del bienestar

Parece evidente que esta es una muestra más de lo que Francisco denuncia como la idolatría del dinero. El “tener más” es puesto por encima de cualquier otra cuestión, la cultura del bienestar que acompaña a esta idolatría es hegemónica a la hora de tomar decisiones. Porque lo más importante es conservar el nivel económico alcanzado y que este no se vea comprometido por nada. Por ello, cuando nos encontramos ante un río de personas que lo están pasando mal y que huyen de situaciones dramáticas, ante la opción de la acogida y la ayuda, se prima el protegerse de ellas, el poner barreras para que no convivan con nosotros y no comprometan nuestro nivel de vida. Más allá de que esto sea verdad y de que si llegan, realmente se vea comprometida nuestra riqueza (cuestión que sería objeto de otro debate) lo que aquí resalto es cómo el idolatrar el bienestar, nos lleva a olvidar a las personas. Cómo el objetivo de ayudar al prójimo (en este caso el forastero) cambia por el de proteger nuestras riquezas.

Esto nos lleva a la cultura del descarte

Estas prioridades nos llevan directamente a lo que Francisco denomina “la cultura del descarte”. Los refugiados, los emigrantes, son descartados, dejados a un lado, no nos sirven, no queremos saber nada de ellos, nos molestan… No sentimos que sean parte de nosotros, que sean personas, que sean seres humanos en situación de precariedad, sino que lo que nos preocupa es protegernos de ellos. En este sentido es muy representativa la manera de entenderlos como “ellos” y no como “nosotros”. Esto nos permite deshumanizarlos y analizar fríamente una situación en la que lo prioritario es defender lo nuestro ante la amenaza de lo suyo. Esto nos anima también a diferenciarlos. No todos los que vienen son iguales, no es lo mismo que uno se muera de hambre que que lo haga por una guerra. Los primeros, los que se mueren de hambre, no tienen por qué venir, son tan solo emigrantes económicos. Esos que se queden en casa. Los otros, los verdaderamente refugiados porque hay guerra en sus casas, veremos si los dejamos entrar, pero solo a estos. Otra vez clasificamos, hacemos jerarquías, no son personas que buscan un futuro mejor en un país diferente, son castas que (como en algunas religiones hindúes) tienen diferentes derechos: los emigrantes económicos y los refugiados

Ensanchar el nosotros y priorizar a las personas

No voy a aportar soluciones aquí, no es el objetivo de este breve artículo, pero sí que voy a sugerir desde dónde deben pensarse estas. Porque para afrontar este flujo de inmigrantes (que recuerdo que no es nuevo, sino que lleva sucediendo desde hace siglos aunque con distintos orígenes y destinos) no podemos utilizar los criterios economicistas hegemónicos en nuestra sociedad. Si lo hacemos, si olvidamos al forastero, si no acogemos a quien tiene necesidad, estamos apostando por esa cultura de la muerte que tantos problemas nos trae y que se contrapone a la cultura del amor y de la misericordia que anunciamos los cristianos. Para vencer estos criterios economicistas debemos ensanchar el nosotros. Romper con el pensamiento “ellos versus nosotros” y pensar que las personas que salen de su país para buscar una vida mejor son un “nosotros”. Ello nos llevará a que, a la hora de plantear las posibles acciones a realizar, el objetivo final no sea protegernos a nosotros, sino mejorar la vida de nuestros hermanos que están pasándolo mal. Si planteamos nuestras actuaciones priorizando esta segunda visión, queriendo realmente mejorar la vida de aquellos que son como nosotros y huyen de la guerra y la pobreza y no intentando protegernos de ellos, las actuaciones y posibles soluciones van a ser, seguro, diferentes. Y no solo diferentes, sino que al mismo tiempo más humanas y positivas para quienes tienen que abandonar su casa porque no encuentran un futuro mejor allí.

 

 

 

 

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Francisco, la economía y la justicia

Artículo publicado en la revista “Salud y Estrella” de una hermandad franciscana de Cáceres

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Debemos conseguir que la economía esté al servicio de la sociedad

Entrevista publicada en el boletín 29, de Navidad de 2015, de la Asociación Resurgir de Huelva

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Publicado por en enero 27, 2016 en Economía humana

 

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FOESSA: Observatorio sobre pobreza y exclusión

Artículo publicado en Cresol, año 16, número 129, Noviembre-diciembre 2016, páginas 36-392015 noviembre foessa y libro francisco_Página_12015 noviembre foessa y libro francisco_Página_22015 noviembre foessa y libro francisco_Página_3

 
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Publicado por en enero 25, 2016 en pobreza

 

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¿Bien común o Bien total?

Artículo públicado en la revista ICONO, año 117, nº 1, Enero 2016, pág: 26 y 27

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Se oye hablar mucho en estos últimos tiempos del bien común. Es un concepto que parece estar otra vez de moda. Tal vez sea esa corriente económica que se denomina la “Economía del bien común” la que lo ha devuelto al lugar del que nunca debería de haber salido. Oímos este concepto en la arena política, se nombra en los debates, se habla de él con más frecuencia que hace unos años. Por ello, en estas breves líneas voy a intentar aclarar a qué nos referimos cuando hablamos de bien común y en especial, qué es éste desde el punto de vista económico diferenciándolo de lo que se denomina “bien total”.

El bien común desde la Doctrina Social de la Iglesia

La Doctrina Social de la Iglesia define el bien común como: “El conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección”. El bien común hace referencia, por tanto, a varios aspectos. El primero es que se refiere a la vida en sociedad. La organización social, la manera en la que nos organizamos para la convivencia mutua es la que determina el bien común. La segunda es que esta organización social se pone al servicio de las personas, se subordina a que estas puedan alcanzar, gracias a ella, su propia perfección. Dicho de otro modo, es una manera de estructurar la sociedad que ayuda a que cada uno de nosotros nos sintamos reforzados y apoyados para ser más y mejor personas.

El bien común y la economía

Dentro de nuestra organización social, también está incluida nuestra organización económica. Según esta concepción de bien común, la manera en la que organizamos nuestros dineros tiene que estar al servicio del crecimiento personal y grupal de las personas y sus asociaciones. Es decir, debemos organizar nuestra economía de modo que nos ayude y nos permita ser más y mejor personas. Esto se traduce en una economía con una vocación de apoyo a las aspiraciones humanas más profundas. Una economía al servicio de las personas que les permite, a través de proveerlas de lo necesario para vivir, hacer y ser aquello que desean. Quizá la cuestión clave dicho esto, es conocer si la economía actual está, realmente, consiguiendo y persiguiendo este objetivo, o se está centrando en otro.

La economía al servicio del bien total

Cuando analizamos la economía actual, podemos darnos cuenta que esta tiene como objetivo primordial el crecimiento económico. Este es definido como el aumento anual del Producto Interior Bruto y este es la cantidad de bienes y servicios que producimos en un país en un año. Tenemos como objetivo que crezca lo producido en nuestra región, país o en el mundo lo que, expresado de una manera sencilla, podríamos definir como “tener más entre todos”. Cabe preguntarse si este “tener más entre todos” es realmente el bien común, nos ayuda a todos y cada uno de nosotros a lograr de manera efectiva nuestra perfección. Para descubrirlo, no hay más que describir cómo se calcula. El método es sencillo, no tenemos más que sumar lo de cada uno y ver el resultado. Esto significa que quien más gana, más aporta y quien gana poco, aporta poco. Al final, si alguien no suma nada (porque no gana nada) pero los otros suman mucho, el total puede aumentar aunque haya gente que no tenga nada y se muera de necesidad y de hambre. Al bien total le da igual el reparto, no es necesario que todos tengan, lo importante es que quien sume, lo haga en una cantidad elevada para que el resultado final sea más alto. A la economía que busca el bien total no le preocupan quienes no tienen y no aportan, solo que quienes tienen suman aporten más y más para que el total aumente. Por ello, perseguir el crecimiento económico, no garantiza por si mismo que todos puedan lograr ser libres gracias a tener cubiertas sus necesidades. Hay gente que queda fuera y estos son irrelevantes para una economía que persigue el bien total.

Cómo se concreta el bien común en la economía

Por ello, el objetivo de la economía debe cambiar si queremos perseguir realmente ese bien común que anhelamos los cristianos y muchos que no lo son. Se trata de pasar del “tener más entre todos” al “tener todos al menos lo suficiente”. Es decir, el objetivo de la actividad económica debe centrarse en gestionar los recursos que tenemos en nuestro planeta para que todos tengamos al menos lo suficiente, no para que podamos producir el máximo posible. Porque si tenemos más, pero no llega a todos ¿Para qué nos sirve tener más? La prioridad debe, por tanto, cambiarse. El bien común económico debe centrarse en que lo que tenemos, esté al alcance a todos, llegue para que todos tengan lo necesario. Así lograremos realmente que cualquier persona pueda desarrollarse como tal gracias a que tiene lo suficiente para vivir y esto le sirve como soporte para hacer aquello que quiere y para ser aquello que desea. Solo persiguiendo esto, podemos poner realmente la economía al servicio de la persona.

 

 

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La economía y la familia

Artículo públicado en la revista ICONO, año 116, nº 8, Setiembre 2015, pág: 12 y 13La economía y la familia_Página_1La economía y la familia_Página_2

El principal ejemplo de que la economía puede ser solidaria, estar al servicio de las personas e impregnarse de amor y solidaridad, lo tenemos en la familia. Cuando los griegos (se dice que fue Jenofonte quien acuñó el término) hablan de Oikonomia, se están refiriendo precisamente a la administración (Nomos) de la casa (Oiko). De hecho, Aristóteles distingue entre la oikonomia y la chrematistique (crematística en español) que proviene de chremata, que significa bienes, dinero, riqueza. En estas dos definiciones se reflejan dos maneras distintas (y yo diría que opuestas) de entender la economía. La primera tiene como objeto administrar bien lo que se tiene para obtener un beneficio de diferente naturaleza. Esto es, conseguir que los temas de gestión de la riqueza, del patrimonio, se pongan al servicio de que la familia vaya bien. La segunda es una gestión que tiene como objetivo el dinero en si mismo. Es la clase de gestión que, según Aritóteles, realizan los comerciantes y que tiene como único objetivo el lucro.

Economía y familia van ligadas desde el origen del término

Podemos afirmar, pues, que familia y economía van ligadas desde el origen de este último término. Una familia tiene muchos asuntos que resolver en cuanto a sus relaciones y al cumplimiento de los objetivos de todos sus miembros. Si pensamos en nuestras propias familias, veremos que nuestras principales preocupaciones suelen ser que los niños (si los hubiere) crezcan y se eduquen correctamente; que todos los miembros de la misma vivan felices y que el entorno familiar sea un entorno positivo para todos ellos que les permita realizarse y asumir con fuerzas las tareas que abordan fuera de ese entorno; que los mayores (si los hubiere) vivan sus últimos años cuidados, queridos y en un entorno adecuado, etc. Seguro que se nos pueden ocurrir muchísimas más prioridades en nuestras familias, que son las que intentamos conseguir con los nuestros, con los que más queremos. Si quisiésemos resumir, todos nuestros objetivos familiares podrían resumirse en que buscamos que sea un espacio en el que reine el amor entre todos sus miembros para reforzarlos y ser más y mejores personas.

Para que la familia funcione necesitamos tranquilidad económica

Ahora bien, si queremos lograr estos objetivos, si queremos que la familia funcione bien, precisamos de unos fondos y unos bienes que nos permitan lograr este objetivo. Nuestro hogar no va a resultar fructífero, no puede ser un remanso de paz en el que reforcemos nuestra persona para afrontar nuestro día a día, si no contamos con un mínimo de bienestar económico que nos permita al menos alimentarnos, descansar, refugiarnos en una casa, realizar nuestros trabajos y curarnos de las enfermedades en las que caemos. Además, pretendemos que esta situación se alargue lo más posible en el tiempo, es decir, la familia es una apuesta de largo plazo. Por ello realizamos una gestión económica que busca que nuestros ingresos sean superiores a los gastos, al menos en el largo plazo. Sabemos que la única manera de que el aspecto económico de la familia refuerce realmente los objetivos de la misma, es que este sea rentable. Es decir, que tengamos beneficios o al menos que no tengamos pérdidas continuadas. Para tener siempre lo suficiente para lograr las metas familiares, debemos gestionar nuestros dineros y nuestro patrimonio de una manera adecuada, evitando las situaciones de quiebra o de pérdidas.

El beneficio se pone al servicio de la familia

La generación de beneficios no es, por tanto, la prioridad, sino una condición sin la que la familia no va a poder lograr sus otros objetivos. De este modo, lo económico se pone al servicio de la persona, de la unidad familiar y de todos los que conviven en un mismo hogar. La rentabilidad no es el fin, sino una condición para lograr que lo otro funcione. Este es el ejemplo más claro de cómo una gestión económica correcta no necesita priorizar lo económico, no precisa de unos criterios crematísticos para seguir funcionando bien. Una economía bien entendida puede, no solo ayudar, sino reforzar lo humano, estar al servicio de las personas.

¿Qué sucedería si todo fuese al contrario?

De hecho, si en una familia primasen los criterios económicos habituales en nuestra sociedad, es decir un egoísmo individualista en el que cada miembro de la familia intentase por todos los medios tener más y conseguir el mayor beneficio posible, seguramente la familia funcionaría peor como tal. Sería difícil que reinase la armonía en su seno, que se potenciase a quienes peor están, que los niños recibiesen la atención y el cariño suficiente, que se tuviese tiempo para cuidar a los mayores, etc. Una familia dedicada a hacer dinero, habitualmente fracasa como familia. Se hace rica, eso sí, pero no logra ser la familia que gira en torno a la mejora y al perfeccionamiento de sus miembros. Este es el ejemplo más claro que podemos encontrar de cómo se puede entender la economía de otra manera, de cómo se puede poner la economía al servicio de las personas, de cómo esta es una opción real y realizable que puede tener magníficos resultados. Lo interesante para nuestra sociedad es que la sociedad y sus entidades trabajen en clave económica y no en clave crematística.

 
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Publicado por en septiembre 28, 2015 en ética económica

 

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¿Refugiados o inmigrantes económicos? Debate equivocado

Artículo publicado por el periódico “Las provincias” el domingo 20 de Septiembre de 2015 en su página 34

Refugiados o inmigrantes económicos debate equivocado

La denominada crisis de los refugiados que estamos viviendo en Europa nos está dejando frases peculiares y actitudes sobre las que vale la pena reflexionar. En este artículo no pretendo repasar todas ellas, pero sí centrarme en dos cuyo contenido económico creo esencial para hacer una reflexión sobre la humanidad de nuestro sistema económico y social. La primera es la que apuntaron los primeros ministros de los gobiernos español y británico: “Hay que diferenciar a los refugiados de los inmigrantes económicos” (4 de septiembre de 2015). Esta diferenciación se basa en los motivos por los que alguien abandona su país. En el caso de los refugiados, el motivo principal es el de guerra o persecución política, mientras que en el caso de los económicos, la expectativa de mejorar las condiciones de vida (especialmente en el campo económico) es la que determina la voluntad de cambiar de país.

Este afán por diferenciar tiene que ver con algo que se ha comentado también durante estos días: el valor económico de los inmigrantes. Parece que Alemania y Suecia están más dispuestos a recibir inmigrantes no solo por su benevolencia o solidaridad, sino por que (como concretó el vicecanciller alemán Sigmar Gabriel) la situación económica permite acogerlos y son futuros trabajadores necesarios para mantener el crecimiento económico de estos países. Las declaraciones que escuché en la radio hace pocos días por parte de uno de los emigrantes que intentaban entrar en Europa confirmaban esta visión cuando afirmaba que ella y los suyos podían ser útiles a las sociedades europeas ya que eran personas con formación y conocimientos que podían ayudar a mejorar las condiciones económicas aportando sus saberes y cualificación

Esto nos lleva a una cuestión clave en todo el debate migratorio: la utilidad económica de las personas que llegan a Europa. Por que si los primeros ministros planteaban diferenciar refugiado de inmigrante económico era porque querían tratarlos de manera distinta: permitir venir al primero y rechazar al segundo. De hecho, esto es lo que venimos haciendo desde hace años, rechazar al inmigrante pobre, a aquel que no tiene dinero. Las causas por las que no queremos que vengan no son el color de su piel, su religión o su procedencia, sino sino son o no pobres. Un africano rico, es siempre bienvenido. Un jeque árabe, es bien recibido. Una persona con titulación superior o una cualificación profesional elevada, es también acogido sin trabas. Todos ellos pueden traer o bien dinero o bien posibilidad de conseguirlo. Al final, lo importante para aceptarlo es si el inmigrante tiene alguna utilidad económica. Los países que acogen parece que lo hacen porque creen que va a ir bien para su economía. Aquellos que rechazan al que viene, parece que lo hacen porque sus empleos o su crecimiento pueden peligrar. El factor económico es clave para saber si damos la bienvenida a quien viene de lejos o no.

Estamos, pues, ante una especie de anti-humanismo económico. Las personas son medidas según su aportación al sistema económico. Como lo más importante pasa a ser la producción, el crecimiento, los beneficios o las rentas, todo aquel que no puede aportar algo positivo a los resultados económicos es descartado (con la afortunada expresión del papa Francisco) y este descarte lleva a la indiferencia. Nos da igual lo que les pase, al fin y al cabo, no son asunto nuestro. Si mueren en el Mediterráneo o en un camión en las carreteras de centro Europa, no es problemático. Sabían que iban a asumir ese riesgo cuando salieron de su casa.

Y digo anti-humanismo porque esta clasificación de las personas según su utilidad económica lo que hace es ir en contra de la igualdad intrínseca de todo ser humano. Ante una concepción humanista (ya sea esta cristiana o de otros orígenes) en las que todos somos iguales en dignidad y contamos con los mismos derechos, se presenta otra en la que no todos tenemos la misma dignidad o derechos. Por ello vamos a aceptar al inmigrante rico, cualificado o refugiado, mientras dejamos fuera al económico. Esto como si el hambre o la pobreza no fuesen tan terribles como la persecución política o la guerra… Pero hablar de las causas y calibrar su dureza o importancia, es desviar el foco hacia un debate equivocado. La clave de nuestra postura tiene que girar alrededor de la persona como tal. ¿El haber nacido aquí nos da más derechos para poder disfrutar de las ventajas de un buen sistema que a otros que han nacido allí? ¿Somos nosotros más que los otros simplemente porque hemos tenido la suerte de nacer en Europa?

Cuando la economía se convierte en una religión, cuando se idolatra el beneficio o el dinero, cuando se pone a toda la sociedad en pos del crecimiento económico considerando a este como lo primordial, se olvida a la persona, se justifica la discriminación por motivos económicos, se pierde el humanismo y se descarta al otro, al que no tiene, al que emigra, al que no puede… Acabamos convirtiéndonos en un sistema de castas en el que un refugiado vale más que un emigrante económico, en el que un pobre molesta y no es bien recibido en nuestras sociedades. Nos encontramos en un tiempo en el que aceptamos con demasiada facilidad la discriminación por motivos económicos y en el que vemos a unos colectivos como superiores a los otros. El anti-humanismo económico se cuela en el debate migratorio para discriminar entre los inmigrantes deseables y los indeseables, olvidando la igualdad de toda persona y la universalidad de los derechos humanos.

 
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Publicado por en septiembre 24, 2015 en Derechos humanos

 

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¿Y ahora qué? Sugerencias económicas para los nuevos gobiernos

Artículo publicado en la revista CRESOL, Any 16, Núm. 127, julio y agosto de 2015 Páginas 30 y 31

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Después de las elecciones y de que se hayan aclarado los gobiernos municipales y el autonómico de la Comunitat Valenciana, queda por delante ponerse a trabajar en una legislatura que promete ser interesante debido a la falta de mayorías absolutas. El hecho de que se tenga que recurrir a pactos, ya sean de gobierno o puntuales, para cada una de las medidas, conlleva un esfuerzo de consenso que, bien llevado y practicado con buena fe y ganas de servir a la población por todas las partes, no dudo que va a ser positivo. En este contexto y atendiendo a un momento en el que parece que hemos tocado fondo en esta crisis que ya nos acompaña durante demasiados años, es en el que voy a comentar lo que creo que son los principales desafíos económicos con los que nos encontramos en estos momentos y a los que tendrán que hacer frente los diversos gobiernos, tanto autonómicos como municipales. En este sentido doy dos avisos para los lectores: la mayoría de las propuestas que voy a realizar no han estado incorporadas en los programas electorales de los partidos, que creo que siguen pensando la economía en clave del siglo pasado. La segunda es que la mayoría deberían ser propuestas transversales, es decir, tan válidas para ser aceptadas por unas vertientes políticas como por las otras.

La primera tiene que ver con el objetivo de la gestión pública. Este debe ser el bien común, entendido este como la creación de las condiciones económicas, culturales y sociales que permitan a todas y cada una de las personas que componen la comunidad, realizarse como tales. Esto, en economía supone que su mejora se tiene que basar no en la mejora de los indicadores agregados, de las cifras medias de los indicadores económicos, sino en cómo les va a quienes peor están. Es decir, pensar que solo mejoramos si lo hacen quienes peor están y no la media. Esto sería un cambio de cultura esencial para pasar a otro enfoque económico en el que se busque no tener más entre todos sino tener todos lo suficiente. Sin esta orientación hacia el bien común y esa prioridad en quienes peor están, pueden no entenderse o entenderse mal el resto de propuestas.

En clave interna, es necesario que las actividades públicas se realicen sin déficit público. Esto por tres motivos. El primero es que no se puede gastar siempre más de lo que se ingresa. Esto no es sostenible a largo plazo, ni en una familia ni en un Estado. En segundo lugar, el endeudamiento acaba beneficiando a quienes más tienen y perjudicando a los más desfavorecidos. Esto es debido a que son los más pudientes quienes pueden prestar al Estado y quienes luego recibirán los intereses que hay que pagar a quien te presta y que aminoran la capacidad de gasto en otras partidas. Pero si estos dos argumentos no son lo suficientemente convincentes por si mismos, el tercero es decisivo ya que nos recuerda que quien está endeudado depende de sus acreedores. De este modo, si queremos que sigan prestándonos, tenemos que hacer lo que ellos nos piden (que puede no coincidir con lo que nosotros queremos hacer) porque quien nos presta exige que le devolvamos lo prestado (como parece lógico) y pide garantías para intentar asegurarse que le devolverán el dinero en un futuro. Si no hacemos lo que nos dice, no continúa confiando en nosotros (esto es lo que le está pasando a Grecia en la actualidad) y nos niega más préstamos. En conclusión, insostenibilidad a largo plazo, beneficio para los más pudientes y dependencia de los acreedores son tres motivos decisivos para apostar por presupuestos equilibrados.

Cambiando de tercio, creo que necesitamos también que se potencie otra clase de economía. No se trata de entrar en el dilema de si determinadas actividades deben ser gestionadas o no por el sector público o privado. Se trata de lograr que las empresas sean verdaderas constructoras del bien común. Es decir, que no sean meras generadoras de beneficios para sus propietarios-accionistas, sino que sean productoras de bienes y servicios útiles para la sociedad y que realicen esta función logrando, al mismo tiempo, unos beneficios suficientes para sus trabajadores, una mejora de la sociedad y del medio ambiente, una gestión participativa que potencie a las persona, etc. Lo importante no es si las cosas que se producen sean hechas por empresas públicas o privadas, sino que sean hechas por empresas que priorizan su función social, que cumplen unos requisitos éticos y sociales que hacen que sea deseable contratar con ellas. Esto supone que el sector público debe cambiar sus criterios de contratación pública para potenciar esta clase de empresas y contratar solo con aquellas que priorizan su función social.

Lo mismo sucede con las medidas de ayuda a la economía. En Valencia tenemos tres campos prioritarios que hay que apoyar para poder lograr un desarrollo regional que acabe beneficiando a todos y en especial a los más desfavorecidos. Por un lado la agricultura, por otro la industria y por último el turismo. Pero no se trata de apoyar a aquellas empresas que son más grandes y que facturan y contratan más. Estas ya tienen ventaja sobre las otras. Se trata de priorizar a las pequeñas, a las que comienzan, a aquellas que cumplen unos parámetros sociales que sean beneficiosos para el bien común (ecológicos, salarios dignos y reducidas diferencias entre los salarios superiores y los inferiores, participación de los trabajadores en la gestión y en los resultados, efectos positivos sobre el entorno, contratación de personas de colectivos desfavorecidos, etc.). Este apoyo, no solo se hace a través de ayudas, sino también de legislación que favorezca la actuación de este tejido empresarial de pequeñas y medianas empresas, de exenciones o rebajas fiscales para aquellos que son más pequeños o que comienzan, etc.

Al final, el objetivo debe ser poner la actividad económica de las empresas y del sector público al servicio del más desfavorecidos, de la reducción de las desigualdades y de la promoción del bien común.

 
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Publicado por en agosto 26, 2015 en ética económica

 

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¿La economía tiene que ser egoísta?

Artículo publicado en la revista ICONO, año 116, nº 7, Julio-Agosto 2015, pág: 10 y 11

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Cuando sale a la conversación con personas que no me conocen previamente que me dedico a temas como la ética económica o sobre cómo la economía puede ponerse al servicio de las personas, algunos de mis interlocutores no pueden evitar esbozar una sonrisa escéptica. ¿No son cosas incompatibles? ¿Cómo puede ser la economía generosa o ética? ¿No es la economía egoísta por naturaleza? Estas y otras preguntas son las que parece esconder esa media sonrisa que me regalan pensando, tal vez, que se encuentran ante otro utópico que no se entera de cómo funciona la realidad. Esta situación no solo se da con personas que están alejadas del cristianismo, que no han sido formadas en él y que no se consideran cristianos, sino que desgraciadamente, también sucede con personas cristianas, que consideran que tienen una gran fe y que siguen pensando que los dictados de nuestra fe no sirven para el tema económico que parece tener una dinámica distinta, una manera de trabajar egoísta ante la que nada podemos hacer que no sea adaptarnos a ella.

La idea de que la economía es egoísta por naturaleza ha calado en todos los ámbitos sociales

Esto que acabo de describir es una prueba de cómo esta idea que se desarrolla sobre todo a partir del siglo XVIII ha tenido un éxito tal, que parece que no es discutible, que sencillamente, parece un dogma de fe afirmar que la economía no puede ser de otra manera, que la economía es egoísta por naturaleza. Por ello, se nos dice que nosotros podemos ser unas personas maravillosas, que podemos ser generosos, desprendidos y preocuparnos mucho por los demás, pero que esto debemos hacerlo en todas las actividades salvo en las económicas. Allí esto, sencillamente, no funciona. En una empresa o en los asuntos económicos, lo que hay que hacer (según esta idea predominante) es mirar por nosotros mismos, competir con los otros, buscar el máximo rendimiento en oposición a los otros. Las empresas, los asuntos monetarios, no entienden de generosidad, no funcionan como las ONGs, son la selva, ahí el que no espabila muere. Hay que ser peor que el otro, llegar antes, competir en mejores condiciones, ser más habilidoso… El mercado es un lugar en el que cada uno llega con sus propios intereses y si queremos lograr los nuestros, debemos ser más fuertes que los demás e imponernos a ellos.

Tener dos caras

Esta idea sobre la economía nos obliga a los cristianos a tener dos caras, una para la economía en la que tenemos que ser duros y egoístas y otra para el resto de nuestra vida, en la que el amor debe ser aquello que predomine en nuestro comportamiento. Es evidente que esta dualidad ni es positiva para la persona ni es sostenible a largo plazo. No es positiva para nosotros porque somos uno, somos una persona que no podemos partirnos, de modo que utilizar criterios distintos según en el lugar en el que nos encontremos rompe nuestra unidad natural. Pero además es peligrosa porque puede llevarnos a que, finalmente, los criterios egoístas de la economía acaben predominando en todo nuestro comportamiento (precisamente para lograr la coherencia que nos pide nuestra unicidad, nuestro ser único) y pasemos a aplicar unos solos criterios para todo nuestro ser y que sean estos los egoístas de la economía, olvidando lo que nos debe caracterizar como cristianos, que es el amor.

Es una falacia

Pensar que la economía solamente puede ser egoísta, afirmar que solamente se puede plantear una manera de llevar la economía que es la de competir todos contra todos, es una falacia que, a fuerza de ser repetida se ha convertido en una verdad incuestionable. Pero para los cristianos es motivo de reflexión, porque si el amor es válido para todo menos para la economía ¿En qué clase de Dios Creemos? ¿En uno que nos dice que el amor es válido para todo menos para la economía? Evidentemente esto no es así. Si lo fuese, ya podríamos ir borrándonos de una religión que nos engañaría si el amor no es aplicable a todo lo humano, si solamente soluciona o es bueno para una parte de nuestra actuación.

La economía puede y debe ser fraterna y solidaria

Pero claro, esto no es así, la economía no solo puede, sino que debe ser regida por el amor. Lo dijo magistralmente Benedicto XVI en su Encíclica Caritas in veritate 36: “La doctrina social de la Iglesia sostiene que se pueden vivir relaciones auténticamente humanas, de amistad y de sociabilidad, de solidaridad y de reciprocidad, también dentro de la actividad económica y no solamente fuera o «después» de ella. El sector económico no es ni éticamente neutro ni inhumano o antisocial por naturaleza. Es una actividad del hombre y, precisamente porque es humana, debe ser articulada e institucionalizada éticamente… En las relaciones mercantiles el principio de gratuidad y la lógica del don, como expresiones de fraternidad, pueden y deben tener espacio en la actividad económica ordinaria. Esto es una exigencia del hombre en el momento actual, pero también de la razón económica misma. Una exigencia de la caridad y de la verdad al mismo tiempo.”. Es decir, el amor cabe en la economía, no solo cabe sino que solamente si esta se articula con amor, puede alcanzar la economía su máxima y mejor expresión. Como afirma Benedicto XVI, introducir el amor en la economía es una exigencia de la razón económica. A pesar de esto, es posible que algún lector todavía tenga dudas, piense que esto no es posible y que con amor la economía es un desastre. Para demostrar lo que digo, voy a utilizar los próximos números de esta revista para poner ejemplos en los que la economía se lleva adelante con amor, en los que se concreta lo que afirma la DSI y veremos como los resultados finales son diferentes y ponen a la economía en su verdadero lugar.

 

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Las diferencias salariales

Artículo publicado en la revista ICONO, año 116, nº 5, Junio 2015, pág: 14 y 15diferencias salariales 1diferencias salariales 2

El otro día me metí en una página web de la BBC, http://www.bbc.com/news/world-31110113, en la que te dicen cuantos minutos tarda un futbolista (puedes elegir cuál) en ganar lo que tú ingresas en una semana y cuántos años necesitarías trabajar para ganar lo mismo que él gana en un año. Hice una aproximación con un salario bajo (15.000€ al año) y otra con un salario algo más elevado (55.000€ al año) y lo comparé con el principal futbolista del Real Madrid. En el primer caso, el deportista ganaba en 8 minutos lo que el trabajador ganaba en una semana y en el segundo treinta minutos. Visto desde otro punto de vista, el primero necesitaría trabajar durante 1.213 años para ganar lo que el futbolista en uno, y el segundo precisaría de trabajar 331 años para lograr lo mismo.

Las diferencias no solo se dan en el fútbol

Estas remuneraciones excesivamente altas no se dan tan solo en el Fútbol. Algunas grandes empresas también tienen unas grandes diferencias entre sus directivos. Una gran multinacional española de las telecomunicaciones paga a su máximo directivo el equivalente a 450 personas de las que menos cobran en esa empresa. Los ejemplos se repiten en las grandes empresas españolas, con unas diferencias que sobrepasan con frecuencia el 100:1. De hecho, la remuneración del consejo de dirección de esta misma empresa recibe unas remuneraciones anuales que son equivalentes a 1.150 trabajadores que perciban 20.000 € anuales. Volviendo al ejemplo del fútbol, la misma página que he señalado antes indica que la media de salario de los jugadores de la liga inglesa es de 2,2 millones de euros anuales. Si estos futbolistas cobrasen una décima parte (220.000 € anuales) se liberaría una cantidad de euros que serviría para pagar a 29.000 personas con un salario anual de 40.000 € (el doble si bajamos el salario a 20.000 €).

Otras empresas no tienen diferencias tan altas

Evidentemente, muchas empresas medianas y pequeñas no tienen diferencias de remuneración tan elevadas. Son muchas las que tienen propietarios o directivos que pueden cobrar como mucho cinco o seis veces más que su trabajador peor remunerado. Estamos hablando de empresas en las que el abanico de salarios se mueve entre 20.000€ el peor y 120.000€ el el mejor remunerado. Diferencias más reducidas y que parecen más razonables. Porque ¿Tienen sentido unas desigualdades tan altas como las vistas en los apartados anteriores? ¿Juegan mejor al fútbol los futbolistas actuales que los de hace quince años cuando sus remuneraciones eran una tercera parte que las de ahora? ¿Funcionan mejor las grandes empresas ahora que hace cincuenta años cuando las diferencias salariales eran muchísimo más bajas?

Quien sustenta estas diferencias

Todo esto se basa en la existencia de unas estructuras empresariales que permiten y potencian estas diferencias que nos parecen escandalosas a muchos. Pero también nosotros colaboramos en esta realidad cuando adquirimos los bienes que producen estas empresas. Cada vez que compramos las zapatillas que publicitan los jugadores de fútbol estamos aportando dinero a la cuenta de un deportista que tiene unos salarios exagerados. Cada vez que adquirimos productos de una de estas grandes empresas, estamos engrosando los bolsillos de unos directivos que tienen unos salarios exagerados y estamos colaborando en el crecimiento de las desigualdades mundiales. Cuando Benedicto XVI afirmó que “comprar es siempre un acto moral” en la Encíclica Caritas in Veritate 66 nos estaba recordando la responsabilidad social que tenemos en nuestras compras. Sin embargo, nuestro desconocimiento sobre cómo trabajan las empresas y los salarios que pagan, nos impide, con frecuencia, ejercer esta responsabilidad social

Cambiar las estructuras

Por ello, necesitamos que al igual que aparecen en los envases de los productos las características de los mismos, también se nos informe sobre las condiciones sociales en las que producen las empresas y las diferencias salariales que existen en su interior. Queremos saber si, tal y como exige la Doctrina Social de la Iglesia, las empresas a las que les compramos pagan unos salarios dignos y suficientes para cubrir las necesidades de los trabajadores y de sus familias. No se trata tan solo de cumplir la ley, sino de ir más allá, de que los beneficios que saca la empresa gracias a nuestras compras sean repartidos de una manera justa entre sus propietarios y trabajadores. Que aquellos a quienes les damos negocio no sean promotores de desigualdades sino agentes de equidad, que las empresas se centren más en cumplir su función social que en favorecer el enriquecimiento de unos pocos de sus trabajadores, asesores o propietarios. Pedir la transparencia en este campo y que se incorpore en la información que recibimos con el etiquetado y con los envases, nos permitirá tener unos criterios de compra socialmente responsable. Por todo ello, debemos pedir a nuestros gobernantes que exijan a las empresas ser transparentes también en estos aspectos.

 
 

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Una misma crisis, consecuencias diferentes

Artículo publicado en Noticias Obreras, nº 1570, Abril 2015, Pág: 12-13

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El pasado otoño presentábamos en Madrid el último informe FOESSA sobre Exclusión y Desarrollo en España. Tuve el honor de ser uno de los profesores que participó en su confección y voy a exponer en este breve artículo algunas de las ideas que expusimos en el mismo y que nos muestran cómo la evolución de la pobreza y la equidad en España a raíz de la crisis siguió un camino divergente con respecto a lo que ha sucedido en el resto de la Unión Europea.

En primer lugar, la crisis hizo que las desigualdades se incrementaran más en España de lo que lo hicieron en la Unión Europea. Si comparamos a partir del año 2008, la desigualdad en España (en términos del índice de Gini) con la de la media de los 15 países de la Unión Europea más ricos, la diferencia de partida era de tan solo un punto. Sin embargo, mientras que entre 2008 y 2012 la desigualdad en estos países se mantuvo en el mismo nivel, en España se incrementó en tres puntos lo que hizo que la diferencia inicial se incrementase hasta los cuatro puntos.

Lo mismo ha sucedido con las cifras de pobreza. Si medimos cómo se han comportado diferentes indicadores de pobreza para la UE15 y para España, vemos como tanto la población en riesgo de pobreza monetaria, como la que está en riesgo de pobreza o exclusión social ha crecido más que la media de la UE15 y que nuestra diferencia con respecto a esta media se ha incrementado en estos años de crisis. Esto nos hace ver que el comportamiento de nuestro país ante la crisis ha sido diferente al de la mayoría de los de la Unión Europea en este aspecto.

Vistos los datos y sabiendo que la crisis ha sido una experiencia generalizada y que no solo nos ha afectado a nosotros sino a toda la Unión Europea, cabe preguntarse por qué sus consecuencias sobre los más desfavorecidos han sido mayores en España que en el resto de la Unión Europea.

El primer motivo ha sido el diferente efecto que ha tenido la crisis sobre el mercado de trabajo en nuestro país y en el resto de la Unión Europea. El gran incremento del desempleo ha hecho que los efectos sobre la pobreza y la desigualdad fueran mucho más profundos en España que en el resto de la UE15. Además, la reducción de salarios en determinados sectores y el incremento de trabajadores a tiempo parcial no deseados, también ha empeorado estos comportamiento negativo.

En segundo lugar tenemos una protección pública para estas situaciones menor que el de la mayoría de los países de nuestro entorno y en unos bajos subsidios de desempleo con una duración menor que la de otros países. Por otro lado, el porcentaje de gasto público en políticas sociales es también inferior en nuestro país al que se da en muchos de los países de la UE15, lo que también reduce la capacidad de este medio para paliar la desigualdad y la pobreza.

En tercer lugar tenemos una fiscalidad que ha cambiado durante la crisis, lo que ha reducido su capacidad redistributiva. De hecho, esta es inferior a la que se da en otros países de la UE15 y se sustenta únicamente por el IRPF al haberse suprimido los impuestos que pesaban sobre la riqueza y que tenían un fuerte efecto redistributivo. Además, la capacidad recaudatoria en nuestro país es baja. Tenemos unos ingresos públicos medidos en porcentaje del PIB que son de los más bajos de la UE15, lo que también limita las posibilidades que tenemos de incrementar la inversión social.

Por último, la duración de esta crisis está llevando a que dos de los medios por los que se consiguió evitar una pobreza excesiva de los más desfavorecidas, comiencen a fallar en estos momentos. Me refiero, por un lado, a la prestación por desempleo. Muchos ven cómo la duración de su situación ha hecho que pierdan ya el derecho a esta ayuda y que se estén quedando sin los ingresos que esta suponía. El otro es el recurso a los ahorros familiares y a las pensiones y ahorros de los mayores. Se trata también de unos fondos que se agotan y que se reducen, lo que conlleva que muchas familias que dependen de estas fuentes de rentas hayan empeorado su situación cuando han visto como estos recursos se han ido acabando.

Las medidas que el informe FOESSA ha sugerido para mejorar estos problemas y para evitar que la crisis, ahora y en el futuro, siga afectando mucho más a aquellos que menos tienen, van en varias direcciones. No voy a centrarme aquí en todas ellas sino en aquellas que tienen una relación más directa con aquello que acabo de comentar.

Por un lado, creemos que se necesita una mejora importante de la recaudación fiscal. Esto incluye tres elementos básicos. El primero es la lucha contra el fraude y la elusión fiscal. Nuestro sistema financiero es poco eficiente, a pesar de tener unos tipos fiscales elevados, recaudamos menos que otros países con unos tipos similares a los nuestros. El segundo es la mejora de la progresividad de nuestro sistema financiero. Tenemos una baja progresividad y querríamos incrementarla. Cambios en la fiscalidad que deberían acompañarse de otros a nivel europeo, conseguirían mejorar este aspecto de la misma. Por último se precisa un ejercicio de pedagogía fiscal que ayude a comprender que deberíamos incrementar la recaudación del sector público para poder sostener nuestro Estado de Bienestar y mantener un nivel óptimo de políticas sociales.

Por otro lado, se apuesta por una garantía de mínimos para todas las personas que permita que siempre puedan gozar de unos ingresos que les impida caer en la extrema pobreza y unas políticas de ayudas a la familia que sean mayores y eficaces, ya que en este campo estamos por muy debajo de los niveles de otras naciones de la Unión Europea.

 

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La primera comunión y su economía

Artículo publicado en la revista ICONO, año 116, nº 4, Mayo 2015, pág: 10 y 11

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Mayo es el mes de las flores, de la virgen y de las comuniones. No es que todas se hagan en este mes, ni que sea preceptivo hacerlo así, sino que habitualmente es el mes del año en el que mayor número de primeras comuniones se celebran. Además, estas tienen un componente económico que, en ocasiones, deviene el más importante.

La primera comunión es un gasto

Porque, como casi todos los aspectos de la vida, la primera comunión tiene un componente económico nada desdeñable. Por un lado supone un gasto para la familia. Los cristianos le damos tal importancia a esta primera comunión que queremos celebrarlo con aquellos a los que más estimamos. Esto hace que tengamos el gusto de invitar a la familia y en ocasiones hasta a los amigos para tan señalada ocasión. También, y debido a que se trata de una ceremonia pública, queremos que nuestros hijos luzcan sus mejores galas ante la comunidad parroquial y todos aquellos que se acerquen a ese día de fiesta grande y lo mismo hacemos nosotros, que intentamos tener una apariencia externa a la altura de la celebración, por lo que también nos engalanamos con nuestros mejores trajes y vestidos. Además hay que decorar la Iglesia, pagar al fotógrafo, en muchos pueblos de Valencia hasta se paga a la banda de música para que se de una vuelta con los niños antes de entrar en la Iglesia, etc. Todo ello comporta un gasto extraordinario que hay que afrontar.

Todos quieren regalar al comuniante

Por otro lado, los abuelos, los tíos, los primos, los amigos invitados, los padrinos, todos quieren regalar algo al protagonista de la fiesta. Todos quieren responder a la alegría de la comunión y a la invitación recibida con un regalo para la criatura que va a celebrar su primera comunión. El afán de regalar es tan elevado que existen listas de comunión en tiendas o grandes almacenes que intentan racionalizarlo. En algunos pueblos de Valencia, además, subsiste la tradición de exponer el traje y los regalos en casa para que los vecinos puedan verlos durante los días anteriores a la comunión. Los regalos se convierten en una fuente de gasto para los invitados que a su vez, también van a intentar acudir a la ceremonia con sus mejores galas para estar a la altura de la celebración.

Lo económico adquiere gran relevancia

Todas estas actitudes son normales y humanas, pero pueden llevar a que en un determinado momento, lo económico se convierta en lo esencial de la celebración. Los esfuerzos que tenemos que realizar para gestionar los regalos, los invitados, el fotógrafo, las flores, la banda de música, el convite, los detalles que se dan después de comer, etc. Pueden convertirse en el foco principal de la fiesta y absorber todas las energías, sobre todo, de los padres. Lo económico pasa a ser lo esencial en la ceremonia, en una primera comunión que puede convertirse en una demostración de poderío económico (cuando se tiene) o una angustia vital grande para aquellas familias que tienen más problemas económicos.

Recordar lo importante

Por ello es clave recordar qué es lo importante en una comunión y poner lo económico al servicio de esto. Debemos reflexionar sobre quiénes realmente se alegran de la primera comunión ¿Hasta donde tenemos que abrir la invitación para celebrarla? ¿Cuáles son nuestras posibilidades reales? En algunos casos, la invitación no tiene por qué ser un convite después de la comunión. Se puede invitar a los amigos del niño o a los nuestros otro día a algo más sencillo, o restringir a la familia más cercana la invitación del ágape posterior a la ceremonia… También podemos plantearnos la diferencia entre tener lo más caro e ir dignos en la ceremonia ¿Es necesario un gran gasto en vestidos y trajes para asistir con dignidad a una ceremonia de primera comunión? Plantearse estos gastos de una manera prudente y recordando que lo principal es la ceremonia y lo que allí se celebra, puede ayudar a poner ese gasto en una segunda posición y que sea más moderado para evitar problemas.

Gestionar los regalos

También creo que hay que hablar de los regalos. El exceso de los mismos puede hacer que los niños vean la comunión como el momento en el que consiguen las cosas que quieren, en el que van a recibir esos bienes quep no tenían y que ansiaban. Así, la primera comunión pasa de ser una fiesta del “ser” cristiano a una fiesta del “tener” más cosas. Por ello debemos intentar dejar los regalos en un segundo plano y canalizar estos deseos de regalar que tienen los familiares y allegados en una dirección que no desvíe la atención de la comunión. Esto se puede hacer de varias maneras, o bien compartiendo parte o la totalidad de los regalos recibidos con los más desfavorecidos (pidiendo donaciones para determinadas asociaciones con las que tenemos más afinidad), o bien pidiendo regalos de bajo coste pero que refuercen lo celebrado con la primera comunión, o bien regalando cosas que no sean solo para el niño sino para toda la familia, etc. Seguro que hay más sistemas para que los regalos no sean lo principal para el niño, para que la comunión no sea un fiesta del tener, del aparentar o del gasto, sino una fiesta realmente cristiana en la que lo económico se subordine a lo religioso.

 

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Preparación para el curso de Nuevas Economías de la UIMP

Os propongo una lectura para preparar el curso de este verano de la UIMP. Aunque es una publicación que ya os anuncié en su momento, puede ser bueno releerla o hacerlo por primera vez ahora.  En ella encontraréis un resumen de las propuestas para una nueva economía que existen en estos momentos.

http://www.foessa2014.es/informe/uploaded/documentos_trabajo/05022015093847_6233.pdfPáginas desdemodelo económico sobre bases distintas definitivo

 
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Publicado por en mayo 26, 2015 en ética económica

 

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¿Pobreza infantil o pobreza familiar?

En el boletín de primavera de la Asociación Resurgir ha salido un artículo mío en la página 4 titulado ¿Pobreza infantil o pobreza familiar?

asociación resurgir

Aquí tenéis el enlace a la revista completa

http://issuu.com/chiquilorenzo/docs/resurgir-abril2015/1

y aquí el texto del artículo:

Los estudios que hablan sobre la pobreza en España nos alertan sobre cómo el porcentaje de pobres entre la población infantil es de los más altos de la Unión Europea. Se trata de unas cifras preocupantes que llevan a que más de una cuarta parte de nuestros infantes tengan unas rentas inferiores al umbral de la pobreza. Los estudios demuestran que los episodios recurrentes de pobreza en la infancia repercuten en las posibilidades que tienen estos niños de permanecer en este estado cuando son mayores.

Sin embargo, a pesar de lo que acabo de nombrar no debemos hablar de pobreza infantil porque esto supone confundir términos y aplicar soluciones erróneas. Afirmo esto porque la pobreza no es infantil, sino de las familias en las que estos niños viven. La cifra de niños pobres es superior a la de los adultos por una cuestión matemática fácil de entender. Los niños que viven por debajo del umbral de la pobreza lo hacen, sobre todo, en familias numerosas y monoparentales. Esto supone que en el primer caso, siempre va a haber más niños que adultos y en el segundo, solamente con que hayan dos niños ya superan el número de adultos. Por ello, las familias pobres con mayor número de adultos que de niños son minoritarias, lo que hace que haya mayor porcentaje de niños pobres que de adultos.

Cuando se aborda este tema debemos hablar de pobreza familiar y no de pobreza infantil, porque las soluciones no deben pasar solamente por los niños sino por toda la familia. No son los niños quienes son pobres, sino sus padres y por tanto, su familia. Es en ella, donde debemos focalizar las medidas que intenten solucionar este problema. Porque si hacemos un comedor solamente para los niños ¿Qué sucede entonces con sus padres? Los infantes volverán a casa y seguirán en la misma situación de pobreza familiar. Van a ver que sus padres no pueden hacer nada y las ayudas vienen de fuera ¿Queremos reforzar las familias o romperlas y disgregar a sus miembros?

Además, las medidas de ayuda solamente al infante provienen, si no de la ignorancia con respecto a la pobreza familiar, con frecuencia de la desconfianza hacia el pobre. Seguimos culpando a los pobres de su situación y por ello desconfiamos de los padres. Parece que decimos que si son pobres es por su culpa y por ello pensamos que no utilizarán las ayudas para sus hijos sino para otros fines. Nos sentimos más tranquilos dando directamente a los niños para tener la seguridad de que llega donde nosotros queremos y no se lo quedan por el camino unos padres que parece que no van a ser responsables, porque si lo fuesen no estarían en esta situación de necesitar ayuda.

Si bien existen situaciones como las descritas con anterioridad, son una minoría. En la mayoría de los casos, los padres viven angustiados por no poder ofrecer una vida mejor a sus hijos. Por ello, debemos animar a cambiar la concepción, a hablar de pobreza familiar y no de pobreza infantil, a buscar medidas que ayuden a la totalidad de la familia y que gestionen los padres, y no a medidas en las que haya que separar a los padres de sus hijos y en las que sean estos los únicos beneficiados.

 
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Publicado por en abril 27, 2015 en pobreza

 

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Proverbios y crisis financiera

Seguimos instalados en una de las crisis financieras más importantes de los últimos dos siglos.

Muchos pensamos en los posibles caminos para salir de ella y construir una economía diferente. ¿Puede la sabiduría bíblica ayudarnos a comprender qué es lo que pasa y hacia donde tenemos que encaminar nuestros pasos?

El siguiente artículo que se titula “Proverbios y crisis financiera” y que escribí en 2009 para la revista Moralia Puede daros una idea de lo que este libro bíblico nos puede aportar para entender nuestra realidad actual y lo que está sucediendo en nuestra sociedad.

Puedes leerlo o descargarlo en http://hdl.handle.net/10637/7129CIMG8329

 

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¿Aprender a relacionarse o a entretenerse?

Artículo publicado en la revista ICONO, año 116, nº 4, Abril 2015, pág: 14 y 15

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Uno de los elementos básicos de las personas es que somos seres relacionales, que solo podemos entendernos a nosotros mismos en relación con los demás. No podemos pensar en nuestra manera de ser, de comportarnos, de hacer las cosas, si no lo hacemos incluyendo a los otros, a nuestros compañeros de trabajo, a nuestra pareja, a nuestros amigos, a nuestra familia, a las personas con las que nos encontramos en el metro, en la parroquia, en la tienda, etc. Por ello, cuando hablamos de la educación en valores económicos para nuestros niños, debemos pensar en si los estamos educando solamente en el tener o en la relación con los otros.

Niños que parecen vivir aislados

De hecho, una de las cosas que identificamos con portarnos bien con los niños es comprarles de todo, que tengan muchas cosas. Si a esto le añadimos el carácter absorbente que tienen las nuevas tecnologías nos puede suceder lo que me pasó en una comida con mi mujer en un agradable restaurante del centro de Sevilla. Junto a nosotros se sentó una familia que venía de celebrar la primera comunión de una niña. Cuando los vimos aparecer pensamos que la tranquilidad que buscábamos quizás se iba a turbar por causa de los niños, pero lo aceptamos de buen grado. Pronto nos dimos cuenta cuán equivocados estábamos. La decena de niños que había comieron y acto seguido se pusieron a jugar cada uno con su maquinita. Los niños estaban juntos pero no se relacionaban entre ellos. Cada uno con su aparato sin accionar con su compañero. Así que todos contentos, padres e hijos entretenidos y nosotros tuvimos una comida romántica a pesar del evento familiar que se celebraba a nuestro lado.

¿Queremos que se entretengan o que aprendan a relacionarse?

Así que los regalos, los juguetes, ya no son una ocasión para la relación con el otro, sino una manera de entretenerse con algo. Esto va, en contra de nuestra propia naturaleza. Si atiborramos a los niños de cosas que los mantienen entretenidos, nos olvidamos de que lo importante en su infancia no es que se entretengan, sino que aprendan a relacionarse con los otros. Por ello, utilizar nuestro nivel económico para que tengan cosas y bienes que solo les lleven a estar entretenidos, erra en uno de los principales propósitos de la educación. El juego, el entretenimiento infantil debe ser una escusa para poder relacionarse con el otro, para aprender los conflictos que pueden surgir de cualquier relación y afrontarlos desde que se es pequeño. Por ello es necesario proporcionar a nuestros hijos oportunidades para la relación y no para que se atiborren de cosas que les sirvan para entretenerse.

Los grupos juveniles salen económicos

Los grupos juveniles juegan una labor importante en esta educación para la relación. Su precio no es excesivo (las cuotas suelen ser bastante reducidas) pero les posibilita la oportunidad de jugar, de relacionarse con otros de una manera muy educativa. Realizan actividades gratuitas en las que se lo pasan bien con otros, aprenden a divertirse sin tener que gastarse dinero, a solucionar conflictos que luego se van a encontrar en su trabajo o en su universidad, a trabajar en equipo y poner sus cualidades al servicio de un objetivo común. Aquellos que estamos en el campo de la educación de jóvenes (en la universidad), notamos la diferencia entre aquellos chavales que nos llegan provenientes de cualquier grupo juvenil sano, de aquellos que no han participado nunca de esta clase de actividades. Los primeros tienen muchos más recursos útiles para sus trabajos y para su relación que los segundos. Por ello, creo que uno de los bienes más sanos que le podemos dar a nuestros hijos es la posibilidad de relacionarse con los demás en cualquier tipo de grupo de tiempo libre.

Salir con amigos

Pero no solo es el grupo juvenil la única clase de bienes relacionales que podemos ofrecerles. También debemos de reflexionar sobre si salimos con amigos que tienen hijos de la edad de los nuestros. Si lo hacemos también estamos proporcionándoles bienes relacionales, oportunidades de pasarlo bien con otros, de divertirse con los demás, de relacionarse con los hijos de nuestros amigos. En mi grupo hemos quedado de acuerdo que cuando se juntan no deben llevar máquinas que les impidan pasarlo bien juntos. Esto les permite educarse más en las relaciones que en el entretenimiento. En este sentido, ir de vacaciones de vez en cuando con otras personas les ayuda en esta educación para la relación.

Comprar y relacionarse

Por último, creo que también hay que educar a nuestros chavales en que la compra es también una manera de relacionarse. Es decir, que la economía no es una práctica en la que la relación humana queda excluida, sino todo lo contrario. En las compraventas, en los alquileres, en la peluquería, en todas las transacciones económicas que realizamos, el componente personal, el componente de relación, tiene que ser algo habitual, algo que nos sirve para establecer una relación con la contraparte. Si los intercambios económicos se despersonalizan y pierden este componente relacional, tendemos a ver la economía como algo separado de la vida y de las personas. Invitemos a nuestros niños a que conozcan a las personas a las que les compramos algo, a que se relacionen con ellas, a que las aprecien, a que sepan que viven de lo que nosotros les pagamos. Este es un camino seguro para educarles en una economía más humana.

 

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La utopía global

Está disponible en Internet un artículo que escribí hace un tiempo pero que no deja de estar de actualidad en el que analizo si realmente la globalización económica se mueve en pos de una utopía o en pos de una falsa utopía.

utopía global

En este artículo demuestro que se nos ha convencido de que la globalización puede lograr una utopía cuando realmente no lo es.

Os animo a que lo léais.

Lo podéis descargar en: http://dspace.ceu.es/bitstream/10637/7128/1/La%20utop%c3%ada%20global.pdf

 

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Educar para distinguir las necesidades

Artículo publicado en la revista ICONO, año 116, nº 3, Marzo 2015, pág: 14 y 15enseñar necesidades 1enseñar necesidades 2

Muchos lo hemos hecho de niños o jóvenes y nuestros hijos y nietos también lo utilizan ahora. Me refiero al tan manido “es que lo necesito” para pedir algo innecesario que nos apetece tener. Parece que diciendo esto, los padres se van a dar cuenta de que no es un capricho o una apetencia pasajera, sino algo de lo que realmente depende la vida normal del peticionario. Es evidente que los padres no suelen caer en la trampa, pero esta pequeña anécdota me sirve para introducir el tema de hoy, que es el de enseñar a distinguir entre necesidades, apetencias y deseos.

Todos son necesidades

Esto es clave en la economía actual porque esta considera que todo son necesidades. En los primeros cursos de economía se sigue utilizando una definición que dice que la economía estudia cómo satisfacer necesidades ilimitadas con unos recursos escasos. Desde hace tiempo se identifica el progreso con el necesitar más cosas, de manera que cuando vemos algún mayor que vive con pocos electrodomésticos o igual que hace cuarenta años, o cuando volvemos por primera vez de países más pobres, con frecuencia pensamos que “se nota que no han evolucionado, se conforman con poco, yo ya no podría vivir así”. Es decir, afirmamos que estamos más evolucionados porque necesitamos más cosas para vivir que los otros, porque ellos se conforman con poco y nosotros no lo hacemos.

Los niños se impregnan fácilmente de esta cultura

Si a esto añadimos el bombardeo continuo de publicidad que recibimos día a día (especialmente los niños que, aunque no lo creamos, están más expuestos al mismo) nuestros pequeños y adolescentes entran fácilmente en esta idea. Todo es necesario, no podemos prescindir de nada, tenemos que tenerlo todo. De este modo, se trastocan las prioridades y los valores. Puede suceder (como de hecho pasa desgraciadamente) que el dinero se gaste antes en unas zapatillas o un chándal de marca que en comida o calefacción para calentar la casa. No ha habido una educación en qué son las cosas necesarias y qué son las cosas de las que se puede prescindir.

Por ello hay que mostrar qué son necesidades

Por ello necesitamos educar y enseñar que solamente existen dos tipos de necesidades. Las primeras son las básicas o primarias, que son las que necesitamos para sobrevivir. Sin cubrir estas, difícilmente llegaremos a nada más o lo haremos mal. Me estoy refiriendo, claro está, al comer, dormir, refugiarse de las inclemencias del tiempo, protegerse del frío y el calor, curarse de las enfermedades más comunes… Necesidades que son compartidas por todas las personas. En segundo lugar existen otras necesidades que se denominan sociales o de la condición y que son aquellas cosas que se precisan para vivir dignamente en un entorno determinado o para ejercer una profesión o trabajo. Estas varían según el lugar de residencia o la ocupación principal, por lo que son diferentes y únicas para cada persona.

Toda necesidad es limitada

Tanto las necesidades básicas como las sociales son limitadas. Es decir, se llega a un punto en el que no se necesita más. No necesito cantidades ilimitadas de medicamentos, ni de alimentos, ni de casas, ni de vestidos. Tampoco necesito cantidades ilimitadas de los bienes que me cubren mis necesidades sociales, como puede ser un tractor si eres agricultor, o un teléfono móvil si eres un comercial, o un automóvil si vives en un lugar sin transportes públicos. No, las necesidades son limitadas y se llega a un punto en el que se cubren sin más.

Deseos y apetencias

Conocer mis necesidades y saber que son limitadas, está relacionado de una manera directa con conocer cuáles son mis deseos y apetencias, es decir, aquellas cosas que quiero tener, pero que no son precisas para llevar una vida digna en el entorno en el que me muevo. Ir al cine, jugar al fútbol, pasear por la montaña, tomar una cerveza con los amigos en un bar, comprar unas zapatillas de marca, jugar con la tableta o el ordenador, tener el último modelo de automóvil, etc. Son cosas que pueden ser positivas y válidas, pero que, salvo que te dediques de manera profesional a ellas, no son necesarias. Debemos de ser consciente de ello, son apetencias, son deseos, son cosas que nos gustan, son válidas, son positivas, pero no necesarias. Y esto tiene una importancia vital porque al no ser necesarias, pasan a un segundo nivel, dejan de ser la prioridad. No se demonizan, pero tampoco se priorizan.

Tenemos que insistir en esta diferenciación en la educación de nuestros hijos. Para ello debemos comenzar con nosotros mismos ¿Diferenciamos bien qué cosas son nuestras necesidades y cuáles nuestras apetencias y deseos? ¿Ponemos nosotros la prioridad en lo que se necesita y no en lo que nos apetece? Una vez hecho esto, no queda más que enseñárselo a nuestros hijos, mostrarles que lo importante es lo necesario y lo otro no es malo, pero es prescindible y debe quedar en un segundo lugar a la hora de marcar prioridades.

 

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¿Quién gana cuando nos endeudamos?

Otra greguería pecuniaria publicada en España Buenas Noticias.

Un pequeño relato que nos puede ayudar a aprender quiénes se alegran más cuando nos endeudamos, si nosotros o son otros quienes más se alegran el nuestro endeudamiento.

Puedes acceder directamente al artículo en: http://ebuenasnoticias.com/2015/02/17/que-bueno-es-endeudarse/

 

Que bueno es endeudarse

 

 
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Publicado por en febrero 23, 2015 en Greguerías pecuniarias

 

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Saber decir no

Artículo publicado en la revista ICONO, año 116, nº 2, Febrero 2015, pág: 14 y 15

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Uno de los elementos más importantes de la educación económica de nuestros hijos tiene que ver con el saber decirles “no”. Esto en ocasiones es complicado por varias razones que voy a analizar en este artículo, pero sobre todo porque existe una presión social que considera que educar bien a los niños supone que no les falte de nada. Sin embargo, tenerlo todo y con rapidez o demasiado pronto, no tiene unos resultados educativos adecuados. Por ello, debemos aprender a decir no, a esperar, a que no todo sea inmediato, a que cada cosa tiene su tiempo, a que se puede vivir muy bien sin tenerlo todo. Esto forma parte de la educación en una economía enfocada a los valores y a la humanidad.

Que no le falte de nada

En nuestra sociedad identificamos claramente el tener más con el estar mejor. Esto se traduce en intentar que los hijos tengan de todo, que no les falte de nada. Esto sucede especialmente (aunque no únicamente) en aquellas personas que pasaron estrecheces cuando eran pequeños, la experiencia negativa que esto les pudo suponer (no a todos) les hace pensar que no deben permitir que a sus hijos les suceda lo mismo. Por ello intentan darles de todo. De hecho, hasta algunas parejas deciden tener menos hijos para que los que nazcan puedan tener más cosas (si hay más niños tocan a menos cada uno). Por ello, es difícil decir no cuando me piden algo, cuando quieren otra cosa, vamos a ser malos padres “si podemos y no les damos de todo”

Hay que estar integrado

También le damos de todo a los niños porque queremos que tengan lo mismo que los demás, porque no queremos que se queden atrás, porque parece que si no tienen lo mismo que sus amigos van a estar desplazados o ignorados por sus compañeros. De este modo, identificamos lo bueno con lo que hacen o tienen todos, no queremos que nuestros hijos sean los raros, los que hagan algo diferente de los otros. El criterio de la bondad o maldad de algo, se olvida para priorizar el seguir la corriente principal, el adaptarse a lo que tiene, quiere o hace la mayoría. Se mata así la diversidad, la riqueza que supone la diferencia.

Hay que tener todo y con inmediatez

Pero no solo potenciamos el tener de todo, sino que los niños nos exigen inmediatez y que sea cuando ellos quieren. Tiene que ser y tiene que ser ya. Si no lo consiguen en el momento que lo quieren vienen los problemas, los malos comportamientos, el chantaje emocional, o la pesadez de aquel que está a toda hora recordando lo que quiere y no tiene. Esto hace que, con frecuencia, les compramos cosas antes de que estén preparados para ellas, a una edad demasiado temprana o en un momento inadecuado. Además, les lleva a que crean que todo es fácil de conseguir, a que no hay que hacer esfuerzos para tener las cosas, se olvida así que las cosas cuestan, que todo requiere su esfuerzo.

Hijos empachados

Todo esto puede llevar a lo que nombró Francisco a los jóvenes en Copacabana (Río de Janeiro) “El tener, el dinero, el poder pueden ofrecer un momento de embriaguez, la ilusión de ser felices, pero, al final, nos dominan y nos llevan a querer tener cada vez más, a no estar nunca satisfechos. Y terminamos empachados pero no alimentados, y es muy triste ver una juventud empachada pero débil. La juventud tiene que ser fuerte, alimentarse de su fe, y no empacharse de otras cosas”. Y esto podemos conseguir si no aprendemos a poner límites, a decir que no. Hijos empachados, sentados en un sofá con la barriga llena y sin ganas ni ilusión de hacer nada. Jóvenes debilitados que solamente piensan en volver a comer, en que pase el empacho para volver a atiborrarse de comida. Tener demasiado tiene este peligro, el del exceso, el de la desorientación, en de la debilidad.

Por ello hay que saber decir no

Por todo ello es tan importante saber decir no. Saber hacer ver a nuestros hijos que para gastar se necesitan unos ingresos y que estos no son ilimitados, que todo no se puede comprar. Intentar mostrarles que si no tienen algo que los otros tienen, no pasa nada. Ninguna familia es igual a la otra, cada una tiene sus propias características diferentes a las de los otros. No todos educan igual a sus hijos y que esto no es malo, sino bueno para la sociedad. La diversidad es un valor en sí mismo. También hay que saber decir no para que sepan esperar el momento. Tal vez se le quiere comprar algo, pero se puede esperar al cumpleaños, a Navidades, a una ocasión especial. Educar en la espera en contra de la inmediatez también es una buena enseñanza económica. Por otro lado hay que saber decir no a la sustitución de bienes antes de que se rompan. Generar basuras innecesarias comprando siempre lo último antes de que lo anterior deje de ser útil va en contra de la conservación del medio ambiente. Por último, hay que decir no a las compras compulsivas, a adquirir bienes que no sirven para nada, que no van a ser utilizados. Aprender a decirle no a nuestros hijos y a que no tengan todo lo que quieren, es una enseñanza que les va a permitir construirse un futuro mejor ya que les enseñará a que se puede vivir bien con menos y a que las cosas tienen su coste. Es educar niños fuertes que sepan apreciar lo importante y que no se empachen de cosas y de consumo.

 
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Publicado por en febrero 16, 2015 en educación y economía

 

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¿Es posible poner a la persona en el centro de la economía?

Artículo publicado en el boletín 27 de la Asociación Resurgir de Huelva. Navidad de 2014, página 7

Páginas desdeREVISTA N 27 DIC. 2014 la persona en el centro de la economía

En el día que escribo este artículo, Francisco, el Obispo de Roma, ha estado hablando en Estrasburgo al Parlamento Europeo. Allí ha pedido a sus señorías que el centro de su actuación sea la persona y no la economía. No hace otra cosa Francisco que insistir en una de las ideas principales que escuchamos desde que vino a Roma para quedarse: que la idolatría del dinero es uno de los principales problemas, si no el principal, de la sociedad occidental en la actualidad. Estamos en una sociedad en la que el centro es el dinero, el afán desmesurado de lucro, el tener más como único camino para alcanzar el bienestar de las personas. Los intereses económicos, los beneficios e incrementar la tasa de ganancias, son el verdadero motor de la actuación, no solo de las personas, sino también de muchos de los gobiernos europeos (si no de la totalidad).

Francisco llega al Parlamento Europeo justo un día más tarde de que se discutiese en él una moción de censura al presidente de la Comisión de la UE, Jean Claude Juncker, justamente por una de sus actuaciones cuando era presidente de su país natal, Luxemburgo. Me refiero a los controvertidos acuerdos secretos con diversas multinacionales para lograr que pagasen impuestos en su país en lugar de en otras naciones de la UE a cambio de sustanciosos descuentos en la cuota a pagar. Un comportamiento que, aunque legal, presenta serias dudas éticas ya que supone una merma de ingresos de los países donde estas empresas trabajan y una reducción de sus posibilidades de gasto. La moción de censura no salió adelante ya que los principales grupos de la Eurocámara apoyaron a Jean Claude. ¿No resulta cuanto menos curioso que tenga que venir Francisco a decirles que pongan a la persona en el centro y no a la economía, al día siguiente de discutir sobre este tema y un día antes de que se votase?

Porque parece competir a través de rebajas fiscales para atraer a las grandes empresas no tiene como fin mejorar a las personas, no parece que esto sea poner a la persona en el centro sino todo lo contrario. En esta situación, solamente salen ganando los accionistas de la empresa y en su caso, el Estado que atrae le ofrece el descuento. Pero todos los demás salimos perdiendo, el resto de estados, el resto de contribuyentes, el resto de empresas que no logran esas rebajas y tienen que pagar todos los impuestos. Desde este punto de vista se entiende poco el acuerdo unánime de apoyar esta clase de comportamientos y justificar a quienes lo llevan adelante.

Sobre todo, porque en contra de lo que algunos afirman, la economía sí que puede ponerse al servicio de la persona. No es verdad que la economía sea incompatible con comportamientos altruistas, con la solidaridad (a la que algunos ven como amenaza para la economía). Es más, si la economía todavía funciona un poco bien, es debido sobre todo a comportamientos que podríamos calificar como antieconómicos, es decir, por aquellos que no piensan solamente en si mismos y se preocupan también por los otros y en especial por más desfavorecidos.

No hay más que pensar en qué sería de los niños si no hubiese unos padres y familiares que les pagan todo y les mantienen durante muchos años sin recibir nada a cambio (no conozco padres que cuando sus hijos trabajen les exijan la devolución de lo que en ellos han gastado). Qué sería de mucha gente sin esos padres que están utilizando su pensión para ayudar a sus hijos y nietos perjudicados por la crisis, o sin esos amigos o asociaciones que les ayudan a llegar a final de mes y a acceder a los productos más básicos que necesitan. Pero esto no solamente sucede en la sociedad en su conjunto y en los colectivos más desfavorecidos. También cabe preguntarse qué sería de una empresas si los que están allí empleados se limitasen a hacer lo que les corresponde dentro del horario estipulado: seguramente no funcionaría. Las empresas van bien en la medida que sus trabajadores ponen algo más de lo que les obliga su contrato laboral, en la medida que hacen cosas que no deberían hacer, que se esfuerzan por atender mejor a sus clientes, que pasan más horas de las que les corresponde, que se coordinan en buena armonía con otros trabajadores. Cuando encontramos trabajadores que se dedican exclusivamente a cumplir lo que pone en el contrato, lo notamos en seguida (en negativo) y lo sufrimos como clientes o como compañeros.

Y ahora pensemos sobre qué clase de comportamientos económicos nos han traído a esta crisis y hacen que se siga ahondando en ella. No son precisamente comportamientos en los que se está poniendo a la persona en un lugar preponderante, sino todo lo contrario. No hay más que recordar las hipotecas basura que se prestaban a unos altísimos tipos de interés a personas que no iban a poder devolver el dinero, o las clasificaciones de productos seguros a instrumentos financieros que luego demostraron no serlo, o las altas indemnizaciones o salarios a directivos y miembros de consejos de administración mientras se pagan bajos salarios a trabajadores o se despiden a algunos a pesar de que la empresa tiene beneficios. Estas y muchas otras son prácticas que se engloban dentro de lo que se denomina racionalidad económica pero que están detrás de muchos de los problemas que presenta nuestro quehacer económico en la actualidad.

Por lo tanto, si comportamientos de fuera de la lógica económica actual son los que palían los problemas económicos que tenemos y los que están en la lógica actual los acrecientan ¿A qué esperamos a cambiarlos? ¿Por qué tanta reticencia a poner a la persona en el centro de la economía? ¿A quién interesa que esto no cambie?

 

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Infancia en peligro

Artículo publicado en la revista Punto.CEU nº 30 de Enero de 2015, en su página 59

infancia en peligro

Todos los informes que estamos conociendo acerca de la situación de la pobreza infantil en nuestro país coinciden: más de uno de cada cuatro niños está viviendo por debajo del umbral de la pobreza. Estos niños se concentran en familias numerosas y en familias monoparentales y es una realidad que ya se daba (aunque con menor intensidad) antes de la crisis.

Como demuestran todos los estudios, episodios recurrentes de pobreza en la infancia hacen que quienes los sufren tengan menos instrumentos para afrontar los desafíos a los que se enfrentarán cuando sean adultos y más posibilidades de permanecer en la pobreza. Esto es debido esencialmente a la desesperanza y fatalidad de unos progenitores que, a pesar de buscar empleo digno, no lo consiguen y a los problemas de socialización que tienen estos niños derivados de que todas las actividades extraescolares o asociativas precisan de desembolso económico.

Las políticas de ayuda alimentaria y de emergencia para la infancia no están bien enfocadas ya que separan al niño necesitado del resto de los niños (y en ocasiones de los padres cuando solamente reciben ellos la ayuda y no toda la familia) y pueden producir guetos de niños pobres lo que ahonda en el problema expuesto, más que solucionarlo.

Por ello creo que las ayudas deberían darse a la familia (y no solo a los niños), deberían facilitar el pago de las cuotas de las actividades culturales, deportivas o extraescolares (o realizarlas de una manera gratuita) y buscar la promoción de la unidad familiar. Esto debe ser un compromiso de la sociedad en su conjunto, por lo que debe traducirse en una acción pública y coordinada y que nos permita alejarnos del furgón de cola de la Unión Europea en cuanto a ayudas a la familia y a la infancia y mejorar, de una manera real, la situación de tantos niños que están creciendo en unas condiciones de pobreza que están condicionando su futuro, y el nuestro.

 

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La deuda pública en España

Artículo publicado en Noticias Obreras, Nº 1587, Enero de 2015, pág: 19-26

Además de mi artículo se incluyen intervenciones de los principales partidos políticos de ámbito nacional

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Desde el año 2007 hasta estos momentos la deuda pública española se ha incrementado de una manera exagerada. Entre 2007 y 2013 se ha multiplicado la cifra de la deuda por más de 2,5, siendo los años 2009 y especialmente el 2012 los dos en los que el crecimiento de esta deuda ha sido mayor. Esto ha supuesto que su valor se acerque a la producción anual de nuestro país (se espera que se alcance este valor o bien en 2014 -no contamos con los datos todavía- o bien en 2015).

Esto ya nos muestra dos realidades de estos últimos años que es necesario indicar. La primera es que a pesar de las políticas de austeridad practicadas, no hemos dejado de tener déficit y nuestra deuda pública se ha incrementado mucho. La segunda es que la partida de pago de intereses por esta deuda no solo no se ha reducido (como muchas otras partidas) sino que se ha multiplicado también por algo más de 2,5 alcanzando una cifra en 2013 de 38.000 millones de euros aproximadamente. Podemos afirmar, por tanto, que la única partida en la que la austeridad no ha llegado ha sido precisamente el pago de intereses de la deuda y que además, ha crecido muchísimo.

Lo primero que habría que contestar es el porqué de este incremento de la deuda, ya que sin conocer cuáles han sido las causas para que esta aumentase tanto, no podemos realizar un análisis certero de este tema. Los motivos son varios y la mayoría están relacionados (al igual que sucedió en otros momentos históricos parecidos) con la gran recesión económica que hemos vivido. Ya que a pesar de ser una crisis de claro origen privado, los problemas financieros y económicos han acabado deteriorando los resultados presupuestarios del sector público. Pasemos a un más análisis detallado.

Las principales causas de un incremento de la deuda son o bien desajustes entre los ingresos y los gastos públicos, es decir, el déficit anual del Estado. O bien cualquier otra clase de endeudamiento que no esté directamente derivado del presupuesto del Sector Público. Pues bien, en nuestro caso se ha dado una combinación de estos dos elementos. Comencemos por los gastos. Los gastos del sector público se han incrementado estos últimos años especialmente (si exceptuamos la partida ya nombrada de los intereses de la deuda) por el subsidio de desempleo y por las pensiones. Es por ello que desde el gobierno hablan de que el gasto social se ha incrementado (ambas partidas están incluidas en este gasto social).

Tanto una partida como la otra no dependen de la voluntad del gobierno de turno, sino de la situación económica el primero y de la cantidad de jubilaciones y de la cuantía de las mismas el segundo. El incremento de personas que han engrosado las filas del paro en estos últimos años ha provocado un incremento elevado del pago por subsidios de desempleo. Sin embargo, este crecimiento se ha frenado en los últimos años debido, sobre todo, al agotamiento de esta prestación por parte de aquellos que llevan ya mucho tiempo desempleados. En cuanto a las pensiones ha habido una gran cantidad de personas que se han jubilado en el último lustro y un gran porcentaje de ellas que lo han hecho con la pensión máxima o con pensiones elevadas, lo que ha llevado al incremento del gasto en estas dos partidas.

Sin embargo, el elemento que más ha influido en este aumento del déficit ha sido el descenso de la recaudación por impuestos. Las bajadas de impuestos que se realizaron en época de bonanza han resultado letales cuando la crisis ha arreciado fuerte. Los ingresos se han reducido en una cuantía superior a lo que ha sucedido en otros países europeos. Si a ello unimos que nuestro punto de partida era también el de una recaudación inferior a la que tienen la mayoría de los países de la Unión Europea, nos encontramos con una carencia de ingresos públicos que nos hace estar siete puntos por debajo de la media europea de los 15 países más ricos (un 34% del PIB en España y un 41% en la UE de los 15) mientras que en 2007 esta diferencia era tan solo de tres puntos (38% a 41%).

En cuanto a los otros factores ajenos al déficit que han influido en el incremento de la deuda, ha habido uno que ha sido clave y que hizo que 2012 fuese el año de toda la historia moderna de España en el que más se elevó el déficit público: el rescate bancario. En él socializamos deuda privada a través de prestar fondos a los bancos intervenidos (para que pagasen sus deudas al sector privado) con dinero que tuvimos que pedir en los mercados internacionales. Es decir, transformamos deuda privada en deuda pública.

Todo ello nos dibuja un panorama poco esperanzador en cuanto a la situación de la deuda. Ya que con la escasa recaudación que tenemos, con las promesas de bajadas de impuestos, con una conciencia social poco favorable al pago de impuestos y con una situación de crisis que aunque parece que ya ha tocado fondo (y esto es positivo) no se percibe un despegue rápido en un breve espacio de tiempo, no parece muy factible luchar contra el déficit si no es a través de reducciones del gasto público.

Ante esta situación cabe preguntarse qué dice la Doctrina Social de la Iglesia sobre este tema. Para ello, creo que lo mejor es recordar unas líneas la Encíclica Centesimus annus (35) sobre esta cuestión: “Es ciertamente justo el principio de que las deudas deben ser pagadas. No es lícito, en cambio, exigir o pretender su pago, cuando éste vendría a imponer de hecho opciones políticas tales que llevaran al hambre y a la desesperación a poblaciones enteras. No se puede pretender que las deudas contraídas sean pagadas con sacrificios insoportables. En estos casos es necesario —como, por lo demás, está ocurriendo en parte— encontrar modalidades de reducción, dilación o extinción de la deuda, compatibles con el derecho fundamental de los pueblos a la subsistencia y al progreso” Es evidente que esta frase está escrita pensando en la crisis de la deuda externa que se dio a finales del siglo XX, pero creo que las afirmaciones que en ella se contienen son aplicables también a nuestro caso.

La cuestión clave se centra en saber si una deuda tan elevada como la que estamos teniendo en nuestro país que supone un pago de intereses cercano al 4% del PIB, está provocando situaciones de necesidad y está condenando a parte de la población española a situaciones de pobreza y exclusión que se podrían evitar en el caso de que esta deuda no existiese o fuese más reducida.

Parece evidente que si la única solución que se aplica a este problema es la reducción del déficit a través la reducción del gasto público, la deuda resulta incompatible con una atención a las personas y una mejora del cuidado de quienes están peor. Esto provocaría (como de hecho ya está sucediendo) que las desigualdades se incrementarán más y más. La causa principal es que estos recortes se están dando en políticas que benefician a todos, mientras que se incrementa el gasto en partidas que benefician a los más pudientes como los intereses de la deuda (que se abonan a los prestamistas, que son quienes tienen dinero para financiar y, por tanto, un nivel económico alto).

De este modo, cabe plantearse otro tipo de políticas que puedan lograr el mismo fin sin perjudicar a la población. Por un lado, deberíamos lograr un nivel de pago de impuestos que fuese, al menos, similar a la media de la UE de los 15. Con ello el déficit público se reduciría muchísimo sin necesidad de tocar el nivel de gasto. Esto supondría un cambio del sistema impositivo que debería realizarse no solo a nivel nacional, sino también a escala internacional. Si no se hace así, las grandes empresas y fortunas tienen medios legales para evitar pagar impuestos en nuestro país. Este cambio debería lograr que las rentas altas y las grandes empresas pagasen, al menos, lo que les corresponde y no pudiesen eludir estos pagos por medios legales y, en una segunda instancia, que viesen incrementados sus tipos impositivos para cumplir con la progresividad que indica nuestra constitución para los impuestos en España.

En segundo lugar, cabe preguntarse si se podría rebajar el tipo de interés medio de nuestra deuda que estaba en noviembre de 2014 a un 3,4%. Evidentemente esto puede hacerse por el camino que se ha realizado hasta ahora, llevar a cabo las medidas que nos exigen los prestamistas internacionales para que estos sigan confiando en nosotros y prestándonos más barato. Sin embargo también existen vías alternativas.

Por ejemplo cambiar los estatutos del BCE y permitir que preste directamente a los Estados con un coste igual al que se presta a los bancos privados. Cuando Mario Draghi ha intentado comprar deuda pública de los estados europeos (lo que podría aliviar el peso de sus intereses) se ha encontrado con muchas resistencias, especialmente desde el Bundesbank. No obstante, parece no tener demasiado sentido que acepte deuda pública como garantía de devolución de los préstamos que realiza a los bancos privados y no se esté dispuesto a comprar esta deuda. La compra de la deuda por parte del Banco Central o el préstamo directo a los Estados al mismo tipo al que presta a los bancos supondría un ahorro de hasta 30.000 millones de euros en España que también sería un alivio para las finanzas nacionales. Debemos plantearnos si son las empresas privadas quienes tienen que beneficiarse de los tipos y préstamos del BCE para tener ganancias privadas, o deben beneficiarse los Estados para que obtengamos ganancias públicas.

En tercer lugar cabe preguntarse si una deuda de esta clase es sostenible. Ya no estoy hablando desde el enfoque del bien común (como he hecho hasta ahora) sino desde un enfoque exclusivamente económico. ¿Es posible que en una situación como la actual se garantice la devolución y el pago de intereses durante mucho tiempo si no se cambia nada y todo se confía a las políticas de austeridad? Algunos economistas creen que no va a ser posible y lo que estamos haciendo es ahogando las posibilidades de crecimiento para no lograr finalmente el objetivo deseado. No hay más que ver qué sucede con Grecia.

En cuarto lugar, podría generarse una inflación controlada que permitiese que la cuantía de la deuda se redujese en un lustro. Cuando suben los precios, el valor del dinero disminuye, por lo que el valor de la deuda también se reduce. Esto supone que aunque se deba lo mismo, en un breve espacio de tiempo con ese dinero se pueden comprar menos cosas, lo que supone una reducción efectiva de mi deuda. Evidentemente, esto no se puede hacer con un estatuto del Banco Central Europeo que le obliga a mantener la inflación por debajo del 2% anual. Pero es algo que se ha hecho en otros momentos históricos y que ha permitido rebajar la presión de la deuda en algunos países.

La limitación de espacio me impide profundizar más en estas políticas o aumentar el catálogo de las propuestas. Solamente quiero incidir en que el problema de la deuda viene originado, en gran parte, por la estructura financiera de la que nos hemos dotado. La construcción de un entramando financiero cuyas políticas intentan defender, sobre todo, a los financiadores de la actividad económica, una estructura del BCE que impide aplicar determinado tipo de soluciones, unos paraísos fiscales que permiten eludir el pago de impuestos, una estructura de impuestos que beneficia a los más pudientes y una manera de solucionar los problemas de posibles impagos cuyo peso recae siempre en el deudor y nunca en el acreedor, nos llevan a estos problemas que se van convirtiendo en estructurales.

Las soluciones van, por tanto, más allá de las medidas presupuestarias (que también). Deben dirigirse a cambiar la estructura de la que nos hemos dotado para que esta busque realmente el beneficio de las personas y no solo garantizar el beneficio económico a quienes pueden generarlo.

 

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Dios se humanizó con sencillez

Artículo publicado en la revista ICONO, año 116, nº 1, Enero 2015, pág: 14 y 15

Dios se humanizó sencillamenteDios se humanizó sencillamente 2

Acaban de pasar las fiestas navideñas. Espero que quienes me leéis lo hayáis pasado muy bien. Haya sido un momento especial para vosotros en el que no solo hayáis descansado de la rutina laboral, de las preocupaciones que nos lleva el día a día, y hayáis compartido tiempo con vuestros seres queridos, sino que también os haya servido para crecer en el amor y en la sabiduría, para recordar cosas que todos los años son iguales pero que nos sirven para renacer, para recrearnos y para ser mejores día a día. Yo he decidido suspender momentáneamente los artículos sobre la educación de los niños para hacer una reflexión económica sobre la humanización de Dios. Es decir, sobre cómo Dios decidió hacerse hombre para decirnos que no debíamos verlo en los altares, en las riquezas, en los ritos o en las leyes, sino en el prójimo, en el amor a quien tenemos al lado, en ser cada día más y más humanos.

Dios decide hacerse hombre en Belén

Así, cuando Dios decide hacerse hombre no piensa en llegar a la tierra en Roma. Tal vez hubiese sido una decisión más racional desde el punto de vista humano. Roma era la capital del principal imperio del momento, el lugar en el que más poder se acumulaba. Bien relacionado allí, podría haber hecho una labor de difusión y de captación de seguidores rápida y efectiva. Además, si hubiese decidido hacerse hombre en la familia del emperador o de alguno de los grandes senadores o militares romanos, las influencias y los contactos habrían logrado un avance espectacular del cristianismo, hubiese sido la religión del imperio muchísimo antes. Sin embargo nada de esto fue así, se fue a nacer a un pueblucho de un lugar en el margen del imperio. Un lugar de donde no podía salir nada importante, donde nadie en su sano juicio hubiese querido nacer en aquel entonces.

Dios decide hacerse hombre en una familia humilde

Dios también hubiera podido escoger nacer en el seno de una familia pudiente. Desde nuestro punto de vista hubiese sido una elección racional. Le hubiese garantizado unas condiciones higiénicas excelentes, una infancia sin estrecheces, una aceptación social inmediata y un nivel de vida suficiente para no tener que trabajar durante sus años mozos. Sin embargo, Dios escogió una familia humilde. Una familia sin grandes medios, sin demasiados fondos, que tiene que viajar con lo que tiene, que no puede garantizar a la madre una atención sanitaria en el parto, que no le puede dar una vida regalada.

Dios decide hacerse hombre en una familia marginada

Si por lo menos, Dios, en un alarde de no sabemos qué, no se quiso hacer hombre en una familia rica, al menos podría haberlo hecho en una familia de buena reputación, en una familia aceptada por aquellos que les quieren y que estuviese plenamente integrada en sus ambientes cotidianos. Sin embargo, Dios escoge una familia marginada, una familia rechazada por los suyos que no comprenden que María esté embarazada, que no comprenden que José no la haya repudiado como debería haber hecho en un caso así, que por ello no los aceptan. Es ese el motivo por el que, a pesar de que van a Belén de donde es José originario y dónde por tanto habría familiares, conocidos y amigos, nadie los acoge, nadie se compadece de ellos, a nadie parece importarle que María esté a punto de parir. Por eso tienen que acabar en un establo y cuando llega el momento del alumbramiento nadie les visita, ni los conocidos, ni los amigos, ni los familiares. Todos saben que están allí (es una pequeña aldea, todo el mundo sabe todo de todos) pero nadie quiere ni acercarse, es un nacimiento ilegítimo, son una familia marginada. Solamente los pastores, los que duermen fuera de la aldea al aire libre, los que no entienden de convencionalismos, solamente ellos visitan a los padres y a su hijo. Los que viven al margen de la población son quienes se compadecen de esa familia y comparten la alegría de un nacimiento con ellos.

Y nosotros ¿Qué buscamos?

La lógica de nuestra sociedad (que probablemente también es similar a la que se daba entonces) nos lleva sin embargo a lo contrario de lo que hizo Dios. Buscamos a los poderosos para tener más influencia, queremos juntarnos con los pudientes o queremos ser pudientes nosotros mismos para asegurarnos bienes que nos permitan vivir más holgados, queremos gozar de la aceptación de los demás y adaptamos nuestro comportamiento a lo que es habitual en el entorno en el que nos encontramos, intentamos no salirnos del raíl, no hacer cosas que puedan dejarnos al margen. ¿Es ese el camino que Dios nos muestra? Si el camino de la esperanza fuese el dinero o el prestigio ¿No cabría esperar que dios se hubiese comportado así y hubiese escogido nacer en un lugar y una familia diferente? Creo que la reflexión sobre cómo Dios se hizo hombre en Belén y escogió a José y María como progenitores, nos puede ayudar a comenzar este 2015.

 

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Los regalos

Artículo publicado en la revista ICONO, año 115, nº 11, Diciembre 2014, pág: 12 y 13

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Estamos en un mes propicio para los regalos. Las navidades, los reyes magos, los momentos de celebración son un momento festivo en el que el intercambio de regalos se ha institucionalizado como algo importante y clave de la propia celebración de manera que esta parece incompleta si faltan los regalos. Hasta en las comidas navideñas de los compañeros de trabajo o en los últimos días de clase antes de las navidades, se ha generalizado ese juego que se denomina “amigo invisible” en el que por sorteo debes realizar un regalo a alguien de tus compañeros de trabajo o pupitre al mismo tiempo que tú recibes otro regalo “anónimo” de quien ha tenido en suerte que le tocaras.

El regalo como muestra de gratuidad

No es extraño que esto haya sido así. El regalo es una de las principales muestras de gratuidad que existen. Es una manera de comunicarse con el otro y sirve para mostrar a alguien tu cariño, tu buena predisposición, tu ánimo de establecer una relación desinteresada con la persona a quien se lo ofreces, tu agradecimiento por aquello que has recibido previamente y tantas otros sentimientos positivos hacia el otro. Estos regalos son verdaderos cuando no esperas recibir nada a cambio. Cuando se tratan, realmente, de una muestra de gratuidad con respecto al otro. Cuando el otro tan solo se ve animado a agradecer el detalle, a responder positivamente a esa acción que no tenía por qué haber sido realizada. El regalo tiene valor, sobre todo, cuando supera lo esperable, cuando la persona que lo recibe no tenía porque esperar ser agraciada con este don, cuando quien lo ha dado no tenía ninguna obligación de hacerlo.

La gratitud ante el regalo

Por este motivo surge el sentimiento de gratitud por parte de quien recibe el regalo. Lo inesperado del hecho, la dimensión del gesto, el que el otro haya tenido que sobrepasar lo normal para regalar, es lo que produce esa inmensa gratitud que hace que el receptor vea intensificada su relación personal con quien le regala. Cuando el regalo es realmente gratuito, tiene un lenguaje no explicitado que incrementa las relaciones entre quien lo da y quien lo recibe. Es por ello que hay personas que no quieren recibir regalos o que alguien en concreto les regale algo. El regalo les impele a ser agradecidos, a relacionarse más con quien se lo dona y tal vez, ellas no quieren esto. Esta intensificación de la relación también lleva a que algunos utilicen los regalos para conseguir algo del otro. Dan regalos esperando que el otro les ofrezca alguna ventaja, los atan a través de aparentes dádivas que no son tales, sino compras de voluntades o esperanza de que el agradecimiento se concrete en un beneficio real para el que dona el bien.

La vida de un niño es recibir regalos

Si aplicamos esto a los más niños, nos damos cuenta de que los primeros años de nuestra vida son un recibir regalos sin freno. Pero no estoy refiriéndome a cumpleaños, reyes y demás eventos, sino al simple amor de los padres, de los familiares y amigos, el techo en el que viven, la ropa que se ponen, el cuidado cuando se ponen enfermos… Los niños y jóvenes son verdaderas economías subvencionadas que viven constantemente de lo que los demás les dan. Es por ello que la familia es la principal escuela de ese amor desinteresado que los cristianos consideramos como la manera más plena de ser persona. Sin embargo, en los niños es muy fácil que solamente tengan importancia los regalos materiales o que el regalo se convierta más en una obligación que en una sorpresa.

Solo valen los regalos materiales

En algunos casos existen personas que solamente regalan al niño cosas materiales. No no saben, no quieren o no pueden hacer regalos de otra clase. Se trata de mayores que establecen su relación con el niño a través de los regalos materiales y que, normalmente, esperan recibir una respuesta de sus niños acorde a los regalos que les han hecho. Esto hace que el niño aprenda la lección y que acabe chantajeando al mayor dándole solo cariño si recibe o ha recibido un regalo material. El regalo se convierte entonces en una trampa en la que no existe ya la gratuidad sino un simple intercambio de cariño o carantoñas por bienes materiales.

La obligación de regalar

En otros casos, el regalo se convierte en una obligación. Hay que dar regalos porque es Navidad, porque es un cumpleaños, porque hay un juego que nos obliga a ello. El sentido relacional del regalo y su elemento gratuito se pierden. Dedicamos grandes energías en escoger el presente adecuado y en comprarlo. Energías que se pierden y que no nos sirven para mejorar nuestra relación con aquel que lo recibe. Los niños, sobre todo, quedan prontamente decepcionados cuando este regalo no cumple las expectativas que se ha planteado y esto es fácil que suceda a niños que tienen de casi todo.

Por ello, creo que debemos cuidar mucho el tema de los regalos. Comprar para regalar y convertir esto en costumbre en todos las ocasiones, desvirtúa el sentido profundo del mismo. Hay que replantearse las obligaciones de regalar y también pensar que el mejor regalo que se puede hacer a un niño (y a un mayor) es el cariño, la amistad, el aprecio, una relación sana… Por ello recordemos el valor del regalo para hacerlo con verdadera gratuidad y que este sea realmente una fuente y un refuerzo para las relaciones sanas y fructíferas.

 

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La terapia de ir de compras

Una nueva Greguería pecuniaria publicada en España Buenas Noticias: http://ebuenasnoticias.com/2014/12/03/la-terapia-de-ir-de-compras/#

La terapia de ir de compras _ España Buenas Noticias

 

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Jean Claude Juncker, la Eurocámara y la Ética

Artículo publicado en Levante EMV – Suplemento El Mercantil Valenciano EMV, el domingo 23 de Noviembre de 2014, en la página 18

Jean Claude Juncker  la Euroca

Los hechos son conocidos. El mismo protagonista y principal responsable del gobierno luxemburgués los ha reconocido en rueda de prensa, y la Eurocámara le ha dado su apoyo. El gobierno luxemburgués pactó de una manera secreta ventajas fiscales a empresas multinacionales para que tributaran en su país. Parece además (según declaraciones del propio Jean Claude Juncker, que es a su vez presidente de la Comisión Europea) que Luxemburgo no es el único país que lo hace y que otros llevan a cabo estas prácticas que permiten que las grandes empresas paguen menos impuestos en la UE que las pequeñas, a pesar de que ganan más.

Pero no solo hemos conocido esto, sino que los grupos mayoritarios de la Eurocámara han respaldado a Juncker. Los argumentos para hacerlo han sido varios, pero ha habido dos que han predominado. Por un lado, este comportamiento es legal y se opina que estos acuerdos se hubiesen hecho de todas maneras aunque él no hubiese sido el presidente de Luxemburgo, ya que estos pactos intentan defender los intereses del país (que es lo que Juncker tenía que hacer como presidente). Si no los hacen ellos, los hace otro país y se lleva los impuestos para él. No es una cuestión de personas, sino de la estructura competitiva en la UE. Por ello, concluye este razonamiento, hay que apoyar a Juncker y exigirle que haga en la UE lo que tan bien hizo en su país: defender nuestros intereses comunes.

El segundo motivo es más sencillo: hay que apoyarlo para no dar fuelle a los euroescépticos y a los eurófobos.

Comienzo por el segundo. Hacer piña con alguien del que se reconoce que ha hecho algo legal que no es bueno para el bien común, pensando que es la mejor manera de defenderse ante los euroescépticos, me parece de una bisoñez impropia de políticos experimentados. Creo que un apoyo de este cariz no solo no defiende a Europa de las ideas que la critican, sino que apoya a aquellos que lo hacen, y les refuerza en su convicción y argumentos.

Pero me gustaría centrarme más en el primer razonamiento y cómo este contiene un componente ético fundamental que mina la confianza en las instituciones y en la UE. La defensa de Juncker realizada por sus correligionarios europeos se basa en una concepción de la acción pública en la que cada uno tiene que buscar su propio interés o el de los suyos. De este modo, los países deben pensar en ellos mismos, y sus representantes deben defender sus intereses frente a los de otras naciones. Por ello están legitimados esta clase de acuerdos que atraen a las multinacionales a que paguen pocos impuestos, porque así los pagan a nuestro país y no a los gobiernos de las naciones en las que generan sus ganancias. Los accionistas de las empresas (que buscan su propio interés de lograr mayores beneficios) se aprovechan de esta competencia entre países y se instalan en aquellos en los que pagan menores impuestos. Es evidente que cuanto mayor sea la empresa más posibilidades tiene de hacerlo.

Esta concepción ética nos ha dicho que esto es lo mejor para todos, que buscar el interés propio es bueno para el común, que gracias a eso la economía funciona y se encuentran las mejores soluciones para lo público y lo privado. Que hay que desconfiar de quien dice luchar por el bien común porque seguro que nos está engañando y al final tiene unos intereses propios ocultos.

Sin embargo, nuestra experiencia nos dice que esto no es así. Que cuando todos buscan su propio interés, gana más quien más fuerza o poder tiene. Que aquellos que son pequeños o débiles salen perdiendo o son “descartados” por el sistema, ya que no son capaces de defender o hacer valer sus intereses.

Y es evidente que esta opción ética de legitimar la búsqueda del propio interés no solamente provoca actuaciones como la descrita o beneficios para las grandes empresas, sino que lleva también a que una empresa esté dispuesta a pagar mordidas para lograr un contrato (al fin y al cabo lo que interesa es ganar más y si no lo hago yo lo hará otro) o a un político a recibirlas (él también quiere ganar lo máximo en su trabajo como representante público).

Por ello, los partidos mayoritarios harían bien si dejasen de hacer piña en torno a una concepción ética discutible que nos está dando unos malos resultados, para intentar modificar sus objetivos y maneras de actuar.

Esto supone dos clases de cambios. El primero, un cambio personal. Precisamos representantes que no pretendan defender sus o mis intereses, sino que se preocupen por el bien común, que trabajen por una sociedad mejor.

La segunda es que no es suficiente un cambio en las personas, sino que también hay que cambiar las estructuras. Las instituciones también son éticas o no en la medida que potencian unos comportamientos u otros. El ejemplo aquí descrito lo muestra de una manera evidente. Necesitamos cambiar las instituciones para impedir esta clase de comportamientos que solamente benefician a unos pocos: a quienes menos ayuda necesitan.

O este cambio lo realizan los grandes grupos políticos o lo harán otros en su lugar. Cuando antes se den cuenta de que la ciudadanía lo exige y quiere mejorar la sociedad luchando por el bien común, mejor. Si no lo hacen, corren el peligro de seguir pensando en sus propios intereses y verse sobrepasados sin entender nada de nada.

 

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Pasarlo bien: el tiempo libre

Artículo publicado en la revista ICONO, año 115, nº 10, Noviembre 2014, pág: 12 y 13

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En el pueblo en el que vivo, Almàssera, hay una plaza en la que todos los días puedes ver a gente que pasa el rato allí. Es muy agradable pasear por ella y encontrarse con gente que conversa, que va a la biblioteca, al ayuntamiento, a la Iglesia o a comprar, a mayores sentados observando a los demás… Por las tardes se concentran una gran cantidad de niños que van allí a jugar. Mis mismos hijos, con frecuencia me comentan ¿Vamos a la plaza a jugar o a estar con otros amigos? Es una suerte tener un lugar así en el que encontrarse para pasar el rato.

Tomar algo para pasarlo bien

Sin embargo, hay algo que observo a menudo que me ha hecho reflexionar sobre lo que hacemos con la educación económica de nuestros hijos. Muchos de los niños que van a la plaza por la tarde, lo primero que hacen es ir al kiosko a comprar algo para tomar. El salir a jugar a la plaza se identifica desde bien pequeños con tomar algo, con pasar por la tienda. Parece que si no se adquiere algo, salir no es lo mismo, no van a pasarlo igual de bien. Se necesita dinero, por tanto, para ir a la plaza, para pasarlo bien. De este modo, desde bien pequeños estamos educando a los niños en relacionar la compra de algo con el pasarlo bien.

Esto es una constante para la adolescencia y la juventud

Esto tiene un peligro evidente en el largo plazo. Muchos jóvenes tienen que tomarse algo para poder pasarlo bien. No quiero entrar en qué puede ser ese algo, pero la identificación entre tomarse algo y pasarlo bien proviene de su infancia, de esas veces en las que salimos y tenemos que consumir una chuchería, unas pipas, cualquier cosa, porque si no lo hacemos parece que falta algo, que no ha valido la pena salir o que el ocio está incompleto. Esto no quiere decir que tengamos que arruinar al gremio de los kioskeros, todos compramos en ocasiones a nuestros hijos alguno de estos productos para tomar. El peligro no es comprarlo de vez en cuando, sino que se automatice que salir quiere decir consumir algo que hay que adquirir. La chuche, las pipas, pasan de ser algo excepcional a ser un elemento imprescindible para el ocio fuera de casa, para jugar con los amigos o a estar con ellos en la plaza o en cualquier otro lugar.

No es solo cosa de niños, nosotros también lo hacemos

Ahora bien, no solo tenemos que mirar a los niños para darnos cuenta de esto. Con mucha frecuencia lo que hacen es reproducir lo que nosotros hacemos. Con frecuencia, los padres cada vez que salimos consumimos algo. Es decir, para nosotros también salir supone adquirir algo y no sabemos plantear nuestros momentos de ocio sin prescindir del consumo ligado a ellos. Muy a menudo somos nosotros los que estamos totalmente imposibilitados de salir, de estar con otros, sin que esto suponga un gasto, sin tener que tomarse una cañita o un café o un pastel… No concebimos nuestros momentos de ocio sin ese consumo.

El ocio como gasto

Y esto no solo sucede con el ocio diario, sino también con el extraordinario. Salir a hacer algo que normalmente no hacemos, pasarlo bien con los amigos, debe ir acompañado, frecuentemente, de un dispendio ligado a este. El ocio parece, entonces, que no puede plantearse si no es para ir al cine, tomarse algo en una hamburguesería, ir a la bolera, entrar en un recreativo, ir al parque de bolas, etc. Las opciones de ocio implican entonces un desembolso económico ya que si este no se da, parece que no se sabe qué hacer, que cualquier opción diferente va a ser aburrida o incompleta.

El desembolso en el ocio estratifica la sociedad

Además, esta manera de plantearse el ocio separa a personas que tienen niveles económicos distintos. En la medida que para pasarlo bien incurrimos necesariamente en un gasto, solamente podremos compartir este ocio con aquellos que tengan un nivel económico ajustado al nuestro y puedan gastarse lo mismo que nosotros. Esto hace que, con más frecuencia de la deseada, acabemos juntándonos con aquellos que tienen un nivel económico similar al nuestro porque son con los que podemos salir. Esto dificulta que personas con distintos poderes adquisitivos acaben juntándose para compartir su ocio y su vida.

Replantearse la dimensión económica del ocio

Por ello es necesario que nos replanteemos la dimensión económica del ocio. No solo con nuestros hijos, sino también para nosotros mismos. Nos tenemos que preguntar si nuestro ocio va siempre ligado a tomar algo o a desembolsar algún dinero o si por el contrario, sabemos encontrar momentos de ocio totalmente gratuitos. Debemos pensar en qué maneras podemos pasarlo bien, nosotros y nuestros hijos, solos o con amigos, que no supongan necesariamente desembolso económico: pasear, jugar, hacer excursiones, ver un museo, montar una obra de teatro, cantar, contar historias, quedar con los amigos en casa o en un lugar público para conversar, etc. Hay miles de maneras de ocupar nuestro tiempo ocioso que no conllevan pagos ni consumo. Estas maneras de plantearnos el ocio son inclusivas, cualquiera puede entrar en ellas, tenga el nivel económico que tenga, y no excluyen las otras. Por ello, sin descartar ese ocio bajo pago que todos realizamos y que es una opción válida, debemos conseguir que no sea la única opción y que sepamos pasarlo bien sin gastar dinero. Debemos enseñar a nuestros niños que se puede pasar muy bien sin tomarse nada, sin pagar a nadie para que nos ayude a conseguirlo y sin desembolsar ningún dinero.

 

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La Economía desde la “Evangelii Gaudium”

Monográfico publicado en la revista Noticias Obreras en el Nº1560, de Junio de 2014, en las páginas 19-26

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Los cambios en la política monetaria

Artículo publicado en Noticias Obreras, nº 1565, Noviembre 2014, pág: 13-14

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En los primeros jueves de septiembre y octubre, Mario Draghi comunicó nuevas medidas de política monetaria para los últimos meses de 2014 que se prolongarán durante dos años. Estas medidas intentan luchar contra un peligro que se cierne sobre la eurozona: la bajada generalizada de precios o deflación. Para ello se han articulado dos sistemas de compra masiva de activos financieros privados que pretenden inyectar dinero en la economía que se destine, finalmente, a la inversión privada, de modo que se reactive la demanda, se genere crecimiento económico y se evite que los precios bajen.

Para un no lego en la materia puede parecer paradójico que después de escuchar durante años y años que hay que luchar contra la inflación, esto es, contra la subida generalizada de precios, ahora que no suben y que probablemente bajen, se vea esto como un problema. Ante ello y, antes de entrar en otros aspectos del fenómeno, hay que comentar que está constatado que una inflación moderada (menor de dos dígitos) no crea grandes problemas económicos. Sin embargo, una deflación puede ahondar en la parálisis económica que la genera y traer consecuencias negativas sobre el crecimiento económico.

El motivo principal es que una bajada generalizada de precios provoca que se pospongan todas las compras no necesarias ya que las personas piensan que si van a bajar los precios, mejor esperar a comprar algo a que estén más bajos. Esto hace que la demanda disminuya, que se compre menos y que, por tanto, no solo haya menos crecimiento, sino que los oferentes se vean obligados a bajar más los precios para poder vender. Se crea así una espiral deflacionista difícil de parar (lo que también sucede al contrario cuando las cifras de inflación son superiores a dos cifras).

El Banco Central Europeo (BCE) se ha fijado en sus estatutos un límite máximo de inflación de un 2%. Se trata de un límite restrictivo que no tienen otros Bancos Centrales y que pretende defender la fortaleza del euro beneficiando a aquellos que tienen sus ahorros en esta moneda y que invierten en ella (ya que una inflación tan baja les permite que sus ahorros no pierdan capacidad adquisitiva). Sin embargo, esta política tan restrictiva en momentos de recesión como los actuales ha provocado algunos problemas económicos que ahora estamos pagando, ya que el miedo a la inflación elevada ha provocado que no se hayan realizado políticas como las que ahora se proponen con antelación.

A pesar del ejemplo de EE.UU. donde se llevan aplicando esta clase de políticas desde hace tiempo sin que se dispare la inflación (en contra de las previsiones de los contrarios a las mismas) el BCE no ha querido extender el dinero en circulación para tener controlada la inflación por debajo de un 2%. Esto ha provocado, entre otras cosas, que la falta de demanda comprometa la recuperación (llevamos siete años de crisis y no parece que vayamos a salir en breve de la situación) y que aquellos que tengan deudas no vean el valor de las mismas reducido (lo que habría sucedido si la inflación hubiese sido más alta).

Podríamos pensar que más vale tarde que nunca. Aplicar unas políticas expansivas que permitan sacar más dinero a circulación para poder generar algo de demanda que impulse el crecimiento y que incremente la inflación, es en este sentido bienvenido. Pero, parece que llegamos un poco tarde y que sus efectos no serán los deseados por tres motivos. En primer lugar los bonos que se adquieren son privados (es decir, se financia a empresas privadas) y falta que estas vean como conveniente trasladar estos fondos a financiación de empresas o de la economía, ya que se corre el peligro de que se utilicen simplemente para refinanciar lo que ya se debe y que esta financiación barata no salga del sector financiero. En segundo lugar, al encontrarnos en un panorama deflacionista, no se puede esperar que estas medidas provoquen una inflación que permita a los deudores reducir sus deudas vía la pérdida del poder adquisitivo de la moneda. El tercer motivo es que la cuantía de las compras parece insuficiente para provocar los efectos deseados. El hecho de que en el mismo BCE haya partidarios y detractores de estas políticas ha llevado a Mario Draghi a aplicarlas en una cuantía intermedia que intenta contentar a todos pero que puede resultar insuficiente.

Por otro lado, podemos plantearnos si esta financiación no tendría mejores resultados si se orientase hacia el sector público. Es decir, si en lugar de prestar a los intermediarios financieros para que estos puedan realizar su función de generar beneficios con mayor facilidad, se financiase al sector público directamente, permitiendo que este pudiese reducir sus pagos de intereses y su déficit y deuda pública. Desde el punto de vista del bien común, parece que esta medida podría ser más beneficiosa para la sociedad en su conjunto que la simple financiación privada.

Por todos estos motivos, no cabe esperar unas consecuencias espectaculares de las medidas de política monetaria, en especial para aquellos que tienen más problemas económicos y para los sectores más empobrecidos por la crisis. Las medidas pueden evitar la deflación (lo que ya es un logro por sí mismo y que además es el objetivo que tienen) pero opino que no tendrán muchas más consecuencias positivas. Llegan tarde (lo que no tendría por qué ser un problema), son insuficientes y además, están mal encaminadas apoyando solamente al sector privado y olvidando a un sector público al que la crisis financiera ha maltratado enormemente.

Necesitamos una política monetaria más imaginativa, más agresiva, más audaz que sea capaz de salirse de los cauces más ortodoxos y que ayude realmente a escapar de la recesión en el que estamos y no para ahondar en ella. Como decía un protagonista de una novela de Emilio Salgari “a grandes males, grandes remedios”. Los grandes males no pueden solucionarse ni haciendo lo de siempre ni con remedios tímidos. Hay que saber afrontar las situaciones graves con políticas que estén a su nivel.

 
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Publicado por en octubre 28, 2014 en ahorro y finanzas

 

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Las multas por mal aparcamiento y la pobreza

Otra greguería pecuniaria publicada en España Buenas Noticias: http://ebuenasnoticias.com/2014/10/21/las-multas-por-mal-aparcamiento-y-la-pobreza/

Las multas por mal aparcamiento y la pobreza _ España Buenas Noticias Las multas por mal aparcamiento y la pobreza _ España Buenas Noticias

 
 

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Las riquezas de la Iglesia

Artículo publicado en la revista ICONO, año 115, nº 9, Octubre 2014, pág: 10 y 11

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Este verano, en un encuentro de laicos en el Espino, mantuve dos conversaciones que me iluminaron para la reflexión que hoy propongo a aquellos lectores que les haya atraído el título y se estén adentrado en estas breves líneas. Una fue con Pedro Guembe en un autobús y la otra con Ángel Garví mientras comíamos. Aunque fueron dos conversaciones bien distintas, ambas incidieron en uno de los temas más criticados de la Iglesia: su patrimonio y sus propiedades, eso que algunos denominan “las riquezas de la Iglesia” y que parecen incompatibles con la pobreza evangélica que la Iglesia predica.

Un considerable patrimonio

Existe un hecho ineludible lo mires por donde lo mires: las instituciones católicas tienen una cantidad significativa de propiedades que conforman su patrimonio (o sus riquezas). A pesar de los momentos de la historia en los que este patrimonio se ha visto mermado o reducido (expulsiones de congregaciones, desamortizaciones, persecuciones, guerras, etc.) y que han hecho que ahora sea mucho menor que en siglos pasados, se sigue contando con bienes muebles e inmuebles de gran valor y en una cuantía que puede parecer elevada a un observador externo.

¿Qué problema hay en ello?

Algunos se preguntan que cuál es el problema de tener estos bienes. La Iglesia tiene bienes que necesita para su labor, los cuida, los utiliza y los pone al servicio de sus fines al igual que hace cualquier institución. Además, como sabe cualquiera que tiene propiedades, éstas no solo son una posible fuente de riqueza, sino una fuente segura de gastos. El mantenimiento de muchas de estas propiedades supone un agujero constante en las finanzas de cualquier institución. Mantener este enorme patrimonio (histórico en muchos casos) supone un esfuerzo económico enorme.

La mirada crítica ante la propiedades de la Iglesia proviene de que esto parece incompatible con un Dios que se hace hombre en Jesús y que pasa por la tierra juntándose con los más pobres y excluidos de la sociedad judía de su tiempo. Con un Jesús al que no se le conocen propiedades y que le dice al hombre rico que para entrar en el reino de los cielos tiene que vender todas sus riquezas y seguirlo. Una Iglesia que predica una opción preferencial por los pobres y el amor desprendido como el ideal de vida. Todo ello provoca una aparente contradicción entre los hechos y el mensaje que predica la Iglesia.

Gestión económica del patrimonio

Además de lo ya nombrado, con frecuencia, las instituciones eclesiásticas dueñas de estas propiedades las utilizan para lograr rendimientos económicos. Con ello, antiguos monasterios se han convertido en hoteles o casas de huéspedes, edificios céntricos se alquilan a empresas o a particulares y podríamos nombrar muchas otras modalidades que permiten lograr unos ingresos que revierten en los dueños de este patrimonio. Muchos de estos ingresos están destinados en exclusividad al mantenimiento de las propiedades, y otros son utilizados para los fines propios de la institución eclesial. Pero esto tiene el peligro de que sacerdotes o religiosos se conviertan en simples gestores, es decir, en personas que se dedican a la gestión empresarial en lugar de dedicarse a la pastoral y el anuncio de la buena nueva, qué es a lo que aparentemente se deberían dedicar.

Creo que destinar el patrimonio de la Iglesia solamente debe ser utilizado para fines exclusivamente económicos cuando se vea necesario y siempre cumpliendo las siguientes pautas: que los ingresos generados sean destinados al mantenimiento de las propiedades y a los fines de las instituciones y no se utilicen para acumular por acumular, que las actividades económicas sean útiles para la sociedad y aporten valor a las personas que los utilizan y, por último, que la gestión de la actividad económica priorice a las personas y sea un ejemplo de cómo administrar empresas con otros valores.

El patrimonio como don

Pero opino que lo más importante de la gestión de los bienes de la Iglesia no se juega aquí, sino en tener claro que están llamados a estar al servicio de todas las personas y en especial de los más desfavorecidos. Los locales parroquiales, los edificios de la Iglesia, los mismos templos, deben ser un don para la sociedad, un regalo que se ofrece a todos sin excepción, porque Dios ama a todos y regala a todos su amor, sin tener en cuenta su condición social, su color, su sexo, su nacionalidad o su religión. Aquellos que, como Ángel o como yo, hemos estudiado en los locales parroquiales, nos hemos encontrado allí con los amigos y los hemos vivido como nuestros, no podemos más que estar agradecidos porque allí hemos aprendido qué es vivir la gratuidad y el don. Por ello, creo que la reflexión más importante que se puede hacer sobre este tema es preguntarse si los bienes de la Iglesia son, en estos momentos, un regalo para la sociedad, para los jóvenes, para los mayores, para los pobres, para los inmigrantes. ¿Lo son? Y en segundo lugar actuar en consecuencia, dar sin esperar nada a cambio, ofrecer nuestras “riquezas” para que también lo sean de los otros, abrir las puertas de nuestro patrimonio, ser testimonio de un amor de Dios que es don gratuito, de una Iglesia que da lo que tiene y lo pone al servicio de los demás.

 

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Los salarios bajan, la demanda se debilita

Artículo publicado en la Revista Noticias Obreras, nº 1563, Septiembre 2014, páginas 13 y 14

Septiembre 2014 Los salarios bajan 1Septiembre 2014 Los salarios bajan 2

El pasado Junio, nuestro ministro de economía Luis de Guindos le quitó importancia al hecho de que los salarios estuvieran bajando (y perdiendo su capacidad adquisitiva) de cara a la recuperación de la demanda en nuestro país y por tanto, de la recuperación económica. Su argumentación ha sido repetida con frecuencia y se basa en dos puntos clave: que una rebaja de salarios es buena porque mejora la competitividad de nuestros productos en el exterior y que la recuperación económica no tiene por qué provenir de un incremento de la demanda interna, sino del impulso de la oferta, es decir, de la mejora de la confianza de las empresas que les lleve a invertir y a generar más empleo.

Pues bien, voy a analizar estos dos argumentos para aportar un poco de luz en el debate y poner las cosas en su sitio. En primer lugar, hay que decir que el argumento de que una bajada de salarios incrementa la competitividad, puede ser cierto si esta bajada de salarios se traduce en una reducción de los precios del producto y el resto de variables se mantienen constante. Dicho de otra manera, la competitividad se incrementará si conseguimos vender más barato el mismo producto.

Siendo esto cierto, también lo es que la bajada de salarios no es la única manera de lograr incrementar la competitividad. También se puede conseguir reduciendo el margen de beneficios empresariales. Claro que esta opción suele ser tabú… En la medida que la prioridad son, precisamente, las ganancias de los accionistas de una empresa, rebajar éstas para reducir los precios suele ser algo que, sencillamente, escandaliza y no se contempla. Pero existen otros sistemas para reducir los precios de los bienes, como son todos aquellos que derivan de incrementar la productividad. Si los mismos trabajadores consiguen producir más en el mismo tiempo, el coste de producción también se reduce y con ello se logra un margen para la reducción de precios. El camino del incremento de la productividad parece, desde el punto de vista de la mejora de la sociedad, una senda más aconsejable por las repercusiones económicas que tiene a largo plazo que la simple bajada de salarios.

Además de estas propuestas, el incremento de competitividad por la reducción de salarios viene forzado, con frecuencia, por un entorno internacional en el que existen países en los que los salarios son exageradamente bajos. Nosotros exigimos a estos países que produzcan los bienes que nos venden cumpliendo una serie de requisitos técnicos. Si los productos no cumplen estos requisitos, no se pueden vender en nuestro país. Sin embargo, no les exigimos ninguna clase de condición social en la producción, las exigencias sociales se consideran trabas al comercio internacional mientras que las exigencias técnicas no lo son porque protegen a los compradores de bienes defectuosos o que no cumplan bien su cometido.

Vuelve a darse aquí una cuestión de prioridades. La nuestra son los ciudadanos de nuestro país, por eso exigimos requisitos técnicos para que no se electrocuten utilizando un secador del pelo (por ejemplo) pero nos dan igual las condiciones sociales de quienes producen ese secador porque lo que queremos es que nos lo vendan lo más barato posible (para así poder comprar más cosas con el mismo salario). Los trabajadores de los otros países no nos importan, lo que queremos es máxima calidad a mínimo precio.

Es evidente que esta cuestión se resolvería exigiendo unos mínimos sociales y salariales para las empresas productoras de igual modo que se exigen mínimos técnicos para producir un determinado bien. Esto se podría hacer tanto a nivel nacional como a nivel internacional. Si se pusiese en práctica esta manera de afrontar el mercado, la bajada de salarios no sería necesaria para una mejora de la competitividad y las políticas de producto deberían centrarse en otros aspectos.

Por último, también podríamos mejorar nuestra competitividad generando inflación y logrando que nuestra moneda se depreciase. Si bien este sistema no es sostenible a largo plazo y si no se controla cuidadosamente puede generar problemas económicos grave, aplicado de una manera razonable y temporal puede traer buenos resultados. Nuestra pertenencia al euro y una política monetaria basada en baja inflación y en el mantenimiento del valor de la moneda para no perjudicar al sector financiero que trabaja con ella, hacen que esta clase de políticas no se contemplen en la actualidad.

Por otro lado tenemos la argumentación sobre quien va a ser quien genere empleo y recuperación económica. La idea de que produciendo más y mejor, va a llevar a que haya personas que compren esta producción y que, por lo tanto, hay que insistir en la oferta y no en la demanda, ha sido demostrada como falsa por los hechos y por los teóricos. Es necesaria una demanda que compre lo que se produce. La recuperación no puede venir solamente por el incremento de la producción si esta no la compra alguien. Para ello necesitamos, o bien que haya otros países que compran esos bienes que producimos y que por tanto permitan esa mejora económica, o bien que la mejora de la confianza se traduzca no solo en mayor producción sino también en un nivel más elevado de compras por parte de los nacionales, o bien que el incremento de la producción se traduzca en un aumento de los salarios y de las rentas de las personas para que estas puedan también comprar lo que se produce.

Parece evidente que, si los salarios no aumentan y las rentas de la clase media se reducen, los dos últimos supuestos no se darán con demasiada facilidad, lo que nos puede llevar a que tengamos que confiar solamente en la demanda exterior para afianzar nuestra recuperación. La demanda debe ser tenida en cuenta en cualquier circunstancia económica al mismo nivel que la oferta ya que la economía consiste precisamente en esto, el intercambio precisa de productor y comprador, de oferta y demanda. Si una de las dos falla, no se realiza el intercambio… Pensar que una economía nacional puede funcionar de una manera boyante con una demanda débil y con una mayoría de personas con bajos salarios, no parece que sea realista…

 

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El Templo comercial

He comenzado una colección de relatos económicos que denomino “Greguerías pecuniarias”. En ellas intento describir situaciones cotidianas que pueden hacernos pensar sobre determinados elementos económicos de nuestra vida. Es una manera diferente de abordar temas de economía cotidiana que espero os sea útil e interesante.

La primera se denomina “El templo comercial” y ha salido publicado en España Buenas Noticias: http://ebuenasnoticias.com/2014/09/29/el-templo-comercial/

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Publicado por en septiembre 29, 2014 en compras y consumo

 

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Mejorar el control de las transacciones financieras

Artículo publicado en el periódico Levante el 10 de Septiembre de 2014 en su página 46

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Noticia publicada en “Valencia Económica, Diario Económico Valenciano”:

Enrique Lluch aboga por crear un impuesto internacional sobre transacciones financieras para frenar las operaciones vinculadas a la corrupción

http://valenciaeconomica.com/blog/2014/09/09/enrique-lluch-aboga-por-crear-un-impuesto-internacional-sobre-transacciones-financieras-para-frenar-las-operaciones-vinculadas-a-la-corrupcion/

Si además, queréis leer el artículo al que se hace referencia en estas noticias, en esta otra entrada del blog tenéis el enlace: https://enriquelluchfrechina.wordpress.com/2014/07/07/como-avanzar-hacia-una-economia-social-de-mercado/

 
 

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Celebrar la vida y compartir con los niños

Artículo publicado en la revista ICONO, año 115, nº 8, Septiembre 2014, pág: 12 y 13

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Los que tenemos hijos, hemos sido invitados a múltiples cumpleaños y celebraciones de los compañeros de la clase de nuestros pequeños. Cuando el presupuesto lo permite, estas celebraciones se pueden convertir en una carrera para ver quien invita de una manera más excelente a los demás. Mis hijos han estado en el cine, en bares de bolas, en boleras, en fiestas con animadores, en hamburgueserías, etc. El cumpleaños o la celebración parece centrarse en un alto gasto por niño que, además de no estar al alcance de todos los bolsillos, tampoco transmite siempre los valores que nosotros desearíamos a nuestros niños.

La importancia de celebrar

Lo primero que debemos tener en cuenta es que celebrar es bueno. Una parte esencial de nuestra vida consiste en saber celebrar con nuestros seres queridos lo bueno que la vida nos da, nuestras alegrías, el valor de la amistad… Los cristianos somos especialistas en celebrar por lo que sabemos la importancia y el valor que tiene esta clase de expresión de agradecimiento y de alegría. La misma eucaristía es una celebración a la que acudimos gozosos de haber sido redimidos por el amor de Jesucristo. Por ello también necesitamos mostrar a nuestros niños la importancia de disfrutar de la vida y de celebrar las cosas importantes que nos suceden en ella.

Cuanto más gastamos mejor es la celebración

Es cierto que para celebrar algo hay que realizar un esfuerzo. Una fiesta, un cumpleaños, un aniversario precisa para organizarlo, para invitar a nuestra mesa a aquellos que queremos, para reunir a quienes hace mucho que no se ven, un esfuerzo que traiga la recompensa final de la celebración… Sin embargo, con frecuencia, el esfuerzo necesario para la celebración se convierte simplemente en un gasto mayor o menor. En los cumpleaños esto se ve a menudo, la fiesta se convierte en un gran gasto en el que tan importante es invitar tanto a los padres como a los hijos. La categoría de la fiesta depende de lo que ha pagado el celebrante, la cuantía pagada es lo que aporta caché a la celebración.

Los regalos

Y existe otro punto que se relaciona de una manera directa con el gasto. Se trata de los regalos. El gasto efectuado en la invitación parece que debe de ser compensado a través de unos regalos adecuados al nivel de la misma. De esta manera, el cumpleaños deja un rastro de regalos en la habitación de un niño que acabó abriéndolos con desgana mientras el resto de infantes invitados miraban atónitos esperando ver aquello que a ellos les habría gustado recibir. En aquellas fiestas con animadores, estos convierten este momento en central de la fiesta: se cubre al niño con una corona de juguete y se le sienta en un trono para recibir sus regalos. Parece que es el momento cumbre de la fiesta.

¿Qué es lo importante de la celebración?

Esto me lleva a una historia que le sucedió a un amigo y que me puso sobre la pista de este importante tema económico para la educación de nuestros hijos. Hace unos años le propuso a su hijo quinceañero celebrar el cumpleaños jugando a fútbol en la playa de la Malvarrosa, llevar unos bocadillos para merendar y pasar allí la tarde. El hijo replicó que no le podía hacer eso, que había que invitarlos a la bolera, o a la hamburguesería o al cine, cualquier cosa que costara dinero ya que si no iba a quedar en ridículo ante sus amigos. Ante el “o eso o nada” de sus padres, el chaval accedió. El final de la celebración no fue, evidentemente, como esperaba el adolescente. El cumpleaños fue un éxito, hacía tiempo que no se lo pasaban tan bien en un cumpleaños. Todos estaban encantados con lo “guay” que era mi amigo (el padre) que había jugado con ellos durante todo el rato (aunque como consecuencia este estuvo una semana dolorido con agujetas)

Esto nos lleva a apreciar otros aspectos importantes de la celebración. El dinero gastado queda a un lado y toman protagonismo el jugar todos juntos, el hacer algo especial que normalmente no hacían estos chavales (jugar al fútbol en la playa), la convivencia intergeneracional (el padre estuvo jugando con ellos, lo que en un principio podría parecer un estorbo para cualquier adolescente), el pasar un rato agradable entre todos… Y evidentemente, nadie se acordó de los regalos. Dar regalos en la playa después de acabar sudados, cansados y llenos de arena, no tiene excesivo glamour…

Centrarse en lo importante

Esto es lo importante de las celebraciones de nuestros hijos y para lograrlo no solo no es necesario realizar un gran gasto, sino que tal vez, el hacerlo puede llegar a ser un impedimento. El esfuerzo para realizar una celebración no debería centrarse en el gasto, sino en lograr las condiciones para que la convivencia, el pasarlo bien, el compartir, el poder realizar algo extra que normalmente no hacemos, pase a ser lo importante. Que los niños acaben la fiesta pensando “qué bien lo pasé”. Esta es la clave y para ello no se necesita mucho dinero, tan solo imaginación y un poquito de esfuerzo entre todos… Así educamos a los niños en que se puede pasar bien, se pueden conseguir cosas importantes sin que esto implique necesariamente un gasto.

 

 
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Publicado por en septiembre 9, 2014 en educación y economía

 

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Educar en valores económicos

Artículo publicado en la revista ICONO, año 115, nº 7, Julio-Agosto 2014, pág: 12 y 13

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Sabemos que la educación que damos a nuestros hijos tiene mucho que ver con el ejemplo y con la transmisión no verbal de sensaciones, valores, miedos, inseguridades, maneras de hacer las cosas, etc. Se trata de todo aquello que determina nuestra manera de ser y que nosotros transmitimos y nuestros hijos interiorizan sin querer, sin que nos demos cuenta. La sociedad también actúa así sobre los niños, les transmite valores y maneras de hacer las cosas sin que esto se explicite en la escuela, sin que se perciba de una manera clara. El entorno en el que nos movemos determina que acabemos viendo algo como normal o que lo veamos como extraño. Nuestra manera de actuar viene determinada en parte por todo aquello que está alrededor nuestro y que nos encontramos en nuestro día a día.

También sucede esto con los valores económicos

Los valores económicos no son ajenos a esta realidad. Nuestros hijos están asimilando, desde bien pequeños, unos valores económicos que no son los cristianos. El “lo mío es mío y lo tuyo si puedo también”, “lo único que interesa es mi bienestar personal”, “El dinero lo mueve todo” o “la pela es la pela”, “de mayor quiero ser rico” o “lo más importante en la vida es ganar mucho dinero”, etc. Se van insertando en los pequeños sin que nos demos cuenta de cómo sucede. Sin embargo, no es solo el ambiente el que colabora en que esto sea así. Con frecuencia es nuestra propia manera de hacer las cosas, nuestro planteamiento personal o familiar a la hora de abordar momentos claves de nuestro día a día, los que refuerzan sin querer estos valores económicos en nuestros niños. Estamos tan inmersos en nuestro entorno y se ha extendido tanto (hasta en ambientes cristianos) que la economía es algo independiente de la fe que tiene su propia dinámica, que hemos descuidado esta faceta de nuestra vida y a menudo, de una manera poco consciente, colaboramos sin ser conscientes en la potenciación de valores económicos poco cristianos.

Educar en valores económicos cristianos

Por todo ello voy a comenzar en esta revista una serie de artículos que pretende ser un motivo de reflexión para aquellos que tenemos niños para educar y para aquellos que no los tienen pero quieren reflexionar sobre su día a día económico. En ellos quiero descubrir cómo los valores económicos egoístas nos han impregnado de tal manera que no somos conscientes de nuestra colaboración en la difusión de los mismos. Y todo ello desde el convencimiento de que vivir desde una economía altruista, desde una economía del don, nos hace más felices, nos ayuda a lograr nuestras metas (si esta no es la de enriquecerse, claro está) y nos facilita vivir en el amor y en la solidaridad y construir un mundo más humano.

¿Aprender para ganar?

Y para comenzar la serie, creo que vale la pena que reflexionemos sobre algo que decimos a nuestros hijos con demasiada frecuencia, sin darnos cuenta de la carga de profundidad que contienen nuestras palabras: “Tienes que estudiar mucho porque así podrás tener un buen trabajo y ganar mucho dinero en el futuro”. Las maneras de expresar esto mismo son múltiples pero ¿Quién de nosotros no ha transmitido este mensaje a sus hijos en alguna ocasión? Y lo hacemos porque esta afirmación tiene una parte de verdad: nuestros hijos tendrán que realizar una labor que les permita lograr unos ingresos suficientes para vivir. Sin embargo, cuando les insistimos en este tema, les decimos que la importancia del estudio, del esfuerzo, ser reduce a su capacidad para generar más pronto o más tarde ingresos y si son estos elevados, mejor.

Con esto estamos potenciando un mensaje equivocado: que todo hay que medirlo por su capacidad para ganar dinero. Les estamos diciendo que al final, lo importante en esta vida es tener más y que el estudio es solo un medio para lograrlo. Las actividades extra-escolares, aquello que no sea adquirir conocimientos útiles para encontrar un trabajo bien remunerado, aparece entonces como inútil, como secundario… Acudir a un grupo juvenil, pasar la tarde con los amigos, aburrirse en casa de vez en cuando, preparar una obra de teatro con los amigos, ir a jugar a cualquier deporte o practicarlo con asiduidad, tocar la guitarra, etc. Son todo actividades que tienen que estar en un segundo plano porque lo importante es adquirir conocimientos, sacar buenas notas, ser los mejores para tener empleos mejor remunerados. Por ello creo que la próxima vez que les digamos a nuestros hijos que tienen que estudiar y sacar buenas notas (creo que hay que hacerlo), debemos insistir en que es para que sean mejores personas, para que luego puedan aportar sus conocimientos a la sociedad, para encontrar un trabajo que les satisfaga, para ser más felices… y que reflexionemos sobre todas aquellas actividades que no les llevan a sacar mejores notas, pero que van a ser buenas para ellos en un futuro. No tienen por qué dejarse a un lado o ser secundarias, tienen su importancia en la educación de los niños aunque esta no sea económica y hay que potenciarlas también.

 

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La dimensión social de la evangelización

Artículo publicado en la revista ICONO, año 115, nº 6, Junio 2014, pág: 12 y 13

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No podemos cerrar esta serie de artículos sobre la “Evangelii Gaudium” sin referirnos a una parte que, aunque su contenido no es explícitamente económico, sf que tiene una relación importante con cuestiones económicas.

EVANGELIZAR ES HACER PRESENTE EN EL MUNDO EL REINO DE DIOS

Esta es la primera frase del cuarto capítulo de la exhortación que se titula “la dimensión social de la evangelización”. En él se incide en una idea que ya ha sido resaltada por otros docu-mentos de la Doctrina Social de la Iglesia, en especial por parte de Benedicto XVI que en Caritas in Veritate, 15, dijo: “El testimonio de la caridad de Cristo mediante obras de justicia, paz y desarrollo forma parte de la evangelización, porque a Jesucristo, que nos ama, le in-teresa todo el hombre”. Francisco incide en la misma idea y nos dice en el párrafo 176: “si la dimensión social no está debidamente explici-tada, siempre se corre el riesgo de desfigurar el sentido auténtico e integral que tiene la misión evangelizadora” y en el 178 insiste, como ya hizo en su momento Pablo VI: “Desde el corazón del Evangelio reconocemos la íntima conexión que existe entre evangelización y promoción humana, que necesariamente debe expresarse y desarrollarse en toda acción evangelizadora”. En esencia, nos está diciendo que no podemos evangelizar sin un compro-miso social que lleve a la promoción del ser humano y a la mejora de la sociedad en la que vivimos.

LLAMADOS A TRANSFORMAR EL MUNDO

“Una auténtica fe -que nunca es cómoda e individualista- siempre implica un profundo deseo de cambiar el mundo, de transmitir valores, de dejar algo mejor detrás de nuestro paso por la tierra… Todos los cristianos, también los Pastores, están llamados a preocuparse por la construcción de un mundo mejor”, dice el Papa en el n° 183. El anuncio de la Buena Noticia de Jesús resucitado, precisa de cristianos comprometidos en el cambio social, en la construcción de un mundo en el que reine la caridad, en el que se -busque la ju-sticia por· encima de cualquier otra consideración, que esté al servicio de las personas y no de otra clase de intereses. Esta llamada a transformar el mundo es también preceptiva en los asuntos económicos. No puede entenderse una orga-nización social sin que la economía ocupe su papel, que no tiene porque ser el más impor-tante, pero sí debe estar presente en cualquier mejora que queramos articular para el progreso de las personas y de la sociedad.

LA INCLUSIÓN SOCIAL DE LOS POBRES

Cuando Francisco tiene que concretar esta dimensión social de la evangelización comienza, precisamente, por un asunto económico clave: la inclusión social de los más desfavorecidos. Esta opción preferencial por los pobres es una idea nuclear del anuncio del evangelio y debe seguir siéndolo. Para llevarla a cabo, Francisco pide “una nueva mentalidad que piense en términos de comunidad, de prioridad de la vida de todos sobre la apropiación de los bienes por parte de algunos” (188). En esencia está pidiendo un cambio de sistema económico y creo que hay que insistir en que incluye esto en la evangelización. Anunciar a Jesucristo supone cambiar nuestra mentalidad, luchar por una sociedad diferente en la que desde el punto de vista económico, prime la solidaridad y la gratuidad.

Es evidente que estas ideas no son novedosas, que están enraizadas en la Iglesia desde el principio de su historia… Pero han aparecido en un segundo plano durante mucho tiempo y se han priorizado otros aspectos de la evan-gelización. Francisco no la olvida, la pone como · un capítulo de su exhortación y muestra los aspectos económicos del anuncio del evangelio. como lo prioritario en su dimensión social. Vuelve a Pablo VI para afirmar que: “Los más favorecidos deben renunciar a algunos de sus derechos para poner con mayor liberalidad sus bienes al servicio de los demás”.

Para hacer realfdad este compromiso social, Francisco insiste en que la reducción de las desigualdades es una cuestión clave sin la que no podemos evangelizar. Por ello indica, con una claridad que creo no necesita co-mentarios, que “Mientras no se resuelvan radicalmente los problemas de los pobres, re-nunciando a la autonomía absoluta de los mercados y de la especulación financiera y atacando las causas estructurales de la inequidad, no se resolverán los problemas del mundo y en definitiva ningún problema. La in-equidad es raíz de los males sociales. La dignidad de cada persona humana y el bien común son cuestiones que deberían estructurar toda política económica” (202-203). Buscar una organización económica diferente es parte esencial de la evangelización.

 

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El bienestar de un país no se mide con el PIB

Tenéis aquí ecos periodísticos del artículo que escribí ya hace un tiempo titulado: “¿Crecimiento o decrecimiento? A propósito de los últimos cincuenta años”. Uno es escrito y el otro de radio.

El escrito es una entrevista que me han realizado en el periódico digital Valencia Plaza.

La podéis encontrar en http://www.valenciaplaza.com/ver/136358/enrique-lluch-bienestar-social-pib.html

y la segunda es una entrevista que me han hecho sobre este artículo en Radio Nacional. En el siguiente enlace tenéis el corte de ocho minutos

https://soundcloud.com/uchceu/estudio-del-ceu-sobre-economia-entrevista-profesor-enrique-lluch

Si queréis escuchar el programa enterlo aquí lo teneis. La entrevista la podéis encontrar entre el minuto 3:00 y el minuto 10:56

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Cómo avanzar hacia una economía social de mercado

Artículo publicado en la revista Razón y Fe, Nº1389-90, Julio-Agosto 2013, pág: 59-69.

Este artículo ofrece un puñado de propuestas de cara a la consecución en España de lo que se conoce como economía social de mercado. Aporta una serie de recomendaciones gracias a las cuales pueda regenerarse y hacerse más justo, más humano, más social y más  igualitario el capitalismo que nos gobierna.

dibujo de portada

 

Si queréis leerlo completo podéis descargarlo en el siguiente enlace:

http://www.razonyfe.org/images/stories/julioagosto2014/E_%20Lluch_RyF_1389-1390_julio-agosto_2014.pdf

 

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