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Archivo de la categoría: ética económica

La vida económica de los cristianos

Artículo publicado en la revista ICONO, año 115, nº 1, Enero 2014, pág: 12-13

La vida económica de los cristianos 1

La vida económica de los cristianos 2

Y lo poseían todo en común…

Quiero recordar, ahora que han pasado las fiestas navideñas, ese pasaje de los hechos de los apóstoles en el que se describía cómo era la vida en sus primeras comunidades: “Nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía, pues lo poseían todo en común… Entre ellos no había necesitados, pues los que poseían tierras o casas las vendían, traían el dinero de lo vendido y lo ponían a los pies de los apóstoles; luego se distribuía a cada uno según lo que necesitaba” (Hch, 4, 32-35) Muchos se pueden pensar que esto era una idealización, que realmente no sucedía así. Evidentemente, esta descripción no ahonda en las dificultades que presentaba este plan de vida, pero tal y como descubrí a través de la lectura de la Historia de Roma del periodista italiano Andro Montanelli, no solo no era irreal, sino que algún autor romano como Luciano afirmaba que los cristianos eran “imbéciles que juntan todo lo que poseen” y Tertuliano decía “que ponen junto lo que los demás tienen separado y tienen separado la única cosa que los demás ponen junto, la mujer”. Es decir, que la característica que más llamaba la atención a los no cristianos de estos era, precisamente, de componente económico.

¿Nos sucede lo mismo a nosotros hoy en día?

El primer interrogante que nos plantea este hecho es pensar si a los cristianos también se nos reconoce hoy, precisamente, por este aspecto. Es decir, si cuando los no cristianos nos describen, lo hacen también a través de nuestro comportamiento económico. Creo que la respuesta es claramente negativa. Seguimos observando a no cristianos que se refieren a nosotros de manera despectiva o irónica (como hacían los dos escritores romanos) pero no lo hacen por el tema económico sino por otras cuestiones… Esto nos lleva un poco más allá ya que, si los primeros cristianos veían la cuestión económica como algo clave de su vida de fe y esto no sucede en nuestras comunidades en la actualidad ¿Quiere decir que hemos despojado nuestra fe de algo intrínseco a ella?

Podría contestar de una manera directa a esta cuestión, pero creo que es mejor dejar esto para Francisco, el obispo de Roma, que en su primera Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium nos habla de “la dimensión social de la evangelización precisamente porque, si esta dimensión no está debidamente explicitada, siempre se corre el riesgo de desfigurar el sentido auténtico e integral que tiene la misión evangelizadora” (176) “El kerygma tiene un contenido ineludiblemente social: en el corazón mismo del Evangelio está la vida comunitaria y el compromiso con los otros. El contenido del primer anuncio tiene una inmediata repercusión moral cuyo centro es la caridad.” (177)

El compromiso comunitario con otra economía y con los más desfavorecidos

Es Francisco quien, en esta exhortación que habla sobre el anuncio de nuestra buena noticia, insiste en varios temas económicos que debemos tener en cuenta a la hora de explicitar nuestra fe. El obispo de Roma nos plantea los desafíos económicos que presenta el mundo actual y que intentan tambalear los cimientos de nuestra fe: la economía de la exclusión, la idolatría del dinero, el dinero que gobierna en lugar de servir, la inequidad que genera violencia. Se trata de elementos que priman en nuestro tiempo y que muchas veces impregnan el comportamiento económico de los cristianos ya que, sin querer (o de una manera consciente) respaldamos estas maneras de entender el quehacer económico ante las que Francisco dice, simplemente, “no”.

Pero además indica, tal y como he señalado en las citas que he transcrito más arriba, que el anuncio de esta buena noticia conlleva necesariamente un compromiso social. Por ello dedica el capítulo cuarto de la exhortación a “La dimensión social de la evangelización”. En él nos muestra cómo no se puede soslayar el elemento social en nuestra fe y como este supone la prioridad de los más pobres, una opción preferencial por ellos. Como los cristianos debemos comprometernos en la resolución de los problemas de los pobres ya que califica a “la inequidad como la raíz de los males sociales” (201). Por ello “¡Ruega al Señor que nos regale más políticos a quienes les duela de verdad la sociedad, el pue­blo, la vida de los pobres! Es imperioso que los gobernantes y los poderes financieros levanten la mirada y amplíen sus perspectivas, que procuren que haya trabajo digno, educación y cuidado de la salud para todos los ciudadanos.” (205)

Para que surjan estos políticos, necesitamos comunidades cristianas en las que el compromiso económico con los más desfavorecidos y el “ponerlo todo en común” sean el comportamiento normal. Necesitamos cristianos que sean reconocidos como tales, no por sus ideas doctrinales, sino por su comportamiento diario, por su compromiso social por los más desfavorecidos, por sus anhelos de construir esa sociedad en la que lo normal sea el comportamiento ético, la solidaridad mundial, la distribución de los bienes, la dignidad de los débiles, el compromiso por la justicia y la preservación de las fuentes de trabajo (203)

 
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Publicado por en enero 20, 2014 en ética económica

 

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Empresas sociales para lograr un objetivo público

Artículo publicado en Noticias Obreras nº 1555, enero 2014, pág: 13-14

empresas sociales para objetivo publico 1empresas sociales para objetivo publico 2

El pasado mes analicé la polémica que existe entre la consecución de objetivos públicos a través de empresas privadas o de empresas públicas. No lo hice de una manera exhaustiva sino que me centré en tres puntos: a) La comparación entre un tipo de gestión y el otro y el fracaso de los gestores públicos que privatizan. b) El debate sobre si la prioridad del sector público debe ser lograr reducir sus costes o dar unos servicios adecuados y de calidad. c) La idea de si lo mejor para una sociedad es que el dinero esté en los bolsillos de quien lo gana, por lo que siempre es mejor rebajar los impuestos, o si, por el contrario, la utilización pública de nuestros fondos es una opción válida.

Evidentemente, el análisis quedo falto de un remate, en especial para reflexionar sobre si el ofrecimiento de servicios públicos a través de empresas privadas es una política positiva para la sociedad o no. En este debate, algunos consideran que la empresa privada es un mal a extirpar, que esta clase de organización tiene una manera de comportarse que trae problemas a la sociedad en su conjunto y por ello, el sector público no debería dejar en sus manos la gestión de ninguno de los bienes o servicios públicos que gestiona.

Esta idea se basa en la existencia de empresas que solamente resultan positivas para aquellos que han invertido su dinero en ellas, mientras que sus trabajadores son considerados únicamente como un coste de producción que debe ser minimizado a toda costa. Para ellas la calidad del servicio debe de ser la mínima para poder seguir vendiendo el producto y generando beneficios, pero no hay una preocupación finalista por el producto y su calidad, sino que estos son solamente un medio para lograr otro fin.

Sin embargo no todas las empresas son así, la empresa privada no tiene por qué ser siempre algo que vaya en contra del bien común o de la mejora de la sociedad. Las empresas como organizaciones cumplen tres funciones esenciales en la sociedad que son las de producir bienes y servicios útiles, permitir que las personas unamos nuestros esfuerzos para aportar este grano de arena a la mejora de nuestro entorno y ser un medio para que nos ganemos la vida de una manera digna y podamos desarrollarnos como seres humanos creciendo en madurez y sabiduría.

Aquí está el punto clave en el que se encuentra la frontera entre la clase de gestión que preferimos a la hora de producir y ofrecer un servicio o bien público. Si una gestión solo está concentrada en la consecución de un determinado rendimiento para sus accionistas y no tiene una preocupación esencial por la calidad del servicio o por las condiciones laborales de su plantilla, no es deseable independientemente de que sea privada o pública. Si una gestión reinvierte su beneficios para la mejora social, tiene una gran preocupación por la calidad y por el bienestar de sus trabajadores, cumple criterios éticos y mejora la sociedad en la que trabaja, entonces parece evidente que desde una visión del bien común y de mejora de los servicios para los ciudadanos, podemos optar por ella independientemente de que sea pública o privada.

Si nosotros tuviésemos garantías de que las empresas privadas cumplen estos últimos requisitos pensaríamos que no está mal que estas empresas ofrezcan bienes y servicios públicos, porque lo pueden hacer tan bien como el sector público o más. Es por ello que cuando una organización como Cáritas o una fundación sin ánimo de lucro y con elevada vocación social es pagada por la administración para gestionar un servicio o la producción de un bien público, la población lo considera positivo en general. La vocación por el bien común de la asociación es vista como una garantía de que se van a cumplir los objetivos públicos de la acción.

Ahora bien, esta percepción puede ser tramposa. Si el pliego de condiciones que pone la administración para ofrecer el servicio está centrado en la reducción de costes, o en el cumplimiento de criterios exclusivamente economicistas, puede ser que la empresa o asociación que lo ofrece se vea obligada a renunciar a su filosofía de actuación para lograr cumplir las condiciones que se le exigen. De este modo, a pesar de encontrarnos ante asociaciones que, desde un punto de vista teórico, buscan precisamente la consecución de objetivos sociales, en la práctica se ven imposibilitados de hacerlo en condiciones debido a las exigencias de un sector público que solo busca ahorrar costes.

Por ello creo que la clave está, ya no tanto en si se trata de una organización pública o privada, sino en las condiciones de contratación del sector público. Si sus criterios se basan en que los contratistas cumplan unas condiciones éticas irrenunciables y se controla bien que realmente lo hagan así como la calidad del servicio que se ofrece, la diferencia entre público y privado deja de ser clara e importante, ya que en ambos casos, el proceso de producción y ofrecimiento del bien o servicio público cumple con los necesarios requisitos sociales. Si esto no es así, ciertamente, la producción a través de empresas privadas puede actuar en detrimento de la calidad del servicio público y del entorno social (como también lo haría la gestión pública si se realiza con criterios mercantilistas).

Esto puede servir de guía también para las asociaciones y empresas que realizan esta clase de servicios. Las empresas y asociaciones con alta responsabilidad social deben exigir a las administraciones que los pliegos de condiciones para la contratación y el control posterior de las mismas exijan estos criterios éticos a los contratistas, que estos sean un requisito imprescindible para cualquier contratación. Si no es así, si para lograr la financiación pública la asociación deben renunciar a sus criterios propios o tienen que empeorar el servicios porque se ven obligadas a entrar en una dinámica en la que solamente vale la racionalidad mercantil, creo sinceramente que deben plantearse muy seriamente si siguen realizando esa labor para la administración.

 

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Objetivos públicos-Gestión privada: ¿Lo más barato?

Artículo Publicado en Noticias Obreras nº 1554, Diciembre 2013, páginas: 12-13Objetivos públicos, gestión privada 1Objetivos públicos, gestión privada 2

En estos últimos años estamos asistiendo a la continuidad de una tendencia que ya había comenzado mucho antes de la crisis. Se trata de la sustitución de lo público por lo privado. Campos de actuación en los que lo público tiene una responsabilidad fijada o bien por nuestra constitución o bien por alguna de nuestras leyes, pasan a ser gestionadas de una manera privada. Esta es una cuestión muy debatida y controvertida. No pretendo dar aquí una respuesta cerrada a esta polémica, sino entre este y el siguiente artículo, aportar algunas claves de reflexión que puedan iluminar este tema.

En un primer lugar cabría pensar que este traspaso a lo privado supone reconocer un fracaso rotundo de los gestores de lo público que administran el servicio a privatizar. Cuando escucho a algún político decir que quiere privatizar un servicio porque así va a ser gestionado mejor y de una manera más económica, pienso inmediatamente en por qué no aplica esos criterios de gestión él a su empresa o servicio público en lugar de dejar que lo hagan otros. Si es porque no puede o no sabe ¿Acaso no es esto reconocer su inoperancia? Desde mi punto de vista habría que cambiar a este responsable por otro que supiese hacerlo, porque si una empresa privada puede aplicar otros criterios mejores para la gestión ¿Por qué no va a hacerlo la pública? Claro que si estos se basan en pagar bajos salarios, o en realizar contratos en malas condiciones, la afirmación inicial de que la empresa privada lo hace mejor, se cae por su propio peso…

De hecho, si estamos hablando de una empresa privada con ánimo de lucro, sus accionistas querrán sacar un determinado rendimiento, lo que hará que la administración tenga que pagar más de lo que le cuesta a la empresa producir el bien (la diferencia son los beneficios a los inversores) ¿No sería mejor contratar a estos gestores y que ese ahorro sirviese para más servicios en lugar de para remunerar a los accionistas de esta empresa?

El análisis anterior está soslayando una de las suposiciones que hay detrás de este posicionamiento y que es clave para dimensionar el debate. Nos referimos a lo que piensan quienes defienden la privatización. Es decir, que lo importante es que un servicio se ofrezca lo más barato posible y le salga al sector público lo más económico que pueda, ya que donde mejor está el dinero es en el bolsillo del contribuyente y no en las arcas públicas. Esto supone que cualquier ahorro que se pueda conseguir, va a ser bueno para la ciudadanía en general.

Vamos a revisar esta idea. Lo primero que deberíamos preguntarnos es si el interés público está en dar un servicio adecuado y de calidad para cumplir la función asignada a este o si, por el contrario, lo único que queremos es que sea barato. Si lo que pretendemos es lo primero, lograrlo puede ser incompatible con que sea muy barato. Es más, lo más económico sale, con mucha frecuencia, caro a la larga. Por ello, lo primero que nos debemos plantear es cual es el objetivo público ¿Un buen servicio o un servicio barato? Evidentemente, una vez alcanzada la calidad necesaria, la excelencia que el bien o servicio requiere, es bueno hacer esfuerzos para que esto se consiga con el menor coste posible y sin derroches o dispendios innecesarios. Pero este es un objetivo secundario, no el primario.

Si se piensa así, solamente deberían permitirse aquellos sistemas de ahorro que no deteriorasen el objetivo principal de ofrecer un servicio adecuado y de calidad. En este sentido, no es lo mismo ahorrar aplicando modelos de gestión que incrementen la productividad de los trabajadores y de la organización, motivando a los trabajadores para que realicen mejor y más a gusto sus labores, que conseguirlo a través de pagar peor a los empleados o utilizar bienes y servicios de peor calidad.

Esto nos lleva directamente a analizar la segunda cuestión, es decir, si el dinero está mejor en el bolsillo de los contribuyentes que en las arcas públicas o no. Quienes defienden lo primero argumentan que quien gana el dinero debe tener la libertad de gastarlo en aquello que desee y que ese es el mejor destino que se le puede dar a sus ingresos. Aunque esta idea puede ser correcta en esencia, sabemos que no todos los usos del dinero son buenos para la vida en sociedad o para la mejora de los demás. Los comportamientos avariciosos, de búsqueda de la acumulación, en los que se sacraliza el afán de tener más, no tienen por qué ser positivos para el conjunto. De hecho, la mayoría de las veces, si no se limitan, destrozan el mercado y las condiciones de vida de aquellos que están en peores condiciones.

Además, para poder ganar dinero, necesitamos una sociedad que funcione correctamente, que tenga una organización adecuada de la que nos beneficiemos todos, que los más desfavorecidos puedan tener unos niveles de vida dignos para que puedan colaborar en la mejora común… Todo ello no se consigue a través de las acciones individuales y aisladas de cada uno, sino a través de las acciones comunes y de la cooperación entre los miembros de una sociedad. Por ello, no es verdad que el dinero siempre esté mejor en las manos de quien lo gana o en manos individuales, con frecuencia los fondos que se ponen en común, que buscan conseguir estos objetivos societarios, tienen un uso tan positivo o más, que aquellos que utilizamos solo para nosotros.

De este modo, no podemos centrar la actuación pública en ahorrar para que tengamos más dinero en nuestros bolsillos, sino que hay que centrarse en que los servicios que ofrecemos entre todos y que aquello que gestionamos de una manera pública, tenga los mejores resultados posibles, consiga sus objetivos. Ello, de la manera más barata posible, claro está, pero este debe ser un objetivo secundario una vez alcanzado lo primero. Es evidente que esto tiene una relación muy directa en el debate entre lo privado (teóricamente más barato) y lo público (teóricamente más caro) que acabaré de perfilar en el próximo artículo.

 

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La Fundación Europea para el Estudio y Reflexión Ética (FUNDERÉTICA) es una fundación que tiene, como objetivo fundamenta, ser un cauce propulsor de la reflexión ética en nuestra sociedad y constituirse en un centro de formación, reflexión e investigación en la Filosofía Moral, desde los criterios que proporcionan la dignidad de la persona y de los valores que le son inherentes. Todo ello lo hace desde el humanismo cristiano y siguiendo una labor que ya ha realizado durante cuarenta años el Instituto Superior de Ciencias Morales de Madrid ligado a la Congregación del Santísimo Redentor.

Si queréis apoyar económicamente a nuestra fundación, os explico los cauces que podéis seguir en este email. También podéis obtener más información de estas actividades en www.funderetica.org

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Los bienes relacionales

Artículo publicado en la revista ICONO, año 114, nº 11 de Diciembre de 2013, pág: 10 y 11

Bienes relacionales 1Bienes relacionales 2

El que tiene menos parece más feliz

Estamos tan acostumbrados a identificar tener más con estar mejor que no comprendemos por qué hay gente que puede vivir feliz con poco. Nos sorprende ver una sonrisa dibujada en la boca de personas que viven en unas condiciones mucho peores que las nuestras. Cuando algún voluntario joven vuelve de un país más pobre en África o Latinoamérica, una de las frases más oídas es que la gente es feliz a pesar del estado de penuria en el que viven. Con frecuencia, además, estos voluntarios afirman que los ven más felices que nosotros, las personas que vivimos con un nivel de vida más elevado, los que tenemos más pero no estamos tan satisfechos. Para responder a este aparente enigma, algunos argumentan las personas nos acostumbramos a todo, que quien no se consuela es porque no quiere, que ellos se conforman con poco y nosotros no… Se trata de argumentos que, pudiendo ser válidos, no explican la totalidad de este fenómeno. No pretendo en este artículo dar una teoría completa de los factores que nos llevan a ser más o menos felices, sino centrarme en los bienes que nos llevan o no a una vida más o menos plena.

¿De qué clases de bienes disfrutamos?

Por que la clave, quizá, está en qué clase de bienes disfrutamos aquellos que tenemos más y qué clase de bienes disfrutan aquellos que tienen menos. Nosotros, en los países ricos, disfrutamos de una gran cantidad de bienes y servicios que intentan satisfacer nuestras necesidades básicas y nuestras apetencias y deseos. Se trata de productos que consumimos de una manera individual, por los que pagamos un precio y con los que tenemos una relación directa entre el bien y nosotros: ropa, televisión, ordenador, lavadora, automóvil, etc. Estos bienes de consumo son los que tenemos en cuenta para definir el nivel de vida de una población, si cuenta con una cantidad mayor de ellos, consideramos que esa sociedad tiene más riqueza y mayor bienestar…

Sin embargo esta manera de ver las cosas olvida un conjunto de bienes que son muy importantes para la felicidad y de los que suelen gozar aquellas personas que viven de una manera más sencilla: los bienes relacionales. Cuando hablamos de ellos nos referimos a bienes que nos sirven para relacionarnos con otros, que incluyen un ambiente social amigable y positivo, que potencian hábitos de cooperación que nos ayudan a llevar una buena vida, que son experiencias comunes y compartidas… Estar con los amigos y conversar con ellos, que los niños de tus amistades vengan a jugar a tu casa y viceversa, compartir aficiones y realizar actividades conjuntas, pertenecer a un grupo religioso y reunirse con él cada cierto tiempo, pasear en compañía, hacer deporte con otras personas, etc.

Los bienes relacionales como factor económico

Podríamos pensar que los bienes relacionales no tienen un componente económico importante, que son cosas que no se compran sino que se consiguen y tendríamos razón. Esta es una de las causas por las que personas que tienen menos ingresos están mejor que otras que tienen más. Puede ser que no gocen de muchos bienes por los que tengan que pagar, que no tengan muchas cosas, pero si gozan de bienes relacionales, estos pueden tener una influencia positiva sobre su bienestar mayor de la que tienen los otros. Por ello, muchas veces, los que vivimos en los países ricos equivocamos nuestra dirección. Nos dedicamos a acumular cosas pensando que esto nos hará más felices, y descuidamos estos bienes relacionales que tienen un efecto más positivo sobre nuestro bienestar que la mera acumulación de bienes de consumo en nuestras estanterías.

Pero hay otra cuestión que tiene unas implicaciones económicas mucho más evidentes. Cuando les comento a mis alumnos qué clase de trabajo quieren, con mucha frecuencia me contestan que aquel que más ingresos les aporta. Si les comentas que hay personas que prefieren estar en trabajos menos remunerados pero en los que se sienten a gusto a otros mejor pagados pero con peor ambiente laboral, algunos de ellos te escuchan con escepticismo, creen que esa es una mala opción. No están acostumbrados a tener en cuenta los bienes relacionales, solamente piensan en los bienes de consumo que se pueden comprar con dinero.

¿Competencia o colaboración?

Los bienes relacionales son clave en el clima laboral, en el quehacer económico cotidiano. Si potenciamos la competitividad, el tener que vencer al otro, el establecer las relaciones con los demás en clave competitiva en lugar de en clave cooperativa, estamos creando un ambiente económico que, si bien puede lograr más bienes de consumo para quien sigue estas pautas, dinamita nuestras relaciones con los demás. Esta es una de las principales causas por las que la economía está repercutiendo negativamente en el bienestar de las personas, competir en lugar de cooperar, dificulta nuestras relaciones con los otros y las deteriora inevitablemente. Hay que crear, pues, ambientes laborales que tengan en cuenta en este elemento, debemos educar en una economía que se base en relaciones de colaboración y no de competición, tenemos que identificar nuestro bienestar, no solo por los bienes de consumo, sino por aquellos que incrementan nuestra relación con los demás.

 

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Trabajar para construir y construirse

Artículo publicado en la revista Noticias Obreras, nº 1552, Octubre de 2013, pág 12-13

trabajar para construirse 1trabajar para construirse 2

La encíclica laborem exercens de Juan Pablo II nos recordó en su momento cuáles son las principales dimensiones del trabajo. Por un lado la objetiva, es decir, cómo a través de nuestra actividad productiva de bienes y servicios que sean útiles para nuestras vidas o para las de los demás, contribuimos en recrear este mundo, en construir una sociedad mejor y en que el bienestar de las personas que componen nuestra sociedad se incremente. La segunda dimensión es la subjetiva. Esta se basa en cómo el trabajo es una parte sustancial de la persona. Nosotros no podemos entendernos sin trabajo, la labor que realizamos para la elaboración de esos bienes y servicios es consustancial a nuestro ser. Por ello, el trabajo que desarrollamos es una de las maneras a través de las cuales nos realizamos como personas. Somos más humanos también en el trabajo y a través de él.

Hablar de estos conceptos en un momento en el que nos encontramos en unos niveles de desempleo que nunca habían sido tan altos, puede parecer una frivolidad. Algunos podrían pensar que con los graves problemas económicos que estamos viviendo, lo último que se puede pensar es si mi trabajo me ayuda a perfeccionarme como persona o si colaboro realmente en la mejora de mi entorno a través de él. Parece que en momentos así lo único que se puede hacer es dar gracias por el trabajo remunerado que tenemos sin realizar planteamiento alguno que vaya más allá.

Esto puede llevar a la concepción (tan extendida que alcanza, con frecuencia, a personas cristianas muy comprometidas) de que el trabajo se realiza tan solo para ganar el sustento, mientras que uno se realiza como persona y colabora en una sociedad mejor fuera de mi él, en el tiempo libre, en las actividades que se desarrollan en la parroquia, en una asociación, en una ONG, es decir, en las actividades voluntarias fuera del trabajo remunerado.

Si nos centramos en aquellos que viven su trabajo así y que tienen una fuerte conciencia de colaboración en la mejora del mundo en el que vivimos, me refiero a aquellos para los que su labor remunerada es una especie de mal menor en el que pasan muchas horas al día, pero que les sirve de soporte para poder utilizar todas sus energías en la labor solidaria que ejercen en su organización, ONG, labor voluntaria, etc. (Otros reservan estas fuerzas para dedicarse a organizar una fiesta, hacer deporte o realizar otras actividades lúdicas que también les apasionan. Se trata del mismo fenómeno pero con objetivos distintos)

Pienso, sinceramente, que esta postura no colabora demasiado en el crecimiento personal de aquellos que la practican y que tampoco lo hace en la construcción de esa sociedad mejor que anhelamos casi todos. Nuestra labor solidaria, nuestros anhelos de justicia, nuestra manera de colaborar en la mejora de nuestro entorno, también debe realizarse a través del trabajo. No pretendo ir en contra de la labor voluntaria o de la participación en ONGs, por supuesto que no, nada más lejos de mi intención. Lo que intento decir es que con el mismo espírituo con el que nos planteamos estas colaboraciones y estos trabajos, debemos plantearnos nuestra labor remunerada. Esta última puede ser, también, una fuente importante de gratificación personal y de colaboración en la mejora de nuestra sociedad.

Algunos pueden aducir que en determinados puestos de trabajo esto no es posible. Con frecuencia cuando comento esta cuestión, me preguntan cómo podemos hacer esto en un puesto de producción en cadena, o cómo se puede contribuir a la mejora de la sociedad cuando nos obligan desde nuestra empresa a actuar justo en el sentido contrario. Estas dos circunstancias parecen justificar que se tome el trabajo como un mal menor, que se limite uno a recibir el salario al final de mes y reserve sus energías para hacer en otros ámbitos aquello que sí que ayuda a crecer como persona y a construir un mundo mejor. Sin embargo, esto no tiene por qué ser así.

Por un lado, salvo que se trate de una actividad claramente mafiosa o delictiva, la mayoría de las actividades económicas que se realizan en una empresa pueden beneficiar a la sociedad o a una parte de ella. Si estoy en una cadena de producción de, pongamos, piezas eléctricas de porcelana, mi colaboración en que estas salgan sin defectos, con todos los parámetros de calidad, no solamente va a ayudar a la empresa productora, sino también a los usuarios finales de estos elementos. En esta labor también compartimos el trabajo con otras personas como yo. Mejorar el ambiente de trabajo, conseguir unas relaciones amigables y un entorno positivo, es otra manera de construir sociedad. Esto no quiere decir que tengamos que callar si nos están exigiendo que tomemos actitudes poco éticas o contrarias a la mejora de los que nos rodean, todo lo contrario, nuestra actitud debe ser la mejor manera de mostrar este modo de entender nuestra labor.

Quizá el punto más difícil en este sentido es si el trabajo no nos está sirviendo para crecer como personas. Las situaciones críticas, los problemas, las circunstancias adversas, también son momentos en los que podemos lograr ser más humanos, crecer y avanzar en nuestro perfeccionamiento personal. Bien es verdad que esto tiene un límite que deberemos reconocer por si es necesario sacrificar los ingresos para mantener nuestra integridad personal y nuestra propia coherencia de vida. Por ello, como ya he nombrado, es importante denunciar las prácticas contrarias al desarrollo personal de los trabajadores o a las que van en contra de la mejora de la sociedad. Decidir hacer como si nada de esto existiese y buscar otras cosas fuera para intentar compensar lo que en el trabajo me machaca, puede ser la opción aparentemente más cómoda, pero no creo que sea la mejor.

Nuestra labor remunerada, es un lugar importante para nuestra realización personal y para nuestra colaboración en la mejora de nuestro entorno. Olvidar esto y considerarlo solo como un mal menor que debemos realizar para poder tener los ingresos que necesitamos para nuestra vida es deshumanizar nuestro trabajo y a nosotros mismos. Comprenderlo y actuar en consecuencia es una de nuestras responsabilidades en el mundo del trabajo hoy en día.

 

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Comprar para ser diferente, comprar para ser como todos

Artículo publicado en la revista ICONO, año 114, nº 9 de Octubre de 2013, pág: 14 y 15

comprar para ser diferentes 1comprar para ser diferentes 2

Comprar nos produce satisfacción

Todas las personas tenemos unas necesidades que tenemos que cubrir para poder vivir: comer, protegernos del frío y del calor, descansar, defendernos de las enfermedades que nos atacan periódicamente… En el momento histórico que vivimos, la principal vía a través de la que cubrimos estas necesidades físicas es a través de las compras que realizamos para lograr los bienes y servicios que nos permiten cubrir estas necesidades.

Este es el motivo principal por el que las compras resultan una fuente de satisfacción para nosotros. En la medida que gracias a ellas obtenemos aquello que me permite sobrevivir, gozar de una serie de comodidades y de una determinada calidad de vida o tener una vida mejor, puedo considerar la compra un acto que repercute directamente en mi satisfacción personal y familiar. Si mis ingresos no son suficientes para lograr adquirir lo que necesito para vivir, mi satisfacción va a ser menor y voy a acusar la imposibilidad de tener las rentas suficientes para llevar una vida digna.

Sin embargo, no todas las compras nos dirigen en esta dirección. Gracias al nivel que hemos alcanzado en nuestra sociedad, con frecuencia compramos bienes o servicios que no nos son necesarios, cosas de las que podríamos prescindir sin que ello perjudicase nuestra calidad de vida. Si esto se así, cabe preguntarse por qué entonces compramos estos bienes o servicios, porque utilizamos parte de nuestros ingresos para adquirir cosas que no son necesarias, que no tienen por qué aportarnos satisfacción alguna en la medida que no están relacionadas con lo que precisamos para vivir.

Comprar para afianzar una posición o diferenciarme de los demás

Las razones son variadas y no voy a analizar todas aquí. Quiero centrarme en ese consumo que se utiliza para lograr demostrar la posición que ostentamos. Se trata de consumir bienes, no para cubrir unas necesidades que tengo, sino para, o bien demostrar que se ha alcanzado una determinada posición social (en la que lo habitual es comprar una serie de bienes y no otros) o bien sirve para diferenciarse de los demás y demostrar cuán distinto se es de los que conviven con uno. Sirva de ejemplo lo que sucede en ocasiones cuando todos los amigos tienen una segunda vivienda. Puede suceder que aquellos que no la tienen sientan que tienen una categoría inferior a los otros. Por ello, desean tener una segunda vivienda para mantener el estatus y situarse en el mismo nivel que aquellos con los que se convive habitualmente. De este modo, la compra se convierte en una manera de mantener la satisfacción de asimilarse a los de su mismo grupo.

Parecido fenómeno es el de aquel que compra inmediatamente el nuevo artilugio informático que ha salido al mercado o quien tiene el modelo más caro de automóvil. Con esas compras se pretende, habitualmente, diferenciarse de los demás, sentirse especial porque se posee algo que los otros no tienen. Las propiedades, las compras, sirven para mostrar la diferencia, para decir a los demás que se está en un nivel distinto.

¿Incrementan estas compras nuestra satisfacción?

Cuando las compras se realizan por estos motivos (y no por el de la necesidad) la satisfacción que percibimos por ellas no siempre se incrementa y, con frecuencia, es muy efímera. Si nosotros compramos para demostrar nuestro estatus o para posicionarnos en un determinado grupo, debemos estar siempre atentos a cuáles son los bienes que debemos tener para estar ahí. Cualquier descuido, cualquier bajada de renta, nos va a impedir mantener el nivel de compras que precisamos, lo que puede producir más ansiedad que satisfacción.

Lo mismo sucede con las compras que intentan diferenciarme. Puedo comprar algo para salir de lo normal, pero también puede pasar que los otros acaben imitándome para comprar ese mismo bien y la diferencia que buscaba se acabe. La satisfacción percibida por marcar la diferencia es, pues, efímera y me obliga a no bajar la guardia y buscar siempre esas novedades que me permiten marcar diferencias. De este modo, estos consumos que realmente no me son útiles, me proporcionan una satisfacción caduca que solamente puede ser compensada por nuevas compras que van a tener unos efectos sobre mi felicidad tan efímeros como los anteriores.

¿Compramos para ser?

El error del planteamiento anterior es pensar que si compro voy a ser diferente o similar a los demás. Las cosas se compran para tenerlas, pero no para ser. Nosotros somos diferentes a los demás por nuestra propia naturaleza (no hay dos personas iguales en todo el planeta) y al mismo tiempo somos similares a los demás porque somos humanos como ellos. Por ello, pensar que tener algo o no tenerlo cambia mi ser, es desenfocar totalmente el objetivo real de las compras y olvidar que nuestro ser se basa en nuestra manera de pensar, nuestros valores, nuestra cultura, nuestras acciones, nuestra voluntad, etc.

Para que no caigamos en este camino de comprar para ser, creo que es aconsejable que repasemos nuestras compras, seamos sinceros con nosotros mismos y diferenciemos cuáles son las que realizamos porque las necesitamos o nos apetecen y cuáles son las que solamente buscan ser similar o diferente a nuestros vecinos o amigos. Esforzarse en comprar para ser de una manera u otra es un esfuerzo inútil, si queremos ser diferentes o mejores, tenemos que encaminar nuestros esfuerzos en otra dirección.

 
 

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Nuevos modelos de economía

Dos periódicos turolenses se hicieron eco de mi conferencia el pasado jueves 26 de Septiembre. Aquí tenéis la crónica de ambos, aunque uno de ellos me definió como “catedrático” cosa que no soy…

Diario de Teruel del 27 de Septiembre de 2013 en su página 13

diario de teruel sobre conferencia

ECO DE TERUEL. Periódico digital de Teruel

Brillante charla del catedratico Enrique Lluch, dentro del Aniversario de Caritas en Teruel

Domingo, 29 septiembre , 2013 | Por | Categoria: Actualidad Local

En la imagen , un momento de la charla del viernes

En la imagen , un momento de la charla del viernes

El pasado viernes el catedrático D. Enrique Lluch Frechina, director de la Cátedra de Solidaridad de la Diversidad Cardenal Herrera CEU de Valencia dio una charla sobre os nuevos modelos económicos, dentro de los actos de celebración del aniversario de caritas diocesana en Teruel. La charla fue brillante y seguida atentamente por los asistentes.
Se habló de los nuevos modelos económicos como por ejemplo la economía de comunión, la economía del bien común, etc
Sobre todo se hizo hincapié en la necesidad de un cambio de mentalidad en empresas, intermediarios financieros, estados y en las economías domésticas.
Finalmente el profesor Lluch hablo de cuestiones económicas concretas , de los objetivos que deberían tener estos nuevos modelos económicos
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Un acercamiento a nuevos modelos económicos
Enrique Lluch ofrece una conferencia sobre propuestas alternativas
P. Fuertes
Teruel
Otros modelos económicos son posibles en la sociedad actual y así lo dio a conocer Enrique Lluch, doctor en  Ciencias Económicas y director de la Cátedra de Solidaridad de la Universidad Cardenal Herrera de Valencia,  en una conferencia que ofreció en el salón de actos de la CAI en Teruel con motivo del 50 aniversario de  presencia de Cáritas en la Diócesis turolense. Lluch presentó los motivos por los que existen modelos de
economía alternativos, qué pueden hacer los ciudadanos para cambiar e intentar organizarse mejor y qué propuestas existen en la actualidad.
Entre estas alternativas se encuentran la economía de comunión, la economía del bien común, la del decrecimiento, la economía altruista, la eco-economía, la democracia económica y la economía del buen vivir.
Lluch planteó que enfrentar el mercado contra la planificación es un “falso dilema” porque hay que aceptar el mercado como un instrumento válido pero plantearse que hay que cambiar sus objetivos. Así, los nuevos modelos económicos propugnan cambiar las metas del mercado, según puso de manifiesto este experto. Para
ello, “hay que orientar el mercado hacia otra dirección”.
Para hacerlo hay que plantearse diferentes objetivos, siguiendo la línea de estas nuevas teorías que recoge Lluch, como modificar las prioridades delmercado. Este economista propuso que ante la prioridad del beneficio,
hay que sobreponer la prioridad de la persona y el bien común; ante la de la economía financiera la de la economía real y ante la de los triunfadores la de los últimos. También planteó que hay que cambiar las reglas del juego para que beneficien a aquellos que colaboren más con el bien común y penalice comportamientos perjudiciales.
Para ello, se precisa “un cambio de mentalidad y estructuras”, destacó Lluch que pasa por cambiar
la mentalidad economista, que ha generalizado el comportamientos egoísta y lo ha justificado a ámbitos no económicos; las economías domésticas que tienen que afrontar su día a día con claves diferentes, y las  empresas, que deben insistir en su importante labor social. El cambio dementalidad tiene que llegar también a los intermediarios financieros, “que deben estar al servicio de la economía real y no al contrario”, explicó Lluch.

Para allanar el camino hacia estructuras económicas diferentes propuso un cambio de legislación de los mercados, que facilite la competencia y luche de forma efectiva contra los oligopolios y que facilite la  transparencia para la labor social de las empresas y de los intermediarios financieros.
También, sería necesario una política de contratación pública que utilice parámetros distintos al precio y que potencia a las empresas que colaboran en la construcción social. En cuanto al sector público, debería defender a los más desfavorecidos y defender el estado social y potenciar el bien común con una estructura impositiva que sea equitativa y redistributiva.
La estructura financiera también tiene que ser modificada, según Lluch, para favorecer un cambio en la política monetaria, una reducción del tamaño de las entidades financieras, la supresión de los paraísos fiscales y la regulación de los instrumentos financieros.  Todos estos cambios, concluyó este autor de varios libros sobre economía alternativa, se deben ejecutar a nivel internacional para que sea efectivos.

 

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El consumo y la crisis

Artículo publicado en la revista ICONO, septiembre 2013, año 114, nº 8, pág: 14-15

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Bangladesh y nuestras camisetas

Hace unos meses cayó un edificio en Bangladesh repleto de trabajadores textiles. Las malas condiciones del mismo y la gran cantidad de máquinas y personas que se encontraban allí, provocaron una desgracia que se podría haber evitado. Sin embargo, no me interesa ahora las condiciones de la empresa ni lo que dejó de hacer la sociedad de Bangladesh para evitar esta tragedia, sino que en este lugar se cosía ropa que luego compramos nosotros, demandada por empresas europeas y estadounidenses. Ello nos lleva a que ninguno de nosotros podamos garantizar que ninguna de las prendas que utilizamos habitualmente estén fabricadas en lugares similares a este. No tenemos ni idea de en qué condiciones se fabrican nuestras prendas de vestir y, quien habla del textil, también puede hacerlo de otros bienes como los electrodomésticos, los muebles, las herramientas, etc.

Hay que mirar la relación calidad precio

El motivo principal por el que sucede esto es que cuando compramos solamente miramos la relación calidad precio buscando siempre adquirir lo más barato que encontremos. Esta es una estrategia imprescindible para aquel que no tiene lo suficiente para vivir (si compra demasiado caro no puede comer todo lo que necesita o vestirse con una cierta decencia), pero esta estrategia de pobres ha pasado a ser una estrategia común en todas las familias, tengan el nivel económico que tengan. Buscamos lo más barato, porque solamente pensamos en nosotros. Queremos adquirir bienes lo más económicos posibles para poder tener más cosas con el mismo dinero.

Pero claro, si nosotros compramos algo y pagamos un precio por ello, ese dinero tiene que acabar en manos de alguien. Si pensamos en nuestras camisetas por las que pagamos precios ridículos, con ellos hay que pagar a los que las hacen, a quienes las transportan desde Asia a nuestros lugares de residencia, a quienes las venden en nuestros países y a quienes hacen la publicidad… Poco dinero para repartir entre muchos.

Echar balones fuera

Esta búsqueda de lo más barato ha hecho que muchas de nuestras empresas productivas hayan cerrado o ahora produzcan en países asiáticos. Los productos fabricados en estas naciones son más económicos y se venden mejor… Este fenómeno ha colaborado en el gran desempleo que tenemos en nuestro país y en que se haya desmantelado gran parte de la industria que existía hasta hace unos años, lo que dificulta la salida de la crisis. Ante esta situación muchos son los que piensan que la culpa la tienen estas naciones asiáticas y se ponen en contra de ellas en una reacción infantil que busca echar balones fuera y endosar la culpa de nuestros males a cualquiera que no seamos nosotros. Es una manera de no tener que pensar en qué parte de responsabilidad tenemos.

Pero si le preguntásemos a los trabajadores supervivientes del derrumbamiento de la fábrica de Bangladesh y de otras similares, seguramente nos replicarían que trabajan para empresas europeas y estadounidenses. Es decir, que ellos son el último eslabón de una cadena que comienza con nosotros, los consumidores, buscando el precio más bajo; continúa por nuestras empresas, que se van allí a buscar unos menores precios; y acaba en ellos, que producen lo que nosotros les decimos al precio que les exigimos. Al final, son nuestras empresas las que les fuerzan a trabajar en estas condiciones, ya que es la única manera de que se mantengan los costes bajos. Si no lo hacen, se busca otro país en el que se produzca más barato y a seguir con los precios más baratos…

Cambiar nuestros criterios de consumo

Benedicto XVI ya dijo en su Encícilica Caritas in Veritate que “comprar es siempre un acto moral y no solo económico”. Cuando compramos, le estamos diciendo a las empresas cómo queremos que se comporten. Si les pedimos solamente lo más barato, les estamos diciendo que rebusquen por todo el mundo dónde pueden producir de una manera más económica, que nos da igual como lo hagan, pero que nos traigan un precio muy reducido… Si queremos colaborar en que no hayan más casos como el de Bangladesh, debemos pedir a las empresas que nos muestren sus métodos de producción, que sean capaces de garantizarnos que ni ellas ni sus subcontratistas están produciendo en condiciones infrahumanas… El comercio justo ya lo hace, pero no es suficiente con esto. Debemos lograr que todo sea comercio justo, que lo que es excepcional pase a ser lo habitual.

Pero no solo esto, si queremos colaborar con nuestras compras a mejorar las condiciones económicas de nuestros ciudadanos, creo que es necesario que compremos más bienes producidos en nuestro entorno. Ello no solo nos permitirá controlar mejor si las empresas están produciendo en condiciones dignas y pagando unos salarios adecuados, sino también promover el empleo y la producción local colaborando así en la salida de la crisis. Todo ello supone, claro está, olvidarnos de esa consigna tan utilizada por todos nosotros “hay que comprar siempre lo más barato”…

 

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Trabajo responsable, liderazgo responsable

Artículo publicado en el periódico Levante, en su suplemento EMV el Mercantil Valenciano, página 16, el Domingo 22 de Septiembre de 2013

Liderazgo responsable

Cualquier empresa querría tener unos trabajadores responsables. Entiendo por estos aquellos que se encuentran motivados para realizar su trabajo, lo ejecutan con ganas y de una manera concienzuda, buscan la calidad y la excelencia en lo que hacen e intentan mejorar cuando tienen errores, trabajan bien en equipo y aceptan las indicaciones de sus superiores, son capaces de encontrar soluciones eficaces ante dificultades novedosas y en resumen: les gusta lo que hacen, son productivos y colaboran de una manera constructiva en la consecución de los fines de la empresa.

Lograr esto no siempre es fácil, de hecho, cuando se habla de liderazgo se está pensando (habitualmente) en la capacidad para crear equipos compuestos por esta clase de trabajadores que logren, de una manera eficaz, los objetivos de la empresa. Para hacerlo, hay diversas técnicas de dirección que pretenden mostrar el camino más adecuado para alcanzar un verdadero liderazgo. No pretendo en este artículo describir o realizar un listado de estas técnicas, pero sí aportar unas claves que deben de estar detrás de cualquiera de ellas y que son las permiten, de una manera efectiva, real y a largo plazo, unos trabajadores responsables.

Existe la idea generalizada de que el trabajo remunerado tiene una finalidad única que es la de lograr los ingresos necesarios para poder vivir. Desde este punto de vista, lo único que le pide una persona al trabajo es que le aporte un sueldo suficiente o lo más elevado posible (dependiendo de las ambiciones de cada uno) y todo lo demás es secundario. Parece evidente que, si esto es así, la manera de lograr trabajadores responsables solamente pasa por una correcta política remunerativa. En la medida en que pague bien a mis trabajadores, estos serán responsables en su trabajo y con la implantación de unos salarios diferentes que correspondan a la responsabilidad adquirida por los empleados, lograré ejercer un liderazgo adecuado.

Sin embargo, la realidad es más compleja. Pensar que el trabajo remunerado se realiza solamente por los ingresos, olvida las dos dimensiones esenciales del trabajo que son determinantes a la hora de que el trabajador asuma o no una postura responsable. La primera dimensión es la que se viene a denominar objetiva: a través de nuestro trabajo colaboramos en la construcción de la sociedad en la que vivimos. Por ello, la labor remunerada es importante para nosotros y para la comunidad. En la medida que nuestra pertenencia a un equipo-empresa que produce bienes y servicios útiles a la sociedad nos permita sentir que estamos aportando algo positivo, que estamos colaborando (aunque sea en una medida pequeña) en mejorar el entorno social o natural en el que nos movemos, nos sentiremos satisfechos o no con nuestra labor.

La segunda dimensión del trabajo que hay que tener en cuenta para lograr este liderazgo positivo es la subjetiva. El trabajo (sea o no remunerado) es algo intrínseco a la persona. Nos hacemos persona, crecemos como tales, maduramos, con el trabajo. La ociosidad, el no realizar ninguna actividad encaminada a producir bienes o servicios útiles para nosotros o para la sociedad (es decir, trabajar) es negativa para las personas que la practican. El dicho valenciano lo dice claramente “qui no te faena, el dimoni li la dona” (quien no tiene trabajo, el demonio se lo da).

Por ello, trabajar es necesario para nuestra maduración, para ser cada día más personas y para nuestro crecimiento como tales. Nuestro trabajo remunerado debe ser un lugar en que sintamos que podemos ser nosotros mismos, que nuestra personalidad se desarrolla, que colaboramos con otros, que podemos aportar lo mejor de nosotros mismos, que potenciamos esa manera de ser que nos hace únicos y que somos valiosos para la organización en la que trabajamos. Necesitamos sentirnos potenciados como personas y que aquello que hacemos nos favorece para mejorar como tales.

Si buscamos trabajadores responsables vamos a tener que cuidar estas dos dimensiones además de la anteriormente citada. Es decir, para que un grupo de personas trabajen con responsabilidad a lo largo de un periodo dilatado de tiempo, se precisa que, por un lado, reciban una remuneración adecuada que les permita cubrir tanto sus propias necesidades como las de su familia. Por otro, que sepan que están siendo útiles a la sociedad, que su trabajo está beneficiando a otros que pueden estar agradecidos a su labor positiva. Por último, deben notar como su trabajo les ayuda a crecer como personas, es positiva para ellos, les da equilibrio y fuerza para afrontar su día a día.

Cualquier persona va a trabajar con responsabilidad si se encuentra en un lugar en el que se de una combinación adecuada de estos tres elementos. Cuando falla alguno de ellos, es difícil mantener en el tiempo la motivación adecuada para que se trabaje con responsabilidad. Podrá permanecer durante un periodo breve, podrá lograrse una motivación pasajera, pero más pronto o más tarde se acabará.

Para lograr trabajadores responsables precisamos de un liderazgo responsable. Este es aquel que logra que las condiciones de trabajo sean tales que las personas que componen la empresa puedan desarrollar correctamente las dos dimensiones del trabajo (la objetiva y la subjetiva) y reciban al mismo tiempo unos ingresos adecuados para su vida. Cualquier estilo o técnica de liderazgo que no atienda a estas tres cuestiones, cualquier empresa en la que estos tres aspectos del trabajo no sean cuidados, seguramente fracasará en su intento de tener trabajadores responsables en el largo plazo. Podrá lograr la implicación y la responsabilidad durante un periodo breve de tiempo, tal vez hasta los resultados sean espectaculares mientras consiga mantener ese tirón inicial, pero seguramente se deshincharán tan rápido o más de lo que se necesitó para inflarlas. Un liderazgo que quiera tener solidez no puede basarse en soluciones cosméticas, sino que tiene que ir a la esencia, tiene que abordar las dimensiones profundas del trabajo para lograr con responsabilidad, que esta se extienda al resto del equipo humano que compone la empresa.

 
 

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Conferencia “Nuevos modelos de economía”

El próximo Jueves 26 de Septiembre, con motivo del 50 aniversario de Cáritas Diocesana de Teruel y de Albarracín, impartiré una conferencia en el salón de actos de la CAI en Teruel (C/ Joaquín Arnau, 3) que se titulará: “Nuevos modelos de economía” En la que describiré por qué hay propuestas que quieren modificar la manera en la que organizamos nuestra economía y cuáles son las principales propuestas que hay en este momento.

La charla será a las 20:00h y espero que quienes seáis de esta bonita ciudad y provincia, podáis acercaros a escucharla.

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El principio contributivo y la renta básica

Artículo publicado en Noticias Obreras, nº 1551 Septiembre 2013, pág: 12-13

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El Estado del Bienestar en la práctica totalidad de los países en los que este se ha desarrollado sigue lo que se denomina el principio contributivo. Esto quiere decir que para lograr gran parte de las prestaciones que este te ofrece, debes haber contribuido antes al mantenimiento del mismo. De este modo, tienes derecho a la pensión de jubilación si has estado cotizando durante un determinado periodo de tiempo, vas a obtener la prestación del desempleo si también has pagado tu seguridad social a lo largo de un plazo prefijado. De hecho, no solo tienes derecho a una determinada cantidad cuando has contribuido previamente, sino que además, la cuantía que vas a percibir depende del dinero que has aportado a la Seguridad Social. Si has ganado un sueldo elevado y tu contribución ha sido alta, recibirás una pensión o un subsidio de desempleo superior a aquella que recibirías si tu salario y tu contribución hubiesen sido bajas.

Este sistema es generalmente aceptado por la mayoría de la población y de los partidos políticos a pesar de que, como voy a describir en las líneas posteriores, se le pueden hacer objeciones desde el punto de vista de la justicia, desde una visión redistributiva y desde la idea cristiana de la economía de la gratuidad y la opción preferencial por los pobres. Ante un sistema que naufraga desde el punto de vista económico (como nos recuerdan todos los meses desde los medios de comunicación y desde el Estado) y ético (como voy a intentar demostrar), pueden existir alternativas que mejoren sus resultados en ambos campos, pero esto precisa un cambio de mentalidad en la sociedad.

En primer lugar nos podemos preguntar si establecer un sistema así puede considerarse como justo. Se puede pensar que, en la medida que cada uno recibe según lo que ha aportado, se trata de un sistema justo desde el punto de vista conmutativo o contributivo. Sin embargo esto no siempre sucede así. Alguien puede estar haciendo grandes contribuciones durante un periodo de tiempo y finalmente recibir una pensión reducida porque los últimos años ha cotizado poco. O alguien puede cotizar bastante pero durante un número de años suficiente, por lo que, aunque la cotización haya sido la máxima, luego no recibe pensión alguna… En estos casos, la justicia conmutativa no se da.

En este sentido podríamos plantearnos también si una cotización superior corresponde realmente a un mayor esfuerzo y por tanto a una mayor recompensa ¿El salario y nuestra situación de empleo o desempleo depende solo de nosotros o hay situaciones externas que también determinan nuestra cotización y el número de años en que lo hacemos?

En segundo lugar, desde el punto de vista redistributivo, el sistema actual no parece que lo sea en demasía… Aquellos que contribuyen más, reciben más y viceversa. Es más, en una situación como la actual, trabajadores precarios que no tienen la certeza de una pensión futura, están financiando altas pensiones de las personas mayores que trabajaron largos años y generaron derecho a percibirlas. Del mismo modo, el hecho de que las cotizaciones dejen de aumentar cuando se llega a una determinada renta, hace que el sistema se comporte como regresivo siendo las rentas más altas las que menor porcentaje pagan en concepto de contribuciones a la Seguridad Social. Parece, pues, que el principio de justicia redistributiva ni es cumplido ni potenciado por este sistema.

La Doctrina Social de la Iglesia considera que el Estado debe perseguir como fin prioritario el Bien Común. Este busca la promoción y el perfeccionamiento de todas y cada una de las personas que hay en una sociedad. Por ello, piensa que debemos tener una opción preferencial por los más pobres y los más desfavorecidos ya que estos son quienes tienen más difícil alcanzarlo. Sin embargo, el sistema contributivo no parece promover a los que peor están. Más bien al contrario, premia a aquellos que han tenido la suerte, habilidad o esfuerzo para ganar más. Esto va en contra de lo que esperaríamos de una gestión pública que realmente busca el bien común o de lo que Benedicto XVI denomina la economía del don, es decir, dar sin pedir condiciones previas.

De hecho, una de las grandes ventajas de un sistema económico de mercado es que en él, aquel que realiza una gestión económica más eficiente se ve recompensado con más beneficios e ingresos (al menos en teoría). Por lo tanto, si el mercado ya cumple bien esta misión ¿Por qué tiene el Estado que reforzarla? ¿Es la función del Estado recompensar a aquel que ha ganado mucho a lo largo de su vida si el mercado ya puede hacerlo razonablemente bien? Hay que resaltar que, desde las enseñanzas sociales de la Iglesia, el Estado debería compensar o ayudar a aquellos que no tienen las condiciones adecuadas para lograr estos beneficios, para así garantizar la igualdad en dignidad de todas las personas y lograr el bien común.

Aquí es donde entra el concepto de renta básica. Esta supone un pago igual para todos los miembros de una sociedad que se paga, no por haber contribuido o por haber hecho las cosas bien previamente, sino por el simple hecho de ser personas. Se trata, por lo tanto, de una renta no condicionada a requisitos previos que es recibida por todos en igual cuantía con independencia de su condición económica, social, cultural, etc. No es este el lugar para dar más explicaciones acerca de ella, ni de sus ventajas e inconvenientes, pero me gustaría comentar que un sistema así superaría los problemas éticos nombrados con anterioridad (falta de justicia, poca redistribución y el no priorizar a los más desfavorecidos).

El escollo más importante que creo que tiene en estos momentos la renta básica, es más ético y de convicción que económico. Existe un fuerte convencimiento de que el Estado debe seguir una dinámica similar a la del mercado. Plantear un sistema de bienestar con bases no contributivas, en el que las personas reciban lo mismo sin condiciones previas y dejar que sea el mercado el que regule las recompensas a aquellos que tengan más, tiene un fuerte rechazo entre amplias capas de la población. Se necesita un gran esfuerzo educativo para cambiar la inercia del sector público en este sentido y plantear una verdadera modificación de nuestro Estado de Bienestar para que este deje a un lado sus aspectos contributivos y pase a basarse en principios no contributivos.

 

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Hacia dónde dirigir el sistema financiero

Artículo publicado en Noticias Obreras, nº 1550, Agosto de 2013, pág: 12-13

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Para casi todos aquellos que hayan observado con cierto detenimiento la venida de esta crisis y su evolución, parece evidente que debemos modificar la estructura de nuestro sistema financiero global. Este va a ser el tema del presente artículo, sugerir una serie de medidas que creo que serían positivas para lograr este objetivo. Voy a dejar a un lado el asunto del Banco Central Europeo, del euro y de su política monetaria. Parece bastante evidente que su organización y estructura no colaboran en exceso en la superación de la crisis, pero no voy a tratarlo en este artículo sino que voy a centrarme en otros aspectos del sistema financiero.

En primer lugar, pienso que uno de los grandes problemas con los que nos encontramos es el carácter sistémico de muchas de las entidades financieras. El gran tamaño que han adquirido durante los últimos años debido a fusiones, absorciones y políticas diversas de reducción de número de entidades e incremento programado de su tamaño, ha hecho que sea muy problemático dejar caer una entidad financiera. Si se hace, hay peligro de que caigan las otras el lo que podríamos describir como un efecto dominó. Esto provocaría que el Estado no tuviese suficientes fondos para garantizar los depósitos de las entidades quebradas lo que llevaría al colapso total del sistema. Por ello, el Estado se ve en la obligación de rescatar la entidad con problemas.

La solución a este problema pasa, desde mi punto de vista, por limitar el tamaño de las entidades financieras. Debemos buscar un sistema financiero que tenga una competencia real y que no trabaje como un oligopolio (pocas empresas con gran poder de mercado). De este modo, si alguna entidad financiera lo hace mal, se puede dejar que esta caiga garantizando sus fondos a los depositantes y no serían necesarias intervenciones estatales. Además, aumentaría la competencia y los grandes préstamos podrían seguir dándose a través de la costumbre de cooperación entre varios bancos para repartir riesgos (comportamiento habitual en los bancos)

Otro de los problemas observados durante la gestación de la crisis ha sido el número de intermediarios que había entre el prestamista último y quien recibía la financiación. Me contaba una amiga que trabaja en banca privada cómo antes de la crisis le había garantizado a una señora mayor que su dinero estaba en un producto seguro. Para ello había adquirido renta fija de una prestigiosa entidad bancaria suiza. Esta había utilizado esos fondos para prestar a otra entidad inglesa (también prestigiosa) que a su vez había adquirido otro producto financiero en Estados Unidos con el que se había financiado a una entidad que había utilizado este dinero para realizar un préstamo hipotecario de alto riesgo. Si contamos, desde la señora mayor (prestamista última) hasta quien recibe el préstamo hipotecario hay cinco intermediarios (incluyendo mi amiga y el producto financiero estructurado) Cuando la crisis financiera estalló, esta señora se quedó sin su dinero prestado de una manera (teóricamente) segura y mi amiga no sabía como explicárselo… En una opción inteligente, la empresa en la que trabaja mi amiga decidió no volver a realizar operaciones en la que hubiesen más de dos intermediarios entre el prestamista y el receptor del préstamo. Creo que esta política debería generalizarse y resultar en una norma de obligado cumplimiento que mejoraría la gestión financiera y la transparencia (de la que voy a hablar a continuación)

Otro de los problemas que tenemos en nuestro sistema financiero es que desconocemos, con frecuencia, hacia donde dirige la entidad los fondos que le dejamos. Como lo único que parece preocuparnos es el rendimiento que esta nos ofrece, nos despreocupamos del destino final de nuestros fondos. Ello puede provocar situaciones como que estemos financiando de una manera indirecta a entidades cuya actuación vaya totalmente en contra de nuestras convicciones o de aquello por lo que estamos luchando. Por ello, debemos lograr mejorar la cultura financiera y concienciar a los clientes para que exijan a sus entidades transparencia, de manera que no les dejen el dinero si estas no son capaces de explicarles cuál es el destino final del mismo o cuáles son los criterios de financiación que aplican a sus operaciones… Lograr un sistema financiero en el que se priorice el conocimiento del destino de lo prestado en lugar del rendimiento es una de las labores de cultura financiera más importantes a realizar.

Los productos derivados son otra de las cuestiones que creo habría que abordar. Se trata de productos financieros en los que no se presta a nadie, sino que se pretende asegurar un riesgo. Por ejemplo, compro dólares para dentro de tres meses fijando el precio y la cantidad comprada hoy. Cuando llega la fecha, si el precio de mercado es inferior al de compra, el vendedor ha ganado ya que puede comprar los dólares en el mercado y vendérmelos a mi más caros. Por el contrario, si el precio de mercado es inferior, soy yo el que gano pudiendo comprar los dólares y venderlos el mismo día más caros ganando una plusvalía. Con frecuencia ya no se hace ni esto. En el primer caso yo le pago al vendedor la diferencia para que tenga ya las ganancias y viceversa.

Estos productos resultan en una manera fácil de ganar dinero (si aciertas claro) y además de utilizarse para proteger un riesgo, también se hace para adquirirlo. De hecho, la negociación de esta clase de productos se ha incrementado mucho en las últimas décadas. Mi opinión es que no deberíamos prohibirlas pero sí asimilarlas a las apuestas, que fuesen las casas de apuestas quienes las gestionasen y que pagasen, consecuentemente, el impuesto sobre el juego. Esta medida incrementaría la recaudación del sector público pero, sobre todo, reduciría la utilización incorrecta de este tipo de productos.

Por último, no me resisto a añadir dos medidas de una manera telegráfica. Por un lado deberíamos acabar con los paraísos fiscales, es decir, con aquellos lugares en los que el dinero no tiene que pagar impuestos o estos son tan reducidos que impulsan a las grandes fortunas y empresas a asentarse en ellos. También creo que ante el problema de la falta de financiación a proyectos empresariales reales deberíamos subir los impuestos a la adquisición de activos financieros. Creo que la pregunta clave es ¿Por qué si compramos pan pagamos IVA pero si compramos una acción no? La adquisición de productos financieros debería ser gravada al igual que sucede con los productos de consumo. Con ello el crédito a la economía real recuperaría atractivo y se reduciría la gran cantidad de inversiones meramente financieras que se dan en la actualidad.

 

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