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Archivo de la categoría: Doctrina Social de la Iglesia

La Solidaridad (esa palabra con mayúsculas)

Artículo publicado por el Boletín nº 31 de Navidad de 2016 de la Asociación Resurgir (Pág:12-13)

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Mucho se habla de la solidaridad, es un tema recurrente en ambientes concienciados por ella, pero también en ambientes que no necesariamente la ven como algo positivo. Sin embargo, existen ideas falsas de solidaridad que distorsionan el prestigio de una palabra que puede haberse desgastado para algunos. Solidaridad no es cualquier cosa. Algunos la consideran un simple sentimiento, otros piensan que se da cuando gente que comparte alguna característica se une para luchar por sus propios intereses o contra sus enemigos comunes, otros la ven como un sentimiento que va desde quienes pueden a quienes lo tienen peor para poder ayudarles a mejorar… Pero no, la solidaridad es algo más. La solidaridad, en una primera instancia, es una exigencia ética. No se trata de una moda, de algo que hago porque lo siento así, sino de una opción ética, de una manera de comportarse que elegimos libremente y que determina nuestro modo de actuar y nuestra manera de ser. La solidaridad es una opción que nos anima a prestarnos ayuda mutua, a saber que nuestra felicidad depende no solo de lo nuestro, sino de lo que le sucede a los demás. Soy más feliz en la medida que los otros lo son también. Es la conciencia de que todos somos responsables de todos. Mi opción ética me lleva a ligar mi destino y mis actuaciones a las de las demás personas, a saber que no vivo solo, sino en sociedad y que lo que les sucede a los otros también es de mi incumbencia.

Para profundizar más en este concepto hay que describir los elementos que tiene la solidaridad. El primero es el elemento compasivo. Ser compasivo es intentar empatizar con el otro, saber ponerse en su piel para comprenderlo. Solamente si intentamos pensar, sentir o estar como la persona que tenemos a nuestro lado, podremos ser solidaria con ella. La solidaridad comienza en la empatía, en ser el otro, en sentirse como el otro. Pero no se queda ahí, tenemos que reconocer a ese otro como persona, como igual a mi, con la misma dignidad que yo, con el mismo valor que yo. Lo que la otra persona me aporta es tan valioso como lo que yo puedo aportar, no se puede ser solidario desde la superioridad, desde el estar por encima del otro, solamente se puede ser solidario si estamos a su mismo nivel. Por último existe un elemento de universalización. Todos somos responsables de todos. Ello implica una opción por el bien común y una superación del egoísmo para la transformación de la realidad social y de aquellas estructuras que están perjudicando a los que son más débiles. Solamente en la medida en que somos conscientes de que la construcción de estructuras justas o injustas también es cosa nuestra, que somos también responsables de lo que le sucede a todas las personas que conviven ahora y en un futuro con nosotros, podemos asumir la solidaridad en su sentido más amplio.

La consecuencia directa más clara de estos tres elementos de la solidaridad es que ser solidario supone más “estar con” que “hacer cosas por”. Si optamos por esta segunda opción estamos rompiendo con los dos elementos primeros de la solidaridad: no existe la empatía, no intentamos ponernos en la situación de la otra persona ni la reconocemos como igual, nosotros somos los sujetos activos y la otra persona solamente tiene que dejarse ayudar por quien sabe más que ella. Actuar así no es más que una solidaridad mal entendida que, con frecuencia, tampoco actúa sobre las estructuras que provocan los problemas, con lo que olvida que todos somos responsables de todos. Plantearse la solidaridad como “estar con”, nos abre a saber qué es lo que la otra persona piensa, lo que siente, nos abre a compartir desde la igualdad, a no sentirme ni mejor ni peor, a comprender y a acompañar, a construir nuevas estructuras que aborden de una manera diferente las situaciones ante las que nos encontramos, a levantar la dignidad de muchas personas que creen haberla perdido o que consideran que no la tienen.

Por todo ello, la solidaridad avanza en pos de un horizonte utópico que precisa de la construcción de un nuevo orden social más justo y solidario. Desde una comprensión crítica de la realidad que nos rodea, desde un estar con los demás desde la igualdad y la empatía, la solidaridad tiene una gran capacidad para transformar el entorno en el que nos encontramos a favor de los más débiles. Porque la solidaridad busca las causas de las asimetrías existente en nuestra realidad para intentar evitar en lo posible su reproducción. Mira el bien de todos con lo que supera los planteamientos del corporativismo para optar por un mundo de cooperación más que de competencia. Prima a los más débiles con lo que supera los planteamientos egoístas. La solidaridad sabe acompañar aquellas desigualdades que son inevitables para dar sentido a situaciones que parecen no tenerlo, pero al mismo tiempo actúa para que las desigualdades injustas desaparezcan a través de la construcción de una sociedad más justa. La persona solidaria no hace cosas por los demás, sino que está dando sentido a lo que parece no tenerlo y construyendo una sociedad más justa y más fraterna.

 

 

 

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La relación entre la DSI y las ciencias

Artículo públicado en la revista ICONO, año 118, nº 3, Marzo 2017, pág: 28 y 29

 

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Una de las cuestiones más debatidas y quizás peor entendidas de la Doctrina Social de la Iglesia es su relación con las ciencias. Esta incomprensión deriva de un siglo XIX en el que el cientificismo tomó una gran importancia y se creía que los conocimientos derivados de la razón eran los únicos válidos para comprender y orientar la realidad, por lo que anulaban totalmente el conocimiento derivado de la religión y todo lo relacionado con esta. Esto provocó un enfrentamiento en el que parecía que, o bien creías en las ciencias o bien en la religión, pero que ambas eran esferas totalmente distintas. Sin embargo, como de muestra la DSI, esto no tiene por qué ser así.

La razón nos ayuda a conocer y comprender el mundo que nos rodea

El origen de esta aparente contraposición es que la DSI trabaja en el campo de la fe, mientras que las ciencias lo hacen en el campo de la razón. Estas no son esferas incompatibles u opuestas sino totalmente complementarias. La razón es un instrumento que tenemos las personas para acercarnos y conocer mejor la realidad que nos rodea desde nuestra naturaleza humana. Podemos estudiar y analizar las relaciones de causalidad que se dan, tanto en la naturaleza como en los fenómenos humanos y sociales y extraer conclusiones precisas sobre estas conexiones. Ello nos permite conocer mejor por qué se da un fenómeno social, prever qué va a pasar en un futuro si se dan unas u otras circunstancias, lo que nos ayuda a tomar decisiones sobre qué hacer o qué no hacer. Este es el campo en el que se mueven todas las ciencias.

La fe nos ayuda a orientar nuestras actuaciones

La fe no nos indica como funcionan los instrumentos, las teorías o las relaciones naturales. No, su aportación está en el campo de los objetivos, de la dirección, de hacia dónde orientar el comportamiento humano. La Fe nos muestra caminos a seguir, objetivos a perseguir, criterios para escoger las sendas según hacia donde nos dirijan estas. Por ello nos orienta sobre cómo utilizar los conocimientos y las herramientas prácticas o teóricas que generan las ciencias. Nos invita a dirigir su uso en una dirección o en otra sugiriéndonos objetivos hacia los que dirigirnos.

Razón y fe se complementan

Mientras que la fe nos señala hacia dónde dirigir nuestra actuación, la razón nos muestra los instrumentos que podemos utilizar para lograr nuestros fines. Los dos se necesitan entre sí. Seguir un fin sin atender a la razón, es dar palos de ciego, es intentar llegar a un sitio sin saber como hacerlo, sin conocer si los instrumentos que utilizamos van a tener o no los resultados deseados. Tener instrumentos y utilizarlos sin saber hacia donde nos dirigimos, qué queremos conseguir o para qué nos sirven, es andar desnortados. Hacer cosas sin conocer el porqué o el para qué, sin una dirección hacia la que dirigirse es estar condenados a aquello que nos avisa la sabiduría popular: “Quien no sabe donde va, seguro que llega a otro sitio”. Utilizar la razón sin seguir ningún sentido conocido nos dirige hacia el lugar equivocado, hacia el sitio al que no queríamos llegar. La DSI ofrece a las ciencias, no nuevos conocimientos, sino una dirección en la que avanzar para que sus aportaciones se pongan realmente al servicio de las personas.

La DSI combina la fe y la razón

La DSI utiliza la fe y la razón y los combina. La fe ilumina a la DSI en el campo de los objetivos, en la dirección a tomar, en los fines hacia los que dirigirse. La fe ayuda a la DSI a saber cuáles son los caminos que orientan la acción social hacia ese mundo mejor en el que reine el amor. Pero para aportar una propuesta válida, la DSI necesita de la razón, necesita dar justificación de que sus propuestas van a dirigir la sociedad en el camino deseado y no hacia otras direcciones. La DSI utiliza las ciencias para que las acciones lleven de una manera eficaz hacia los objetivos que se plantea. Solo así puede tener una mayor certeza sobre que aquellas propuestas que realiza son factibles y le conducen realmente al fin deseado.

La DSI puede mantener un diálogo fructífero con los no creyentes

Este es uno de los principales motivos por los que la DSI puede ser acogida por cualquier persona aunque no sea creyente o cristiana. Al tener una dimensión racional en la que unos objetivos orientados por la fe, son concretados por unas enseñanzas científicas que nos indican como alcanzar estos de una manera más eficaz y cuáles son las principales vías para hacerlo, son fácilmente comprensibles por aquellos que no comparten la fe que ilumina los fines a seguir. Es más, hay muchas personas que comparten los objetivos sociales del cristianismo aún no siendo cristianas, personas que también intentan construir el bien común de la sociedad aunque sus motivaciones para hacerlo no sean de fe. Saber cómo piensan los cristianos sobre la manera de alcanzar estas metas comunes, resulta de claro interés para todos aquellos que estén interesados en mejorar el mundo en el que vivimos. La interacción entre fe y razón permite que esta conexión sea fácil y que se pueda trabajar de una manera sencilla con aquellos que no inspirándose en la Buena Noticia de Jesús, también persiguen unos objetivos similares.

 

 

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¿Puede el cristianismo iluminar a la economía?

Conferencia que voy a impartir el próximo 7 de marzo a las 20:00 en Madrid, en la Sala Liguori, calle Felix Boix 13.

Estáis todos invitados.

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Aquí tenéis el texto de motivación para esta conferencia:

Cristianismo y economía

Es característico de nuestra Iglesia cristiana anunciar y extender el Reino de Dios: fraternidad, bienestar, amor y bienaventuranza entre todos. Por ello es exigencia radical para personas y para comunidades. Es el valor absoluto al que hay que subordinarlo todo (cf. Mt 13,44-46). Y es el crisol que criba nuestro seguimiento cristiano. ¿Estamos colaborando en su construcción?

Jesús lo ofertó como un valor de consecuencias saludables para todos. Por consiguiente, no se puede imponer por decreto-ley, ni por la fuerza. Eso sí, precisa de testimonio, de compromiso y de acercamiento evangelizador por parte de los cristianos.

En verdad, el Reino de Dios coincide con la humanización de la tierra, fraternizando… también la economía. Pero hay concepciones de la economía que no son compatibles con el Reino de Dios, es decir, con el bienestar de todos. Hay mentalidades con determinados procederes económicos que generan desigualdad, explotación y un permanente hundimiento en el pozo de la pobreza. De esta manera los sueños y esperanzas de muchos están siendo profanados, la naturaleza degradada y la dignidad pisoteada.

Además, hay quien piensa que el cristianismo no tiene nada que decir a la economía. Analizando seriamente el Evangelio, ¿se puede deducir que no tiene mensaje ni alcance social? ¿Es solo para el ámbito privado? ¿Es admisible lo que algunos preconizan: la fe por un lado y la economía por otro?

El profesor Enrique Lluch Frechina, invitado por la parroquia del Santísimo Redentor, de Madrid, tratará de iluminar estas y otras cuestiones en la conferencia que impartirá el próximo 7 de marzo con el título: ¿Puede el cristianismo iluminar a la economía? Será en la Sala Liguori (c/ Félix Boix, 13), a las 20:00 h. Entrada libre.

 

 

 

 
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Publicado por en febrero 27, 2017 en Doctrina Social de la Iglesia

 

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¿Qué pretende la Doctrina Social de la Iglesia?

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Si el mes pasado hablé sobre qué es la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) y cómo, desgraciadamente, muchos cristianos saben poco de ella siendo como es (según no se han cansado de repetir los últimos obispos de Roma) una parte esencial de la evangelización y sin la que el mensaje cristiano puede verse desvirtuado, este mes voy a centrarme en lo que es el objetivo final de esta doctrina junto con sus dos dimensiones, de las que los cristianos tenemos tanto que aprender.

Objetivo de la DSI

La primera idea que debemos tener clara es que el objetivo de la DSI es el mismo que el de la Iglesia, es decir, anunciar una buena noticia a las personas y a la sociedad. La buena noticia de que Dios es amor y por ello el amor siembre vence a la muerte. Una buena noticia que nos da esperanza en un mundo desesperanzado, que nos dice que las cosas pueden ser de otra manera, que la fuerza de Dios-amor nos puede liberar del mal, de la muerte, de la de la mentira… Que nos permite ser nosotros mismos y encontrar, no solo un sentido a nuestra vida, sino también una manera de construir un mundo diferente.

La DSI es un motivo de esperanza para nuestra sociedad

Por ello, al igual que la Iglesia, la DSI no viene a establecer obligaciones o normas de obligado cumplimiento, sino a ponerse al servicio de todas y cada una de las personas que componen una sociedad, para que estas puedan realizarse como tales y crecer en humanidad. Ello lo hace proponiendo caminos para la construcción de una comunidad en la que reinen el amor y la justicia, en la que no sea la ambición, el odio, la envidia, la corrupción o la guerra quienes tengan la última palabra. El empeño de la Iglesia a través de la DSI es el de aportar orientaciones que permitan la construcción de esta realidad diferente.

Iluminar una sociedad que olvida a las personas

Ante una realidad en la que, con demasiada frecuencia, la dignidad y los derechos de muchos son ignorados, cuando no pisoteados y eliminados, la Iglesia, a través de su Doctrina Social, cree que las cosas pueden ser de otra manera, que hay caminos que nos llevan hacia una sociedad en la que esto no suceda, que hay maneras de sustentar un comportamiento diferente con unos resultados positivos sobre las personas. Por ello la DSI ayuda a construir un entorno en el que los derechos de toda persona sean promocionados, en los que la dignidad de cualquiera sea reconocida y exaltada, en la que las instituciones sociales estén realmente al servicio de todas y cada una de las personas, no solo de las que convivimos en este momento del tiempo, sino también de las que vendrán detrás de nosotros, de nuestros descendientes.

Para hacerlo la DSI cuenta con dos dimensiones

Para lograr el objetivo de construir el reinado de Dios en la tierra, la DSI pivota entre dos de sus propias dimensiones: la denuncia y el anuncio. La DSI por un lado denuncia, pone el dedo en la llaga, resalta las contradicciones de una realidad que, con demasiada frecuencia, no está al servicio de las personas. No acepta de una manera acrítica la realidad social tal y como se da, sino que la analiza y la estudia a través del prisma de su humanidad, de si está o no al servicio de todas las personas. Por eso la DSI duele y escuece. Porque denuncia la presencia de situaciones y estructuras injustas, porque muestra y señala aquellas circunstancias en las que no se están respetando la dignidad y los derechos de las personas. Porque pone el foco sobre aquellas instituciones y comportamientos que están priorizando otros elementos a costa de sacrificar personas y deshumanizar la sociedad.

Una denuncia que es molesta

Por eso los gobernantes, las autoridades y los grupos de interés o de poder, se ven con frecuencia molestados por la denuncia de una DSI que no tiene miedo en realizar afirmaciones que están cuestionando las bases del poder o de la capacidad para enriquecerse de algunos. Denunciar las estructuras injustas de nuestro sistema económico actual, el abuso de los recursos naturales que está acabando con el medio ambiente, las barreras a los movimientos de personas de un país a otro, las guerras y el enriquecimiento que produce el comercio de armas, la falta de capacidad para generar empleo, etc. Son elementos que molestan, que incordian y que no gustan a aquellos que prefieren que todo se quede como esté, que no hayan cambios, que la realidad sea la actual aunque pueda haber posibilidades mejores.

El anuncio es el objetivo de la denuncia

Pero una denuncia sin anuncio es improductiva. Los colectivos y las personas que solamente denuncian, que siempre están diciendo lo mal que está todo y que se encuentran cómodos en una continua crítica a todo lo que les rodea de la que no son capaces de escapar son improductivos y cansinos. Al final no se les hace caso. La DSI no se queda en la denuncia, sino que es anuncio. La DSI propone objetivos a seguir, muestra valores y criterios de juicio que nos pueden permitir hallar las respuestas adecuadas a los problemas a los que hacemos frente. Nos ayuda a encontrar los caminos que nos lleven a salir de las situaciones injustas. Y el anuncio es mucho más importante que la denuncia, porque esta solamente tiene sentido si es para ponerse al servicio de la esperanza, del compromiso para construir ese mundo diferente y una sociedad mejor. Por ello, la DSI solamente tiene sentido si denuncia para anunciar, para proclamar la buena noticia de que hay maneras de mejorar nuestra sociedad, hay modos de poner las instituciones y las sociedades al servicio de las personas, que esto no es una entelequia sino un camino de crecimiento.

Una llamada a la acción

Esto nos plantea varios interrogantes a los cristianos ¿Somos realmente esperanza para el mundo que nos rodea? ¿Estamos sabiendo transmitir que la DSI tiene unas orientaciones que aplicadas a la política y a la economía pueden ayudar a construir una sociedad más justa y más fraterna? ¿Somos capaces de anunciar la esperanza de que es posible que todo mejore y no estamos condenados a que las cosas siempre funcionen mal? ¿O nos es más fácil condenar y criticar sin resaltar lo bueno que podemos aportar?

 

 

 

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¿Qué es la Doctrina Social de la Iglesia?

Artículo públicado en la revista ICONO, año 118, nº 1, Enero 2017, pág: 26 y 27

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17_1_-que-es-la-dsi_pagina_2A principios de este curso estuve de tribunal en una tesis doctoral cuyo tema tenía que ver con la Doctrina Social de la Iglesia (DSI). El doctorando insistió en varias ocasiones durante la defensa de su tesis que la DSI es el “secreto mejor guardado de la Iglesia”. Esta expresión irónica para referirse a la DSI tiene una cierta parte de realidad, porque a pesar de los llamamientos de la Encíclica Mater et magistra (MM) para que “se estudie cada vez más esta doctrina… Se enseñe como disciplina obligatoria en los colegios católicos de todo grado, y principalmente en los seminarios… se incluya en el programa de enseñanza religiosa de las parroquias y de las asociaciones de apostolado de los seglares y se divulgue también por todos los procedimientos modernos de difusión…” (MM 223), muchos nos tememos que esto no es así, que la cantidad de cristianos que conocen, ya no en profundidad, sino tan solo conceptos básicos de la DSI, es bastante reducida.

¿Cuántos cristianos conocen bien la DSI?

De hecho, me encuentro día a día con chavales cristianos que, a pesar de estar involucrados desde la infancia en sus parroquias perteneciendo a los diversos movimientos que hay en estas y recibiendo todos los sacramentos propios de las distintas etapas de madurez, no saben nada de la DSI. En Valencia estamos comenzando unas sesiones de formación para jóvenes de más de veinte años que denominamos “armando lío” y que inciden en esta parte de la formación cristiana. Las personas que las están siguiendo cumplen perfectamente con las características que he comentado con anterioridad. Sin embargo, en la evaluación de las primeras sesiones nos confesaron que todo lo que habían oído era nuevo para ellas, que a pesar de la cantidad de años que llevaban formándose y creciendo como cristianos, este tema les era casi desconocido.

La DSI es parte esencial de la evangelización

El problema que supone esto es más grave si tenemos en cuenta que ya Juan XIII afirmó que “La doctrina social profesada por la Iglesia católica es algo inseparable de la doctrina que la misma enseña sobre la vida humana” (MM 222) y esta misma idea ha sido reafirmada por Pablo VI, Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco. De modo que si sabemos que la Doctrina Social de la Iglesia es parte ineludible de la evangelización y de la Buena Noticia de Jesús ¿Por qué hay tanto desconocimiento de esta? Todo hace pensar que la afirmación del doctorando que evaluamos a principio de curso no iba muy desencaminada, que esta es una parte de la evangelización que se olvida o se descuida cuando estamos transmitiendo nuestro mensaje de esperanza a las personas de nuestro entorno. Por ello, este año 2017 voy a utilizarlo para que nos acerquemos algo más a esta DSI que forma parte del anuncio de la buena noticia que tenemos los cristianos para todas las personas.

Qué es la DSI

Para comenzar, creo que vale la pena que realicemos un acercamiento a la DSI para saber qué es esta “doctrina de la sociedad y de la convivencia humana que enseña y proclama la Iglesia católica” (MM, 218) Para ello, voy a partir de las tres palabras que la componen para acabar con una definición de la DSI que dio San Juan Pablo II en su encíclica Sollicitudo rei socialis. Comienzo utilizando el diccionario de la Real Academia Española porque sus certeras y breves definiciones nos ayudan a comprender mejor la realidad que hay detrás de cada palabra. El diccionario, en su 23ª Edición, define doctrina como “Enseñanza que se da para la instrucción de alguien” o “conjunto de ideas u opiniones religiosas, filosóficas, políticas, etc. sustentadas por una persona o grupo” indicando expresamente el término de “doctrina religiosa” como ejemplo. Define social como “perteneciente o relativo a la sociedad” e Iglesia como “Congregación de los fieles cristianos en virtud del bautismo”.

Lo que nos aportan las tres definiciones

Combinando estas tres definiciones podemos acercarnos al concepto de una manera sencilla sin necesidad de profundizar más en lo que la misma Iglesia dice sobre este término. La Doctrina Social de la Iglesia es un conjunto de enseñanzas de ideas religiosas sustentadas por los cristianos y relacionadas con la sociedad. Esta es la idea inicial que puede ser deducida de un acercamiento simplemente filológico a la DSI y, como vamos a ver en seguida, considerar que la DSI nos muestra las enseñanzas e ideas que la Iglesia tiene sobre cómo vivir en sociedad, cómo relacionarse con los otros y como actuar en nuestro entorno social actual, no difiere mucho de lo que la Iglesia dice sobre la DSI. Por que La DSI “es una cuidadosa formulación del resultado de una atenta reflexión sobre las complejas realidades de la vida del hombre en la sociedad y en el contexto internacional, a la luz de la fe y de la tradición eclesial. Su objetivo principal es interpretar esas realidades, examinando su conformidad o diferencia con lo que el Evangelio enseña acerca del hombre y su vocación terrena y, a la vez, trascendente, para orientar en consecuencia la conducta cristiana” (Sollicitudo rei socialis, 41)

 
 

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Nuestra economía necesita otra orientación

En la página 22 de la revista Alfa y Omega del jueves 12 de Enero de 2017: http://www.alfayomega.es/documentos/anteriores/1008_12-I-2017.pdf hemos publicado la crónica de la última reunión del Foro Creyente de Pensamiento Ético Económico. En ella puedes encontrar los principales puntos de la reflexión que allí realizamos, en especial, de si es necesario o no cambiar nuestro objetivo económico.

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El pasado 29 de Noviembre se reunía por segunda vez en Madrid el Foro Creyente de Pensamiento Ético Económico (FCPEE). En esta ocasión el grupo de académicos que lo componemos tratamos el tema que nos va a tener ocupados este curso: debatir sobre si la economía está orientada en la dirección correcta o precisa de un cambio de dirección para que pueda cumplir realmente su función de potenciar el bien común y estar al servicio de todas las personas. A la espera de que en nuestra reunión de primavera elaboremos unos documentos en los que nuestras reflexiones a partir del humanismo cristiano y de la Doctrina Social de la Iglesia se presenten de una manera rigurosa, voy a adelantar algunas de las cuestiones que ya hemos tratado y en las que debemos profundizar.

Toda nuestra reflexión parte de constatar que el principal objetivo económico de nuestras sociedades es el crecimiento económico. Todos los gobiernos y toda la acción económica se miran en el espejo del crecimiento. Las cosas están bien o mal hechas en economía según los resultados que se obtienen con respecto al incremento anual del PIB. Parece evidente que esto se hace así porque se piensa que el crecimiento económico no solo es siempre positivo para la población, sino que además es lo mejor que le puede pasar a cualquier sociedad. La riqueza de una sociedad se mide tan solo, en términos de producción agregada, es decir, sumando lo que tenemos cada uno de sus ciudadanos e intentando que el total sea el máximo posible.

Este es el primer elemento que estamos cuestionándonos en nuestro Foro ¿La riqueza de una sociedad es solamente medible en términos de producción agregada de bienes y servicios? ¿Puede haber una sociedad más “rica” que otra aunque sumen menos producción entre todos? Porque el tener por tener, no es un horizonte que llene a las personas. El tener es un instrumento para el ser y este es el que realmente hace “ricas” a las personas (Esta idea está reflejada en la Populorum progressio 19). Del mismo modo, considerar que el desarrollo se identifica con el crecimiento económico, es una idea reduccionista contra la que la DSI propone la idea de desarrollo integral, que va más allá de una visión exclusivamente economicista de la mejora de la población en su conjunto.

En esta reunión hubo un acuerdo generalizado en dos cuestiones que van a centrar la reflexión de este año. La primera es que pensar que la mejora de la sociedad se circunscribe al tener más, no solo es reduccionista, sino que puede llegar a ser perjudicial para la sociedad en su conjunto. Porque cuando el tener más se pone por encima de todo, se sacraliza como el objetivo prioritario de una sociedad y se le pide sacrificios a esta para lograr esa mejora económica agregada, se puede llegar a perder en humanidad, a considerar más importante el resultado económico final que a las personas que teóricamente serían sus beneficiadas. De manera que, un instrumento que puede ser útil, como es el crecimiento económico, al ponerlo por encima de todo lo demás y darle la prioridad absoluta, pasa a ser un horizonte perjudicial para la convivencia y para la libertad de muchos.

El segundo punto de acuerdo sobre el que vamos a seguir reflexionando era que no se puede medir la mejora o el bienestar de una sociedad a través de unidades de medida agregada. Es decir, no podemos ver la salud económica de un conjunto de personas sumando lo que pasa con cada una de ellas y sacando el valor agregado o la media aritmética de todos los miembros de un colectivo. Y esta no es una medida adecuada porque corre el riesgo real de priorizar a quienes más aportan y olvidar o descartar a quienes no suman, lo que produce exclusión y desdén hacia quienes no tienen nada que aportar.

En el Foro pensamos que el enfoque adecuado para ver si las políticas que se aplican son correctas o no, no es mirar por el bien agregado (la suma de bienes de cada uno) sino centrarnos en el bien común y esto implica que la mejora solamente es tal, si quienes están peor mejoran. Mirado esto desde el punto de vista exclusivamente económico sería afirmar que la economía mejora no si la renta per cápita lo hace, sino si hay menos pobres. El foco se traslada desde el valor agregado o la media hasta lo que sucede con los más desfavorecidos. Dicho de una manera sencilla, se pasaría del “tener más entre todos” al que “todos tengan al menos lo suficiente”.

Esta reflexión precisa de más debate y de aportaciones de todos los miembros del Foro, por lo que continuaremos con ella en la reunión de primavera. Esperamos, cuando esta acabe, poder ofrecer a la sociedad un documento de reflexión y debate que incida de una manera especial y profunda en estos temas. Creemos que es necesario extender esta reflexión al resto de la sociedad ofreciendo pensamiento riguroso, interdisciplinar y responsable, que estimule a repensar cómo estamos gestionando nuestros asuntos económicos para armar una economía que esté realmente al servicio de la sociedad y de todas las personas que la componen.

 

 

 

 

 

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Como poner el patrimonio de la Iglesia al servicio de los más desfavorecidos

Artículo publicado en la revista CRESOL Noviembre 2016, pág 18-19

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Ante una situación de crisis continuada y de un porcentaje elevado de la población española por debajo del umbral de la pobreza, la Iglesia se plantea cómo puede colaborar a hacer realidad uno de los principios principales de su doctrina social: el destino universal de los bienes. Este principio deriva en que todas las personas por el mero hecho de serlo, tenemos derecho a nuestra porción de la creación, a unos bienes materiales que sean suficientes para llevar una vida digna y que nos permitan, por ello, ser libres y autónomos.

Para este menester, algunos se plantean que la Iglesia tiene un gran patrimonio que no siempre está al servicio de los más desfavorecidos y que estos bienes deberían ser vendidos para utilizar el producto de su venta en la mejora de aquellos que son más pobres. Sin embargo, esta solución que puede parecer sencilla y que puede tener un atractivo innegable a primera vista, no es siempre la más adecuada para lograr el fin deseado. Por ello, voy a repasar algunas cuestiones relacionadas con este asunto que creo hay que tener en cuenta.

El primero está en el campo de las intenciones, del camino que queremos seguir. La Iglesia debe plantearse seriamente si realmente quiere poner su patrimonio al servicio de los más desfavorecidos. ¿Esto es así? ¿O tenemos otras prioridades de utilización de nuestro patrimonio? Aquí las cosas son sencillas, o lo ponemos al servicio de una cosa o de otra, no existen medias tintas. Si no tenemos claro que nuestro patrimonio debe estar al servicio de todos y si esta es o no nuestra prioridad, cualquier reflexión que hagamos al respecto, es baladí… Además hay que tener en cuenta que mantener un rico patrimonio es caro. Los gastos que conllevan las propiedades de la Iglesia son elevados y mantener la propiedad de los mismos si no pueden ser utilizados para los objetivos eclesiales, no solo es una solución poco adecuada desde el punto de vista económico, sino que está detrayendo recursos que podrían dirigirse a la mejora de quienes peor están o en otros objetivos que no sean el mero mantenimiento de las propiedades.

Una vez se tiene clara esta cuestión, debemos reflexionar sobre qué hacemos con este patrimonio tan rico que tenemos. La solución más sencilla y más simple es la ya nombrada de venderlo y repartir el dinero a los más pobres. Esto puede tener un efecto positivo a corto plazo, pero no tiene por qué tenerlo a largo. Se trata de un reparto esporádico que no soluciona problemas de pobreza cronificada, sino que tan solo permite un respiro en un determinado momento. Además, la venta puede servir para enriquecer más a algunos y el bien vendido puede ser utilizado para justo lo contrario de lo que deseamos. Si además la venta se realiza con prisas puede venderse por un precio demasiado económico, con lo que la consecuencia real de esta venta puede ser la de perder el patrimonio a cambio de una exigua remuneración.

Parece mucho más adecuado para el fin perseguido la utilización de este patrimonio en servicio de quienes menos tienen. Las maneras en las que puede hacerse esto realidad son infinitas. En algunas diócesis del norte han habilitado las antiguas casas de sacerdotes de pequeñas poblaciones rurales para familias pobres que cuidan y enseñan la parroquia, mientras se dedican a cultivar alimentos que se comercializan a nivel regional y consiguen así una fuente de ingresos estable que les permite salir de la zona de exclusión. En otras parroquias realizan alquileres sociales de las propiedades que tienen lo que permite a algunas familias una vivienda digna a un precio razonable. En otros lugares, el patrimonio eclesial es utilizado por organizaciones sin ánimo de lucro que las utilizan para sus fines asociativos en servicio de los más desfavorecidos, o para cooperativas agrarias que han creado puestos de trabajo y productos ecológicos a unos precios económicos. En otros se han creado empresas con un alto componente ético y social que permiten que personas con problemas tengan un trabajo estable con el que ganarse la vida.

Es difícil dar un catálogo completo de las acciones que se pueden realizar, pero la idea esencial es que más que utilizar el patrimonio para lograr recursos y dárselos a los más desfavorecidos, lo que debemos es poner este al servicio de la promoción de estas personas. Así encuentran en este patrimonio cauces que les ayudan a tener unos ingresos estables que les permiten salir del círculo de la pobreza y la exclusión para llevar una vida digna en la que pueden ser libres y desarrollarse y crecer como personas. Además, debemos utilizar nuestro patrimonio para demostrar que se pueden llevar adelante iniciativas económicas de otra manera, de modo que favorezcan a todos. Solamente en el caso de que nuestro patrimonio no pueda utilizarse de ningún modo para la promoción de las personas, que el resto de usos que tengan no colaboren tampoco en este fin y que suponga, además, un gasto que solo se destina a su propio mantenimiento, puede ser conveniente la venta para utilizar sus fondos en invertir en otras actividades que sí que logren estos fines.

 
 

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¡Detengamos la crisis! Retos económicos para construir una economía más humana

Os presento una conferencia que impartí a principios de 2016 en Castellón

 

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Asesoramiento económico contable a parroquias y congregaciones a la luz de la DSI

Desde Funderética hemos comenzado a realizar un servicio de asesoramiento económico-contable para parroquias y congregaciones religiosas aportando criterios de mejora ajustados a la Doctrina Social de la Iglesia para seguir esa llamada que nos hizo Benedicto XVI en su Encíclica Cáritas in Veritate: “ La doctrina social de la Iglesia sostiene que se pueden vivir relaciones auténticamente humanas, de amistad y de sociabilidad, de solidaridad y de reciprocidad, también dentro de la actividad económica y no solamente fuera o «después» de ella. El sector económico no es ni éticamente neutro ni inhumano o antisocial por naturaleza. Es una actividad del hombre y, precisamente porque es humana, debe ser articulada e institucionalizada éticamente.” (CiV 36)

Si quieres más información y saber cómo poder hacer para solicitar este servicio, lo puedes hacer en: http://funderetica.org/asesoramiento-economico-contable-a-instituciones-congregaciones-y-parroquias/ o puedes ponerte en contacto con nosotros en nuestro email

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¿Para quién son los bienes de la tierra?

Artículo públicado en la revista ICONO, año 117, nº 9, Octubre 2016, pág: 26 y 27

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En una sociedad como la nuestra en la que la obsesión por tener más impregna la acción política y nuestro día a día económico, vale la pena que hagamos una reflexión sobre para quién son los bienes de esta tierra. Porque oímos con frecuencia que hay que potenciar el crecimiento económico, que necesitamos de gobernantes que incrementen nuestro nivel de vida, que logren que podamos seguir disfrutando de todos los bienes de los que gozamos en la actualidad. Sin embargo, a pesar de que este objetivo se consigue normalmente y a largo plazo el crecimiento económico es elevado y la renta por habitante en nuestros países crece, siguen habiendo personas que no se aprovechan mucho de este crecimiento y no permanecen en niveles de renta muy bajos.

El principio

En el primer capítulo del génesis ya queda claro quienes son los principales destinatarios de la creación, de ese lugar en el que todos vivimos. Dios crea al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza e, inmediatamente después de bendecirlos, les entrega toda la creación para que la cuiden, para que la respeten y para que sean responsables de ella (Gen 1, 27-29). Nuestro mundo es un regalo para todo el género humano. Dios no se lo ofrece en particular a algunas personas, a algún grupo privilegiado que tiene la responsabilidad de la creación por encima de otros, no, los bienes de la tierra están destinados a todas las personas. En la tradición cristiana esto se ha denominado el destino universal de los bienes, la creación es para todos, no solo para unos pocos.

El destino universal de los bienes

El destino universal de los bienes está ligado al concepto de igualdad tan arraigado en el cristianismo. Todas las personas somos imagen y semejanza de Dios por lo que todas somos iguales. Lo expresó muy bien San Pablo en su carta a los gálatas (3,28) “Ya no se distinguen judío y griego, esclavo y libre, hombre y mujer, pues con Cristo Jesús todos sois uno”. Todos somos iguales por lo que si todos pertenecemos al género humano en régimen de igualdad, todos tenemos derecho a nuestra parcela de creación, los bienes de la tierra también nos pertenecen. Considerando además que esa igualdad básica de todas las personas viene acompañada de la necesidad de unos bienes mínimos que nos permitan vivir y ser libres, o dicho de otro modo, que nos permitan ser personas en plenitud, podemos deducir fácilmente que todos tenemos derecho, simplemente por el hecho de haber nacido, a una parte de los bienes de nuestra tierra que nos permita, al menos, tener una vida digna en el lugar en el que habitamos. El destino universal de los bienes genera un derecho a disfrutar de nuestra porción de la creación, de nuestro regalo divino. Se trata de un derecho del que disfrutamos todos y cada uno de los habitantes de esta tierra.

Responsabilidad compartida

El regalo de la creación y el mandato del génesis de “someterla” lleva aparejada una gran responsabilidad para todo el género humano que acarrea tres labores diferentes pero complementarias. Por un lado tenemos que conservarla y mantenerla para que las generaciones futuras puedan seguir disfrutando de ella. Por otro lado, hay que hacerla fructificar para que con nuestra colaboración podamos recrear lo que nos ha sido dado de modo que logremos, con una buena gestión, que haya suficiente para todos, que los bienes de la tierra crezcan y se multipliquen para permitir que todas las personas puedan vivir dignamente. Por último, tenemos la responsabilidad de que el reparto llegue a todos. Si bien, no es necesario que sea equitativo, al menos toda persona debería tener su parte de la creación para poder vivir de una manera digna. Por ello, debemos articular sistemas para que este reparto sea justo y llegue de este modo a todos.

Hemos olvidado y confundido nuestras obligaciones con respecto a los bienes y la creación

Sin embargo, con frecuencia hemos olvidado dos de estas responsabilidades y confundido la tercera. Nuestro obispo de Roma Francisco ha denunciado el olvido del cuidado de la creación en su encíclica Laudato si. Allí denuncia cómo parece que la creación solamente hay que explotarla y no cuidarla. También hemos descuidado la última de nuestras responsabilidades, la de garantizar un reparto justo de los bienes de la tierra. Nuestro sistema económico no garantiza que todas las personas tengan lo suficiente para vivir a pesar de que hay bienes para todos en nuestra tierra. Nos hemos centrado únicamente en lograr que la creación se multiplique para tener más olvidando, con frecuencia, nuestras otras dos responsabilidades (la ecológica y la distributiva). Ahora bien, esta búsqueda de que la creación fructifique y permita que haya más bienes para vivir, ha tomado un camino equivocado, porque tener más solamente tiene sentido si se logra que todos tengan lo suficiente para vivir y si esto se hace respetando y cuidando la creación. Cuando se tiene más solo para unos pocos, centrándose en los bienes superfluos y explotando los recursos sin respetar los ciclos naturales ni garantizar su sostenimiento futuro, la responsabilidad que nos supone el Destino Universal de los Bienes queda totalmente distorsionada y se convierte en un horizonte económico que no atiende a este principio básico de nuestra Doctrina Social de la Iglesia.

 

 

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El trabajo, un desafío ético y económico

Este viernes imparto una conferencia en Sevilla titulada “El trabajo, un desafío ético y económico”. Es a las 19:00 en el seminario metropolitano. Estáis todos invitados.

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Economía para la esperanza

Esta semana voy a impartir un ciclo de dos conferencias que tienen como nombre común “Economía para la Esperanza” en Zaragoza.

Serán ambas a las 19:30 en el: Centro Pignatelli (Pº de la Constitución 6-50008 ZARAGOZA)

JUEVES 22 sept.: La economía, las personas y la Doctrina Social de la Iglesia
VIERNES 23 sept: La esperanza activa en la economía: propuestas y caminos

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Las vacaciones y la solidaridad

Artículo públicado en la revista ICONO, año 117, nº 8, Septiembre 2016, pág: 28 y 29

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El verano es donde concentramos el mayor periodo vacacional del año. Esto lleva a muchos jóvenes (y no tan jóvenes) plantearse pasar una parte o la totalidad de estas vacaciones realizando una acción solidaria en algún campo de misión, ya sea dentro del país o fuera. Se trata de otra manera de pasar sus vacaciones que les permite, no solo cumplir bien la función que estas tienen de desconectar, descansar o simplemente cambiar de actividad y coger fuerzas para cuando la vida recupera su ritmo normal, sino madurar, construir su propio yo y crecer como personas. Las experiencias de voluntariado y de solidaridad tienen esa virtud de entretener y al mismo tiempo, alimentar a la persona que las realiza para que vaya construyéndose a si misma.

Qué es la solidaridad

Ante esta realidad, quiero repasar qué se entiende por solidaridad para que estas “vacaciones solidarias” sean realmente fructíferas para aquellos que se las plantean y las viven así. La Doctrina Social de la Iglesia (en su encíclica Sollicitudo rei soccialis) entiende que la solidaridad es “La determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común, es decir, por el bien de todos y cada uno, porque todos somos verdaderamente responsables de todos”. Por lo tanto, la solidaridad no es un sentimiento, no es una tendencia, algo que está de moda y que hago porque me apetece o porque tengo esa sensibilidad. La solidaridad es una exigencia ética que nos anima a prestarnos ayuda mutua, a saber que nuestra felicidad depende no solo de lo nuestro, sino de lo que le sucede a los demás. Soy más feliz en la medida que los otros lo son también. Es la conciencia de que todos somos responsables de todos.

Elementos de la solidaridad

A la hora de plantearnos ser solidarios es bueno recordar cuáles son los elementos que tiene la solidaridad. El primero es el elemento compasivo. Ser compasivo es intentar empatizar con el otro, saber ponerse en su piel para comprenderlo. Solamente si intentamos pensar, sentir o estar como la persona que tenemos a nuestro lado, podremos ser solidaria con ella. La solidaridad comienza en la empatía, en ser el otro, en sentirse como el otro. Pero no se queda ahí, tenemos que reconocer a ese otro como persona, como igual a mi, con la misma dignidad que yo, con el mismo valor que yo. Lo que la otra persona me aporta es tan valioso como lo que yo puedo aportar, no se puede ser solidario desde la superioridad, desde el estar por encima del otro, solamente se puede ser solidario si estamos a su mismo nivel. Por último existe un elemento de universalización. Todos somos responsables de todos. Ello implica una opción por el bien común y una superación del egoísmo para la transformación de la realidad social y de aquellas estructuras que están perjudicando a los que son más débiles. Solamente en la medida en que somos conscientes de que la construcción de estructuras justas o injustas también es cosa nuestra, que somos también responsables de lo que le sucede a todas las personas que conviven ahora y en un futuro con nosotros, podemos asumir la solidaridad en su sentido más amplio.

Ser solidario es “estar con”

La consecuencia directa más clara de estos tres elementos de la solidaridad es que ser solidario supone más “estar con” que “hacer cosas por”. Con frecuencia esto se olvida en las vacaciones solidarias o en las acciones puntuales de solidaridad. Cuando nos planteamos estas como “vamos a ayudar a quienes están peor”, estamos rompiendo con los dos elementos primeros de la solidaridad: no existe la empatía, no intentamos ponernos en la situación de la otra persona ni la reconocemos como igual, nosotros somos los sujetos activos y la otra persona solamente tiene que dejarse ayudar por quien sabe más que ella. Actuar así no es más que una solidaridad mal entendida que, con frecuencia, tampoco actúa sobre las estructuras que provocan los problemas, con lo que olvida que todos somos responsables de todos. Plantearse la solidaridad como “estar con”, me abre a saber qué es lo que la otra persona piensa, lo que siente, me abre a compartir desde la igualdad, a no sentirme ni mejor ni peor, a comprender y a acompañar, a construir nuevas estructuras que aborden de una manera diferente las situaciones ante las que nos encontramos, a levantar la dignidad de muchas personas que creen haberla perdido o que consideran que no la tienen.

La solidaridad para la transformación social

Por todo ello, la solidaridad avanza en pos de un horizonte utópico que precisa de la construcción de un nuevo orden social más justo y solidario. Desde una comprensión crítica de la realidad que nos rodea, desde un estar con los demás desde la igualdad y la empatía, la solidaridad tiene una gran capacidad para transformar el entorno en el que nos encontramos a favor de los más débiles. Porque la solidaridad busca las causas de las asimetrías existente en nuestra realidad para intentar evitar en lo posible su reproducción. Mira el bien de todos con lo que supera los planteamientos del corporativismo para optar por un mundo de cooperación más que de competencia. Prima a los más débiles con lo que supera los planteamientos egoístas. La solidaridad sabe acompañar aquellas desigualdades que son inevitables para dar sentido a situaciones que parecen no tenerlo, pero al mismo tiempo actúa para que las desigualdades injustas desaparezcan a través de la construcción de una sociedad más justa. La persona solidaria no hace cosas por los demás, sino que está dando sentido a lo que parece no tenerlo y construyendo una sociedad más justa y más fraterna.

 
 

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Más allá de lo público o privado: orientarse hacia el Bien Común

Artículo públicado en la revista ICONO, año 117, nº 7, Julio 2016, pág: 26 y 27

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Hace unas semanas se entrevistaron conmigo unas personas de una empresa que representa a diversos economistas que tienen repercusión pública debido a su intervención en programas de la televisión. Me proponían algo que a su juicio tenía buenos resultados y era lo que más demandaban alumnos y público en general: un debate en el que se enfrentarían dos economistas, uno partidario de lo privado y otro de lo público. Cada uno de ellos defiende una postura aparentemente opuesta. La primera que el tamaño de lo público debe reducirse lo máximo posible ya que su gestión es por naturaleza ineficiente y debe potenciarse lo privado. La segunda ve a lo privado como un peligro ya que siempre defiende los intereses individuales de alguien (además ese alguien suele ser el más favorecido) por lo que hay que potenciar lo público que es, por naturaleza, quien defiende los intereses de todos y en especial de los más desfavorecidos. El debate que me ofrecían estas personas en mi despacho de la facultad es el que, por desgracia, parece primar no solo entre los tertulianos televisivos, sino también entre los partidos políticos que componen el espectro nacional.

Las actuaciones política en clave privado contra público

De hecho, creo que esto es lo que estamos viendo en las actuaciones políticas de gobiernos de uno y otro color. Unos afirman que lo público no funciona bien y en lugar de intentar solucionarlo para que las cosas vayan mejor (cosa que además sería su responsabilidad ya que son los gestores de lo público) sugieren privatizar lo público y venderlo a intereses privados pensando que esto va a mejorar su gestión. Los otros, piensan que si lo público no funciona como debería es por culpa de lo privado, con lo que se dedican a legislar en contra de lo privado pensando que así se favorece lo público. Las dos opciones escurren el bulto, envian los balones fuera. Si lo público no funciona o puede funcionar mejor, la solución no es privatizar o ir en contra de lo privado, sino arremangarse e intentar solucionarlo, ponerse manos a la acción para que funcione mejor, gestionarlo correctamente… Las ideologías anti-privado y anti-público hacen que los políticos no se centren en lo esencial, es decir, en mejorar la gestión de lo que tienen.

La DSI y el bien común

Ante ello la Doctrina Social de la Iglesia propone un concepto de bien común que es fácilmente aceptable por personas cristianas y no cristianas. El bien común es definido por el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia como el «el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección». Es decir, buscar el bien común es buscar la manera de organizar nuestra sociedad que nos permita a todos y a cada uno de nosotros lograr nuestros anhelos vitales, vivir con dignidad, tener lo suficiente para poder realizarnos como personas a lo largo de nuestra vida. Y esto se pretende lograr, para todos, sin excepción, sin que nadie quede excluido por su lugar de nacimiento, su color, su religión, su raza, su sexo, sus ideas o preferencias, su historia anterior, su opción vital…

El estado tiene como función principal lograr ese bien común

El estado tiene como función principal lograr este bien común. Es su labor primordial y debe poner todos sus esfuerzos para lograrlo. Porque el estado está al servicio de todos y cada uno de nosotros y debe esforzarse en que podamos vivir en sociedades libres en las que el camino para lograr nuestros propios objetivos sea lo más sencillo posible. Sobre esta base algunos piensan que el sector privado no funciona así y que este tan solo busca objetivos particulares y propios. En esto se basa el enfrentamiento entre uno y otro. Institución que busca el bien común (Estado) ante otras que buscan solo el bien propio (privadas). Sin embargo esto no es siempre así (aunque en ocasiones lo es), muchas entidades privadas también tienen como objetivo la búsqueda del bien común. La Doctrina Social de la Iglesia nos dice que la búsqueda del bien común, aunque sea el principal objetivo del Estado, es una labor que nos involucra a todos, las personas, las instituciones, las empresas. Por ello, podemos pensar que en esta labor, lo privado no debería actuar como opuesto a lo público, sino como colaborador necesario.

La colaboración pública-privada

Las ideologías anti-privada y anti-pública, se construyen ambas sobre la idea de que los intereses privados y públicos son realmente opuestos y ambas potencian, en todo los casos, que lo sean. Por eso, es necesario superar esta concepción y entrar en un modelo de colaboración que supere las desconfianzas mutuas y piense que tanto uno como otro son positivos para construir una sociedad mejor. Evidentemente el sector público tendrá que incentivar a aquellas empresas e instituciones privadas que realmente priorizan la construcción del bien común y desincentivar a aquellas que priorizan sus objetivos particulares a costa de ir en contra del bien común. A partir de aquí, tendremos que mirar de una manera ponderada y caso por caso, que clase de institución es mejor para lograr el bien común. Por que sabemos que en ocasiones, es una institución pública la que cumple mejor este objetivo, en otras es mejor una privada y en otras puede ser indiferente. Una sociedad sana, necesita potenciar las entidades privadas que mejoran el bien común y la colaboración entre agentes públicos y privados ambos puestos al servicio de las personas.

 

 

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Dar o compartir

Artículo públicado en la revista ICONO, año 117, nº 6, Junio 2016, pág: 26 y 27

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Misericordia y familia

Me pidieron escribir un capítulo en el libro “Misericordia Quiero… La misericordia en las distintas formas de vida cristiana”.

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Tengo el honor de compartir autoría en este libro con Raúl Berzosa, Dolores Aleixandre, Luis A. Gonzalo, Antonio G. Rubio, Pilar de Avellaneda, Carlos G. Cuartango y Rosario Paniagua.

Yo he hablado en el último capítulo sobre mi experiencia de misericordia vivida en la familia.

Tenéis toda la información sobre este libro en: http://pseditorial.com/producto/misericordia-quiero/

Espero que os guste

 

 

Videos de conferencias en Palma de Mallorca

El pasado 14 de Mayo impartí dos conferencias en Palma de Mallorca, en el CENTRO ESPIRITUALIDAD SOLIDARIA “MARIA DE NAZARET”, sito en el Oratorio de Palmanova: http://www.unitatcostacalvia.com/dia-de-silencio/71/

Aquí tenéis las dos conferencias:

¿Funciona bien nuestra economía? Un análisis desde la Doctrina Social de la Iglesia

Cambiar las prioridades económicas para hacer una economía más humana

Espero que os gusten

 

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Foro Creyente de Pensamiento Ético-Económico

Artículo públicado en Alfa y Omega, del 5 de Mayo de 2016 en su página 24

http://www.alfayomega.es/65400/foro-creyente-de-pensamiento-etico-economico

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Economía frente a personas

Artículo públicado en la revista ICONO, año 117, nº 4, Abril 2016, pág: 30 y 31

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Jesús nos recordaba que aquellos que estarán a la derecha de su Padre estarán allí “ Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me disteis alojamiento; necesité ropa, y me vestisteis; estuve enfermo, y me atendisteis; estuve en la cárcel, y me visitasteis.” Y le contestarán los justos: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te alimentamos, o sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos como forastero y te dimos alojamiento, o falto de ropa y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y te visitamos?” El Rey les responderá: “Os aseguro que todo lo que hicisteis por uno de mis hermanos, aun por el más pequeño, por mí lo hicisteis.” (Mt 25, 36-40). Ante este recordatorio se sitúa una frase escuché hace poco en la radio, de boca de uno de nuestros representantes políticos: “no podemos acoger a todos los que quieren venir porque eso pone en peligro nuestro nivel de vida”

Economía versus personas

La simple escucha de estas palabras nos llevan a darnos cuenta de un dilema moral que es habitual que se plantee en nuestra sociedad y ante el que la respuesta es clara por parte de algunos. Se trata de contraponer nuestro nivel económico, lo que tenemos y de lo que gozamos, a las personas, a los seres humanos que pueden comprometer nuestro bienestar y que por ello estamos dispuestos a dejarlos morir o a que vivan en unas condiciones poco dignas. Este es el dilema que planteaba nuestro representante político en la declaración que escuché en la radio: si llegan los refugiados o los inmigrantes, nuestras condiciones de vida bajan. Como esto último es lo prioritario, nuestra política debe basarse en rechazar esos flujos de personas, en que no entren. Nuestras políticas van a tener esto como eje principal de actuación y como criterio prioritario a la hora de comparar las posibles medidas a poner en práctica.

La idolatría del dinero y la cultura del bienestar

Parece evidente que esta es una muestra más de lo que Francisco denuncia como la idolatría del dinero. El “tener más” es puesto por encima de cualquier otra cuestión, la cultura del bienestar que acompaña a esta idolatría es hegemónica a la hora de tomar decisiones. Porque lo más importante es conservar el nivel económico alcanzado y que este no se vea comprometido por nada. Por ello, cuando nos encontramos ante un río de personas que lo están pasando mal y que huyen de situaciones dramáticas, ante la opción de la acogida y la ayuda, se prima el protegerse de ellas, el poner barreras para que no convivan con nosotros y no comprometan nuestro nivel de vida. Más allá de que esto sea verdad y de que si llegan, realmente se vea comprometida nuestra riqueza (cuestión que sería objeto de otro debate) lo que aquí resalto es cómo el idolatrar el bienestar, nos lleva a olvidar a las personas. Cómo el objetivo de ayudar al prójimo (en este caso el forastero) cambia por el de proteger nuestras riquezas.

Esto nos lleva a la cultura del descarte

Estas prioridades nos llevan directamente a lo que Francisco denomina “la cultura del descarte”. Los refugiados, los emigrantes, son descartados, dejados a un lado, no nos sirven, no queremos saber nada de ellos, nos molestan… No sentimos que sean parte de nosotros, que sean personas, que sean seres humanos en situación de precariedad, sino que lo que nos preocupa es protegernos de ellos. En este sentido es muy representativa la manera de entenderlos como “ellos” y no como “nosotros”. Esto nos permite deshumanizarlos y analizar fríamente una situación en la que lo prioritario es defender lo nuestro ante la amenaza de lo suyo. Esto nos anima también a diferenciarlos. No todos los que vienen son iguales, no es lo mismo que uno se muera de hambre que que lo haga por una guerra. Los primeros, los que se mueren de hambre, no tienen por qué venir, son tan solo emigrantes económicos. Esos que se queden en casa. Los otros, los verdaderamente refugiados porque hay guerra en sus casas, veremos si los dejamos entrar, pero solo a estos. Otra vez clasificamos, hacemos jerarquías, no son personas que buscan un futuro mejor en un país diferente, son castas que (como en algunas religiones hindúes) tienen diferentes derechos: los emigrantes económicos y los refugiados

Ensanchar el nosotros y priorizar a las personas

No voy a aportar soluciones aquí, no es el objetivo de este breve artículo, pero sí que voy a sugerir desde dónde deben pensarse estas. Porque para afrontar este flujo de inmigrantes (que recuerdo que no es nuevo, sino que lleva sucediendo desde hace siglos aunque con distintos orígenes y destinos) no podemos utilizar los criterios economicistas hegemónicos en nuestra sociedad. Si lo hacemos, si olvidamos al forastero, si no acogemos a quien tiene necesidad, estamos apostando por esa cultura de la muerte que tantos problemas nos trae y que se contrapone a la cultura del amor y de la misericordia que anunciamos los cristianos. Para vencer estos criterios economicistas debemos ensanchar el nosotros. Romper con el pensamiento “ellos versus nosotros” y pensar que las personas que salen de su país para buscar una vida mejor son un “nosotros”. Ello nos llevará a que, a la hora de plantear las posibles acciones a realizar, el objetivo final no sea protegernos a nosotros, sino mejorar la vida de nuestros hermanos que están pasándolo mal. Si planteamos nuestras actuaciones priorizando esta segunda visión, queriendo realmente mejorar la vida de aquellos que son como nosotros y huyen de la guerra y la pobreza y no intentando protegernos de ellos, las actuaciones y posibles soluciones van a ser, seguro, diferentes. Y no solo diferentes, sino que al mismo tiempo más humanas y positivas para quienes tienen que abandonar su casa porque no encuentran un futuro mejor allí.

 

 

 

 

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Ecos de las últimas dos presentaciones de mi último libro

Hola a todos, os paso ecos que se han leído en la web sobre las dos últimas presentaciones de mi libro que han tenido lugar en los últimos días.

En Álmàssera hicimos una presentación artística con Rocío Raga a la presentación, Ana G. Castellano en los cuentos, Yiyo a la guitarra y Javier Gay ilustrando. Les gustó a todos, desde los niños más pequeños (de cuatro años) hasta las personas más mayores (de casi ochenta años)

Podéis encontrar más sobre este evento en Horta noticias

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En Madrid invervinieron Luis Aranguren de PPC, Sebastían Mora de Cáritas Española y Rafael Junquera de Funderética. Creo que los asistentes también quedaron satisfechos del acto. Podéis encontrar una crónica del acto en http://www.hoac.es/2016/03/09/de-una-economia-que-mata-a-una-economia-que-da-vida/

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Gracias a todos los que asististeis y gracias por vuestro apoyo a los demás.

 

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Presentación de “una economía que mata” en Madrid

El próximo 8 de Marzo a las 19:30 presento en Madrid mi nuevo libro “Una economía que mata”

La presentación será en la Sala Liguori, en la calle Felix Boix 13

Intervendremos en ella: Luis Aranguren, director de Ediciones PPC, Rafael Junquera, presidente de Funderética y Sebastión Mora, Secretario general de Cáritas Española

Os espero

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Francisco, la economía y la justicia

Artículo publicado en la revista “Salud y Estrella” de una hermandad franciscana de Cáceres

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¿Podemos tener más y más? Economía y ecología

Artículo públicado en la revista ICONO, año 117, nº 2, Febrero 2016, pág: 26 y 27

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Después de haber introducido el pasado mes el concepto de bien total desde el punto de vista económico, es decir, el “tener más entre todos” y saber que esto es el anhelo de nuestras sociedades aunque la Iglesia nos invita a cambiar de objetivo hacia el “que todos tengan al menos lo suficiente”, vamos a preguntarnos si este tener más es posible y si es factible seguir de una manera indefinida este objetivo.

El crecimiento económico conlleva la utilización de recursos naturales

Tener más entre todos” conlleva en si mismo un problema ecológico. Para producir bienes y servicios, precisamos de tres elementos esenciales. El primero es el trabajo. Sin actividad humana puesta al servicio del producir no se puede hacer nada. El segundo es lo que los economistas denominamos capital, que puede describirse de una manera más sencilla como herramientas, maquinaria, instrumentos e infraestructuras. Es decir, todas aquellas cosas que fabricamos para que nos faciliten la producción de otras. En tercer lugar precisamos de recursos naturales: minerales, madera, animales, etc. Es decir, todos los bienes que nos proporciona la naturaleza sin los cuales no podemos producir absolutamente nada.

Los recursos naturales son finitos

Es evidente, por tanto, que para producir más no solamente necesitamos más trabajo y más herramientas o máquinas o instrumentos, sino que necesitamos cada vez más recursos naturales. Esto no sería problema si todos los recursos naturales se utilizasen sin desgastarlos. Por ejemplo, la energía solar, el viento, las mareas son recursos naturales que podemos utilizar sin agotarlos y que siempre están ahí los transformemos o no en energía (que suele ser su uso más habitual). Sin embargo, estos recursos son la excepción. La mayoría de ellos se desgastan o agotan con el uso. Una vez utilizados no pueden ser usados en otra ocasión. A pesar de ello, algunos de estos recursos pueden renovarse y podemos mantener la cantidad de recursos a pesar de utilizarlos. Me estoy refiriendo, sobre todo, a aquellos que derivan de seres vivos. Nosotros podemos cortar árboles para utilizar su madera, pero si plantamos otros al mismo tiempo, no tenemos por qué acabar con la madera ni con los bosques. Lo mismo sucede con cualquier recurso natural proveniente de una planta o de un animal. Todos se reproducen y si los matamos a menor ritmo que su reproducción, puede hasta incrementarse la cantidad del recurso a pesar de que lo utilizamos. Sin embargo, existen otros recursos naturales en los que ya no sucede lo mismo. Cuando utilizamos gasolina en nuestros automóviles, ese petróleo ya no puede volver a ser utilizado, se ha acabado, no lo recuperamos. Existen recursos que se agotan con su uso y ya no hay posibilidad alguna de que se reproduzcan o se vuelvan a utilizar.

La cantidad de recursos limita nuestro crecimiento

Es por ello que no podemos crecer ilimitadamente. La cantidad de recursos que existen en una sociedad limitan nuestra capacidad de producir más. No podemos incrementar la producción de una manera indefinida porque corremos el riesgo de agotar los recursos del planeta. Lo oímos constantemente: especies animales y vegetales que se extinguen, minas que cierran porque ya no queda mineral, desaparición de masa forestal a nivel global… Es difícil compatibilizar el crecimiento ilimitado con la limitación de recursos existente.

La tecnología no es la solución

Algunos argumentan que la tecnología es la solución. Opinan que si conseguimos producir con menos recursos naturales, podremos incrementar la producción sin que esto los agote. Sin embargo esto no siempre es así, de hecho, a pesar de los avances tecnológicos que hemos tenido en los últimos siglos, la explotación de los recursos naturales es superior ahora a la que se ha dado nunca. Esto es debido a que si bien hemos conseguido reducir el uso de los recursos naturales para la producción de los bienes, pongamos que a la mitad, al mismo tiempo hemos incrementado su fabricación en más de la mitad. Esto supone que el uso de recursos se ha incrementado ya que lo que producimos de más, es superior a lo que ahorramos en la producción de cada unidad. Al final, el crecimiento económico compensa con creces al avance tecnológico y cada vez utilizamos más recursos naturales con el peligro de acabar con ellos.

El encargo de cuidar la casa común

Este es uno de los motivos por los que Francisco nos ha regalado la Encíclica “Laudato si” sobre el cuidado de la casa común. Necesitamos plantear una economía que permita que conservemos y mejoremos nuestra casa común y no una economía depredadora que acaba con los recursos naturales que nos han sido regalados en la creación y sin los que no podemos vivir ni producir nada. Perseguir el crecimiento económico, buscar el bien total en lugar del bien común, nos lleva a una situación que no es sostenible en el tiempo y que está yendo en contra de nuestra propia supervivencia como especie.

 

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Como construir otro sistema económico

Os presento un texto que escribí hace algún año y que ahora tenéis a vuestra disposición en versión PDF.

Economía para la esperanza: cómo virar hacia un sistema económico más humano http://hdl.handle.net/10637/7889

 

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Tenéis más información sobre el mismo en otra entrada de este mismo blog:

https://enriquelluchfrechina.wordpress.com/2012/12/21/economia-para-la-esperanza-como-virar-hacia-un-sistema-economico-mas-humano/

 

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¿Bien común o Bien total?

Artículo públicado en la revista ICONO, año 117, nº 1, Enero 2016, pág: 26 y 27

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Se oye hablar mucho en estos últimos tiempos del bien común. Es un concepto que parece estar otra vez de moda. Tal vez sea esa corriente económica que se denomina la “Economía del bien común” la que lo ha devuelto al lugar del que nunca debería de haber salido. Oímos este concepto en la arena política, se nombra en los debates, se habla de él con más frecuencia que hace unos años. Por ello, en estas breves líneas voy a intentar aclarar a qué nos referimos cuando hablamos de bien común y en especial, qué es éste desde el punto de vista económico diferenciándolo de lo que se denomina “bien total”.

El bien común desde la Doctrina Social de la Iglesia

La Doctrina Social de la Iglesia define el bien común como: “El conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección”. El bien común hace referencia, por tanto, a varios aspectos. El primero es que se refiere a la vida en sociedad. La organización social, la manera en la que nos organizamos para la convivencia mutua es la que determina el bien común. La segunda es que esta organización social se pone al servicio de las personas, se subordina a que estas puedan alcanzar, gracias a ella, su propia perfección. Dicho de otro modo, es una manera de estructurar la sociedad que ayuda a que cada uno de nosotros nos sintamos reforzados y apoyados para ser más y mejor personas.

El bien común y la economía

Dentro de nuestra organización social, también está incluida nuestra organización económica. Según esta concepción de bien común, la manera en la que organizamos nuestros dineros tiene que estar al servicio del crecimiento personal y grupal de las personas y sus asociaciones. Es decir, debemos organizar nuestra economía de modo que nos ayude y nos permita ser más y mejor personas. Esto se traduce en una economía con una vocación de apoyo a las aspiraciones humanas más profundas. Una economía al servicio de las personas que les permite, a través de proveerlas de lo necesario para vivir, hacer y ser aquello que desean. Quizá la cuestión clave dicho esto, es conocer si la economía actual está, realmente, consiguiendo y persiguiendo este objetivo, o se está centrando en otro.

La economía al servicio del bien total

Cuando analizamos la economía actual, podemos darnos cuenta que esta tiene como objetivo primordial el crecimiento económico. Este es definido como el aumento anual del Producto Interior Bruto y este es la cantidad de bienes y servicios que producimos en un país en un año. Tenemos como objetivo que crezca lo producido en nuestra región, país o en el mundo lo que, expresado de una manera sencilla, podríamos definir como “tener más entre todos”. Cabe preguntarse si este “tener más entre todos” es realmente el bien común, nos ayuda a todos y cada uno de nosotros a lograr de manera efectiva nuestra perfección. Para descubrirlo, no hay más que describir cómo se calcula. El método es sencillo, no tenemos más que sumar lo de cada uno y ver el resultado. Esto significa que quien más gana, más aporta y quien gana poco, aporta poco. Al final, si alguien no suma nada (porque no gana nada) pero los otros suman mucho, el total puede aumentar aunque haya gente que no tenga nada y se muera de necesidad y de hambre. Al bien total le da igual el reparto, no es necesario que todos tengan, lo importante es que quien sume, lo haga en una cantidad elevada para que el resultado final sea más alto. A la economía que busca el bien total no le preocupan quienes no tienen y no aportan, solo que quienes tienen suman aporten más y más para que el total aumente. Por ello, perseguir el crecimiento económico, no garantiza por si mismo que todos puedan lograr ser libres gracias a tener cubiertas sus necesidades. Hay gente que queda fuera y estos son irrelevantes para una economía que persigue el bien total.

Cómo se concreta el bien común en la economía

Por ello, el objetivo de la economía debe cambiar si queremos perseguir realmente ese bien común que anhelamos los cristianos y muchos que no lo son. Se trata de pasar del “tener más entre todos” al “tener todos al menos lo suficiente”. Es decir, el objetivo de la actividad económica debe centrarse en gestionar los recursos que tenemos en nuestro planeta para que todos tengamos al menos lo suficiente, no para que podamos producir el máximo posible. Porque si tenemos más, pero no llega a todos ¿Para qué nos sirve tener más? La prioridad debe, por tanto, cambiarse. El bien común económico debe centrarse en que lo que tenemos, esté al alcance a todos, llegue para que todos tengan lo necesario. Así lograremos realmente que cualquier persona pueda desarrollarse como tal gracias a que tiene lo suficiente para vivir y esto le sirve como soporte para hacer aquello que quiere y para ser aquello que desea. Solo persiguiendo esto, podemos poner realmente la economía al servicio de la persona.

 

 

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Entrevista de radio ecca a Enrique Lluch Frechina

Entrevista emitida en el programa Diálogos de medianoche de Radio Ecca en Noviembre de 2015. Se tratan en profundidad temas relacionados con las alternativas económicas al actual sistema que predomina en nuestra sociedad.

radio ecca

http://www.ivoox.com/economia-del-papa-francisco-enrique-lluch-audios-mp3_rf_9648008_1.html

 

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A propósito del hecho diferencial

Artículo publicado en el periódico Las Provincias el Viernes 11 de diciembre en su página 32

A proposito del Hecho Diferencial

Vivimos tiempos en los que el Hecho Diferencial se está esgrimiendo como justificación para reivindicaciones de un trato también diferencial: somos distintos, debemos ser tratados de manera diferente. La idea que subyace a esta argumentación es que tratar igual a aquellos que son distintos puede resultar injusto. Por ello, una verdadera justicia parece que requiere ese trato desigual a quienes realmente lo son. Voy a analizar con algo más de profundidad esta idea, que si bien tiene una parte cierta, es necesario matizarla para darse cuenta de cuándo es este trato diferencial “justo” y cuándo no.

La idea principal que hay que tener en cuenta es que todos somos diferentes pero iguales. La percepción de que todos somos diferentes es tan clara que parece que no requiere de mucha explicación. En esencia, no hay dos personas iguales en este mundo. Enrique Lluch Frechina solamente hay, ha habido y habrá uno en la historia de la humanidad, yo. Además de que soy y seré único, todos las amables personas que en estos momentos tienen el gusto de seguir leyendo mi artículo, son distintas a mi, son diferentes entre ellas y son únicas como yo. No habrá ni ha habido nunca nadie como usted, puede tener la seguridad de que esto es así.

Sin embargo, junto a esta diversidad, junto a esta diferencia, convive la realidad de que todos somos iguales. Esto es más difícil de demostrar, pero cualquier humanismo (ya sea de origen religioso o laico) considera que todos participamos de la misma naturaleza humana y ello nos lleva a que seamos iguales en dignidad. Todos somos diferentes pero nadie es más que el otro. Con frecuencia les comento a mis alumnos que hay varios datos objetivos que marca nuestras diferencias. Dos de ellos son la edad y que sé más economía que ellos (por eso son mis alumnos y yo el profesor). Pero que esto no me hace ser más que ellos, no me pone en otra categoría. Ellos pueden saber más que yo en otros campos (seguro) pero esto tampoco les hace a ellos más que yo. Nuestra dignidad como personas es la misma seamos más o menos tontas, más o menos gordas, más o menos altas… Esta igualdad, intenta reflejarse en nuestros sistemas legales a través de la igualdad de derechos, somos iguales en dignidad y por ello tenemos los mismos derechos.

De hecho, el trato diferente a quienes son distintos está justificado precisamente por esta igualdad en la dignidad de las personas. Vamos a tratar de una manera desigual a quienes son diferentes para que sean iguales en dignidad. El Hecho Diferencial justifica una actuación distinta en la medida que esta es necesaria para igualar a todos. Para lograr que aquellos que están peor puedan ponerse a la altura de quienes, por el motivo que sean, están en una situación más favorable. El trato desigual de necesario para igualar y así se pone al servicio de la persona y de la sociedad para evitar que haya personas de primera y de segunda, para evitar los privilegios y las prebendas. Por ello, parece bastante clara la necesidad de este reconocimiento del Hecho Diferencial cuando este lleva a un colectivo a estar peor que el resto de la población, a tener menos derechos, a no poder alcanzar la igualdad en dignidad que se anhela desde una visión humanista de la sociedad.

Pero ¿Qué sucede cuando esta demanda de un trato distinto se realiza para poder mantener, precisamente, la diferencia? ¿Qué pasa cuando la reclamación de una excepción se hace para lograr mantener un privilegio o unos derechos por encima de los demás? Desgraciadamente, con frecuencia esto es lo que estamos acostumbrados a escuchar. Con justificaciones políticas (normalmente ligadas al nacionalismo), económicas (con frecuencia ligadas a lo que se denomina la cultura del mérito) o de otra clase, nos encontramos con colectivos que reclaman un trato diferente argumentado el Hecho Diferencial, no para igualarse a los demás, sino para mantener la diferencia, para seguir siendo tratados de una manera distinta y conservar o conseguir unos privilegios propios que a los que los otros no tienen derecho.

Se repite así algo que se ha dado a lo largo de la historia, cuando determinados colectivos han tenido privilegios y han sido tratados de manera diferente porque eran nobles, o clérigos, o blancos, o… Se reclaman privilegios por tener una historia diferente, más capacidad o suerte para ganar dinero, una nacionalidad determinada, etc. Además, esta reclamación de prebendas supone que si yo soy digno o acreedor de una serie de derechos que deben ser siempre mayores que los de otros, estoy discriminando de algún modo a esos colectivos que no son como yo. No solo les estoy diciendo que yo tengo otra categoría, sino que les confirmo que la alcanzarán, que las diferencias son tan profundas que yo siempre tengo que estar por encima. Esta actitud enmascara un racismo, clasismo o segregacionismo. En el fondo, en la forma y en la realidad, estamos discriminando a los otros porque son diferentes y eso les hace acreedores de menos derechos o privilegios de los que creemos justos para nosotros. Justificar el mantenimiento de las diferencias y los privilegios arguyendo un Hecho Diferencial va totalmente en contra de un sano humanismo que cree en la igual dignidad de todas las personas. Desgraciadamente, esta manera discriminatoria de ver nuestra sociedad es una actitud más extendida en estos tiempos de lo que sería deseable.

 

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Qué me ha enseñado Taizé

Os ofrezco aquí el último artículo dedicado a Taizé que he escrito con ocasión del encuentro de Valencia. En él describo que me ha enseñado Taizé que he seguido y sigo aplicando en mi vida.

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QUÉ ME HA ENSEÑADO TAIZÉ

He de confesar que en un principio fui reacio a ir a Taizé, muchos amigos me decían “Hay que ir… debes ir… te gustará” lo que producía en mi un efecto rechazo que me quitaba las ganas de acercarme a ese lugar. Sin embargo, a los veinticinco años decidí viajar solo a esta pequeña aldea de la Borgoña francesa para pasar una semana en silencio (alguien que conoce muy bien la comunidad me dijo que esa era la verdadera manera de descubrir Taizé) e intentar responder a algunas cuestiones que me preocupaban en aquel entonces. Mi primera sorpresa llegó cuando me dijeron que no pensara en nada, que debía alcanzar el silencio interior, que si reflexionaba, si hablaba conmigo mismo, si intentaba darme respuestas, el ruido producido por esta actividad no sería un verdadero silencio. En un primer momento no comprendí esto ¿Cómo voy a resolver mis problemas si no pienso en ellos? La respuesta era sencilla, “la oración en silencio supone eso: parar, dejar un hueco, un espacio en el que el Espíritu pueda alojarse para que sople sobre nosotros mostrándonos la senda que debemos seguir. Taizé no es el lugar para resolver los problemas, estos deben solucionarse en casa, sino un espacio privilegiado en el que podemos vaciarnos para que Dios se introduzca en nuestro interior y oriente nuestra marcha hacia nuestra propia felicidad y la de los demás”.

Tal vez esto ya sea una enseñanza lo suficientemente valiosa para un cristiano y justifica por si misma la existencia de esta comunidad: aprender a orar a través del silencio interior, no predeterminar al Espíritu con nuestra verborrea sino abrirnos con humildad a su presencia, eliminar los ruidos interiores en los que vivimos constantemente… Sin embargo, Taizé no me ha mostrado solo esto. La segunda gran enseñanza que he aprendido comenzó a dibujarse en mi mente cuando fui asimilando el carácter ecuménico de la comunidad ¿Cómo pueden convivir distintas ramas cristianas sin problemas? ¿Qué nos permite orar juntos mientras en algunos lugares todo son problemas entre distintas confesiones? La respuesta llegó pronto: en esta comunidad se atiende a lo esencial, se busca la simplicidad, lo común que nos une a todos ¿Y qué es lo esencial? La fe en Jesucristo que es amor; y si lo importante es el amor, lo accesorio será positivo y válido en la medida que nos lleve a este y negativo en la medida que nos aleje de él. ¡Cuán diferente sería nuestra vida de cristianos (y de cualquier persona) si nos centrásemos en lo importante y olvidásemos matices y teorías que solamente sirven para discutir y separarse!

La tercera cuestión sobre la que quisiera incidir la describía un amigo mío de un modo muy gráfico, “en este lugar te pones blandito” y así es. Todo en Taizé ayuda a ser bondadoso, a colaborar con el de al lado, a sacar lo mejor de uno mismo. No se trata de una imposición sino de un contagio, el ambiente que se crea hace que sea más fácil comportarte así que de otro modo, actos que en otros lugares serían ridículos e impensables, surgen aquí de un modo espontáneo. Todo ello a pesar de que la comunidad tiene sus problemas y defectos (como todo conjunto humano) y de que no es, ni mucho menos, perfecta.

Ahora tenemos una oportunidad única para poder vivir esto en Valencia. Creo que es algo que debemos aprovechar porque difícilmente se volverá a dar una ocasión como esta en un futuro cercano. Un encuentro como este tiene muchas más cosas que aportarnos de aquellas que he indicado hasta ahora: unas oraciones sencillas pero ricas, una experiencia de fraternidad desde el trabajo común, unos cantos cuidados, una atención preferente a los jóvenes, una fe vivida desde la alegría y la esperanza, el encuentro con personas de diferentes países que también viven la fe como nosotros, etc. En un entorno en el que los cristianos somos minoría, tener la oportunidad de compartir y orar con cristianos de otras confesiones nos va a enriquecer a todos. Conocer la potencia del amor para ofrecer una alternativa de esperanza al mundo de hoy es algo que no podemos dejar pasar.

 
 

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Reseña de “Una economía que mata” en Vida Nueva

Reseña de mi libro “Una economía que mata” publicada en el número 2963 de Vida Nueva del 7-13 Noviembre 2015

reseña del libro en Vida Nueva-Libros

 
 

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El papa Francisco y el dinero

Portada segunda edición libro economía que mata    Está en imprenta la 2ª Edición de mi último libro. Gracias a todos aquellos que ya lo habéis leído o regalado.

Para celebrarlo os presento este pequeño artículo que describe brevemente alguna de las ideas que aparecen en el libro.

Artículo publicado en Noticias Obreras, nº 1576, Octubre 2015, Pág: 12-13

El papa francisco y el dinero_Página_1El papa francisco y el dinero_Página_2

El título de este artículo es una parte del de mi último libro “Una economía que mata. El papa Francisco y el dinero”. Y es a su vez una de las frases que nos ha regalado Francisco sobre la economía actual. Su insistencia en la denuncia de nuestro sistema económico y el anuncio de que no solo es posible la construcción de una economía diferente, sino que esta debe ser una prioridad para los cristianos, le ha valido que algunos hablen de un papa comunista y que sea criticado con dureza por parte de determinados sectores económicos.

Sin embargo, no creo que Francisco vaya tan desencaminado como pudiera parecer en este campo. En un momento en el que el afán de lucro se ha consagrado como el motor de la sociedad, donde la búsqueda del propio interés aparece cómo algo legítimo y positivo para el bien total, la economía, el dinero, se ha convertido en un nuevo ídolo al que seguir. El fetichismo del dinero como lo denomina Francisco, conlleva a que el economicismo se haya convertido en una falsa religión que funciona con sus propios dogmas, sus iniciados, sus obligaciones y deberes, sus sacrificios, etc. Ya lo dice la Real Academia de la Lengua, Fetiche es un “Ídolo u objeto de culto al que se atribuye poderes sobrenaturales, especialmente entre los pueblos primitivos.” Y aunque no somos primitivos, el dinero, las riquezas, el tener más, se ha convertido en el verdadero norte de nuestra actuación y en el becerro de oro al que adoramos ahora.

Esta idea de que “No podéis estar al servicio de dios y el dinero” (Mt. 6,24) no es nueva, sino una idea totalmente evangélica que nos muestra cómo esta nueva religión es peligrosa para la sociedad en su conjunto. Por ello, cuando la seguimos con demasiado fervor, cuando la mayoría de las personas quedamos impregnadas por este economicismo que se respira en el ambiente, acabamos consagrando una economía anti-humana. Una economía que mata como dice Francisco. Una manera de organizar nuestros asuntos económicos que nos lleva a ser cada vez menos humanos, a tomar decisiones que van en contra de las personas y a tener que ser fríos ante el sufrimiento ajeno, a tener que sacrificar personas para mantener nuestro nivel económico, a rechazar a quienes pasan hambre y son pobres porque no los queremos cerca. Se convierte también en una economía que mata la esperanza, la ilusión. Que nos dice que no hay nada que hacer, que nos conformemos con lo que hay, que no se pueden hacer las cosas de otra manera, que tan solo nos queda adaptarnos a los dictados de esa realidad económica que está por encima de nosotros, que muchas veces aparece como incomprensible pero cuyos dictados son inapelables.

Cambiar la economía, lograr que la economía sirva a las personas y no que las gobierne, se convierte así en algo clave para anunciar el evangelio. El testimonio cristiano se vuelve irrelevante si se aceptan los postulados de una economía que produce tanto sufrimiento y que va en contra de la esencia de nuestra buena noticia. Por ello Francisco (como ya había hecho Benedicto XVI recientemente) propone poner a la persona en el centro de la economía. Que la economía no sea el centro de nuestra actuación sino que se ponga al servicio de todas y cada una de las personas. Por ello quiere revalorizar el bien común. Ante una concepción de bien total en la que lo que se busca es tener más entre todos y en la que da igual cómo están repartidos estos bienes, se propone una concepción en la que se pretende que todos tengan al menos lo suficiente para vivir. Lo que supone que lo que importa es lo que sucede con los que peor están y que estos pasan de estar “descartados” a ser la prioridad.

Para lograrlo, para conseguir esa justicia social que debe de estar entre los principales anhelos de todo cristiano, se hace necesario repensar el sistema económico desde sus dos dimensiones éticas. La personal o individual, que implica un cambio de mentalidad en las personas. Y la institucional que debe transformar aquello que Juan Pablo II denominaba “estructuras de pecado” y que no son más que aquellas instituciones que nos obligan por su propia dinámica a comportarnos de una manera egoísta o faltar al amor a las personas que tenemos cerca. Para ello, la introducción de la solidaridad y la gratuidad en la economía, es la mejor manera para pasar de una economía que excluye y que produce descartes, a una economía de la abundancia, en la que con lo mismo, nadie queda fuera, todos tienen suficiente y además sobra.

Esto supone también el fomento de la cultura del encuentro. Los intercambios económicos son un lugar adecuado para relacionarse con el otro. Un espacio que se ha deshumanizado últimamente porque no queremos conocer al otro con el que negociamos para que la relación personal no nos impida lograr el máximo rendimiento de nuestros asuntos económicos. Por ello, volver a esa economía personalizada a esa economía del encuentro o relacional, es otra manera de construir un sistema económico diferentes.

Todo esto contrapone la cultura de la competición a la cultura de la cooperación. Cuando basamos la economía en la competición y en el meritaje, siempre hay alguien que queda fuera, los más desfavorecidos quedan por el camino, no llegan. Sin embargo una economía basada en la cultura del compartir, de la cooperación, hace que no hayan excluidos. La economía no es un campo que solamente se pueda organizar desde la competición, sino también desde la cooperación y los resultados en las empresas y en la sociedad, son mejores cuando se hace de esta manera.

Por todo esto, tenemos un compromiso con nuestra sociedad. El anuncio del evangelio tiene hoy en día, un componente económico clave. Transmitir una buena nueva ilusionante y esperanzadora tiene como uno de sus elementos primordiales la construcción de una nueva economía que sirva realmente a todas y cada una de las personas de nuestra sociedad. En una economía en la que se sirve mucho al dinero u ofrecemos alternativas económicas, o ilusionamos con otra manera de construir esta economía, o difícilmente estaremos anunciando realmente el mensaje de amor de Jesucristo.

 
 

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“Laudato si” y la economía

Artículo publicado en Noticias Obreras, nº 1574, Agosto 2015, Pág: 12-13

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Este pasado Junio se presentó en sociedad la última (y primera) Encíclica social del Francisco. Laudato si tiene como principal tema la ecología, pero es evidente que es difícil hablar de ecología sin hacer referencia a la economía. Por ello, voy a comentar en este breve artículo las principales ideas económicas que se pueden observar en la Encíclica.

La primera idea que se observa es cómo Francisco liga la idea de que preocuparse por el medio ambiente es una manera de preocuparse por los más desfavorecidos. Las dos preocupaciones vienen conjuntamente: son inseparables la preocupación por la naturaleza, la justicia con los pobres, el compromiso con la sociedad y la paz interior (10). Dios creó el universo para todas y cada una de las personas que habitan nuestro planeta. No reservó sus bienes para unos o para otros, sino que los ofreció a todos. Lo creado no es solo para mi, para que me aproveche individualmente de ello, para que sirva a mis intereses y no a los de otros sino que tiene una vocación común que no debemos olvidar. Por ello debe estar al servicio de las personas para que todos tengamos al menos lo suficiente para vivir y ello implica necesariamente priorizar a los más pobres, a los que menos tienen.

La segunda gran idea económica de la Encíclica es que el deterioro ambiental es otra cara de la cultura del descarte a la que tanto hace mención Francisco. Estos problemas están íntimamente ligados a la cultura del descarte, que afecta tanto a los seres humanos excluidos como a las cosas que rápidamente se convierten en basura (22). Porque cuando se piensa solamente en el interés personal y en buscar el máximo provecho para uno mismo, se descartan las personas, pero también se descartan las cosas. Lo que ya ha pasado de moda, lo que ha dejado de interesarme, lo que ya no es actual se descarta, se tira, se convierte en inútil y se desecha. Esto lleva a montañas de basuras, a productos que no han acabado su vida útil pero que llenan los contenedores o los nuevos vertederos selectivos (ecoparques).

Insiste también Francisco en que la excesiva especialización de los saberes tiene como principal consecuencia negativa la dificultad de observar al conjunto, de ver más allá de las ideas y de la relación de causalidad que se da entre el estrecho marco estudiado por los científicos que trabajan en esta dinámica. Esto es especialmente grave en una ciencia económica que en la actualidad se limita a estudiar problemas concretos que se dan en un pequeño marco de relaciones de causalidad. Ello le lleva a olvidar consideraciones más amplias, a ir más allá de su propio marco, a buscar una visión más general de aquello que se estudia. Esta es una de las causas de que la economía olvide con frecuencia a los más pobres, obvie el medio ambiente, descuide lo que le puede pasar a los que vendrán después, deje de mirar el largo plazo para centrarse solo en lo inmediato…

En este sentido, habla también de un relativismo práctico que hace que todo se vuelve irrelevante si no sirve a los propios intereses inmediatos (122). Esta es la causa por la que el otro y la creación, el medio ambiente, son vistos como algo que solamente me sirven a mi, que solamente son buenos en la medida que los pongo al servicio de mi yo. Esto nos lleva a cosificar al otro, a preferir lo que nos da beneficios a nosotros y a utilizar a los otros y a lo otro en lugar de considerarlo como algo importante por si mismo y no solo en la medida que me sirve.

Para superar estos problemas desde el punto de vista económico, realiza varias sugerencias. La primera es que hay que recordar, tal como hizo San Juan Pablo II en la Laborem exercens, que la preferencia es el trabajo y no el capital. La persona y su trabajo deben estar por encima del capital, por encima de los intereses económicos y del beneficio. Por ello afirma que debe promoverse una economía que favorezca la diversidad productiva y la creatividad empresarial (129), para que lo humano prevalezca, para que las personas estén por delante de los beneficios.

En segundo lugar hace una apuesta decidida por una economía a pequeña escala. Priorizar a los últimos, buscar una economía que cree empleo y que busque un servicio real al bien común, precisa de la diversificación de la actividad económica y de una potenciación de la creatividad que son difíciles de lograr cuando las empresas son demasiado grandes y el mercado está solamente controlado por unos pocos. La escala humana en los negocios, en las empresas, en los mercados, favorece una economía más respetuosa con el medio ambiente y la creación de empleo.

En tercer lugar insiste en una idea de la que ya habló Benedicto XVI en su mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de 2013: la necesidad de cambiar el sistema económico, consumista y productivo en el que nos encontramos. Habla de cambiar el modelo de desarrollo global (194) y para hacerlo recuerda una idea básica en la Doctrina Social de la Iglesia: que la rentabilidad no puede ser el único criterio en tenerse en cuenta (187) porque olvida la mirada global que se reclama a toda actuación económica. El principio de maximización de la ganancia, que tiende a aislarse de toda otra consideración, es una distorsión conceptual de la economía (195), ya que, entre otras cosas, solamente introduce los costes económicos, pero no los ambientales, sociales o humanos que puede provocar una actividad económica. Por ello, habla de aceptar el decrecimiento como otro modo de progreso y desarrollo (190). Ha llegado la hora de aceptar cierto decrecimiento en algunas partes del mundo aportando recursos para que se pueda crecer sanamente en otras partes (193).

Por último insiste en que No solo es necesario cambiar el modelo de desarrollo global, sino que también se precisa un cambio personal. Una modificación de nuestro estilo de vida. Precisamos de una opción personal que nos lleve a vivir de otra manera, que nos impulse a dar un sentido diferente a nuestro quehacer económico. Para ello Francisco recupera, en primer lugar, algo que proviene de la sabiduría tradicional (y también de la sabiduría cristiana), el saber que menos es más (222). Saber conformarse con poco, buscar tan solo “el pan nuestro de cada día” para lo que podemos rebajar nuestro consumo, reciclar, separar los residuos, ahorrar agua y electricidad, utilizar transporte público… (211) Hacer gala de lo que Francisco denomina austeridad responsable (214)

 
 

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Vídeo sobre “Una economía que mata”

Aquí tenéis un breve vídeo en el que presento mi nuevo libro

 

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Una economía que mata. El papa Francisco y el dinero

Ya está en las librerías mi último libro: Una economía que mata. El papa Francisco y el dinero. Se trata de un libro de fácil lectura adecuado para cualquier público interesado en acercarse a una mirada cristiana sobre la actualidad económica. Cristianos y no cristianos encontrarán en él una denuncia de una economía que mata porque se ha convertido en un ídolo y unas propuestas que pretenden construir una economía que sirva a las personas y no que las gobierne.

Para conocer con más profundidad los puntos esenciales del libro, tenéis su índice en: https://enriquelluchfrechina.wordpress.com/una-economia-que-mata/

Además, si queréis leerlo o regalarlo y sorprender a alguien con un libro dedicado por el autor, podéis adquirirlo (cuesta 14€) on-line en http://www.railowsky.com/4060-una-economia-que-mata-el-papa-francisco-y-el-dinero-enrique-lluch-frechina-9788428828772.html o en La Llapisera de Almàssera. También podéis encontrarlo o pedirlo en cualquier otra librería.

Os animo a que lo leáis y lo regaléis.

Publicidad Vida Nueva

 
 

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Muy pronto a la venta

Se acerca el día en el que estará a la venta mi próximo libro. Lo tendréis disponible a finales de esta semana o a principios de la próxima. Por ahora os adelanto la portada y en el momento esté disponible os los indicaré.

portada libro economía que mata

 
 

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Transformar la economía desde el Evangelio. De una economía de la codicia a una economía solidaria.

El número 89 de la revista Frontera editada por el Instituto de Vida Religiosa de Vitoria, es un monográfico en el que hablo sobre cómo transformar la economía desde el Evangelio. Si os interesa, lo podéis encontrar en tiendas especializadas en libro religioso.

portada frontera

 
 

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¿Oa aburrís en Agosto? ¿Queréis algo que leer?

Aquí os paso los enlaces para que aquellos que todavía no hayáis leído alguno de mis libros, podáis comprarlos desde vuestras casas y utilizar el verano para leerlos. Además os adelanto que a finales de septiembre o a principios de octubre saldrá mi nuevo libro “Una economía que mata, el papa Francisco y el dinero” Estamos acabando la edición del mismo para tenerlo preparado para la vuelta

Portada del libro +decrec toda portada

http://www.railowsky.com/4049-mas-alla-del-decrecimiento-enrique-lluch-frechina-9788428823838.html

Portada de libro

http://www.railowsky.com/4048-por-una-economia-altruista-enrique-lluch-frechina-9788428822183.html

 

 

 

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Lectura de verano: Introducción a la Ética Familiar

Os recomiendo para este verano la lectura del último Cuaderno de ética en clave cotidiana: Introducción a la ética familiar

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En él encontraréis claves sobre la ética familiar cristiana desde el vaticano hasta el momento. Os servirá para entender mejor la evolución de la Iglesia en este tema desde los años de este concilio hasta la actualidad y adentraros en el debate del actual sínodo de la Familia.

Podéis acceder a este y los otros cuadernos en: http://funderetica.org/cuadernos/

O directamente descargaros el cuaderno en: http://funderetica.org/wp-content/uploads/2015/01/eticafamiliaonline.pdf

Totalmente recomendable

 

 

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Aportaciones a las preguntas de contenido social que D. Antonio Cañizares realizó en su última carta pastoral

Artículo publicado en la revista CRESOL, Any 16, Núm. 125, març i abril de 2015, pág: 42-43

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El pasado lunes 9 de febrero nuestro arzobispo publicó una carta pastoral que se puede encontrar en http://www.archivalencia.org/contenido.php?a=6&pad=6&modulo=37&id=11458 La carta tuvo una gran repercusión mediática y medios de comunicación locales, regionales, nacionales y algunos internacionales se hicieron eco de una de sus partes, la que se titula Fortalecer la vida de caridad en la Iglesia diocesana. La diócesis, como toda la Iglesia, tiene la opción preferencial por los pobres” en la que D. Antonio se hacía una serie de preguntas sobre posibles caminos a tomar en el campo de la acción con los más desfavorecidos.

Lo primero que me ha llamado la atención es que el documento tiene 10 páginas y el apartado que concentró toda la atención de los medios solamente es una de esas páginas. De hecho, la carta es mucho más rica en contenidos de lo que voy a comentar en estas breves líneas y aconsejo su lectura para conocer los ejes que van a orientar la actuación del arzobispo en el futuro más inmediato. El porqué solamente se concentraron en esta décima parte del documento, tiene que ver con el tema: había en este fragmento una serie de preguntas que versaban sobre la posibilidad de reservar una parte del dinero ingresado por la Iglesia para los más desfavorecidos, la utilización de espacios y edificios para obras sociales, la creación de empleo, etc.

Lo primero que llama la atención es la elevada repercusión que han tenido estas declaraciones a nivel nacional y hasta en algún medio internacional, superando claramente el ámbito diocesano para el que fue escrita. Tal vez haya sorprendido que sea un cardenal quien haya hecho estas preguntas y más si consideramos que los hechos sobre los que se pregunta son habituales en la Iglesia. Podría nombrar varias parroquias, congregaciones, particulares o grupos de personas que han cedido patrimonio a obras sociales, que dan una parte de su salario o de sus ingresos a los más desfavorecidos o que crean o mantienen empresas que emplean de una manera preferente a colectivos excluidos del trabajo.

En segundo lugar, creo sinceramente que no podemos evangelizar realmente, ni anunciar un Dios que es amor, que se hizo hombre en la pobreza y que no buscó honores humanos, si no se hacen realidad esta clase de iniciativas, si la opción preferencial por los más pobres no impregna toda la actuación de un cristiano. Es la única manera de lograr que el amor de dios se haga realidad en nuestro día a día. Dicho esto, me permito hacer una serie de sugerencias que pueden ayudar a hacer realidad y a profundizar en la respuesta a estas preguntas que formuló D. Antonio en la carta.

La primera es pasar de las preguntas a la realidad ya que el párrafo comentado se compone de nueve preguntas. No son medidas o actuaciones a realizar, sino simplemente preguntas. Esto podría parecer como un recurso literario o una manera de exponer el asunto, pero la carta pastoral tiene un total de 14 preguntas en su redacción, de ellas 9 están en este párrafo, una más en el párrafo siguiente (es decir, diez de ellas se concentran en este apartado de la caridad) mientras que en las otras nueve partes de la carta, solamente hay 4 preguntas. Por ello desde el acierto de las preguntas, creo que es preciso pasar a los hechos. No solo es cuestión de preguntarse si podemos o no hacerlo, sino de poner medidas prácticas para hacerlo. Nos hubiese gustado que al igual que en otros campos la carta pastoral aporta realidades a corto plazo, también las hubiese aportado en este campo.

En segundo lugar, creo que es esencial algo que afirma el texto: la necesidad de promover la formación en la Doctrina Social de la Iglesia en la Diócesis. Cuando imparto esta asignatura a mis alumnos de la Universidad, el desconocimiento de la misma es absoluto. No solo entre aquellos que no han recibido formación cristiana, sino también entre quienes la han recibido a lo largo de su vida. Por ello, creo que al plantear medidas en la pastoral educativa, en la pastoral juvenil, en la pastoral familiar, en la participación de los laicos, en la formación sacerdotal (campos sobre los que habla la carta pastoral) esta formación en Doctrina Social de la Iglesia debería de estar muy presente. La formación social debería ser una materia transversal a todas las anteriores. Si realmente creemos en esta necesidad de tener una opción preferencial por los más desfavorecidos, todas las medidas deben impregnarse de esta manera de actuar. En tercer lugar solamente quiero añadir que, a pesar de que la carta habla de la dimensión política de la atención a los más desfavorecidos, el tema queda simplemente nombrado, pero no es desarrollado en el resto del texto.

Resumo este breve comentario dando la enhorabuena por el planteamiento de las preguntas y animando a que se haga con estas preguntas lo mismo que se ha hecho con el resto de los temas tratados en la carta, es decir, pasar de la pregunta a los hechos y proponer: medidas que concreten este compartir, reflexión política sobre cómo organizar una sociedad para que todos sean favorecidos por ella (especialmente los últimos) y un programa de pastoral que gire en todos sus aspectos (educativo, matrimonial, juvenil, universitario, etc) alrededor de esa opción preferente por los más desfavorecidos.

 

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¿Son compatibles la economía y el cristianismo?

Conferencia impartida en la Diócesis de Valencia en la que intento contestar a tres preguntas:

1.- ¿El cristianismo tiene mensaje económico?
2.- ¿La economía y nuestra fe son esferas independientes?
3.- ¿Se refuerzan mutuamente la espiritualidad cristiana y el
quehacer económico?

Su título es: Espiritualidad cristiana, luz del trabajo y la economía

 

 

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¿Es posible poner a la persona en el centro de la economía?

Artículo publicado en el boletín 27 de la Asociación Resurgir de Huelva. Navidad de 2014, página 7

Páginas desdeREVISTA N 27 DIC. 2014 la persona en el centro de la economía

En el día que escribo este artículo, Francisco, el Obispo de Roma, ha estado hablando en Estrasburgo al Parlamento Europeo. Allí ha pedido a sus señorías que el centro de su actuación sea la persona y no la economía. No hace otra cosa Francisco que insistir en una de las ideas principales que escuchamos desde que vino a Roma para quedarse: que la idolatría del dinero es uno de los principales problemas, si no el principal, de la sociedad occidental en la actualidad. Estamos en una sociedad en la que el centro es el dinero, el afán desmesurado de lucro, el tener más como único camino para alcanzar el bienestar de las personas. Los intereses económicos, los beneficios e incrementar la tasa de ganancias, son el verdadero motor de la actuación, no solo de las personas, sino también de muchos de los gobiernos europeos (si no de la totalidad).

Francisco llega al Parlamento Europeo justo un día más tarde de que se discutiese en él una moción de censura al presidente de la Comisión de la UE, Jean Claude Juncker, justamente por una de sus actuaciones cuando era presidente de su país natal, Luxemburgo. Me refiero a los controvertidos acuerdos secretos con diversas multinacionales para lograr que pagasen impuestos en su país en lugar de en otras naciones de la UE a cambio de sustanciosos descuentos en la cuota a pagar. Un comportamiento que, aunque legal, presenta serias dudas éticas ya que supone una merma de ingresos de los países donde estas empresas trabajan y una reducción de sus posibilidades de gasto. La moción de censura no salió adelante ya que los principales grupos de la Eurocámara apoyaron a Jean Claude. ¿No resulta cuanto menos curioso que tenga que venir Francisco a decirles que pongan a la persona en el centro y no a la economía, al día siguiente de discutir sobre este tema y un día antes de que se votase?

Porque parece competir a través de rebajas fiscales para atraer a las grandes empresas no tiene como fin mejorar a las personas, no parece que esto sea poner a la persona en el centro sino todo lo contrario. En esta situación, solamente salen ganando los accionistas de la empresa y en su caso, el Estado que atrae le ofrece el descuento. Pero todos los demás salimos perdiendo, el resto de estados, el resto de contribuyentes, el resto de empresas que no logran esas rebajas y tienen que pagar todos los impuestos. Desde este punto de vista se entiende poco el acuerdo unánime de apoyar esta clase de comportamientos y justificar a quienes lo llevan adelante.

Sobre todo, porque en contra de lo que algunos afirman, la economía sí que puede ponerse al servicio de la persona. No es verdad que la economía sea incompatible con comportamientos altruistas, con la solidaridad (a la que algunos ven como amenaza para la economía). Es más, si la economía todavía funciona un poco bien, es debido sobre todo a comportamientos que podríamos calificar como antieconómicos, es decir, por aquellos que no piensan solamente en si mismos y se preocupan también por los otros y en especial por más desfavorecidos.

No hay más que pensar en qué sería de los niños si no hubiese unos padres y familiares que les pagan todo y les mantienen durante muchos años sin recibir nada a cambio (no conozco padres que cuando sus hijos trabajen les exijan la devolución de lo que en ellos han gastado). Qué sería de mucha gente sin esos padres que están utilizando su pensión para ayudar a sus hijos y nietos perjudicados por la crisis, o sin esos amigos o asociaciones que les ayudan a llegar a final de mes y a acceder a los productos más básicos que necesitan. Pero esto no solamente sucede en la sociedad en su conjunto y en los colectivos más desfavorecidos. También cabe preguntarse qué sería de una empresas si los que están allí empleados se limitasen a hacer lo que les corresponde dentro del horario estipulado: seguramente no funcionaría. Las empresas van bien en la medida que sus trabajadores ponen algo más de lo que les obliga su contrato laboral, en la medida que hacen cosas que no deberían hacer, que se esfuerzan por atender mejor a sus clientes, que pasan más horas de las que les corresponde, que se coordinan en buena armonía con otros trabajadores. Cuando encontramos trabajadores que se dedican exclusivamente a cumplir lo que pone en el contrato, lo notamos en seguida (en negativo) y lo sufrimos como clientes o como compañeros.

Y ahora pensemos sobre qué clase de comportamientos económicos nos han traído a esta crisis y hacen que se siga ahondando en ella. No son precisamente comportamientos en los que se está poniendo a la persona en un lugar preponderante, sino todo lo contrario. No hay más que recordar las hipotecas basura que se prestaban a unos altísimos tipos de interés a personas que no iban a poder devolver el dinero, o las clasificaciones de productos seguros a instrumentos financieros que luego demostraron no serlo, o las altas indemnizaciones o salarios a directivos y miembros de consejos de administración mientras se pagan bajos salarios a trabajadores o se despiden a algunos a pesar de que la empresa tiene beneficios. Estas y muchas otras son prácticas que se engloban dentro de lo que se denomina racionalidad económica pero que están detrás de muchos de los problemas que presenta nuestro quehacer económico en la actualidad.

Por lo tanto, si comportamientos de fuera de la lógica económica actual son los que palían los problemas económicos que tenemos y los que están en la lógica actual los acrecientan ¿A qué esperamos a cambiarlos? ¿Por qué tanta reticencia a poner a la persona en el centro de la economía? ¿A quién interesa que esto no cambie?

 

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Dios se humanizó con sencillez

Artículo publicado en la revista ICONO, año 116, nº 1, Enero 2015, pág: 14 y 15

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Acaban de pasar las fiestas navideñas. Espero que quienes me leéis lo hayáis pasado muy bien. Haya sido un momento especial para vosotros en el que no solo hayáis descansado de la rutina laboral, de las preocupaciones que nos lleva el día a día, y hayáis compartido tiempo con vuestros seres queridos, sino que también os haya servido para crecer en el amor y en la sabiduría, para recordar cosas que todos los años son iguales pero que nos sirven para renacer, para recrearnos y para ser mejores día a día. Yo he decidido suspender momentáneamente los artículos sobre la educación de los niños para hacer una reflexión económica sobre la humanización de Dios. Es decir, sobre cómo Dios decidió hacerse hombre para decirnos que no debíamos verlo en los altares, en las riquezas, en los ritos o en las leyes, sino en el prójimo, en el amor a quien tenemos al lado, en ser cada día más y más humanos.

Dios decide hacerse hombre en Belén

Así, cuando Dios decide hacerse hombre no piensa en llegar a la tierra en Roma. Tal vez hubiese sido una decisión más racional desde el punto de vista humano. Roma era la capital del principal imperio del momento, el lugar en el que más poder se acumulaba. Bien relacionado allí, podría haber hecho una labor de difusión y de captación de seguidores rápida y efectiva. Además, si hubiese decidido hacerse hombre en la familia del emperador o de alguno de los grandes senadores o militares romanos, las influencias y los contactos habrían logrado un avance espectacular del cristianismo, hubiese sido la religión del imperio muchísimo antes. Sin embargo nada de esto fue así, se fue a nacer a un pueblucho de un lugar en el margen del imperio. Un lugar de donde no podía salir nada importante, donde nadie en su sano juicio hubiese querido nacer en aquel entonces.

Dios decide hacerse hombre en una familia humilde

Dios también hubiera podido escoger nacer en el seno de una familia pudiente. Desde nuestro punto de vista hubiese sido una elección racional. Le hubiese garantizado unas condiciones higiénicas excelentes, una infancia sin estrecheces, una aceptación social inmediata y un nivel de vida suficiente para no tener que trabajar durante sus años mozos. Sin embargo, Dios escogió una familia humilde. Una familia sin grandes medios, sin demasiados fondos, que tiene que viajar con lo que tiene, que no puede garantizar a la madre una atención sanitaria en el parto, que no le puede dar una vida regalada.

Dios decide hacerse hombre en una familia marginada

Si por lo menos, Dios, en un alarde de no sabemos qué, no se quiso hacer hombre en una familia rica, al menos podría haberlo hecho en una familia de buena reputación, en una familia aceptada por aquellos que les quieren y que estuviese plenamente integrada en sus ambientes cotidianos. Sin embargo, Dios escoge una familia marginada, una familia rechazada por los suyos que no comprenden que María esté embarazada, que no comprenden que José no la haya repudiado como debería haber hecho en un caso así, que por ello no los aceptan. Es ese el motivo por el que, a pesar de que van a Belén de donde es José originario y dónde por tanto habría familiares, conocidos y amigos, nadie los acoge, nadie se compadece de ellos, a nadie parece importarle que María esté a punto de parir. Por eso tienen que acabar en un establo y cuando llega el momento del alumbramiento nadie les visita, ni los conocidos, ni los amigos, ni los familiares. Todos saben que están allí (es una pequeña aldea, todo el mundo sabe todo de todos) pero nadie quiere ni acercarse, es un nacimiento ilegítimo, son una familia marginada. Solamente los pastores, los que duermen fuera de la aldea al aire libre, los que no entienden de convencionalismos, solamente ellos visitan a los padres y a su hijo. Los que viven al margen de la población son quienes se compadecen de esa familia y comparten la alegría de un nacimiento con ellos.

Y nosotros ¿Qué buscamos?

La lógica de nuestra sociedad (que probablemente también es similar a la que se daba entonces) nos lleva sin embargo a lo contrario de lo que hizo Dios. Buscamos a los poderosos para tener más influencia, queremos juntarnos con los pudientes o queremos ser pudientes nosotros mismos para asegurarnos bienes que nos permitan vivir más holgados, queremos gozar de la aceptación de los demás y adaptamos nuestro comportamiento a lo que es habitual en el entorno en el que nos encontramos, intentamos no salirnos del raíl, no hacer cosas que puedan dejarnos al margen. ¿Es ese el camino que Dios nos muestra? Si el camino de la esperanza fuese el dinero o el prestigio ¿No cabría esperar que dios se hubiese comportado así y hubiese escogido nacer en un lugar y una familia diferente? Creo que la reflexión sobre cómo Dios se hizo hombre en Belén y escogió a José y María como progenitores, nos puede ayudar a comenzar este 2015.

 

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La Economía desde la “Evangelii Gaudium”

Monográfico publicado en la revista Noticias Obreras en el Nº1560, de Junio de 2014, en las páginas 19-26

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Las riquezas de la Iglesia

Artículo publicado en la revista ICONO, año 115, nº 9, Octubre 2014, pág: 10 y 11

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Este verano, en un encuentro de laicos en el Espino, mantuve dos conversaciones que me iluminaron para la reflexión que hoy propongo a aquellos lectores que les haya atraído el título y se estén adentrado en estas breves líneas. Una fue con Pedro Guembe en un autobús y la otra con Ángel Garví mientras comíamos. Aunque fueron dos conversaciones bien distintas, ambas incidieron en uno de los temas más criticados de la Iglesia: su patrimonio y sus propiedades, eso que algunos denominan “las riquezas de la Iglesia” y que parecen incompatibles con la pobreza evangélica que la Iglesia predica.

Un considerable patrimonio

Existe un hecho ineludible lo mires por donde lo mires: las instituciones católicas tienen una cantidad significativa de propiedades que conforman su patrimonio (o sus riquezas). A pesar de los momentos de la historia en los que este patrimonio se ha visto mermado o reducido (expulsiones de congregaciones, desamortizaciones, persecuciones, guerras, etc.) y que han hecho que ahora sea mucho menor que en siglos pasados, se sigue contando con bienes muebles e inmuebles de gran valor y en una cuantía que puede parecer elevada a un observador externo.

¿Qué problema hay en ello?

Algunos se preguntan que cuál es el problema de tener estos bienes. La Iglesia tiene bienes que necesita para su labor, los cuida, los utiliza y los pone al servicio de sus fines al igual que hace cualquier institución. Además, como sabe cualquiera que tiene propiedades, éstas no solo son una posible fuente de riqueza, sino una fuente segura de gastos. El mantenimiento de muchas de estas propiedades supone un agujero constante en las finanzas de cualquier institución. Mantener este enorme patrimonio (histórico en muchos casos) supone un esfuerzo económico enorme.

La mirada crítica ante la propiedades de la Iglesia proviene de que esto parece incompatible con un Dios que se hace hombre en Jesús y que pasa por la tierra juntándose con los más pobres y excluidos de la sociedad judía de su tiempo. Con un Jesús al que no se le conocen propiedades y que le dice al hombre rico que para entrar en el reino de los cielos tiene que vender todas sus riquezas y seguirlo. Una Iglesia que predica una opción preferencial por los pobres y el amor desprendido como el ideal de vida. Todo ello provoca una aparente contradicción entre los hechos y el mensaje que predica la Iglesia.

Gestión económica del patrimonio

Además de lo ya nombrado, con frecuencia, las instituciones eclesiásticas dueñas de estas propiedades las utilizan para lograr rendimientos económicos. Con ello, antiguos monasterios se han convertido en hoteles o casas de huéspedes, edificios céntricos se alquilan a empresas o a particulares y podríamos nombrar muchas otras modalidades que permiten lograr unos ingresos que revierten en los dueños de este patrimonio. Muchos de estos ingresos están destinados en exclusividad al mantenimiento de las propiedades, y otros son utilizados para los fines propios de la institución eclesial. Pero esto tiene el peligro de que sacerdotes o religiosos se conviertan en simples gestores, es decir, en personas que se dedican a la gestión empresarial en lugar de dedicarse a la pastoral y el anuncio de la buena nueva, qué es a lo que aparentemente se deberían dedicar.

Creo que destinar el patrimonio de la Iglesia solamente debe ser utilizado para fines exclusivamente económicos cuando se vea necesario y siempre cumpliendo las siguientes pautas: que los ingresos generados sean destinados al mantenimiento de las propiedades y a los fines de las instituciones y no se utilicen para acumular por acumular, que las actividades económicas sean útiles para la sociedad y aporten valor a las personas que los utilizan y, por último, que la gestión de la actividad económica priorice a las personas y sea un ejemplo de cómo administrar empresas con otros valores.

El patrimonio como don

Pero opino que lo más importante de la gestión de los bienes de la Iglesia no se juega aquí, sino en tener claro que están llamados a estar al servicio de todas las personas y en especial de los más desfavorecidos. Los locales parroquiales, los edificios de la Iglesia, los mismos templos, deben ser un don para la sociedad, un regalo que se ofrece a todos sin excepción, porque Dios ama a todos y regala a todos su amor, sin tener en cuenta su condición social, su color, su sexo, su nacionalidad o su religión. Aquellos que, como Ángel o como yo, hemos estudiado en los locales parroquiales, nos hemos encontrado allí con los amigos y los hemos vivido como nuestros, no podemos más que estar agradecidos porque allí hemos aprendido qué es vivir la gratuidad y el don. Por ello, creo que la reflexión más importante que se puede hacer sobre este tema es preguntarse si los bienes de la Iglesia son, en estos momentos, un regalo para la sociedad, para los jóvenes, para los mayores, para los pobres, para los inmigrantes. ¿Lo son? Y en segundo lugar actuar en consecuencia, dar sin esperar nada a cambio, ofrecer nuestras “riquezas” para que también lo sean de los otros, abrir las puertas de nuestro patrimonio, ser testimonio de un amor de Dios que es don gratuito, de una Iglesia que da lo que tiene y lo pone al servicio de los demás.

 

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La dimensión social de la evangelización

Artículo publicado en la revista ICONO, año 115, nº 6, Junio 2014, pág: 12 y 13

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No podemos cerrar esta serie de artículos sobre la “Evangelii Gaudium” sin referirnos a una parte que, aunque su contenido no es explícitamente económico, sf que tiene una relación importante con cuestiones económicas.

EVANGELIZAR ES HACER PRESENTE EN EL MUNDO EL REINO DE DIOS

Esta es la primera frase del cuarto capítulo de la exhortación que se titula “la dimensión social de la evangelización”. En él se incide en una idea que ya ha sido resaltada por otros docu-mentos de la Doctrina Social de la Iglesia, en especial por parte de Benedicto XVI que en Caritas in Veritate, 15, dijo: “El testimonio de la caridad de Cristo mediante obras de justicia, paz y desarrollo forma parte de la evangelización, porque a Jesucristo, que nos ama, le in-teresa todo el hombre”. Francisco incide en la misma idea y nos dice en el párrafo 176: “si la dimensión social no está debidamente explici-tada, siempre se corre el riesgo de desfigurar el sentido auténtico e integral que tiene la misión evangelizadora” y en el 178 insiste, como ya hizo en su momento Pablo VI: “Desde el corazón del Evangelio reconocemos la íntima conexión que existe entre evangelización y promoción humana, que necesariamente debe expresarse y desarrollarse en toda acción evangelizadora”. En esencia, nos está diciendo que no podemos evangelizar sin un compro-miso social que lleve a la promoción del ser humano y a la mejora de la sociedad en la que vivimos.

LLAMADOS A TRANSFORMAR EL MUNDO

“Una auténtica fe -que nunca es cómoda e individualista- siempre implica un profundo deseo de cambiar el mundo, de transmitir valores, de dejar algo mejor detrás de nuestro paso por la tierra… Todos los cristianos, también los Pastores, están llamados a preocuparse por la construcción de un mundo mejor”, dice el Papa en el n° 183. El anuncio de la Buena Noticia de Jesús resucitado, precisa de cristianos comprometidos en el cambio social, en la construcción de un mundo en el que reine la caridad, en el que se -busque la ju-sticia por· encima de cualquier otra consideración, que esté al servicio de las personas y no de otra clase de intereses. Esta llamada a transformar el mundo es también preceptiva en los asuntos económicos. No puede entenderse una orga-nización social sin que la economía ocupe su papel, que no tiene porque ser el más impor-tante, pero sí debe estar presente en cualquier mejora que queramos articular para el progreso de las personas y de la sociedad.

LA INCLUSIÓN SOCIAL DE LOS POBRES

Cuando Francisco tiene que concretar esta dimensión social de la evangelización comienza, precisamente, por un asunto económico clave: la inclusión social de los más desfavorecidos. Esta opción preferencial por los pobres es una idea nuclear del anuncio del evangelio y debe seguir siéndolo. Para llevarla a cabo, Francisco pide “una nueva mentalidad que piense en términos de comunidad, de prioridad de la vida de todos sobre la apropiación de los bienes por parte de algunos” (188). En esencia está pidiendo un cambio de sistema económico y creo que hay que insistir en que incluye esto en la evangelización. Anunciar a Jesucristo supone cambiar nuestra mentalidad, luchar por una sociedad diferente en la que desde el punto de vista económico, prime la solidaridad y la gratuidad.

Es evidente que estas ideas no son novedosas, que están enraizadas en la Iglesia desde el principio de su historia… Pero han aparecido en un segundo plano durante mucho tiempo y se han priorizado otros aspectos de la evan-gelización. Francisco no la olvida, la pone como · un capítulo de su exhortación y muestra los aspectos económicos del anuncio del evangelio. como lo prioritario en su dimensión social. Vuelve a Pablo VI para afirmar que: “Los más favorecidos deben renunciar a algunos de sus derechos para poner con mayor liberalidad sus bienes al servicio de los demás”.

Para hacer realfdad este compromiso social, Francisco insiste en que la reducción de las desigualdades es una cuestión clave sin la que no podemos evangelizar. Por ello indica, con una claridad que creo no necesita co-mentarios, que “Mientras no se resuelvan radicalmente los problemas de los pobres, re-nunciando a la autonomía absoluta de los mercados y de la especulación financiera y atacando las causas estructurales de la inequidad, no se resolverán los problemas del mundo y en definitiva ningún problema. La in-equidad es raíz de los males sociales. La dignidad de cada persona humana y el bien común son cuestiones que deberían estructurar toda política económica” (202-203). Buscar una organización económica diferente es parte esencial de la evangelización.

 

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No a la inequidad que genera violencia

Artículo publicado en la revista ICONO, año 115, nº 5, Mayo 2014, pág: 12 y 13

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Este es el último artículo en el que voy a analizar la parte económica de la exhortación apostólica Evangelii Gaudium que escribió Francisco, el obispo de Roma, el pasado otoño. Como todos los anteriores lo he titulado con la misma frase que tiene el capítulo que voy a analizar del susodicho documento.

En esta ocasión, el tema tiene una gran importancia, especialmente en un país como el nuestro en el que las desigualdades se han incrementado tanto a lo largo de esta crisis. Lo es más si pensamos que, a pesar de que la pobreza es tenida en cuenta (aunque no siempre) a la hora de plantear las políticas económicas, el tema de las desigualdades no suele estar en la agenda económica. Los responsables políticos no suelen darle la debida importancia. Es más, algunos piensan que un incremento de las desigualdades no solo no es malo, sino que puede llegar a ser positivo porque incentiva a los que están peor a querer estar mejor y ello es un acicate para generar dinamismo en la sociedad.

La desigualdad puede generar violencia

Parece evidente que Francisco no está de acuerdo con este análisis. La inequidad es un grave problema al que hay que hacer frente. El hecho de que las desigualdades sean grandes puede provocar estallidos de violencia y descontento. No solo porque los que están más perjudicados puedan intentar cambiar su papel y sus protestas puedan llegar a niveles no deseados de violencia, sino porque aquellos que tienen más, para mantener su diferencia y no ver comprometido su nivel de vida superior, pueden ejercer violencia preventiva que intente evitar la pérdida de sus privilegios. De este modo, ya sea porque quienes están peor intentan mejorar y ven sus vías naturales para hacerlo cortadas, o porque quienes están mejor quieren mantener su estatus y no ven otro camino para hacerlo que ejercer violencia para conseguirlo, el mantenimiento o el crecimiento de las desigualdades es un caldo de cultivo propicio para las situaciones violentas.

La desigualdad es una situación injusta

Pero Francisco va más allá del análisis de las posibles consecuencias de la situaciones de desigualdad para afirmar que estas son, en si mismas, injustas. No se trata, pues, de situaciones que incentivan a quienes están peor (que con mucha frecuencia se ven sobrepasados por las desigualdades y en lugar de verse incentivados, se ven oprimidos por ellas y consideran que les va a ser imposible salir del lugar de exclusión en el que están) sino de situaciones injustas que transmiten su maldad intrínseca de una manera sutil y silenciosa. La desigualdad es lo que podríamos denominar una “estructura de pecado”, que justifica la diferencia y que no avanza hacia un futuro mejor. Una sociedad marcada por las desigualdades no está al servicio de todas y cada una de las personas y deja a un lado a los excluidos, a los sobrantes, que no pueden gozar de las ventajas y de las riquezas que se generan en la misma. Por ello, reducir las desigualdades no es solo una medida preventiva contra la violencia y contra los problemas sociales, sino que es también parte de la lucha contra las injusticias y de la construcción de una sociedad mejor en la que todos podamos desarrollarnos como personas.

¿Quienes son los responsables?

Ante estas situaciones de desigualdad Francisco denuncia que algunos piensan que son quienes están peor los responsables de su situación. Se trata de quienes piensan que si alguien está en el paro es porque algo habrá hecho mal, que si alguien no gana más es porque no es buen trabajador o que si un país es pobre no se puede culpar a otro más que a él mismo por no haber aprovechado las oportunidades que la globalización le ofrece… Esto no es más que una justificación imovilista de la desigualdad y de la injusticia. Un argumento que busca que no se proteste ante esta situación, que no se intente cambiar nada, que quienes están peor no denuncien su situación de exclusión…

No alimentar la indiferencia

Por todo ello, cuando vemos las cifras que nos muestran el incremento de las desigualdades en nuestro país, no podemos quedar indiferentes, no debemos mirar hacia otro lado. Una sociedad en la que la clase media está reduciendo su importancia y en la que las diferencias entre los más ricos y los más desfavorecidos se incrementan, es una sociedad enferma que no tiene visos de sostenibilidad a largo plazo. Por ello, necesitamos afrontar con valentía los desafíos que nos presenta la inequidad. Precisamos de políticos que no miren hacia otro lado, de empresarios que se preocupen por los ingresos de sus trabajadores, de un sistema económico que potencie la reducción de las desigualdades y no fomente el crecimiento de las mismas. Las desigualdades deben ponerse en el centro del debate económico.

 

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No, a un dinero que gobierna en lugar de servir

Artículo publicado en la revista ICONO, año 115, nº 4, Abril 2014, pág: 12 y 13

 

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Como vimos en el anterior artículo de esta serie, el dinero no es un problema en si mismo. Se trata de un instrumento que hemos creado los humanos para poder facilitar los intercambios, para poder llevar adelante de una manera más sencilla nuestras actividades económicas. Una sociedad sin dinero, una sociedad en la que todo se limitase al trueque, sería una sociedad muy limitada, en la que no podríamos hacer gran parte de las actividades económicas que nos son útiles para la vida. De hecho, la mayoría de las estructuras de trueque que existen en estos momentos en muchas ciudades de nuestro país, utilizan alguna clase de dinero, como la equivalencia en horas trabajadas, vales intercambiables, etc. El dinero no es, pues, un problema en si mismo. Lo es cuando existe un excesivo amor al dinero que hace que este sea quien gobierna en nuestras vidas y en nuestra sociedad y de esto habla Francisco en este apartado.

Si el dinero gobierna los valores de referencia cambian

El hecho de ser un instrumento útil para la sociedad, un elemento que nos facilita la vida, quiere decir que necesitamos un dinero que esté a nuestro servicio. Por ello, el dinero tiene que ser utilizado con criterios éticos y no adaptar los criterios éticos a la búsqueda de más dinero. Francisco constata, por el contrario, que ante el gobierno del dinero, la ética parece ser molesta. Con frecuencia escuchamos que las empresas no son ONGs, que una cosa son los criterios éticos que nos sirven para solucionar los elementos de nuestra vida y otra son los criterios que hay que utilizar en la economía para poder ganar más… Es muy habitual encontrar a personas que utilizan unos criterios diferentes para su vida y para sus actividades económicas, no solo entre los no cristianos sino también entre los cristianos. Algunos de estos últimos intentan, de buena fe, aplicar los valores cristianos de la bondad, la solidaridad y el amor en su comportamiento diario y en la práctica totalidad de sus actividades cotidiana mientras que, en los asuntos económicos, sus criterios son diferentes y es el dinero el que gobierna sus actuaciones de manera que ven imposible aplicar los mismos valores que en su vida diaria.

La ética es molesta a la economía del beneficio

Por ello Francisco avisa sobre el peligro de poner la economía al servicio del dinero. Tal y como ya hizo Benedicto XVI en su Encíclica Caritas in Veritate, nos alerta sobre la absolutización del mercado. Cuando este es el único criterio de actuación y todo se tiene que hacer por y para él, la ética es una molestia y los criterios que utilizamos para nuestra vida aparecen como peligrosos, sospechosos y contraproducentes desde un punto de vista exclusivamente economicista. El mundo económico se muestra así, con frecuencia, como enemigo de la ética, enemigo de los criterios cristianos de actuación, enemigo del bien común, enemigo de la solidaridad o de la gratuidad… Todo esto es sospechoso a los ojos de la economía y quienes utilizan estos criterios para las actividades económicas aparecen o bien como ignorantes o ingenuos, o bien como personas que están yendo en contra del interés general…

La alternativa ética

Ante esta opción Francisco anima a que introduzcamos la ética en la economía. A que el dinero se ponga al servicio de la sociedad (como debería ser su verdadera vocación) avisando de que no compartir con los pobres es similar a robarles. Por ello realiza un llamamiento a introducir en la economía la solidaridad, la ayuda a los pobres, la promoción del más desfavorecido, la economía debe estar al servicio de este objetivo y ponerse decididamente del lado de quien peor lo pasa. Al final, hay que tener en cuenta lo que magistralmente dijo Benedicto XVI en el número 36 de su Encíclica Caritas in Veritate: “no sólo no se pueden olvidar o debilitar los principios tradicionales de la ética social, como la trasparencia, la honestidad y la responsabilidad, sino que en las relaciones mercantiles el principio de gratuidad y la lógica del don, como expresiones de fraternidad, pueden y deben tener espacio en la actividad económica ordinaria. Esto es una exigencia del hombre en el momento actual, pero también de la razón económica misma. Una exigencia de la caridad y de la verdad al mismo tiempo”

Animar a los políticos a ser valientes

Francisco no es un iluso o un insensato. Sabe que para un cambio de esta índole se necesitan políticos valientes, que superen la gran cantidad de obstáculos que tiene esta manera de entender la economía y que tengan una clara visión de futuro. Por ello anima a aquellos que tengan puestos de responsabilidad a afrontar este reto con energía, determinación y realismo. Por ello exhorta a todos “a la solidaridad desinteresada y a una vuelta de la economía y las finanzas a una ética en favor del ser humano”

 

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