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Trabajo y relación en el siglo XXI

10 Abr

Os invito a la conversación que vamos a tener el próximo domingo 12 de Abril entre las 18:00 y las 19:00. Os recuerdo que no es necesario que hayáis venido a las anteriores para asistir a esta. Ni tampoco que volváis a participar en otra futura. Podéis incorporaros a la que queráis sin necesidad de presentaros ni de cumplir ningún requisito. Es entrada libre y podéis invitar a quien queráis.

Esta vez vamos a hablar del trabajo remunerado, algo que nos afecta a todos, y de cómo las tecnologías y los sistemas de producción y comercialización le afectan en este siglo XXI.

El enlace de las conversaciones de domingo es: https://eu.bbcollab.com/guest/48b289d30a1741f7b177fd0c9fbf19f4

Aquí tenéis el breve artículo por si queréis preparar la conversación o no vais a venir.

Trabajo y relación en el siglo XXI

En esta ocasión vamos a realizar una breve reflexión sobre las transformaciones en el mundo del trabajo y en el funcionamiento de las empresas en el principio de un siglo en el que siguen dándose nuevas tecnologías que permiten automatizar muchos procesos productivos, de comercialización y de comunicación. Porque el avance tecnológico no es nuevo y la sustitución de determinados empleos por la utilización de máquinas lleva dándose desde hace al menos dos siglos. Este proceso no llega solo, sino que con frecuencia viene acompañado de cambios en la organización empresarial, en el proceso productivo o de comercialización, que refuerzan el efecto negativo sobre el empleo que tienen los avances tecnológicos.

Hasta el momento, la reducción de determinados empleos por la mecanización, especialmente en el sector industrial, ha venido acompañada por la creación de empleos en otros sectores, que no solo han compensado la reducción causada por los avances tecnológicos, sino que los han compensado con creces dándose una creación neta de empleo. Esto ha supuesto, históricamente, que se han reducido trabajos repetitivos, poco especializados, en los que la capacidad de mejora o de superación de las personas que los realizaban estaba limitada y que estaban escasamente pagados, por otros más cualificados, mejor remunerados y en los que las personas podían verse más estimuladas.

Al mismo tiempo, el crecimiento del tamaño de las empresas potenciado por estas tecnologías y por estos nuevos sistemas de producción y comercialización derivó en un incremento importante de los trabajadores por cuenta ajena. Aquellos que trabajaban para sí mismo en pequeños talleres, en sus propios negocios, se redujeron paulatinamente en un proceso que no ha cesado. Sirva como ejemplo que entre 2002 y 2020 el porcentaje de asalariados en España ha pasado de ser un 80,71% a un 84,37% y esto a pesar de la fuerte campaña de promoción que ha experimentado el emprendedurismo en estos últimos años.

Este trasvase que durante muchos años ha resultado positivo debido a que las empresas podían garantizar un trabajo estable, un salario superior, una seguridad social que mejoraba la conseguida si se trabajaba por cuenta propia y unas condiciones de trabajo menos gravosos para la salud de las personas, parece que no se está dando en estos momentos. Una parte importante de los nuevos trabajos que se están creando son menos cualificados, más precarios, con unos salarios inferiores, menos motivadores porque no necesitan una alta cualificación y con una presión para alcanzar la productividad necesaria que los convierte en poco estimulantes para quienes los tienen.

El hecho de que muchas empresas se estructuren de modo que estandarizan los puestos de trabajo al extremo para lograr que cualquiera los pueda realizar sin ninguna formación y que sea fácil sustituir a cualquier empleado con rapidez (es el modelo que introdujeron las cadenas de restaurantes de comida rápida y que se ha extendido también a otros sectores) no hace más que colaborar en que estos nuevos puestos tengan menor calidad que aquellos a los que sustituyen. Podemos encontrarnos en el primer momento de la historia en el que los avances tecnológicos no están creando unos mejores empleos, sino que están empeorándolos.

Esto se da, también, porque las tecnologías no solo están sustituyendo empleos que eran mecánicos, repetitivos y poco estimulantes, sino que está sustituyendo empleos en los que el componente relacional y la cualificación de la persona que los realizaba eran elementos clave. Esto se está dando en la producción y comercialización de muchos productos y como ya hemos dicho, no depende solamente de la tecnología, sino también de los sistemas de organización empresarial y de las maneras de vender.

El modelo tradicional se basaba en la relación y en la confianza. La imposibilidad de saber sobre todos los temas y de controlar todas las cuestiones a las que tenemos que hacer frente en nuestro día a día, hacía que depositásemos nuestra confianza en el dependiente de una tienda, en la directora de nuestra oficina bancaria, en el profesor de nuestros hijos, en la técnico que nos reparaba nuestro automóvil o el electrodoméstico que se nos había estropeado, en el camarero del restaurante o del bar al que vamos a tomarnos algo, o en la tendera del mercado semanal de nuestra localidad. El intercambio económico conllevaba una relación con otras personas que sabían más que nosotros sobre sus mercancías o servicios y en las que confiábamos para que nos aconsejasen cuál era la mejor opción para nosotros.

Sin embargo hoy, somos nosotros los responsables de buscar la información y conseguirla por nuestros propios medios. No solo en los supermercados en los que solo nos relacionamos con los estantes para escoger aquello que creemos que ajusta mejor con lo que necesitamos, sino también en otra clase de negocios en los que tenemos que buscar nuestra propia información para saber qué comprar o qué no comprar. La situación tranquila que teníamos con anterioridad en la que la confianza en los otros nos permitía utilizar nuestro tiempo para disfrutar de nuestras aficiones, del descanso o de cualquier otra actividad placentera porque no nos preocupaban estos temas sabiendo que alguien ya nos daría la información, se convierte en necesidad de tiempo para informarnos por nosotros mismos, para realizar las gestiones que antes realizaban en las empresas a las que le comprábamos, para buscar productos en unas pantallas que tienen una capacidad de exposición a la vista mucho más limitada que la estantería de cualquier tienda, para hablar con máquinas que no nos entienden y que retrasan que podamos hablar con quien nos puede solucionar el asunto por el que llamamos por teléfono, etc.

Una de las claves de la información es que desconfiamos en unas empresas de las que pensamos que solo pretenden ganar más dinero con nosotros y no establecer una relación de mutualidad en la que ambos ganamos. Por ello es mejor buscar la información por nuestra cuenta para evitar ser engañados. Desconfiamos de quien dice ser egoísta, de quien solamente piensa en sí mismo. La actividad económica se despersonaliza, ya no hace falta relacionarse con otras personas, las máquinas son más útiles ahora, porque ya no precisamos de asesoramiento, del otro que me ayuda. El “hágaselo usted mismo” del que hablábamos en la anterior sesión también se traduce en “infórmese usted mismo”. Así, el trabajo cualificado de quien atiende al cliente, de quien conoce para ayudar, ya no es necesario, la tecnología lo puede sustituir.

No voy a insistir aquí sobre los ahorros de costes que esto puede suponer y como esto repercute en un incremento de los márgenes de beneficio para los propietarios o en la posibilidad de poner el bien más barato manteniendo los beneficios y así poder incrementar las ventas. Pero sí que quiero remarcar que el intercambio económico deja de vivirse como una excusa para la relación, como un momento de la vida en el que converso con otra persona, en el que confío en ella, en el que, a fin de cuentas, vivo. Porque la vida se compone de relaciones, unas más profundas, otras menos, pero somos seres relacionales y una vida plena está basada, precisamente, en esto, en convivir, de estar con otros, en relacionarse con los demás.

Si miramos todo esto desde la lógica del crecimiento económico, de la legitimidad de la búsqueda de beneficios por parte de las empresas o del máximo bienestar por parte del consumidor, todo parece lógico e inexorable (si no tienes en cuenta, claro está, que el consumidor es a su vez el asalariado y sin una remuneración suficiente difícilmente va a poder comprar algo). Por ello tenemos que cambiar la mirada. ¿Qué es lo importante de las empresas, del sistema productivo? ¿Qué nos lleve a tener más entre todos? ¿O que nos permita a todos vivir dignamente en él? ¿O que nos dé unos servicios buenos para cubrir nuestras necesidades? ¿O que potencie y mejore la sociedad en la que se asienta? Solo un cambio de mirada nos puede llevar a plantearnos otras maneras de organizar nuestra economía.

Creo que hay un hueco importante de mercado para aquellas empresas que se basen en la confianza y en relacionarse con sus clientes, para aquellos que vivan su labor empresarial como una manera de colaborar con aquellos que les compran sus servicios o productos. Pero no solo esto, creo que debemos pensar qué clase de sociedad queremos y qué clase de empresas preferimos. Por poner un ejemplo, ¿preferimos ponernos la gasolina nosotros mismos para ahorrarnos unos céntimos (no siempre se ahorran) y que así los dueños tengan un margen de beneficios mayor? ¿O preferimos que nos pongan la gasolina sabiendo que así se está creando empleo y que no tenemos que ensuciarnos las manos ni estar haciendo esa labor?

Podría hacer muchas más preguntas, pero este elemento social de los negocios es una cuestión sobre la que tenemos que preguntarnos. Porque solo a partir de la pretensión de potenciar a aquellas empresas que tienen un planteamiento no centrado en exclusividad en el beneficio, podremos comenzar a pensar en medidas para hacerlo. Muchas de ellas ya las hemos nombrado aquí, pero van desde la transparencia, el consumo responsable, la discriminación fiscal, criterios sociales en las compras públicas, el cambio de planteamiento empresarial, etc.

 
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Publicado por en abril 10, 2020 en Actualidad económica, trabajo

 

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