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La Solidaridad (esa palabra con mayúsculas)

06 Abr

Artículo publicado por el Boletín nº 31 de Navidad de 2016 de la Asociación Resurgir (Pág:12-13)

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Mucho se habla de la solidaridad, es un tema recurrente en ambientes concienciados por ella, pero también en ambientes que no necesariamente la ven como algo positivo. Sin embargo, existen ideas falsas de solidaridad que distorsionan el prestigio de una palabra que puede haberse desgastado para algunos. Solidaridad no es cualquier cosa. Algunos la consideran un simple sentimiento, otros piensan que se da cuando gente que comparte alguna característica se une para luchar por sus propios intereses o contra sus enemigos comunes, otros la ven como un sentimiento que va desde quienes pueden a quienes lo tienen peor para poder ayudarles a mejorar… Pero no, la solidaridad es algo más. La solidaridad, en una primera instancia, es una exigencia ética. No se trata de una moda, de algo que hago porque lo siento así, sino de una opción ética, de una manera de comportarse que elegimos libremente y que determina nuestro modo de actuar y nuestra manera de ser. La solidaridad es una opción que nos anima a prestarnos ayuda mutua, a saber que nuestra felicidad depende no solo de lo nuestro, sino de lo que le sucede a los demás. Soy más feliz en la medida que los otros lo son también. Es la conciencia de que todos somos responsables de todos. Mi opción ética me lleva a ligar mi destino y mis actuaciones a las de las demás personas, a saber que no vivo solo, sino en sociedad y que lo que les sucede a los otros también es de mi incumbencia.

Para profundizar más en este concepto hay que describir los elementos que tiene la solidaridad. El primero es el elemento compasivo. Ser compasivo es intentar empatizar con el otro, saber ponerse en su piel para comprenderlo. Solamente si intentamos pensar, sentir o estar como la persona que tenemos a nuestro lado, podremos ser solidaria con ella. La solidaridad comienza en la empatía, en ser el otro, en sentirse como el otro. Pero no se queda ahí, tenemos que reconocer a ese otro como persona, como igual a mi, con la misma dignidad que yo, con el mismo valor que yo. Lo que la otra persona me aporta es tan valioso como lo que yo puedo aportar, no se puede ser solidario desde la superioridad, desde el estar por encima del otro, solamente se puede ser solidario si estamos a su mismo nivel. Por último existe un elemento de universalización. Todos somos responsables de todos. Ello implica una opción por el bien común y una superación del egoísmo para la transformación de la realidad social y de aquellas estructuras que están perjudicando a los que son más débiles. Solamente en la medida en que somos conscientes de que la construcción de estructuras justas o injustas también es cosa nuestra, que somos también responsables de lo que le sucede a todas las personas que conviven ahora y en un futuro con nosotros, podemos asumir la solidaridad en su sentido más amplio.

La consecuencia directa más clara de estos tres elementos de la solidaridad es que ser solidario supone más “estar con” que “hacer cosas por”. Si optamos por esta segunda opción estamos rompiendo con los dos elementos primeros de la solidaridad: no existe la empatía, no intentamos ponernos en la situación de la otra persona ni la reconocemos como igual, nosotros somos los sujetos activos y la otra persona solamente tiene que dejarse ayudar por quien sabe más que ella. Actuar así no es más que una solidaridad mal entendida que, con frecuencia, tampoco actúa sobre las estructuras que provocan los problemas, con lo que olvida que todos somos responsables de todos. Plantearse la solidaridad como “estar con”, nos abre a saber qué es lo que la otra persona piensa, lo que siente, nos abre a compartir desde la igualdad, a no sentirme ni mejor ni peor, a comprender y a acompañar, a construir nuevas estructuras que aborden de una manera diferente las situaciones ante las que nos encontramos, a levantar la dignidad de muchas personas que creen haberla perdido o que consideran que no la tienen.

Por todo ello, la solidaridad avanza en pos de un horizonte utópico que precisa de la construcción de un nuevo orden social más justo y solidario. Desde una comprensión crítica de la realidad que nos rodea, desde un estar con los demás desde la igualdad y la empatía, la solidaridad tiene una gran capacidad para transformar el entorno en el que nos encontramos a favor de los más débiles. Porque la solidaridad busca las causas de las asimetrías existente en nuestra realidad para intentar evitar en lo posible su reproducción. Mira el bien de todos con lo que supera los planteamientos del corporativismo para optar por un mundo de cooperación más que de competencia. Prima a los más débiles con lo que supera los planteamientos egoístas. La solidaridad sabe acompañar aquellas desigualdades que son inevitables para dar sentido a situaciones que parecen no tenerlo, pero al mismo tiempo actúa para que las desigualdades injustas desaparezcan a través de la construcción de una sociedad más justa. La persona solidaria no hace cosas por los demás, sino que está dando sentido a lo que parece no tenerlo y construyendo una sociedad más justa y más fraterna.

 

 

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