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Economía y emigración

26 May

Artículo publicado en la revista SENDAIMAG, nº 12, Abril, Mayo y Junio 2016. Pág  28-29

El fenómeno de la emigración es algo que ha existido durante toda la historia. Las personas buscan otro sitio para vivir cuando consideran que el lugar en el que habitan no les permite cumplir sus expectativas de vida (ya sea por guerras, por falta de libertad, por problemas económicos, por cuestiones climáticas, por asuntos personales…). En estos cambios de residencia se combinan dos efectos, el expulsión, que se da porque las condiciones del lugar de origen son muy malas (en el sentido que sea) y el efecto atracción (cuando el lugar de destino tiene unas condiciones mucho mejores). Cuando en el punto de partida de la emigración alguno de estos problemas se desborda o la diferencia entre las condiciones de vida entre el destino y el origen son abismales (en cualquiera de los sentidos que hemos nombrado), los flujos migratorios dejan de ser residuales para pasar a ser masivos. Ello produce lo que se vienen a denominar crisis migratorias, debido a la llegada exagerada de personas que buscan una vida mejor en una tierra que no es la suya de origen.

Es evidente que esto trae una serie de problemas añadidos a quienes reciben el flujo de personas que huyen de unas malas condiciones de vida o ansían tener unas mejores. Los países más ricos y más libres, suelen ser los principales receptores de estos flujos migratorios (aunque no los únicos) y allí es donde se muestran los problemas. Europa lleva mucho tiempo siendo receptora de estas personas que huyen de la pobreza y de las guerras. Si en otros momentos fueron España e Italia las principales vías de acceso de estas personas, ahora es Grecia la que concentra el principal número de entradas. La cuestión es la misma, aunque los caminos y las nacionalidades de aquellos que vienen son diferentes. Se está debatiendo mucho estos últimos meses (y sobre todo a raíz del acuerdo de la Unión Europea con Turquía) sobre el respeto o no al derecho internacional y sobre todo al derecho de asilo, pero opino que el debate está desenfocado ya que la cuestión está más centrada en el tema económico que en la cuestión legal.

Fueron muy claras las palabras que oí hace unos días en boca de uno de los representantes políticos españoles con puestos de responsabilidad en una de las puertas de entrada de la inmigración en España, Melilla: “no podemos acoger a todos los que quieren venir porque eso pone en peligro nuestro nivel de vida”. Es decir, la cuestión clave de la inmigración no es si se tienen derechos o no, sino lo económico. En unas sociedades en las que lo económico no solo está sobrevalorado, sino que actúa como un auténtico ídolo, como un Dios al que hay que subordinar todo lo demás, cualquier cosa que pueda sospecharse que va en contra del crecimiento económico, de la renta per cápita de la que gozamos en este momento, debe ser evitada. Lo primero es mantener nuestras condiciones de vida, todo debe ser subordinado a ello.

Por ello, el nivel económico de los países ricos es puesto por encima de todo y lo que supone el principal objetivo de una sociedad rica, se contrapone a las personas, a los seres humanos que pueden comprometer su bienestar a los que se deja morir o que vivan en unas condiciones poco dignas. Se plantea entonces un dilema que está en el fondo de todo el debate: si llegan los refugiados o los inmigrantes, nuestras condiciones de vida bajan. Como esto último es lo prioritario, nuestra política debe basarse en rechazar esos flujos de personas, en que no entren. Los países ricos tiene esto como eje principal de actuación y como criterio prioritario a la hora de elegir su política migratoria.

Independientemente de que la afirmación inicial sea cierta, es decir, de que la llegada de inmigrantes tenga que suponer una bajada de la renta per cápita de los receptores (conocemos experiencias históricas en las que esto no ha sido así como los inmigrantes republicanos en México, la inmigración en EE.UU., en Argentina o en Australia, etc.) esta es la sensación que se transmite y es la que lleva a que en la política migratoria de los países más ricos predomine la idea económica de protección.

Esta política migratoria es un ejemplo claro de cómo la preponderancia de la economía en nuestras economías provoca un descuido de valores humanos o de humanismo en nuestras sociedades. El poner la economía por encima de cualquier otro valor u objetivo, provoca que la política migratoria esté concentrada en detener flujos y no en mejorar la vida de aquellos que tienen que huir de sus países. Esto hace que las personas que emigran no sean vistas como tales, sino como un problema, que su vida deje de tener valor, que su muerte no sea importante. Como en muchos otros casos, la preponderancia de la economía nos deshumaniza y nos lleva a que la gestión económica, en lugar de servir para mejorar a todas las personas, acabe perjudicando a una parte de ellas.

 

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