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Los políticos no pactan ¿Acaso han sido educados para eso?

06 May

Artículo publicado en el periódico “Las Provincias” el 5 de Mayo de 2016 en la página 32

Los políticos no pactan

He oído en varias ocasiones durante los últimos meses que los políticos no están a la altura. Que lo que les ha pedido la ciudadanía es que pacten, pero que ellos no saben o no quieren hacerlo. Que no son capaces de renunciar a lo suyo por priorizar los intereses comunes. Que eso es lo que deberían hacer. Que para eso los votamos. Parece que en esta cuestión hay un consenso generalizado y gran parte de la población comparte esta clase pensamientos y exige a nuestros políticos que realicen el esfuerzo de pactar y de olvidarse de sus propios intereses para atender y buscar el bien común.

Sin embargo, comprendo la dificultad de llegar a estos pactos. No solo porque el consenso precisa de amplitud de miras, de mesura, de renuncia a lo propio por el bien común, de sabiduría (cosas de las que muchos piensan que carecen nuestros políticos), sino porque para buscar el consenso hay que saber hacerlo y estar acostumbrado a llegar a él, contar con las herramientas adecuadas para saber construir acuerdos entre grupos o personas diferentes. Aquí es donde se encuentra la mayor dificultad ya que nuestra sociedad no educa para ello.

Desde pequeños se nos educa para la competencia, para ser más que el otro, para el egoísmo y la consecución, tan solo, de nuestros objetivos individuales. Justificamos esto diciendo que nos encontramos en una sociedad competitiva, en la que todos intentan conseguir sus propios objetivos sin pensar en los demás, en la que o “chafas o te chafan”. El mercado, nuestra economía, la sociedad, aparece así como una “guerra” en la que solo sobreviven los mejores y aquellos que defienden de una manera más apropiada sus objetivos. Por ello los niños deben aspirar a ser los mejores de la clase, los que saquen las mejores notas, los que tienen más conocimientos. Porque esto les va a permitir lograr ese empleo mejor remunerado que le garantizará su bienestar futuro. Sus compañeros de clase, de trabajo, de barrio, no son tales, sino competidores contra los que hay que posicionarse. Si ellos sacan mejores notas, si son más espabilados, conseguirán lo que tú anhelas y te lo quitarán de las manos.

Y esto no solo lo potenciamos en la escuela, también lo hacemos en la enseñanza superior. A veces, cuando queremos enseñar a expresarse en público a nuestros alumnos universitarios, proponemos debates en los que hay que ganar al otro argumentando sobre un tema que quizás no nos convence y del que pensamos justamente lo contrario. Lo importante es utilizar la dialéctica para vencer, no para convencer o consensuar. Existen algunas instituciones académicas en las que desde el principio los alumnos saben que un determinado porcentaje va a suspender, por lo que tienen que competir con los demás para lograr no estar en el saco de los condenados a no superar el curso. Se les “prepara” así para lo que se van a encontrar en la realidad…

Y esto no solo se ve en la enseñanza sino que se traduce en la vida asociativa, en los partidos políticos, en los mercados económicos, etc. De entre todos, la dinámica de los partidos políticos es la que influye de manera más directa en el juego del poder ya que quienes intentan pactar son miembros directivos de esta clase de organizaciones. Los partidos políticos no trabajan como equipos donde prima la colaboración y la consecución de unos objetivos comunes, sino como grupos de personas que están preocupadas de medrar en su organización, de lograr subir puestos, de que sus posiciones o ideas prevalezcan sobre las otras, de que sus amigos o compañeros ocupen los lugares clave de la organización. Con demasiada frecuencia, en ellos prima la competencia, la lucha contra el adversario interno para lograr el control de la organización, para copar los puestos de dirección. Los partidos políticos, reproducen también, aquello para lo que hemos sido educados, para mejorar nuestro bienestar individual compitiendo con el otro.

Y siendo este el panorama, estando tan contentos de esta educación para la competencia, para la competitividad, para ser más que el otro, para lograr nuestros propios objetivos, ¿le pedimos a nuestros políticos que dejen esto a un lado y se pongan a pactar? Es lo que desearíamos, pero desgraciadamente no han sido educados para eso, les hemos preparado desde bien pequeños para otra cosa y es difícil luchar contra las inercias y los modos de trabajar que se llevan realizando toda la vida. Si queremos que esto cambie, podemos esperar que surjan líderes que rompan con esta inercia y que realmente tengan sentido de Estado y capacidad para el pacto, pero también podemos comenzar a cambiar las bases de nuestra educación y de nuestro sistema económico y social para educar a nuestros jóvenes en la búsqueda del consenso, en el diálogo y en la colaboración en lugar de hacerlo en la competencia. Algunos nos dirán que esto no es prepararles para un mundo de competencia en el que van a vivir, pero todo aquel que lo intenta sabe que es más difícil cooperar que competir, que se necesitan más cualidades para lo primero que para lo segundo. Quien está preparado para cooperar y sabe hacerlo, le es fácil pasar a competir. Quien está preparado para competir, difícilmente puede cooperar y fracasa frecuentemente en el intento.

 
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Publicado por en mayo 6, 2016 en ética económica

 

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