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Economía frente a personas

14 Abr

Artículo públicado en la revista ICONO, año 117, nº 4, Abril 2016, pág: 30 y 31

16_4 Si vienen, nuestro nivel de vida bajará_Página_1

16_4 Si vienen, nuestro nivel de vida bajará_Página_2

Jesús nos recordaba que aquellos que estarán a la derecha de su Padre estarán allí “ Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me disteis alojamiento; necesité ropa, y me vestisteis; estuve enfermo, y me atendisteis; estuve en la cárcel, y me visitasteis.” Y le contestarán los justos: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te alimentamos, o sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos como forastero y te dimos alojamiento, o falto de ropa y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y te visitamos?” El Rey les responderá: “Os aseguro que todo lo que hicisteis por uno de mis hermanos, aun por el más pequeño, por mí lo hicisteis.” (Mt 25, 36-40). Ante este recordatorio se sitúa una frase escuché hace poco en la radio, de boca de uno de nuestros representantes políticos: “no podemos acoger a todos los que quieren venir porque eso pone en peligro nuestro nivel de vida”

Economía versus personas

La simple escucha de estas palabras nos llevan a darnos cuenta de un dilema moral que es habitual que se plantee en nuestra sociedad y ante el que la respuesta es clara por parte de algunos. Se trata de contraponer nuestro nivel económico, lo que tenemos y de lo que gozamos, a las personas, a los seres humanos que pueden comprometer nuestro bienestar y que por ello estamos dispuestos a dejarlos morir o a que vivan en unas condiciones poco dignas. Este es el dilema que planteaba nuestro representante político en la declaración que escuché en la radio: si llegan los refugiados o los inmigrantes, nuestras condiciones de vida bajan. Como esto último es lo prioritario, nuestra política debe basarse en rechazar esos flujos de personas, en que no entren. Nuestras políticas van a tener esto como eje principal de actuación y como criterio prioritario a la hora de comparar las posibles medidas a poner en práctica.

La idolatría del dinero y la cultura del bienestar

Parece evidente que esta es una muestra más de lo que Francisco denuncia como la idolatría del dinero. El “tener más” es puesto por encima de cualquier otra cuestión, la cultura del bienestar que acompaña a esta idolatría es hegemónica a la hora de tomar decisiones. Porque lo más importante es conservar el nivel económico alcanzado y que este no se vea comprometido por nada. Por ello, cuando nos encontramos ante un río de personas que lo están pasando mal y que huyen de situaciones dramáticas, ante la opción de la acogida y la ayuda, se prima el protegerse de ellas, el poner barreras para que no convivan con nosotros y no comprometan nuestro nivel de vida. Más allá de que esto sea verdad y de que si llegan, realmente se vea comprometida nuestra riqueza (cuestión que sería objeto de otro debate) lo que aquí resalto es cómo el idolatrar el bienestar, nos lleva a olvidar a las personas. Cómo el objetivo de ayudar al prójimo (en este caso el forastero) cambia por el de proteger nuestras riquezas.

Esto nos lleva a la cultura del descarte

Estas prioridades nos llevan directamente a lo que Francisco denomina “la cultura del descarte”. Los refugiados, los emigrantes, son descartados, dejados a un lado, no nos sirven, no queremos saber nada de ellos, nos molestan… No sentimos que sean parte de nosotros, que sean personas, que sean seres humanos en situación de precariedad, sino que lo que nos preocupa es protegernos de ellos. En este sentido es muy representativa la manera de entenderlos como “ellos” y no como “nosotros”. Esto nos permite deshumanizarlos y analizar fríamente una situación en la que lo prioritario es defender lo nuestro ante la amenaza de lo suyo. Esto nos anima también a diferenciarlos. No todos los que vienen son iguales, no es lo mismo que uno se muera de hambre que que lo haga por una guerra. Los primeros, los que se mueren de hambre, no tienen por qué venir, son tan solo emigrantes económicos. Esos que se queden en casa. Los otros, los verdaderamente refugiados porque hay guerra en sus casas, veremos si los dejamos entrar, pero solo a estos. Otra vez clasificamos, hacemos jerarquías, no son personas que buscan un futuro mejor en un país diferente, son castas que (como en algunas religiones hindúes) tienen diferentes derechos: los emigrantes económicos y los refugiados

Ensanchar el nosotros y priorizar a las personas

No voy a aportar soluciones aquí, no es el objetivo de este breve artículo, pero sí que voy a sugerir desde dónde deben pensarse estas. Porque para afrontar este flujo de inmigrantes (que recuerdo que no es nuevo, sino que lleva sucediendo desde hace siglos aunque con distintos orígenes y destinos) no podemos utilizar los criterios economicistas hegemónicos en nuestra sociedad. Si lo hacemos, si olvidamos al forastero, si no acogemos a quien tiene necesidad, estamos apostando por esa cultura de la muerte que tantos problemas nos trae y que se contrapone a la cultura del amor y de la misericordia que anunciamos los cristianos. Para vencer estos criterios economicistas debemos ensanchar el nosotros. Romper con el pensamiento “ellos versus nosotros” y pensar que las personas que salen de su país para buscar una vida mejor son un “nosotros”. Ello nos llevará a que, a la hora de plantear las posibles acciones a realizar, el objetivo final no sea protegernos a nosotros, sino mejorar la vida de nuestros hermanos que están pasándolo mal. Si planteamos nuestras actuaciones priorizando esta segunda visión, queriendo realmente mejorar la vida de aquellos que son como nosotros y huyen de la guerra y la pobreza y no intentando protegernos de ellos, las actuaciones y posibles soluciones van a ser, seguro, diferentes. Y no solo diferentes, sino que al mismo tiempo más humanas y positivas para quienes tienen que abandonar su casa porque no encuentran un futuro mejor allí.

 

 

 

 

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