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El papa Francisco y el dinero

05 Nov

Portada segunda edición libro economía que mata    Está en imprenta la 2ª Edición de mi último libro. Gracias a todos aquellos que ya lo habéis leído o regalado.

Para celebrarlo os presento este pequeño artículo que describe brevemente alguna de las ideas que aparecen en el libro.

Artículo publicado en Noticias Obreras, nº 1576, Octubre 2015, Pág: 12-13

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El título de este artículo es una parte del de mi último libro “Una economía que mata. El papa Francisco y el dinero”. Y es a su vez una de las frases que nos ha regalado Francisco sobre la economía actual. Su insistencia en la denuncia de nuestro sistema económico y el anuncio de que no solo es posible la construcción de una economía diferente, sino que esta debe ser una prioridad para los cristianos, le ha valido que algunos hablen de un papa comunista y que sea criticado con dureza por parte de determinados sectores económicos.

Sin embargo, no creo que Francisco vaya tan desencaminado como pudiera parecer en este campo. En un momento en el que el afán de lucro se ha consagrado como el motor de la sociedad, donde la búsqueda del propio interés aparece cómo algo legítimo y positivo para el bien total, la economía, el dinero, se ha convertido en un nuevo ídolo al que seguir. El fetichismo del dinero como lo denomina Francisco, conlleva a que el economicismo se haya convertido en una falsa religión que funciona con sus propios dogmas, sus iniciados, sus obligaciones y deberes, sus sacrificios, etc. Ya lo dice la Real Academia de la Lengua, Fetiche es un “Ídolo u objeto de culto al que se atribuye poderes sobrenaturales, especialmente entre los pueblos primitivos.” Y aunque no somos primitivos, el dinero, las riquezas, el tener más, se ha convertido en el verdadero norte de nuestra actuación y en el becerro de oro al que adoramos ahora.

Esta idea de que “No podéis estar al servicio de dios y el dinero” (Mt. 6,24) no es nueva, sino una idea totalmente evangélica que nos muestra cómo esta nueva religión es peligrosa para la sociedad en su conjunto. Por ello, cuando la seguimos con demasiado fervor, cuando la mayoría de las personas quedamos impregnadas por este economicismo que se respira en el ambiente, acabamos consagrando una economía anti-humana. Una economía que mata como dice Francisco. Una manera de organizar nuestros asuntos económicos que nos lleva a ser cada vez menos humanos, a tomar decisiones que van en contra de las personas y a tener que ser fríos ante el sufrimiento ajeno, a tener que sacrificar personas para mantener nuestro nivel económico, a rechazar a quienes pasan hambre y son pobres porque no los queremos cerca. Se convierte también en una economía que mata la esperanza, la ilusión. Que nos dice que no hay nada que hacer, que nos conformemos con lo que hay, que no se pueden hacer las cosas de otra manera, que tan solo nos queda adaptarnos a los dictados de esa realidad económica que está por encima de nosotros, que muchas veces aparece como incomprensible pero cuyos dictados son inapelables.

Cambiar la economía, lograr que la economía sirva a las personas y no que las gobierne, se convierte así en algo clave para anunciar el evangelio. El testimonio cristiano se vuelve irrelevante si se aceptan los postulados de una economía que produce tanto sufrimiento y que va en contra de la esencia de nuestra buena noticia. Por ello Francisco (como ya había hecho Benedicto XVI recientemente) propone poner a la persona en el centro de la economía. Que la economía no sea el centro de nuestra actuación sino que se ponga al servicio de todas y cada una de las personas. Por ello quiere revalorizar el bien común. Ante una concepción de bien total en la que lo que se busca es tener más entre todos y en la que da igual cómo están repartidos estos bienes, se propone una concepción en la que se pretende que todos tengan al menos lo suficiente para vivir. Lo que supone que lo que importa es lo que sucede con los que peor están y que estos pasan de estar “descartados” a ser la prioridad.

Para lograrlo, para conseguir esa justicia social que debe de estar entre los principales anhelos de todo cristiano, se hace necesario repensar el sistema económico desde sus dos dimensiones éticas. La personal o individual, que implica un cambio de mentalidad en las personas. Y la institucional que debe transformar aquello que Juan Pablo II denominaba “estructuras de pecado” y que no son más que aquellas instituciones que nos obligan por su propia dinámica a comportarnos de una manera egoísta o faltar al amor a las personas que tenemos cerca. Para ello, la introducción de la solidaridad y la gratuidad en la economía, es la mejor manera para pasar de una economía que excluye y que produce descartes, a una economía de la abundancia, en la que con lo mismo, nadie queda fuera, todos tienen suficiente y además sobra.

Esto supone también el fomento de la cultura del encuentro. Los intercambios económicos son un lugar adecuado para relacionarse con el otro. Un espacio que se ha deshumanizado últimamente porque no queremos conocer al otro con el que negociamos para que la relación personal no nos impida lograr el máximo rendimiento de nuestros asuntos económicos. Por ello, volver a esa economía personalizada a esa economía del encuentro o relacional, es otra manera de construir un sistema económico diferentes.

Todo esto contrapone la cultura de la competición a la cultura de la cooperación. Cuando basamos la economía en la competición y en el meritaje, siempre hay alguien que queda fuera, los más desfavorecidos quedan por el camino, no llegan. Sin embargo una economía basada en la cultura del compartir, de la cooperación, hace que no hayan excluidos. La economía no es un campo que solamente se pueda organizar desde la competición, sino también desde la cooperación y los resultados en las empresas y en la sociedad, son mejores cuando se hace de esta manera.

Por todo esto, tenemos un compromiso con nuestra sociedad. El anuncio del evangelio tiene hoy en día, un componente económico clave. Transmitir una buena nueva ilusionante y esperanzadora tiene como uno de sus elementos primordiales la construcción de una nueva economía que sirva realmente a todas y cada una de las personas de nuestra sociedad. En una economía en la que se sirve mucho al dinero u ofrecemos alternativas económicas, o ilusionamos con otra manera de construir esta economía, o difícilmente estaremos anunciando realmente el mensaje de amor de Jesucristo.

 
 

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