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“Laudato si” y la economía

03 Nov

Artículo publicado en Noticias Obreras, nº 1574, Agosto 2015, Pág: 12-13

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Este pasado Junio se presentó en sociedad la última (y primera) Encíclica social del Francisco. Laudato si tiene como principal tema la ecología, pero es evidente que es difícil hablar de ecología sin hacer referencia a la economía. Por ello, voy a comentar en este breve artículo las principales ideas económicas que se pueden observar en la Encíclica.

La primera idea que se observa es cómo Francisco liga la idea de que preocuparse por el medio ambiente es una manera de preocuparse por los más desfavorecidos. Las dos preocupaciones vienen conjuntamente: son inseparables la preocupación por la naturaleza, la justicia con los pobres, el compromiso con la sociedad y la paz interior (10). Dios creó el universo para todas y cada una de las personas que habitan nuestro planeta. No reservó sus bienes para unos o para otros, sino que los ofreció a todos. Lo creado no es solo para mi, para que me aproveche individualmente de ello, para que sirva a mis intereses y no a los de otros sino que tiene una vocación común que no debemos olvidar. Por ello debe estar al servicio de las personas para que todos tengamos al menos lo suficiente para vivir y ello implica necesariamente priorizar a los más pobres, a los que menos tienen.

La segunda gran idea económica de la Encíclica es que el deterioro ambiental es otra cara de la cultura del descarte a la que tanto hace mención Francisco. Estos problemas están íntimamente ligados a la cultura del descarte, que afecta tanto a los seres humanos excluidos como a las cosas que rápidamente se convierten en basura (22). Porque cuando se piensa solamente en el interés personal y en buscar el máximo provecho para uno mismo, se descartan las personas, pero también se descartan las cosas. Lo que ya ha pasado de moda, lo que ha dejado de interesarme, lo que ya no es actual se descarta, se tira, se convierte en inútil y se desecha. Esto lleva a montañas de basuras, a productos que no han acabado su vida útil pero que llenan los contenedores o los nuevos vertederos selectivos (ecoparques).

Insiste también Francisco en que la excesiva especialización de los saberes tiene como principal consecuencia negativa la dificultad de observar al conjunto, de ver más allá de las ideas y de la relación de causalidad que se da entre el estrecho marco estudiado por los científicos que trabajan en esta dinámica. Esto es especialmente grave en una ciencia económica que en la actualidad se limita a estudiar problemas concretos que se dan en un pequeño marco de relaciones de causalidad. Ello le lleva a olvidar consideraciones más amplias, a ir más allá de su propio marco, a buscar una visión más general de aquello que se estudia. Esta es una de las causas de que la economía olvide con frecuencia a los más pobres, obvie el medio ambiente, descuide lo que le puede pasar a los que vendrán después, deje de mirar el largo plazo para centrarse solo en lo inmediato…

En este sentido, habla también de un relativismo práctico que hace que todo se vuelve irrelevante si no sirve a los propios intereses inmediatos (122). Esta es la causa por la que el otro y la creación, el medio ambiente, son vistos como algo que solamente me sirven a mi, que solamente son buenos en la medida que los pongo al servicio de mi yo. Esto nos lleva a cosificar al otro, a preferir lo que nos da beneficios a nosotros y a utilizar a los otros y a lo otro en lugar de considerarlo como algo importante por si mismo y no solo en la medida que me sirve.

Para superar estos problemas desde el punto de vista económico, realiza varias sugerencias. La primera es que hay que recordar, tal como hizo San Juan Pablo II en la Laborem exercens, que la preferencia es el trabajo y no el capital. La persona y su trabajo deben estar por encima del capital, por encima de los intereses económicos y del beneficio. Por ello afirma que debe promoverse una economía que favorezca la diversidad productiva y la creatividad empresarial (129), para que lo humano prevalezca, para que las personas estén por delante de los beneficios.

En segundo lugar hace una apuesta decidida por una economía a pequeña escala. Priorizar a los últimos, buscar una economía que cree empleo y que busque un servicio real al bien común, precisa de la diversificación de la actividad económica y de una potenciación de la creatividad que son difíciles de lograr cuando las empresas son demasiado grandes y el mercado está solamente controlado por unos pocos. La escala humana en los negocios, en las empresas, en los mercados, favorece una economía más respetuosa con el medio ambiente y la creación de empleo.

En tercer lugar insiste en una idea de la que ya habló Benedicto XVI en su mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de 2013: la necesidad de cambiar el sistema económico, consumista y productivo en el que nos encontramos. Habla de cambiar el modelo de desarrollo global (194) y para hacerlo recuerda una idea básica en la Doctrina Social de la Iglesia: que la rentabilidad no puede ser el único criterio en tenerse en cuenta (187) porque olvida la mirada global que se reclama a toda actuación económica. El principio de maximización de la ganancia, que tiende a aislarse de toda otra consideración, es una distorsión conceptual de la economía (195), ya que, entre otras cosas, solamente introduce los costes económicos, pero no los ambientales, sociales o humanos que puede provocar una actividad económica. Por ello, habla de aceptar el decrecimiento como otro modo de progreso y desarrollo (190). Ha llegado la hora de aceptar cierto decrecimiento en algunas partes del mundo aportando recursos para que se pueda crecer sanamente en otras partes (193).

Por último insiste en que No solo es necesario cambiar el modelo de desarrollo global, sino que también se precisa un cambio personal. Una modificación de nuestro estilo de vida. Precisamos de una opción personal que nos lleve a vivir de otra manera, que nos impulse a dar un sentido diferente a nuestro quehacer económico. Para ello Francisco recupera, en primer lugar, algo que proviene de la sabiduría tradicional (y también de la sabiduría cristiana), el saber que menos es más (222). Saber conformarse con poco, buscar tan solo “el pan nuestro de cada día” para lo que podemos rebajar nuestro consumo, reciclar, separar los residuos, ahorrar agua y electricidad, utilizar transporte público… (211) Hacer gala de lo que Francisco denomina austeridad responsable (214)

 
 

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