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La economía y la familia

28 Sep

Artículo públicado en la revista ICONO, año 116, nº 8, Setiembre 2015, pág: 12 y 13La economía y la familia_Página_1La economía y la familia_Página_2

El principal ejemplo de que la economía puede ser solidaria, estar al servicio de las personas e impregnarse de amor y solidaridad, lo tenemos en la familia. Cuando los griegos (se dice que fue Jenofonte quien acuñó el término) hablan de Oikonomia, se están refiriendo precisamente a la administración (Nomos) de la casa (Oiko). De hecho, Aristóteles distingue entre la oikonomia y la chrematistique (crematística en español) que proviene de chremata, que significa bienes, dinero, riqueza. En estas dos definiciones se reflejan dos maneras distintas (y yo diría que opuestas) de entender la economía. La primera tiene como objeto administrar bien lo que se tiene para obtener un beneficio de diferente naturaleza. Esto es, conseguir que los temas de gestión de la riqueza, del patrimonio, se pongan al servicio de que la familia vaya bien. La segunda es una gestión que tiene como objetivo el dinero en si mismo. Es la clase de gestión que, según Aritóteles, realizan los comerciantes y que tiene como único objetivo el lucro.

Economía y familia van ligadas desde el origen del término

Podemos afirmar, pues, que familia y economía van ligadas desde el origen de este último término. Una familia tiene muchos asuntos que resolver en cuanto a sus relaciones y al cumplimiento de los objetivos de todos sus miembros. Si pensamos en nuestras propias familias, veremos que nuestras principales preocupaciones suelen ser que los niños (si los hubiere) crezcan y se eduquen correctamente; que todos los miembros de la misma vivan felices y que el entorno familiar sea un entorno positivo para todos ellos que les permita realizarse y asumir con fuerzas las tareas que abordan fuera de ese entorno; que los mayores (si los hubiere) vivan sus últimos años cuidados, queridos y en un entorno adecuado, etc. Seguro que se nos pueden ocurrir muchísimas más prioridades en nuestras familias, que son las que intentamos conseguir con los nuestros, con los que más queremos. Si quisiésemos resumir, todos nuestros objetivos familiares podrían resumirse en que buscamos que sea un espacio en el que reine el amor entre todos sus miembros para reforzarlos y ser más y mejores personas.

Para que la familia funcione necesitamos tranquilidad económica

Ahora bien, si queremos lograr estos objetivos, si queremos que la familia funcione bien, precisamos de unos fondos y unos bienes que nos permitan lograr este objetivo. Nuestro hogar no va a resultar fructífero, no puede ser un remanso de paz en el que reforcemos nuestra persona para afrontar nuestro día a día, si no contamos con un mínimo de bienestar económico que nos permita al menos alimentarnos, descansar, refugiarnos en una casa, realizar nuestros trabajos y curarnos de las enfermedades en las que caemos. Además, pretendemos que esta situación se alargue lo más posible en el tiempo, es decir, la familia es una apuesta de largo plazo. Por ello realizamos una gestión económica que busca que nuestros ingresos sean superiores a los gastos, al menos en el largo plazo. Sabemos que la única manera de que el aspecto económico de la familia refuerce realmente los objetivos de la misma, es que este sea rentable. Es decir, que tengamos beneficios o al menos que no tengamos pérdidas continuadas. Para tener siempre lo suficiente para lograr las metas familiares, debemos gestionar nuestros dineros y nuestro patrimonio de una manera adecuada, evitando las situaciones de quiebra o de pérdidas.

El beneficio se pone al servicio de la familia

La generación de beneficios no es, por tanto, la prioridad, sino una condición sin la que la familia no va a poder lograr sus otros objetivos. De este modo, lo económico se pone al servicio de la persona, de la unidad familiar y de todos los que conviven en un mismo hogar. La rentabilidad no es el fin, sino una condición para lograr que lo otro funcione. Este es el ejemplo más claro de cómo una gestión económica correcta no necesita priorizar lo económico, no precisa de unos criterios crematísticos para seguir funcionando bien. Una economía bien entendida puede, no solo ayudar, sino reforzar lo humano, estar al servicio de las personas.

¿Qué sucedería si todo fuese al contrario?

De hecho, si en una familia primasen los criterios económicos habituales en nuestra sociedad, es decir un egoísmo individualista en el que cada miembro de la familia intentase por todos los medios tener más y conseguir el mayor beneficio posible, seguramente la familia funcionaría peor como tal. Sería difícil que reinase la armonía en su seno, que se potenciase a quienes peor están, que los niños recibiesen la atención y el cariño suficiente, que se tuviese tiempo para cuidar a los mayores, etc. Una familia dedicada a hacer dinero, habitualmente fracasa como familia. Se hace rica, eso sí, pero no logra ser la familia que gira en torno a la mejora y al perfeccionamiento de sus miembros. Este es el ejemplo más claro que podemos encontrar de cómo se puede entender la economía de otra manera, de cómo se puede poner la economía al servicio de las personas, de cómo esta es una opción real y realizable que puede tener magníficos resultados. Lo interesante para nuestra sociedad es que la sociedad y sus entidades trabajen en clave económica y no en clave crematística.

 
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Publicado por en septiembre 28, 2015 en ética económica

 

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