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Las riquezas de la Iglesia

20 Oct

Artículo publicado en la revista ICONO, año 115, nº 9, Octubre 2014, pág: 10 y 11

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Este verano, en un encuentro de laicos en el Espino, mantuve dos conversaciones que me iluminaron para la reflexión que hoy propongo a aquellos lectores que les haya atraído el título y se estén adentrado en estas breves líneas. Una fue con Pedro Guembe en un autobús y la otra con Ángel Garví mientras comíamos. Aunque fueron dos conversaciones bien distintas, ambas incidieron en uno de los temas más criticados de la Iglesia: su patrimonio y sus propiedades, eso que algunos denominan “las riquezas de la Iglesia” y que parecen incompatibles con la pobreza evangélica que la Iglesia predica.

Un considerable patrimonio

Existe un hecho ineludible lo mires por donde lo mires: las instituciones católicas tienen una cantidad significativa de propiedades que conforman su patrimonio (o sus riquezas). A pesar de los momentos de la historia en los que este patrimonio se ha visto mermado o reducido (expulsiones de congregaciones, desamortizaciones, persecuciones, guerras, etc.) y que han hecho que ahora sea mucho menor que en siglos pasados, se sigue contando con bienes muebles e inmuebles de gran valor y en una cuantía que puede parecer elevada a un observador externo.

¿Qué problema hay en ello?

Algunos se preguntan que cuál es el problema de tener estos bienes. La Iglesia tiene bienes que necesita para su labor, los cuida, los utiliza y los pone al servicio de sus fines al igual que hace cualquier institución. Además, como sabe cualquiera que tiene propiedades, éstas no solo son una posible fuente de riqueza, sino una fuente segura de gastos. El mantenimiento de muchas de estas propiedades supone un agujero constante en las finanzas de cualquier institución. Mantener este enorme patrimonio (histórico en muchos casos) supone un esfuerzo económico enorme.

La mirada crítica ante la propiedades de la Iglesia proviene de que esto parece incompatible con un Dios que se hace hombre en Jesús y que pasa por la tierra juntándose con los más pobres y excluidos de la sociedad judía de su tiempo. Con un Jesús al que no se le conocen propiedades y que le dice al hombre rico que para entrar en el reino de los cielos tiene que vender todas sus riquezas y seguirlo. Una Iglesia que predica una opción preferencial por los pobres y el amor desprendido como el ideal de vida. Todo ello provoca una aparente contradicción entre los hechos y el mensaje que predica la Iglesia.

Gestión económica del patrimonio

Además de lo ya nombrado, con frecuencia, las instituciones eclesiásticas dueñas de estas propiedades las utilizan para lograr rendimientos económicos. Con ello, antiguos monasterios se han convertido en hoteles o casas de huéspedes, edificios céntricos se alquilan a empresas o a particulares y podríamos nombrar muchas otras modalidades que permiten lograr unos ingresos que revierten en los dueños de este patrimonio. Muchos de estos ingresos están destinados en exclusividad al mantenimiento de las propiedades, y otros son utilizados para los fines propios de la institución eclesial. Pero esto tiene el peligro de que sacerdotes o religiosos se conviertan en simples gestores, es decir, en personas que se dedican a la gestión empresarial en lugar de dedicarse a la pastoral y el anuncio de la buena nueva, qué es a lo que aparentemente se deberían dedicar.

Creo que destinar el patrimonio de la Iglesia solamente debe ser utilizado para fines exclusivamente económicos cuando se vea necesario y siempre cumpliendo las siguientes pautas: que los ingresos generados sean destinados al mantenimiento de las propiedades y a los fines de las instituciones y no se utilicen para acumular por acumular, que las actividades económicas sean útiles para la sociedad y aporten valor a las personas que los utilizan y, por último, que la gestión de la actividad económica priorice a las personas y sea un ejemplo de cómo administrar empresas con otros valores.

El patrimonio como don

Pero opino que lo más importante de la gestión de los bienes de la Iglesia no se juega aquí, sino en tener claro que están llamados a estar al servicio de todas las personas y en especial de los más desfavorecidos. Los locales parroquiales, los edificios de la Iglesia, los mismos templos, deben ser un don para la sociedad, un regalo que se ofrece a todos sin excepción, porque Dios ama a todos y regala a todos su amor, sin tener en cuenta su condición social, su color, su sexo, su nacionalidad o su religión. Aquellos que, como Ángel o como yo, hemos estudiado en los locales parroquiales, nos hemos encontrado allí con los amigos y los hemos vivido como nuestros, no podemos más que estar agradecidos porque allí hemos aprendido qué es vivir la gratuidad y el don. Por ello, creo que la reflexión más importante que se puede hacer sobre este tema es preguntarse si los bienes de la Iglesia son, en estos momentos, un regalo para la sociedad, para los jóvenes, para los mayores, para los pobres, para los inmigrantes. ¿Lo son? Y en segundo lugar actuar en consecuencia, dar sin esperar nada a cambio, ofrecer nuestras “riquezas” para que también lo sean de los otros, abrir las puertas de nuestro patrimonio, ser testimonio de un amor de Dios que es don gratuito, de una Iglesia que da lo que tiene y lo pone al servicio de los demás.

 

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