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El apartheid mundial

11 Abr

Artículo publicado en Noticias Obreras, nº 1556, Febrero de 2014, pág: 13-14

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A finales de 2013 volvió a la actualidad un país al que le tengo un especial cariño, Suráfrica. Las fructíferas y añoradas estancias que realicé allí y el hecho de haber consagrado mi tesis doctoral a su economía, han hecho que desde hace años siga con interés su actualidad y que siempre tenga deseos de volver a pasar allí una larga temporada… Sin embargo, en España ha sido casi un país desconocido. El movimiento en contra del régimen discriminatorio surafricano (apartheid), no fue excesivamente popular en nuestro país y se redujo a minorías concienciadas de Madrid y algún otro punto de España. El conocimiento de su historia y de su realidad fue, y es, muy escaso. Me atrevería a decir que tan solo el mundial, la película “Invictus” y ahora, la muerte de Mandela, han puesto al país en el mapa aunque sin profundizar demasiado.

Sin embargo, creo que estudiar el sistema económico y político del apartheid es interesante para entender la situación mundial en la que estamos inmersos. La palabra “apartheid” significa desarrollo separado y en eso consistía el sistema político y económico que rigió este país desde la mitad hasta el final del siglo XX. El gobierno suráfricano impuso (a partir de teorías antropológicas y culturales que también utilizaron los nazis para su ideología) una división de Suráfrica en pequeñas naciones (homelands o batustanes que no eran reconocidos internacionalmente) para alojar allí a la población negra. Cada raza negra tenía su propio “homeland” donde hablaban su propio idioma, tenían sus propios gobernantes y se “desarrollaban” por si mismos.

La población negra no era, por tanto, ciudadana de la parte blanca del país (lo que propiamente era Suráfrica). Por ello, no podía tener propiedades allí, ni montar negocios, ni votar, ni estudiar, ni nada por el estilo. Ahora bien, los blancos necesitaban a la mayoría de población negra para trabajar en sus empresas y minas y precisaban que fueran trabajadores baratos para poder ser competitivos a nivel internacional. Por ello, permitían la migración de esta población entre los Batustanes y Suráfrica. Los varones jóvenes salían de sus “homelands” para ir a la parte blanca a trabajar mientras las mujeres, niños y ancianos quedaban allí.

Para hacerlo tenían unos pases en los que se indicaba en qué zona del país debían estar, cuanto tiempo podían estar allí y cuando debían volver a su “batustán”. De este modo, los negros tenían limitada su capacidad de movimientos y si algún policía les pedía su pase y veía que no estaba en el lugar que le correspondía, o no lo llevaba encima, lo metía en prisión y lo devolvía después a su “homeland”. Se sabe que todos años miles de negros eran llevados a prisión por estar en un lugar diferente al que indicaba su carnet o por no llevarlo encima.

Sin embargo, a pesar de esta separación política, se trataba de un país con una economía integrada, que funcionaba como una única zona económica. Esto provocaba una dependencia mutua entre las zonas blancas y las negras. Las primeras necesitaban de las segundas debido a que les proporcionaban trabajadores baratos y sin derechos (no eran considerados ciudadanos sino extranjeros). Mientras que las segundas dependían de las primeras ya que el dinero que entraba en los “batustanes” provenía en su práctica totalidad de los salarios que cobraban los trabajadores que estaban en la zona blanca.

Además, la prosperidad de la Sudáfrica blanca que alcanzaba unos niveles de vida propios de las sociedades más ricas contrastaba con la realidad de pobreza de los “homelands” (similar a la de otros países africanos). Por ello, el deseo que tenía la población negra de escapar de su “batustán” era mayor que el miedo al castigo de prisión, lo que propiciaba que gran parte de esta población emigrase de manera ilegal (sin respetar las leyes del “pase”)

Hecha esta somera descripción del régimen económico del apartheid, me gustaría indicar que a la vuelta en avión de mi primer viaje a Suráfrica, estuve sentado junto a un empresario español con el que tuve una pequeña conversación que me fue ilustrativa. Me comentó que el problema de Suráfrica era que habían puesto por ley lo que el resto del mundo occidental hacía de una manera disimulada. La posición anti-apartheid aparecía entonces como una hipocresía, debida a que los países que la sustentaban hacían lo mismo pero no se atrevían a ponerlo por ley.

Aunque en un primer lugar pensé que esta era una teoría que utilizaba un prisma equivocado, luego me di cuenta de que tenía una parte de razón… Si uno analiza la globalización económica en la que nos encontramos ve muchos puntos de similitud con la situación anteriormente descrita. La economía mundial está integrada (no en todo pero sí en una gran parte), aunque también se ven unas grandes diferencias entre unos países y otros de manera que, el deseo de emigrara que tiene la población de los países pobres es irrefrenable. Nos encontramos, pues, ante una división política que no se da en la economía.

Al mismo tiempo, también tenemos nuestras leyes del “pase”. Es decir, impedimos que aquellos que quieren trasladar su residencia desde un país pobre a uno rico, puedan hacerlo libremente. Les ponemos trabas, les exigimos un visado temporal, etc. Además, si encontramos a personas que se les ha acabado el tiempo marcado en su visado o sin su “pase-pasaporte” no las metemos en prisión, sino que las llevamos a un centro de internamiento (lo que según las descripciones no es muy diferente a una prisión) y las repatriamos a su país en el momento podemos hacerlo.

¿Estamos, pues, ante un régimen de apartheid (desarrollo separado) mundial? Así me lo parece. No consideramos a los habitantes de otros lugares del mundo como un “nosotros” sino como un “ellos”, del mismo modo que hacían los blancos con sus vecinos negros en la Suráfrica del siglo XX. Buscamos una globalización económica ya que sabemos que estamos todos en el mismo barco económico, pero mantenemos las fronteras y los límites políticos que perpetúan la pobreza y provocan grandes migraciones difíciles de evitar.

 

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