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Homenaje a los otros Mandela

31 Mar

Artículo publicado en la revista Paraula, el domingo 30 de Marzo de 2014, en su página 28

Los otros MandelaAhora que ya ha pasado el impacto informativo de los funerales de Nelson Mandela, me gustaría hacer mi sencillo homenaje a todas esas personas que también creyeron en la Suráfrica del arco iris y que colaboraron en que se hiciese realidad este ejemplo de perdón y reconciliación que fue la transición desde el régimen del apartheid al democrático actual. Y lo voy a hacer hablando de personas a las que tuve la suerte de conocer en mis dos viajes a Sudáfrica para colaborar en la misión de Sant Joseph, (sita en Phokeng, ciudad negra de la tribu de los tswana cercana a Rustemburg) sede episcopal de su diócesis y donde convivían religiosos y religiosas de diferentes congregaciones.
La idea me vino al escuchar a Richi, o como dijeron en Radio Nacional, Ricardo Fernández Ruiz, empresario español afincado en Sudáfrica. Fuimos juntos por primera vez a este país que él asumió como suyo y del que yo también me enamoré y con el que he seguido en contacto consagrando mi tesis doctoral a su proceso de transición económica y siguiendo su actualidad siempre que puedo. Mis dos viajes largos fueron hace ya mucho tiempo, en los veranos de 1992 y de 1995. Fueron estancias muy ricas y extremadamente enriquecedoras para mi. En la primera estaba empezando a caer el apartheid, en la segunda ya había caído, así que estuve por allí en años clave de este proceso.
Quiero recordar en primer lugar a Walter Sisulu y a su mujer Albertina. Pudimos merendar y conversar con ellos en su casa de Soweto. Walter fue quien introdujo a Nelson en el ANC y uno de los que estuvieron encarcelados con él en Robben Island. Fueron amigos y aliados políticos y poder ser recibidos por ellos, fue un honor para nosotros. Entrar en el centro de Soweto en 1992 no era fácil para unos blancos si no iban bien acompañados. Penetrar en la densa neblina de humo invernal que impedía la visibilidad en sus calles, fue toda una aventura.
Quiero recordar también a las Iglesias Sudafricanas. Ellas jugaron un papel esencial en la caída del apartheid. Su alianza, su convicción de que había que perdonar y su consideración de que todos somos iguales, fueron clave para romper con este sistema político. Recuerdo en especial la labor del obispo Kevin Dowling y su apuesta decidida por la finalización del apartheid, que casi le cuesta la muerte cuando fue tiroteado en una manifestación o cuando pusieron una bomba en su Iglesia catedral. A los teólogos del Instituto de Teología Contextual, dirigidos por Albert Nolan y en especial a Larry Kaufman, con quien aprendí que lo importante para vivir la opción preferencial por los más pobres no es hacer cosas por ellos, sino estar, convivir con ellos. También recuerdo a Mikel Fish que nos enseñó el valor de la espera, de saber que nuestros plazos no son los plazos de la vida, ni de la historia, que hay que saber esperar y confiar.
Además, las diferentes iglesias fueron quienes más empujaron para que la Comisión de la Verdad y la Reconciliación fuese una realidad. En ella, verdugos de uno y otro lado expusieron sus razones para matar o atentar y las víctimas expresaron el dolor que habían sentido por la pérdida de sus seres queridos. Saber la verdad ayudó a la reconciliación, no se puede perdonar sin verdad y eso lo supieron entender perfectamente en Sudáfrica…
Recuerdo a aquella catequista de la parroquia, que rompió a llorar cuando comíamos juntos en la cafetería de la estación de autobuses de Johannesburgo. Ante nuestra preocupación nos confesó que lloraba de alegría, que nunca desde su niñez había imaginado que algún día podría comer con blancos en una misma mesa y en un lugar público. Aquello era para ella un signo de que las cosas estaban cambiando. Recuerdo a todas las personas que se bajaron de aquel taxi para negros como protesta contra aquel conductor que no quería admitir a Tomás en el vehículo en él porque era blanco.
Recuerdo a aquellos jóvenes, que en un cine-forum sobre la película de Monseñor Romero, relataban sus experiencias cuando matones negros entraban en sus suburbios para matar indiscriminadamente a sus habitantes y, mientras escuchaban los tiros y los chillidos de sus vecinos, no tenían otra opción que esconderse debajo de la cama y confiar en la suerte para que no entrasen también en su casa (estos matones negros eran pagados y armados por la policía sudafricana para crear caos e impedir el proceso de transición hacia la democracia)
Recuerdo también a la Sr. Molotegui, aquella princesa de la tribu de los Bafokeng (cuyo tótem era un cocodrilo) que tenía que vivir en Botswana exiliada y solamente volvía a Sudáfrica para acudir al juicio que se aplazaba y se aplazaba como una manera de no hacer justicia. Estuvimos en uno de esos juicios y tuvimos que salir por piernas cuando la policía nos perseguía. El grito de los sacerdotes diciendo “everybody to the car” todavía resuena en mis oídos.
Quiero también recordar a todos los valientes del movimiento anti-apartheid en Sudáfrica que arriesgaron y sacrificaron sus vidas para construir una Sudáfrica distinta (que tan bien se han visto reflejados en la obra de la nobel Nadine Gordimer). Ellos y sus organizaciones (con abogados y otros profesionales actuando como voluntarios) fueron los que permitieron que las personas que vivían en las chabolas ilegales que había junto a la misión y a las que ésta abastecía de agua, tuviesen unas tierras para poder crear un pueblo nuevo llamado boitekong (ciudad de la esperanza). Cuando en 1992 contemplamos los primeros doscientos habitantes que crearon esta población no imaginábamos que tres años más tardes, ya habría 60.000 personas viviendo en ella. También hay que homenajear al movimiento anti-apartheid internacional que, entre otras cosas, estuvo durante años velando ininterrumpidamente frente a la embajada de Sudáfrica en Reino Unido.
No quiero olvidarme de Giorgina y del resto del personal sanitario que atendían gratuitamente a aquellas personas que no podían acceder a un médico por no contar con fondos suficientes. Conocimos a varias personas que pudieron sobrevivir y volver a llevar una vida normal gracias a los cuidados que recibieron de estas religiosas y voluntarios. La maternidad y el centro de salud de Boitekong pudo ser una realidad gracias a ellos…
No me caben todos, falta gente a la que me gustaría homenajear desde estas líneas. Solo quiero añadir que el final del apartheid fue cosa de muchos. La cabeza visible fue Mandela y por ello se le ha honrado de esta manera, pero es bueno recordar a todos aquellos que, de una manera más anónima o a una menor escala, ayudaron a hacer realidad este cambio que parecía casi imposible…

 
2 comentarios

Publicado por en marzo 31, 2014 en Derechos humanos

 

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2 Respuestas a “Homenaje a los otros Mandela

  1. Maria Jose

    abril 3, 2014 at 2:08 pm

    Genial. Importante es el líder e importantes y necesarios todos los que aunan esfuerzos con él, en la fe de que un mundo mejor es posible.

     

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