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El principio contributivo y la renta básica

18 Sep

Artículo publicado en Noticias Obreras, nº 1551 Septiembre 2013, pág: 12-13

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El Estado del Bienestar en la práctica totalidad de los países en los que este se ha desarrollado sigue lo que se denomina el principio contributivo. Esto quiere decir que para lograr gran parte de las prestaciones que este te ofrece, debes haber contribuido antes al mantenimiento del mismo. De este modo, tienes derecho a la pensión de jubilación si has estado cotizando durante un determinado periodo de tiempo, vas a obtener la prestación del desempleo si también has pagado tu seguridad social a lo largo de un plazo prefijado. De hecho, no solo tienes derecho a una determinada cantidad cuando has contribuido previamente, sino que además, la cuantía que vas a percibir depende del dinero que has aportado a la Seguridad Social. Si has ganado un sueldo elevado y tu contribución ha sido alta, recibirás una pensión o un subsidio de desempleo superior a aquella que recibirías si tu salario y tu contribución hubiesen sido bajas.

Este sistema es generalmente aceptado por la mayoría de la población y de los partidos políticos a pesar de que, como voy a describir en las líneas posteriores, se le pueden hacer objeciones desde el punto de vista de la justicia, desde una visión redistributiva y desde la idea cristiana de la economía de la gratuidad y la opción preferencial por los pobres. Ante un sistema que naufraga desde el punto de vista económico (como nos recuerdan todos los meses desde los medios de comunicación y desde el Estado) y ético (como voy a intentar demostrar), pueden existir alternativas que mejoren sus resultados en ambos campos, pero esto precisa un cambio de mentalidad en la sociedad.

En primer lugar nos podemos preguntar si establecer un sistema así puede considerarse como justo. Se puede pensar que, en la medida que cada uno recibe según lo que ha aportado, se trata de un sistema justo desde el punto de vista conmutativo o contributivo. Sin embargo esto no siempre sucede así. Alguien puede estar haciendo grandes contribuciones durante un periodo de tiempo y finalmente recibir una pensión reducida porque los últimos años ha cotizado poco. O alguien puede cotizar bastante pero durante un número de años suficiente, por lo que, aunque la cotización haya sido la máxima, luego no recibe pensión alguna… En estos casos, la justicia conmutativa no se da.

En este sentido podríamos plantearnos también si una cotización superior corresponde realmente a un mayor esfuerzo y por tanto a una mayor recompensa ¿El salario y nuestra situación de empleo o desempleo depende solo de nosotros o hay situaciones externas que también determinan nuestra cotización y el número de años en que lo hacemos?

En segundo lugar, desde el punto de vista redistributivo, el sistema actual no parece que lo sea en demasía… Aquellos que contribuyen más, reciben más y viceversa. Es más, en una situación como la actual, trabajadores precarios que no tienen la certeza de una pensión futura, están financiando altas pensiones de las personas mayores que trabajaron largos años y generaron derecho a percibirlas. Del mismo modo, el hecho de que las cotizaciones dejen de aumentar cuando se llega a una determinada renta, hace que el sistema se comporte como regresivo siendo las rentas más altas las que menor porcentaje pagan en concepto de contribuciones a la Seguridad Social. Parece, pues, que el principio de justicia redistributiva ni es cumplido ni potenciado por este sistema.

La Doctrina Social de la Iglesia considera que el Estado debe perseguir como fin prioritario el Bien Común. Este busca la promoción y el perfeccionamiento de todas y cada una de las personas que hay en una sociedad. Por ello, piensa que debemos tener una opción preferencial por los más pobres y los más desfavorecidos ya que estos son quienes tienen más difícil alcanzarlo. Sin embargo, el sistema contributivo no parece promover a los que peor están. Más bien al contrario, premia a aquellos que han tenido la suerte, habilidad o esfuerzo para ganar más. Esto va en contra de lo que esperaríamos de una gestión pública que realmente busca el bien común o de lo que Benedicto XVI denomina la economía del don, es decir, dar sin pedir condiciones previas.

De hecho, una de las grandes ventajas de un sistema económico de mercado es que en él, aquel que realiza una gestión económica más eficiente se ve recompensado con más beneficios e ingresos (al menos en teoría). Por lo tanto, si el mercado ya cumple bien esta misión ¿Por qué tiene el Estado que reforzarla? ¿Es la función del Estado recompensar a aquel que ha ganado mucho a lo largo de su vida si el mercado ya puede hacerlo razonablemente bien? Hay que resaltar que, desde las enseñanzas sociales de la Iglesia, el Estado debería compensar o ayudar a aquellos que no tienen las condiciones adecuadas para lograr estos beneficios, para así garantizar la igualdad en dignidad de todas las personas y lograr el bien común.

Aquí es donde entra el concepto de renta básica. Esta supone un pago igual para todos los miembros de una sociedad que se paga, no por haber contribuido o por haber hecho las cosas bien previamente, sino por el simple hecho de ser personas. Se trata, por lo tanto, de una renta no condicionada a requisitos previos que es recibida por todos en igual cuantía con independencia de su condición económica, social, cultural, etc. No es este el lugar para dar más explicaciones acerca de ella, ni de sus ventajas e inconvenientes, pero me gustaría comentar que un sistema así superaría los problemas éticos nombrados con anterioridad (falta de justicia, poca redistribución y el no priorizar a los más desfavorecidos).

El escollo más importante que creo que tiene en estos momentos la renta básica, es más ético y de convicción que económico. Existe un fuerte convencimiento de que el Estado debe seguir una dinámica similar a la del mercado. Plantear un sistema de bienestar con bases no contributivas, en el que las personas reciban lo mismo sin condiciones previas y dejar que sea el mercado el que regule las recompensas a aquellos que tengan más, tiene un fuerte rechazo entre amplias capas de la población. Se necesita un gran esfuerzo educativo para cambiar la inercia del sector público en este sentido y plantear una verdadera modificación de nuestro Estado de Bienestar para que este deje a un lado sus aspectos contributivos y pase a basarse en principios no contributivos.

 

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