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Vivir una economía solidaria en comunidad

04 Ene

Una congregación religiosa me pidió hace un tiempo un texto sobre cómo vivir solidariamente la vida en comunidad. Me han permitido que reproduzca el texto que les escribí en este blog para que todos podáis acceder a él, así que aquí os lo presento:

solidaridad

Este texto tiene como principal objetivo hablar sobre la gestión cotidiana de la economía de nuestras comunidades. Pretende plantearse si es posible hacerlo de una manera solidaria y cuáles son las medidas prácticas que hay que tomar para hacerlo. Todo ello se relaciona con nuestra acción social y nuestro compromiso con los más desfavorecidos, así como con nuestras posibilidades de colaboración en la instauración del Reinado de Dios en la tierra a través de la construcción de una sociedad más justa y fraterna. Como vamos a ver, una gestión altruista de nuestros ingresos favorecerán esta opción por los que peor están.

¿Es posible una economía solidaria?

Quizá la primera pregunta que nos tendríamos que preguntarnos es si es posible una economía en clave solidaria. Muchísima gente piensa que la economía y la solidaridad son cuestiones incompatibles entre si. La economía aparece como el reino del egoísmo lo que conlleva que, perseguir la solidaridad o el bien común en cuestiones económicas, no solamente es algo que está fuera de su propia dinámica, sino que además, quien lo haga va a verse irremediablemente abocado al fracaso. Por ello, se afirma con rotundidad que solamente son válidos aquellos comportamientos que buscan sin complejos (o sin vergüenza) el propio beneficio.

Si esto fuese realmente así, creo que los cristianos deberíamos buscarnos otra fe o dejar de considerarnos cristianos para dedicarnos a otras labores o a otras religiones que fuesen compatibles con esta manera de entender las cosas. Digo esto, porque la economía es, en realidad, la manera en la que organizamos la parte de nuestra vida que se dedica a lograr aquello que necesitamos para vivir. Dicho de otra manera, es el modo en el que nosotros realizamos aquellas actividades que están destinadas a garantizar nuestro sustento y nuestra propia supervivencia. Esto implica varias cosas:

1.- Podemos hacerlo de muchas maneras, no existe una única para conseguir nuestro objetivo

2.- Podemos plantearnos el horizonte que queramos para esta actividad. Es decir, podemos encaminar esta actividad a objetivos alternativos. Podemos organizar la economía para cubrir solo nuestras necesidades, para conseguir todo lo que deseamos, para tener cada vez más, para que todo esté mejor repartido…

3.- Se trata de una actividad humana, por lo que podemos impregnarla de los valores y virtudes que deseemos. Por ello, aquello que rige nuestro comportamiento en otros campos podemos utilizarlo también para las cuestiones económicas.

Todo ello quiere decir que, al igual que el amor al prójimo y el compromiso con los más necesitados puede ser el norte de nuestra actuación en otros campos de nuestra vida, también lo puede ser en la economía, no son cosas incompatibles. Es más, los cristianos creemos sinceramente que el mejor servicio que podemos hacer a nuestra sociedad y la manera en la que ayudamos a nuestro Padre a recrear este mundo que él nos ha dado para que lo disfrutemos y gestionemos, es precisamente impregnando de amor todas las actividades en las que participamos. Por ello no solo creemos que es posible una economía solidaria, sino que además nuestra fe nos lleva a estar convencidos de que es la mejor manera de organizarla para que funcione correctamente.

Es por ello que Benedicto XVI afirma en el número 36 de su Encíclica Caritas in Veritate que el principio de gratuidad y la lógica del don, como expresiones de fraternidad, pueden y deben tener espacio en la actividad económica ordinaria. Esto es una exigencia del hombre en el momento actual, pero también de la razón económica misma. Una exigencia de la caridad y de la verdad al mismo tiempo”. Esto supone oponerse a aquellos que afirman que el mercado es intrínsecamente egoísta, para afirmar que en nuestro sistema económico y en los intercambios de mercado, pueden primar otras consideraciones diferentes a las del simple egoísmo.

Podemos vivir una economía solidaria en nuestro día a día

Todo esto nos lleva a afirmar que no solo es posible introducir la fraternidad y la solidaridad en la vida económica, sino que es nuestra responsabilidad como cristianos el hacerlo. De hecho, el mismo Benedicto XVI nos dice en esta misma Encíclica (CiV 15) que “El testimonio de la caridad de Cristo mediante obras de justicia, paz y desarrollo forma parte de la evangelización… La Doctrina Social de la Iglesia es anuncio y testimonio de la fe. Es instrumento y fuente imprescindible para educarse en ella” Por lo tanto y en la medida que la Doctrina Social de la Iglesia tiene un componente económico importante, no seremos creíbles, nuestra labor de evangelización no será bien recibida, si no viene acompañada por un compromiso social y una vida económica basada en los valores cristianos. Realizar opciones solidarias en nuestro día a día económico se convierte en esencial para nuestra labor evangelizadora.

Es evidente que todo esto tiene límites y que la economía en si misma también nos los pone. Un ejemplo servirá para entender esto. Nosotros sabemos que para educar en libertad y en responsabilidad y darle lo mejor a nuestros niños y jóvenes, es esencial que reciban una educación que parta del amor, en la que estos crezcan sintiéndose queridos y apoyados. Ahora bien, también sabemos que si este amor se convierte en sobre-protección por parte de sus padres y educadores, puede no resultar positivo y provocar problemas a los chavales que les afecten en su maduración. Amar implica aprender cómo a hacerlo, no todos los caminos son válidos.

Lo mismo sucede con la economía. Nosotros podemos impregnar nuestra actividad económica de amor, pero si esto lo hacemos gastando sistemáticamente más de lo que tenemos, al final nuestras deudas se incrementarán de tal manera que no tendremos fondos para seguir practicando la misma gestión económica, quebraremos y todo se vendrá abajo. En los dos casos, la sobre-protección y el endeudamiento son límites que nos dicen que no todo es válido para realizar nuestra acción educativa o económica, pero que no nos impiden impregnarla de amor.

¿Son ilimitadas nuestras necesidades?

El primer problema que tiene la gestión económica de nuestras comunidades es que se han incrementado de una manera exponencial las necesidades. En estos momentos tenemos una gran confusión entre lo que es necesario y lo que no lo es. De hecho, con mucha frecuencia se identifica el necesitar más cosas para vivir con el estar más avanzado o haber progresado más. Cuando vemos personas mayores o comunidades en países más pobres que viven con muy poco, pensamos que no han evolucionado, que nosotros no podríamos vivir con tan pocas cosas, que se nota que se han quedado en el pasado… Se trata de una trampa en la que caemos fácilmente, creemos que estamos más avanzados por que necesitamos más cosas para poder vivir bien. Afirmamos sin rubor que ahora no podríamos vivir bien sin esto… o sin lo otro… o sin lo de más allá…

Ante este tema, creo que en las comunidades deberíamos reflexionar seriamente sobre lo que son realmente necesidades y aquello que no lo son. Para ello es bueno recordar que existen dos tipos principales de necesidades: Las básicas y las sociales o de la condición. Las primeras son aquellas que necesitamos para sobrevivir (alimento, refugio, descanso, etc) y las segundas son aquellas que precisamos para vivir de una manera digna en el entorno en el que nos encontramos o para realizar ese trabajo que nos da de comer. Mientras las básicas son las mismas para todos, las segundas son contingentes y varían según el lugar en el que vivimos, el trabajo y la edad que tenemos, nuestro entorno, etc. Todo lo demás son cosas que nos apetecen, que deseamos o que queremos tener, pero no son necesidades.

En nuestras comunidades deberíamos reflexionar sobre cuáles son las necesidades reales que tenemos, tanto básicas como sociales, y qué cosas o servicios que recibimos no son necesarias, sino tan solo queridas o deseadas. En segundo lugar hay que darse cuenta que las necesidades son, por su propia naturaleza, limitadas, mientras que las apetencias y los deseos pueden no serlo, lo cual puede convertirnos en personas permanentemente insatisfechas. Por lo tanto, conocer qué necesitamos, qué son apetencias o deseos, y vivir satisfechos y felices con lo poco, es un testimonio necesario en esta sociedad de abundancia. Precisamos de personas satisfechas en lo económico que puedan centrarse en lo realmente importante de la vida y de su vocación.

¿Cómo comprar?

Esto nos lleva a que cambiar nuestra condición de consumidores a la de compradores. Para ello debemos acudir al mercado a adquirir aquello que queremos o necesitamos de una manera consciente, habiendo reflexionado previamente sobre la satisfacción que vamos a percibir por ello.

En este sentido hay que tener en cuenta lo que afirma Benedicto XVI en la CiV 66: “Comprar es siempre un acto moral y no solo económico”. Para considerarlo así, no podemos analizar nuestra compra en términos exclusivamente egoístas. Es decir, no podemos utilizar como único criterio de compra la relación calidad-precio. Buscar una determinada calidad al mínimo precio (el criterio más habitual de compra en la actualidad) tiene como objetivo poder consumir más bienes, teniendo como única consideración mi propio beneficio.

Este razonamiento olvida a los otros implicados en la compra: Por un lado quienes ganan dinero gracias a mi compra (trabajadores, accionistas o directivos, especialmente los primeros); Por otro la región en la que se produce el bien y su desarrollo; Por otro el medio ambiente afectado por los procesos productivos contaminantes o no… Superar el consumo egoísta supone analizar en qué condiciones se producen los bienes que adquirimos para optar por aquellos en los que tenemos la seguridad de que nuestro dinero es repartido de una manera justa entre trabajadores, accionistas y directivos, sirve para desarrollar las zonas en las que se produce el bien adquirido y este no se produce contaminando el medio ambiente.

Por ello, creo que debemos reflexionar para que las compras en nuestras comunidades sean parcas, entendiendo parquedad tal y como hace el diccionario de la Real Academia de la Lengua: “moderación económica y prudente en el uso de las cosas”. Debemos pues limitarnos a comprar lo que necesitamos y alguna cosa que nos guste, utilizar las cosas hasta que se gasten y no reponerlas antes de que se acabe su vida útil, evitar las compras inmaduras y poco reflexionadas y no confundir parquedad con tacañería o austeridad, no se trata de intentar gastarse el mínimo de dinero a toda consta, sino de comprar para vivir.

En segundo lugar debemos realizar compras responsables, es decir que tengan en cuenta las consecuencias de nuestra compra sobre tres aspectos principales: El entorno natural, el desarrollo de la zona en la que se produce el bien y las condiciones laborales de quienes lo producen. Creo, por tanto, que es clave que planteemos nuestras compras desde la parquedad y la responsabilidad.

La gestión de las finanzas

El último punto que quiero tratar sobre la gestión económica de nuestras comunidades, es el tema de la gestión de nuestros ahorros. Con frecuencia parece que la única manera de gestionar correctamente nuestros ahorros es poniéndolos en aquellos depósitos que nos dan un rendimiento mayor. Es decir, el ahorro se convierte únicamente en un sistema a través del cual logramos más ingresos. Parece que aquellos que no consiguen unos determinados intereses o beneficios por sus ahorros están haciendo, literalmente, el tonto. Se trata de conseguir lo máximo de nuestro dinero para después hacer con ello lo que sea preciso.

Sin embargo, esto puede llevar a que nuestro dinero esté siendo utilizado por agentes que estén haciendo exactamente lo contrario de lo que nosotros pretendemos. Por ejemplo, podemos estar realizando labores de formación de jóvenes y de promoción de empleo para personas más desfavorecidas y de lucha contra las malas prácticas en las empresas con respecto a estos colectivos, y al mismo tiempo nuestro banco estar financiando con nuestro dinero a las empresas que realizan estas malas prácticas y contratan a nuestros chavales sin seguridad social o pagándoles salarios indignos.

Por ello uno de los asuntos que tenemos que plantearnos es cómo utilizan los bancos nuestros ahorros, es decir, a quien prestan nuestro dinero. Debemos intentar que aquello que ahorramos sirva realmente para financiar proyectos que creemos sinceramente que son acordes con nuestra idea de sociedad y que están promocionando la riqueza y la economía que nosotros buscamos. Por ello debemos buscar lo que se denomina habitualmente ahorro ético pero que a mi me gusta llamar ahorro responsable. Debemos exigir a nuestros intermediarios financieros que nos informen sobre a quien están prestando nuestros ahorros y que exista transparencia al respecto. Existen entidades financieras que ya lo están haciendo y debemos lograr que la mayoría den ese paso.

Otro tema fundamental es el objetivo de nuestros ahorros. Debemos tener en cuenta cuáles son los tres fines tradicionales del ahorro: prevenir gastos elevados venideros (como puede ser un coche, una casa, etc.) prevenir gastos extraordinarios imprevistos (enfermedad, averías o deterioros no previstos) o invertir el dinero en un proyecto futuro (un nuevo colegio, una formación de algún miembro de la comunidad, una acción social, etc.) Es decir, debemos ahorrar para poder atender a estas cuestiones, pero sin pensar en el ahorro como en un sistema para obtener mayores ingresos. No se trata de ahorrar todo lo que se pueda para tener más ingresos, sino de ahorrar lo necesaro para atender a estos tres elementos.

Por ello, debemos replantear nuestras finanzas para obtener un ahorro prudente y responsable. Por un lato que intente calcular lo que necesitamos para atender a los tres objetivos tradicionales que tiene el ahorro y por otro lado, para que nuestros fondos sirvan realmente para financiar aquellos proyectos que son acordes con nuestra manera de entender el mundo.

Caridad, justicia y bien común

Caridad, justicia y bien común son las tres categorías principales de la Doctrina Social de la Iglesia. Nuestra acción social y nuestro estar en el mundo como cristianos tienen estos tres ejes que modulan nuestras actuaciones en el día a día. Normalmente, en nuestras comunidades, estas tres categorías están presentes en la acción de la congregación y forman parte de su manera de estar en el mundo. Ahora bien, solamente si orientamos hacia esta dirección nuestro día a día económico en las pequeñas cosas que regulan nuestra gestión de los dineros, podremos potenciar de una manera coherente estas tres categorías en el resto de nuestras actuaciones.

Las actuaciones aquí sugeridas no son suficientes para alcanzar la caridad, la justicia y el bien común, pero sí que son una base necesaria para que nuestra gestión económica no tenga unas líneas incompatibles con ellas y no frene o limite nuestra lucha para lograr que estas categorías primen en toda nuestra actuación. Al contrario, esta manera de gestionar la economía en nuestras comunidades aplicando unos principios solidarios, no solo representa un testimonio en una economía en la que, desgraciadamente, la corriente principal lleva al egoísmo y a la exclusiva búsqueda del propio interés, sino que está colaborando de una manera activa en potenciar nuestras acciones caritativas y crear ese mundo más justo que logre de una manera más sencilla el bien común que buscamos entre todos.

Por ello, creo que debemos plantearnos si cambiando la gestión comunitaria de nuestros dineros en las claves anteriormente citadas, podemos reservar unos fondos para promocionar acciones sociales o solidarias. Esto se puede hacer o bien a través de nuestros ahorros, financiando proyectos de esta índole, o bien a través de las compras en empresas o proyectos de índole social, o bien a través del dinero que dejamos de gastar y que utilizamos de una manera directa para estos menesteres. La reflexión comunitaria debe llevarnos a ver cómo podemos promocionar, con nuestros ingresos, acciones que lleven a una solidaridad ajustada a nuestro carisma (apoyo escolar para chavales más desfavorecidos, becas escolares, fondos para las comunidades en países más pobres, acogimiento de chavales con problemas…).

Cambiar la manera de gestionar nuestros dineros nos lleva a promocionar la acción social en nuestras comunidades, a compartir nuestro dinero con aquellos que más lo necesitan, y a reforzar nuestro carisma educativo con acciones que ayuden a aquellos niños y jóvenes que están más necesitados de apoyo. Para realizar esto se necesitan fondos que podemos proporcionar gracias a nuestro cambio de actitud ante los dineros de nuestra comunidad.

Por último, solamente me queda comentar que estoy seguro que mucho de lo aquí comentado ya se realiza en algunas de las comunidades que leen esta pequeña reflexión. Solamente animar a que si así lo hacéis perseveréis en este camino y si no es así, a que lo toméis como una senda que vale la pena ser transitada y que es parte de nuestro carisma.

Preguntas para la reflexión comunitaria

Propongo aquí una serie de cuestiones que pueden utilizarse para la reflexión comunitaria

  • ¿Cuáles son las cosas que realmente necesitamos en nuestra comunidad y qué otras podemos considerar como deseos u apetencias? ¿Cuáles de las que tenemos responden a necesidades básicas y cuáles a necesidades sociales?¿Tenemos la sensación de que estamos viviendo con menos de lo que necesitaríamos para estar bien? Si es así, ¿Por qué?

  • Vamos a repasar las últimas compras que hemos realizado en nuestra comunidad ¿Realmente nos hacían falta? ¿Únicamente tenemos en cuenta la relación calidad precio a la hora de realizar la adquisición?

  • ¿Hemos dejado alguna vez de comprar en un lugar para hacerlo en otro porque sabemos que en el segundo tratan mejor a sus trabajadores, son más respetuosos con el medio ambiente o están fuertemente imbricados en la economía local? ¿Estamos dispuestos a pagar más por determinados bienes si sabemos que así colaboramos en la construcción de un mundo mejor? ¿Adquirimos habitualmente productos de comercio justo?

  • Cuando ahorramos y ponemos nuestros fondos en algún banco, ¿Lo hacemos siempre para sacar la mayor rentabilidad posible del dinero sin tener en cuenta hacia dónde se dirige el dinero que guardo? ¿Hemos rechazado en alguna ocasión alguna oferta de alguna entidad financiera por que no nos garantizase o informase sobre el destino de nuestros ahorros? ¿Conocemos la banca ética y las distintas posibilidades que existen en España?

  • Si tuviésemos que marcar criterios a mi banco sobre para qué nos gustaría que se utilizasen nuestros ahorros ¿Qué le pediríamos? ¿Cuáles serían estos?

  • Reflexionemos sobre las acciones sociales que estamos realizando en nuestra comunidad y qué parte de nuestros ingresos estamos destinando a ello. ¿Existen estas acciones? ¿Tenemos fondos y tiempo para la pastoral social?

  • Si instauramos la gestión solidaria de nuestros fondos lo que supone utilizar una parte para acciones sociales ¿Qué acciones solidarias podemos plantear con parte de los ingresos que tenemos? ¿Podemos apoyar económicamente a otras comunidades que están llevando a cabo acciones sociales tanto en España como fuera de ellas? ¿Podemos plantearnos la realización de acciones sociales para con los chavales más desfavorecidos de nuestra propia comunidad?

  • ¿Podemos plantear un plan para este próximo año que nos de los pasos a seguir para instaurar una gestión solidaria de los dineros de nuestra comunidad?

 

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Una respuesta a “Vivir una economía solidaria en comunidad

  1. Rogelio

    enero 5, 2013 at 11:36 am

    Agradezco siempre lo que nos aporta tu reflexión. Gracias por la lucidez comunicada con sencillez

     

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