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En defensa de la dignidad humana

07 Oct

Artículo publicado en la Revista Vida Nueva en su número 2766 del 3 al 9 de Septiembre de 2011 En su página 46 en la que hago la recensión del libro de Reinhard Marx, El capital. Un alegato a favor de la humanidad.

Cuando recibes un libro para hacer una recensión siempre deseas que sea bueno, que puedas disfrutar leyéndolo, que te permita decir cosas buenas de él y que sea una oportunidad para descubrírselo a otros lectores. Ni que decir tiene que este ha sido el caso del libro que acabo de finalizar hace escasos minutos. He de confesar que no conocía a su autor, Reinhard Marx, cardenal y arzobispo de Múnich y Freising, que durante años fue profesor de ética social cristiana y por ello celebro haber tenido la oportunidad de saber de él a través de esta obra. Su sensibilidad social y su cercanía a la realidad de los más desfavorecidos de su diócesis me han sorprendido y agradado.

El libro tiene una intención divulgativa que pretende mostrar cómo las grandes líneas de la doctrina social de la Iglesia son útiles para orientar la acción política y económica en nuestra sociedad. El prólogo de la obra, no solo sirve para mostrar las intenciones que tiene el autor sino que muestra dos de las grandes cualidades que tiene el texto: un lenguaje adecuado para ser entendido por el público no especializado y un profundo conocimiento de la realidad económica y social que vivimos en la Europa rica. El autor no se entretiene con disquisiciones teóricas complicadas, su sabiduría aparece poco a poco para que el lector pueda asimilarla de una manera natural y sencilla. Los conceptos de la ética cristiana se entrelazan fácilmente con una realidad vivida y sentida que describe el día a día de las personas y de las instituciones. Aunque sus ejemplos se refieren a la realidad alemana, esta no difiere de la española en sus puntos esenciales y pueden ser fácilmente trasladables a lo que sucede en nuestro país.

Además de estas virtudes, resulta simpática y agradable la utilización que hace de la coincidencia de su apellido con el de otro famoso Marx (no Groucho evidentemente) para comparar aquello que la ética social cristiana nos enseña, con la ideología que su tocayo Karl inició. Esta confrontación la realiza con gran respeto tanto a la otra persona como a sus ideas, con un reconocimiento a la buena fe del adversario, con una aceptación de aquello que se cree que es correcto y una refutación fundamentada de aquello que se opina que es erróneo. Desgraciadamente, esta elegancia en el debate (y más con alguien que ya no puede contestar) no se da con tanta frecuencia como sería de desear.

El autor trata varios temas relacionados entre sí: la libertad y el desarrollo, la pobreza y la justicia, la necesidad de repensar lo social para incluir en ello la educación, la familia y el trabajo, la función social de las empresas y del sistema financiero y por último, la evolución de la globalización y la construcción de una economía social de mercado a escala global. Es evidente que tocando tantos palos es difícil profundizar mucho en cada uno de ellos, pero la visión de conjunto que se da creo que puede ser interesante para cualquiera que quiera saber algo más de estos temas.

También vuelve su mirada hacia hechos históricos para intentar que sus enseñanzas iluminen nuestro día a día. Recuerda cómo la economía de mercado ha sobrevivido gracias al estado social y no podemos desmantelar este sin comprometer el futuro de nuestro sistema económico. Nos introduce en la importante figura de su querido e inspirador obispo Ketteler que se dio cuenta (ya en el siglo XIX) de que para solucionar la cuestión social, no se podía apelar tan solo a la conciencia moral de los ricos sino que había que plantear soluciones estructurales y políticas. Habla sobre los estudios que se realizaron entre los parados de la gran depresión de los años treinta y aplica sus enseñanzas a la actualidad para saber cuáles son las políticas que debemos aplicar en estos tiempos de paro creciente…

Su elegancia a la hora de tratar los temas no le impide nombrar las cosas por su nombre. Cuando tiene que tratar el afán de lucro que parece justificarlo todo en esta nuestra sociedad capitalista, afirma sin ambages que la codicia es pecado y que “esto no puede continuar así. No permitiremos que se elogie al pecado”. Cuando quiere resaltar la importancia del sermón de la montaña y cómo nuestra fe no puede vivirse al margen de las cuestiones sociales de la sociedad nos dice que “la verdadera fe y el servicio al prójimo, especialmente al necesitado, son cosas inseparables”. Cuando quiere describir la finalidad de esa Doctrina Social de la Iglesia que Benedicto XVI ha descrito como inseparable de la evangelización afirma que la DSI “quiere poner de manifiesto las injusticias sociales y luchar contra ellas, quiere ser la voz de los pobres y los explotados, de los que no tienen ningún lobby en la sociedad y ayudarles a defender sus derechos”

Esta preocupación por la persona, por la vida digna, por la opción preferencial por los más desfavorecidos y por la promoción de la libertad humana, le lleva a defender un estado cuya única preocupación no sea el garantizar el beneficio. La organización de nuestra sociedad no puede sustentarse sobre el vacío, se necesitan unos valores que le den sentido, se precisa de una idea de justicia que la sustente, es imprescindible promocionar la libertad para hacer el bien limitando el libertinaje que perjudica a aquel que lo lleva adelante y a la sociedad en su conjunto… Todo ello le lleva a propugnar una economía social de mercado y le sirve para advertir sobre las reformas que se están promoviendo en estos momentos para superar la crisis y que parece que solo favorecen a las grandes empresas a costa del ciudadano. Lanza un grito a favor de un estado social que promocione a las personas, que limite la codicia y que busque la justicia como el verdadero camino a seguir. Todo una declaración de intenciones en una realidad difícil como la que estamos viviendo.

 

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