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La crisis y la obsesión por el crecimiento: hacia un nuevo horizonte

31 Mar

Artículo de opinión escrito por mi en Las Provincias, Domingo 14 de Marzo de 2010, página-34

Llevamos muchos meses intentando analizar las causas de la crisis que estamos viviendo para intentar evitar que esta se produzca otra vez. Expertos de todo el mundo explican cuáles han sido los principales errores que hemos cometido y que han derivado en una cadena de circunstancias que están repercutiendo negativamente en la vida de muchas de las personas que nos rodean. Sin embargo, pocos de estos análisis intentan ir a la raíz de los problemas, al porqué último que provocó la liberalización excesiva de los mercados financieros, la falta de control de los productos derivados o la desorbitada expansión del crédito en un momento expansivo (política que iba en contra de lo que aprendimos en los primeros cursos de economía) Se han diagnosticado los síntomas pero con demasiada frecuencia se ha olvidado hablar de la causa que ha estado detrás de ellos.

Son muy pocos (aunque en número creciente) los que se atreven a decir que la verdadera razón de estos problemas es lo que he denominado en alguno de mis artículos la utopía del crecimiento. El crecimiento económico aparece como el objetivo final de nuestras sociedades. Todo lo hacemos para lograr que las cifras del P.I.B crezcan constantemente. Hay que producir más y más. El aumento de los bienes y servicios que producimos parece ser una garantía de que vamos a estar mejor, a tener una mejor educación, a gozar de una sanidad más avanzada y a una mayor creación de empleo. Solamente si crecemos podremos mantener el entramado económico y la paz social. Además, no basta con un crecimiento razonable, sino que tenemos que crecer más que nuestros vecinos, si no lo hacemos así, nuestro gobierno, nuestro país, está fracasando… Así, parece que la solución a esta crisis pasa por dos elementos claves: incrementar otra vez el consumo y lograr más productividad. El primero nos permitirá recuperar la senda del crecimiento gracias a lo que sucede en nuestro propio país, el segundo nos permitirá ser más competitivos a nivel internacional y así poder vender nuestros productos en otros países. Al final, vamos a solucionar nuestros problemas incidiendo en la causa principal que los ha provocado, más crecimiento económico.

Porque lo que pasó en los años previos a la crisis fue que, cuando el crecimiento parecía estancarse, aparecieron los bancos centrales y todo el sistema financiero rebajando los tipos de interés y facilitando el crédito. Había que prestar a todos aunque supiésemos que eran personas que iban a tener dificultades para devolver lo que les dejábamos. Para hacerlo construimos un entramado de productos financieros derivados y de financiación a través de préstamos estructurados y otras medidas de ingeniería financiera, que nos permitieron que todo siguiera funcionando como si no hubiese riesgo alguno en estas operaciones dudosas. Así logramos que el crecimiento se mantuviese, que hubiese movimiento económico, no nos estancábamos seguíamos avanzando… Las bases eran débiles, pero mientras todo se movía no había que perder el compás. Este baile continuó hasta que el eslabón más débil dejó de pagar. Se dio un problema de insolvencia que rompió la cadena de papel y el castillo de naipes financiero se cayó. Los afectados no fueron solo las instituciones financieras, sino también unas empresas acostumbradas a funcionar gracias a las continuas jeringas de crédito fácil que se inyectaban. Y no me olvido de los empleados, que ven cómo dejan de ser necesarios ya que los incrementos de productividad experimentados por sus empresas llevan a que se pueda prescindir de una parte de la plantilla cuando las ventas disminuyen.

Ante una situación de esta clase, los planteamientos más ortodoxos siguen el camino ya señalado: aumentar la demanda y la productividad. De una manera u otra, la mayoría de las propuestas que estamos viendo intentan seguir este camino. Sin embargo, existe otra vía que algunos se atreven ya a sugerir, que es la de modificar el objetivo económico de nuestra sociedad. ¿Para qué queremos seguir creciendo sin parar? ¿En qué medida esta actitud nos beneficia realmente? Está demostrado que el incremento del PIB redunda en una mejora de la calidad de vida cuando el punto de partida es bajo, es decir, cuando aquellos países que experimentan este crecimiento tienen una renta por habitante muy baja. Sin embargo, cuando los países somos más ricos, las mejoras del PIB no incrementan excesivamente nuestra calidad de vida o nuestro bienestar. De hecho, los economistas clásicos siempre vieron el crecimiento del PIB como un objetivo temporal. Ellos siempre consideraron que había que aumentar los ingresos por habitante hasta llegar a un punto en el que nos mantendríamos en lo que denominaban estado estacionario, es decir, de no crecimiento (o crecimiento cero). Sería un momento en el que la renta media sería suficiente para que la práctica totalidad de la población ya no pasase hambre o penalidades ligadas a la falta de alimentos, vestidos o casa. Ellos opinaban que llegado a un determinado nivel de renta no era necesario crecer más ¿Para qué? Más vale disfrutar de lo que se tiene.

Si estos economistas viviesen ahora, no dudarían al juzgar que países como el nuestro ya hemos alcanzado este nivel, sin embargo, seguimos obsesionados por crecer y lo que es más grave, por crecer más que los otros en una tonta competición sin sentido. Ante esta realidad, aunque parezca que nadie intenta plantear esta cuestión y cambiar de raíz los fundamentos de nuestro desempeño económico, este tema comienza a superar los ámbitos exclusivamente académicos. Los gobiernos inglés y francés (de diferente adscripción ideológica) ya han publicado sendos estudios en los que se plantean medidas alternativas al PIB (Prosperity without growth? y de la Commission sur la mesure des performances économiques et du progrès social). El mismo G20 incorporó en su último comunicado la necesidad de comenzar a buscar medidas alternativas al PIB que sirviesen para cambiar el objetivo económico por el que nos movemos. El octavo curso del Foro Universitario Juan Luis Vives que organiza el Ayuntamiento de Valencia titulado: “Medimos bien nuestro desarrollo económico y social? Nuevos indicadores de bienestar para orientar la acción política y económica” ha intentado profundizar en estas propuestas que a mi juicio son las que deberían centrar el debate político y económico para superar los malos momentos (en especial para los más desfavorecidos) que estamos viviendo en la actualidad. El futuro pasa por cambiar nuestro objetivo económico, esta es la cuestión clave que debemos plantear. Todo lo demás pasará por una vuelta al modelo actual y a esperar a la próxima burbuja (como nos recuerdan muchos de los economistas que analizan esta crisis).

 
 

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